Comentario del 12 de noviembre

Jesús, recurriendo a un comportamiento propio de la vida social en la que él se desenvuelve, nos invita a mantener una actitud de humildad en el cumplimiento del deber (=lo que teníamos que hacer) que no es sino la respuesta adecuada a lo que Dios quiere de nosotros. Decía Jesús: Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: «En seguida, ven y ponte a la mesa»? ¿No le diréis: «Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo; y después comerás y beberás tú»?

Jesús parte de un supuesto: el de un criado que trabaja para nosotros como labrador o pastor. Pero la obligación de este criado no se reduce a las tareas agrícolas o ganaderas; desempeña también tareas de servicio doméstico. Su jornada laboral se prolonga, pues, hasta completar estos servicios. No se concibe, por tanto, que a la vuelta del campo, el amo le diga: Siéntate a la mesa que voy a ponerte de cenar. Un amo nunca sirve al criado. Es el criado el que sirve al amo en todas las circunstancias. Así estaba socialmente establecido. Por eso lo usual es que se le diga: Prepárame de cenar, y luego comerás tú.

El trabajo de este criado era en parte similar al servicio doméstico de una “interna” en nuestros días. ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado, es decir, porque ha cumplido su obligación? La respuesta a esta pregunta, aunque parezca adolecer de humanidad, es no. Es lo que le corresponde hacer como criado. Forma parte de su contrato. Y finalmente la aplicación: Lo mismo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: «Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer».

Aquí hay sin duda una invitación a la humildad. No podemos vanagloriarnos en ningún caso de nuestras obras en la presencia de Dios, ni podemos presentarnos ante Él con exigencias. Ante Él no cabe la prepotencia ni la reivindicación salarial. Sólo cabe reconocer lo que somos: unos pobres siervos, que después de haber cumplido sus obligaciones, se limitan a decir: hemos hecho lo que teníamos que hacer.

Ésta tendría que ser nuestra actitud. Pero esto no significa que para Dios seamos unos simples siervos que no merecen siquiera una muestra de gratitud. Desde el momento en que Dios nos ha hecho hijos, nos reconoce y nos trata como a hijos. Basta que releamos la parábola del hijo pródigo para tomar conciencia de ello. Lo mismo hace Jesús con sus discípulos, a quienes eleva al rango de amigos, porque les ha dado a conocer su intimidad.

El hecho, sin embargo, de que Dios nos quiera y nos trate como a hijos no contradice la actitud de humildad que espera encontrar en nosotros tras haber cumplido todo lo mandado, similar a la de un criado dócil en relación con su amo. Creo que ambas cosas son compatibles: la conciencia de hijo y la actitud de siervo, que no se siente digno de recibir de su señor más que lo que éste considere oportuno. Al menos, estas dos conciencias confluyen en María: la de hija y la de esclava del Señor. Y la una no le quita el puesto a la otra. Que el Señor nos mantenga hijos “sin exigencias”, hijos con conciencia de siervos, es decir, hijos con conciencia de indignidad o hijos que lo son por pura gracia.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística