La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

3.- EL MAGNIFICAT

Lc 1, 46-56

Ante todos estos prodigios, María se siente arrastrada a manifestar los pensamientos que le han servido de alimento desde el instante de la Anunciación. No eran raras las improvisaciones poéticas entre los hebreos. El Magníficat es el espejo de su alma, refleja lo que hay en ella. En este bellísimo cántico evoca algunos pasajes del Antiguo Testamento que Ella conocía bien. Habían sido -¡tantas veces!- materia de su oración. La mayor parte de las palabras están tomadas de los profetas y de los salmos, pero adquieren un sentido completamente nuevo en sus labios.

En primer lugar, María glorifica a Dios por haberla hecho Madre del Salvador. Y expone el motivo por el cual la llamarán bienaventurada todas las generaciones y la causa de su alegría. Muestra cómo en el misterio de la Encarnación se manifiestan a la vez el poder, la santidad y la misericordia divinas.

María exclamó:

Glorifica mi alma al Señor,
y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador:
porque ha puesto los ojos
en la bajeza de su esclava;
por eso desde ahora me llamarán
bienaventurada todas las naciones.
Porque ha hecho en mí cosas grandes
el Todopoderoso,
cuyo nombre es Santo,
cuya misericordia se derrama
de generación en generación
sobre los que le temen.

María anuncia que la llamarán bienaventurada todas las naciones. Parece inconcebible que una muchacha con quince años escasos, desprovista de fortuna y de toda posición social, desconocida en aquella nación pequeña, pudiera proclamar confiadamente que la llamarán bienaventurada todas las naciones. Y así ha sido. Nosotros seguimos cumpliendo ahora aquellas palabras proféticas. Millones de personas cada día, de formas diversas, la honran y alaban y acuden a su intercesión bajo advocaciones diversísimas.

En segundo lugar, la Virgen declara cómo el Señor tiene predilección por los humildes, resistiendo a los soberbios y a los que creen bastarse a sí mismos sin querer necesitar a Dios. Ella se sitúa entre los pobres, los necesitados…

Manifestó el poder de su brazo,
dispersó a los soberbios de corazón.
Derribó a los poderosos de su trono
y ensalzó a los humildes.
Colmó de bienes a los hambrientos,
y a los ricos los despidió sin nada.

En tercer término, María proclama que Dios, según su promesa, cuida del pueblo escogido, al que otorga el mayor título de gloria: el nacimiento de Jesucristo, judío según la carne:

Acogió a Israel su siervo,
recordando su misericordia,
según había prometido a nuestros padres,
a Abrahán y a su descendencia para siempre.

El canto refleja la visión profunda de María acerca de la historia de los hombres y de Dios; su vida verdadera, que reconoce las grandezas propias, pero llega hasta sus raíces: son gracia de Dios. En todo el canto, María sabe retirarse a un segundo plano. Dios es el verdadero protagonista en su vida y en la historia. Aparece aquí la Virgen en momentos de luz, de juventud, de una maternidad feliz.

San Lucas termina la escena con estas palabras: María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa. La mención expresa de los tres meses, tiempo que faltaba para el nacimiento de Juan, lleva a pensar con toda lógica que María se quedó con Isabel hasta el nacimiento de Juan. Muy probablemente algunos días más, pues imaginamos que no faltaría a la circuncisión y a la imposición del nombre ocho días más tarde, y a la pequeña fiesta familiar que tenía lugar con este motivo.