Zaqueo: hoy ha sido la salvación de esta casa

Estamos ya cerca de Jerusalén, en Jericó. En el evangelio de Lucas, este viaje a Jerusalén es un itinerario de formación, que Jesús da a sus discípulos, para la misión que les va a encomendar.  La lección de hoy es genial.  Nos presenta a Zaqueo como modelo, prototipo o ideal para los que quieran ser seguidores de Jesús. El aprendizaje que se espera en esta clase: El encuentro con Jesús puede transformar tu vida si lo buscas con empeño.  Ensaya ser Zaqueo. Merece la pena.

Lc, en este relato, lleva muy bien la secuencia del texto. Todos están pendientes de lo que va a suceder. Zaqueo quiere conocer a Jesús y es bajo de estatura. Se sube, sin apuros, a un sicomoro para ver a Jesús que va a pasar por allí. No le importa nada si alguien ve aquello como un poco ridículo y comprometido. Un hombre importante y rico, un súper-publicano, la gente de Jericó le conoce, subido en un árbol grande para ver a Jesús.  Nada le importa todo esto con tal de lograr su objetivo: conocer a Jesús.

Al pasar junto al sicomoro, Jesús levanta la vista, también Jesús quiere conocer a Zaqueo:  ¡Zaqueo baja, que quiero que me invites a tu casa! Jesús se autoinvita. Dos miradas que se encuentran. Dos buscadores que se descubren. El salto que debió dar Zaqueo nos lo imaginamos. ¡¡Claro!!¡¡ Vamos a casa!! Está contento como unas pascuas.  Contraste: Zaqueo es rico y feliz, el joven rico del encuentro con Jesús se va triste porque era rico. Dos tipos de ricos que buscan y se encuentran con Jesús pero con resultados diferentes. Esto da que pensar. A un rico, el joven, la riqueza le esclaviza, le  aplasta y al otro, Zaqueo, la riqueza le salva. Al acabar el comentario veremos cómo y por qué.

La conversación durante la comida debió ser de lo más interesante. Los fariseos presentes murmuran: ¡¡Ha entrado en casa de un pecador y está comiendo con él!! Y Zaqueo, borracho de alegría, tira la casa por la ventana: Doy la mitad de mis bienes para los necesitados y a quien haya robado le repararé en cuatro veces. A eso Jesús llama salvación: ¡¡Hoy ha sido la salvación de esta casa!!

¡Acabáramos! ésta es la clave. Zaqueo había intuido que acercarse a Jesús le convenía. Aunque era rico e importante en la ciudad, sabía que el dinero no da la felicidad ni la plenitud.  Y en el encuentro con Jesús descubre dónde está su felicidad. El encuentro con Jesús está llenado su vida, dándole un nuevo rumbo y sentido. Está transformado su vida. A Zaqueo le han salido muy bien las cuentas. Ha conseguido más de lo que buscaba. No esperaba tanto. No sabía lo que le espera detrás de ese encuentro. De ahí su respuesta tan inesperada, tan generosa. Se desprende de lo que era y tenía a cambio de un tesoro no perecedero. Ha encontrado la perla que como buen comerciante no se la deja arrebatar. Hay que felicitar a Zaqueo. ¡¡Hoy ha llegado la salvación a esta casa!! Verdaderamente la enseñanza ha sido muy bien impartida. Y el aprendizaje de Zaqueo sobresaliente.

Veamos ahora lo que tenemos que aprender nosotros. Situémonos como zaqueos, trasplantados a nuestro contexto social y religioso. Como Zaqueo somos ricos insatisfechos. Como Zaqueo somos buscadores de plenitud y sentido, anhelamos como él, no sabemos qué. Jesús lo llama salvación. El evangelio de Lucas cierra el relato de hoy con estas palabras: “Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”.  Como Zaqueo nos sentimos buscadores y buscados  y estamos encontrados entre los perdidos, nos sabemos salvados y salvadores.

De la lectura de hoy hemos aprendido que también nosotros, los ricos insatisfechos, podemos descubrir dónde está la felicidad, la plenitud que anhelamos.  En hacer lo que hizo Zaqueo. Se contagió del Espíritu de Jesús. Se convirtió en seguidor-discípulo de Jesús. Asumió los valores del Reinado de Dios. Zaqueo es un modelo de rico que comparte sus riquezas con los necesitados. Zaqueo se humaniza y enseña a los ricos a humanizarse. Asume una ética de solidaridad y austeridad compartida. Jesús salva a Zaqueo y a todos nosotros de nuestras riquezas. Los ricos se salvan compartiendo lo que tienen con los necesitados. Es el único modo de poder hacer un mundo más justo y más humano.

Señor: ¡¡¡ Ayúdanos a ser zaqueos!!!

África de la Cruz Tomé

II Vísperas – Domingo XXXI de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO XXXI de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme. 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Dios como un almendro
con la flor despierta;
Dios que nunca duerme
busca quien no duerma,
y entre las diez vírgenes
sólo hay cinco en vela.

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Gallos vigilantes
que la noche alertan,
Quien negó tres veces
otras tres confiesa,
y pregona el llanto
lo que el miedo niega.

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Muerto le bajaban
a la tumba nueva.
Nunca tan adentro
tuvo al sol la tierra.
Daba el monte gritos,
piedra contra piedra.

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Vi los cielos nuevos
y la tierra nueva.
Cristo entre los vivos
y la muerte muerta.
Dios en las criaturas,
¡y eran todas buenas! Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha». Aleluya.+

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha». Aleluya.

SALMO 110: GRANDES SON LAS OBRAS DEL SEÑOR

Ant. El Señor, piadoso y clemente, ha hecho maravillas memorables. Aleluya.

Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.

Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre;
ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente.

Él da alimento a sus fieles,
recordando siempre su alianza;
mostró a su pueblo la fuerza de su obrar,
dándoles la heredad de los gentiles.

Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud.

Envió la redención a su pueblo,
ratificó par siempre su alianza,
su nombre es sagrado y temible.

Primicia de la sabiduría es el temor del Señor,
tienen buen juicio los que los practican;
la alabanza del Señor dura por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor, piadoso y clemente, ha hecho maravillas memorables. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

LECTURA: 1P 1, 3-5

¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza vida, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final.

RESPONSORIO BREVE

R/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

R/ Digno de gloria y alabanza por los siglos.
V/ En la bóveda del cielo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.

PRECES

Invoquemos a Dios, nuestro Padre, que maravillosamente creó al mundo, lo redimió de forma más admirable aún y no cesa de conservarlo con amor, y digámosle con alegría:

Renueva, Señor, las maravillas de tu amor.

Te damos gracias, Señor, porque, a través del mundo, nos has revelado tu poder y tu gloria;
— haz que sepamos ver tu providencia en los avatares del mundo.

Tú que, por la victoria de tu Hijo en la cruz, anunciaste la paz al mundo,
— líbranos de toda desesperación y de todo temor.

A todos los que aman la justicia y trabajan por conseguirla,
— concédeles que cooperen, con sinceridad y concordia, en la edificación de un mundo mejor.

Ayuda a los oprimidos, consuela a los afligidos, libra a los cautivos, da pan a los hambrientos, fortalece a los débiles,
— para que en todo se manifieste el triunfo de la cruz.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú, que al tercer día, resucitaste gloriosamente a tu Hijo del sepulcro,
— haz que nuestros hermanos difuntos lleguen también a la plenitud de la vida.

Concluyamos nuestra súplica con la oración que el mismo Señor nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Señor de poder y de misericordia, que has querido hacer digno y agradable por favor tuyo el servicio de tus fieles, concédenos caminar  sin tropiezos hacia los bienes que nos prometes. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Salvarse es compartir

Una vez más se manifiesta la actitud de Jesús hacia los excluidos, pero hoy de una manera muy concreta. Nos está diciendo cómo tenemos que comportarnos con los que hemos catalogado como malos. Está denunciando nuestra manera de proceder equivocada, es decir, no acorde con el espíritu de Jesús. Solo Lc narra este episodio. No sabemos si es un relato histórico; pero que lo sea, o no, no es lo importante, lo que importa es la manera de narrarlo y las enseñanzas que quiere trasmitirnos, que son muchas.

Es importante recordar que Lc es el evangelista que más insiste en la imposibilidad de que los ricos entren en el Reino. Unos versículos antes, acaba de decir Jesús: ¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios! En este episodio resulta que llega la salvación a un rico, que además es pecador público. Sin duda Lc está reflejando la situación de su comunidad, en la que se estaban ya incorporando personas ricas que daban el salto del seguimiento sin tener que abandonar su situación social y su trabajo. La única exigencia es salir de la injusticia y pasar a compartir lo que tienen con los que no tienen nada.

En el relato hay que presuponer más cosas y más importantes de las que dice: ¿Por qué Zaqueo tiene tanto interés en conocer a Jesús, aunque sea de lejos? ¿Cómo es que Jesús conoce su nombre? ¿Cómo tiene tanta confianza Jesús para autoinvitarse a hospedarse en su casa? ¿Qué diálogo se desarrolló entre Jesús y Zaqueo para que éste haga una promesa tan radical y solemne? Solo las respuestas a estas preguntas darían sentido a lo que sucedió. Pero es precisamente ese itinerario interno de ambos, que no se puede expresar, el que marca la relación profunda entre Jesús y Zaqueo.

La reflexión de este domingo conecta con la del domingo pasado: el fariseo y el publicano. ¿Os acordáis? El creernos seguros de nosotros mismos nos lleva a despreciar a los demás, a no considerarlos; sobre todo, si de antemano los hemos catalo­gado como “pecadores”. Incluso nos sentimos aliviados porque no alcanzan la perfec­ción que nosotros creemos haber alcanzado, y de esta manera podremos seguir mirándolos por encima del hombro. “Todos murmuraban diciendo: ha entrado a comer en casa de un pecador”.

Zaqueo Tiene deseos de conocer a Jesús, pero no se atreve a acercarse. Le señalarían con el dedo y dirían a Jesús que era un pecador. Podemos imaginar la cara de extrañeza y de alegría cuando oye a Jesús llamarle por su nombre; lo que significaría para él que alguien, de la categoría de Jesús, no solo no le despreciase, sino que le tratara incluso con cariño. Zaqueo se siente aceptado como persona, recupera la confianza en sí mismo y responde con toda su alma a la insinuación de Jesús. Por primera vez no es despreciado por una persona religiosa. Su buena disposición encuentra acogida y se desborda en total apertura a la verdadera salvación.

Una vez más utiliza Lc la técnica literaria del contraste para resaltar el mensaje. Dos extremos que podíamos denominar Vida-Muerte. Vida en Jesús que manifiesta lo mejor de sí mismo abriéndose a otro ser humano con limitaciones radicales que le impiden ser él mismo. Vida en Zaqueo que, sin saber muy bien lo que buscaba en Jesús, descubre lo que le restituye en su plenitud de humanidad y lo manifiesta con la oferta de una relación más humana con aquellos con los que había sido más inhumano. Muerte en la multitud que, aunque sigue a Jesús físicamente, con su opacidad impide que otros lo descubran. Muerte en “todos” los escandalizados de que Jesús ofrezca Vida al que solo merecía desprecio.

¿Hemos actuado nosotros como Él, a través de los dos mil años de cristianismo? ¿Cuántas veces con nuestra actitud de rechazo truncamos esa buena disposición inicial y conseguimos desbaratar una posible liberación? Al hacer eso, creemos defender el honor de Dios y el buen nombre de la Iglesia. Pero el resultado final es que no buscamos lo que estaba perdido y, como consecuencia, la salvación no llega a aquellos que sinceramente la buscan. Como Zaqueo, hoy muchas personas se sienten despreciadas por los dirigentes religiosos, y además los cristianos, con nuestra actitud, seguimos impidiéndoles ver al verdadero Jesús.

Muchos, que han oído hablar de Jesús, quisieran conocerlo mejor pero se interpone la “muchedumbre” de los cristianos. En vez de ser un medio para que los demás conozcan a Jesús, somos un obstáculo que no deja descubrirlo. ¡Cuánto tendría que cambiar nuestra religión para que en cada cristiano pudiera descubrirse a Cristo! Estar abiertos a los demás es aceptar a todos como son, no acoger solamente a los que son como yo. Si la Iglesia propone la actitud de Jesús como modelo, ¿por qué se parece tan poco nuestra actitud a la de Jesús?

Siempre que se ha consumado una división entre cristianos (cisma), habría que preguntarse, quién tiene más culpa, el que se equivoca pero defiende su postura con honradez o la intransigencia de la iglesia oficial, que llena de desespe­ranza a los que piensan de distinta manera y les hace tomar una postura radical. Lutero, por ejemplo, no pretendía una separación de Roma, sino una purificación de los abusos que los jerarcas de la iglesia estaban cometiendo. ¿Quiere decir esto que Lutero era el bueno y el Papa y los cardenales los malos? Ni mucho menos; pero con más de comprensión y menos soberbia se hubiera evitado la división.

Hacer nuestro el espíritu de Jesús es caminar por la vida con el corazón y los brazos siempre abiertos. Estar siempre alerta a los más pequeños signos de búsqueda. Acoger a todo el que venga con buena voluntad, aunque no piense como nosotros; incluso aunque esté equivocado. Estar siempre dispuestos al diálogo y no al rechazo o la imposición. Descubrir que lo más importante es la persona, no la doctrina ni la norma ni la ley.

No acogemos a los demás, no nos paramos a escuchar, no descubrimos esa disposición inicial que puede llevar a una conversión. La acogida con sencillez tenía que ser la postura de los seguidores de Jesús. Apertura incondicional a todo el que llega a nosotros con ese mínimo de disposición, que puede reducirse a simple curiosidad, como en el caso de Zaqueo; pero que puede ser el primer paso de un auténtico cambio. No terminar de quebrar la caña cascada, no apagar la mecha que todavía humea, ya sería una postura interesante; pero hay que ir más allá. Hay que tratar de restablecer y vendar la caña cascada; avivar la mecha que se apaga.

El final del relato no tiene desperdicio: “He venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”. ¿Cuándo nos meteremos esto en la cabeza? Jesús no tiene nada que hacer con los perfectos. Solo los que se sienten perdidos podrán ser encontrados por él. Esto no quiere decir que Jesús tenga la intención de restringir su misión. Lo que el relato deja claro es que todos necesitamos ser recuperados. Solo el que tiene conciencia de estar enfermo buscará un médico.

Este relato desmonta de raíz el cacareado discurso populista de que Jesús hizo una opción preferencial por los pobres materiales. Sería cierto si entendemos por pobreza la carencia de humanidad. Jesús intentó librar al hombre de su pobreza material que le impedía desplegar su propia humanidad y a liberar al rico de su riqueza que también le impide ser humano con los demás. Es fácil liberar al pobre de su pobreza que no depende de él y está deseando superar. Es más difícil liberar al rico porque está encantado con sus privilegios y no desea otra cosa.

Meditación

Solo lo que está perdido necesita ser buscado.
No se trata de sentirse “indigno pecador”.
Se trata de tomar conciencia de la dificultad del camino
y sentir la necesidad de ayuda para alcanzar la meta.
Si me empeño en caminar en solitario, seguro que me perderé.

Fray Marcos

El extraño caso del explotador que se convierte

El protagonista del evangelio de hoy es un jefe de publicanos y rico. Este término no sugiere al lector actual del evangelio el odio y desprecio que sentía el pueblo judío hacia los miembros de esta profesión, que trabajaban al servicio de los romanos y oprimían al pueblo con el cobro de los impuestos. El antiguo publicano no tiene nada que ver con el banquero actual. Pero el odio que suscitan los banqueros en mucha gente desde hace unos años ayuda a entender el evangelio más que una larga exposición histórica sobre los publicanos. Sobre todo, cuando el banquero se ha enriquecido, mientras quienes depositaron su dinero en el banco lo han perdido todo o casi todo.

¿Mandamos a todos los ricos al infierno?

Hasta ahora, en su evangelio, Lucas no se ha limitado a defender a los pobres y a anunciarles un futuro definitivo mejor. Ha criticado también con enorme dureza a los ricos. Ha puesto en boca de María, en el Magníficat, unas palabras más propias de una anarquista que de una monja de clausura, cuando alaba a Dios porque «derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos.»

Y Jesús se muestra aún más duro en el Discurso de la llanura (equivalente al Sermón del Monte de Mateo): «¡Ay de vosotros, los ricos, porque recibís vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados, porque pasaréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque lloraréis y haréis duelo! (Lc 6,24-25). El ejemplo más claro del rico que llora y hace duelo es el de la parábola del rico y Lázaro, que no podrá disfrutar de una eternidad feliz.

¿Significa esto que ningún rico puede salvarse? El episodio del rico que pretende seguir a Jesús, aunque al final desiste porque no es capaz de renunciar a su riqueza, demuestra que un rico puede salvarse si observa los mandamientos (Lc 18,18-23).

¿Qué ocurre cuando se trata de un rico explotador? La respuesta la da Lucas en el evangelio de hoy, cuya enseñanza podemos resumirla en los puntos siguientes.

El caso de Zaqueo (Lc 19,1-10)

  1. Jesús no le pide que lo invite a comer, le dice que quiere alojarse en su casa. Se trata de algo mucho más personal. Cuando Jesús continúe su camino, seguirá presente en la casa y la vida de Zaqueo.
  2. La conducta de Jesús resulta escandalosa. Esta vez no escandaliza a fariseos y escribas, a seglares piadosos y teólogos rancios, sino a todossus seguidores y partidarios, que han aplaudido hasta ahora sus críticas a los ricos.
  3. La diferencia entre Jesús y sus partidarios radica en la forma de considerar al jefe de publicanos. Mientras Jesús lo considera una persona y lo llama por su nombre («Zaqueo, baja…»), sus partidarios lo desprecian («un pecador»). Ellos se dejan guiar por una ideología que condena al rico, mientras que Jesús se guía por la fe («también Zaqueo es hijo de Abrahán») y por su misión de buscar y salvar al que se ha perdido. La historia de Zaqueo recuerda las parábolas del hijo pródigo y de la oveja y la moneda perdidas.
  4. La conducta de Zaqueo supone un cambio radical y muy duro. Sin que Jesús le exija nada, por pura iniciativa, da a los pobres la mitad de sus bienes y está dispuesto a restituir cuatro veces, si se ha aprovechado de alguno. Y esto es lo que Lucas pretende enseñar: incluso un rico hipotéticamente injusto puede convertirse y salvarse; pero no basta invitar a Jesús a comer, debe darse un cambio profundo en su vida, con repercusiones en el ámbito económico.
  5. Finalmente, la conducta de Jesús con Zaqueo trae a la memoria el refrán castellano: «Más moscas se atraen con una gota de miel que con un barril de hiel». Jesús podía haber criticado y condenado a Zaqueo. Sus seguidores lo habrían aplaudido una vez más. Y Zaqueo habría seguido explotando al pueblo.

Un texto precioso

La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría (11,22-12,2) es un excelente complemento al evangelio. Muchos piensan que el Dios del Antiguo Testamento es un ser cruel y justiciero, enemigo despiadado del pecador. Quien lea este texto tendrá que cambiar de idea: la actitud de Dios es la misma que la de Jesús con Zaqueo.

José Luis Sicre

Comentario del 3 de noviembre

El pasaje del libro de la Sabiduría que se lee este domingo recoge una serie de ideas-clave para la comprensión de Dios: el Dios del Antiguo y del Nuevo Testamento. Todas ellas brotan del asombro del alma creyente ante la inmensidad de Dios, frente al cual el mundo entero es como un grano de arena en la balanza o como una gota de rocío mañanero. Pero ese grano de arena del que formamos parte, siendo tan pequeño a sus ojos, no es insignificante para Dios, pues es hechura de sus manos.

De habernos despreciado, Dios no nos habría creado, ni nos habría mantenido en la existencia. Asombro, por tanto, ante el amor de Dios hacia todas sus criaturas, aunque éstas no abulten más que un grano de arena. Por eso, y teniendo en cuenta la desproporción entre el Creador y la creatura, su amor lleva la marca de la compasiónTe compadeces de todos, porque todo lo puedes. Más aún, cabría matizar, porque todo lo puedes, puedes también compadecerte de todos. Asombro ante el perdón de Dios que, teniendo ojos para ver la insignificancia de un grano de arena, los cierra para dar ocasión al arrepentimiento de los humanos; pues no puede haber perdón sin arrepentimiento, ni arrepentimiento sin conciencia de pecado. De ahí que se diga también: a los que pecan les recuerdas su pecado, para que se conviertan y crean en ti.

Pues bien, ese Dios inmenso, creador, amoroso, compasivo y perdonador que tiene en su mente el autor sagrado es el mismo Dios que se ha manifestado en Jesús de Nazaret, el mismo que se hospedó en casa de Zaqueo: el Hijo del hombre que vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido. Vino a buscar, aunque suela hacerlo dejándose encontrar. Es el caso de Zaqueojefe de publicanos y rico, que trataba de distinguir quién era Jesús.

Luego es Zaqueo el que parece salir en su búsqueda; sin embargo, ha sido Jesús el que se ha desplazado a Jericó (y antes, al mundo), ciudad habitada por Zaqueo y ha propiciado el encuentro con él, pues en un determinado punto del trayecto, Jesús levanta los ojos y, viendo al publicano encaramado en lo alto del sicómoro, le dice: Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa. A estas palabras Zaqueo respondió con prontitud y lo recibió muy contento.

La gente murmura porque no entiende que haya escogido como lugar de alojamiento la casa quizá menos digna de la localidad. Pero es precisamente ahí donde mejor se manifiesta el amor misericordioso de Dios y la eficacia de este amor que hace digno al indigno, puesto que logra su conversión y su salvación. Tal es el fin de su venida: buscar y salvar, o mejor, buscar para salvar. Lo que era conjunción copulativa se transforma en final, pues el fin de la búsqueda es la salvación.

Es verdad que había entrado a hospedarse en casa de un pecador, como comenta la gente con desagrado. Pero esto no contradecía las intenciones del que había venido precisamente a buscar lo perdido para rescatarlo; porque cuando Jesús salió de esa casa (la casa del pecador) ya había entrado en ella la salvación; ya no era, por tanto, la casa de un perdido, sino de un salvado. Había acontecido algo digno de reseñar, se había producido en el pecador un cambio de actitud y de vida: Mira –le dice a Jesús-, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres, y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.

En esta confesión había un verdadero propósito de enmienda y una auténtica satisfacción: devuelve lo robado con intereses (cuatro veces más) y entrega la mitad de sus bienes a los pobres. A esto se llama conversión: una conversión que no se entiende sino como consecuencia del encuentro con Jesús, que le hizo reflexionar sobre su situación vital, que le recordó su pecado y le hizo ver su injusticia y su estado de necesidad de reconciliación con Dios, con los pobres y consigo mismo.

El publicano acogió la palabra iluminadora de Jesús con la misma disposición con que lo había recibido en su casa y reconoció su falta de omisión (lo mucho que debía a los pobres) y el uso abusivo con que había procedido en su oficio de recaudador (lo que había defraudado o robado a sus conciudadanos). A la conversión siguió la salvación de aquel hijo de Abrahán. Y aunque no se menciona el perdón, sí se alude a sus efectos. El perdón está ya presente en la oferta de Jesús que ha decidido hospedarse en cada de un pecador, porque ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido. Esta oferta de Dios, que incluye el perdón, se hace realidad efectiva y saludable cuando es acogida en el instante de la conversión. Entonces y sólo entonces sobreviene la salvación, que no será definitiva ni irreversible hasta verse completado el proceso mismo de la conversión.

Quizá también nosotros, como Zaqueo, hayamos hospedado a Jesús en nuestra casa, pero es muy posible que no hayamos sido tan coherentes como él y, por eso, puede que no tengamos una conciencia tan viva de la salvación operada en nosotros; pues a mayor experiencia del perdón y sus efectos liberadores, mayor experiencia de la salvación con sus sensaciones de libertad, gozo, paz y disponibilidad para el bien. ¡Ojalá Dios nos permita gozar de algunas de estas sensaciones portadoras de salvación!

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

171. Hoy, gracias a Dios, los grupos de jóvenes en parroquias, colegios, movimientos o grupos universitarios suelen salir a acompañar ancianos y enfermos, o visitan barrios pobres, o salen juntos a auxiliar a los indigentes en las llamadas “noches de la caridad”. Con frecuencia ellos reconocen que en estas tareas es más lo que reciben que lo que dan, porque se aprende y se madura mucho cuando uno se atreve a tomar contacto con el sufrimiento de los otros. Además, en los pobres hay una sabiduría oculta, y ellos, con palabras simples, pueden ayudarnos a descubrir valores que no vemos.

Lectio Divina – 3 de noviembre

La conversión de Zaqueo
Lucas 19, 1-10 

1. LECTIO

a) Oración inicial:

Oh Dios, creador y Padre de todos los hijos de Abrahám, concédenos la luz de tu Espíritu para poderte servir de un modo meritorio y digno, haz que caminemos sobre los pasos de tu Palabra demostrando con las obras que somos discípulos del único Maestro que se ha hecho hombre por nuestro amor y por nuestra salvación.

b) Lectura del evangelio:

1 Entró en Jericó y cruzaba la ciudad. 2 Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos, y rico. 3Trataba de ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la gente, porque era de pequeña estatura. 4 Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, pues iba a pasar por allí. 5 Y cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: «Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa.» 6 Se apresuró a bajar y le recibió con a legría. 7 Al verlo, todos murmuraban diciendo: «Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador.» 8 Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: «Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré cuatro veces más.» 9 Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abrahán, 10 pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.»
Lucas 19, 1-10

c) Momentos de silencio:

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida. 

2. MEDITATIO

a) Clave de lectura:

En el relato del Evangelio, Lucas gusta mostrar la misericordia del Maestro hacia los pecadores. Lc 19, 1-10 es un ejemplo. La narración de la conversión de Zaqueo nos demuestra que ninguna condición humana es incompatible con la salvación: Hoy la salvación ha entrado en esta casa, porque también éste es hijo de Abrahám, (Lc 19, 9) declara Jesús. El texto que abre el capítulo 19, viene después de las enseñanzas y comportamientos de Jesús, que nos ha presentado en el capitulo 18. En este capítulo encontramos la parábola del fariseo que juzga y el publicano que se humilla delante de Dios y pide perdón (Lc 18, 9-14). En seguida tenemos la escena de Jesús que acoge a los niños, advirtiendo a los discípulos que a quien es pequeño como ellos le pertenece el reino de Dios… el que no acoge el reino de Dios como un niño no entrará en él (Lc 18, 16-17). A renglón seguido Jesús demuestra al rico notable que quiere alcanzar la vida eterna (Lc 18, 18), la necesidad de vender todo y distribuir los bienes a los pobres para poder seguir a Jesús y obtener un tesoro en los cielos (Lc 18, 22). Sigue después la enseñanza de Jesús sobre las riquezas que obstaculizan la salvación y la promesa de ser recompensados a aquellos que renuncian a todo por causa del Reino de Dios (Lc 18, 24-30). Estas partes del capítulo 18 parecen conducirnos al relato de la conversión de Zaqueo. Antes de este relato siguen otros dos textos con detalles importantes.

1. El tercer anuncio de la Pasión donde una vez más Jesús nos recuerda que andamos a Jerusalén (Lc 18, 31). Parece que Lucas quisiera meter todo en el contexto del sequela Christi (seguimiento de Cristo); y
2. La curación del ciego de Jericó, que llamaba a Jesús, aunque la gente le impedía acercarse al Maestro (Lc 18, 35-39). Jesús dando de nuevo la luz a los ojos entenebrecidos, declara que la fe ha salvado a este ciego (Lc 18, 42). Recobrada la vista, el ciego podía seguir glorificando a Dios (Lc 18, 43).

Estos dos textos, junto a los precedentes, iluminan la narración de la conversión de Zaqueo. En el relato encontramos detalles sorprendentes que están ya presentes en los textos citados:

1. Zaqueo, un hombre rico, jefe de publicanos – Lc 19,2
2. Trataba de ver a Jesús, pero a causa de la muchedumbre no lo conseguía – Lc 19,3
3. Era pequeño de estatura – Lc 19,3
4. El juicio de la muchedumbre que señala a Zaqueo como: pecador – Lc 19,7
5. La distribución de los bienes a los pobres – Lc 19,8
6. La declaración de Jesús diciendo que la salvación ha entrado en casa de Zaqueo – Lc 19,9.

Zaqueo, pequeño de estatura, hombre rico, jefe de publicanos, acoge el reino de Dios como un niño. Humillándose y arrepintiéndose de su pasado encuentra la salvación que viene de Dios en Jesús Cristo buen Samaritano (Lc 10, 29-37) que nos viene al encuentro a buscar y salvar lo que estaba perdido (Lc 19, 10). Un tema al gusto de Lucas que puede verse en otras partes de su narración evangélica (ejemplo: Lc 15, 11-31)

b) Tema para la reflexión personal:

Colócate en silencio delante de la Palabra de Dios, reflexiona sobre los textos presentados en esta clave de lectura. Pregúntate:

1. ¿Qué conexión existe entre estos textos?
2. ¿Qué significa la salvación para ti?
3. Zaqueo, pequeño de estatura, nos muestra su disponibilidad para acoger a Jesús. ¿Qué haces tú para demostrar tu disponibilidad para recibir la salvación de Dios?
4. El gesto de Zaqueo nos recuerda la curiosidad de Moisés que le empuja hacia la zarza ardiente. También Moisés encontró la salvación. ¿Te acercas tú al Señor? ¿Te sientes atraído por Él?
5. Jesús va al encuentro de Zaqueo en su pecado y en aquella casa le dona la salvación. ¿Cuál es tu atadura al pecado? ¿Deja que el Maestro te encuentre allí, en aquella casa obscura? 

3. ORATIO

a) La oración de la comunidad:

Oh Dios, que en tu Hijo has venido a buscar y salvar lo que estaba perdido, haznos dignos de tu llamada: lleva a buen fin toda nuestra voluntad de bien, para que sepamos acogerte con gozo en nuestra casa para compartir los bienes de la tierra y del cielo. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

b) Momento de silencio:

para la oración personal. 

4. CONTEMPLATIO

Tú me indicas el sendero de la vida, Señor,
gozo pleno en tu presencia
(Salmo 15/16, 11)

La estatura de Zaqueo

1.- “Por lo que respecta a la Venida de nuestro Señor Jesucristo y a nuestra reunión con él, os rogamos, hermanos, que no os dejéis alterar tan fácilmente en vuestro ánimo, ni os alarméis por alguna manifestación del Espíritu, por algunas palabras o por alguna carta presentada como nuestra, que os haga suponer que está inminente el Día del Señor” Dice San Pablo en el texto que la misa de este domingo nos ofrece la liturgia”.

 2.- Y lo que dice todavía hoy es actual. Os lo repito yo ahora: es preciso conservar la naturaleza y respetarla. El mundo animal, el vegetal y el mineral, que es la base de la subsistencia, que si bien de los tres reinos podemos aprovecharnos, debemos hacerlo con delicadeza, respetando hasta la belleza del paisaje, de la que deben gozar los que nos sucedan. Ahora bien, lo que importa siempre y de inmediato es el hoy, la jornada nueva, sin estrenar que cada día nos ofrece Dios.

3.- ¡Cuánto tiempo se ha perdido y cuanta paz se ha alterado diciendo que el fin del mundo se acerca y hasta señalándole una fecha! Fue una noche, por ejemplo, que recuerda la historia, la del cambio del primer al segundo milenio, que según agoreros debía ser la del fin del mundo, pero que no supuso la conversión del género humano. Y sin tanta repercusión, ni acudir a la confesión mormona, se ha repetido tal anuncio, y seguramente, continuarán existiendo tales anuncios.

4.- La narración evangélica tiene gracia, permitidme que me entretenga en detalles que tal vez sean pura anécdota. Es posible que en el texto que leáis, o que escuchéis, se hable de un árbol que llamará morera. En el original no lo dice así, pero ya que se trata de un vegetal que se desconoce en muchos países, para no intrigar inútilmente al oyente que ignora el nombre que aparece en el Texto Sagrado, es decir, sicomoro o Ficus sycomorus,), ponga morera o higuera, que tampoco es tan equivocado hacerlo, como después os explicaré.

5.- Lo haré brevemente, por dos razones.

En primer lugar porque la madera de este árbol la aprovechaba el pueblo egipcio para fabricar el ataúd, o sarcófago, de sus momias. Una serie de cualidades lo recomendaban. Facilidad de tallado, conservación y hasta cierto aroma que posee.

En segundo lugar, y es el que más me interesa, porque el peregrino que se acerca a Jericó, generalmente, le importan dos cosas. Ver la torre-fortificación descubierta y estudiada por Miss Kathleen Kenyon, que la dató en 8 o 9.000 años a.C. Tal vez, supusieron algunos, se trataba de algún resto del inicio de la conquista de la Tierra Prometida, a cargo de Josué, pero no es probable, según se cree ahora. De lo que no hay duda, es de que se trata de la más antigua edificación descubierta hasta el presente. Es, pues, esta torre cosa seria.

En tercer lugar, porque el peregrino quiere ver un sicomoro e imaginarse a Zaqueo subido en él. Advierto que el que probablemente le enseñen, será un ejemplar situado en una plaza céntrica, que no es precisamente, por su talla y distribución del ramaje, el ejemplar más apropiado.

5.- En esta población, una comunidad cristiana Ortodoxa, posee en su jardín un viejo y muerto sicomoro, del que están dispuestos a vender alguna corteza y a lo mejor lo compra alguno convencido o que, aunque no se lo crea, también lo compre, como hice yo un día. A su lado hay un sicomoro vivo. Aterrizo ahora. Lo curioso del caso y de los demás es que directamente de su tronco y ramas gordas, brotan sus frutos, muy semejantes a los higos, menos sabrosos, son aquellos que secaba al sol el profeta Amós, para fabricar una especie de pan dulce, mientras cuidaba su ganado y profetizar cuando Dios le inspirase.

Si de lejos, y su fruto de cerca semeja a una higuera, sus hojas se parecen a las de la morera, las que alimentan a los gusanos de seda que muchos de vosotros, como yo mismo, habréis tenido en casa para observar si evolución y capullos de seda.

6.- Como os decía antes, llamarle higuera no es erróneo del todo. Pero que por lo dicho a nadie se le ocurra encaramarse en una higuera de las nuestras pues sus armas son muy frágiles y el golpe de campeonato.

El oficio de Zaqueo era llamado “publicano” en realidad un cobrador de impuestos en beneficio del imperio de la ciudad de Roma, ocupante militar, más o menos odiado por parte de muchos y que a diferencia de nuestros recaudadores de Hacienda, que son funcionarios estatales, como tantos otros, los publicanos se beneficiaban personalmente de lo captado, abusando de la situación. Marginados sí, pero ricos también.

El evangelio explica la aventura con cómicos detalles. (No os riais nunca, mis queridas jóvenes lectoras, de un chico de talla inferior a la vuestra, sé porque lo digo).

6.- Quiero señalaros que Jesús que dijo bienaventurados los pobres, de amplia gama el concepto, no dejó de tratar y compartir mesa, cuando fue oportuno, con gente rica. Hoy es Zaqueo, otro día será Nicodemo.

Nosotros que somos ricos también, si sois como supongo gente que come tres veces al día y opíparamente, que se deja luces encendidas y grifos abiertos, no debemos creernos alejados, apartados o rehusados por Dios.

Ahora bien, de nuestros encuentros con Jesús, sea en la oración, en la Palabra o en la Eucaristía, debemos salir siempre un poco convertidos. Trato generalmente con personas más ricas que yo y no me avergüenzo, lo importante es que no sea para sacar provecho propio sino que salga enriquecido el Reino a causa de nuestro proceder.

Meditad, mis queridos jóvenes lectores, las palabras de Zaqueo como si estuvierais a su lado y pedidle ayuda y consejo, ya que sin duda ahora es él el que goza de haber sido acogido en el Reino de los Cielos y se alegra del festín.

Pedrojosé Ynaraja

Encuentro personal con el Señor

Como personas, hemos llegado a ser lo que somos gracias, en gran medida, por los encuentros que hemos tenido a lo largo de nuestra vida. El encuentro personal es algo mucho más profundo que un simple estar juntos o compartir algún interés: por eso no lo tenemos con cualquiera. El encuentro personal necesita confianza, apertura y acogida mutuas. El encuentro personal comienza con la familia, después con maestros y profesores, con amigos, compañeros de trabajo, de grupos o asociaciones, parroquia… Los encuentros son necesarios y todo encuentro enriquece y cambia a la persona, aunque sea un encuentro desagradable, porque el encuentro personal afecta a lo más íntimo de la persona. Por eso, después de un encuentro, soy distinto de como era antes.

En el Evangelio hemos escuchado el encuentro que Jesús tuvo con Zaqueo. Había mucha gente contemplando el paso de Jesús por Jericó, pero sólo Zaqueo se encontró personalmente con Él. Este encuentro se produjo porque se dio esa apertura y acogida mutuas necesarias para ello. Primero, Zaqueo tenía verdadero interés en distinguir quién era Jesús, y por eso aunque la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura… se subió a una higuera, para verlo. Aunque era jefe de publicanos y rico, el deseo de Zaqueo por ver a Jesús era más fuerte que el miedo al ridículo o al qué dirán.

Pero sobre todo, el encuentro se produjo porque Jesús, levantó los ojos y dijo: Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa. El hecho de verse llamado personalmente por Jesús y constatar que Jesús también deseaba encontrarse con él tuvo como consecuencia que Zaqueo bajó en seguida, y lo recibió muy contento, y se produjo el encuentro personal entre ambos.

También el Señor pasa por nuestra vida, y a veces no distinguimos su presencia, no nos encontramos personalmente con Él. En estos casos, podemos quedarnos quietos, resignados por la “baja estatura” de nuestra fe; o podemos, como Zaqueo, desear subirnos a alguna “higuera” para verlo mejor: participar en alguna oración, charla o retiro, formar parte de algún Equipo de Vida… Esto ya sería un buen comienzo, pero aún falta algo para el encuentro personal con el Señor.

Lo anterior debe servirme para darme cuenta de que Jesús también me llama por mi nombre, como hizo con Zaqueo. Para encontrarme con el Señor, debo convencerme de que Él también desea encontrarse personalmente conmigo, “alojarse en mi casa”. La fe cristiana no es sólo una doctrina, o un conjunto de normas morales. La fe cristiana es ante todo un encuentro personal con Jesucristo. Como dijo el Papa Benedicto XVI: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus caritas est, n. 1).

Al encontrarse con el Señor, Zaqueo dio una nueva orientación a su vida: la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más. Nuestro encuentro con el Señor ha de notarse y concretarse en lo que pensamos, decimos o hacemos, en nuestra manera de relacionarnos, de amar, trabajar, divertirnos… Individualmente y como Iglesia, es urgente favorecer el encuentro con el Señor, como base y fundamento de la necesaria conversión pastoral y misionera de nuestra Iglesia diocesana, de sus miembros y comunidades parroquiales. 

¿Qué encuentros personales he tenido que han sido significativos en mi vida? ¿Qué hago para encontrarme con el Señor? ¿Tengo miedo al ridículo o al qué dirán? ¿Recuerdo algún encuentro personal con el Señor? ¿Cómo cambió mi vida? ¿Mi parroquia favorece el encuentro con el Señor?

El encuentro personal con el Señor no es un episodio puntual de la vida cristiana; debe ser buscado, renovado y profundizado en la oración, en la celebración y recepción de los Sacramentos, en la escucha orante de la Palabra de Dios, en la formación cristiana, en la comunidad parroquial…

Como dice el Papa Francisco en “Evangelii gaudium” 3: “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él. Al que arriesga, el Señor no lo defrauda y, cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos”. 

Jesús busca a Zaqueo y a todos nosotros

1. – Jesús es el ejemplo deseado para todos nosotros. Lo decimos y lo repetimos continuamente. Pero ¿es cierto? Somos capaces de llegar, incluso de lejos, hasta donde Él llega para, por ejemplo, salvar un pecador. Cuando Jesús de Nazaret decide ante toda la población de Jericó irse a hospedarse a casa de un pecador la gente le mira mal y murmura. ¿Iríamos nosotros a ese sitio sucio o de mala fama para ayudar a alguien? Pues, lo más probable es que no lo hiciéramos. Y no porque no tuviéramos ganas de ayudar a esa persona que vive en ese ambiente tan mal visto. No lo haríamos porque tememos, sobre todo, la crítica de la sociedad. Defendemos nuestro buen nombre. E importa más la fama que la salvación de un hermano.

2.- Zaqueo era en Jericó un ser odiado. Era jefe de recaudadores de impuestos. Personas puestas al servicio de los inversores romanos y que además explotaban a la gente que no podía pagar sus impuestos, quedándose con sus haciendas. Era poderoso. Pero, era físicamente muy poco agradable. Y tan bajito, tan bajito que para poder ver a Jesús, rodeado de la multitud, tuvo que subirse a un árbol. Y la decisión de encaramarse a la higuera –no muy fácil, propia de un niño e impropia de un hombre poderoso— es lo que le salvó para toda la Eternidad. La mirada de Jesús le convirtió desde el primer momento. Y además el Maestro, ante toda la multitud, se autoinvitó a residir en la casa de Zaqueo. Y esto se parece al arrojo de aquel que abandona las 99 ovejas para buscar una perdida. ¿No hubiera sido mejor que pensara en la seguridad de las otras 99? No, claro; que no. Y es igual para nosotros tenemos una responsabilidad grave su no hacemos todo lo que está en nuestra mano para ayudar en la conversión de un pecador. Incluso, para ello hemos de asumir esfuerzo y riesgos. Además, sabemos que el Señor estará con nosotros cuando lleguen esos peligros y nos ayudará en nuestro cansancio.

3. – Tal esfuerzo es nuestra vocación y a ello se refiere san Pablo en su Carta a los Tesalonicenses. Confirmar nuestra vocación no es otra cosa que actuar coherentemente con lo que Cristo Jesús nos ha enseñado. La condición de cristiano no es sólo acudir al templo una –o muchas, da igual— vez por semana. Esta vocación es servir a los demás, vestirlos, alimentarlos, si lo necesitan; consolarlos si es necesario y, por supuesto, ayudarles a entender el camino del Reino de Dios que el Señor Jesús nos muestra. Pablo, además, aconseja a los hermanos de Tesalónica que no crean en fantasías y cuentos esotéricos. No está mal el consejo, el cual también es útil para nosotros, hoy. Y es que muchos de los hoy nos acompañan dan importancia a adivinaciones y horóscopos.

4. – “Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado. Y ¿cómo subsistirían las cosas si tú no lo hubieses querido?” Estas palabras del Libro de la Sabiduría son importantes. Y es que si Dios nos ha creado es porque nos amaba antes de ser algo y por eso el mal, el sufrimiento, el dolor y la misma muerte –como diría también Pablo— no viene de Él. Es producto de nuestro pecado y de la maldad que reside en el interior del hombre como secuela del pecado original. Y esa tendencia al mal es lo que explota el Maligno, nuestro enemigo. A veces –y en estos tiempos— cuesta trabajo escribir tales juicios. Pero son así. El Mal está cerca de nosotros y nos engaña.

En fin; Jesús busca a Zaqueo. Y a todos nosotros también. Pero hemos de correr delante de la multitud, sin importarnos lo que digan de nosotros o del propio Jesús para reunirnos con Él y abandonar el camino equivocado. Y es que en definitiva vivimos tiempos duros y difíciles. Y no son dichos tiempos para falsas vergüenzas.

Ángel Gómez Escorial