I Vísperas – Domingo XXXI de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO XXXI DE TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Acuérdate de Jesucristo,
resucitado de entre los muertos.
Él es nuestra salvación,
nuestra gloria para siempre.

Si con él morimos, viviremos con él;
si con él sufrimos, reinaremos con él.

En él nuestras penas, en él nuestro gozo;
en él la esperanza, en él nuestro amor.

En él toda gracia, en él nuestra paz;
en él nuestra gloria, en él la salvación. Amén.

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

LECTURA: Hb 13, 20-21

Que el Dios de la paz, que hizo subir de entre los muertos al gran Pastor de las ovejas, nuestro Señor Jesús, en virtud de la sangre de la alianza eterna, os ponga a punto en todo bien, para que cumpláis su voluntad. Él realizará en nosotros lo que es de su agrado, por medio de Jesucristo; a él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cuántas son tus obras, Señor.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

R/ Y todas las hiciste con sabiduría.
V/ Tus obras, Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

PRECES
Recordando la bondad de Cristo, que se compadeció del pueblo hambriento y obró en favor suyo los prodigios de su amor, digámosle con fe:

Muéstranos, Señor, tu amor.

Reconocemos, Señor, que todos los beneficios que hoy hemos recibido proceden de tu bondad;
— haz que no tornen a ti vacíos, sino que den fruto, con un corazón noble de nuestra parte.

Oh Cristo, luz y salvación de todos los pueblos, protege a los que dan testimonio de ti en el mundo
— y enciende en ellos el fuego de tu Espíritu.

Haz, Señor, que todos los hombres respeten la dignidad de sus hermanos,
— y que todos juntos edifiquemos un mundo cada vez más humano.

A ti, que eres el médico de las lamas y de los cuerpos,
— te pedimos que alivies a los enfermos y des la paz a los agonizantes, visitándolos con tu bondad.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Dígnate agregar a los difuntos al número de tus escogidos,
— cuyos nombres están escritos en el libro de la vida.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Señor de poder y de misericordia, que has querido hacer digno y agradable por favor tuyo el servicio de tus fieles, concédenos caminar  sin tropiezos hacia los bienes que nos prometes. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 2 de noviembre

El pan de la vida
Juan 6, 37-40

1. LECTIO

a) Oración inicial:

Espíritu, ven de los cuatro vientos y sopla sobre estos muertos para que revivan (Ez 37,9), ven Espíritu Santo, sopla sobre nuestra mente, sobre nuestro corazón, sobre nuestra alma, para que seamos en Cristo una nueva creación, primicia de la vida eterna. Amén

b) Lectura del Evangelio:

En aquel tiempo, les dijo Jesús: 37«Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera; 38 porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. 39 Y esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día. 40 Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día.»

c) Momentos de silencio orante:

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestras vidas

2. MEDITATIO

a) Clave de lectura:

En el evangelio de Juan, el punto de vista fundamental sobre Jesús y su misión es que el Verbo hecho carne ha sido enviado por el Padre al mundo para darnos la vida y salvar lo que estaba perdido. El mundo por su parte rechaza al Verbo encarnado. El prólogo del Evangelio nos presenta este pensamiento (Jn 1, 1-18), que sucesivamente el evangelista continuará elaborando en el relato evangélico. También los evangelios sinópticos, a su modo, anuncian esta novedad. Piénsese en las parábolas de la oveja extraviada y del drama perdido (Lc 15, 1-10), o en la declaración: no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores (Mc 2, 17).

Esta línea de pensamiento lo encontramos también en este pasaje:He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad delque me ha enviado (Jn 6,38) . Y esta es la voluntad de mi Padre, que quien vea al Hijo y crea en Él tenga la vida eterna (Jn 6,40). Palabras claves del evangelio de Juan son: ver y creer. Ver, implica y significa automáticamente creer en el Hijo enviado por el Padre. Con esta forma de fe el creyente posee ya la vida eterna. En el evangelio de Juan, la salvación del mundo se cumple en la primera venida de Cristo a través de la encarnación y con la resurrección de aquél que se deja elevar en la cruz. La segunda venida de Cristo en el último día será el complemento a este misterio de salvación

El pasaje del evangelio de hoy está sacado de la sesión que habla del ministerio de Jesús (Jn 1, 12). El texto nos lleva a la Galilea, al tiempo de la Pascua, la segunda vez en el texto juaneo: Después de estos hechos, Jesús partió a la otra orilla del mar de Galilea…Estaba vecina la Pascua, la fiesta de los Judíos (Jn 6, 1, 4). Una gran muchedumbre lo seguía (Jn 6,2) y Jesús viendo a la gente que lo seguía multiplica los panes. La gente lo quiere proclamar rey, pero Jesús huye y se retira a la montaña Él solo (Jn 6,15). Después de una breve pausa que nos hace ver al Señor caminando sobre las aguas (Jn 6, 16-21), el relato sigue al otro día(Jn 6, 22), con la gente que continúa esperando y buscando a Jesús. Sigue después el discurso sobre el pan de la vida y la amonestación de Jesús a buscar el alimento que siempre perdura (Jn 6, 22). Jesús se define a sí mismo como el pan de la vida, haciendo referencia al maná dado al pueblo por Dios mediante Moisés, como una figura del verdadero pan que desciende del cielo y da la vida al mundo (Jn 6, 30 -36). En este ámbito se desarrolla las palabras de Jesús que nosotros estamos usando para nuestra Lectio (Jn 6, 37-40). En este contexto encontramos una nueva oposición y un nuevo rechazo de la revelación de Cristo como el pan de la vida (Jn, 6, 41-66).

Las palabras de Jesús sobre el que viene a Él, hacen eco de la invitación de Dios a participar en los bienes del banquete de la alianza (Is 55, 1-3). Jesús no rechaza a los que van a Él, sino que les da la vida eterna. Su misión es precisamente buscar y salvar lo que estaba perdido (Lc 19, 27). Esto nos recuerda el relato del encuentro de Jesús con la Samaritana junto al pozo de Jacob (Jn 4, 1- 42). Jesús no rechaza a la Samaritana, sino que comienza con ella un diálogo “pastoral” con la mujer que viene al pozo por el agua material y encuentra el hombre, el profeta y el Mesías que le promete el agua de la vida eterna (Jn 4, 13-15). Tenemos pues en el relato la misma estructura: de una parte la gente busca el pan material y de la otra, por el contrario, se hace por parte de Jesús todo un discurso espiritual sobre el pan de la vida.

También el testimonio de Jesús, que come el pan de la voluntad de Dios (Jn 4, 34), reconfirma lo que el Maestro enseña en este pasaje evangélico (Jn 6, 38).

En la última cena vuelve a tomar una vez más todo este discurso en el capítulo 17. Es Él el que da la vida eterna (Jn 17, 2), conserva y guarda a todos los que el Padre le ha dado. De éstos ninguno se ha perdido, sino el hijo de la perdición (Jn 17, 12-13)

b) Algunas preguntas:

para orientar la meditación y actualizarla.

* El Verbo hecho carne es enviado por el Padre al mundo para darnos vida, pero el mundo rechaza al Verbo encarnado. ¿Acepto en mi vida al Verbo encarnado que da la vida eterna? ¿Cómo?

* He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad de aquél que me ha enviado (Jn 6, 38). En Jesús vemos la obediencia a la voluntad del Padre ¿Interiorizo esta virtud en mi vida para vivirla cada día?

* Quienquiera que ve al Hijo y cree en Él tendrá la vida eterna (Jn 6, 40). ¿Quién es Jesús para mí? ¿Trato de verlo con los ojos de la fe, escuchando sus palabras contemplando su modo de ser? ¿Qué significa para mi la vida eterna?

3. ORATIO

a) Salmo 22:

Yahvé es mi pastor, nada me falta.
En verdes pastos me hace reposar.
Me conduce a fuentes tranquilas,
allí reparo mis fuerzas.
Me guía por cañadas seguras
haciendo honor a su nombre.

Aunque fuese por valle tenebroso,
ningún mal temería,
pues tú vienes conmigo;
tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas ante mí una mesa,
a la vista de mis enemigos;
perfumas mi cabeza,
mi copa rebosa.
Bondad y amor me acompañarán
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa de Yahvé
un sinfín de días.

b) Oración final:

Oh Dios, que nos nutre en la mesa de tu palabra y del pan de la vida para hacernos crecer en el amor. Concédenos acoger tu mensaje en nuestro corazón para llegar a ser en el mundo levadura e instrumento de salvación. Por Cristo Nuestro Señor Amén.

4. CONTEMPLATIO

La contemplación es el saber unir nuestro corazón y nuestra mente al Señor que con su Palabra nos transforma en nuevas personas que cumplen siempre su voluntad. “Sabiendo estas cosas, seréis dichosos si la ponéis en práctica” (Jn 13,17).

Mirando por encima de la hojarasca

Lo dice un viejo proverbio “Que la espesura del bosque no te impida ver y buscar el horizonte”. Algo así le ocurría a Zaqueo (pequeño de estatura pero con ansias de ver al Señor) y, algo parecido, nos puede suceder a nosotros; nos sentimos grandes pero, el monumental lío junto al espectáculo que se levanta delante de nuestros ojos, nos impiden ver y sentir la presencia de un Jesús que, una y otra vez, nos dice: “hoy quiero hospedarme en tu casa”.

1.- Hay muchos árboles a los que podemos encaramarnos para ver más allá de nosotros mismos. Los cristianos, desde aquel primer Jueves Santo, tenemos el árbol de la Eucaristía. En ella, con un valor infinito, nos encontramos cara a cara con la Palabra de Dios y, por si fuera poco, con el mismísimo Cuerpo y Sangre de Jesucristo. ¿Qué nuestros sentidos no lo perciben? ¿Qué nuestra vista no lo ve del todo claro? ¿Qué nuestro foro interno no se siente transformado cuando escuchamos el mensaje, siempre profundo e interpelante de la Palabra del Señor?

Tenemos que despertar el interés por las cosas de Dios. Zaqueo, en su pequeñez y en su debilidad, le acompañó una gran virtud: ¡fue un curioso! No se echó atrás ante las dificultades. Tal vez incluso, alguno, le diría al oído que aquel nazareno era un impostor, que no merecía pena subirse a un árbol desde el cual, además, podía caerse. Pero, Zaqueo, no se lo pensó dos veces: ¡subió y vio al Señor! Y, el Señor, que valora y sale al encuentro del que lo busca…hizo con Zaqueo dos milagros: que no se conformara con estar en un simple árbol y que, además, su casa se convirtiera en anfitriona de Jesús. ¿Pudo esperar más en tan poco espacio y tiempo Zaqueo? Su pecado, la distancia que le separaba de Jesús, pronto fue historia pasada.

2.- Uno de los males que aquejan a nuestra comunidad eclesial es precisamente nuestra corta estatura. Nos conformamos con los mínimos. Nos cuesta realizar un esfuerzo extraordinario para que, nosotros y otros, vean y descubran el rostro del Dios vivo en Jesús. Recientemente, con motivo del Domund, reflexionábamos sobre un slogan que viene en este día como anillo al dedo “queremos ver a Jesús”. A Zaqueo no se lo pusieron fácil; entre la gente (mayor que él) y su pequeñez (pero con anhelos de ver algo grande) todo era una carrera de obstáculos para hacerse el encontradizo con Jesús.

3.- Ese Zaqueo, rodeado de dificultades y de muros, somos nosotros. Unos son construidos por una sociedad que quiere prescindir de Dios (y que desea que también nosotros lo hagamos) y, otros muros, levantados por nosotros mismos (fragilidades, contrariedades, afán de riqueza, conformismo, etc.).

Tenemos que reconocer que, no siempre, damos la talla para estar a la altura de Jesús o, por lo menos, por intentar tocar la orla de su manto, o para escuchar con todas las consecuencias su mensaje de salvación o, simplemente, para que –durante un tiempo- se quede por la oración y la meditación en la casa de nuestro corazón.

4.- ¿Lo intentamos? ¿Qué nos aparta del amor de Dios? ¿Qué personas e ideas se convierten en diques que nos impiden vivir y fiarnos de verdad del Señor? ¿En qué aspectos tenemos que crecer o cultivar para sentir que Jesús pasa al lado de nosotros?

Malo será que, el Señor, en vez de decirnos “bajad de ese árbol” al ver nuestra situación personal, nuestro mundo idílico, nuestros sueños y fantasías… más bien nos sugiera: “bajad de la higuera que estoy yo aquí vosotros” ¿O no?

5.- COMO ZAQUEO, SEÑOR

Quiero ser pequeño, para luego,
ver y comprobar que Tú eres lo más grande
Quiero sentir mi pecado y mi debilidad
para, luego, gustar que Tú eres la santidad y la gracia,
la vida y la verdad, altura de miras hontanar de bondad.

COMO ZAQUEO, SEÑOR
Quiero ascender al árbol de la oración

y, agarrado a sus ramas, saber que tú en ella
me tiendes la mano y me acompañas
me proteges y, al oído, siempre me hablas
me auxilias, y en mis caminos,
me alumbras con la luz de tu Verdad.

COMO ZAQUEO, SEÑOR
A veces me siento pecador y egoísta

usurero y con afán de riquezas.
Por eso, Señor, como Zaqueo
quiero ser grande en aquello que son pequeño
y, diminuto, en aquello que soy gigante.

¿ME AYUDARÁS, SEÑOR?
No pases de largo, Jesús mío.

Que son muchos los tropiezos
los que de saltar para llegarme hasta tu encuentro
Que son incontables los intereses y, a veces las personas,
que me impiden darme el abrazo contigo

COMO ZAQUEO, SEÑOR
En la noche oscura de mi alma

haz que nunca me falte un árbol donde remontarme
Una rama donde agarrarme
Un tronco donde apoyarme para que, cuando pases,
aunque, por mi cobardía, no te diga nada
Tú, Señor, me digas…. ¡en tu casa quiero yo hospedarme!

Javier Leoz

Comentario del 2 de noviembre

Hoy conmemoramos a nuestros difuntos; algo que exige hacer memoria de ellos, pero no para quedarnos atados a la nostalgia de un pasado irrecuperable o para sentir el aguijón de ciertos reproches que nos recuerdan lo que podríamos haber hecho por ellos y no hicimos. Les recordamos para rezar por ellos, porque entendemos que nuestra oración, en esa corriente de intercomunicación que recorre el cuerpo místico de Cristo, les puede seguir siendo útilAsí nos lo hace ver el texto sagrado (2 Mac 12, 43): es una idea piadosa y santa rezar por los difuntos, para que sean librados del pecado. Porque tales difuntos pueden estar todavía necesitados de esta liberación.

El pecado apresa hasta hacer sentir sus cadenas más allá de la muerte. Es la Iglesia purgante, la que todavía experimenta la servidumbre del pecado y la todavía necesitada de liberación. Pues bien, nuestras oraciones pueden contribuir a lograr esta liberación pendiente. Rezando por los difuntos llevamos a la práctica esta idea piadosa y santa. Pero rezar por ellos es también recordarlos. Son momentos para la oración y para el recuerdo; pero también para la reflexión. Y es que ante el fenómeno de la muerte no dejan de acumularse preguntas en nuestra mente: ¿Qué razón de ser tiene esta vida tan asediada y asaeteada por la muerte? Porque la muerte no es sólo el acontecimiento que clausura nuestra vida en este mundo. La muerte no está sólo al final (lo estará como consumación, pero no como amenaza y acechanza ); está también al principio y en medio de la vida. Está permanentemente. Lo está como riesgo o amenaza, como noticia de su incesante acaecer, como anticipo que se deja sentir en la enfermedad o en la experiencia-límite. Y en presencia de la muerte, la vida se nos presenta demasiado precaria y pasajera, siempre pendiente de un hilo y asomada al abismo.

Ya el profeta se lamentaba en su situación de abatimiento: De la dicha no le quedaba siquiera el recuerdo. Se le habían acabado las fuerzas, y con ellas la esperanza. Era tal su aflicción y amargura que sentía su sangre envenenada. Pero al final del túnel divisa una lucecilla, algo que le trae a la memoria y que le infunde esperanza. Sin esta memoria habría caído en la oscuridad más tenebrosa. ¿Y qué es eso que aún le mantiene esperanzado? Que la misericordia del Señor no termina y no se acaba su compasión; que el Señor sigue estando ahí para remediar nuestros males, incluido el mal irreversible de la muerte. Y está no para los que no esperan ya nada de Él, sino para quienes en Él esperan y lo buscan: con todas sus deficiencias y pecados, pero lo buscan y esperan en Él y en su capacidad para compadecerse de nuestros males. Por eso, qué bueno es esperar en silencio, sin alborotos ni presunciones; en silencio, pero esperando la salvación del Señor, porque tal es el remedio de nuestros males. Esperando en silencio, pero orando, incluso gritando desde lo hondo: Señor, escucha mi voz, porque mi alma espera en tu palabra sanante, liberadora, poderosa, benéfica.

¿Cómo no esperar en la palabra del que es eternamente fiel, del que no engaña ni se engaña? ¿Cómo no tranquilizarnos; cómo no creer en la palabra de Jesús que nos dice que su Padre dispone de una casa con muchas estancias, para la que la muerte no es un obstáculo, sino un acceso, y que él se nos anticipa para prepararnos sitio? Por eso su ausencia no nos debe sumir en la tristeza; por eso, no debemos desesperar nunca, pues confiamos en que volverá y nos llevará consigo. Esta confianza en su retorno; esta seguridad de que nos llevará consigo, de que no quedaremos en la situación en que nos deja la muerte, de que no volveremos a la condición inorgánica de nuestra materia o a esa nada de la que salimos, nos mantiene persistentemente en la esperanza, aguardando siempre la Tierra de promisión, el cielo de la promesa, adonde Cristo nos llevará con él en esa condición gloriosa que adquirió tras su resurrección de entre los muertos. Apoyados en esta esperanza, siempre podremos divisar en nuestro horizonte un futuro mejor, un futuro esplendoroso. Con la esperanza siempre hay futuro, pues el Señor no permite que se cierren todas las puertas de la vida. Él mismo es la Vida, y contra ella no hay poder que pueda aniquilarla.

También san Pablo vivía de esta certeza: Si nuestra existencia –decía- está unida a él en una muerte como la suya (tras haber asumido él una muerte como la nuestra), lo estará también en una resurrección como la suya. Es el efecto de la incorporación o de la unión con él. Así pasamos de estar muertos con él a estar vivos con él, y con una vida como la suya actual, es decir, con una vida como la adquirida tras la resurrección o vida sin sombra de muerte, ya que una vez resucitado no muere más, pues la muerte no tiene dominio sobre esa vida que es eterna, esto es, que no está sujeta a temporalidad alguna. Y del mismo modo que la muerte, tampoco el pecado tiene dominio sobre esta vida que ha quedado absuelta del pecado y liberada de toda servidumbre.

Nuestro deseo incontenible de vida se ve, pues, refrendado por esta promesa a la que hemos dado fe. El que afronta la muerte con esta fe (la de que no moriremos para siempre) podrá situarse ante ella con serenidad y esperanza, como ante un trance que es tránsito hacia un estado mejor. Y podrá concebir la vida como un regalo a la vez que como una ofrenda: algo similar a un préstamoque exige devolución, pero para obtener a cambio una vida infinitamente mejor: la misma vida de Dios.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

170. El Sínodo reconoció que «aunque de forma diferente respecto a las generaciones pasadas, el compromiso social es un rasgo específico de los jóvenes de hoy. Al lado de algunos indiferentes, hay muchos otros dispuestos a comprometerse en iniciativas de voluntariado, ciudadanía activa y solidaridad social, que hay que acompañar y alentar para que emerjan los talentos, las competencias y la creatividad de los jóvenes y para incentivar que asuman responsabilidades. El compromiso social y el contacto directo con los pobres siguen siendo una ocasión fundamental para descubrir o profundizar la fe y discernir la propia vocación […]. Se señaló también la disponibilidad al compromiso en el campo político para la construcción del bien común»[91].


[91] DF 46.

Zaqueo era un mal ricachón

1.- COMPASIÓN. – Señor, el mundo entero es ante Ti como un grano de arena en la balanza, como una gota de rocío mañanero que cae sobre la tierra. Tu grandeza es infinita. Tú estás por encima de los más lejanos e invisibles sistemas planetarios, estás dentro de los componentes ínfimos del átomo. Lo que es un misterio para la inteligencia de los hombres, es para ti una realidad clara y sencilla.

Es lógico que desde tu majestad suprema mires compasivamente a este pobrecito pigmeo que es el hombre. Y que te sientas inclinado a perdonar su absurda soberbia. Lo mismo que nosotros nos sentimos inclinados a comprender las mil ocurrencias y travesuras de un niño pequeño.

Tu compasión no tiene límites porque ante todo eres Amor. Por eso cierras los ojos a los pecados de los hombres, disimulas y esperas. Confiando que algún día ese niño travieso caiga en la cuenta de tu infinito cariño por él, y deje de ofenderte quebrantando tu Ley.

Otras veces cambias de táctica. Y en lugar de cerrar los ojos y de disimular, coges al niño en tus brazos y le das una azotaina. Tratas de corregirle poco a poco, recordándole tu deseo de que se enmiende, de que cambie de actitud y no siga haciendo fechorías.

Quieres que el niño no corra peligro, que no se arriesgue tontamente a perder su vida. Por eso le recuerdas su falta. Haces que la conciencia se le despierte, que el niño se dé cuenta de que está obrando mal… Sería absurdo pensar que intentas fastidiarnos cuando Tú, a través de lo que sea, nos recuerdas que estamos obrando mal. No, tú sólo buscas nuestro bien. Tú sólo deseas que no sigamos recorriendo un triste camino que termina en la muerte definitiva. Tú, compasivo hasta el infinito, nos llamas con paciencia, nos castigas suavemente, o duramente, pero sólo para que nuestra fe se reavive, sólo para que volvamos nuestros ojos hacia los tuyos e imploremos perdón.

2.- ¿IGLESIA DE LOS POBRES? Se ha venido insistiendo en ciertos sectores en hablar de la Iglesia de los pobres, de modo a veces exclusivista. Se ha considerado que sólo aquellos que nada, o muy poco tienen, son dignos de la atención y el desvelo de la Iglesia. Con ello se ha caído en un defecto que se quería combatir, el concebir a la Iglesia como una sociedad clasista. Si antes se consideraba que la Iglesia era sólo de los ricos, ahora se pensaría que sólo era de y para los pobres.

Como es lógico, ambas concepciones son parciales y extrañas a la mente de su fundador, nuestro Señor Jesucristo. Sólo se podría hablar de la Iglesia de los pobres en el caso de concebir la pobreza en su verdadero y evangélico sentido, la pobreza que consiste en necesitar a Dios, la indigencia del que se siente pecador y necesitado del perdón divino, o la del que se ve pequeño y débil y recurre al Señor como única fuerza capaz de salvarle, en definitiva se trata de la pobreza del que nada tiene y todo lo espera del Padre eterno. De ahí que en el Evangelio se diga que Cristo ha venido para salvar a los pecadores, o también que es preciso ser como niños para entrar en el Reino, o dichosos los pobres porque de ellos es el Reino de los cielos.

Un caso ilustrativo de esta doctrina es el caso de Zaqueo, que hoy nos presenta el Evangelio del día. Era un mal ricachón que amontonó riquezas a costa de los demás. Él mismo lo reconoce cuando habla de compensar a quienes ha defraudado. Ese reconocimiento de su condición de pecador, esa necesidad que sentía del perdón divino, era precisamente su pobreza, la actitud de humildad profunda que Jesús admira y bendice. Por eso, el Señor se compadeció de él, por eso se hospedó en su casa, ante el escándalo de quienes consideran un baldón entrar en la casa de un pecador semejante. Ante la cercanía del Señor, Zaqueo comprende su lastimosa situación y se arrepiente de sus pecados de una forma sincera y valiente. Promete ante todos devolver con creces lo que había robado, pues comprende que sin restitución no hay perdón para quien se queda con lo ajeno. Además promete entregar la mitad de sus bienes a los pobres.

Había comprendido el verdadero interés de Jesucristo por los pobres, había entendido en poco tiempo, que era imposible ser discípulo del Señor y no preocuparse de remediar las necesidades de los demás. Es la misma doctrina que la Iglesia ha venido pregonando a lo largo de su historia, es la misma preocupación por las necesidades de los pobres, que ha vivido el corazón de tantos cristianos que han sabido practicar la justicia y la caridad con aquellos que tenían necesidad de ser remediados. En ese sentido se puede hablar de la Iglesia de los pobres, ya que ellos siempre han ocupado un lugar importante en la vida de la Iglesia, manifestada sobre todo en esas instituciones y órdenes religiosas que se han volcado, y se vuelcan, en los necesitados. Pero ello no nos puede inducir a despreciar a nadie, y menos a los que carecen de los bienes más importantes, los de la comprensión y del perdón divino.

Antonio García-Moreno

El contacto con Jesús debe hacernos mejores cristianos

1.- Jesús levantó los ojos y le dijo: Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa. Él se dio prisa en bajar y le recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban diciendo: ha entrado a hospedarse en casa de un pecador. Pero Zaqueo, de pie, dijo al Señor: Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más. Jesús le dijo: Hoy ha sido la salvación de esta casa. El ejemplo de Zaqueo es bueno para que todos nosotros lo meditemos. Nuestra relación con Jesús nunca puede reducirse a algo exclusivamente afectivo y oracional; debe cambiar radicalmente nuestro comportamiento. Una buena relación con Jesús implica siempre una buena relación afectiva y social con nuestro prójimo. Con los más cercanos, dentro de nuestra propia familia, y con todas las personas con las que, por las circunstancias que sea, nos relacionamos. Si realmente los cristianos nos relacionamos religiosamente con nuestro Maestro, eso deben notarlo, socialmente, todas las personas que nos conocen. Si todos los cristianos actuáramos como actuó Zaqueo, los cristianos seríamos un fermento de cambio grande en el mundo en el que vivimos. Es triste que a los cristianos, el mundo sólo nos identifique cuando nos ve entrar o salir de la iglesia. Estamos cansados de oír que Jesús tenía preferencia por los pobres, pecadores y personas excluidas. Y es que Jesús sabía muy bien que su contacto con pecadores y personas marginadas les cambiaba la conducta. Jesús, que, necesariamente, quería que todos fuésemos justos, amaba a los pecadores precisamente para que dejaran de serlo. Así debemos entender las parábolas de la oveja perdida y del hijo pródigo, entre otras. En este domingo hagamos nosotros el propósito firme de entrar en contacto con personas alejadas de la religión cristiana y de toda práctica religiosa. ¡La Iglesia en salida! Sin dejar, por supuesto, de tener una relación cordial y diaria con nuestra parroquia. ¡Que nuestro contacto con Jesús mejore el mundo en el que nosotros vivimos!

2.- Señor, el mundo entero es ante ti como un grano en la balanza, como gota de rocío mañanero sobre la tierra. Pero te compadeces de todos, porque todo lo puedes y pasas por alto los pecados de los hombres para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste… Les reprendes y les recuerdas su pecado para que, apartándose del mal, crean en ti, Señor. Este bello texto del libro de la Sabiduría pone al ser humano en su sitio, respecto a Dios. Ante Dios, nosotros no somos más que polvillo de balanza, rocío mañanero. Pero nuestra pequeñez no es ningún obstáculo para que Dios nos ame, porque nuestro Dios “ama a todos los seres y no aborrece nada de lo que hizo”. También debemos interpretar nuestra pequeñez y nuestras inmensas limitaciones precisamente para creer más en Dios y para tratar de ser mejores hijos suyos. Debemos admirar y agradecer la grandeza de nuestro Padre Dios y, en nuestros momentos malos, saber que Dios no nos va a abandonar nunca, porque nos ama pequeños como somos. Nuestra confianza en la grandeza de Dios nos anima a ofrecerle nuestra debilidad, porque Dios nos ama.

3.- A propósito de la venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con él, os rogamos que no perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis por alguna revelación, rumor o supuesta carta nuestra, como si el día del Señor estuviera encima. Yo creo que los cristianos de este siglo XXI ya no estamos alarmados, esperando que la segunda venida vaya a ocurrir de un momento a otro, como les ocurrió a los primeros cristianos de Tesalónica después de recibir la primera carta de San Pablo. Limitémonos, pues, a “pedir a Dios que nos haga dignos de nuestra vocación y con su poder lleve a término todo propósito de hacer el bien y la tarea de la fe”

Gabriel González del Estal

El ejemplo de Zaqueo

Después de celebrar la solemnidad de Todos los santos y de recordar a nuestros difuntos, hoy la liturgia pone ante nosotros el ejemplo de Zaqueo. El pasaje del Evangelio de hoy es un perfecto modelo de arrepentimiento, confesión y conversión, que es lo que tanto necesitamos para llegar a la santidad. Los pasos que sigue Zaqueo en su encuentro con Cristo son los mismos pasos que hemos de dar también nosotros en nuestra vida de fe.

1. Zaqueo quiere ver a Jesús. Nos dice el Evangelio que Zaqueo era jefe de publicanos y rico. A primera vista, parece que Zaqueo no es el mejor ejemplo de seguidor de Jesús. Era un hombre mal visto por la sociedad, pecador, ladrón que se había hecho rico a costa de robar a los de s propio pueblo con el cobro fraudulento de impuestos. Era, utilizando un término muy actual, un corrupto. Por de pronto, podemos pensar que Zaqueo ni es digno de Jesús ni parece que tenga ninguna intención de seguirle. Sin embargo, el Evangelio nos dice que Zaqueo deseaba ver a Jesús. Pero tenía una pequeña dificultad, y es que era bajo de estatura, y con tanta gente que seguía a Jesús le resultaba casi imposible verle. Pero sus ganas de verle eran tan grandes que hizo todo lo posible por verle, hasta subirse a una higuera. Quizá Zaqueo deseaba ver a Jesús por la curiosidad que despertaba entre las multitudes que le escuchaban. Quizá deseaba ver para que nadie le contase. O quizá tenía verdaderos deseos de encontrarse personalmente con Jesús. Pero fuera como fuese, Zaqueo deseaba ver a Jesús. Un primer paso en nuestra vida de fe es tener en nuestro corazón este deseo de ver también nosotros a Jesús. Como en aquella ocasión, en la que Jesús iba por Jericó, también hoy Jesús pasa por nuestro lado. Podemos seguir con la cabeza agachada, pensando sólo en nuestras cosas. O podemos hacer como Zaqueo, desear verle, correr detrás de Él, e incluso subirnos a algún lugar más alto para poder encontrarnos con Él.

2. Jesús quiere hospedarse en casa de Zaqueo. Dice el Evangelio que, cuando Jesús pasó por debajo de aquella higuera en la que estaba subido Zaqueo, Jesús le llamó por su nombre. Y es que mucho antes de que Zaqueo deseara ver a Jesús, Éste ya se había fijado en él, ya le conocía. Por eso, la clave no es que nosotros salgamos corriendo en busca de Dios, sino que Él ya nos conoce mucho antes, ya sabe cómo somos, y desea encontrarse con nosotros. A Zaqueo le dijo que deseaba hospedarse en su casa aquel día. Dios entró en la casa de aquel hombre, se hizo su huésped. También Dios quiere entrar en nuestra casa, en nuestra vida. Dios quiere ser nuestro huésped, compartir mesa y mantel con nosotros, charlar tranquilamente cara a cara, tener un rato de encuentro con nosotros. Antes incluso de que nosotros deseemos salir a buscarle, Él ya está deseando estar con nosotros, y nos pide que le abramos de par en par las puertas de nuestra casa, de nuestra vida, para que Él pueda entrar y hospedarse en nosotros. Dios quiere hacer morada en nosotros.

3. El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido. Pero claro, que un maestro como Jesús entrase en casa de un publicano, y aun encima de un jefe de publicanos, provocó el escándalo entre aquella gente que lo vio. Si Zaqueo era un pecador, un corrupto, un ladrón, ¿cómo iba Dios a entrar en su casa? Por eso la gente comenzó a murmurar. Sin embargo, Zaqueo se puso en pie, confesó públicamente su pecado, mostró un verdadero arrepentimiento y se comprometió a ayudar a los pobres y a devolver aquello que había robado. Sin duda, aquel encuentro con Jesús había cambiado la vida de Zaqueo. Lo que en un principio era un deseo de ver a Jesús quizá por pura curiosidad, se ha convertido en un verdadero encuentro con el amor y la misericordia infinita de Dios. Zaqueo, al dejar que Jesús entrara en su casa, cambió no sólo de actitud, sino que cambió de vida. Y así, el que robaba y se aprovechaba de los demás, ahora ayuda a los pobres y devuelve con creces lo que ha robado. No importa lo que hayas hecho hasta ahora, es lo que le responde Jesús, lo que importa es que te has dado cuenta de tu error, te has arrepentido y has decidió cambiar de vida. Por eso llega la salvación a Zaqueo, porque Jesús ha venido precisamente por lo pecadores, para que se conviertan. Jesús ha venido para buscar al que está perdido y salvarle. Por ello, la actitud de Zaqueo hemos de aprenderla e imitarla en nuestra propia vida. Si dejamos que Dios entre de verdad en nuestra vida, este encuentro con Él puede llegar a cambiar nuestra vida. Para esto ha venido Cristo y por esto está deseando hospedarse en nosotros.

En esta Eucaristía, Cristo viene una vez más a nosotros, está deseando entrar en nosotros y hospedarse en nuestra vida. Nosotros, como Zaqueo, hemos venido a la Eucaristía para encontrarnos con Él. Y nos llevamos la sorpresa de que Él ya nos conoce a nosotros antes incluso de que nosotros nos demos cuenta. Nos llama por nuestro nombre y nos pide que le abramos el corazón. Dejemos entrar a Dios en nuestra vida y, como Zaqueo, convirtámonos de nuevo al Señor. Él nos da la felicidad y la vida plena. Con Él no perdemos, sino que ganamos siempre en amor y en misericordia.

Francisco Javier Colomina Campos

Para Jesús no hay casos perdidos

Jesús alerta con frecuencia sobre el riesgo de quedar atrapados por la atracción irresistible del dinero. El deseo insaciable de bienestar material puede echar a perder la vida de una persona. No hace falta ser muy rico. Quien vive esclavo del dinero termina encerrado en sí mismo. Los demás no cuentan. Según Jesús, «donde esté vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón».

Esta visión del peligro deshumanizador del dinero no es un recurso del Profeta indignado de Galilea. Diferentes estudios analizan el poder del dinero como una fuerza ligada a pulsiones profundas de autoprotección, búsqueda de seguridad y miedo a la caducidad de nuestra existencia.

Para Jesús, la atracción del dinero no es una especie de enfermedad incurable. Es posible liberarse de su esclavitud y empezar una vida más sana. El rico no es «un caso perdido». Es muy esclarecedor el relato de Lucas sobre el encuentro de Jesús con un hombre rico de Jericó.

Al atravesar la ciudad, Jesús se encuentra con una escena curiosa. Un hombre de pequeña estatura ha subido a una higuera para poder verlo de cerca. No es un desconocido. Se trata de un rico, poderoso jefe de recaudadores. Para la gente de Jericó, un ser despreciable, un recaudador corrupto y sin escrúpulos. Para los sectores religiosos, «un pecador» sin conversión posible, excluido de toda salvación.

Sin embargo, Jesús le hace una propuesta sorprendente: «Zaqueo, baja en seguida porque hoy tengo que alojarme en tu casa». Jesús quiere ser acogido en su casa de pecador, en el mundo de dinero y de poder de este hombre despreciado por todos. Zaqueo bajó enseguida y lo recibió con alegría. No tiene miedo de dejar entrar en su vida al defensor de los pobres.

Lucas no explica lo que sucedió en aquella casa. Solo dice que el contacto con Jesús transforma radicalmente al rico Zaqueo. Su compromiso es firme. En adelante pensará en los pobres: compartirá con ellos sus bienes. Recordará también a las víctimas de las que ha abusado: les devolverá con creces lo robado. Jesús ha introducido en su vida justicia y amor solidario.

El relato concluye con unas palabras admirables de Jesús: «Hoy ha entrado la salvación en esta casa, pues también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido». También los ricos se pueden convertir. Con Jesús todo es posible. No lo hemos de olvidar nadie. Él ha venido para buscar y salvar lo que nosotros podemos estar echando a perder. Para Jesús no hay casos perdidos.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – 2 de noviembre

Para muchas personas, el mes de noviembre, y no sólo el día de hoy, es un tiempo dedicado a la conmemoración de todos los fieles difuntos. En el hemisferio norte estamos en el corazón del otoño. La naturaleza vive su propia muerte. Todo (la luz solar, las hojas de los árboles) va muriendo lentamente. Podríamos decir que el otoño es una metáfora de ese morir lento que nos acompaña a todos. Desde que nacemos estamos ya listos para morir.

Cada año, cuando llega esta fecha, se abre otra vez el arcón de los recuerdos. De él sacamos los rostros y los nombres de todos aquellos seres humanos que han estado vinculados a nosotros. Algunas personas viven este momento con gran tristeza. Si pudieran, evitarían toda conmemoración. No pueden soportar el recuerdo o el dolor de la separación. Otras, por el contrario, superada la fase de desgarro, viven estos momentos con mucha serenidad, como un ejercicio de comunión espiritual con los que han desaparecido físicamente pero “viven en el Señor”.

Más allá de nuestra manera personal de evocar a los seres queridos que ya han muerto, ¿cuál es el sentido cristiano de este día? ¿Qué luz nos viene de la Palabra de Dios? Creo que podríamos vivirlo como un día de acción de gracias y de petición.

Damos gracias a Dios por los hombres y mujeres que ha puesto en nuestro camino y que nos han ayudado a ser lo que somos. Cada persona muerta es un germen de vida. Con el paso del tiempo tomamos conciencia de lo que tal vez no comprendimos cuando se estaba produciendo: tantos detalles de amor, de cercanía. La gratitud es el fruto maduro de la gracia. Al mismo tiempo, le pedimos a Dios por nuestros hermanos y hermanas. ¿Qué podemos pedir? En este terreno, tan propicio a las elucubraciones o a las opiniones personales, yo siempre he preferido dejarme guiar por la liturgia. Me parece que la súplica más simple y profunda es pedirle a Dios que “así como (nuestros hermanos y hermanas) han compartido ya la muerte de Cristo, compartan también con él la gloria de la resurrección”. Le pedimos que se haga realidad en ellos el sueño de Dios, que Él, por tanto, purifique, perdone, complete las existencias de nuestros seres queridos y de todos los que han muerto en la esperanza de la resurrección.

Me conmueven las palabras de Jesús en el evangelio de Juan: “Voy a prepararos un lugar”. No es que nosotros tengamos que asegurarnos nuestro “retiro celestial” a base de cotizar a un extraño sistema de “seguridad social celeste”. Para cada ser humano Jesús ha preparado un lugar junto a Dios. La muerte no es, por tanto, el ocaso de la vida, sino la puerta de acceso al encuentro definitivo con Dios, a la vida plena