Vida para siempre

1.- Vida después de esta vida. En las pirámides y en las tumbas egipcias hay multitud de detalles que reflejan su concepción sobre el más allá: es una prolongación de este mundo. Por eso, se momifica el cuerpo del difunto, aparecen pintados en las paredes, objetos de la vida cotidiana, sobre todo aquellos relacionados con la vida placentera. En muchas ocasiones junto al difunto se encuentra todo su ajuar y comida en abundancia. Incluso se encerraba a los sirvientes vivos juntamente con el difunto para que le sirvieran en la otra vida. El descubrimiento de la tumba de Tutankamón, un faraón que murió joven y no tuvo ninguna importancia en la historia, permitió el conocimiento de la vida cotidiana en Egipto, pues allí se describía todo lo que tenía que ver con la vida terrenal, que continuaba en la otra vida. Esta idea es la que subyace en el planteamiento de los saduceos, aunque ellos en el fondo no creían en la resurrección. Sin embargo, hacen una pregunta trampa a Jesús para ponerlo en evidencia. A pesar de que en el Antiguo Testamento poco a poco, de forma progresiva, Dios fue revelando el misterio de la resurrección, los saduceos estaban anclados en el pasado y se negaban a aceptar la existencia de otra vida. No tenían en cuenta el libro del profeta Ezequiel, cuando Dios reanima los huesos secos, ni tampoco el segundo Libro de los Macabeos, donde se expone claramente la fe en la resurrección. El cuarto hijo responde al rey torturador: «Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará». El Libro de la Sabiduría, el último del Antiguo Testamento, corrobora esta creencia en la vida después de la vida.

2.- Dios de vivos. Jesús explicó a los saduceos que en la vida presente morimos, pero los hijos de Dios van a resucitar y vivir como los ángeles. La respuesta de Jesús sigue dos caminos. Por un lado, no acepta que el estado del hombre resucitado sea un calco del estado presente. Tener muchos hijos en Palestina era una bendición del cielo; morir sin hijos, la mayor de las desgracias, el peor de los castigos celestiales… Para evitar esto último, el Deuteronomio prescribía lo siguiente: «si dos hermanos viven juntos y uno de ellos muere sin hijos, la viuda no saldrá de casa para casarse con un extraño; su cuñado se casará con ella y cumplirá con ella los deberes legales de cuñado; el primogénito que nazca continuará el nombre del hermano muerto, y así no se extinguirá su nombre en Israel». Es la conocida ley del «levirato» La procreación es necesaria en este mundo, a fin de que la creación vaya tomando conciencia, a través de la multiplicación de la raza humana, de las inmensas posibilidades que lleva en su seno: es el momento de la individualización, con nombre y apellido, de los que han de construir el Reino de Dios. Superada la muerte, no será necesario asegurar la continuidad de la especie humana mediante la procreación. Las relaciones humanas serán elevadas a un nivel distinto, propio de ángeles (serán como ángeles), en el que dejarán de tener vigencia las limitaciones inherentes a la creación presente. No se trata, por tanto, de un estado parecido a seres extraterrestres o galácticos, sino a una condición nueva, la del espíritu, imposible de enmarcar dentro de las coordenadas de espacio y de tiempo. Por haber nacido de la resurrección, serán hijos de Dios. Por otro lado, Jesús termina su respuesta con un argumento que debió de dejar aún más desconcertados a los saduceos: «que resucitan los muertos lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abrahán, y Dios de Isaac, y Dios de Jacob». Dios no lo es de muertos, sino de vivos; es decir, para El todos ellos están vivos». Reina la esperanza en nosotros, la muerte no tiene la última palabra.

3.– Vida en plenitud. Jesús aclara el concepto de resurrección y lo que significa para el cristiano. Es otra dimensión. No se trata de una simple reanimación del cuerpo, ni de una prolongación de esta vida. Por eso es absurdo el planteamiento de los saduceos. Jesús aclara que cuando morimos aquí participamos en la resurrección, mediante la cual no volvemos a morir. En la vida en plenitud no importará si uno está casado o soltero, es una vida nueva, donde se manifestará de verdad que somos hijos de Dios y le «veremos tal cual es». El error está en confundir el cuerpo con la materia. No es el cadáver lo que se reanima con la resurrección, es todo nuestro ser el que participa de una vida eterna, que no se acaba, que plenifica, que nos hace felices para siempre.

José María Martín OSA