Lc 19, 1-10 (Evangelio Domingo XXXI de Tiempo Ordinario)

El episodio de hoy nos sitúa en Jericó, el oasis situado a orillas del mar Muerto, a unos 34 kilómetros de Jerusalén. Era la última etapa de los peregrinos que, de Perea y de Galilea, se dirigían a Jerusalén para celebrar las grandes festividades del culto judío (lo que indica que el “camino de Jerusalén”, que hemos venido recorriendo bajo la dirección de Lucas, está llegando a su fin).

En el tiempo de Jesús, Jericó era una ciudad próspera (sobre todo debido a la producción de bálsamo), dotada de grandes y bellos jardines y palacios (a causa de Herodes, el Grande, que hizo de Jericó su residencia de invierno).

Situada en un lugar privilegiado, en una importante ruta comercial, era un lugar de oportunidades, que proporcionaba suculentos negocios (y también muchas posibilidades de realizar negocios de “dudosa” moralidad).

El personaje que se sitúa frente a Jesús es, una vez más, un publicano (en este caso, un “jefe de publicanos”). Nuestro héroe es, por tanto, un hombre que el judaísmo oficial consideraba pecador público, explotador de los pobres, colaboracionista al servicio de los opresores romanos y, por tanto, se encontraba excluido de la comunidad de la salvación.

Nos encontramos aquí con uno de los temas predilectos de Lucas: Jesús es el Dios que vino al encuentro de los hombres y se hizo hombre para traer, con hechos concretos, la liberación a todos los hombres, sobre todo a los marginados y excluidos, colocados por la doctrina oficial al margen de la salvación.

Zaqueo era, naturalmente, un hombre que colaboraba con los opresores romanos

y que se servía de su cargo para enriquecerse de forma inmoral (exigiendo impuestos muy por encima de lo que había sido fijado por los romanos y quedándose con la diferencia, como por otra parte era la práctica común entre los publicanos). Era, por tanto, un pecador público sin posibilidad de perdón, excluido de la convivencia con las personas decentes y serias. Era un marginal, considerado maldito para Dios y despreciado por los hombres. La referencia a su “pequeña estatura”, más que de una indicación de carácter físico puede significar su pequeñez e insignificancia desde el punto de vista moral.

Este hombre intentaba “ver” a Jesús. El “ver” indica, probablemente, algo más que curiosidad: indica una búsqueda intensa, una voluntad firme de encuentro con algo nuevo, un ansia de descubrir el “Reino”, un deseo de formar parte de esa comunidad de salvación que Jesús anunciaba. Sin embargo, el “maestro” debía parecerle distante e inaccesible, rodeado de esos “puros” y “santos” que despreciaban a los pecadores como Zaqueo. El subir “a un sicómoro” indica la intensidad del deseo de encontrarse con Jesús, que era mucho más fuerte que el miedo al ridículo o que las burlas de la multitud.

¿Cómo va a entrar en tratos Jesús con este excluido, que siente un deseo inmenso de conocer la salvación que Dios ofrece y que observa a Jesús desde las ramas de un sicómoro? Jesús comienza por provocar el encuentro; después, sugiere a Zaqueo que está interesado en entrar en comunión con él, en establecer lazos de familiaridad (“Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.»”).

Prestemos atención a esta situación tan “escandalosa”: Jesús, rodeado de “puros” que escuchan atentamente su Palabra, deja a todos parados en medio de la calle para establecer contacto con un pecador público y para entrar en su casa. Es la realización práctica del “deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada”. Aquí se hace patente la debilidad del corazón de Dios que, ante un pecador que busca la salvación, deja todo para ir a su encuentro.

¿Cómo reacciona la multitud que rodea a Jesús ante esto? Manifestando, naturalmente, su desaprobación ante las actitudes incomprensibles de Jesús (“Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.»”). Es la actitud de quien se considera “justo” y desprecia a los otros, de quien está instalado en sus certezas, de quien está convencido de que la lógica de Dios es una lógica de castigo, de marginación, de exclusión. Sin embargo, Jesús les demuestra que Dios es diferente de los hombres y que la oferta de salvación que Dios hace no excluye ni margina a nadie.

¿Cómo termina todo? Termina con un banquete (donde está Zaqueo, el jefe de los publicanos) que simboliza el “banquete del Reino”. Al aceptar el sentarse a la mesa con Zaqueo, Jesús muestra que los pecadores tienen lugar en el “banquete del Reino”; les dice, también, que Dios les ama, que acepta sentarse a la mesa con ellos, esto es, que quiere que formen parte de su familia y que desea establecer con ellos lazos de comunión y de amor. Jesús muestra, de esa forma, que Dios no excluye a nadie ni margina a ninguno de sus hijos, ni siquiera a los pecadores, sino que ofrece a todos la salvación.

¿Cómo reacciona Zaqueo ante la oferta de salvación que Dios le hace? Acogiendo el don de Dios y convirtiéndose al amor. La reparación de bienes a los pobres y la restitución del cuádruplo de todo lo que había robado, va mucho más allá de aquello que la ley judía exigía (cf. Ex 22,3.6; Lev 5,21-24; Nm 5,6-7) y es señal de la transformación del corazón de Zaqueo.

Zaqueo sólo decidió ser generoso después del encuentro con Jesús y tras haber realizado la experiencia del amor de Dios. El amor de Dios no se derramó sobre Zaqueo después de que él hubiera cambiado de vida, sino que fue el amor de Dios, que Zaqueo experimentó cuando aún era pecador, lo que provocó la conversión y lo que transformó el egoísmo en generosidad. Se prueba, así, que sólo el amor puede transformar el mundo y los corazones de los hombres.

La reflexión puede partir de las siguientes ideas:

La cuestión central presentada en este texto es, por tanto, la cuestión de la universalidad del amor de Dios. La historia de Zaqueo revela a un Dios que ama a todos sus hijos sin excepción y que no excluye de su amor a los marginados, a los “impuros”, a los pecadores públicos: al contrario, es por esos por los que Dios manifiesta una especial predilección. Además de eso, el amor de Dios no pone condiciones: él ama, a pesar del pecado, y es precisamente ese amor nunca desmentido el que, una vez experimentado, provoca la conversión y el regreso del hijo pecador.

Esta Buena Noticia de un Dios “con corazón”, es la que estamos invitados a anunciar, con palabras y obras.

La vida revela, con todo, que no siempre la actitud de los creyentes en relación con los pecadores está en consonancia con la de Dios. Muchas veces, en nombre de Dios, los creyentes o las Iglesias marginan y excluyen, asumen actitudes de censura, de crítica, de acusación que, lejos de provocar la conversión del pecador, le apartan más y le llevan a radicalizar sus actitudes de provocación. Ya deberíamos haber aprendido (el Evangelio de Jesús tiene casi dos mil años) que sólo el amor genera amor y que sólo con amor, no con intolerancia o fanatismo, conseguiremos transformar el mundo y el corazón de los hombres.

De verdad, ¿cómo acogemos e integramos a los que asumen actitudes diferentes de las que consideramos correctas?

Testimoniar al Dios que ama y que acoge a todos los hombres no significa, con todo, suavizar el pecado o pactar con el que está equivocado.
El pecado genera odio, egoísmo, injusticia, opresión, mentira, sufrimiento; el pecado es malo y debe ser combatido y vencido. Sin embargo, distingamos entre el pecador y el pecado: Dios nos invita a amar a todos los hombres, también a los pecadores; nos llama a combatir el pecado que emborrona el mundo y que malogra la felicidad del ser humano.