Comentario del 1 de noviembre

El vidente del Apocalipsis contempla una muchedumbre inmensa e incontable de toda nación, raza y lengua, delante del trono y del Cordero, y vestidos de fiesta (con blancas vestiduras y palmas en las manos); y gritando con voz potente: ¡La salvación es de nuestro Dios… y del Cordero!

Aquí tenemos representados a esos santos que hoy celebramos como esa muchedumbre inmensa en la que se encuentran hombres, mujeres, niños, ancianos y adultos de toda procedencia, de toda raza y nación, y celebrando la salvación que reconocen como don de Dios; pues la salvación –dicen- es de nuestro Dios y del Cordero. Pero los beneficiarios de esa salvación son finalmente los salvados: esos santos que lo son porque ya han logrado su destino y su fin últimos. Porque no tenemos otra meta que la salvación; y decir salvación es también decir bienaventuranza; pues con la salvación llega la plena satisfacción de nuestros deseos y aspiraciones más hondas, ésas que nunca se ven saciadas con nada de este mundo y tienen, por tanto, el carácter de lo infinito y lo eterno.

Pero esos santos que hoy celebramos como miembros de nuestra Iglesia, en este caso triunfante, vienen como nosotros de la gran tribulación que representa el paso por este mundo o valle de lágrimas. Pero es ahí, en el lugar de la gran tribulación, donde han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero: algo que les ha permitido presentarse con el traje de fiesta en el banquete del Reino de los cielos. Estos son los méritos de los santos (un una u otra forma, mártires): haber mezclado (o lavado) su vida con la sangre del Cordero: una sangre que lava y purifica, una sangre que hace dignos del Reino de Dios.

San Juan nos dice que los santos no son otra cosa que hijos de Dios en los que ya se ha manifestado lo que están llamados a ser: la perfecta semejanza con Él que nos logra la visión. Entonces, cuando le veamos tal cual es, seremos semejantes a Él, como los santos, moradores del cielo. Pero para verle en este modo, es preciso una mirada limpia, esto es, esa limpieza de corazón que permite ver a Dios. Es la mirada que han adquirido los santos a lo largo de su vida: una mirada que se ha ido forjando en la fe, la esperanza y la caridad, una mirada de hijos, a la que nos vamos conformando en la medida en que contemplamos al Hijo y sus actuaciones. Contemplar al Hijo es contemplar a Dios en la tierra o con indumentaria humana. No es la contemplación cara a cara, pero la anticipa en alguna medida. Y habitúa nuestra mirada a la visión definitiva de Dios en el cielo.

Sólo los que alcanzan este fin: ver a Dios, logran la felicidad deseada, porque sólo Dios, el sumo Bien, puede colmar nuestras ansias de felicidad. Pero para alcanzar esta meta es necesario, como señalan las bienaventuranzas, hacerse pobre de espíritu, ser sufrido (paciente), tener hambre y sed de la justiciaser misericordioso, trabajar por la paz, ser perseguido por causa de la justicia o por causa de Cristo… porque sólo de ellos es el Reino de los cielos, o el consuelo, o la saciedad…, o la gran recompensa en el cielo, es decir, la dicha que otorga este estado o recompensa al que da acceso la pobreza de espíritu, el sufrimiento soportado con amor, la misericordia que atrae misericordia, la limpieza de corazón que propicia la visión de Dios.

Los santos que hoy recordamos son precisamente estos bienaventurados (=dichosos) que ven a Dios y han entrado en posesión del Reino de los cielos, hasta el punto de quedar saciados. Ésta es su recompensa. Para esto fueron hechos. Ésta debe ser también nuestra aspiración, pues también nosotros hemos sido hechos (por Dios) para el cielo. Más allá no hay nada a lo que aspirar, pues más allá del cielo no hay nada.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística