Vísperas – San Martín de Tours

VÍSPERAS

SAN MARTÍN DE TOURS, obispo

 

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Cantemos al Señor con alegría
unidos a la voz del pastor santo;
demos gracias a Dios, que es luz y guía,
solícito pastor de su rebaño.

Es su voz y su amor el que nos llama
en la voz del pastor que él ha elegido,
es su amor infinito el que nos ama
en la entrega y amor de este otro cristo.

Conociendo en la fe su fiel presencia,
hambrientos de verdad y luz divina,
sigamos al pastor que es providencia
de pastos abundantes que son vida.

Apacienta, Señor, guarda a tus hijos,
manda siempre a tu mies trabajadores;
cada aurora, a la puerta del aprisco,
nos aguarde el amor de tus pastores. Amén.

SALMO 14: ¿QUIÉN ES JUSTO ANTE EL SEÑOR?

Ant. ¡Oh varón digno de toda alabanza, nunca derrotado por las fatigas ni vencido por la tumba, que no tembló ante la muerte ni rechazó la vida!

Señor, ¿quién puede hospedarse en su tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua.

el que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor.

El que no retracta lo que juró
aun en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. ¡Oh varón digno de toda alabanza, nunca derrotado por las fatigas ni vencido por la tumba, que no tembló ante la muerte ni rechazó la vida!

SALMO 111

Ant. Señor, si aún soy necesario a tu pueblo, no regio el trabajo; hágase tu voluntad.

Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita.

En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad es constante, sin falta.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.

Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos.
El justo jamás vacilará,
su recuerdo será perpetuo.

No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor.
hasta que vea derrotados a sus enemigos.

Reparte limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad.

El malvado, al verlo, se irritará,
rechinará los dientes hasta consumirse.
La ambición del malvado fracasará.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Señor, si aún soy necesario a tu pueblo, no regio el trabajo; hágase tu voluntad.

CÁNTICO del APOCALÍPSIS

Ant. El obispo San Martín partió de este mundo, y ahora vive glorioso con Cristo, como gloria de los sacerdotes.

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El obispo San Martín partió de este mundo, y ahora vive glorioso con Cristo, como gloria de los sacerdotes.

toda la tierra.

LECTURA: 1P 5, 1-4

A los presbíteros en esa comunidad, yo, presbítero como ellos, testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que va a manifestarse, os exhorto: Sed pastores del rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, gobernándolo no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con generosidad; no como déspotas sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño. Y cuando aparezca el supremo Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se marchita.

RESPONSORIO BREVE

R/ Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo.
V/ Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo.

R/ El que entregó su vida por sus hermanos.
V/ El que ora mucho por su pueblo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. ¡Oh bienaventurado pontífice, que amaste con todo tu corazón a Cristo rey y no temiste los poderes de este mundo! ¡Oh alma santísima, que, sin haber sido separada de tu cuerpo por la espada del perseguidor, has merecido, sin embargo la palma de martirio!

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. ¡Oh bienaventurado pontífice, que amaste con todo tu corazón a Cristo rey y no temiste los poderes de este mundo! ¡Oh alma santísima, que, sin haber sido separada de tu cuerpo por la espada del perseguidor, has merecido, sin embargo la palma de martirio!

PRECES

Glorifiquemos a Cristo, constituido pontífice a favor de los hombres, en lo que se refiere a Dios, y supliquémosle humildemente diciendo:

Salva a tu pueblo, Señor.

Tú que por medio de pastores santos y eximios, has hecho resplandecer de modo admirable a tu Iglesia,
— haz que los cristianos se alegren siempre de ese resplandor.

Tú que, cuando los santos pastores te suplicaban, con Moisés, perdonaste los pecados del pueblo,
— santifica, por su intercesión, a tu Iglesia con una purificación continua.

Tú que, en medio de los fieles, consagraste a los santos pastores y, por tu Espíritu, los dirigiste,
— llena del Espíritu Santo a todos los que rigen a tu pueblo.

Tú que fuiste el lote y la heredad de los santos pastores
— no permitas que ninguno de los que fueron adquiridos por tu sangre esté alejado de ti.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que, por medio de los pastores de la Iglesia, das la vida eterna a tus ovejas para que nadie las arrebate de tu mano,
— salva a los difuntos, por quienes entregaste tu vida.

Con el gozo que nos da el saber que somos hijos de Dios, digamos con plena confianza:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, que fuiste glorificado con la vida y la muerte de tu obispo san Martín de Tours, renueva en nuestros corazones las maravillas de tu gracia, para que ni la vida ni la muerte puedan apartarnos de tu amor.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 11 de noviembre

1) Oración inicial

Dios omnipotente y misericordioso, aparta de nosotros todos los males, para que, bien dispuesto nuestro cuerpo y nuestro espíritu, podamos libremente cumplir tu voluntad. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 17,1-6

Dijo a sus discípulos: «Es imposible que no haya escándalos; pero, ¡ay de aquel por quien vienen! Más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y le arrojen al mar, que escandalizar a uno de estos pequeños. Andad, pues, con cuidado. «Si tu hermano peca, repréndele; y si se arrepiente, perdónale. Y si peca contra ti siete veces al día, y siete veces se vuelve a ti, diciendo: `Me arrepiento’, le perdonarás.» Dijeron los apóstoles al Señor: «Auméntanos la fe.» El Señor dijo: «Si tuvierais una fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: `Arráncate y plántate en el mar’, y os habría obedecido.»

3) Reflexión

• El evangelio de hoy nos presenta tres distintas palabras de Jesús: una sobre cómo evitar el escándalo de los pequeños, la otra sobre la importancia del perdón y una tercera sobre el tamaño de la fe en Dios que debemos tener.
• Lucas 17,1-2: Primera palabra: evitar el escándalo. “Dijo a sus discípulos: «Es imposible que no haya escándalos; pero, ¡ay de aquel por quien vienen! Más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y le arrojen al mar, que escandalizar a uno de estos pequeños”. El escándalo es aquello que hace que una persona se tropiece y caiga. A nivel de fe, significa aquello que desvía a la persona del buen camino. Escandalizar a los pequeños quiere decir ser el motivo por el cual los pequeños se desvían del camino y pierden la fe en Dios. Quien hace esto recibe la siguiente sentencia: “Más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y le arrojen al mar. ¿Por qué tanta severidad? Porque Jesús se identifica con los pequeños, con los pobres (Mt 25,40.45). Son sus preferidos, los primeros destinatarios de la Buena Nueva (cf. Lc 4,18). Quien les hace daño, hace daño a Jesús. a lo largo de los siglos, muchas veces, nosotros los cristianos, por nuestra manera de vivir la fe hemos sido el motivo por el cual los pequeños se han alejado de la Iglesia y se han ido hacia otras religiones. No lograban creer, como decía el apóstol en la carta a los Romanos, citando al “Por vuestra causa, el nombre de Dios es blasfemado entre los paganos.” (Rom 2,24; Is 52,5; Ez 36,22). ¿Hasta dónde nosotros somos culpables? ¿Merecemos una piedra de molino al cuello?
• Lucas 17,3-4: Segunda palabra: Perdonar al hermano. “Andad, pues, con cuidado. Si tu hermano peca, repréndele; y si se arrepiente, perdónale. Y si peca contra ti siete veces al día, y siete veces se vuelve a ti, diciendo: `Me arrepiento’, le perdonarás”. Siete veces al día. ¡No es poco! ¡Jesús pide mucho! En el evangelio de Mateo, dice que debemos perdonar hasta ¡setenta veces siete! (Mt 18,22). El perdón y la reconciliación son uno de los asuntos en que Jesús más insiste. La gracia de poder perdonar a las personas y reconciliarlas entre ellas y con Dios se le dio a Pedro (Mt 16,19), a los apóstoles (Jn 20,23) y a la comunidad (Mt 18,18). La parábola sobre la necesidad de perdonar al prójimo no deja lugar a dudas: si no perdonamos a los hermanos, no podemos recibir el perdón de Dios (Mt 18,22-35; 6,12.15; Mc 11,26). Pues no hay proporción entre el perdón que recibimos de Dios y el perdón que debemos ofrecer al prójimo. El perdón con que Dios nos perdona gratuitamente es como diez mil talentos comparados con cien denarios (Mt 18,23-35). Diez mil talentos son 174 toneladas de oro; cien denarios no pasan de 30 gramos de oro.
• Lucas 17,5-6: Tercera palabra: Aumentar en nosotros la fe. “Dijeron los apóstoles al Señor: «Auméntanos la fe.» El Señor dijo: «Si tuvierais una fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: `Arráncate y plántate en el mar’, y os habría obedecido”. En este contexto de Lucas, la pregunta de los apóstoles aparece como motivada por la orden de Jesús de perdonar hasta siete veces al día, al hermano y a la hermana que peca contra nosotros. Perdonar no es fácil. El corazón queda magullado y la razón presenta mil motivos para no perdonar. Solo con mucha fe en Dios es posible llegar hasta el punto de tener un amor tan grande que nos haga capaces de perdonar hasta siete veces al día al hermano que peca en contra de nosotros. Humanamente hablando, a los ojos del mundo, perdonar así es una locura y un escándalo, pero para nosotros esta actitud es expresión de la sabiduría divina que nos perdona infinitamente más. Decía Pablo: “Mientras que nosotros anunciamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los paganos. (1Cor 1,23) .

4) Para la reflexión personal

• En mi vida, ¿he sido alguna vez motivo de escándalo para mi prójimo? O alguna vez los demás ¿han sido motivo de escándalo para mí?
• ¿Soy capaz de perdonar siete veces al día al hermano o a la hermana que me ofende siete veces al día?

5) Oración final

¡Cantadle, tañed para él,
recitad todas sus maravillas;
gloriaos en su santo nombre,
se alegren los que buscan a Yahvé! (Sal 105,2-3)

Destrucción del templo

En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: – Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruído. Ellos le preguntaron: – Maestro, ¿cuándo va ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo está para suceder? El contestó: – Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usando mi nombre, diciendo: “Yo soy”, o bien: “El momento está cerca”; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida. Luego les dijo: – se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países, epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo. Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a los tribunales y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre; así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrán hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá: con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

Explicación

Jesús recomienda a sus amigos que no se dejen llevar por las personas que anuncian catástrofes, desgracias y tragedias. Cuando oigáis que el momento final está cerca, no tengáis miedo ni os angustiéis. Aunque paséis por momentos difíciles en los que os insulten, persigan y os maldigan no perdáis la calma ni la confianza. Si os mantenéis unidos a mí no tengáis ningún miedo.

Evangelio dialogado

Te ofrecemos una versión del Evangelio del domingo en forma de diálogo, que puede utilizarse para una lectura dramatizada.

33 DOMINGO ORDINARIO – “C”

Narrador: Ayer estuve en el templo de Jerusalén. Herodes que lo mandó construir debió ser un tirano, según cuentan. Pero hay que reconocer que hizo un buen trabajo con ese templo. ¡Es impresionante, maravilloso, no hay otro igual!

Jesús: Es verdad, amigos, es un gran trabajo; pero ese templo que tanto admiráis, será destruido hasta que no quede piedra sobre piedra.

Narrador: Los discípulos reaccionaron con sobresalto y alarma, y le hicieron a Jesús una lluvia de preguntas:

Discípulo: ¿qué dices, Maestro? ¿Cómo va a ocurrir eso? ¿Cuál será la señal de que eso va a suceder?

Jesús: Tened cuidado, que nadie os engañe. Muchos vendrán en mi nombre diciendo: Yo soy; pero no les sigáis .
Habrá noticias de guerras y revoluciones, pero no tengáis miedo. Se alzará pueblo contra pueblo, reino contra reino. Habrá grandes terremotos, hambre y epidemias; sucederán cosas espantosas y se verán cambios en el cielo.

Narrador: El rostro de Jesús se había transformado y su voz sonaba fuerte entre sus discípulos.

Jesús: A los que me seguís, os perseguirán, os llevarán a la cárcel y ante los reyes y gobernadores por causa mía. Así está escrito. Siempre os he dicho que seguirme a mí no es fácil, pero yo estaré siempre con vosotros.

Discípulo: Mira, Jesús que tus discípulos somos pocos y no tenemos medios para la defensa y estamos llenos de miedo.

Jesús: Yo os daré palabras tan acertadas que nadie podrá contradeciros. Cada vez seréis más y no tendréis miedo, porque yo estaré con vosotros. Estad tranquilos y sin temor, porque ni un cabello de vuestra cabeza perecerá. Quiero decir que, con vuestro testimonio y aguante, conseguiréis la Vida.

Fr. Emilio Díez Ordóñez y Fr. Javier Espinosa Fernández

Comentario del 11 de noviembre

El pasaje evangélico de Lucas recoge tres sentencias de Jesús relativas al escándalo, a la ofensa del hermano y a la fe y su potencial. Son textos que ya se han comentado en otras versiones del evangelio y con más profusión de detalles. No obstante, volvemos sobre ellos intentando destacar alguno de sus aspectos más sobresalientes. Decía Jesús, a propósito de los escándalos, que es inevitable que sucedan, pero que ¡ay del que los provoca! ¿Por qué esta inevitabilidad? Porque para eliminar el escándalo habría que eliminar el pecado.

Mientras haya pecado en el mundo, habrá escándalos, ya que el pecado ejerce un influjo nocivo sobre los demás, especialmente sobre los más débiles en la fe o en la virtud. El pecado es contagioso e incitante. Debido a la dimensión social del pecado, éste adquiere fácilmente el rango de “cosa escandalosa” o “piedra de tropiezo” para otros.

Y los más expuestos a la acción funesta del escándalo serán siempre los pequeños, los más débiles por razón de la edad, de la inmadurez psicológica o de la carencia de recursos para hacer frente a las malas influencias. Así lo entiende Jesús, que hace recaer una condena muy severa sobre el causante o provocador de estos escándalos: Al que escandaliza a uno de estos pequeños, más le valdría que le encajaran en el cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar.

Escandalizar a un pequeño es introducir en la senda del mal al que vivía al margen de ella, exactamente lo contrario a encaminar por la senda del bien al hermano descarriado. Si el que convierte a un pecador merece todos los elogios posibles, el que escandaliza a un inocente se hace digno de la mayor condena. Un escandalizado es alguien que, por razón del escándalo, empieza a cuestionarse cosas como su fe o el valor de su rectitud moral. El escándalo sufrido introduce en el alma la desconfianza, mina las convicciones más profundas, resquebraja las certezas más asentadas y pone en crisis los fundamentos en los que se apoyaba esa vida. El escándalo provoca de ordinario una verdadera conmoción que amenaza con arruinar la vida del escandalizado que, empezando a desconfiar de personas, pasa a desconfiar de instituciones como la Iglesia y acaba desconfiando del mismo Dios y de su existencia.

Y si podemos distinguir escandalizados, también es posible distinguir escándalos. Los hay abruptos o estruendosos y los hay silenciosos. Hay escándalos que provocan alarma social como los actuales casos de pederastia protagonizados por personas (sacerdotes, profesores, formadores) que deberían ser modelos de honestidad o integridad moral; y los hay que se ejecutan y propagan furtiva o silenciosamente sin que apenas se adviertan, porque la atmósfera de permisividad existente los consiente de manera tácita o explícita y los oculta o disimula. Y aunque no provoquen alarma social, no dejan de ser escándalos, ya que incitan a vivir de espaldas a Dios y a sus mandamientos y a llevar una vida afincada en el pecado, un pecado, por cierto, que ya no se percibe como tal, puesto que ha sido desclasificado del elenco de lo censurable.

Pues bien, la imprecación de Jesús (¡ay del que los provoca! Más le valdría…) va dirigida a todo el que escandaliza a uno de esos pequeños, sin hacer distinción de escándalos.

La segunda sentencia tiene por objeto la ofensa del hermano y el perdón de la misma: Si tu hermano te ofende (algo que resulta tan inevitable como el escándalo), repréndelo; si se arrepiente, perdónalo; si te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte “lo siento”, lo perdonarás.

Según esto, una persona arrepentida siempre será digna de perdón, aunque el arrepentimiento esté precedido por una reiteración de ofensas en el corto espacio de tiempo de un día. Puede haberte ofendido siete veces en el mismo día; si vuelve a decirte “lo siento” siete veces, lo perdonarás.

Con esta medida de actuación Jesús coloca el perdón de la ofensa muy por encima de la ofensa. Lo importante, a su juicio, es que prevalezca el perdón; pero para que esto suceda debe darse el arrepentimiento y la petición de perdón. La única condición requerida para obtener el perdón es el arrepentimiento (ese decir con sinceridad “lo siento”), que a su vez podrá ir precedido de la reprensión, una palabra correctora que hace recapacitar y estimula el arrepentimiento. Lo que importa, en último término, es que triunfe el perdón, de modo que se sobreponga a la dialéctica de las ofensas, hasta el día en que ya no sea necesario porque las ofensas hayan desparecido. Pero hasta que eso ocurra, importa que el perdón sobrepuje a la ofensa. Sólo él puede aportar la medicina capaz de curar las heridas provocadas por las ofensas. Sólo el perdón puede hacer que la ofensa no se convierta en una herida incurable o dé lugar a una ruptura irreparable.

La tercera sentencia se refiere a la fe y a la necesidad experimentada por los apóstoles de un aumento de fe. Eso es lo que, en un determinado momento, le piden los apóstoles a Jesús: Auméntanos la fe. Y él responde a la petición con una observación: Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esta morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os obedecería.

Luego si no son capaces de efectos tan grandiosos como el que formula el Maestro, es que su fe es muy pequeña, más aún que un insignificante granito de mostaza. No es extraño que teniendo una fe tan diminuta pidan, como el que pide un aumento de sueldo, un aumento de fe.

Ello sugiere que la fe admite diferentes tamaños y potencialidades que no corresponden necesariamente con las edades biológicas o emocionales de sus portadores, y que puede incrementarse o aminorarse, que puede incluso perderse o convertirse en fe muerta; y una fe muerta no puede mover ni una morera, ni un corazón humano. La potencia de la fe parece depender de su tamaño, y éste de que Dios, el Donante de la misma, quiera aumentarla, aunque tal aumento suela ir asociado a su cultivo por parte del creyente activo.

Si esto es así, a nosotros nos corresponden esa actividad que consiste en cultivarla y en pedirla: cultivarla con nutrientes que la fortalezcan, con el riego de la gracia, con el ejercicio robustecedor y con la oración incesante. Estos medios, que son los que el mismo Dios pone a nuestra disposición, nos proporcionarán seguramente ese aumento deseado de fe que nos es tan necesario a nosotros, como les era a los apóstoles, en este mundo descreído en que vivimos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

Capítulo sexto
Jóvenes con raíces

 

179. A veces he visto árboles jóvenes, bellos, que elevaban sus ramas al cielo buscando siempre más, y parecían un canto de esperanza. Más adelante, después de una tormenta, los encontré caídos, sin vida. Porque tenían pocas raíces, habían desplegado sus ramas sin arraigarse bien en la tierra, y así sucumbieron ante los embates de la naturaleza. Por eso me duele ver que algunos les propongan a los jóvenes construir un futuro sin raíces, como si el mundo comenzara ahora. Porque «es imposible que alguien crezca si no tiene raíces fuertes que ayuden a estar bien sostenido y agarrado a la tierra. Es fácil “volarse” cuando no hay desde donde agarrarse, de donde sujetarse»[98].


[98] Discurso en la Vigilia con los jóvenes en la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud en Panamá (26 enero 2019):L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (1 febrero 2019), p. 13.

Homilía – Domingo XXXIII de Tiempo Ordinario

TIEMPO DE CONSTRUIR EL REINO

 

TEXTO Y CONTEXTO

Para la correcta comprensión del texto evangélico de hoy es preciso tener en cuenta el lenguaje apocalíptico en que está escrito, muy en boga en tiempos de Jesús y después de él; así mismo, es necesario tener en cuenta la superposición del plano histórico (la destrucción de Jerusalén, símbolo de la desintegración de Israel) y el plano escatológico. Lucas pone en boca de Jesús sus palabras proféticas diez años después de haber sucedido la destrucción de Jerusalén. Había acontecido la tragedia el año 70. Fue un holocausto comparable al de los tiempos de Hitler. El historiador judío Flavio Josefo, que fue testigo del asedio de Jerusalén, narra que perecieron entre las llamas 6.000 israelitas en el templo, que el ejército de Tito mató a más de un millón de personas y que se llevó a Roma casi cien mil cautivos.

Para el pueblo de Israel este hecho marcó la liquidación total de una etapa de su historia. A partir de ahí vendría su desintegración como pueblo, para convertirse en un pueblo en diáspora por distintos continentes y naciones. Fue el fin de “su” mundo. Han sido veinte siglos de exilio, hasta que en 1947 se constituyó el Estado de Israel.

Es preciso, por lo demás, advertir que en las descripciones apocalípticas no hay que dar valor literal a cada detalle del fenómeno cósmico. La imaginería tremendista, propia de este género, es lenguaje simbólico y está al servicio del mensaje, que es, fundamentalmente, de esperanza.

Lucas toma la destrucción de Jerusalén, sobre todo de su templo, estructura emblemática de “poder”, como símbolo de la destrucción del mundo del pecado, los ídolos de muerte, para dar paso a un mundo nuevo, que se ha de gestar día a día. Muchos discípulos interpretan mal a Jesús. Lo que él anuncia como inminente es la destrucción de Jerusalén (“no pasará esta generación sin que se cumpla”), pero muchos no entienden que se refiere al pecado del mundo.

El mismo Pablo insinúa en sus cartas que la vuelta del Señor podría estar próxima (1Co 7,31), aunque nunca lo afirma como una certeza de fe; es más, indica claramente que “no sabemos el día, ya que vendrá como el ladrón en la noche” (1Ts 5,1-3). Y es que, presuponiendo la inmediatez de la parusía, algunos miembros de la comunidad de Tesalónica se hacían las cuentas que les hacen los líderes de las sectas a sus adeptos: “Si está para terminarse este mundo de un día para otro, ¿para qué trabajar?, ¿para qué preocuparse de mejorar el mundo si todo va a quedar reducido a pavesas de un momento a otro? Para cuatro días que quedan, compartamos buenamente lo que hay, agotemos las existencias”. Pablo, en definitiva, viene a decir que no sabemos nada con certeza en relación a la segunda venida del Señor; pero que, en todo caso, aunque fuera inminente, al Señor no se le espera brazo sobre brazo, sino como se espera al amo que nos ha llamado a cultivar su viña trabajando con tesón (Mt 20,1-16).

 

MENSAJE DE ESPERANZA

Lo que nos quiere decir este pasaje es que nuestra tierra será liberada de la esclavitud, que este planeta paradójico no durará para siempre. Lucas dice que “el fin” será un principio, que el fin es un preludio, una obertura, que nos lleva a la plenitud del Reino de Dios. Pero afirma que la historia seguirá siendo una historia de dramas, de tragedias, sufrimiento y dolores de parto. Jesús viene a recordar que la torre de Babel y los viejos imperios de la antigüedad han ido cayendo: caerá Jerusalén y su templo, caerá el imperio romano que los ha destruido, caerá el sacro imperio y todos los otros imperios hasta llegar al último que hemos visto derrumbarse: el comunista; pero él, su Reino, con los valores transcendentes, permanece “ayer, hoy y siempre” (Hb 13,8). Es insensato poner la confianza en las “potencias” de este mundo; son todas caducas. Jesús no quiere comunicar un mensaje aterrador. Tener durante veinte siglos a sus seguidores aterrorizados con amenazas significaría estar engañado o ser un sádico; Jesús comunica un mensaje de esperanza y una llamada a la vigilancia activa. “Dios viene siempre”, según la expresión de R. Tagore; viene a destruir los viejos mundos y a crear la nueva humanidad. Al fin, será la plenitud. Pero no se sabe cuándo será el fin.

No sabemos cuándo llegará la consumación del Reino. Lo que sí sabemos es que, en el entretanto, las personas, las comunidades y la Iglesia estamos comprometidos a construirlo. Lucas advierte a las comunidades que la venida del Señor no es inmediata, que no hagan caso a los profetas de calamidades y a los agoreros apocalípticos, que lo que hay que hacer es entregarse apasionadamente a la construcción del Reino, al anuncio del Evangelio y a hacer surgir nuevas comunidades de Jesús. También hoy hay cristianos que sufren una tentación semejante a la que padecieron los tesalonicenses. De ello levantó acta el mismo Vaticano II: “Se apartan de la verdad todos aquellos que, conscientes de que nosotros no tenemos aquí una patria permanente, sino que buscamos la venidera, juzgan que pueden descuidar sus obligaciones terrenales…” (GS 43). Estos cristianos traicionan su vocación de sal, fermento y luz (Mt 5,13-16), de constructores del Reino en el mundo, que es donde se gesta, no en la estratosfera. Constantemente sentimos la tentación de recluirnos en la esfera de lo privado y desentendernos de la sociedad.

No sabemos ni cuándo ni cómo será la consumación del Reino, pero sí sabemos que “la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto”, que “será liberada de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios y Dios será todo en todos” (Rm 8,22-25; 1Co 15,28). Pero, mientras tanto, hemos de estar empeñados en construir la nueva ciudad, el nuevo mundo; algo así como cuando se construyen los lugares comunes del pueblo en los cuales cada uno hace su aporte. La historia de salvación la hemos de hacer entre todos.

 

DEL VIEJO AL NUEVO MUNDO

El cristiano es una persona inconformista. Conoce, a grandes rasgos al menos, el proyecto de Dios, cree en la utopía, en la humanidad sin guerra, sin desigualdades, sin opresiones, sin violencias, sabe que esa humanidad no existe todavía, pero sigue como proyecto. Hay un mundo viejo que es preciso derruir y una sociedad en la que los hombres nos hemos connaturalizado con verdaderas monstruosidades que nada tienen que ver con el proyecto de Dios y la dignidad de las personas. Nos hemos acostumbrado a que mueran cada año alrededor de sesenta millones de hermanos nuestros; nos hemos acostumbrado a desigualdades espantosas, según las cuales pocos tienen mucho y muchos tienen poco; nos hemos acostumbrado a las guerras ruidosas o silenciosas, a las relaciones agresivas y de pura competitividad, a vivir en rebaño, ausentes unos de otros, a instrumentalizar unos a otros, a manipularnos con el poder, el dinero, la ciencia o la influencia. Ciertamente, nos falta mucho para que nuestra convivencia sea fraterna y nuestro mundo como Dios quiere. El advenimiento del Reino supone el derribo del mundo viejo. La instauración de lo nuevo exige la destrucción de lo viejo. Esto supone la necesidad de profetas que cumplan la orden del Señor: “Arranca y planta, destruye y edifica” {Documentos de Medellín, Introducción).

Jesús advierte que nos espera su misma suerte; quien ose tocar los ídolos de muerte, quien pretenda crear una sociedad nueva en la que los viejos amos pierdan sus privilegios y los que mandan sean los primeros en servir (Mt 20,26), puede provocar que estalle la persecución… No hay redentor sin cruz.

Jesús no puede ser más explícito: “Os echarán mano, os perseguirán entregándoos a los tribunales y a las cárceles…”. Cuando Lucas escribe estas palabras, ya no son simples advertencias, sino cruda realidad martirial. Ya han sido perseguidos, encarcelados y martirizados bastantes cristianos. Pero, al mismo tiempo, Jesús agrega algo muy importante: “Seréis revestidos con la fuerza de lo alto” (Hch 1,8); “no seréis vosotros los que habléis; el Espíritu hablará por vosotros” (Mt 10,20); “yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrán hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro” (Lc 21,15). Se trata de dolores de parto de una sociedad nueva, de una Iglesia nueva, de una familia nueva. Son “dolores”, pero de “parto”, lo que supone una mezcla de alegría, como en la mujer que da a luz. Por eso Pedro y Juan están tan contentos de padecer ultrajes por el Señor y su Causa (Hch 5,41), y por eso Pablo “rebosa de gozo en toda tribulación” (2Co 7,4). W. Bughard dice que la actitud del cristiano debe ser sencillamente la del que vive “como sí el día del Señor fuese mañana”, aprovechando el tiempo para luchar a brazo partido por el Reino, porque, en definitiva, como dice Disraeli, “la vida es demasiado breve para ser mezquina”.

 

Atilano Aláiz

Lc 21, 5-19 (Evangelio Domingo XXXIII de Tiempo Ordinario)

El texto del evangelio de Lucas corresponde a lo que se ha llamado el discurso escatológico de Jesús que aparece en los tres evangelios sinópticos, aunque con visiones diferentes entre uno y otro. El de Lucas es el más explícito en cuanto a corregir los abusos de algunos que se presentaban en Jerusalén o en cualquier comunidad para decir que llegaba el día del Señor, el fin del mundo, para que les siguieran a ellos. Lucas tuvo mucho cuidado de catequizar a su comunidad al respecto, en el sentido de que no fue un evangelista que se dejó impresionar demasiado por el lenguaje y los símbolos apocalípticos. Conserva, eso sí, el talante profético de este discurso que se pone en boca de Jesús como en Mc 13. El discurso base de Mc 13 pudo ser redactado, tal como lo tenemos ahora, en un momento de la crisis que Calígula provoca en la comunidad judía, y por lo mismo en la comunidad cristiana: mandó que se le levantara una estatua en la explanada del templo. Pero Lucas, por su parte y mucho más tarde de estos acontecimientos, trata de serenar y tranquilizar, máxime teniendo en cuenta que él conoció o tuvo noticia de la destrucción de Jerusalén en el año 70 de nuestra era. Esta es una tesis no aceptada por todo el mundo, pero que parece lógica. De hecho, Lucas es el autor del NT que mejor ha sabido asumir el mensaje profético-apocalíptico de Jesús mirando a la historia como lo más positivo, sin estar obsesionados por el final catastrófico de movimientos sectarios.

Con la destrucción de Jerusalén no llegó el fin del mundo, ni del judaísmo siquiera. Los judíos pensaban que el día que el templo fuera destruido desaparecería el pueblo de Israel. ¡No fue así! Porque sin templo, una religión puede tener mucho sentido. Luego, había que reinterpretar todos esos acontecimientos. Lucas prepara a su comunidad para las persecuciones, ya que los cristianos serán perseguidos; pero eso no es el final. Las urgencias apocalípticas no son la mejor manera para catequizar o hablar de Dios y de su salvación, pero tampoco debemos vivir con la pretensión de instalarnos aquí para siempre. El anhelo de un mundo mejor es lo radicalmente cristiano. Y ese mundo mejor se ampara en una vida nueva, en una experiencia nueva de vida que no podemos programar… como casi todo se programa hoy. No podemos avergonzarnos, los cristianos, de decir y proclamar que eso está en las manos del Dios “amigo de la vida”, que para eso nos ha creado.

No podemos menos de tener cuidado cuando nos adentramos en el sentido de un texto como este. De hecho, el fin del mundo y de la historia, que en algunos círculos cristianos surgía de vez en cuando, no se ha llevado a cabo. Es seguro que Jesús nunca se definió por un fin del mundo y de la historia con la llegada del reinado de Dios. No era un iluso, aunque fuera un “profeta” escatológico. Pero con ello hay que entender que algo nuevo y “definitivo” estaba surgiendo con su llamada a la conversión y a buscar a Dios con toda el alma y todo el corazón. Porque los reinos de este mundo solamente provocan guerras y catástrofes, pero el Reino de Dios al que él le dedica su vida, nos trae la justicia y la paz. Si no es así es porque los poderosos de este mundo quieren ocupar el lugar de Dios en la historia. Y es eso lo que se condena con este discurso. Los cristianos deben saber que estarán en conflicto con los que dominan en el mundo. En el caso de Lucas, el discurso prepara a los cristianos, no para el fin del mundo, sino para estar dispuestos a la persecución y a la lucha si en verdad son fieles al mensaje de profeta de Galilea. Por ello hay que mantenerse “vigilantes”, pero no por catástrofes apocalípticas, sino porque el reinado de Dios es una instancia crítica que no puede aceptar en muchas ambientes de este mundo.

2ª Tes 3, 7-12 (2ª lectura Domingo XXXIII de Tiempo Ordinario)

La segunda lectura es un texto continuación del domingo anterior. Supone una lección muy concreta, precisamente para corregir ciertos abusos que se dieron en algunas comunidades donde, personas con mentalidad apocalíptica que esperaban el fin del mundo, se cruzaban de brazos o se aprovechaban de los que eran más sensatos y conscientes de que, mientras el mundo sea mundo y la historia sea historia real, se debe vivir en ella con dignidad y responsabilidad. Bajo la mentalidad religiosa desenfocada se pueden producir abusos que no deben ser tolerados en la comunidad.

El autor -se pretende que sea Pablo- da su testimonio personal de que él, aún siendo apóstol y teniendo derecho a vivir de ese trabajo (Cf 1Cor 9,6ss; Gal 6,6), sin embargo trabajó lo necesario para subsistir (Hch 18,3; 1Cor 4,12). Este texto, pues, viene bien para no preocuparse demasiado por el final del mundo y para no vivir en la fiebre de una mentalidad apocalíptica. Esto sigue interesando mucho a ciertos grupos sectarios, que más allá de lo religioso, embaucan a muchos por nada.

Mal 3, 19-20 (1ª lectura Domingo XXXIII TO)

En la línea litúrgica de presentar los temas sobre las últimas cosas de la vida y de la historia, al final del año litúrgico, la lecturas de este domingo pecan un poco de apocalípticas. Este es un género literario religioso que tiene sus contradicciones, acertado en algunas cosas por su inspiración profética y desenfocado en otras. Es una literatura para tiempos de crisis, en que se ambiciona una identidad frente a culturas nuevas que pretenden arrasar con todo el pasado; refugio, en otros momentos, de mentalidades fundamentalistas. En la Biblia existe de todo eso un poco y a lo largo de la historia siempre ha habido grupos y personas que se encuentran demasiado a gusto en esos perfiles.

La lectura de Malaquías es un buen ejemplo de ese tipo de presentación. Es un texto que se centra en un término consagrado de la teología profética del Antiguo Testamento: el día de Yahvé, el día de la actuación de Dios. Para aquella mentalidad se trataba de presentar el final de la historia. Y son obvias sus afirmaciones: para los que han vivido arrogantemente, en la injusticia, en la ceguera del poder y la corrupción, será su final. Pero los que han vivido según el proyecto de Dios no tienen por qué temer. Es lógico pensar que alguien tiene que denunciar a los arrogantes y soberbios que un día todo eso se acabará; en ese sentido los mensajes apocalípticos tienen mucho de profético. Es, a veces, el grito reivindicativo de los que han soportado la injusticia y el oprobio.

Comentario al evangelio – 11 de noviembre

Si tu hermano te ofende siete veces en un día…

Si mi hermano me ofende siete veces en un día, es que la tiene tomada conmigo.Si mi hermano me ofende siete veces al día… dan ganas de soltarle cuatro cosas bien dichas.

El Evangelio de Jesús me da «permiso» para reprenderle». Menos mal.

Aunque no es tan frecuente que te pidan perdón otras tantas veces.

Entiendo que ante esta desmesurada pretensión de Jesús de perdonar otras tantas veces, los apóstoles reaccionen pidiéndole que le aumente la fe. Porque sí, hace falta mucha fe para perdonar, y además no sentirse un poco «tonto» (por poner una palabra «suave»).

Perdonarle no significa decir que lo que me has hecho no tiene ninguna importancia. Quizá la tiene. Y además duele.

Perdonar no supone automáticamente que se cierren las heridas, que aquí no ha pasado nada y que vuelves a ser mi hermano querido del alma. Esto a veces necesita mucho tiempo. No por echar agua oxigenada y Betadine en una herida, ésta se cura de golpe. Las cicatrices exigen paciencia y cuidados. Es posible que las cosas nunca vuelvan a ser como antes. Es posible que los problemas sigan ahí. Y es normal que uno sea precavido, y procure evitar la ocasión de que te zumben de nuevo donde te duele.

Perdonar quiere decir que no estoy dispuesto a seguir relacionándome contigo desde esas fuerzas oscuras que brotan tan espontáneas del corazón, cuando se siente herido.

Perdonar quiere decir renunciar a devolverte con la misma moneda. Porque en ese caso le estoy dando poder sobre mí: me está imponiendo un comportamiento que no deseo, y que nuevamente me hace daño. Si utilizo sus mismas armas… me ha vencido, ha «manipulado» mis comportamientos, ha dejado que se almacene en mí la agresividad y el resentimiento. Y porque no quiero que sea así, «perdono».

Aunque pueda tener la sensación de que estoy siendo un poco «bobo» perdonando tantas veces al día, no se trata de un acto de debilidad: es un acto de fuerza. Porque me enfrento con todo aquello que quiero arrancar de mí, y porque decido tratarte de manera nueva, constructiva. A ver si así «desactivo» tu empeño en meterte conmigo.

Y perdono porque recuerdo el bien que me ha hecho cuando yo me he sentido perdonado: es decir, acogido y querido a pesar de mis errores y limitaciones, de los malos días que uno tiene, y hasta con la posibilidad de ser incapaz de cambiarlos.

Esto es algo que Dios nos hace experimentar cada vez que somos sinceros con nosotros mismos, y como un pobre, sin poderlo exigir, solicitamos a Dios que espere, que ya cambiaremos, que nos hemos propuesto ser mejores… y él nos dice: ¡Deuda cancelada! ¡Se acabó! Empieza de nuevo y no te acuerdes más de todo eso que tanto te duele y avergüenza.

Al perdonar intentamos llevar a otros la experiencia de lo que Dios hace continuamente conmigo. Porque a él sí que le fallo yo mucho más de siete veces al día. El perdón recibido se convierte en una dinámica contagiosa cuando yo procuramos acoger, comprender y dar una nueva oportunidad al otro a pesar de todo… simplemente porque le quiero, y porque es mi hermano… Aunque no creo que se me pueda reprochar, cuando mi fe no es suficiente, cuando mi capacidad de aguante llega al límite… que ponga tierra por medio y evite la ocasión de que me «fastidien» de nuevo. Mientras sigo pidiendo: «Señor, auméntame la fe». Porque tengo que reconocer que a veces perdonar es más difícil que trasplantar moreras al mar.

Enrique Martínez cmf