Lectura continuada del Evangelio de Marcos

Marcos 11, 12-14

«12Y al día siguiente, al salir ellos de Betania, tuvo hambre.

13Y viendo desde lejos una higuera con hojas fue, por si encontraba algo en ella. Y, tras llegar a ella, no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos.

14Y, respondiendo, le dijo: “Nunca más coma nadie fruto de ti”. Y lo escuchaban sus discípulos.

Jesús vuelve ahora a la capital y al Templo. En el camino, maldice una higuera (11,12-14) y luego entra en el Templo, interrumpiendo violentamente el comercio que allí había; luego explica esta acción con palabras tomadas del Antiguo Testamento (11,15-19). En el camino de vuelta a Betania los discípulos observan que la higuera maldecida se ha marchitado de repente y Jesús emplea este milagro como punto de partida para su enseñanza sobre la fe y la oración (11,20-25). Marcos ha compuesto una de sus composiciones más originales y reveladoras utilizando material de origen diverso. El centro de la composición es la acción de Jesús en el Templo, interpretada por la historia circundante de la higuera, que no solo otorga al santuario el papel de árbol sin fruto, estéril y maldito, sino que presenta también una alternativa: la fe y la oración que evitan el sistema sacrificial de la «cueva de bandidos» y apela directamente a la misericordia del Padre divino.

• 11, 12-14: Después de pasar la noche en Betania, Jesús y sus discípulos se dirigen de nuevo a Jerusalén (11,12). En el camino Jesús siente hambre y se acerca a una higuera para ver si tiene algún fruto (11,13a). Al no encontrar higo alguno (11,13b), maldice el árbol con una profecía amenazante: nunca dará fruto de nuevo (11,14). Desde épocas muy antiguas, los exegetas se han sentido molestos por la aparente dureza y la injusticia de la ira de Jesús contra un objeto insensible, especialmente cuando el mismo Marcos nos dice que «no era época de higos». Mateo omite ya la frase de que no era época de higos (Mt 21,19), y algunos autores suponen que el dueño del árbol, no queriendo que otros disfrutaran de su producto, lo había dejado limpio antes del tiempo de la cosecha; la maldición de Jesús, por tanto, era un castigo justificado a su egoísmo. Si no queremos dejamos llevar por una simple especulación, deberemos comenzar preguntándonos cómo se consideraban en el mundo bíblico los árboles, y sobre todo las higueras. En el contexto de las leyendas judías no hay nada insólito en que un maestro se dirija a un árbol y este le responda. Además, el Antiguo Testamento, textos judíos y el Nuevo Testamento muestran que la higuera y otros árboles simbolizan a menudo a la gente buena y mala, a los dirigentes de Israel o a la nación en conjunto (cf., por ejemplo, Jr 24,1-10; Mt 15,13; Lc 13,6-9); los mismos textos indican también que estos símbolos se utilizan muchas veces en contextos escatológicos para hablar del juicio sobre Israel (Is 34,4; Am 8,1-3; Mt 15,13; Lc 13,6-9; 23,31; Ap 6,13-14); y, finalmente, señalan que hay una relación especialmente cercana entre estas imágenes de árboles por una parte y Jerusalén y su Templo, por otra (cf., por ejemplo, Ez 47,1-12; 1Cor 3,5-17).

A la luz de este trasfondo bíblico, podríamos interpretar la higuera como un símbolo para la nación en total, pero la conclusión de la siguiente escena revela que una gran parte de la gente («la muchedumbre entera») está todavía con Jesús; solo los sumos sacerdotes y los escribas se oponen a su acción y mensaje. Teniendo en cuenta la función del Templo en nuestro relato, los culpables más inmediatos parecen ser el Templo y sus funcionarios. La imposibilidad de Jesús de encontrar fruta en el árbol, y su maldición consiguiente, apoyan la conclusión de que los mandatarios del Templo están corruptos sin esperanza; en el conjunto de la narración marcana, la esterilidad de la higuera anticipa «la abominación de la desolación» profetizada respecto al Templo en 13,14. Para Marcos, ciertamente, el Templo parece estar firmemente atrincherado en el ámbito de una estéril vejez que se encamina hacia la destrucción.

Para la comunidad marcana, que sabe que el Templo ha sido arrasado o que su destrucción es inminente, este acontecimiento catastrófico, que Jesús profetiza por medio de su maldición contra la higuera, demostrará la fiabilidad absoluta de su palabra.