San 11, 22-12, 2 (1ª lectura Domingo XXXI de Tiempo Ordinario)

El “Libro de la Sabiduría” es el más reciente de todos los libros del Antiguo Testamento (aparece durante la primera mitad del siglo I antes de Cristo). Su autor, un judío de lengua griega, probablemente nacido y educado en la Diáspora (¿Alejandría?), expresándose en términos y conceptos del mundo helénico, realiza el elogio de la “sabiduría” israelita, traza el cuadro de la suerte que le espera al justo y al impío en el más allá y describe, con ejemplos sacados de la historia del Éxodo, las suertes diversas que tuvieron los egipcios (idólatras) y los hebreos (fieles a Yahvé).

Su objetivo es doble: dirigiéndose a sus compatriotas judíos (contaminados por el paganismo, la idolatría, la inmoralidad), les invita a redescubrir la fe de los padres y los valores judíos; dirigiéndose a los paganos, les invita a constatar lo absurdo de la idolatría y a adherirse a Yahvé, el verdadero y único Dios. Tanto a unos como a otros, sólo Yahvé les asegura la verdadera “sabiduría”, la verdadera felicidad.

El texto que se nos propone pertenece a la tercera parte del libro (cf. Sab 10,1- 19,22). En esa parte, recurriendo, sobre todo, a la técnica del midrash, el autor realiza la comparación entre los castigos que Dios envió a los “impíos” (los paganos) y la salvación reservada a los “justos” (el Pueblo de Dios).

Después de describir cómo la “sabiduría” de Dios se manifestó en la historia de Israel (cf. Sab 10,1-11,24), el autor hace referencia al pecado de los egipcios, que rendían culto a “reptiles irracionales y a bichos miserables” (Sab 11,15); y manifiesta su asombro por que el castigo de Dios a los egipcios haya sido tan moderado y benevolente (cf. Sab 11,17-20). ¿Por qué Dios fue tan contenido y no exterminó totalmente a los egipcios? A esa cuestión es a la que responde el texto.

Fundamentalmente, el autor encuentra tres razones para justificar la moderación y la benevolencia de Dios.

La primera tiene que ver con la grandeza y la omnipotencia de Dios (cf. Sab 11,22). Quien es grande y poderoso, no se siente incómodo y puesto en entredicho por los actos de aquellos que son pequeños y finitos. Él ve las cosas con suficiente distancia, percibe las razones del actuar del hombre, no pierde la compostura, de ahí surge la tolerancia y la misericordia.

La segunda razón viene de esa lógica que caracteriza siempre la actitud de Dios en relación con el hombres: la del perdón (cf. Sab 11,23). Él no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva; por eso, “cierra los ojos” ante el pecado del hombre, a fin de invitarle al arrepentimiento. Repárese, sin embargo, que esta forma de proceder no se ejerce aquí sobre el Pueblo de Dios, sino sobre un imperio pagano y opresor: es la universalidad de la salvación lo que aquí se sugiere.

La tercera tiene que ver con el amor de Dios (cf. Sab 11,24-26), que se derrama sobre todas las criaturas. La creación fue la obra del amor de un padre, y ese padre ama a todos sus hijos. Él es el Señor que “ama la vida”.

Porque todos los hombres llevan dentro de sí ese “soplo de vida” que Dios infundió sobre la creación, es por lo que se preocupa, corrige, amonesta, perdona las faltas, hace que se aparten del mal y establezcan comunión con él (cf. Sab 12,1-2).

La reflexión puede realizare a partir de los siguientes elementos:

El Dios que este texto presenta es una figura benevolente y tolerante, llena de bondad y de misericordia, que no quiere la destrucción del pecador, sino su conversión y que ama a todos los hombres que él creó, también a aquellos que practican acciones equivocadas.

Todos nosotros conocemos bien esta imagen de Dios, pues él nos la muestra continuamente. Pero ¿la interiorizamos suficientemente?

Interiorizar esta imagen de Dios significa “empaparnos” de la lógica del amor y de la misericordia y dejar que ella se transparente en gestos para con los hermanos.
¿Sucede eso realmente en nosotros?

¿Cuál es nuestra actitud para con aquellos que nos han hecho mal, o cuyos comportamientos nos desafían e incomodan?

Muchas veces, percibimos ciertos males que nos molestan como “castigos” de Dios por nuestro mal proceder. Sin embargo, este texto deja claro que Dios no está interesado en castigar a los pecadores. Como mucho, intenta hacerles comprender, con la pedagogía de un padre lleno de amor, el sentido de ciertas opciones y el mal que nos hacen ciertos caminos que elegimos.