Comentario del 13 de noviembre

El evangelista refiere que Jesús iba camino de Jerusalén, entre las regiones de Galilea y Samaría. Y al entrar en un pueblo le salieron al encuentro diez leprosos que lo reconocen; por eso, manteniéndose a distancia, como era preceptivo, le gritan: Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.

La fama del maestro sanador se había extendido a muchos lugares. No es extraño, por tanto, que acudan a él de todas partes buscando el beneficio de la curación. Tratándose de enfermos, suplicarle compasión era solicitar el bien de la salud de que estaban tan faltos. Y Jesús responde a su solicitud porque es compasivo y misericordioso. Pero a veces lo hace, como en este caso, de una manera casi imperceptible. Jesús se limita a darles una consigna: Id a presentaros a los sacerdotes.

Eran los sacerdotes quienes tenían que confirmar la curación de los leprosos, declarándoles puros y permitiéndoles reintegrarse de nuevo en la vida social ordinaria, puesto que vivían apartados de los núcleos poblados, en el extrarradio de las ciudades y aldeas. Aquella consigna con tono de mandato tuvo que sonarles a buen augurio. Por eso se disponen de inmediato a ejecutarla. Y mientras van de camino, quedan limpios.

La explosión de alegría tuvo que ser extraordinaria. Pero de los diez leprosos, sólo uno, viéndose curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos, se echó por tierra a los pies de Jesús y le dio gracias. Entiende que es Dios el que ha obrado en su favor por medio de Jesús. Por eso tiene alabanzas para Dios, reconociendo su grandeza y su poder, y gratitud para con Jesús, agradeciendo su compasión y acogiéndole como aliado de Dios, que realiza por su medio grandes obras. El leproso consciente del don y agradecido era un samaritano. De nuevo, el no judío, el cismático, el excluido, ganándose los elogios de Jesús, que repara en este hecho y lo pone de relieve: ¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios? Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado.

Pues sí, resulta que el único que había vuelto para agradecer el beneficio de la curación y para dar gloria a Dios era un extranjero, más aún, un cismático, aquel del que menos cabía esperarlo. En realidad era un ser humano que tenía fe en Dios y en su enviado, Jesucristo. Y porque tenía fe, podía esperar de ellos la curación de su enfermedad y la liberación de su maldición. Y cuando la obtiene, después de haberla suplicado, la agradece glorificando a Dios y dando gracias a su inmediato sanador.

También aquel leproso había enfermado y había recuperado la salud para que se hiciera manifiesta en él la gloria de Dios. En cierta ocasión le preguntaron a Jesús los fariseos: ¿Por culpa de quién está este ciego? ¿Quién pecó: él o sus padres? Y Jesús respondió: Ni él ni sus padres. Éste está ciego para que se vea la gloria de Dios. Y la gloria de Dios se dejó ver en su curación. Aquí también sucede lo mismo: La gloria de Dios resplandece en la acción curativa de Jesús y en los labios de aquel leproso extranjero que, reconociendo el milagro, da gloria a Dios.

Jesús, aunque echa en falta la reacción agradecida de los otros nueve leprosos curados, se limita a despedir a aquel leproso que sí ha sabido valorar el don, con palabras portadoras de salvación: Tu fe te ha salvado. Porque ha sido la fe de esos leprosos que suplican a Jesús compasión, la que les ha curado. Sin esta fe, no hubiera actuado en su favor. La fe es requisito imprescindible para obtener el beneficio. Es la fe la que empuja a pedir, porque espera obtener lo que pide. Es la fe la que orienta la petición en la buena dirección. Aunque la salvación venga de Dios, y no pueda venir de otra parte que de Dios, es la fe que ponemos en Él la que nos salva, porque sólo la fe abre la compuerta de la actuación divina. Por eso es tan importante la fe, más que la “puerta” el “dispositivo” que abre la puerta de la humanidad a Dios.

Jesús devolvió a aquel leproso la limpieza de su carne y suscitó la respuesta agradecida y el deseo de glorificar a Dios que albergaba su corazón. Y la fe que lo había salvado le puso definitivamente en el camino de salvación, un camino que tenía que pasar también por Jerusalén, el lugar de la consumación. Que el Señor nos mantenga con fe para pedir, con atención para percibir sus beneficios, con sensibilidad para agradecer y con energías para alabarle y glorificarle.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística