Homilía – Domingo XXXIII de Tiempo Ordinario

TIEMPO DE CONSTRUIR EL REINO

 

TEXTO Y CONTEXTO

Para la correcta comprensión del texto evangélico de hoy es preciso tener en cuenta el lenguaje apocalíptico en que está escrito, muy en boga en tiempos de Jesús y después de él; así mismo, es necesario tener en cuenta la superposición del plano histórico (la destrucción de Jerusalén, símbolo de la desintegración de Israel) y el plano escatológico. Lucas pone en boca de Jesús sus palabras proféticas diez años después de haber sucedido la destrucción de Jerusalén. Había acontecido la tragedia el año 70. Fue un holocausto comparable al de los tiempos de Hitler. El historiador judío Flavio Josefo, que fue testigo del asedio de Jerusalén, narra que perecieron entre las llamas 6.000 israelitas en el templo, que el ejército de Tito mató a más de un millón de personas y que se llevó a Roma casi cien mil cautivos.

Para el pueblo de Israel este hecho marcó la liquidación total de una etapa de su historia. A partir de ahí vendría su desintegración como pueblo, para convertirse en un pueblo en diáspora por distintos continentes y naciones. Fue el fin de «su» mundo. Han sido veinte siglos de exilio, hasta que en 1947 se constituyó el Estado de Israel.

Es preciso, por lo demás, advertir que en las descripciones apocalípticas no hay que dar valor literal a cada detalle del fenómeno cósmico. La imaginería tremendista, propia de este género, es lenguaje simbólico y está al servicio del mensaje, que es, fundamentalmente, de esperanza.

Lucas toma la destrucción de Jerusalén, sobre todo de su templo, estructura emblemática de «poder», como símbolo de la destrucción del mundo del pecado, los ídolos de muerte, para dar paso a un mundo nuevo, que se ha de gestar día a día. Muchos discípulos interpretan mal a Jesús. Lo que él anuncia como inminente es la destrucción de Jerusalén («no pasará esta generación sin que se cumpla»), pero muchos no entienden que se refiere al pecado del mundo.

El mismo Pablo insinúa en sus cartas que la vuelta del Señor podría estar próxima (1Co 7,31), aunque nunca lo afirma como una certeza de fe; es más, indica claramente que «no sabemos el día, ya que vendrá como el ladrón en la noche» (1Ts 5,1-3). Y es que, presuponiendo la inmediatez de la parusía, algunos miembros de la comunidad de Tesalónica se hacían las cuentas que les hacen los líderes de las sectas a sus adeptos: «Si está para terminarse este mundo de un día para otro, ¿para qué trabajar?, ¿para qué preocuparse de mejorar el mundo si todo va a quedar reducido a pavesas de un momento a otro? Para cuatro días que quedan, compartamos buenamente lo que hay, agotemos las existencias». Pablo, en definitiva, viene a decir que no sabemos nada con certeza en relación a la segunda venida del Señor; pero que, en todo caso, aunque fuera inminente, al Señor no se le espera brazo sobre brazo, sino como se espera al amo que nos ha llamado a cultivar su viña trabajando con tesón (Mt 20,1-16).

 

MENSAJE DE ESPERANZA

Lo que nos quiere decir este pasaje es que nuestra tierra será liberada de la esclavitud, que este planeta paradójico no durará para siempre. Lucas dice que «el fin» será un principio, que el fin es un preludio, una obertura, que nos lleva a la plenitud del Reino de Dios. Pero afirma que la historia seguirá siendo una historia de dramas, de tragedias, sufrimiento y dolores de parto. Jesús viene a recordar que la torre de Babel y los viejos imperios de la antigüedad han ido cayendo: caerá Jerusalén y su templo, caerá el imperio romano que los ha destruido, caerá el sacro imperio y todos los otros imperios hasta llegar al último que hemos visto derrumbarse: el comunista; pero él, su Reino, con los valores transcendentes, permanece «ayer, hoy y siempre» (Hb 13,8). Es insensato poner la confianza en las «potencias» de este mundo; son todas caducas. Jesús no quiere comunicar un mensaje aterrador. Tener durante veinte siglos a sus seguidores aterrorizados con amenazas significaría estar engañado o ser un sádico; Jesús comunica un mensaje de esperanza y una llamada a la vigilancia activa. «Dios viene siempre», según la expresión de R. Tagore; viene a destruir los viejos mundos y a crear la nueva humanidad. Al fin, será la plenitud. Pero no se sabe cuándo será el fin.

No sabemos cuándo llegará la consumación del Reino. Lo que sí sabemos es que, en el entretanto, las personas, las comunidades y la Iglesia estamos comprometidos a construirlo. Lucas advierte a las comunidades que la venida del Señor no es inmediata, que no hagan caso a los profetas de calamidades y a los agoreros apocalípticos, que lo que hay que hacer es entregarse apasionadamente a la construcción del Reino, al anuncio del Evangelio y a hacer surgir nuevas comunidades de Jesús. También hoy hay cristianos que sufren una tentación semejante a la que padecieron los tesalonicenses. De ello levantó acta el mismo Vaticano II: «Se apartan de la verdad todos aquellos que, conscientes de que nosotros no tenemos aquí una patria permanente, sino que buscamos la venidera, juzgan que pueden descuidar sus obligaciones terrenales…» (GS 43). Estos cristianos traicionan su vocación de sal, fermento y luz (Mt 5,13-16), de constructores del Reino en el mundo, que es donde se gesta, no en la estratosfera. Constantemente sentimos la tentación de recluirnos en la esfera de lo privado y desentendernos de la sociedad.

No sabemos ni cuándo ni cómo será la consumación del Reino, pero sí sabemos que «la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto», que «será liberada de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios y Dios será todo en todos» (Rm 8,22-25; 1Co 15,28). Pero, mientras tanto, hemos de estar empeñados en construir la nueva ciudad, el nuevo mundo; algo así como cuando se construyen los lugares comunes del pueblo en los cuales cada uno hace su aporte. La historia de salvación la hemos de hacer entre todos.

 

DEL VIEJO AL NUEVO MUNDO

El cristiano es una persona inconformista. Conoce, a grandes rasgos al menos, el proyecto de Dios, cree en la utopía, en la humanidad sin guerra, sin desigualdades, sin opresiones, sin violencias, sabe que esa humanidad no existe todavía, pero sigue como proyecto. Hay un mundo viejo que es preciso derruir y una sociedad en la que los hombres nos hemos connaturalizado con verdaderas monstruosidades que nada tienen que ver con el proyecto de Dios y la dignidad de las personas. Nos hemos acostumbrado a que mueran cada año alrededor de sesenta millones de hermanos nuestros; nos hemos acostumbrado a desigualdades espantosas, según las cuales pocos tienen mucho y muchos tienen poco; nos hemos acostumbrado a las guerras ruidosas o silenciosas, a las relaciones agresivas y de pura competitividad, a vivir en rebaño, ausentes unos de otros, a instrumentalizar unos a otros, a manipularnos con el poder, el dinero, la ciencia o la influencia. Ciertamente, nos falta mucho para que nuestra convivencia sea fraterna y nuestro mundo como Dios quiere. El advenimiento del Reino supone el derribo del mundo viejo. La instauración de lo nuevo exige la destrucción de lo viejo. Esto supone la necesidad de profetas que cumplan la orden del Señor: «Arranca y planta, destruye y edifica» {Documentos de Medellín, Introducción).

Jesús advierte que nos espera su misma suerte; quien ose tocar los ídolos de muerte, quien pretenda crear una sociedad nueva en la que los viejos amos pierdan sus privilegios y los que mandan sean los primeros en servir (Mt 20,26), puede provocar que estalle la persecución… No hay redentor sin cruz.

Jesús no puede ser más explícito: «Os echarán mano, os perseguirán entregándoos a los tribunales y a las cárceles…». Cuando Lucas escribe estas palabras, ya no son simples advertencias, sino cruda realidad martirial. Ya han sido perseguidos, encarcelados y martirizados bastantes cristianos. Pero, al mismo tiempo, Jesús agrega algo muy importante: «Seréis revestidos con la fuerza de lo alto» (Hch 1,8); «no seréis vosotros los que habléis; el Espíritu hablará por vosotros» (Mt 10,20); «yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrán hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro» (Lc 21,15). Se trata de dolores de parto de una sociedad nueva, de una Iglesia nueva, de una familia nueva. Son «dolores», pero de «parto», lo que supone una mezcla de alegría, como en la mujer que da a luz. Por eso Pedro y Juan están tan contentos de padecer ultrajes por el Señor y su Causa (Hch 5,41), y por eso Pablo «rebosa de gozo en toda tribulación» (2Co 7,4). W. Bughard dice que la actitud del cristiano debe ser sencillamente la del que vive «como sí el día del Señor fuese mañana», aprovechando el tiempo para luchar a brazo partido por el Reino, porque, en definitiva, como dice Disraeli, «la vida es demasiado breve para ser mezquina».

 

Atilano Aláiz