La misa del domingo

Semana XXXIII del Tiempo Ordinario (C)
Domingo 17 de noviembre de 2019

  • Malaquías 3, 19 – 20a.
  • Salmo 97. 2
  • Tesalonicenses 3, 7 – 12.
  • Lucas 21, 5 – 19.

En el evangelio de este domingo Jesús nos muestra la verdadera realidad de nuestra vida. Las primeras comunidades cristianas tienen una gran ilusión en lo que está por venir. Están preparadas para la llegada inminente del Salvador, que suponen muy próxima en el tiempo. De esta manera, al ser muy cercana e inminente, algunos han decidido esperar, ya todo está hecho y decidido, está realizado.

Pero vemos que Pablo busca animar, arengar a los cristianos de Tesalónica para actuar. No podemos quedarnos quietos, esperando, mientras los demás continúan y exigir que nos alimenten y nos ayuden, en la espera. No es esto lo que nos está pidiendo Jesús.

En cierto modo, esto mismo les ocurre a aquellos que contemplaban la majestuosidad del templo de Jerusalén. La magnífica construcción, sus adornos y joyas dejaban a muchos absortos, asombrados ante lo magnífico que era el templo. Pero lo importante no es la fachada, las paredes, los adornos. Lo importante no es el edificio, sino lo que uno va a realizar allí y porque lo va a llevar a cabo.

El objeto de nuestra fe no está en asombrarnos ante la obra de los hombres, los templos, sino en nuestra manera de ser y vivir. Igual que otros esperan al Señor, estos se quedan quietos asombrados. Pero nuestra espera, nuestra actitud ante la vida debe ser activa. Los cristianos, los seguidores de Jesús hemos de incorporarnos dentro de nuestro tiempo y actuar, no quedarnos “mirando el techo” como si nada ocurriera. Seguimos estando en un mundo lleno de personas necesitadas: necesitadas de alimentos, de hogar, de los bienes mínimos necesarios para vivir, de justicia, de paz, de respeto, de educación, de sanidad, de AMOR.

Ante las injusticias, el desencuentro y la falta de amor, hemos de trabajar por la justicia, la relación entre las personas y el amor. Es verdad que está tarea puede ser dura, llena de obstáculos y dificultades. Jesús no nos engaña y no nos esconde las espinas que encontraremos en el camino: guerras, hambres, pestes, persecuciones…

No comprenderán nuestra actitud. Que nos preocupemos de gentes indefensas y muchas veces mal vistas, arriesgando nuestra salud, nuestros bienes, e incluso nuestra vida. Seremos incomprendidos.

Aun así, Jesús nos anima a continuar su camino, nuestro camino. Sabe lo que vamos a sufrir, pero no por ello nos pide que lo dejemos y nos retiremos. Nos anima a continuar, porque siempre estará junto a nosotros, tanto en los buenos momentos como en los malos. Es el que nos dará esas palabras y la sabiduría necesaria para hacer frente a las dificultades y seguir avanzando por el camino recto. Con nuestra perseverancia salvaremos nuestras almas.

Que continuemos a la espera del Salvador trabajando por un mundo mejor en el que todos participemos con amor y misericordia como hermanos, perseverando a pesar de las dificultades, con la mirada puesta en Dios, que siempre está con nosotros.

Germán Rivas, sdb