I Vísperas – Domingo XXXII de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO XXXII de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

No sé de dónde brota la tristeza que tengo.
Mi dolor se arrodilla, como el tronco de un sauce,
sobre el agua del tiempo, por donde voy y vengo,
casi fuera de madre, derramado en el cauce.

Lo mejor de mi vida es dolor. Tú sabes
cómo soy; tú levantas esta carne que es mía;
tú, esta luz que sonrosa las alas de las aves;
tú, esta noble tristeza que llaman alegría.

Tú me diste la gracia para vivir contigo;
tú me diste las nubes como el amor humano;
y, al principio del tiempo, tú me ofreciste el trigo,
con la primera alondra que nació de tu mano.

Como el último rezo de un niño que se duerme
y, con la voz nublada de sueño y de pureza,
se vuelve hacia el silencio, yo quisiera volverme
hacia ti, y en tus manos desmayar mi cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,
por los siglos de los siglos. Amén.

SALMO 121: LA CIUDAD SANTA DE JERUSALÉN

Ant. Desead la paz a Jerusalén.

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundad
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios.»

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo.»
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desead la paz a Jerusalén.

SALMO 129: DESDE LO HONDO A TI GRITO, SEÑOR

Ant. Desde la aurora hasta la noche, mi alma aguarda al Señor.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela a la aurora.

Aguarde Israel al Señor,
como el centinela a la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desde la aurora hasta la noche, mi alma aguarda al Señor.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

LECTURA: 2P 1, 19-21

Esto nos confirma la palabra de los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día, y el lucero nazca en vuestros corazones. Ante todo, tened presente que ninguna predicción de la Escritura está a merced de interpretaciones personales; porque ninguna predicción antigua aconteció por designio humano; hombres como eran, hablaron de parte de Dios, movidos por el Espíritu Santo.

RESPONSORIO BREVE

R/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

R/ Su gloria sobre los cielos.
V/ Alabado sea el nombre del Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismos nos resucitará para la vida.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismos nos resucitará para la vida.

PRECES
Invoquemos a Cristo, alegría de cuantos se refugian en él, y digámosle:

Míranos y escúchanos, Señor.

Testigo fiel y primogénito de entre los muertos, que nos has librado de nuestros pecados por tu sangre,
— no permitas que olvidemos nunca tus beneficios.

Haz que aquellos a quienes elegiste como ministros de tu Evangelio
— sean siempre fieles y celosos administradores de los misterios del reino.

Rey de la paz, concede abundantemente tu Espíritu a los que gobiernan las naciones,
— para que atiendan con interés a los pobres y postergados.

Sé ayuda para cuantos son víctimas de cualquier segregación por causas de raza, color, condición social, lengua o religión,
— y haz que todos reconozcan su dignidad y respeten sus derechos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

A los que han muerto en tu amor, dales también parte en tu felicidad,
— con María y con todos tus santos.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Dios omnipotente y misericordioso, aparta de nosotros todos los males, para que, bien dispuesto nuestro cuerpo y nuestro espíritu, podamos libremente cumplir tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 9 de noviembre

1) Oración inicial

Dios omnipotente y misericordioso, aparta de nosotros todos los males, para que, bien dispuesto nuestro cuerpo y nuestro espíritu, podamos libremente cumplir tu voluntad. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del santo Evangelio según Juan 2,13-22

Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la casa de mi Padre una casa de mercado.» Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito:

Los judíos entonces replicaron diciéndole: «Qué signo nos muestras para obrar así?» Jesús les respondió: «Destruid este santuario y en tres días lo levantaré.» Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se ha tardado en construir este santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?» Pero él hablaba del santuario de su cuerpo. Cuando fue levantado, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.

3) Reflexión

• El Contexto. Nuestro pasaje contiene una enseñanza clara e inequívoca de Jesús en el templo. Anteriormente, Juan Bautista había dado testimonio de Jesús diciendo que era el mesías (1,29); los primeros discípulos, tras la indicación del Bautista, lo reconocen como el Cordero de Dios, que era una nota mesiánica: inaugurar una nueva pascua y una nueva alianza, realizar la definitiva liberación del hombre (Jn 1,35-51); en Caná, Jesús hace su primer milagro para manifestar su gloria (Jn 2,1-12): la gloria se torna visible, puede ser contemplada, es decir, se manifiesta. Es la gloria del Padre, presente en la persona de Jesús, manifestada al inicio de su actividad, como anticipo de su “ora” (17,1). ¿En qué manera se manifiesta su gloria? Dios establece gratuitamente con el hombre una nueva relación; lo une íntimamente a él dándole la capacidad de amar como Él por medio del Espíritu que purifica el corazón del hombre y lo hace hijo de Dios. Es necesario, sin embargo, reconocer el amor inmutable de Dios manifestado en Jesús, respondiendo con fe, o sea, con una adhesión personal.

• Jesús y el templo. Ahora Jesús se encuentra en Jerusalén, en el templo, y, dando cumplimiento a la profecía de Malaquías (Ml 3,1-3), se proclama mesías. Esta presencia de Jesús y sobre todo su enseñanza produce una tensión. Ahora comprenderá el lector que las grandes disputas con los judíos tengan lugar siempre en el templo; en este lugar proclama Jesús sus denuncias sustanciales; su misión es conducir al pueblo fuera del templo (2,15; 10,4). En el fondo, Jesús es condenado porque representa un peligro para el templo y para el pueblo. Jesús va a Jerusalén con ocasión de la Pascua de los judíos: es una ocasión clamorosa para manifestarse en público y para revelar a todos que él es el mesías. En aquella fiesta Jerusalén está llena de peregrinos llegados de todas partes y por tanto su proceder habría tenido resonancia en toda Palestina. Llegando a Jerusalén, se traslada rápidamente al templo donde realizan su trabajo diversos tipos de vendedores y cambistas… El encuentro en el templo no se realiza con personas que buscan a Dios, sino con comerciantes de lo sagrado: el importe por instalar los puestos de venta era entregado al sumo sacerdote. Jesús escoge esta ocasión (la pascua) y este lugar (el templo) para ofrecer un signo. Toma un látigo, instrumento que simbolizaba al mesías castigando los vicios y las prácticas malvadas, y expulsa a todos del templo junto con las ovejas y los bueyes. Es digna de notar su polémica contra los vendedores de palomas (v.12). La paloma era un animal que se usaba en los holocaustos propiciatorios (Lv 1,14-17), en los sacrificios de expiación y de purificación (Lv 12,8; 15,14.29), sobre todo si los que lo ofrecían eran pobres (Lv 5,7; 14,22.30ss). Aquí, los comerciantes venden las palomas, es decir, venden por dinero la reconciliación con Dios.

• La casa de mi Padre. La expresión indica que, en su obrar, Jesús se comporta como Hijo, que Él representa al Padre en el mundo. Han transformado el culto a Dios en comercio. El templo no es ya el lugar del encuentro con Dios, sino un mercado donde vige la presencia del dinero. El culto se ha convertido en pretexto para el lucro. Jesús ataca la institución central de Israel, el templo, símbolo del pueblo y de la elección. Denuncia que ha sido usurpada al templo su función histórica: ser símbolo de la morada de Dios en medio de su pueblo. La primera reacción al gesto de Jesús viene de parte de los discípulos, que lo asocian al salmo 69,10: “el celo por tu casa me devorará”. La segunda reacción viene de parte de los sumos sacerdotes, que reaccionan en nombre de los vendedores: “qué señal nos muestras para hacer estas cosas” (V.18). Le piden un signo; él les da el de su muerte: “destruid este templo y en tres días lo reedificaré” (v.19). Jesús es el templo que asegura la presencia de Dios en el mundo, la presencia de su amor; la muerte en cruz hará de Él el templo único y definitivo de Dios. El templo construido por manos de hombre ha caído; Jesús lo sustituirá, porque Él es ahora la presencia de Dios en el mundo; en Él está presente el Padre.

4) Para la reflexión personal

• ¿Has comprendido que el signo del amor de Dios para ti no es ya el templo sino una persona, Jesús crucificado?
• ¿Sabes que este signo se te ofrece personalmente para tu liberación definitiva?

5) Oración final

Dios es nuestro refugio y fortaleza,
socorro en la angustia, siempre a punto.
Por eso no tememos si se altera la tierra,
si los montes vacilan en el fondo del mar. (Sal 46,2-3)

¡Creo! ¿Pasa algo?

¿Pero tú crees en la resurrección después de la muerte? ¡Por supuesto! ¡Lo creo y no pierdo nada! Así de contundente, un sacerdote, contestaba en plena calle a una interpelación de un periodista en plena calle.

1.- Los saduceos, que no creían en la resurrección, se mofaban de ella y por añadido de los que profesaban esta creencia. Hoy, como entonces, también nos toca asistir constantemente a encuestas que nos dicen que un alto porcentaje de católicos no creen en la resurrección. A lo que, con el evangelio en la mano, habrá que responder: ni son católicos ni son cristianos. ¿Por qué? Porque el cristianismo se sustenta en esa verdad fundamental: la resurrección de Cristo y, con ella, la de cada uno de nosotros.

Ser testigos de esta verdad es una misión que, aunque resulte difícil, se convierte en un signo de la fortaleza y vigorosidad de nuestra fe y, sobre todo, de nuestra fidelidad a Jesús.

Una vez celebrada la Festividad de Todos los Santos y de Todos los Difuntos, se nos impone una reflexión:

– ¿Valoramos y mantenemos vivo el recuerdo por nuestros difuntos?

– ¿Tratamos con respeto sus restos? Resulta llamativo, por lo menos en algunos lugares de España, cómo levantamos monumentos a mascotas y –en cambio- una vez incinerados los restos de nuestros seres queridos los dispersamos por montes, mares o jardines. ¿Es correcto? ¿Dónde queda entonces la memoria de nuestros difuntos? ¿Acaso nos estorban? ¿Tal vez nos incomoda el visitarles una vez al año? Algo, en este sentido, tiene que cambiar y a mejor. Somos semillas de esperanza pero, esas semillas, ¿no deben de ser tratadas con mimo y depositadas en un lugar digno? Muy recientemente la Iglesia ha recordado como debe ser el tratamiento de esas cenizas de nuestros seres queridos. Parece muy claro. ¿No?

2.- Como cristianos, y al igual que aquellos niños macabeos, esperamos en Dios. Sabemos que, es mejor morir según Dios que atenazados por la frialdad y la incredulidad del mundo. No acompaña el ambiente ni, mucho menos, las ideologías que endiosan lo pragmático y ridiculizan hasta lo más santo.

Frente aquellos que sólo creen en lo que ven, nosotros –por la Palabra del Señor– y por su muerte y resurrección, creemos en lo que no vemos: ¡resucitaremos!

Un profesor, ante una pregunta de un alumno sobre este tema, le respondió: “mira; si hay algo es mucho lo que gano…y si no hay nada (cosa que no creo) no perderé mucho menos que tú y, además, habré vivido con esperanza”.

3.- Vale la pena, amigos, creer y fiarnos de las palabras del Señor. Vale la pena sufrir calumnias y burlas, incomprensiones o sonrisas malévolas cuando sabemos que, después del sufrimiento y de la prueba, han de quedan en evidencia aquellos que vivieron sin Dios y, por el contrario, hemos de disfrutar de una vida eterna con el Señor aquellos que creemos profundamente en El. Y es que, al final, Dios es quien ríe el último y a pleno pulmón.

4.- QUE NO ME IMPORTE, SEÑOR

Ser incomprendido, por defender que Tú vives en mí,

antes que ser elevado en el pódium del éxito efímero

pero sin horizontes ni razones para existir

QUE NO ME IMPORTE, SEÑOR

Las risas de los que no me entienden por lo que creo

Ni el vacío de los que no me quieren por lo que siento

QUE NO ME IMPORTE, SEÑOR

El no percibir algunas verdades que tú me ofreces

cuanto esperar a que un día se hagan realidad

QUE NO ME IMPORTE, SEÑOR

Cómo me rescatarás de la muerte,

cuanto saber que, ahora y aquí,

me acompañas y me animas con tu Palabra

me alimentas con tu Cuerpo y con tu Sangre

y, en el fondo de mi alma,

me haces arder en ansias de poder verte

QUE NO ME IMPORTE, SEÑOR

La burla de los que no se molestan en buscarte

La sonrisa de los que, sintiéndose poderosos,

serán nada y polilla después de su grandeza

QUE NO ME IMPORTE, SEÑOR

Las falsas promesas que el mundo me ofrece

frente a las tuyas que han de ser eternas

Los cortos caminos, que me llevan al abismo,

frente a los tuyos –estrechos y difíciles-

pero con final feliz y glorioso.

QUE NO ME IMPORTE, SEÑOR

6.- DIOS DE VIVOS, LA DERROTA DE LA MUERTE

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Al final del tiempo la muerte será vencida. Será el último enemigo de Jesús en desaparecer. La muerte es solo una circunstancia física. El espíritu no desaparece. Si Cristo fue la voz del Dios y el rostro visible del Dios invisible, comunicó, asimismo, la permanencia del espíritu de los hombres al afirmar que Dios lo era de vivos y no de muertos. Sus contemporáneos en el judaísmo no creían en esa permanencia constante de lo espiritual y con la desaparición del cuerpo todo se acababa. Algunos creían en la resurrección, pero no así los saduceos que solo contemplaban la relación con Dios en la vida física.

2.- Jesús va a repetir durante toda su enseñanza esa condición de vida permanente y la existencia del mundo futuro. Para nosotros es una esperanza total y una ganancia frente a la idea de la muerte con final total y definitivo. La singularidad emocionante de esta doctrina lleva a la Iglesia a fomentar la doctrina de la Comunión de los Santos pieza angular de nuestra fe y que reúne para siempre –y de manera activa— a todos los fieles de cualquier época. En la Comunión de los Santos está presente ese Dios de vivos del que habla Jesús. Es subyugante, por otro lado, las “pistas” que da Cristo sobre el cambio tras la resurrección. Define el cuerpo glorioso y lo aproxima a los ángeles.

3.- El primogénito entre los resucitados fue Jesús y toda la trayectoria de sus seguidores cambio cuando lo vieron transformado. San Pablo alude a la Resurrección como elemento básico –sine qua non— de nuestra fe. Hoy, tal vez, muchos de los creyentes de hoy se estén aproximando a los saduceos bajo la idea de que niegan ese fenómeno transcendente y transcendental para incidir más en una necesidad de acción social que niega el camino futuro del espíritu. Y esto es grave. Defendemos la acción social fuerte de los cristianos a favor de los pobres, de los débiles, de los marginados, pero en ningún caso podemos limitar la acción del cristianismo en su sentido de portador de eternidad.

4.- Será la oración constante la que nos acerque y nos familiarice con el mundo espiritual. Insistimos en que son muy atractivas y elogiables esas vidas que se entregan al cuidado de los demás, pero no pueden olvidar que es Dios quienes les da la fuerza para convertir su esfuerzo en un camino sin final terrestre y que transcenderá por los siglos de los siglos. A veces pensar en el mundo futuro produce vértigo. Incluso, nos sentimos cómodos en nuestra vida terrena. Es como quien se acostumbra a su pequeña celda y desprecia el amplio campo. La celda tiene su importancia, pero en la línea del horizonte está nuestra meta espiritual. Dios es un Dios de vivos y reinará, un día, sobre vivos permanentes, bellos, perfectos y felices.

5.- Cuando se es joven, o se tiene buena salud, el fenómeno de la muerte parece algo muy lejano. Tal vez, la desaparición de un ser querido nos acerca más a la muerte. Más adelante, cuando los años pasan la mayor posibilidad de que se termine el tiempo de estancia en este mundo, nos abrirá una mayor cercanía o familiaridad con ese hecho. Dicha familiaridad no tiene que ser “cordial” e, incluso, tal cercanía puede estar rodeada de espanto. Si, además, se está lejos de cualquier planteamiento trascendente, la muerte es como un final absoluto de terribles consecuencias. Pero, si por el contrario, estamos cerca de Dios, comenzaríamos a entender que es solo un paso hacia otro tipo de vida. De todas formas, debemos ser respetuosos con estos temas. Nadie sabe, con exactitud, como es el tránsito. Y por ello, ni podemos condenar a la inquietud permanente a quienes no tienen fe, ni tampoco nosotros podemos estar seguros de que los momentos del paso de la vida que conocemos a la otra que no hemos visto todavía, vayan a ser fáciles.

