Comentario del 30 de octubre

El evangelista nos presenta a Jesús de camino hacia Jerusalén. Jerusalén es su meta terrena, el lugar en el que consumará su misión. Por eso, Lucas sitúa a Jesús siempre de camino y camino de Jerusalén.

Entretanto, alguien se le acercó y le hizo una pregunta: Señor, ¿serán pocos los que se salven? Jesús recorría ciudades y aldeas enseñando. No es extraño, por tanto, que su enseñanza suscite preguntas de este cariz. Hablando de la salvación, a cualquiera de nosotros se le hubiese ocurrido esta pregunta: ¿Serán muchos o pocos los que se salven? Jesús, sin responder exactamente a esa pregunta, contesta: Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Luego la puerta de la salvación es estrecha, y para entrar por ella hay que esforzarse. Y dice más: muchos lo intentarán y no podrán.

Según esto, la salvación, siendo un don de Dios, no es un asunto fácil, que se resuelva sin esfuerzo. Puede que algunos lo intenten a última hora y no puedan, porque no reúnen las condiciones necesarias. En cualquier caso, la salvación tiene puerta de ingreso y ésta es estrecha, como indicando que tales ingresos han de ser examinados y valorados convenientemente. En otro lugar se dice: ancho y espacioso es el camino que conduce a la perdición. Por tales espacios se descarrían y se pierden muchos. La estrechez de la puerta también sugiere disciplina, ascesis, penitencia, privaciones. La salvación estaría reclamando este proceso de purificación o acrisolamiento que nos haga idóneos para acceder a ella. En realidad, la madurez del amor siempre demanda un proceso de desapropiación o despojamiento de las exigencias del propio egoísmo. Y eso resulta inevitablemente doloroso.

Pero Jesús añade: Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo: «Señor, ábrenos», y él os replicará: «No sé quiénes sois». Entonces comenzaréis a decir: «Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas». Pero él os replicará: «No sé quienes sois. Alejaos de mí, malvados».

Toda puerta tiene una doble función: la de facilitar la entrada o la de impedirla. Al parecer, la puerta de la salvación se abrirá para unos y se cerrará para otros. Hay quienes se quedarán fuera intentarán entrar, pero no podrán. Llamarán a la puerta, suplicando su apertura, pero el Señor, desde dentro, les replicará: No sé quiénes sois, como si los desconocidos no tuviesen acceso a ese lugar. Por eso, queriendo aparecer como conocidos, dirán: Hemos comido y bebido contigo y has enseñado en nuestras plazas, las mismas plazas en las que él viene enseñando. Pero no basta con semejantes señales identificativas.

Haber comido y bebido con él no les hace merecedores de ser sus comensales en el Reino de los cielos. Haber oído su enseñanza no es suficiente: No todo el que me dice: Señor, Señorentrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Para acceder al Reino de Dios necesitamos que Él nos conozca, porque nosotros le conocemos a Él, que Él nos conozca como amigos porque hemos tenido trato con Él y Él nos ha incorporado a su intimidad. Sólo si nos conoce en este modo, no podrá decirnos: No sé quiénes sois. Porque sabrá quiénes somos: discípulos, seguidores, aliados, partidarios, amigos, hijos.

Para los que se queden fuera no habrá sino llanto y rechinar de dientes, una imagen para significar ese estado de definitiva orfandad y marginación. Jesús parece acentuar la idea de que son precisamente esos que se creen con más derecho a tomar parte en el banquete del Reino por formar parte del pueblo elegido los que se vean echados fuera; mientras que otros, venidos de lejos, de oriente y occidente, del norte y del sur, podrán compartir con Abrahán, Isaac, Jacob y los profetas un puesto de honor en ese banquete. Son esos últimos que acabarán siendo primeros por haber acogido con prontitud el mensaje de la salvación, a diferencia de aquellos (judíos) que, estando entre los primeros invitados al banquete de bodas, han acabado quedándose fuera por falta de disposición.

¡Ojalá que el Señor nos conozca de tal manera que no pueda decirnos tras la puerta: «No sé quiénes sois», porque esto significaría nuestra definitiva exclusión del Reino!

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística