Lectura continuada del Evangelio de Marcos

Marcos 11, 20-25

20Y, al pasar muy de mañana, vieron la higuera secada desde las raíces.

21Y, al recordarlo, le dice Pedro: “Rabí, mira, la higuera que maldijiste, se ha secado”.

22 Y, respondiendo, Jesús les dice: “Tened fe en Dios. 23En verdad os digo que quien diga a este monte: ‘Levántate y arrójate al mar’, y no dude en su corazón sino que crea que ocurrirá lo que dice, lo tendrá. 24Por eso os digo: todo cuanto recéis y pidáis, creed que lo habéis recibido, y lo tendréis. 25Y cuando os paréis a rezar, perdonad lo que tengáis contra alguno, para que vuestro padre [que está] en los cielos os perdone vuestras faltas”.».

11, 20-25: A la mañana siguiente, en el camino de vuelta a la ciudad, Jesús y sus discípulos ven la higuera maldita, marchitada en el entretanto (11,20); entonces Pedro recuerda la maldición del día anterior (11,21). Los lectores deducirán que la eficaz maldición de Jesús contra el árbol tiene implicaciones negativas para el Templo con el que el árbol ha quedado vinculado por la estructura marcana del «emparedado». Esta intuición se confirmará más tarde cuando Jesús profetice que no quedará en pie ni una de las piedras del Templo (13,2); la imagen de un edificio arrasado hasta sus cimentos es coherente con la descripción de la higuera marchita «desde las raíces» (11,20). Además, los dos pasajes van unidos por el empleo de los discípulos de la exclamación, «¡Rabí/Maestro, mira!», referida tanto a la higuera (11,21) como al Templo (13,1).

La contestación inicial de Jesús, «tened fe en Dios» (11,22), podría ser también interpretada como «creed firmemente en la fidelidad de Dios», y pudo ser interpretada como una exhortación a no desanimarse respecto al Templo. Después de todo, este es todavía la casa de Dios. Pero si el relato alienta brevemente la esperanza de una protección continuada del Templo por Dios, esta se rompe en el versículo siguiente donde encontramos una frase que no pide que «se conserve esta montaña», sino que se desarraigue y se arroje al océano (11,23). Aunque el objetivo primario de tal afirmación sea acentuar el poder de la fe, puede haber también en ella un guiño a la destrucción del santuario, ya que «este monte» puede ser una expresión para designar la colina del Templo.

Ahora bien, aunque Jesús profetiza el fin del Templo, también afirma el poder de la oración en una serie de dichos que comienzan con la fórmula «Amén, os digo…» (11,23a). Así, hay coherencia en la progresión de 11,12- 19 a 11,20-25: Jesús ataca primero el antiguo lugar de oración, pero luego asegura a sus seguidores que la oración es más eficaz que nunca. Sin embargo, el garante de su eficacia no es ya «el Templo hecho por manos de hombres» (cf. 14,58), sino la autoridad escatológica de Jesús («Amén, os digo…»). Jesús promete concretamente que los que destierran la duda y creen que se cumplirán sus peticiones las verán realizadas (11,23b). Este punto queda subrayado enérgicamente en 11,24, «todo cuanto pidáis en la oración, tened confianza de que lo habéis recibido ya y lo tendréis». Estas promesas categóricas de que la oración será escuchada tiene paralelos en otros lugares de la tradición sinóptica (cf. Mt 7,7-11 / Lc 11,5-13), pero más tarde fueron precisadas cuando los cristianos comenzaron a notar que no todas sus peticiones eran escuchadas de hecho (cf., por ejemplo, Jn 14,13: «Todo lo que pidáis mi nombre», junto con Jn 15,7: «Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros»). Sin embargo, estas enmiendas «realistas» solo subrayan la rotundidad extraordinaria de la promesa en nuestro pasaje, que es un testimonio de la creencia en el advenimiento del Reino que penetraba el ministerio de Jesús y de la iglesia primitiva postpascual: el poder de la nueva edad divina ha aparecido en el mundo, y por tanto ha llegado la edad del cumplimiento de las ansias escatológicas.

En la situación marcana, 11,23-25 sería probablemente entendido como un contrapeso a la duda, la desesperación y la amargura que prevalece en una comunidad atormentada por la guerra y la persecución, en la cual los miembros de la familia se traicionan entre sí hasta la muerte y «todos» odian a los cristianos (cf. 13,12- 13). La enseñanza sobre la fe y la oración en 11,23-25 les aseguraría de que, en contra de todas las apariencias en contrario, sus oraciones estaban siendo escuchadas, que no habían sido abandonados por Dios y que incluso entonces, en medio de la persecución y de la muerte, Dios los empleaba para arrancar y aniquilar los poderes de este mundo y para «edificar y plantar» las estructuras de su reinado. Así la exhortación a no dudar sino a continuar creyendo, y la promesa de que la oración será escuchada tiene casi el mismo valor que la afirmación de 13,13: «el que resista hasta el final… se salvará».

La exhortación de 11,23-24, además, contiene una serie de cuatro verbos en presente, lo que gramaticalmente acentúa intensamente la necesidad de la oración continua («cree… reza… pide… cree»), y los verbos están dispuestos de modo que comienzan y terminan con la palabra «creer». Nuestro pasaje, pues, acentúa intensamente la necesidad de la perseverancia ante una realidad aparentemente contraria. Además, concluye con una petición de perdón. En 11,12-25 Jesús ha desafiado implícitamente la autoridad sacerdotal al representar simbólicamente la destrucción del Templo, y concluye proclamando que el perdón está disponible sin el Templo sobre la base de su propia palabra. No es, pues, asombroso, que en el siguiente pasaje los representantes ofendidos de aquel sistema lo desafíen a concretar qué autoridad supone que tiene él para actuar así.