Vísperas – San Carlos Borremeo

VÍSPERAS

SAN CARLOS BORROMEO, obispo

 

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Cantemos al Señor con alegría
unidos a la voz del pastor santo;
demos gracias a Dios, que es luz y guía,
solícito pastor de su rebaño.

Es su voz y su amor el que nos llama
en la voz del pastor que él ha elegido,
es su amor infinito el que nos ama
en la entrega y amor de este otro cristo.

Conociendo en la fe su fiel presencia,
hambrientos de verdad y luz divina,
sigamos al pastor que es providencia
de pastos abundantes que son vida.

Apacienta, Señor, guarda a tus hijos,
manda siempre a tu mies trabajadores;
cada aurora, a la puerta del aprisco,
nos aguarde el amor de tus pastores. Amén.

SALMO 122: EL SEÑOR, ESPERANZA DEL PUEBLO

Ant. Nuestros ojos están fijos en el Señor, esperando su misericordia.

A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.

Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores,
como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos
en el Señor, Dios nuestro,
esperando su misericordia.

Misericordia, Señor, misericordia,
que estamos saciados de desprecios;
nuestra alma está saciada
del sarcasmo de los satisfechos,
del desprecio de los orgullosos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Nuestros ojos están fijos en el Señor, esperando su misericordia.

SALMO 123: NUESTRO AUXILIO ES EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte
-que lo diga Israel-,
si el Señor no hubiera estado de nuestra parte,
cuando nos asaltaban los hombres,
nos habrían tragado vivos:
tanto ardía su ira contra nosotros.

Nos habrían arrollado las aguas,
llegándonos el torrente hasta el cuello;
nos habrían llegado hasta el cuello
las aguas espumantes.

Bendito el Señor, que no nos entregó
en presa a sus dientes;
hemos salvado la vida, como un pájaro
de la trampa del cazador:
la trampa se rompió, y escapamos.

Nuestro auxilio es el nombre del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

LECTURA: 1P 5, 1-4

A los presbíteros en esa comunidad, yo, presbítero como ellos, testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que va a manifestarse, os exhorto: Sed pastores del rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, gobernándolo no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con generosidad; no como déspotas sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño. Y cuando aparezca el supremo Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se marchita.

RESPONSORIO BREVE

R/ Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo.
V/ Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo.

R/ El que entregó su vida por sus hermanos.
V/ El que ora mucho por su pueblo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Éste es el criado fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que le reparta la ración a sus horas.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Éste es el criado fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que le reparta la ración a sus horas.

PRECES

Glorifiquemos a Cristo, constituido pontífice a favor de los hombres, en lo que se refiere a Dios, y supliquémosle humildemente diciendo:

Salva a tu pueblo, Señor.

Tú que por medio de pastores santos y eximios, has hecho resplandecer de modo admirable a tu Iglesia,
— haz que los cristianos se alegren siempre de ese resplandor.

Tú que, cuando los santos pastores te suplicaban, con Moisés, perdonaste los pecados del pueblo,
— santifica, por su intercesión, a tu Iglesia con una purificación continua.

Tú que, en medio de los fieles, consagraste a los santos pastores y, por tu Espíritu, los dirigiste,
— llena del Espíritu Santo a todos los que rigen a tu pueblo.

Tú que fuiste el lote y la heredad de los santos pastores
— no permitas que ninguno de los que fueron adquiridos por tu sangre esté alejado de ti.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que, por medio de los pastores de la Iglesia, das la vida eterna a tus ovejas para que nadie las arrebate de tu mano,
— salva a los difuntos, por quienes entregaste tu vida.

Unidos fraternalmente como hermanos de una misma familia, invoquemos al Padre común:

Padre nuestro…

ORACION

Conserva, Señor, en tu pueblo el espíritu que infundiste en San Carlos Borremeo, para que tu Iglesia se renueve sin cesar y, transformada en imagen de Cristo, pueda presentar ante el mundo el verdadero rostro de tu Hijo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 4 de noviembre

1) Oración inicial

Señor de poder y de misericordia, que has querido hacer digno y agradable por favor tuyo el servicio de tus fieles; concédenos caminar sin tropiezos hacia los bienes que pos prometes. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 14,12-14

Dijo también al que le había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos te inviten a su vez y tengas ya tu recompensa. Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos.»

3) Reflexión

• El evangelio de hoy continúa la enseñanza que Jesús estaba dando alrededor de diversos asuntos, todos ellos enlazados con la mesa y la comida: sana durante una comida (Lc 14,1-6); un consejo para no ocupar los primeros puestos (Lc 14,7-12); un consejo para invitar a los excluidos (Lc 14,12-14). Esta organización de las palabras de Jesús alrededor de una determinada palabra, como mesa o comida, ayuda a percibir el método usado por los primeros cristianos para guardar en la memoria las palabras de Jesús.
• Lucas 14,12: Convite interesado. Jesús está comiendo en casa de un fariseo que le había invitado (Lc 14,1). La invitación a comer constituye el asunto de la enseñanza del evangelio de hoy. Hay diversos tipos de invitación: invitaciones interesadas en beneficio propio e invitaciones desinteresadas en beneficio de otros. Jesús dice: “Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos te inviten a su vez y tengas ya tu recompensa”. La costumbre normal de la gente era ésta: para almorzar o cenar invitaban a amigos, hermanos y parientes. Pero nadie se sentaba alrededor de la mesa con personas desconocidas. ¡Comían sólo con gente conocida! Esta era una costumbre entre los judíos y sigue siendo una costumbre que usamos hasta hoy. Jesús piensa de forma distinta y manda invitar de forma desinteresada como nadie solía hacer.
• Lucas 14,13-14: Invitación desinteresada. Jesús dice: “Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos”. Jesús manda romper el círculo cerrado y pide que invitemos a los excluidos: a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos. No era la costumbre y nadie hace esto, ni siquiera hoy. Pero Jesús insiste: “¡Convida a esas personas!” ¿Por que? Porqué en la invitación desinteresada, dirigida a personas excluidas y marginadas, existe una fuente de felicidad: “y serás dichoso, porque no te pueden corresponder”. ¡Felicidad extraña, diferente! Tú serás feliz porque ellos no pueden corresponderte. Es la felicidad que nace del hecho de haber hecho un gesto de total gratuidad. Un gesto de amor que quiere el bien del otro y para el otro, sin esperar nada en cambio. Es la felicidad de aquel que haces las cosas gratuitamente, sin querer ninguna retribución. Jesús dice que esta felicidad es semilla de la felicidad que Dios dará en la resurrección. Resurrección no sólo al final de la historia, sino ya desde ahora. Actuar así es ya una resurrección.
• Es el Reino que acontece ya. El consejo que Jesús nos da en el evangelio de hoy evoca el envío de los setenta y dos discípulos para la misión de anuncia el Reino (Lc 10,1-9). Entre las diversas recomendaciones dadas en aquella ocasión como señales de la presencia del Reino, están (a) la comunión alrededor de la mesa (b) la acogida de los excluidos: En la ciudad en que entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad los enfermos que haya en ella, y decidles: El Reino de Dios está cerca de vosotros. (Lc 10,8-9) Aquí, en estas recomendaciones, Jesús manda transgredir aquellas normas de pureza legal que impedían la convivencia fraterna.

4) Para la reflexión personal

• Invitación interesada e invitación desinteresada: ¿cuál de las dos acontece más en mi vida?
• Si tu hicieses sólo invitaciones desinteresadas, ¿esto te traería dificultades? ¿Cuáles?

5) Oración final

Mi corazón, Yahvé, no es engreído,
ni son mis ojos altaneros.
No doy vía libre a la grandeza,
ni a prodigios que me superan.
No, me mantengo en paz y silencio,
como niño en el regazo materno.
¡Mi deseo no supera al de un niño! (Sal 131,1-2)

La familia germen de vida eterna

¿Es la vida de los que nos decimos cristianos distinta de los que no lo son? ¿No participamos de estilos de vida que nada tiene que ver con el ser cristianos?

Todos hemos nacido en una familia más o menos cohesionada, en ella hemos aprendido una serie de valores que nos han servido para llevar una vida digna. Pero cierto es, y así lo atestiguan los estudios sobre la familia, que ésta está en crisis (violencia familiar, niños abandonados, matrimonios rotos…). Dice el papa Francisco a este respecto: “Hoy, la familia es despreciada, es maltratada, y lo que se nos pide es reconocer lo bello, auténtico y bueno que es formar una familia, ser familia hoy; lo indispensable que es esto para la vida del mundo, para el futuro de la humanidad”.

Pero a pesar de ello, en la tradición judeocristiana la familia es germen de la fe, en ella podemos conocer a Dios y experimentar su gracia. Ante la importancia de la familia nos dice el Papa: “En su camino familiar, ustedes comparten tantos momentos inolvidables: las comidas, el descanso, las tareas de la casa, la diversión, la oración, las excursiones y peregrinaciones, la solidaridad con los necesitados… En ella conocemos a Jesús que nos enseña a amar auténticamente” La familia es, por tanto, germen de la fe y de vida eterna.

En la primera lectura de 2 Macabeos se nos habla de la detención y tortura de una familia. La familia para el pueblo de Israel, y también para nosotros, representa la unidad que debe mantener el pueblo. La mujer y sus hijos, representan al pueblo de Israel frágil, inocente e indefenso. Atentar contra la familia es atentar contra las bases de la sociedad y de la propia vida.

Por el contrario, cuando reforzamos la familia, cuando la protegemos, estamos haciendo que la vida germine a nuestro alrededor. Así nos lo hace saber también el Papa: “Cuando nos preocupamos por nuestras familias y sus necesidades, cuando entendemos sus problemas y esperanzas… cuando sostienen la familia, sus esfuerzos repercuten no sólo en beneficio de la Iglesia; también ayudan a la sociedad entera”.

¿Qué experiencias no habrían tenido aquellos jóvenes de su familia? ¿Qué valores no habrían aprendido en ella?, que prefirieron dar la vida antes de abandonar lo que su familia se les enseñó y experimentaron. Cuando la vida tiene enjundia, cuando tiene sentido, los valores que en ella se transmiten trascienden lo vivido. Vivir el proyecto del Reino de Dios es hacer germinar la vida a nuestro alrededor. Y dar la vida por ese proyecto, hace que el Señor se ponga de nuestra parte, pues no abandona a quien confía en Él. Así nos lo hacen ver estos jóvenes que son torturados, “cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna”.

Tendríamos que potenciar en nuestras comunidades la vida familiar, protegerla y acompañarla para que siga siendo germen que alumbre en nosotros y en las generaciones venideras la vida que no acaba, la Vida en Dios.

Llamados a participar de la Vida en Dios

Jesús en el evangelio es sobrio a la hora de hablarnos de la vida después de la muerte. En nuestro entorno, incluida la Iglesia, hemos frivolizado hablando de la vida después de la muerte al igual que la narración que nos aparece en el evangelio de hoy, donde los saduceos interpelan a Jesús sobre este tema.

La Vida tras la muerte se sustenta en el amor que Dios nos tiene, y participaremos del amor de Dios, porque somos hijos suyos y tenemos Vida en Él.

Optar aquí por los valores del Reino expuestos en las Bienaventuranzas (Mt 5, 1-12) en la familia, en nuestras comunidades, en nuestras relaciones de amistad, es prepararnos para participar de la Vida plena junto a Él. Pero, ¿cómo será esta? Es una “vida nueva”, la podemos esperar, pero nunca la podremos describir o explicar.

La comunidad cristiana consuelo y esperanzapara las personasque se prolonga hasta la eternidad

Trabajar por el Reino de Dios en nuestras comunidades es ser alternativa para un mundo empeñado en morir; vivir la fraternidad, el amor y la paz, es llevar a todos los hombres y mujeres el “consuelo y la esperanza” nos dirá 2 Tesalonicenses. Vivir los valores del Reino de Dios genera un consuelo interior (una paz interna) que nos afianza en la opción tomada, y consecuencia de esta paz interior, será la fuerza para obrar el bien y la capacidad para dar testimonio y anunciar lo vivido con la palabra de manera congruente.

La fe que nos hace esperar la resurrección, nos mantiene firmes en ella y luchar contra los anti valores del Reino de Dios tan predominantes en nuestra sociedad. La fuerza para oponernos a ese reino de muerte nos será dada por el Señor (2 Tes 3, 3).

Vivir la fe, la esperanza y la caridad en la familia y en la comunidad es garantía de un mundo mejor, de una vida nueva que no acaba aquí, sino que se prolonga hasta la vida eterna en Dios. Una vida preparada por Dios para el cumplimiento de nuestras aspiraciones más hondas. Los valores que somos llamados a cultivar en la familia y en la comunidad sacan de nosotros lo mejor, y, a pesar de nuestras caídas, Dios sacará de nosotros, “nuestra mejor versión”, la que tanto ama, y así, participaremos de Él que es amor. La muerte no tiene la última palabra, es la vida vivida en Él la que nos fundirá con Él.

D. Juan Manuel López Montero, OP

Comentario del 4 de noviembre

Hoy nos encontramos con uno de esos evangelios que generan perplejidad porque contravienen las normas más usuales de nuestro comportamiento social. Nos sugiere una manera de actuar que, por infrecuente, nos parece imposible de llevar a la práctica. Jesús se dirige a uno de esos fariseos principales que le ha distinguido invitándole a compartir su mesa. Cuando des una comida o una cena -le dice- no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, porque corresponderán invitándote y quedarás pagado.

Esto es lo que se solía hacer entonces y ahora. Cuando organizamos una comida de carácter celebrativo, invitamos a nuestros familiares y amigos; tal vez también a algunos vecinos. No invitarles significaría desestimar su condición de familiares o amigos. Y semejante menosprecio podría ser un motivo suficiente para provocar su enfado o su enemistad. Es cierto que tales invitaciones generan compromisos y obligan a una correspondencia equivalente. A veces la convención social puede llegar a tener más fuerza que la misma ligación familiar o de amistad. Pero éste es nuestro modo habitual de actuar.

Por eso confunden tanto las recomendaciones de Jesús al fariseo: no invites a tus amigos ni a tus parientes. ¿Por qué no invitarles a estos? Porque corresponderán invitándote a ti, y quedarás pagado.

La razón, por tanto, es evitar la paga correspondiente, o mejor, cursar la invitación esperando siempre una correspondencia. Introducir este criterio compensatorio en nuestras relaciones humanas puede acabar –como sucede tantas veces- mercantilizando tales relaciones y, en consecuencia, deshumanizando nuestra vida social.

Jesús no se opone, sin embargo, a que haya comidas, celebraciones e invitaciones. Cuando des un banquete –añade- invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos. Es una sugerencia que nos resulta como mínimo disparatada porque contradice nuestros comportamientos sociales más usuales. ¿A quién de nosotros se le ocurre salir a la calle para invitar a todos los mendigos que encuentre a un banquete de bodas?

Eso se le puede ocurrir como mucho a algún sacerdote en el día de su ordenación sacerdotal intentando imitar la actuación biografiada de algún santo un tanto estrafalario. En alguna ocasión podemos tal vez incorporar a nuestra mesa a algún pobre que anda rondando en nuestro entorno o enviar parte de la comida a una residencia de ancianos o crear un comedor de beneficencia para hambrientos y desamparados. Pero invitar a una comida en que celebramos algún acontecimiento familiar a personas que nada tienen que ver con semejante celebración, simplemente porque son pobres, lisiados o ciegos, nunca se nos ha ocurrido ni parece fácil que se nos ocurra.

Por eso la propuesta de Jesús nos parece fuera de lugar, simple y llanamente u-tópica. Y sin embargo, ahí sigue como un permanente desafío, como una invitación a obrar si no exactamente así de una manera aproximada. Porque si invitas a este tipo de personas no podrán pagarte o corresponderte del mismo modo. Tal vez te correspondan con el afecto o la gratitud, pero no con otro género de paga. No obstante, esta acción, que no espera correspondencia por tratarse de pobres, lisiados y ciegos, no quedará sin recompensa: te pagarán cuando resuciten los justos.

Jesús invita a poner la confianza en Dios, que no dejará sin recompensa las buenas acciones de sus hijos. Pero para esperar esta paga hay que desentenderse en buena medida de las mediocres pagas humanas. En cualquier caso se trata de una paga prometida, pero no cobrada en el transcurso de esta vida. No obstante, tiene sus anticipos, y uno de ellos es la satisfacción que proporciona el buen obrar, el gozo de ver un destello de alegría en el rostro del indigente socorrido.

La propuesta de Jesús está muy ligada a su actividad mesiánica. No es infrecuente verle entre pobres, ciegos, cojos y mancos repartiendo salud, multiplicando panes y peces para saciar a la multitud. Por eso aprovecha esos encuentros con los fariseos para invitarles a obrar del mismo modo, rodeándose de los indigentes de este mundo para compartir con ellos la abundancia de sus bienes.

En este banquete imaginario con los pobres y lisiados de la tierra preludia él el banquete del Reino de los cielos cuyos principales comensales serán precisamente los desechados de los banquetes de este mundo. Ellos, por ser los más pequeños y despreciados de todos, son los predilectos de Dios. Y nada tiene de extraño que lo sean, si es que Dios tiene amor maternal. Por la misma razón fueron predilectos de la acción benéfica de Jesús que los tuvo muchas veces en su punto de mira compasivo y misericordioso. También tendrían que ser los predilectos destinatarios de nuestra acción caritativa, precisamente porque no tiene con qué correspondernos. Ellos no nos corresponderán con una paga similar; pero el que sí lo hará será Dios, el gran Pagador, el Pagador universal.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

172. Otros jóvenes participan en programas sociales orientados a la construcción de casas para los que no tienen techo, o al saneamiento de lugares contaminados, o a la recolección de ayudas para los más necesitados. Sería bueno que esa energía comunitaria se aplicara no sólo a acciones esporádicas sino de una manera estable, con objetivos claros y una buena organización que ayude a realizar una tarea más continuada y eficiente. Los universitarios pueden unirse de manera interdisciplinar para aplicar su saber a la resolución de problemas sociales, y en esta tarea pueden trabajar codo a codo con jóvenes de otras Iglesias o de otras religiones.

