II Vísperas – Domingo XXXII de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO XXXII de TIEMPO ORDINARIO

 

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme. 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

 

HIMNO

Cuando la muerte sea vencida
y estemos libres en el reino,
cuando la nueva tierra nazca
en la gloria del nuevo cielo,
cuando tengamos la alegría
con un seguro entendimiento
y el aire sea como una luz
para las almas y los cuerpos,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos.

Cuando veamos cara a cara
lo que hemos visto en un espejo
y sepamos que la bondad
y la belleza están de acuerdo,
cuando, al mirar lo que quisimos,
lo vamos claro y perfecto
y sepamos que ha de durar,
sin pasión sin aburrimiento,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos.

Cuando vivamos en la plena
satisfacción de los deseos,
cuando el Rey nos ame y nos mire,
para que nosotros le amemos,
y podamos hablar con él
sin palabras, cuando gocemos
de la compañía feliz
de los que aquí tuvimos lejos,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos.

Cuando un suspiro de alegría
nos llene, sin cesar, el pecho,
entonces —siempre, siempre—, entonces
seremos bien lo que seremos.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo, que es su Verbo,
gloria al Espíritu divino,
gloria en la tierra y en el cielo. Amén.

 

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Yo mismo te engendré, entre esplendores sagrados, antes de la aurora. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Yo mismo te engendré, entre esplendores sagrados, antes de la aurora. Aleluya.

 

SALMO 111: FELICIDAD DEL JUSTO

Ant. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita.

En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad es constante, sin falta.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.

Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos.
El justo jamás vacilará,
su recuerdo será perpetuo.

No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos.

Reparte limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad.

El malvado, al verlo, se irritará,
rechinará los dientes hasta consumirse.
La ambición del malvado fracasará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

 

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Alabad al Señor, sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Alabad al Señor, sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

 

LECTURA: Hb 12, 22-24

Vosotros os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a millares de ángeles en fiesta, a la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino y al Mediador de la nueva alianza, Jesús, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel.

 

RESPONSORIO BREVE

R/ Nuestro Señor es grande y poderoso.
V/ Nuestro Señor es grande y poderoso.

R/ Su sabiduría no tiene medida
V/ Es grande y poderoso.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Nuestro Señor es grande y poderoso.

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos están vivos. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos están vivos. Aleluya.

 

PRECES

Alegrándonos en el Señor, de quien viene todo don, digámosle:

Escucha, Señor, nuestra oración.

Padre y Señor de todos, que enviaste a tu Hijo al mundo para que tu nombre fuese glorificado, desde donde sale el sol hasta el ocaso,
— fortalece el testimonio de tu Iglesia entre los pueblos.

Haznos dóciles a la predicación de los apóstoles,
— y sumisos a la verdad de nuestra fe.

Tú que amas a los justos,
— haz justicia a los oprimidos.

Liberta a los cautivos, abre los ojos a los ciegos,
— endereza a los que ya se doblan, guarda a los peregrinos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Haz que los que duermen ya el sueño de la paz
— lleguen, por tu Hijo, a la santa resurrección.

 

Unidos entre nosotros y con Jesucristo, y dispuestos a perdonarnos siempre unos a otros, dirijamos al Padre nuestra súplica confiada:
Padre nuestro…

 

ORACION

Dios omnipotente y misericordioso, aparta de nosotros todos los males, para que, bien dispuesto nuestro cuerpo y nuestro espíritu, podamos libremente cumplir tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

 

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Enraizados en el Dios de la vida

El evangelio de este domingo nos propone una nueva reflexión, realizada por Jesús, sobre la nueva imagen de Dios y la esencia del ser humano en referencia a su dimensión trascendente. Comienza el texto aludiendo a un momento anterior en el que ha colocado en su lugar natural la dimensión humana, social, económica, política y religiosa. En este momento, la toma de postura de Jesús va a venir por un encuentro tenso con los saduceos. Es importante recordar que ya está cerca la detención de Jesús y el juicio político y religioso al que fue sometido.

Los saduceos pertenecían a la aristocracia sacerdotal de donde provenía el sumo sacerdote. Constituían una de las tres grandes corrientes del pensamiento judío. Su teología era conservadora y sólo aceptaban la Torá escrita rechazando la ley transmitida oralmente. Negaban la resurrección y, esta afirmación, les enfrenta al Maestro. Tuvieron un papel muy relevante en la condena a muerte de Jesús. De hecho, los dos versículos siguientes a este texto, que no recoge la liturgia de hoy, son esenciales para comprender este enfrentamiento: esos dos versículos hablan de que algunos maestros de la ley dijeron a Jesús que tenía razón y ya nadie se atrevía a hacerle más preguntas. Como se puede observar, Jesús usa el argumento de la ley escrita dada a Moisés haciendo referencia a un Dios de vivos y no de muertos. Utilizar este argumento, aunque interpretado por parte de Jesús, le da autoridad y le hace creíble, aparentemente, ante algunos maestros de la ley.

Lo que se pone en cuestión, en este texto, no es sólo la resurrección sino la imagen de Dios desde las nuevas claves de su mensaje. Es verdad que hace referencia al momento de la revelación a Moisés ante la zarza que no se consume. Esta referencia encaja bien para definir que Dios se revela como el SER, como le responde Yahvé a Moisés en el texto del Éxodo. Lo que caracteriza en esencia al Dios de Jesús es la VIDA y un Dios que ES, un Dios presente y vivo, no es una idea que se transmitió en un momento histórico, ni una esperanza futura que conquistaremos a través de nuestras obras, premios y esfuerzos egocéntricos. Dios es trascendente, pero Dios está. Y es una experiencia posible pero transpersonal y transcultural. Vamos hacia un estado que supera las categorías humanas. La pregunta sobre el matrimonio que realizan los saduceos pone de manifiesto esta intuición según la respuesta de Jesús. Este colectivo, que representa a la institución judía, va siendo desestabilizado por Jesús con su discurso. Ellos, preocupados por la pertenencia de la mujer viuda que va pasando de mano en mano hasta ver de quién es propiedad. Jesús, preocupado por recuperar la dignidad esencial del ser humano que explicita claramente que es: “ser hijos e hijas de Dios”. En el ámbito de la fe, como bien dice san Pablo en la carta a los Gálatas, hemos sido revestidos de esa dignidad y ya no hay distinción entre judío y no judío, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer. En Cristo Jesús, TODOS SOMOS UNO, una encarnación del Dios de la Vida; ya no hay roles, ni privilegios, ni ningún constructo humano porque quedará desvanecido ante ese Dios presente que NOS HACE SER desde nuestra raíz divina.

Vivir desde esta convicción y desde esta experiencia tiene unas consecuencias éticas de mucha envergadura en nuestra vida, en nuestra visión del ser humano, de las relaciones humanas, en nuestra fe, en nuestra aportación a la historia y al mundo real de hoy. Vivir desde esta nueva consciencia de SER y de VIVIR podría ser el motor que dé a luz una nueva humanidad.

¡¡¡FELIZ DOMINGO!!!

