Comentario del 14 de noviembre

El Reino de Dios fue tema central en la predicación de Jesús. El evangelio está sembrado de múltiples referencias a esta realidad que tanto tiene que ver con la presencia y la actividad de Jesucristo, porque con él llega el Reino y sus numerosas acciones destinadas a combatir el mal (enfermedad, pecado, posesión diabólica, muerte) presente en el mundo son signos de la cercanía del Reino.

A veces se refiere a él de manera metafórica: el Reino de Dios es como (=similar a) un grano de mostaza o como una medida de levadura; otras veces, lo describe en términos celebrativos (las bodas del hijo de un rey); en ocasiones habla de su presencia o implantación en el mundo o de sus diferentes estados: germinal o embrionario, en desarrollo, en plenitud; con frecuencia alude a su cercanía, pero también invita a pedir su venida como si fuera una realidad futura. Casi siempre lo presenta como una realidad viva y pequeña (grano, levadura), pero de un enorme potencial y con una inmensa capacidad transformante. El Reino de Dios es, pues, en boca de Jesús, una realidad multiforme, una realidad con múltiples dimensiones. Pero es tanta la insistencia de Jesús en el tema que acaba provocando numerosos interrogantes.

En esta ocasión, quienes le dirigen la pregunta no son sus discípulos, sino los fariseos. Se interesan por las circunstancias de lugar y tiempo. Quieren saber cuándo llegará ese Reino del que tanto habla Jesús. Y él les contesta: El Reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí; porque mirad, el Reino de Dios está dentro de vosotros.

El Reino de Dios, por ser de Dios, ha de tener un carácter celeste, al menos por lo que se refiere a su origen. Es muy probable, por tanto, que los fariseos se forjasen la idea de un reino protagonizado por un enviado de Dios de origen celeste, un reino que inauguraría tiempos mesiánicos, una nueva era, quizá un milenio, un reino hecho presente de manera repentina y espectacular. Jesús les dice que no será así como vendrá. No se anunciará como se anuncia la llegada de un circo a una localidad. No se hará presente entre sonidos y aires de fiesta.

En realidad el Reino de Dios está ya en el mundo de manera inadvertida, en el interior de las personas, dentro de nosotros, como están las semillas, en el interior de la tierra, como está la levadura, en el interior de la masa, como está la fuerza atómica, en el interior de los átomos, como está el mismo Dios en cuanto realidad fundante de toda realidad, sosteniendo el mundo. El Reino de Dios está donde está Dios actuando con la fuerza de su Espíritu, donde está germinando el amor y la esperanza. Y estando así, no resulta extraño que se le caracterice como algo muy pequeño, de carácter germinal, pero dotado de una potencia descomunal. ¿No es pequeño el átomo? El átomo es pequeño, pero qué grande es la potencia atómica.

Y luego, dirigiéndose a sus discípulos, Jesús completa su reflexión: Llegará un tiempo en que desearéis vivir un día con el Hijo del hombre, y no podréis. Si os dicen que está aquí o está allí, no vayáis detrás. Como el fulgor del relámpago brilla de un horizonte a otro, así será el Hijo del hombre en su día. Pero antes tiene que padecer mucho y ser reprobado por esta generación.

Aquí Jesús parece aludir a otro momento: no al momento interno (y escondido) del Reino de Dios, sino a su momento fulgurante, que hace coincidir con la venida del Hijo del hombre en su día, es decir, con su segunda venida. Antes de que llegue ese día, se vivirán tiempos de desolación, tiempos en los que se deseará dejar este mundo para vivir con el Hijo del hombre, tiempos de alarmas infundadas, en que se anunciará que está aquí o allí, pero que no hay que escuchar, porque serán falsas alarmas. Cuando llegue el Hijo del hombre no habrá tiempo para reaccionar, pues será tan fugaz como el fulgor del relámpago que brilla en el horizonte. No habrá, por tanto, escapatoria para los habitantes de la tierra. Pero antes sucederán otras cosas como el padecimiento y la reprobación de ese Hijo del hombre que vendrá en su día como Juez de vivos y muertos.

Los momentos del Reino vienen a coincidir con los momentos de su mensajero y protagonista, y sus fases con las fases de la semilla que es sembrada en la tierra, esto es, en el interior del corazón humano, que crece sin poder evitar su mezcla con la cizaña, y que, llegada a su madurez, es recogida y examinada en el día del juicio y finalmente depositada en los graneros del Reino. El mismo Reino está constituido por la cosecha de esa semilla sembrada por Cristo en el corazón del hombre. Es él quien deposita su amor en nosotros para que fructifique y pase –y nosotros con él- a formar parte de su Reino, un Reino en el que no impera otra ley que el amor. Por tanto, quienes se nieguen a vivir bajo este régimen (de amor) no podrán ser miembros de este Reino.

Conscientes del potente dinamismo que nos habita (el Reino de Dios está dentro de nosotros, porque el Espíritu de Dios está dentro de nosotros) sigamos pidiendo, como hacemos en el Padre nuestrovenga a nosotros tu Reino o, con otra expresión, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, pues no podrá haber Reino de Dios donde no se haga la voluntad de Dios.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística