La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

III.- LA VISITACIÓN

 

1.- SE PUSO EN CAMINO

Lc 1, 39

Por aquellos días…, quizá muy poco tiempo después del anuncio del ángel, María se puso en camino cum festinatione,con presteza, con alegría, con buen ánimo, hacia la casa de Zacarías y de Isabel. Estos vivían en una pequeña ciudad de la zona montañosa de Judea, en la región alta cercana a Jerusalén. El ángel le había anunciado que Isabel, su parienta, había concebido un hijo y se encontraba ya en el sexto mes. María había visto en este anuncio una señal de que Dios la llamaba allí.

La Virgen deseaba comunicar a alguien la alegría que llenaba su corazón. La noticia era demasiado grande para Ella sola. Y el ángel le señaló la dirección en que debía dirigirse, pues el hijo de Isabel estará íntimamente relacionado con su Hijo, formará parte del mismo misterio. Uno de los sentimientos más puros y de los gozos más delicados del corazón humano -también en el de la Virgen- es precisamente el compartir con los demás algo que llena el alma y que además produce una gran dicha. Y su alma se rompía de gozo.

Por otra parte, su prima -quizá su tía- necesitaba ayuda[1]. Si toda mujer la precisa en esas condiciones, mucho más aquella que, además, está ya entrada en años.

No sabemos con certeza el lugar donde habitaba Isabel. El evangelista dice que María se dirigió a la montaña, a una ciudad de Judá. Basados en una antiquísima tradición, y en que su situación cuadra bien con los datos del texto sagrado, los autores están hoy de acuerdo en señalar a Ain-Karim, o Ayn Karem[2], a pocos kilómetros al oeste de Jerusalén, como el lugar a donde se dirigió María. Se trata de un pequeño valle, al pie de verdes colinas. Debe su nombre a su fuente (Ain) y a los viñedos que la circundan (kerem en hebreo, karm en árabe, significa viña). Ninguna otra ciudad reivindica tal privilegio.


[1] Acerca de este modo de actuar de Santa María, comenta el BEATO ÁLVARO DEL PORTILLO: «Sus días en la tierra estuvieron empapados de naturalidad y humildad: siendo la criatura más excelsa pasó oculta entre las mujeres de su tiempo. Amó y trabajó en silencio, sin llamar la atención de quienes la conocían, atenta solo a captar los impulsos del Espíritu Santo y a satisfacer las necesidades de las almas», Carta pastoral, 1 de agosto de 1989.

[2] Cfr. P. A. MARCE, El toponímico natal del Precursor, en Estudios eclesiásticos 34 (1990), pp. 325-336.