Rosario Ramos

El más allá no es una continuación del más acá

Por fin estamos en Jerusalén. Lc ya ha narrado la entrada solemne y la purificación del Templo. Sigue la polémica con los dirigentes. Los saduceos, que tenían su bastión en torno al templo, entran en escena. Era más un partido político que religioso. Estaba formado por la aristocracia laica y sacerdotal. Preferían estar a bien con la Roma y no poner en peligro sus intereses. Solo admitían el Pentateuco como libro sagrado. Tampoco admitían la tradición. No creían en la resurrección. Jesús no responde a la pregunta. Responde a lo que debían haber preguntado.

El planteamiento responde a una visión mítica. Lo que encerraba una verdad desde esa visión, se convierte en absurdo cuando lo entendemos racionalmente desde nuestro paradigma. Pensar y hablar del más allá es imposible. Es como pedirle a un ordenador que nos de el resultado de una operación sin suministrarle los datos. Ni siquiera podemos imaginarlo. Puedo imaginar lo que es una montaña de oro aunque no exista en la realidad, pero tengo que haber percibido por los sentidos lo que es el oro y lo que es una montaña. No tenemos ningún dato que nos permita imaginar el más allá, porque todo lo que llega a nuestra mente ha entrado por los sentidos.

Las imaginaciones para el más allá carecen de sentido. Lo único racional es aceptar que no sabemos absolutamente nada. El instinto más visceral de cualquier ser vivo es la permanencia en el ser; de ahí que la muerte se considere como el mal supremo. Para el ser humano, con su capacidad de razonar, ningún programa de salvación será convincente si no supera su condición mortal. Si el hombre considera la permanencia en el ser como un valor absoluto, también considerará como absoluta su pérdida. Todos los intentos por encontrar una salida son inútiles.

Todos queremos ser eternos en nuestro yo individual porque no hemos descubierto nuestro verdadero ser más allá de nuestra contingencia. Esa contingencia no es un fallo, sino mi propia naturale­za; por lo tanto no es nada que tengamos que lamentar ni de lo que Dios tiene que librarnos, ni ahora ni después. Mis posibilidades de ser las puedo desplegar aquí y ahora, a pesar de esa limitación. No creo que sea coherente el postular para el más allá un cielo maravilloso mientras seguimos haciendo de la tierra un infierno.

Nuestro ser, que creemos autosuficiente, hace siempre referencia a Otro que me fundamenta, y a los demás que me permiten realizarme. La razón de mi ser no está en mí sino en Otro. Yo no soy la causa de mí mismo. No tiene sentido que considere mi propia existencia como el valor supremo. Si mi existir se debe al Otro, Él será el valor supremo también para mi ser individual y aparentemente autónomo. Si el Otro, desde su ser permanente, se relaciona conmigo, esa relación no puede terminar y mi relación con Él también lo será eterna.

El pueblo de Israel empezó a reflexionar sobre el más allá unos 200 años antes de Cristo. El concepto de resurrección no se acuñó hasta después de las luchas macabeas. Los libros de los Macabeos se escribieron hacia el año 100 a C. El libro de Daniel se escribió hacia el año 164 a C. Anteriormente solo se pensó en la asunción al “cielo” de determinadas personas que volverían a la tierra para llevar a cabo una tarea de salvación; no se trataba de resurrección escatológica sino de una situación de espera en la reserva para volver.

Para los semitas, el ser humano era un todo, no un compuesto de partes. Se podían distinguir en él, distintos aspectos: a) Hombre-carne. b) Hombre-cuerpo. c) Hombre-alma. d) Hombre-espíritu. Por otro lado, los filósofos griegos consideraron al hombre como compuesto de cuerpo y alma. Afirmaban la inmortalidad del alma, pero no concedían ningún valor al cuerpo; al contrario lo consideraban como una cárcel. La muerte era una liberación, una ascensión.

Los semitas, al no conocer un alma sin cuerpo, no podían imaginar un ser humano sin cuerpo. Ni siquiera tienen una palabra para esa realidad desencarnada. Tampoco tienen un término para expresar el cuerpo sin alma. La doctrina cristiana sobre el más allá, nace de la fusión de dos concepciones del ser humano irreconciliables, la judía y la griega. Lo que hemos predicado los cristianos hubiera sido incomprensible para Jesús. La palabra que traducimos por alma quiere decir simplemente “vida”. Y la palabra que traducimos por cuerpo, quiere decir persona.

El NT proclama la resurrección de los muertos. Aunque nosotros hoy pensamos en la supervivencia del alma, no es esa la idea que nos quiere trasmitir la Biblia. Nos hemos apartado totalmente del pensamiento de la Biblia y ha prevalecido la idea griega, aunque tampoco la hemos conservado con exactitud, porque para los filósofos griegos no se necesitaba ninguna intervención de Dios para que el alma subsistiera y la resurrección del cuerpo era un flaco favor.

La base de toda reflexión sobre al más allá está en la resurrección de Cristo. La experiencia que de ella tuvieron los discípulos es que en Jesús, Dios realizó plenamente la salvación de un ser humano. Jesús sigue vivo con una Vida que ya tenía cuando estaba con ellos, pero que no descubrieron hasta que murió. En él, la última palabra no la tuvo la muerte sino la Vida. Esta es la principal aportación del texto de hoy: “serán como Ángeles, serán hijos de Dios”.

¿Cómo permanecerá esa Vida que ya poseo aquí y ahora? Ni lo sé ni puedo saberlo. No debemos rompernos la cabeza pensando como va a ser ese más allá. Lo que de veras me debe importar es el más acá. Descubrir que Dios me salva aquí y ahora. Vivenciar que hoy es ya la eternidad para mí. Que la Vida definitiva la poseo ya en plenitud ahora mismo. En la experiencia pascual, los discípulos descubrieron que Jesús estaba vivo. No se trataba de la vida biológica sino la Vida divina que ya tenía antes de morir, a la que no puede afectar la muerte biológica.

Los cristianos hemos tergiversado hasta el núcleo central del mensaje de Jesús. Él puso la plenitud del ser humano en el amor, en la entrega total, sin límites a los demás. Nosotros hemos hecho de esa misma entrega una programación. Soy capaz de darme, con tal que me garanticen que esa entrega terminará por redundar en beneficio de mi ego. Lo que Jesús predicó fue que la plenitud humana está precisamente en la entrega total. Mi objetivo cristiano debe ser deshacerme, no garantizar mi permanencia en el ser. Justo lo contrario de lo que pretendemos.

¿Te preocupa lo que será de ti después de la muerte? ¿Te ha preocupado alguna vez lo que eras antes de nacer? Tú relación con el antes y con el después tiene que responder al mismo criterio. No vale decir que antes de nacer no eras nada, porque entonces hay que concluir que después de morir no serás nada. La eternidad no es una suma de tiempo sino un instante más allá del tiempo. Desde la visión más escolástica, para Dios soy igual en este instante que antes de nacer o después de morir. Desde la visión de Dios que tenemos hoy, no somos nada distinto de Él y en Él siempre hemos sido y seremos lo mismo.

“…porque para Él, todos están vivos”. ¿No podría ser esa la verdadera plenitud humana? ¿No podríamos encontrar ahí el auténtico futuro del ser humano? ¿Por qué tenemos que empeñarnos en que nos garanticen una permanencia en el ser individual para toda la eternidad? ¿No sería muchísimo más sublime permanecer vivos solo para Él? ¿No podría ser que consumirnos en favor de los demás fuese la auténtica consumación del ser humano? ¿No es eso lo que celebramos en cada eucaristía?

Meditación

Para Dios todo está en un eterno presente.
Como ser humano puedo vivir conscientemente mi relación con el Absoluto.
La experiencia de lo Absoluto es mi verdadera Vida.
No confundir con mi vida biológica que solo es un accidente.
Mi presente se funde con mi pasado y mi futuro.
Desde mi contingencia, puedo experimentar un ahora eterno.

Fray Marcos

Comentario del 10 de noviembre

Nuestro Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos.

Esta afirmación de Jesús centra el mensaje de este Domingo. El Dios, que es la Vida, no puede ser Dios de muertos, sino de vivos. Para Él todos están vivos, porque en cualquier momento puede darles o devolverles la vida; más aún, darles mejor vida. Pero, para los que mueren sólo podrá haber vida si hay resurrección o rescate de esta situación de muerte en la que han quedado.

Ya hay testimonios de fe en la resurrección, que es fe en el poder recreador de Dios, en el Antiguo Testamento, como podemos apreciar en relatos como el que nos ofrece el libro de los Macabeos a propósito del martirio de esos siete hermanos en presencia de su madre y a manos del rey tiránico (Antíoco Epifanes) que pretendía doblegar las voluntades de sus súbditos más díscolos, los judíos. Su propósito era hacerlos apostatar de su fe y de su ley. Y con muchos lo consiguió, pero con otros no. En otros encontró una fuerte resistencia.

Algunos se lanzaron al monte y se organizaron en guerrillas, como Matatías y sus hijos; otros, como los hermanos macabeos, sufrieron el martirio. El motivo era que no estaban dispuestos a quebrantar la ley, esto es, a hacer lo prohibido por ella: comer carne de cerdo, ofrecer sacrificios a los dioses, actuar en contra de la ley. Eso significaba apostatar de su fe y renegar de sus más sagradas tradiciones. Pero ellos no estaban dispuestos a semejante traición a Dios y a sus convicciones de fe.

A lo que sí estaban dispuestos es a dar la vida a la espera de recobrarla del mismo Dios de quien la habían recibido. Esta firmeza y convicción les hace adoptar incluso una actitud desafiante ante sus verdugos y torturadores: Tú, malvado –le dicen al mismo rey-, nos arrancas la vida presente; pero cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para la vida eterna.

El valor mostrado por estos jóvenes provocó el asombro de sus jueces y torturadores. Y no era para menos. Lo que les sostenía en este trance, lo que les mantenía en esta actitud heroica era sin duda su fe o confianza en el Señor del universo de quien esperaban la resurrección: Vale la pena morir –dice el último en padecer el martirio- a manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará.

Vale la pena morir por Dios. No hay causa por la que merezca más la pena entregar la vida. Así lo entendieron los mártires de todos los tiempos, que no ven en la muerte otra cosa que un tránsito hacia la vida eterna: una especie de sueño que tiene despertar, y despertar radiante y gozoso: al despertar, decía el salmista, me saciaré de tu semblante. Si hay semblantes que nos proporcionan dicha, deleite, de modo que nos podemos quedar extasiados ante ellos porque nos resultan hermosos y queridos, ¡cuánto más el semblante de Dios!

También en el evangelio comparece el tema de la resurrección. Y lo hace en forma polémica. Los saduceos, que negaban la resurrección de los muertos (en esto no se diferenciaban de los helenistas de mentalidad griega o platónica que despreciaban la carne) le presentan a Jesús un caso extremo: el de una mujer que, conforme a la ley del levirato, había estado casada con siete hermanos: ¿Cuando llegue la resurrección, en la otra vida, de cuál de ellos será mujer, puesto que ha estado casada con los siete? ¿Lo será tal vez de los siete?

Pero ¿no era esto introducir la poligamia en el cielo? A esta embarazosa cuestión, Jesús responde que en la otra vida (en la vida futura) no habrá ya casamientos, pues ya no pueden morir; puesto que esa vida es eterna, ya no hay muerte. No será, por tanto, necesaria la reproducción generacional ni las uniones sexuales que la hacen posible. Seremos como ángeles. Y los ángeles no se unen para reproducirse ni perpetuar la especie. Entre los ángeles no hay uniones matrimoniales.

Eso no significa que el amor que haya habido entre marido y mujer vaya a desaparecer como si no hubiera existido. Al contrario, se verá plenificado, y con tal grado de plenitud que no se hallará disminuido ni contrarrestado por otros amores de amistad y fraternidad. Será un amor sin exclusivismos: un amor sin las pasiones y los límites que impone un cuerpo terreno (que al tiempo que comunica, separa y excluye de su participación a otros): un amor absorbido y potenciado, abismado en el amor de Dios, que carece de fronteras y no deja fuera a nadie; un amor que no deja excluidos ni marginados. Ese es el amor que perdurará cuando la fe y la esperanza acaben.

Y que los muertos resucitan –concluye Jesús- el mismo Moisés lo indica, cuando llama al Señor: Dios de Abrahán… Jesús recurre a un argumento rabínico: Si Moisés dice que su Dios es el Dios de un antepasado suyo como Abrahán, es porque para él Abrahán sigue estando vivo, incluso después de haber muerto. Para nosotros, nuestros antepasados estarán muertos, pero para Dios, y en su eternidad, están vivos. En el instante eterno de Dios, en su actualidad (carente de pasado y de futuro), lo que tuvo existencia la seguirá teniendo, después de haber pasado por diferentes estados: embrionario, precario y terreno, cadavérico o mortal, glorioso, infernal.

El mismo Jesús, que manifiesta estas convicciones que revelan un Dios de vivos, se proclamó a sí mismo la Resurrección y la Vida, dio vida o devolvió la vida a algunos muertos y enterrados, como su amigo Lázaro, y, finalmente resucitó de entre los muertos, abandonando el sepulcro en el que había sido sepultado. El testimonio apostólico confirma nuestra fe en el Dios de la vida y en la resurrección de la carne. Esta fe nos permitirá vivir como hijos de Dios esperanzados; nos permitirá afrontar la muerte (tanto la de nuestros seres queridos como la nuestra propia) con serenidad, incluso con el deseo (esperanza) de alcanzar lo que podemos obtener por su medio, esto es, la vida eterna que Dios nos promete y cuya adquisición no es posible sin la victoria sobre la misma muerte que nos arrebata la vida temporal.

Esta es la esperanza que debe darnos fuerza para toda clase de palabras y obras buenas, y para hacer frente a todo tipo de dificultades, incluida la misma muerte martirial, el sacrificio de la propia vida. Testimonios de esta fuerza sobrehumana se multiplican por doquier, forman parte de nuestra historia de fe. Sólo el esperanzado dispone de fuerzas para seguir luchando con ánimo de victoria. Perder la esperanza es caer en el derrotismo y andar por la vida como un derrotado. Pero un cristiano, que dispone de la unción del Espíritu de Cristo resucitado, ha de vivir siempre con esperanza, porque su vida se apoya en Dios, el que tiene el poder y la fuerza sobre la misma muerte por ser la Resurrección y la Vida.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

178. No cabe esperar que la misión sea fácil y cómoda. Algunos jóvenes dieron su vida con tal de no frenar su impulso misionero. Los Obispos de Corea expresaron: «Esperamos que podamos ser granos de trigo e instrumentos para la salvación de la humanidad, siguiendo el ejemplo de los mártires. Aunque nuestra fe es tan pequeña como una semilla de mostaza, Dios le dará crecimiento y la utilizará como un instrumento para su obra de salvación»[95]. Amigos, no esperen a mañana para colaborar en la transformación del mundo con su energía, su audacia y su creatividad. La vida de ustedes no es un “mientras tanto”. Ustedes son el ahora de Dios, que los quiere fecundos[96]. Porque «es dando como se recibe»[97], y la mejor manera de preparar un buen futuro es vivir bien el presente con entrega y generosidad.


[95] Conferencia Episcopal de Corea, Carta pastoral con motivo del 150 aniversario del martirio durante la persecución Byeong-in (30 marzo 2016).

[96] Cf. Homilía en la Santa Misa para la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud en Panamá (27 enero 2019): L’Osservatore Romano, ed. semanalen lengua española (1 febrero 2019), pp. 14-15.

[97] Oración “Señor, hazme un instrumento de tu paz”, atribuida a S. Francisco de Asís.

Lectio Divina – 10 de noviembre

Jesús responde a los Saduceos 
que ironizaban sobre la fe en la resurrección
Lucas 20, 27-40 

Oración inicial

O misterio infinito de Vida.
Nosotros no somos nada,
y sin embargo podemos alabarte
con la voz de Tu Verbo
que se hizo voz de toda nuestra humanidad.
O Trinidad mía, yo soy nada en Ti,
pero Tú eres todo en mí
y entonces mi nada es Vida… es vida eterna.
María Evangelista de la Santísima Trinidad, O.Carm.

1. Lectio

Luke 20, 27-40

27 Se acercaron algunos de los saduceos, los que sostienen que no hay resurrección, y le preguntaron: 28 «Maestro, Moisés nos dejó escrito que si a uno se le muere un hermano casado y sin hijos, debe tomar a la mujer para dar descendencia a su hermano. 29 Pues bien, eran siete hermanos. El primero tomó mujer y murió sin hijos; 30 la tomó el segundo, 31 luego el tercero; y murieron los siete, sin dejar hijos. 32 Finalmente, también murió la mujer. 33 Ésta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque fue mujer de los siete.»
34 Jesús les dijo: «Los hijos de este mundo toman mujer o marido; 35 pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, 36 ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios por ser hijos de la resurrección. 37 Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. 38 No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven.»
39 Algunos de los escribas le dijeron: «Maestro, has hablado bien.» 40 Pues ya no se atrevían a preguntarle nada. 

2. Meditatio

a) Llave de Lectura:

● Contexto

Podemos decir que el pasaje que se nos propone para nuestra reflexión constituye una parte central del texto de Lucas 20,20-22,4 y cuyo argumento son las discusiones con los jefes del pueblo. Ya en el comienzo del capítulo 20, Lucas nos presenta algunos conflictos surgidos entre Jesús, los sacerdotes y los escribas (v. 1-19). Aquí Jesús está en conflicto con la escuela filosófica de los Saduceos, que toman su nombre de Zadok, el sacerdote de David (2 Sam 8: 17). Los Saduceos aceptaban como revelación sólo los escritos de Moisés (v. 28) negando así el desarrollo gradual de la revelación bíblica. En este sentido se entiende más la frase “Moisés nos dejó escrito” pronunciada por los Saduceos en este malicioso debate, pensado como una trampa para asechar a Jesús y “sorprenderlo” (v.: 20: 2; 20: 20). Esta escuela filosófica desaparece con la destrucción del templo.

● La ley del levirato

Los Saduceos niegan, pues, la resurrección de los muertos, porque según ellos, este objeto de fe no formaba parte de la revelación que Moisés se les había dado. Lo mismo dígase de cara a la fe en la existencia de los ángeles. En Israel, la fe en la resurrección de los muertos aparece en el libro de Daniel escrito en el 605-530 a.c. (Dan 12: 2-3). La encontramos asimismo en 2 Mac 7: 9, 11, 14, 23. Para ridiculizar la fe en la resurrección de los muertos, los Saduceos citan la prescripción legal de Moisés sobre el levirato (Dt 25, 5), es decir el antiguo uso de los pueblos semíticos (hebreos inclusive), según el cual el hermano o un pariente cercano de un hombre casado, fallecido sin hijos, tiene que casarse con la viuda, para asegurar (a) al difunto una descendencia (los hijos iban a considerarse legalmente como hijo del difunto), y (b) un marido para la mujer, ya que las mujeres dependían del marido para su sustentamiento. Casos como los arriba citados se citan también en el Antiguo Testamento, en el libro del Génesis y en el libro de Rut.

En el libro del Génesis (38:6-26) se nos dice que “tomó Judá, para Er, su primogénito una mujer llamada Tamar. Er, primogénito de Judá, fue malo a los ojos de Yahvé, y Yahvé le mató. Entonces dijo Judá a Onán: Entra a la mujer de tu hermano y tómala, como cuñado que eres, para suscitar prole a tu hermano.” (Gén 38: 6-8). Pero Onán también es castigado por Dios con la muerte (Gén 38: 10) porque sabiendo Onán “que la prole no sería suya , cuando entraba a la mujer de su hermano, se derramaba en tierra por no dar prole a su hermano” (Gén 38: 9). Viendo esto, Judá envía Tamar a la casa del padre, para no darle como marido Sela, su tercer hijo (Gén 38: 10-11). Tamar entonces, vistiéndose de prostituta, se unió con Judá mismo, y concibió a dos gemelos. Descubierta la verdad, Judá dio razón a Tamar y reconoció que “mejor que yo es ella” (Gén 38: 26).

En el libro de Rut se cuenta la historia de la misma mujer, Rut la moabita, quien se quedó viuda tras haberse casado con uno de los hijos de Elimèlech. Junto con la suegra Noemí, se vio obligada a pedir limosna para sobrevivir, y a recoger en los campos las espigas desechadas por los espigadores, hasta el momento en que se casa con Boaz, pariente de su difunto marido.

El caso propuesto a Jesús por los Saduceos nos recuerda la historia de Tobías, hijo de Tobit, que se casa con Sara hija de Ragüel, viuda de siete maridos, matados todos por Asmodeo, el demonio de la lujuria, en el momento en que se unían a ella. Tobías tiene derecho a casarse con ella porque era de su tribu (Tob 7-9).

Jesús hace notar a los Saduceos que el matrimonio provee a la procreación y por consiguiente es necesario para el futuro de la especie humana, ya que ninguno de los “hijos de este mundo” (v. 34) es eterno Pero “los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo” (v. 35) no toman ni marido, ni mujer ya que “ni pueden ya morir ” (v.35-36), viven en Dios: “porque son como los ángeles y son hijos de Dios, por ser hijos de la resurrección” (v. 36). Ya en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, los ángeles son llamados hijos de Dios (véase por ejemplo Gen 6: 2; Sal 29, 1; Lc 10, 6; 16, 8). Esta frase de Jesús nos recuerda la carta de Pablo a los Romanos, donde está escrito que Jesús es el Hijo de Dios por su resurrección, él, el primogénito de entre los muertos, es por excelencia el hijo de la resurrección (Rom 1, 4). Podemos citar aquí también los textos de san Pablo sobre la resurrección de los muertos como evento de salvación cuya naturaleza es espiritual (1 Cor 15: 35-50).

● Yo soy: El Dios de los vivos

Jesús confirma la realidad de la resurrección citando otro pasaje del Éxodo, esta vez del pasaje de la revelación de Dios a Moisés en la zarza ardiendo. Los Saduceos hacen hincapié en su punto de vista, citando a Moisés. Y del mimo modo Jesús rechaza su argumento citando él también a Moisés: “Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob” (v. 37). En el Éxodo, vemos que el Señor se revela a Moisés con estas palabras: “Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob” (Ex 3: 6). El Señor luego sigue revelando a Moisés su nombre divino: “Yo-Soy” (Ex 3: 14). La palabra hebraica ehjeh, cuya raíz es Hei-Yod-Hei, usada para indicar el nombre divino en Ex 3: 14, significa Yo soy aquel que es; Yo soy aquel que existe. La raíz puede significar asimismovida, existencia. Por ello, Jesús puede concluir: “No es un Dios de muertos, sino de vivos” (v. 38). En este mismo verso Jesús especifica que “para él todos viven”. Al reflexionar sobre la muerte de Jesús, en la carta a los Romanos, Pablo escribe: “Porque muriendo, murió al pecado una vez para siempre: pero viviendo, vive para Dios. Así, pues, haced cuenta de que estáis muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús” (Rom 6:10).

Podemos decir que Jesús, una vez más, hace ver a los Saduceos que la fidelidad de Dio para su pueblo, para la persona individual, no se basa en la existencia o no de un reino político (en el caso de la fidelidad de Dios al pueblo), y tampoco en el tener o no prosperidad y descendencia en esta vida. La esperanza del verdadero creyente no estriba en las cosas de este mundo, sino en el Dios vivo. Por ello, los discípulos de Jesús están llamados a vivir como los hijos de la resurrección, es decir como los hijos de la vida en Dios, como el Maestro y Señor, “como quienes han sido engendrados no de semilla corruptible, sino incorruptible, por la palabra viva y permanente de Dios” (1 Pe 1: 23).

b) Preguntas para ayudar la reflexión:

● ¿Qué te ha llamado la atención en el Evangelio? ¿Qué palabra? ¿Qué actitud particular?
● Trata de releer el texto del Evangelio en el contexto de los otros textos bíblicos citado en la llave de lectura. Busca tu mismo/a otros textos.
● ¿Cómo interpretas el conflicto que surge entre los jefes del pueblo y los Saduceos con Jesús?
● Reflexiona sobre cómo Jesús se escara con el conflicto. ¿Qué aprendes de su comportamiento?
● En tu opinión, ¿cuál es el núcleo de la cuestión en la discusión?
● Para ti, ¿qué significa la resurrección de los muertos?
● ¿Te sientes hijo/a de la resurrección?
● Para ti, ¿qué significa vivir la resurrección desde el momento presente? 

3. Oratio

Del Salmo 17

Nos saciaremos, Señor, contemplando tu rostro.

Escucha, Yahvé, mi causa,
hazme caso cuando grito,
presta oído a mi plegaria,
que no hay doblez en mis labios. 

Las sendas trazadas, ajustando mis pasos;
por tus veredas no vacilan mis pies.
Te invoco, oh Dios, pues tú me respondes,
inclina a mí tu oído, escucha mis palabras

Protégeme a la sombra de tus alas
Pero yo, rehabilitado, veré tu rostro,
al despertar te contemplaré hasta que quiera. 

4. Contemplatio

Del diario místico de la
Hermana María Evangelista de la Santísima Trinidad, O.Carm.

También esta vida terrena está repleta de amor, de dones de “verdad”, dones escondidos y al mismo tiempo revelados por el signo… Siento inmenso agradecimiento por todos los valores humanos. Vivir en comunión con la creación, en amistad con los hermanos, en apertura hacia la obra de Dios y la obra del hombre, en permanente experiencia de los dones de la vida, aunque sean dones sufridos, aunque sean sencillamente humanos, es una gracia continua, un don que no termina.

La Resurrección: ¿mito o realidad?

Hace una semana hemos celebrado la fiesta de los difuntos. Miles de personas habrán visitado los cementerios o, al menos, los habrán recordado y asistido a la eucaristía. Pero las actitudes ante la muerte habrán sido muy distintas: desde una gran fe en la resurrección hasta la duda o incluso la negación. Las lecturas de este domingo nos ofrecen dos actitudes muy distintas ante la esperanza de otra vida: la de quienes creen firmemente en ella (los siete hermanos del libro de los Macabeos) y la de quienes bromean sobre la cuestión (los saduceos).

Los israelitas y la fe en la resurrección

En contra de lo que muchos pueden pensar, el pueblo de Israel no tuvo en todos los siglos antes de Jesús una idea clara de la resurrección. Más bien se daba por supuesto que el hombre, cuando moría, descendía al Seol, donde llevaba una forma de vida en la que no era posible la felicidad ni tenía lugar una visión de Dios. La oración que pronuncia el piadoso rey Ezequías (siglo VIII a.C.) expresa muy bien la opinión tradicional (Isaías 38,18-19).

«El Abismo no te da gracias, ni la Muerte te alaba,
ni esperan en tu fidelidad los que bajan a la fosa.
Los vivos, los vivos son los que te dan gracias, como yo ahora.»

Los judíos comienzan a creer en la resurrección en los últimos siglos del Antiguo Testamento; los testimonios más claros proceden del siglo II a.C., en el libro de Daniel y en 2 Macabeos. Debió de contri­buir mucho a implantar esta fe la idea de que quienes morían por ser fieles a Dios y a sus manda­mientos debían recibir una recompensa en la otra vida. La última visión del libro de Daniel termina con estas palabras: «Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para vida eterna, otros para ignominia perpetua» (Daniel 12,2). Y, poco después, el ángel dice a Daniel: «Te alzarás a recibir tu destino al final de los días» (Daniel 12,13).