6.- El Evangelio de este domingo sitúa la gran esperanza que nos da Jesús respecto al mundo futuro. Seremos como ángeles y es una promesa fehaciente que abre todo un camino de esperanza. Y por ello, parece que nuestro comentario solo puede incidir en la aceptación de la muerte como un tránsito hacia una vida mejor. A la postre será, como en muchas otras cosas nuestras, Cristo el camino, la verdad y la vida. Y a partir de la Resurrección de Jesús se produce otra promesa: moriremos pero resucitaremos. Y cuando se produzca esa nueva situación nuestro cuerpo glorioso nos hará parecidos a los ángeles. La promesa del Señor está clara. Y ante ella la muerte no nos debe asustar.

7.- No es posible además evitar el comentario de la muerte o dejarlo oculto “para no molestar”. Nos va a llegar a todos y nuestra esperanza está en el paso a una vida mejor. Pero hay, como decíamos, una promesa de permanencia absoluta en el tiempo y el espacio que nos trae la resurrección y nuestra transformación gloriosa. Tal vez, algunos de nosotros no seamos capaces todavía de pensar en dicha transformación, pero algunos ancianos con fe saben que su cuerpo deteriorado será un día como el de los ángeles, pleno de belleza. La vida que nos ofrece Jesús de Nazaret no termina con la destrucción del cuerpo. Es una vida eterna en un ámbito pleno de luz, con un cuerpo glorioso y en presencia del rostro del Señor. Nuestra esperanza está en ver la faz luminosa de Nuestro Señor Jesús.

8.- “El Señor, que es fiel, os dará fuerzas y os librará del Malo”. San Pablo en la Carta a los Tesalonicenses consigna esta frase que nos anuncia el ámbito de la maldad espiritual. El Malo es el Demonio. La maldad puede existir en el corazón de los hombres y de las mujeres. Pero existe un terrible, constante e incansable tentador que procurará elevar ese mal que reside en la condición humana –y producto del pecado original—hasta niveles inhumanos, verdaderamente demoniacos. Esa posición maligna quiere engañarnos y separarnos del camino amistoso de Dios. La mentira y el engaño son los instrumentos más usados por el Malo y es obvio que en su vademécum de falsas verdades hay mucha materialidad errónea respecto a la virtud alejada de Dios. No podemos obviar lo espiritual, es nuestro futuro inmediato. Pero tenemos la promesa de Jesús de Nazaret que Dios Padre nunca permitirá que el ataque del Malo supere nuestras fuerzas, nuestra capacidad objetiva de resistencia. Otra cosa es que nosotros levantemos la barrera y le dejemos pasar. Y una idea –un poco egoísta y taimada— sobre que no nos interesa hacer caso del Maligno es que siempre engaña. Ni siquiera nos da los placeres que nos ofrece. Todo es un engaño. Una mentira permanente. Un engaño absurdo y traicionero. Nada de lo que nos ofrece existe.

Javier Leoz

Comentario del 9 de noviembre

Las palabras de Jesús que recoge san Lucas en este pasaje siguen girando en torno al dinero (μαμων, voz aramea transcrita al griego, de connotaciones idolátricas) y a la administración. El dinero injusto o, como traduce la nueva versión de la Biblia, el dinero de iniquidad, es el dinero que procede de operaciones injustas como las que llevó a cabo aquel administrador infiel de la parábola. Pues bien, hasta ese dinero, reinvertido en obras de misericordia, puede ganarnos amigos que nos reciban bien en las moradas eternas.

Pero el evangelio continúa volviendo sobre el tema de la administración que se presenta a modo de fianza: El que es de fiar en lo poco, también en lo mucho es de fiar; el que no es honrado en lo poco, tampoco en lo mucho es honrado. Si no fuisteis de fiar en el vil dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, lo vuestro ¿quién os lo dará?

El que es fiel y honesto, lo suele ser tanto en las cosas pequeñas como en las grandes, tanto en lo menos importante como en lo más importante. La fidelidad y la honestidad son actitudes que se suelen mantener en las diferentes circunstancias de la vida; y el que no es fiel en lo poco (en los céntimos) tampoco suele serlo en lo mucho (en los millones) o en lo que vale más que el dinero, por ejemplo, en la amistad o en el compromiso matrimonial, o en cualquiera de las relaciones humanas.

Por eso, si no hemos sido de fiar en algo que merece el calificativo de vil o despreciable, como el dinero, cómo vamos a serlo en cosas más importantes, como la educación de los hijos o la formación humana y cristiana de niños y jóvenes, o la capacitación de personas para la prestación de determinados servicios en la sociedad. Cuando lo que se nos confía son personas y no simplemente bienes materiales, aumenta la responsabilidad, como le sucede a un médico cirujano al que se le confían vidas humanas o a un sacerdote al que se le confían las mismas vida humanas en otra dimensión, no relativa a la salud corporal o psíquica, sino a la salud espiritual.

Y si no hemos sido de fiar en lo ajeno (bienes o vidas), tampoco seremos de fiar en lo propio (bienes y vida), aunque podamos apreciar más lo propio que lo ajeno. Porque también lo que nos pertenece como propiedad, incluida la vida, lo hemos recibido en fianza, se nos ha confiado para hacer de ello un buen uso. Pero si no hemos sido fieles en lo ajeno, ¿lo seremos en lo propio? Y si no hemos sido fieles en lo propio, ¿lo seremos en lo ajeno? La fidelidad atañe siempre a la gestión de unos bienes (materiales, personales, espirituales) encomendados, ya sean propios o ajenos. En cualquier caso se trata de una fianza que se nos confía y de la cual se nos pedirá cuentas.

Ningún siervo puede servir a dos amos… porque se dedicará al primero y no hará caso del segundo.

Se trata de amos que exigen dedicación plena o casi exclusiva; por eso hay incompatibilidad de servicios. No podéis servir a Dios y al dinero, si hacéis del dinero un tirano al que se sirve, por el que se trabaja hasta el agotamiento, o por el que se está dispuesto incluso a poner en riesgo la propia vida o a sacrificarla, o un dios al que se adora o por el que uno es capaz de inmolarse.

Cuando uno idolatriza de este modo al dinero (= mamona) le está dando un rango semidivino, lo está elevando a la categoría de un dios que acabará exigiendo hasta el sacrificio de vidas humanas como sucede tantas veces en nuestra sociedad. Basta pensar en las ingentes cantidades de dinero que se mueven en las mafias, en el mundo de la droga, en la trata de blancas, en el mercado negro o amarillo, en la bolsa, en la especulación inmobiliaria, etc. Y habiendo dinero de por medio no es fácil que se respeten las vidas humanas, que acaban teniendo menos valor, mucho menos valor que el dinero que se maneja. Así se cumple el dicho de Jesús: No se puede servir a Dios, cumpliendo sus exigencias de caridad y respeto a la dignidad de la persona humana, y al dinero, dejándose arrastrar por las exigencias que impone la avaricia y la codicia que nunca se ven saciadas, porque el dinero no puede saciar de ninguna manera el corazón humano.

La insistencia de Jesús en el tema nos puede parecer excesiva u obsesiva. Tal vez nos suceda lo que a aquellos fariseos, amigos del dinero, que se burlaban de él y de sus apreciaciones, por considerarlas demasiado ingenuas o poco realistas o impropias de alguien que debería tener los pies en la tierra. Pero él les dijo: Vosotros presumís de observantes delante de la gente, pero Dios os conoce por dentro. La arrogancia con los hombres, Dios la detesta.

Que el Señor nos encuentre receptivos a su palabra. Lo que más detesta Dios en los fariseos no es su apego al dinero, que es más digno de compasión que de desprecio, sino su arrogancia. Presumen de observantes de la Ley. Pero no es infrecuente que uno presuma de lo que carece. Y Dios que ve sus corazones –y no sólo sus observancias externas- les conoce y detesta su arrogancia. Más les valdría ser humildes y reconocer sus servidumbres, como la del aprecio del dinero.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

177. «¿Adónde nos envía Jesús? No hay fronteras, no hay límites: nos envía a todos. El Evangelio no es para algunos sino para todos. No es sólo para los que nos parecen más cercanos, más receptivos, más acogedores. Es para todos. No tengan miedo de ir y llevar a Cristo a cualquier ambiente, hasta las periferias existenciales, también a quien parece más lejano, más indiferente. El Señor busca a todos, quiere que todos sientan el calor de su misericordia y de su amor»[94]. Y nos invita a ir sin miedo con el anuncio misionero, allí donde nos encontremos y con quien estemos, en el barrio, en el estudio, en el deporte, en las salidas con los amigos, en el voluntariado o en el trabajo, siempre es bueno y oportuno compartir la alegría del Evangelio. Así es como el Señor se va acercando a todos. Y a ustedes, jóvenes, los quiere como sus instrumentos para derramar luz y esperanza, porque quiere contar con vuestra valentía, frescura y entusiasmo.


[94] Homilía en la Santa Misa de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro (28 julio 2013): AAS 105 (2013), 665.

La historia que ya nunca acabará

1.- VALE LA PENA. – Dios, a través de la liturgia, nos trae a la memoria el heroísmo de los siete hermanos que, con su madre al frente, entregaron sus cuerpos jóvenes al tormento y la muerte, antes que dejar de cumplir la ley divina. Ejemplo vivo que se ha repetido después en muchas ocasiones, que se repite hoy también en mil rincones de la tierra.

Hombres que dan su vida por ser fieles a la voluntad de Dios. Fidelidad heroica de los que caminan al martirio con los ojos iluminados y una canción a flor de labios. Estímulo y ejemplo a seguir de los que dijeron que sí a la llamada de Dios; esos que siguen caminando por el mismo itinerario de siempre a pesar de las dificultades, a pesar de los años, a pesar de los pesares, siempre fieles.

Dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres… Ayúdanos, Señor, fortalece nuestra debilidad, haznos resistir a la tentación, hasta llegar a la sangre si fuera preciso. Somos débiles, cobardes, nos desalentamos, rompemos nuestros compromisos. Ayúdanos, Señor, haznos fieles hasta la muerte. Conscientes de que sólo así recibiremos la corona de la vida.

El más pequeño veía cómo sus hermanos, uno a uno, se retorcían de dolor en la cruel tortura, miraba aterrorizado cómo sus ojos se nublaban, cómo sus cabezas quedaban lacias cual flores marchitas. Y era tan fácil evitar todo aquello… Bastaba con una palabra, con un gesto. Y todos hubieran vivido, hubieran disfrutado de la lozanía de los años mozos.

El rey, el tirano cruel, sus esbirros, su corte de aduladores, todos se asombraban de aquel valor supremo, todos estaban desconcertados ante la fidelidad de aquellos muchachos, de aquella mujer que animaba a sus hijos para que fueran serenos y alegres al tormento.

Ellos esperaban la resurrección, ellos estaban íntimamente persuadidos de que detrás de todo aquello estaba la vida eterna. Por eso no temían a nada ni a nadie… Recuérdalo, vale la pena. No tienen comparación los sufrimientos que podamos tener en esta vida con la dicha que nos espera en la otra, y acá abajo también. El ciento por uno en la tierra y la vida eterna en el cielo. Sí, vale la pena.

2.- LA VIDA ETERNA. – En Jesucristo se cumplió plenamente el salmo segundo. No sólo porque él es el Rey mesiánico que se anuncia en dicho salmo, el Hijo engendrado en la eternidad que en él se canta, sino en cuanto que también en Cristo se cumple ese amotinamiento de las gentes, ese ponerse de acuerdo los grandes de la tierra en contra suya. En efecto, hoy vemos cómo los saduceos, que eran enemigos de los fariseos, se ponen de acuerdo con ellos para atacar a Jesús. Así en este pasaje intentan poner en ridículo al Maestro y defender al mismo tiempo su propia postura ante la eternidad, que, en realidad negaban al no admitir la resurrección de la carne.

El ejemplo que aducen es extraño, pero no inverosímil: una mujer que, según la Ley del Levirato, viene a ser viuda y esposa sucesivamente de siete hermanos. ¿Quién se quedará con ella al final, en la otra vida? El Maestro contesta que después de la muerte, los que sean dignos de la vida futura y de la resurrección no se casarán, pues ya no podrán morir y serán como ángeles, participarán como hijos de Dios en la Resurrección.

Es un pasaje muy adecuado para el mes de ánimas en que leemos este pasaje. La liturgia nos recuerda al principio de este mes la existencia de ese otro mundo en el que moran los muertos. Esos que ya se fueron para no volver, aquellos que nosotros volveremos a encontrar después de nuestra propia muerte. Esos que nos fueron tan queridos, y a quienes debemos seguir queriendo y ayudando con nuestras oraciones y sufragios por sus almas.

Esta actitud terrena y temporal de los saduceos podemos decir que todavía sigue vigente en la doctrina de algunos. Otros quizás digan creer en esa vida del más allá, pero en realidad su conducta prescinde por completo de esa realidad. Viven como si todo se terminara aquí abajo; como si sólo importase el dinero o todos esos valores meramente materiales por los que suspiran.

Olvidan que todo lo de aquí abajo es relativo y pasajero, que sólo quedará en pie la vida santamente vivida, sólo nos servirá el bien que hayamos hecho por amor a Dios. No podemos, por tanto, vivir como si todo se redujera a los cuatro días que en esta tierra pasamos. Hay que tener visión sobrenatural, visión de fe que extiende la mirada a los horizontes que hay más allá de la muerte.

Ciertamente, es una verdad de fe que los muertos resucitan. Es, además, la verdad que cierra nuestro Credo. Así el alma, una vez que el cuerpo muere, comparece ante el tribunal de Dios para rendir cuentas de sus actos. Recibe la sentencia y comienza de inmediato a cumplirla en espera de que el cuerpo se le una para sufrir o para gozar, según haya sido la sentencia divina. Cuando llegue el día del Juicio universal, entonces también los cuerpos volverán a la vida, se unirán para siempre con la propia alma. Desde ese momento se iniciará la historia que ya nunca acabará.

Antonio García-Moreno

Resurrección y vida

El mes de noviembre es siempre un mes dedicado a recordar de forma especial a nuestros difuntos. Hace algo más de una semana celebrábamos la conmemoración de Todos los Fieles Difuntos, después de celebrar el día anterior la solemnidad de Todos los Santos. Las lecturas de este domingo, en el que celebramos además el día de la Iglesia diocesana, nos hablan precisamente de la resurrección y de la vida que Dios nos ha prometido.

1. No es Dios de muertos, sino de vivos. En el Evangelio escuchamos la pregunta “trampa” que le hacen unos saduceos a Jesús. Cabe recordar que los saduceos eran un grupo de judíos que no creían en la resurrección de los muertos. Ante esta pregunta de los saduceos, con la que pretenden coger a Jesús, éste responde que tras la muerte nos espera una resurrección para la vida. Esta es la fe de los cristianos: que la muerte no es más que una puerta que nos hace salir de este mundo para llevarnos al mundo futuro. En esta vida después de la muerte, Dios nos espera con los brazos abiertos, pues es un Dios que ama la vida y que quiere que todos los hombres vivan. Esta vida eterna es un regalo de Dios, pero para llegar a ella es necesario vivir aquí en la tierra unidos a Dios, para participar así un día de su gloria, como lo están haciendo ya los santos, aquellos amigos de Dios aquí en la tierra que, tras la muerte, has ido a gozar de la presencia de Dios. EN la primera lectura, del libro de los Macabeos, encontramos unos textos preciosos sobre la vida eterna. Aquellos hermanos, junto con su madre, que son condenados a morir por mantenerse fieles a su fe judía, esperan con firmeza la resurrección después de la muerte. Así, por ejemplo, el segundo hijo en morir, antes de sufrir el martirio afirma: “cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna”. Y el cuarto de los hermanos habla también de una resurrección para la vida para aquellos que han sido fieles a Dios: “Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucite. Tú en cambio no resucitarás para la vida”.

2. El Señor que es fiel os dará fuerzas. Es asombroso ver la firmeza y la fidelidad a Dios de aquellos hermanos que mueren por su fe. A lo largo de la historia hemos conocido a una gran multitud de personas capaces de dar su vida por Dios, pues saben que Dios les resucitará para la vida. Así lo esperamos apoyados en nuestra fe en Jesucristo, muerto y resucitado. San Pablo, en la segunda carta a los Tesalonicenses que escuchamos hoy en la segunda lectura, anima a sus lectores recordándoles que Dios nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza. Por ello, nos da fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas. Ante las dificultades que están sufriendo los primeros cristianos, como lo sufrieron antes los hermanos macabeos, san Pablo anima a permanecer fieles a Dios y a su Hijo Jesucristo, pues Él es fiel y nos dará fuerzas y nos librará del malo. Nuestra fortaleza está pues en Dios, que es fiel, y que nos anima en nuestras luchas diarias. Ni tan siquiera la muerte nos da miedo, pues Dios es un Dios de vivos, y su Hijo Jesucristo ha vencido a la muerte con la resurrección. Por tanto, nuestra fe y la esperanza cristiana nos aseguran una vida futura que hemos de ir preparando ya en esta vida por medio de las buenas obras. Para ello el Señor, que es fiel, nos da las fuerzas que necesitamos.

3. Día de la Iglesia diocesana. En este domingo celebramos además el día de la Iglesia diocesana. Todos nosotros pertenecemos a una diócesis, que es la Iglesia que peregrina en nuestra tierra más cercana. Bajo la guía y el pastoreo de nuestro obispo, cada uno formamos parte de esta gran familia que es nuestra Iglesia diocesana. Todos somos miembros de ella por el sacramento de bautismo. En la Iglesia diocesana encontramos todo lo que necesitamos para vivir nuestra fe, para formarnos y para celebrar juntos. Por ello, en este día de forma especial recordamos a nuestra Iglesia diocesana, rezamos especialmente por nuestro obispo, por el presbiterio de nuestra diócesis, por todos los grupos, comunidades y asociaciones que en el día a día de la vida diocesana siguen trabajando por la evangelización y por el crecimiento de nuestra fe. Precisamente porque es nuestra familia, la Iglesia diocesana también necesita de nuestra ayuda. Hoy puede ser un buen día para proponernos ayudar de algún modo en las diversas necesidades que pueda tener nuestra diócesis. Así, juntos seguiremos creciendo en nuestro camino hacia la vida eterna que Dios nos ha prometido, dejándonos guiar por Él y pidiéndole las fuerzas que necesitamos para hacer las buenas obras que son el furto de nuestra fe.

Cada vez que celebramos la Eucaristía, anunciamos la muerte y proclamamos la resurrección de Cristo. Éste es el fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza. Dios nos llama a la vida eterna. Sin miedo, después de celebrar hoy la Eucaristía, salgamos dispuestos a dejarnos llevar por Dios en las buenas obras y con la esperanza de heredar un día la Gloria que nos ha prometido.

Francisco Javier Colomina Campos

Decisión de cada uno

Jesús no se dedicó a hablar mucho de la vida eterna. No pretende engañar a nadie haciendo descripciones fantasiosas de la vida más allá de la muerte. Sin embargo, su vida entera despierta esperanza. Vive aliviando el sufrimiento y liberando del miedo a la gente. Contagia una confianza total en Dios. Su pasión es hacer la vida más humana y dichosa para todos, tal como la quiere el Padre de todos.

Solo cuando un grupo de saduceos se le acerca con la idea de ridiculizar la fe en la resurrección, a Jesús le brota de su corazón creyente la convicción que sostiene y alienta su vida entera: Dios «no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos son vivos».

Su fe es sencilla. Es verdad que nosotros lloramos a nuestros seres queridos porque, al morir, los hemos perdido aquí en la tierra, pero Jesús no puede ni imaginarse que a Dios se le vayan muriendo esos hijos suyos a los que tanto ama. No puede ser. Dios está compartiendo su vida con ellos porque los ha acogido en su amor insondable.

El rasgo más preocupante de nuestro tiempo es la crisis de esperanza. Hemos perdido el horizonte de un Futuro último y las pequeñas esperanzas de esta vida no terminan de consolarnos. Este vacío de esperanza está generando en bastantes la pérdida de confianza en la vida. Nada merece la pena. Es fácil entonces el nihilismo total.

Estos tiempos de desesperanza, ¿no nos están pidiendo a todos, creyentes y no creyentes, hacernos las preguntas más radicales que llevamos dentro? Ese Dios del que muchos dudan, al que bastantes han abandonado y por el que otros siguen preguntando, ¿no será el fundamento último en el que podemos apoyar nuestra confianza radical en la vida? Al final de todos los caminos, en lo profundo de todos nuestros anhelos, en el interior de nuestros interrogantes y luchas, ¿no estará Dios como Misterio último de la salvación que andamos buscando?

La fe se nos está quedando ahí, arrinconada en algún lugar de nuestro interior, como algo poco importante, que no merece la pena cuidar ya en estos tiempos. ¿Será así? Ciertamente no es fácil creer, y es difícil no creer. Mientras tanto, el misterio último de la vida nos está pidiendo una respuesta lúcida y responsable.

Esta respuesta es decisión de cada uno. ¿Quiero borrar de mi vida toda esperanza última más allá de la muerte como una falsa ilusión que no nos ayuda a vivir? ¿Quiero permanecer abierto al Misterio último de la existencia confiando que ahí encontraremos la respuesta, la acogida y la plenitud que andamos buscando ya desde ahora?

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – 9 de noviembre

Celebramos hoy una fiesta poco conocida: la Dedicación de la basílica de Letrán, que es la Catedral del Papa, obispo de Roma. Tal día como hoy –el 9 de noviembre del 324– acabadas las persecuciones, los cristianos dedicaron a «El Salvador» esta basílica laterana, edificada sobre el monte Celio. En ella residieron los sucesores de Pedro durante siglos y en ella tomaban posesión de su cargo. Por ello, se la considera la madre y cabeza de todas las iglesias del mundo.

Es significativo que la liturgia de la Palabra nos proponga para hoy el relato de la expulsión de los vendedores del templo. El evangelista Juan coloca este episodio a continuación de las bodas de Caná, donde Jesús transforma en “vino nuevo y bueno” el agua de las tinajas. Aquella agua, destinada para la purificación de los judíos, era símbolo palmario de la religión judía. Al encadenar ambos relatos se resalta, entre otras cosas, que una religión puede ser hueca y vacía, aunque sus apariencias sean espléndidas, si le falta el espíritu y la autenticidad. Directamente es una advertencia crítica para nosotros. Nuestra “vida cristiana” puede quedar sin corazón y convertirse en un trapicheo o en un artificio para comprar a Dios. Esa condena de una religión sin fe y sin espiritualidad se ha dado siempre y se sigue dando frecuentemente.

Este episodio ha quedado además marcado en la tradición cristiana como un hito, por dar pie a la acusación concluyente y posterior condena de Jesús a muerte por oponerse provocativamente a los abusos que se hacían en el templo. Juan ha adelantado al comienzo de su actividad lo que los otros evangelios proponen al final (Mc 11,15-17; Mt 21,12-13; Lc 19,45-46). Por tanto no es una anécdota más. Funda la causa de la muerte de Jesús. Este reclama la dignidad y el valor del templo, al que denomina “la casa de mi Padre”. Cuando Dios lo habita, su belleza se refleja en las actitudes del corazón de sus fieles. El valor del templo está en que impulse la auténtica relación con Dios y el verdadero culto y, junto a ello la auténtica relación con los otros en fraternidad y servicio. Jesús inaugura e impulsa una nueva relación con Dios más auténtica, fraterna y “espiritual”, que transforma a las personas, hasta el punto de convertirse Él mismo en el nuevo Templo de Dios. En nuestra época, en la que nuestros coetáneos abarrotan otros templos -cines, estadios, grandes superficies comerciales, discotecas…- bueno será recordar la belleza del salmo: «Hasta el gorrión ha encontrado una casa y la golondrina un nido: tus altares, Señor de los ejércitos»

Juan Carlos cmf

Dedicación de la Basílica de Letrán

Hoy es 9 de noviembre, Conmemoración de la Dedicación de la Basílica de Letrán.

La lectura de hoy es del evangelio de san Juan (Jn 2, 13-22):

Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado». Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu Casa me devorará.

Los judíos entonces le replicaron diciéndole: «Qué señal nos muestras para obrar así?». Jesús les respondió: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». Pero Él hablaba del Santuario de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.

Hoy, en esta fiesta universal de la Iglesia, recordamos que aunque Dios no puede ser contenido entre las paredes de ningún edificio del mundo, desde muy antiguo el ser humano ha sentido la necesidad de reservar espacios que favorezcan el encuentro personal y comunitario con Dios. Al principio del cristianismo, los lugares de encuentro con Dios eran las casas particulares, en las que se reunían las comunidades para la oración y la fracción del pan. La comunidad reunida era —como también hoy es— el templo santo de Dios. Con el paso del tiempo, las comunidades fueron construyendo edificios dedicados a las reuniones litúrgicas, la predicación de la Palabra y la oración. Y así es como en el cristianismo, con el paso de la persecución a la libertad religiosa en el Imperio Romano, aparecieron las grandes basílicas, entre ellas San Juan de Letrán, la catedral de Roma.

San Juan de Letrán es el símbolo de la unidad de todas las Iglesias del mundo con la Iglesia de Roma, y por eso esta basílica ostenta el título de Iglesia principal y madre de todas las Iglesias. Su importancia es superior a la de la misma Basílica de San Pedro del Vaticano, pues en realidad ésta no es una catedral, sino un santuario edificado sobre la tumba de San Pedro y el lugar de residencia actual del Papa, que, como Obispo de Roma, tiene en la Basílica Lateranense su catedral.

Pero no podemos perder de vista que el verdadero lugar de encuentro del hombre con Dios, el auténtico templo, es Jesucristo. Por eso, Él tiene plena autoridad para purificar la casa de su Padre y pronunciar estas palabras: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré» (Jn 2,19). Gracias a la entrega de su vida por nosotros, Jesucristo ha hecho de los creyentes un templo vivo de Dios. Por esta razón, el mensaje cristiano nos recuerda que toda persona humana es sagrada, está habitada por Dios, y no podemos profanarla usándola como un medio.

Rev. D. Joaquim MESEGUER García