Homilía (Domingo XXXII de Tiempo Ordinario)

LA VIDA DEL MUNDO FUTURO

 

“CREO EN LA VIDA DEL MUNDO FUTURO”

La Palabra de Dios nos ha invitado a decir con toda la energía de nuestro espíritu: “Creo en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo futuro”. Congratulémonos con la esperanza que nos une. Es un increíble regalo del Señor. No me explico cómo muchos pueden vivir tan tranquilos sin ella. Precisamente porque soy un hombre apasionado por la vida, necesito creer en la vida eterna. No me explico, no entiendo cómo muchos pueden vivir sin esta esperanza. Si la vida terminara aunque fuera a los cien años, si después de haber saboreado las grandes experiencias humanas, las alegrías más profundas, todo se desintegrara y fuéramos a parar al pozo sin fondo de la nada, esto sería una estafa descomunal, una burla de la naturaleza, de Dios, del acaso o de quien fuera.

Creo en la vida del mundo futuro, creo en la otra vida. Y creo porque la vida tiene que seguir; está llamada a expandirse, no a aniquilarse. Creo en la vida futura, en la vida más allá de esta vida, porque Dios, por boca de su Hijo, ha empeñado su palabra que acabamos de oír. Creo en la vida futura, en la vida trascendente porque Jesús, el Hermano mayor de la gran familia humana, el prototipo de toda persona, ha entrado ya en esa vida plena, gozosa y gloriosa. “Si morimos con él, viviremos con él” (2Tm 2,11-13). Pablo afirma tajantemente: “Si tenemos puesta la esperanza sólo en esta vida, somos los más desgraciados de los hombres” (1Co 15,19).

Resulta paradójico que sufran la falta de esperanza en la vida futura no sólo los increyentes, sino también los mismos que se denominan cristianos. Las encuestas reflejan los enormes porcentajes de cristianos sin esperanza en la vida futura. Yo mismo he escuchado muchos testimonios de cristianos practicantes que no esperan, o esperan a medias, la futura vida gloriosa. Una encuesta, que fue presentada en el Vil

Simposio de Obispos Europeos, afirmaba que el porcentaje de los que creen en la otra vida en Europa Central es sólo del 43%, y que en los pueblos mediterráneos alcanza la cifra del 45%. Por lo tanto, qué enorme es la masa de los “desesperanzados”, cuántos millones de personas con enorme contradicción se consideran “cristianas”. Pablo afirma que la esperanza en la resurrección, basada en la resurrección de Jesús, es el mástil de la gran carpa del cristianismo; si ésta se quiebra, se viene abajo toda la tienda (Cf. 1Co 15,12-19).

 

MÁS ALEGRE LA VIDA Y MENOS TEMEROSA LA MUERTE

La esperanza en la vida futura hace más alegre la vida y menos temerosa la muerte, multiplica las verdaderas alegrías. “Si son así las alegrías de este mundo, que no son más que aperitivos del otro, ¡qué embriagadoras serán las del más allá”… Las grandes alegrías de la familia unida, de la amistad cálida, de la convivencia agradable, los mejores momentos de la vida son sólo aperitivos que nos ayudan a barruntar muy lejanamente lo que ha de ser la bienaventuranza eterna.

La esperanza de la gloria venidera hace más llevaderos los sufrimientos y trabajos de nuestra existencia terrena. Al fin y al cabo, como decía santa Teresa: “Esta vida no es más que una mala noche en una mala posada”. Esta esperanza es la que, de hecho, hace afrontar la muerte con valentía y hasta con alegría, con ansia, como se ha puesto de manifiesto en el martirio de los hermanos Macabeos. Conocemos la exclamación de Pablo: “Deseo morir y estar con Cristo” (Flp 1,23). Y conocemos las ardientes estrofas de Teresa de Jesús: “Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero, que muero porque no muero”.

El Abbé Pierre escribe en su Testamento: “No hace mucho el médico me dijo: ‘No hay razón para que no vivas más años que monseñor Pínay’. Salí de su consulta tremendamente triste. ¡Todavía tengo que seguir tirando del carro y durante tanto tiempo! Ansio vivamente como Pablo ‘morir y estar con Cristo'”. ¡Gran testimonio!

Hubo entre nosotros alguien que, habiendo pedido insistentemente la verdad sobre su enfermedad y habiéndosele informado que tenía un cáncer imparable, vino corriendo a contárselo al confesor, su amigo, para que se congratulase con él: “Me han dicho que tengo un cáncer irreversible. Pronto estaré en la casa del Padre. Felicítame y dame un abrazo”. Hace unos meses un sacerdote cercano a nosotros, al saber la proximidad de su muerte, nos invitó a celebrar la noticia. La esperanza convierte a la muerte en un simple atravesar el dintel de una puerta para pasar de una estancia, un tanto ruinosa y fría, a otra real en la que se celebra un banquete de fiesta.

 

“SON COMO ÁNGELES” (LA OTRA VIDA ES “OTRA”)

Pero, ¿cómo será la otra vida? Es natural nuestro deseo de saber. Se trata de nosotros, de cómo ha de ser nuestra vida para siempre, nuestro futuro. Un escritor de nuestros días decía ingeniosamente: “Me interesa muchísimo el futuro porque en él voy a pasar el resto de mis días” (nada menos que toda la eternidad).

Es un misterio. Nadie ha venido ni vendrá a contarnos cómo es esa vida gloriosa. Se trata de un misterio que hay que aceptar y respetar como tal. Pablo escribe: “Lo que el ojo no vio, lo que el oído no oyó, lo que ningún hombre imaginó, eso preparó Dios para los que le aman” (1Co 2,9). Gracias a Dios, la bienaventuranza sobrepasará nuestros sueños más desmedidos.

Quienes dicen mucho sobre ella son los místicos, esas personas prodigiosas que han vivido tan hondamente que han tenido ya en la tierra experiencias de cielo en sus fenómenos sobrenaturales. Podemos decir que se han asomado al ojo de la cerradura del cielo y a través de él han entrevisto borrosamente el banquete de la gloria.

Antes de nada, hay que decir que la otra vida será eso, otra, distinta. Nos lo acaba de recordar Jesús: “son como ángeles”. La “otra vida” será muy otra. El cambio es grande al ser cuerpo espiritualizado que transciende las categorías de tiempo,

espacio y las condiciones de un cuerpo frágil y sometido a las inclemencias que le rodean, el deterioro, la enfermedad y la muerte.

A la entrada de la casa del Padre dejaremos todos los arreos que sólo sirven para andar el camino, como la mochila, el bastón, el sombrero, las herramientas que nos sirven para mejorar el entorno por el que transcurrimos… Seremos como ángeles. ¡Fijaos qué cambio!

En relación con la otra vida habrá, como es natural, discontinuidad. Pero no será del todo “otra”. Tiene que haber una continuidad. El ser humano es el mismo en su fase itinerante y en la fase de llegada. Por eso la forma de felicidad, en su esencia, es, evidentemente, la misma en esta vida y en la otra.

El cielo, esencialmente, será amor. Por eso dice Pablo: “La caridad no pasa nunca” (1Co 13,8). La dimensión de nuestra dicha en el cielo está en proporción de nuestra capacidad de amar. “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos” (Un 3,14). Y la vida siempre es felicidad y alegría. El cielo consistirá en vivir como hermanos con el único Padre y el Hermano mayor, Cristo Jesús, unidos por el mismo Espíritu de amor. Seremos amigos. Se cumplirá en su plenitud lo del himno de la alegría: “Los hombres volverán a ser hermanos”, mejor dicho, consumaremos la fraternidad iniciada en este vivir terreno. Tendremos

todos, como los miembros de la comunidad de Jerusalén, “un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32). Se cumplirá el sueño de Jesús: “Que sean uno, como tú y yo somos uno; que también ellos sean consumados en la unidad” (Jn 17,23). El cielo será un banquete cuyos aperitivos saboreamos ya aquí. Entonces el banquete llegará a su culminación.

TIEMPO PARA APRENDER A AMAR

El modo de felicidad de la otra vida marca el sentido de ésta. Es preciso vivir para los valores que perdurarán, que, en definitiva, no son otra cosa que modalidades del amor. Todo lo demás no puede tener en nuestra vida otra categoría que la de

“medios”. Lo contrario es una insensatez. El Abbé Pierre define magistralmente la vida: “Es un tiempo que se nos concede para aprender a amar”. Porque el cielo consistirá en amar. Se trata, por lo tanto, de construir una convivencia de amistad, de fraternidad, de justicia, de amor, es decir, el Reino de Dios. La esperanza de la vida futura no sólo no nos excusa de preocuparnos de mejorar ésta, sino que nos compromete más y más.

Dice el Concilio: “Los bienes de la dignidad humana, de la unión fraterna y de la libertad, y todos los demás bienes que son fruto de nuestro trabajo y esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor, según su mandato, volveremos a encontrarlos de nuevo cuando Cristo entregue al Padre “el reino eterno y universal, reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz”. Este reino está ya misteriosamente presente en nuestra tierra; con la venida del Señor se consumará su perfeccionamiento” (GS 39).

Lo que ha de constituir la dicha y bienaventuranza en el más allá, lo ha de constituir en el más acá. Por eso hay que empezar ya la fiesta de la amistad, hay que empezar a saborear la dicha de la solidaridad, de la familia unida, del compartir. Jesús de Nazaret quiere que convirtamos la tierra en un cielo, en el tiempo de los aperitivos del gran Banquete. Por tanto, no te olvides de que estás en vísperas de la Gran Fiesta y que la víspera de fiesta ya tiene mucho de fiesta. Tengamos, pues, la víspera de fiesta en paz.

Atilano Aláiz

Lc 20, 27-38 (Evangelio – Domingo XXXII de Tiempo Ordinario)

En el evangelio de este día es donde encontramos una de las páginas magistrales de lo que Jesús pensaba sobre esas ultimidades de la vida. El profeta Jesús, como persona, como ser humano, se pregunta, y le preguntaban, enseñaba y respondía a las trampas que le proponían. La ley de la halizah (Dt 25,9-19) es a todas luces inhumana, no solamente antifeminista. La ridiculez de la trampa saducea para ver de quién será esposa la mujer de los siete hermanos no hará dudar a Jesús. En este caso son los saduceos, el partido de la clase dirigente de Israel, que se caracterizaba, entre otras cosas, por una negación de la vida después de la muerte, los que pretenden ponerle en ridículo. En ese sentido, los fariseos eran mucho más coherentes con la fe en el Dios de la Alianza. Es verdad que la concepción de los fariseos era demasiado prosaica y pensaban que la vida después de la muerte sería como la de ahora; de ello se burlaban los saduceos que solamente creían en esta vida. En todo caso, su pensamiento escatológico podría ceñirse a la supervivencia del pueblo de Dios en este mundo, en definitiva… un mundo sin fin, sin consumación. Y, por lo mismo, donde el sufrimiento, la muerte y la infelicidad, nunca serían vencidas. Sabemos que Lucas ha seguido aquí el texto de Marcos, como lo hizo también Mateo.

Jesús es más personal y comprometido que los fariseos y se enfrenta con los materialistas saduceos; lo que tiene que decir lo afirma rotundamente, recurre a las tradiciones de su pueblo, a los padres: Abrahán, Isaac y Jacob. Pero es justamente su concepción de Dios como Padre, como bondad, como misericordia, lo que le llevaba a enseñar que nuestra vida no termina con la muerte. Un Dios que simplemente nos dejara morir, o que nos dejara en la insatisfacción de esta vida y de sus males, no sería un Dios verdadero. Y es que la cuestión de la otra vida, en el mensaje de Jesús, tiene que ver mucho con la concepción de quién es Dios y quiénes somos nosotros. Jesús tiene un argumento que es inteligente y respetuoso a la vez: no tendría sentido que los padres hubieran puesto se fe en un Dios que no da vida para siempre. El Dios que se reveló en la zarza ardiendo de Sinaí a Moisés es un Dios de una vez, porque es liberador; es liberador del pueblo de la esclavitud y es liberador de la esclavitud que produce la muerte. De ahí que Jesús proclame con fuerza que Dios es un Dios de vivos, no de muertos. Para Él “todos están vivos”, dice Jesús afirmando algo (según Lucas lo entiende) que debe ser el testimonio más profundo de su pensamiento escatológico, de lo que le ha preocupado al ser humano desde que tiene uso de razón: hemos sido creados para la vida y no para la muerte.

Es verdad que sobre la otra vida, sobre la resurrección, debemos aprender muchas cosas y, sobre todo, debemos “repensar” con radicalidad este gran misterio de la vida cristiana. No podemos hacer afirmaciones y proclamar tópicos como si nada hubiera cambiado en la teología y en la cultura actual. Jesús, en su enfrentamiento con los saduceos, no solamente se permite desmontarles su ideología cerrada y tradicional, materialista y “atea” en cierta forma. También corrige la mentalidad de los fariseos que pensaban que en la otra vida todo debía ser como en ésta o algo parecido. Debemos estar abiertos a no especular con que la resurrección tiene que ocurrir al final de los tiempos y a que se junten las cenizas de millones y millones de seres. Debemos estar abiertos que creer en la resurrección como un don de Dios, como un regalo, como el final de su obra creadora en nosotros, no después de toda una eternidad, de años sin sentido, sino en el mismo momento de la muerte. Y debemos estar abiertos a “repensar”, como Jesús nos enseña en este episodio, que nuestra vida debe ser muy distinta a ésta que tanto nos seduce, aunque seamos las mismas personas, nosotros mismos, los que hemos de ser resucitados y no otros. Debemos, a su vez, “repensar” cómo debemos relacionarnos con nuestros seres queridos que ya no están con nosotros y hacer del cristianismo una religión coherente con la posibilidad de una vida después de la muerte. Y esto, desde luego, no habrá teoría científica que lo pueda explicar. Será la fe, precisamente la fe, lo que le faltaba a los saduceos, el gran reto a nuestra cultura y a nuestra mentalidad deshumanizada. No seremos, de verdad, lo que debemos de ser hasta que no sepamos pasar por la muerte como el verdadero nacimiento. Si negamos la resurrección, negamos a nuestro Dios, al Dios de Jesús que es un Dios de vivos y que da la vida verdadera en la verdadera muerte.

2Tes 2, 15- 3, 5 (2ª Lectura Domingo XXXII de Tiempo Ordinario)

La segunda lectura nos ofrece un texto de consolación. El autor, en este caso puede ser un discípulo de Pablo, más que Pablo mismo, habla de un consuelo eterno y una esperanza espléndida. Sin duda que se refiere a lo que se trata en la carta: el final de los tiempos y la suerte de los que han muerto. La Palabra del Señor trae a los hombres esa esperanza, esa posibilidad, esa opción que hay que hacer frente a ella. Porque en este mundo, en lo más radical de nosotros mismos, debemos elegir entre la nada o esa esperanza que Dios nos ofrece. El autor se apoya precisamente en que Dios es fiel y nunca falta a sus promesas; si Él ha prometido la vida, debemos vivir con esa esperanza espléndida.

2Mac 7, 1-14 (1ª Lectura Domingo XXXII de Tiempo Ordinario)

Desde la fiesta de Todos los Santos, la liturgia del año comienza a introducirnos en los temas llamados escatológicos, los que se preocupan de las últimas cosas de la vida y de la fe, del futuro personal y de esta historia. Y hay que poner de manifiesto que sobre esas ultimidades es necesario preguntarse, y debemos relacionarnos con ellas como planteamiento base de la existencia cristiana: ¿Qué nos espera? ¿En quién está nuestro futuro? ¿Será posible la felicidad que aquí ha sido imposible? La liturgia de hoy quiere ofrecernos respuesta, más bien aproximaciones, de lo que fue uno de los descubrimientos más grandes de la fe de Israel y de los mismos planteamientos personales de Jesús, el Señor.

Esta lectura de los Macabeos nos cuenta la historia del martirio de una familia piadosa judía del s. II a. Cristo que no consintió en renunciar a sus tradiciones religiosas de comer algo impuro y someterse a la mentalidad pagana de los griegos. Es una de las epopeyas religiosas en que se descubre que, cuando se da la vida por algo, siempre se hace porque se considera que la vida aquí en la tierra no lo es todo, que debe haber otra vida. Esta creencia le costó mucho descubrirla al pueblo de Dios. Durante mucho tiempo se creía en Dios, pero no fue fácil dar un paso hacia la afirmación de que ese Dios nos ha creado para la vida y no para la muerte.

Comentario al evangelio – 4 de noviembre

El pasaje lucano de hoy narra una de las más sabrosas revelaciones de Jesús. Invitado por un distinguido fariseo, en su misma casa le interpela con un aviso moral. Se trata de una advertencia de suma actualidad también para hoy. El protocolo exige que un invitado no dirija correcciones públicas hacia su anfitrión. Pero en esta ocasión, Jesús no se rige por ese principio de prudencia. Su libertad espontánea parece rayar en el descaro o en la falta de educación. Pero, Él es la Verdad… y la naturaleza de la Verdad es la comunicación. No hubiera podido callar.

Jesús le pide a este personaje -y también a nosotros- que sus intenciones sean limpias y no calculadoras. Se trata de hacer que la gratuidad venza el interés. Esa higiene motivacional se entrena y se consolida al hacer el bien a aquellos que no pueden devolver el favor. La falta de correspondencia libera de la tentación de la solapada ambición camuflada de grandeza de espíritu. Hacer el bien a quien no puede devolver el favor y hacerlo sin esperarlo ni desearlo se llama también gratuidad. La gratuidad es un componente esencial de la gracia. Es una de las infinitas propiedades del amor de Dios. Así lo refiere también Pablo en el fragmento de su carta a los Romanos que hoy se proclama en la liturgia: “Los dones y la llamada de Dios son irrevocables” (Rom 11,19). Entre otras cosas esa afirmación viene a decirnos que el único que actúa con absoluta gratuidad y generosidad es Dios, nuestro buen Padre. Da irrevocablemente, aun cuando nunca sea adecuadamente correspondido.

No hace mucho me comentaba una educadora: “Mira, trabajo con chicos y chicas que jamás han visto a nadie amar de veras y gratuitamente, sin intereses. Ni sus médicos lo hacen, ni sus profesores lo hacemos, ni sus amigos,… y es que ya ni siquiera se sienten amados incondicionalmente por muchos de sus padres. Todos buscan, de una u otra forma, algo de ellos: reconocimiento, afecto, tranquilidad, dinero,… o distancia por lo que molestan”. El amor limpio es raro. Y, sin embargo, ¡cuánto agradecemos todos que nos traten desinteresadamente! El evangelio de hoy me indica que el primer paso en la gratuidad me toca darlo a mí. Me tocará revisar mis intenciones.

Juan Carlos cmf