Los que se toman la resurrección en serio

El libro segundo de los Macabeos contiene en el c.7 una leyenda sobre la muerte de siete hermanos junto con su madre, en la que se afirma claramente la fe en la resurrección. Un fragmento de ese capítulo constituye la primera lectura de este domingo.

Los que se toman la resurrección en broma: los saduceos

Esta fe en la resurrección fue aceptada plenamente por los fariseos. En cambio, los saduceos la rechazaban como novedad e intentan discutir sobre el tema con Jesús. Los saduceos formaban uno de los grandes grupos religioso-políticos de la época de Jesús, junto con los fariseos, los esenios y los sicarios. Su nombre deriva de Sadoc, sumo sacerdote en tiempos de Salomón. Aunque el partido estaba com­puesto en gran parte por sacerdotes, también lo integraban seglares. Su rasgo más destacado es que pertenecían a la aristo­cra­cia. Cuentan sobre todo con los ricos; no tienen al pueblo de su parte. «Esta doctrina es profesada por pocos, pero éstos son hombres de posición elevada» (Flavio Josefo, Antigüedades de los Judíos XVIII, 1, 4).

Aparte de su condición de aristócratas, otro rasgo característico es que únicamente reconocían como vinculante la Torá escrita (el Pentateuco) y rechazaban «las tradiciones de los antepasados», los comentarios a la ley que se habían ido añadiendo con el tiempo. Como consecuencia de lo anterior, su visión religiosa era muy conservadora:       1) negaban la resurrección de los cuerpos y cual­quier tipo de supervivencia personal; 2) negaban la existencia de ángeles y espíritus; 3) afirmaban que «el bien y el mal estaban al alcance de la elección del hombre y que éste puede hacer lo uno o lo otro a voluntad»; en consecuencia, Dios no ejerce influjo alguno en las acciones humanas y el hombre es él mismo causa de su propia fortuna o desgracia.

Cuando se acercan a Jesús no plantean los tres problemas, sólo el primero, a propósito de la resurrec­ción.

El argumento de los saduceos: la ley del levirato

El argu­mento que aducen es muy simple; más que simple, irónico, basado en una ley antigua. En Israel, como entre los asirios e hititas, se pretendía garanti­zar la descendencia y la estabilidad de los bienes familiares mediante una ley que se conoce con el nombre latino de «ley del levirato» (de levir, «cuñado»), y dice así:

«Si dos hermanos viven juntos y uno de ellos muere sin hijos, la viuda no saldrá de casa para casarse con un extraño; su cuñado se casará con ella y cumplirá con ella los deberes legales de cuñado; el primogénito que nazca continuará el nombre del hermano muerto, y así no se extinguirá su nombre en Israel.» (Dt 25,5-6).

Los saduceos parten de la idea, bastante exten­dida entre los ju­díos de la época, de que la vida matrimonial conti­nuaba después de la resurrección. Entonces, ¿cómo se resuelve el caso de los siete hermanos que han tenido la misma mujer? La pregunta de los saduceos es inteli­gente: no niegan de entrada la resurrec­ción, al contrario, parecen afirmar­la («cuando resuci­ten»); pero proponen una difi­cultad tan grande que el adversario puede sentirse obligado a reconocer su derrota y negar esa resurrección.

La respuesta de Jesús

Jesús se limita a indicar la diferencia radical entre la vida presente y la futura. «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán». Los saduceos entienden la vida futura como una reproducción literal de la presente (muchas mujeres, y también muchos hombres, dirían que para eso no vale la pena resucitar). Para Jesús, en cambio, las relaciones cambian por completo: varones y mujeres serán «como ángeles de Dios».

Para comprender esta comparación con los ángeles hay que tener en cuenta la mentalidad dualista que reflejan algunos escritos judíos anterio­res, como el Libro de Henoc. En él se distinguen dos clases de seres: los carnales (los hombres) y los espiritua­les (los ánge­les). Los primeros necesitan casarse para garantizar la procrea­ción. Los segundos, no. A los primeros, Dios «les ha dado mujeres para que las fecunden y tengan hijos y así no cese toda obra sobre la tierra». Y a los ángeles se les dice: «Voso­tros fuisteis primero espirituales, con una vida eterna, inmor­tal, por todas las generaciones del mundo. Por eso no os he dado mujeres, porque la morada de los espirituales del cielo está en el cielo» (Henoc 15,4-7). En este texto, la mujer es vista exclusivamente desde el punto de vista de la procreación, y el matrimonio no tiene más fin que garantizar la supervivencia de la humanidad.

A la luz de este texto, la comparación con los ángeles significa que la humanidad pasa a una forma nueva de existen­cia, inmortal, en la que no es preciso seguir procreando. De las palabras de Jesús no pueden sacarse más conclusiones sobre la vida de los resucitados. El solo pretende desvelar el equívoco en que se mueven los saduceos y la mayoría de sus contemporáneos en este punto. Lo curioso es que Jesús diga esto a un grupo religioso que tampoco cree en los ángeles.

La resurrección

Resuelta la dificultad, pasa a demostrar el hecho de la resurrec­ción. Los rabinos fundamentaban la fe en la resurrección usando tres recursos:

1) citas de la Escritura;

2) relatos del AT de resurrección de muer­tos (los de Elías y Eliseo);

3) argumentos de razón.

Jesús se limita al primer recurso citando las palabras de Dios a Moisés cuando se le revela en la zarza ardiente: «Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob». Conviene recordar que estas palabras formaban parte de una de las dieciocho bendiciones que todo judío piadoso rezaba tres veces al día. Por tanto, se trata de palabras conoci­das y repetidas continuamente por los saduceos, pero de las que no extraen la consecuencia lógica: «Dios no es un Dios de muer­tos, sino de vivos». A una mentalidad crítica, esta argumen­tación puede resultarle de una debilidad sorprendente. Sin embargo, no es tan débil. Más bien, deja clara la debilidad del punto de vista de los saduceos, que confiesan una serie de cosas sin querer aceptar las conclusiones. Desde el punto de vista de un debate teológico, es más honesto negarlo todo que afirmar algo y negar lo que de ahí se deriva.

Años más tarde, en algunos cristianos de Corinto se daba una actitud parecida a la de los saduceos. Aceptaban y confesaban que Jesús había resucitado, pero negaban que los demás fuésemos a resucitar. Se aceptaba el evangelio como algo válido para esta vida, pero se negaba su promesa de otra vida definiti­va. Esta contradicción es la que ataca Jesús en los saduceos.

Si mi interpretación es exacta, este texto no serviría para demos­trarle a un ateo que existe la resurrección. El texto se dirige más bien a gente de fe, como nosotros, que dudan de sacar las consecuencias lógicas de esa fe que confiesan.

La convicción de Jesús

A lo largo de todo el evangelio, Jesús manifiesta una certeza absoluta sobre la realidad de otra vida después de la muerte. Es algo que le sale espontáneo, en las circunstancias más distintas. En esa nueva vida se consigue la recompensa que Dios nos prepara, se justifican los sacrificios, incluso de la vida, por difundir el evangelio, se enjugan las lágrimas (como dirá el Apocalipsis). Nada de lo que dice y hace Jesús se comprende sin ese convencimiento. Nosotros, que somos a menudo muy distintos, debemos pedirle: “Creo, Señor, pero aumenta nuestra fe”.

José Luis Sicre

La necesidad de purificar nuestra fe en la Resurrección

1.- En este mundo, los que sean dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán y son como hijos de Dios porque son hijos de la resurrección entre los muertos. Los saduceos era un grupo de judíos muy poderoso que no creían en la resurrección. Por eso, los que se acercaron a Jesús fueron con la idea de refutar a Jesús, que, como los fariseos, sí creía en la resurrección. Los argumentos que le dieron para ridiculizar la creencia en la resurrección de los muertos es lo que se ha llamado después la <trampa saducea> que, con premisas falsas quieren llegar a una conclusión verdadera. Las premisas falsas se basaban en la ley judía según la cual si un a un marido se le muere su hermano, dejando a la mujer sin hijos, es el hermano el que debe tomar por esposa a la mujer de su hermano, para darle descendencia. Pues bien, si a un marido se le mueren los seis hermanos sin dejar descendencia, ¿con qué mujer de los seis hermanos debe casarse el marido vivo? Bueno, a nosotros, católicos de este siglo XXI, lo que nos interesa es analizar la respuesta que da Jesús a la pregunta de este saduceo. Jesús le dice a este saduceo que las personas que mueren no necesitarán casarse nunca, porque son como ángeles de Dios. ¿Qué entendía Jesús, como buen judío que era, al decir que los que mueren y van al cielo son como ángeles de Dios? No podemos saberlo con exactitud teológica. Tampoco nos interesa demasiado ahora. Y si preguntamos a cada una de las grandes religiones del mundo, qué entienden por resurrección, las respuestas son para nosotros en algunos casos extravagantes. Mi pregunta al lector de “betania” ahora es esta: ¿qué entiendes tú por resurrección? San Pablo nos dice que morimos como un cuerpo físico, pero que resucitamos como un cuerpo glorioso. ¿Qué entendía san Pablo por cuerpo glorioso? Tampoco lo sabemos con exactitud. ¿Qué hacer? Yo creo que lo más seguro es decir que resucitaremos como resucitó Jesús, siendo buenos discípulos suyos. A lo largo de los siglos han sido muy distintas las ideas exactas que los cristianos hemos tenido sobre la resurrección de la carne. En cualquier caso, tenemos que admitir que para una persona religiosa la creencia en la resurrección es fundamental, porque creer en la resurrección es creer que existe otra vida, una vida futura. Hagamos, pues, el propósito ahora de purificar nuestra fe en la resurrección. Pensemos y meditemos.

2.- Arrestaron a siete hermanos macabeos son su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarles a comer carne de cerdo, prohibida por la ley. Uno de ellos habló en nombre de los demás: ¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres… Cuando hayamos muerto por la ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna. En este caso de los siete hermanos macabeos con su madre, lo admirable para nosotros es la fe que tenían en la resurrección. Lo de resucitar por haber cumplido la ley, en este caso la ley de no comer carne de cerdo, simplemente nos sirve para ver lo relativo que es en muchos casos cumplir la ley o no. Para nosotros, los cristianos, la ley suprema y siempre verdadera es Jesucristo. Hagamos el propósito de imitar siempre lo mejor que podamos a nuestro Maestro y estemos seguros de que como el Padre le resucitó, también nos resucitará a nosotros. Y por resucitar con Cristo sí merece la pena sufrir y morir en este mundo.

Gabriel González del Estal

Violencia y paz

1.- Conozco a personas que no aguantan la lectura del Antiguo Testamento. Las conozco y son amigas mías. Desde seglares que viven sinceramente su responsabilidad cristiana, hasta honestos frailes franciscanos. Me estoy refiriendo, evidentemente, a los llamados libros históricos, o a textos semejantes. Tanta guerra y tanta matanza no puede quererlas Dios, dicen. Claro que no, digo yo siempre. Pues ¿por qué están incluidos en la Biblia?

2.- Afirmamos que el Sagrado Texto, inspirado, que no dictado, por Dios, está escrito para unos primeros receptores, con su propio lenguaje y orientación, y perdura también para la posterioridad. Ahora bien, los ulteriores lectores, que somos nosotros y los que nos seguirán, deberán conocer las circunstancias, los criterios y las necesidades propias del momento en que el libro se escribió, para descubrir que fue lo característico en aquel tiempo y que verdades y criterios nos trasmitieron y nos son útiles todavía a nosotros.

3.- La sensibilidad no siempre es la misma. Hace años, y el ejemplo es auténtico, a la iglesia de los Carmelitas de Burgos, acudía un verdugo de la población a rezar ante la imagen del Santo Cristo. Es lo que explícitamente recuerdo me comentaba mi madre, que lo observaba impresionada, sin atreverse a condenarle. La pena de muerte en aquellos tiempos y en aquel territorio, era admitida, hoy le echarían de la iglesia de malos modos y a empujones. Aquel hombre rezaba devotamente ante la imagen del Cristo ajusticiado y, seguramente, su oración era sincera. Hoy la mayoría de fieles cristianos estamos en contra de la pena capital, pero todavía no todos, seguramente lo sabréis, mis queridos jóvenes lectores.

4.- También hace años, en uno de mis primeros viajes a Tierra Santa, pude visitar una cárcel vacía, de tiempos de la ocupación británica. Estaba al alcance de cualquier interesado que pagase la entrada. Permanecer un rato en la sala de ejecución, recorrer el pasillo de la muerte y ver el camastro donde trataría de dormir el prisionero que pasaba su última noche en capilla, me impresionó enormemente y no se han borrado tales imágenes de mí memoria. Ahora bien, se trataba del sentido de la justicia que tenía aquella cultura europea. Además de herir mi sensibilidad, aprendí mucho respecto al sentido de la historia que ha atormentado durante tantos siglos a aquel territorio.

5.- Estoy seguro de que ninguno de vosotros estaríais a favor de tal castigo, pero que, probablemente, vivís sumergidos en una cultura que, por nociones políticas de poca monta y criterios salpicados de egoísmo, al decir de sabios sociólogos y prestigiosos cristianos pensadores, está sembrado nuestro ambiente, primero de antipatías y después de odios, acentuadas tantas posiciones anómalas teóricas, mediante actos de terrorismo, o destrozos públicos. En un terreno así, no puede crecer la Fe, prosperar la Esperanza, reinar la Caridad. Cuentan que el huno Atila, por allí donde pasaba, dejaba el terreno cubierto de sal, para que ningún cultivo posterior pudiera prosperar. Me temo que ciertas conductas actuales pretendan algo semejante.

6.- En medio de tal persecución, me refiero ahora al contexto de la primera lectura de la misa de hoy, florece el testimonio de esta ejemplar familia, en la que se distingue y merece mayor honor, la madre de tan íntegros hijos. Os recomendaría, mis queridos jóvenes lectores, que leyerais el episodio entero, así conocierais la situación del pueblo judío perseguido fiel y ahogada cualquier manifestación de su cultura propia, os enteraseis que no todo el pueblo claudicó, que ellos, la familia ejemplar y otros, fueron fieles a la Ley de Dios.

7.- Si la situación aquella era de persecución del pueblo judío, la nuestra actual es en gran manera de destrucción del medio ambiente, desprecio de la vida no nacida, abuso del alcohol y drogas, cuyo comercio injusto se hace realidad criminal y ataque a la salud. Es lo que nos toca vivir y hay que aceptarlo sin enojarse, dirían muchos, indiferentes al mal extendido en el medio natural, a la corrupción de costumbres de los poderosos, al injusto acopio de capitales, que impiden la prosperidad de los pobres.

8.- Pero todos no. No hace falta ser potentado rico dirigente, para sublevarse ante tanta imprudente barbarie. Puede aparecer una joven estudiante nórdicas y mostrar su desacuerdo con valiente desparpajo. Me estoy refiriendo, como ya habréis adivinado a Greta Thunberg. Tal vez su testimonio se refiera un día como modelo a admirar e imitar. De la eficacia de su gesto no debemos preocuparnos demasiado, como dice el refrán: nunca se sabe el bien que uno hace, cuando hace el bien.

9.- Respecto al episodio al que se refiere la lectura del evangelio del presente domingo, en primer lugar no os parezca estrambótica la argucia de los saduceos. La legislación antigua obedecía a la necesidad de conservar el patrimonio espiritual recibido desde antiguo. Los matrimonios mixtos eran un gran peligro en tal aspecto.  Algo debe quedar de aquellas normas, pues, no hace muchos años, pudimos ver una película que se centraba en tal personal situación. Una joven casada perdió al marido y, de acuerdo con la Ley, debía matrimoniar con el hermano del difunto, un niño que de ninguna manera quería casarse con la que le multiplicaba en edad. Y la viuda, evidentemente, tampoco quería esperar a casarse cuando le tocase de acuerdo con tal costumbre, que entonces, llegada la hora, ya sería apergaminada vieja. El film era encantador y centraba históricamente el argumento, en los inicios del siglo XX. Quien la realizó y quienes de la cultura hebrea la vieron y no protestaron, debían conocer y creer que todavía estaba vigente tal regla. El título de la película es. Te amo Rosa o tal vez Rosa, te amo, no recuerdo bien.

10.- Legítimamente cualquiera de vosotros puede preguntarse, si yo me casase varias veces, como en algún caso ocurre, estuviera enamorado de cada una de mis esposas durante el tiempo de convivencia con cada una, llegado al Cielo, ¿mi felicidad sería poligámica? El amor, todo legítimo amor, atraviesa la barrear de la muerte y se adentra en la eternidad. Ahora bien, el amor humano, su maravilloso cogollo esencial, está cubierto de condicionamientos que el espacio/tiempo impone. Llegada la situación de eternidad, sin desaparecer tal fundamental virtud, perdidas ciertas circunstancias, por ejemplo, la fecundidad expresada en hijos engendrados, no se conservaría, sin por ello quedar destruido el amor.

11.- No somos, como otras religiosidades afirman, gotas de agua anónimas que van a parar al mar, perdiendo su identidad personal. No es momento este de tratar de explicar tal cambio, pienso siempre y para mi provecho y orientación, que en el episodio de la Trasfiguración podemos encontrar alguna respuesta. Se encontraron con Jesús, sumergido en aquel espacio/tiempo de la Alta Galilea y primer siglo de nuestra era en que se encontraba, en correspondida conversación con Moisés y Elías, que existían sin estar aprisionados por el espacio/tiempo, que eran capaces de dialogar, de intercambiar impresiones y proyectos, de compartir.

Amor matrimonial, familiar, sí, amical, también. Envueltos en la Caridad, sublime amor. Dicho de otra manera, y no me tachéis de aberrante imaginación, espero que nos encontremos en la eternidad feliz, mis queridos jóvenes lectores, aunque ya no seáis lectores.

Pedrojosé Ynaraja

Comentario al evangelio – 10 de noviembre

¿Qué es eso de la Resurrección?

      Se termina el año litúrgico y antes de comenzar el Adviento que nos encamina directamente al encuentro del misterio de la Navidad, la Iglesia nos propone meditar en las verdades eternas. ¿Cuáles son? Pues ésas que a veces no nos gusta pensar pero que son de las pocas cosas que sabemos con seguridad de nuestra vida. La primera es que todos nos vamos a morir y la segunda es que vamos a resucitar. Seguro que dentro de nosotros ya han aparecido algunas dudas. Eso de la resurrección no es fácil de entender. Pues claro que no. Nadie ha dicho que lo sea. Tampoco es fácil entender el amor de una madre por su hijo deficiente mental y ahí está. Tampoco es fácil de entender que dos personas se comprometan a vivir juntas y, lo que es más importante y difícil, a amarse y a entregarse del todo la una a la otra hasta que la muerte les separe.

      La resurrección es algo muy parecido a ese amor eterno que se prometen los que se casan. Lo que sucede es que el amor que se prometen los que se casan a veces no es en realidad eterno más que en la intención. Se termina, se acaba. A veces las personas no son capaces de mantener sus promesas. No se trata de pensar en quién es el culpable. La verdad es que somos muy limitados y a veces no podemos dar más de sí. La resurrección, en cambio, es la promesa de Dios. Y él sí que puede hacer esas promesas. Y mantenerlas. Y cumplirlas. Él nos ha prometido a nosotros, sus hijos, la vida eterna. Nos ha dicho que vamos a vivir para siempre. Porque no nos creó para la muerte sino para que vivamos y tengamos vida en abundancia. 

      ¿En qué va a consistir la resurrección? Pues no sabemos con certeza. Pero vamos a confiar en Dios, nuestro Padre, porque todo lo que venga de él será bueno para nosotros. Y de él no puede venir más que la vida. Eso es lo que dice Jesús a los saduceos que le preguntan por ese complicado caso en el Evangelio: ¿Por qué tenemos que suponer que la vida eterna va a ser como ésta, así de limitada, así de pobre? ¿No es Dios un Dios de vivos? El que creó este mundo, ¿no será capaz de crear mil mundos distintos donde la vida se pueda desarrollar en plenitud, en una plenitud que nosotros, con nuestra mente limitada por las fronteras de este universo, no podemos ni siquiera imaginar? Una confianza así es la que manifestó la familia de que se nos habla en la primera lectura. No saben ni el cómo ni el cuándo ni el dónde, pero están seguros de que Dios los levantará de entre los muertos. Y de que hará buenas todas sus promesas. También nosotros creemos en él y estamos convencidos de que Dios hará eterna nuestra vida y eterno nuestro amor.

Para la reflexión

      La fe nos invita a creer más allá de lo que vemos, ¿creemos verdaderamente en la promesa de que Dios nos va a resucitar? ¿Dejamos que la idea de la muerte nos angustie o pensamos que no es más que un paso necesario para encontrarnos con el Padre Dios que tanto nos quiere?

Fernando Torres, cmf