Comentario del 15 de noviembre

El discurso evangélico relativo al día de la manifestación del Hijo del hombre resulta ciertamente enigmático. Jesús se remite a hechos que se narran en los relatos del Antiguo Testamento (Génesis) como si hubiesen acontecido realmente en la historia. Uno de ellos es el diluvio, un verdadero cataclismo de dimensiones extraordinarias: Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían y se casaban, hasta el día que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos (a excepción de los supervivientes refugiados en el arca).

Equipara, pues, lo que sucedió con lo que sucederá. Aquel cataclismo de proporciones inmensas dejó sólo algunos supervivientes, hombres y animales, que tras el descenso de las aguas pudieron reiniciar su vida en la tierra. También en tiempos de Lot hubo otra catástrofe que sembró de muerte y desolación las ciudades de Sodoma y Gomorra. El fuego y el azufre llovidos del cielo acabaron con todos los habitantes, salvo con Lot y sus acompañantes que se alejaron oportunamente de la población incendiada. Así sucederá –anuncia Jesucristo- el día que se manifieste el Hijo del hombreAquel día, si uno está en la azotea y tiene sus cosas en casa, que no intente recuperarlas, que no baje por ellas, le va a resultar inútil. Y si uno está en el campo, que no vuelvaAcordaos de la mujer de Lot. El que pretenda guardarse su vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrará.

Son imágenes que parecen tomadas de un terremoto o de un Tsunami como el habido en Japón hace apenas unos años. Más vale evitar la tentación de volver para recuperar lo perdido, porque uno puede quedar atrapado. Hay que escapar a toda prisa del radio de acción del movimiento, si es posible. Porque muchos perecen por no reaccionar a tiempo o por querer salvar sus posesiones. Pero en tales circunstancias lo importante es salvar la vida. Ni siquiera puede uno detenerse a mirar atrás, como la mujer de Lot. Esos segundos perdidos pueden ser fatídicos.

Jesús alude a cataclismos de dimensiones colosales, que no han dejado de repetirse a lo largo de la historia, pero que no parece signifiquen el final de todo y de todos. Siempre quedan supervivientes que escapan de la catástrofe: Os digo esto: aquella noche estarán dos en una cama: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán; estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán; estarán dos en el campo: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán. Si es así, no es el final para todos, aunque lo sea para muchos.

Los discípulos de Jesús, seguramente alarmados, le preguntan: ¿Dónde, Señor? ¿Dónde se producirá el suceso para poder prevenirlo? Y la respuesta del Maestro resulta aún más enigmática: Donde está el cadáver se reunirán los buitres. No se podrá, por tanto, anticipar ni el lugar, ni el tiempo. Sólo se conocerá una vez que haya sucedido. Donde se reúnan los buitres porque hay cadáveres, allí habrá sucedido la catástrofe.

Un país tan avanzado como Japón, con tantos medios técnicos para anticipar un fenómeno tan repetido como un temblor sísmico, no pudo evitar la catástrofe que se les vino encima de repente. Esto nos tiene que hacer tomar conciencia de lo frágiles que seguimos siendo pese al desarrollo científico y tecnológico logrado por la humanidad. Ante las fuerzas desatadas o incontroladas de la naturaleza, cuando alcanzan ciertas dimensiones, no podemos nada o podemos muy poco. A veces no podemos casi nada frente a una simple infección microbiana o frente a una mordedura venenosa de serpiente. No somos dioses ni semidioses. Por tanto, hagamos un ejercicio de humildad. No dejemos de hacerlo, porque nos ayudará a tomar conciencia de lo que realmente somos: criaturas demasiado vulnerables y frágiles como para creernos dioses o como para hacer ostentación de un presunto poder «divino».

La ilusión no está en reconocer a Dios, sino en creernos Dios. Esta conciencia nos tendría que llevar a confiarnos a Él y a esperar nuestro final, sea el que sea, confiados en Él, que es poderoso para hacernos escapar de la muerte que nos acecha tantas veces a lo largo de la vida o de la muerte hecha realidad consumada en nuestras vidas. En cualquier caso, Dios, que es la realidad fundante, nos sostiene. Esperemos, pues, lo que tenga que suceder con serenidad, sin miedos paralizantes, y confiados en las manos poderosas de nuestro Dios y Padre. Por otro lado, vivir en un permanente estado de ansiedad sería insufrible. Pero la confianza que aporta la fe en el Dios de la vida y de la muerte, de la tierra y del cielo, nos permitirá vivir tranquilos incluso en situaciones críticas o catastróficas. Que así sea.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística