Comentario del 11 de noviembre

El pasaje evangélico de Lucas recoge tres sentencias de Jesús relativas al escándalo, a la ofensa del hermano y a la fe y su potencial. Son textos que ya se han comentado en otras versiones del evangelio y con más profusión de detalles. No obstante, volvemos sobre ellos intentando destacar alguno de sus aspectos más sobresalientes. Decía Jesús, a propósito de los escándalos, que es inevitable que sucedan, pero que ¡ay del que los provoca! ¿Por qué esta inevitabilidad? Porque para eliminar el escándalo habría que eliminar el pecado.

Mientras haya pecado en el mundo, habrá escándalos, ya que el pecado ejerce un influjo nocivo sobre los demás, especialmente sobre los más débiles en la fe o en la virtud. El pecado es contagioso e incitante. Debido a la dimensión social del pecado, éste adquiere fácilmente el rango de «cosa escandalosa» o «piedra de tropiezo» para otros.

Y los más expuestos a la acción funesta del escándalo serán siempre los pequeños, los más débiles por razón de la edad, de la inmadurez psicológica o de la carencia de recursos para hacer frente a las malas influencias. Así lo entiende Jesús, que hace recaer una condena muy severa sobre el causante o provocador de estos escándalos: Al que escandaliza a uno de estos pequeños, más le valdría que le encajaran en el cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar.

Escandalizar a un pequeño es introducir en la senda del mal al que vivía al margen de ella, exactamente lo contrario a encaminar por la senda del bien al hermano descarriado. Si el que convierte a un pecador merece todos los elogios posibles, el que escandaliza a un inocente se hace digno de la mayor condena. Un escandalizado es alguien que, por razón del escándalo, empieza a cuestionarse cosas como su fe o el valor de su rectitud moral. El escándalo sufrido introduce en el alma la desconfianza, mina las convicciones más profundas, resquebraja las certezas más asentadas y pone en crisis los fundamentos en los que se apoyaba esa vida. El escándalo provoca de ordinario una verdadera conmoción que amenaza con arruinar la vida del escandalizado que, empezando a desconfiar de personas, pasa a desconfiar de instituciones como la Iglesia y acaba desconfiando del mismo Dios y de su existencia.

Y si podemos distinguir escandalizados, también es posible distinguir escándalos. Los hay abruptos o estruendosos y los hay silenciosos. Hay escándalos que provocan alarma social como los actuales casos de pederastia protagonizados por personas (sacerdotes, profesores, formadores) que deberían ser modelos de honestidad o integridad moral; y los hay que se ejecutan y propagan furtiva o silenciosamente sin que apenas se adviertan, porque la atmósfera de permisividad existente los consiente de manera tácita o explícita y los oculta o disimula. Y aunque no provoquen alarma social, no dejan de ser escándalos, ya que incitan a vivir de espaldas a Dios y a sus mandamientos y a llevar una vida afincada en el pecado, un pecado, por cierto, que ya no se percibe como tal, puesto que ha sido desclasificado del elenco de lo censurable.

Pues bien, la imprecación de Jesús (¡ay del que los provoca! Más le valdría…) va dirigida a todo el que escandaliza a uno de esos pequeños, sin hacer distinción de escándalos.

La segunda sentencia tiene por objeto la ofensa del hermano y el perdón de la misma: Si tu hermano te ofende (algo que resulta tan inevitable como el escándalo), repréndelo; si se arrepiente, perdónalo; si te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte «lo siento», lo perdonarás.

Según esto, una persona arrepentida siempre será digna de perdón, aunque el arrepentimiento esté precedido por una reiteración de ofensas en el corto espacio de tiempo de un día. Puede haberte ofendido siete veces en el mismo día; si vuelve a decirte «lo siento» siete veces, lo perdonarás.

Con esta medida de actuación Jesús coloca el perdón de la ofensa muy por encima de la ofensa. Lo importante, a su juicio, es que prevalezca el perdón; pero para que esto suceda debe darse el arrepentimiento y la petición de perdón. La única condición requerida para obtener el perdón es el arrepentimiento (ese decir con sinceridad «lo siento»), que a su vez podrá ir precedido de la reprensión, una palabra correctora que hace recapacitar y estimula el arrepentimiento. Lo que importa, en último término, es que triunfe el perdón, de modo que se sobreponga a la dialéctica de las ofensas, hasta el día en que ya no sea necesario porque las ofensas hayan desparecido. Pero hasta que eso ocurra, importa que el perdón sobrepuje a la ofensa. Sólo él puede aportar la medicina capaz de curar las heridas provocadas por las ofensas. Sólo el perdón puede hacer que la ofensa no se convierta en una herida incurable o dé lugar a una ruptura irreparable.

La tercera sentencia se refiere a la fe y a la necesidad experimentada por los apóstoles de un aumento de fe. Eso es lo que, en un determinado momento, le piden los apóstoles a Jesús: Auméntanos la fe. Y él responde a la petición con una observación: Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esta morera: «Arráncate de raíz y plántate en el mar», y os obedecería.

Luego si no son capaces de efectos tan grandiosos como el que formula el Maestro, es que su fe es muy pequeña, más aún que un insignificante granito de mostaza. No es extraño que teniendo una fe tan diminuta pidan, como el que pide un aumento de sueldo, un aumento de fe.

Ello sugiere que la fe admite diferentes tamaños y potencialidades que no corresponden necesariamente con las edades biológicas o emocionales de sus portadores, y que puede incrementarse o aminorarse, que puede incluso perderse o convertirse en fe muerta; y una fe muerta no puede mover ni una morera, ni un corazón humano. La potencia de la fe parece depender de su tamaño, y éste de que Dios, el Donante de la misma, quiera aumentarla, aunque tal aumento suela ir asociado a su cultivo por parte del creyente activo.

Si esto es así, a nosotros nos corresponden esa actividad que consiste en cultivarla y en pedirla: cultivarla con nutrientes que la fortalezcan, con el riego de la gracia, con el ejercicio robustecedor y con la oración incesante. Estos medios, que son los que el mismo Dios pone a nuestra disposición, nos proporcionarán seguramente ese aumento deseado de fe que nos es tan necesario a nosotros, como les era a los apóstoles, en este mundo descreído en que vivimos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística