II Vísperas – Domingo XXXIII de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO XXXIII TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Quédate con nosotros,
la noche está cayendo.

¿Cómo te encontraremos
al declinar el día,
si tu camino no es nuestro camino?
Detente con nosotros;
la mesa está servida,
caliente el pan y envejecido el vino.

¿Cómo sabremos que eres
un hombre entre los hombres,
si no compartes nuestra mesa humilde?
Repártenos tu cuerpo,
y el gozo irá alejando
la oscuridad que pesa sobre el hombre.

Vimos romper el día
sobre tu hermoso rostro,
y al sol abrirse paso por tu frente.
Que el viento de la noche
no apague el fuego vivo
que nos dejó tu paso en la mañana.

Arroja en nuestras manos,
tendidas en tu busca,
las ascuas encendidas del Espíritu;
y limpia, en lo más hondo
del corazón del hombre,
tu imagen empañada por la culpa.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro, y reinará eternamente. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro, y reinará eternamente. Aleluya.

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. En presencia del Señor se estremece la tierra. Aleluya.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. En presencia del Señor se estremece la tierra. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

LECTURA: 2Co 1, 3-4

¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios de todo consuelo! Él nos alienta en nuestras luchas hasta el punto de poder nosotros alentar a los demás en cualquier lucha, repartiendo con ellos el ánimo que nosotros recibidos de Dios.

RESPONSORIO BREVE

R/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

R/ Digno de gloria y alabanza por los siglos.
V/ En la bóveda del cielo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas», dice el Señor.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas», dice el Señor.

PRECES

Adoremos a Cristo, Señor nuestro y cabeza de la Iglesia, y digámosle confiadamente:

Venga a nosotros tu reino, Señor.

Señor, haz de tu Iglesia instrumento de concordia y de unidad entre los hombres
— y signo de salvación para todos los pueblos.

Protege, con tu brazo poderoso, al papa y a todos los obispos
— y concédeles trabajar en unidad, amor y paz.

A los cristianos concédenos vivir íntimamente unidos a ti, nuestra cabeza,
— y que demos testimonio en nuestras vidas de la llegada de tu reino.

Concede, Señor, al mundo el don de la paz
— y haz que en todos los pueblos reine la justicia y el bienestar.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Otorga a los que han muerto una resurrección gloriosa
— y haz que gocemos un día, con ellos, de la felicidad eterna.

Terminemos nuestra oración con las palabras del Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, Dios nuestro, concédenos vivir siempre alegres en tu servicio, porque en servirte a ti, creador de todo bien, consiste el gozo pleno y verdadero. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Dios no puede hacer promesas porque no tiene futuro

Estamos en el penúltimo domingo del año litúrgico. El próximo celebraremos la fiesta de Cristo Rey que remata el ciclo. Como el domingo pasado, el evangelio nos invita a reflexio­nar sobre el más allá. El lenguaje apocalíptico y escatológico, tan común en la época de Jesús, es muy difícil de entender hoy. Corresponde a otra manera de ver al hombre, a Dios y la realidad material. Desde aquella visión, es lógico que tuvieran también otra manera de ver lo último, el “esjatón”. Una vez más los discípulos están más interesados por la cuestión del cuándo y el cómo, que por el mensaje.

El pueblo judío estuvo siempre volcado hacia el futuro. La Biblia refleja una tensión, esperando la salvación que solo puede venir de Dios. A Noé se le ofrece algo nuevo después de la destrucción de lo viejo. A Abrahán, salir de su tierra para ofrecerle algo mejor. El Éxodo promete salir de la esclavitud a la libertad. Pero todas las promesas, en realidad, son la expresión humana de una carencia fundamental de hombre.

Los profetas se encargaron de mantener viva esta expectativa de salvación definitiva. Pero también introdujeron una faceta nueva: El día de esa salvación debía de ser un día de alegría, de felicidad, de luz, pero a causa de las infidelidades del pueblo, los profetas empiezan a anunciarlo como día de tinieblas; día en que Yahvé castigará a los infieles y salvará al resto. El objetivo de este discurso era urgir a la conversión.

Los primeros cristianos no tienen inconveniente en utilizar las imágenes que le proporciona la tradición judía, que era el ámbito religiosos en el que se desenvolvían. A primera vista parece que entra en esa misma dinámica apocalíptica, muy desarrollada en la época anterior y posterior a la vida de Jesús. El NT pone en boca de Jesús un lenguaje que se apoya en los conocimientos y las imágenes que le proporciona el AT.

En tiempo de Jesús se creía que esa intervención definitiva de Dios iba a ser inminente. En este ambiente se desarrolla la predicación de Juan Bautista y de Jesús. Las primeras comunidades cristianas acentuaron aún más esta expectativa de final inmediato. Pero en los últimos escritos del NT es ya patente una tensión entre la espera inmediata del fin y la necesidad de preocuparse de la vida presente. Ante la ausencia de acontecimientos en los primeros años del cristianismo, las comunidades se preparan para la permanencia.

Con los conocimientos que hoy tiene el ser humano y el grado de conciencia que ha adquirido, no tiene ninguna necesidad de acudir a la actuación de Dios, ni para destruir el mundo y poder crear otro más perfecto (apocalíptica), ni para enderezar todo lo malo que hay en él para que llegue a su perfección (escatología). El Génesis nos dice que al final de la creación Dios “vio todo lo que había hecho y era muy bueno”. ¿Por qué, nosotros, lo vemos todo malo? Para Dios todo está siempre en total equilibrio.

La justicia de Dios no es un trasunto de la justicia humana, solo que más perfecta. La justicia humana es el restablecimiento de un equilibrio perdido por una injusticia. Dios no tiene que actuar para ser justo ni inmediatamente después de un acto, ni en un hipotético último día donde todo quedará definitivamente zanjado. Dios no hace justicia. Él es justicia. Todo acto, sea bueno, sea malo, en sí mismo lleva ya el “premio” o el “castigo”, Dios no necesita ninguna acción posterior. Ante Dios todo es justo en cada momento.

Dios es justicia y toda la creación está siempre de acuerdo con lo que Él es. Nuestra contingencia es consecuencia de nuestra condición de criaturas. El dolor, el pecado, la muerte no son un fallo, sino que pertenecen a nuestra misma naturaleza. La salvación no consistirá en que Dios nos libre de esas limitaciones, sino en darse cuenta de que Él está siempre en nosotros, y todo hombre puede alcanzar plenitud de ser, a pesar de ellas.

Lo que en el mundo creemos que está mal y no depende del hombre, no es más que una falta de perspectiva. Una visión que fuera más allá de las apariencias nos convencería de que no hay nada que cambiar en la realidad, sino que tenemos que cambiar nuestra manera de interpretarla. Lo que nos debía preocupar de verdad es lo que está mal por culpa del hombre. Ahí nuestra tarea es inmensa. El ser humano está causando tanto mal a otros seres humanos y al mismo mundo que debíamos estar aterrados.

No nos debe extrañar la referencia a la destrucción del templo. Este evangelio está escrito entre el año 80 y el 90, por lo tanto ya se había producido esa catástrofe. Para un judío, la destrucción del templo era el “fin del mundo”. Era lógico asociar la destrucción del templo al fin de los tiempos, porque para ellos el templo lo era todo. De ahí la pregunta: ¿Cuándo va a ser eso? Pero Jesús responde hablando del fin de los tiempos, no del templo. La única preparación posible es la confianza total en lo que Dios nos está dando.

Jesús introduce elementos nuevos que cambian la esencia de la visión apocalíptica. En la lectura de hoy podemos apreciar claramente estos matices. A Jesús no le impresiona tanto el fin, como la actitud de cada uno ante la realidad actual (“antes de eso”). ¡Que nadie os engañe! La advertencia vale para hoy. Ni el fin ni las catástrofes tienen importancia ninguna, si sabemos mantener la actitud adecuada. La realidad no debe perturbarnos. Sabemos que la realidad material termina, pero lo esencial dura.

La seguridad no la puede dar la falta de conflictos (siempre los habrá), ni la promesa de felicidad, sino la confianza en Dios. Tampoco debemos seguir edificando “templos” que nos den seguridades. Ni organigramas ni doctrinas ni un cristianismo sociológico, garantizan nuestra salvación. Todo lo contrario, puede ser que la desaparición de esas seguridades nos ayude a buscar nuestra verdadera salvación. Decía ya San Ambrosio: “Los emperadores nos ayudaban más cuando nos perseguían que cuando nos protegen”.        

Lo esencial del mensaje de hoy está en la importancia del momento presente frente a los miedos por un pasado o las especulaciones sobre el futuro. Aquí y ahora puedo descubrir mi plenitud. Aquí y ahora puedo tocar la eternidad. Hoy mismo puedo detener el tiempo y llegar a lo absoluto. En un instante puedo vivir la totalidad, no solo de mi ser individual, sino la TOTALIDAD de lo que ha existido, existe y existirá. Para el despierto, no hay diferencia ninguna entre el pasado, el presente y el futuro.

Jesús venció a la muerte, muriendo. Su muerte no fue un paripé para recuperar la misma vida que perdió. Fue la aceptación total de su limitación lo que le proyectó a lo absoluto. Solo descubriendo y aceptando plenamente mi limitación, podré entrar en la dinámica de lo eterno que hay en mí. El mayor peligro que nos acecha es que busquemos en la vida espiritual la manera de potenciar lo material. El tiempo material es una sucesión de puntos. La eternidad es un punto que se encuentra a en todos los lugares de la línea.

Meditación

Cuidado con que nadie os engañe.
Nos convence lo que halaga el oído
Cuando la verdad nos exige esfuerzo,
profundizar en la realidad de nuestro propio ser,
es el único camino para escapar de las voces de sirena.
Las promesas de futuro son falsas, porque Dios no tiene futuro.

Fray Marcos

El fin del año y el fin del mundo

Para la Iglesia, el año litúrgico no termina el 31 de diciembre sino a finales de noviembre. De ese modo puede reservar cuatro domingos antes del 25 de diciembre para celebrar el Adviento, que forma ya parte del nuevo ciclo. El último domingo del tiempo ordinario se dedica en los tres ciclos a celebrar la fiesta de Cristo Rey. Y el penúltimo, el 33, a recordar el fin del mundo y de la historia. Algo que puede parecer bastante ajeno a nuestra mentalidad y cultura, pero que fue esencial para los primeros cristianos y que ofrece materia interesante de reflexión.

Del entusiasmo ingenuo a la esperanza apocalíptica

La gran tragedia experimentada por el pueblo judío a comienzos del siglo VI a.C., cuando parte importante de la población fue deportada a Babilonia, Jerusalén y el templo quedaron en ruinas, y el pueblo perdió la independencia, provocó al cabo de unos años un florecimiento de profecías que anunciaban la vuelta de los desterrados, la prosperidad y esplendor de Jerusalén, la gloria futura del pueblo de Dios. Los profetas rivalizaban entre ellos por ver quién anunciaba un futuro mejor. Y la gente, durante siglos, alentó esas esperanzas. Hasta que la realidad se impuso, dando paso a una gran decepción: ni independencia, ni riqueza, ni esplendor. La decepción fue tan fuerte, que algunos grupos vieron la solución en la desaparición del mundo presente, radicalmente malo, y la aparición de un mundo futuro maravilloso, del que sólo formarían parte los buenos israelitas. La primera lectura de hoy lo afirma con toda claridad.

Primera lectura (Malaquías 3,19-20a)

En este breve pasaje, lo único que precisa comentario es la metáfora final. Para nosotros, «un sol de justicia» es un sol terrible, del que buscamos refugio bajo cualquier sombra. Pero este no es el sentido aquí, sino todo lo contrario: «un sol salvador, que nos salva con sus rayos». ¿De dónde viene esta extraña metáfora? Probablemente de Egipto, inspirándose en la imagen del sol alado, que representa su acción benéfica sobre todo el mundo.

senales fin

El cálculo del momento final y las señales

Ya que la mentalidad apocalíptica considera inminente el fin del mundo, desea calcular el momento exacto en que tendrá lugar y las señales que lo anunciarán. Las dos preguntas que formulan los discípulos a Jesús en el evangelio de hoy recogen muy bien ambos aspectos: ¿Cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder? Los Testigos de Jehová, cuando afirmaban a mediados del siglo pasado que el fin del mundo sería en 1984 (70 años después de la gran conflagración, marcada por el comienzo de la Gran Guerra en 1914) son los mejores exponentes modernos de esta forma de pensar. Para la mentalidad apocalíptica, cualquier acontecimiento trágico, sobre todo si era de grandes proporciones, anunciaba el fin del mundo. Por eso, en el evangelio de este domingo, cuando los discípulos oyen anunciar la destrucción de Jerusalén, inmediatamente piensan en el fin del mundo.

El peligro de esta mentalidad es que resulta estéril. Todo se queda en cálculos y señales, sin comprometerse con los problemas del mundo que nos rodea. Y eso es lo que pretenden evitar los evangelios sinópticos cuando ponen en boca de Jesús un largo discurso apocalíptico, que la liturgia se encarga de mutilar abundantemente (en nuestro caso, los 29 versículos de Lucas 21,8-36 quedan reducidos a los doce primeros; menos de la mitad).

La respuesta de Jesús

Las palabras de Jesús recogen un buen catálogo de las señales habituales en la apocalíptica: 1) a nivel humano: guerras civiles, revoluciones y guerras internacionales; 2) a nivel terrestre: epidemias y hambre; 3) a nivel celeste: signos espantosos.

Pero nada de esto anuncia el fin del mundo. Antes, y aquí radica la novedad del discurso, ocurrirán señales a nivel personal y comunitario: persecución religiosa y política, cárcel, juicio ante tribunales civiles; incluso la traición de padres y hermanos, la muerte y el odio de todos por causa de Jesús. Esta parte abandona la enumeración de catástrofes apocalípticas para describir la dura realidad de las primeras comunidades cristianas. En todas ellas habría algunos juzgados y condenados injustamente, traicionados incluso por sus seres más queridos. Sólo dos frases alivian la tensión de este párrafo tan trágico.

La primera resulta casi irónica, pero no lo es: Así tendréis ocasión de dar testimonio. La persecución, la cárcel y los juicios injustos no se deben ver como algo puramente negativo. Ofrecen la posibilidad de dar testimonio de Jesús, y así lo interpretaron los numerosos mártires de los primeros siglos y los mártires de todos los tiempos.

La segunda alienta la confianza y la esperanza: ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas. Más bien habría que decir que perecerán todos los cabellos de vuestra cabeza, pero salvaréis vuestras almas, que es lo importante.

Si siguiésemos leyendo el discurso, todo culminaría en la aparición de Jesús, «el Hijo del Hombre que llega en una nube con gran poder y gloria». Es el sol del que hablaba Malaquías, que ilumina y salva a todos los que creen en él.

Frente a la curiosidad, testimonio

Las lecturas de este domingo corren el peligro de ser interpretadas en el Primer Mundo como mero recuerdo de lo que ocurrió entre los primeros cristianos. Muy distinta será la interpretación de bastantes iglesias africanas y asiáticas, que se verán muy bien reflejadas y consoladas por las palabras de Jesús. También nosotros debemos recordar que, sin persecuciones ni cárceles, nuestra misión es aprovechar todas las circunstancias de la vida para dar testimonio de Jesús.

José Luis Sicre

Comentario del 17 de noviembre

Nos encontramos al final de un año litúrgico y la Iglesia nos invita a reflexionar sobre el final de las cosas; porque todo tiene su día y a todos les llegará el díaardiente como un horno –dice el profeta- para los que son paja (malvados y perversos); sol que lleva la salud en las alas para los que honran el nombre del Señor. Por tanto, un día de efecto ambivalente según que afecte a unos o a otros.

También Jesús alude a ese día en el que todo será destruido, hasta lo que parece más firme e indestructible, hasta la estructura de ese templo (el de Jerusalén) que provoca la admiración de cuantos lo contemplan por la calidad de la piedra y la belleza de su edificación.

Pensemos en esas obras faraónicas de ingeniería que nos dejan boquiabiertos y que se convierten en símbolo del poder humano: obras que parecen desafiar al tiempo, a los movimientos sísmicos y a los huracanes. Pues bien, ni siquiera esas obras se salvarán de la destrucción, a pesar de su apariencia de moles indestructibles; porque nada de lo que hace el hombre es eterno.

Pero volvamos al Templo del que no quedará piedra sobre piedra. Ese día, el anunciado por Jesús, llegó, unos cuarenta años después, en el año setenta, cuando los ejércitos de Tito entraron a saco en la ciudad de Jerusalén, reduciendo su Templo a ruinas. Sin embargo, aquello sólo fue el final para algunos, no para todos. Las palabras de Jesús, no obstante, encontraron resonancia inmediata en sus discípulos que, como todos sus contemporáneos, vivían tiempos de expectaciónMaestro –le preguntan-, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder? Esperan, pues, con inquietud ese día, la misma inquietud que despiertan en nosotros esos anuncios que presagian catástrofes de grandes dimensiones.

Pero Jesús les previene frente al engaño de falsos profetas que vendrán usurpando su nombre y presentándose como Cristos que traen consigo el fin de los tiemposNo vayáis tras ellos, les dice; no les hagáis caso, porque el final no vendrá en seguida.

Esto es lo que creían algunos contemporáneos de san Pablo, miembros de las comunidades cristianas que, previendo la inminencia del fin de los tiempos, habían abandonado sus deberes laborales. Y él les reprende: el que no trabaje, que no coma. No podemos convertir tales anuncios, siempre inciertos, en una excusa para el abandono y la haraganería. El día llegará. ¡Quién lo duda! Pero nunca sabremos cuándo. Será siempre una fecha incierta, imprevisible. Y antes sucederán muchas cosas; quizá todas esas cosas que vienen sucediéndose a lo largo de la historia.

Porque ¿qué época no ha tenido guerras y revoluciones, o grandes terremotos, o epidemias y hambre, o espantos y signos en el cielo? ¿O es que creemos que nuestra época está a salvo de tales sucesos, porque ya no vivimos en la Edad Media? La Edad Media quedó atrás, pero no estos fenómenos que acompañan al ser humano, incluso al más evolucionado y técnico. Tampoco podemos dar por terminada la época de las persecuciones, a pesar de edictos como el de Milán en el año 313 y de la Carta Magna del reconocimiento de los Derechos Humanos o de la ley de libertad de conciencia. Los cristianos seguimos teniendo mártires en Paquistán, Nigeria, la India, etc.

Pero ni unos sucesos ni otros pueden hacernos perder la esperanza: Ni un cabello de vuestra cabeza –nos dice el Maestro- perecerá (sin el consentimiento del Padre). Nada sucede sin que Dios lo permita, aunque sus designios nos resulten misteriosos e indescifrables. Con vuestra perseverancia –añade- salvaréis vuestras vidas.

De lo que se trata en suma es de salvar nuestras vidas, pero no con una salvación transitoria, que sería sólo salvación a medias, sino con una salvación definitiva. Y para ello hay que perseverar en la fe, en la caridad, en la oración, en el buen obrar, hasta el final de cada uno en el tiempo que no tiene por qué coincidir con el final de los tiempos. Lo más probable es que no coincidan ambos finales. Por tanto, no hay motivos para inquietarse con ese final que seguramente no sea el nuestro.

Pero a nuestro final sí estamos obligados a prestarle atención, perseverando en la fe que vive por la caridad. Para ello es muy necesaria una institución como la Iglesia, sin la cual nuestra fe se vería tan desprotegida que correría el riesgo de perderse. E Iglesia somos todos los que pertenecemos a ella. Ser Iglesia es sentir a la Iglesia como nuestra, hasta el punto de que nos duelan sus defecciones, traiciones, infidelidades y miserias y nos complazcan sus éxitos, progresos y avances, que serán también los nuestros.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

185. En esta línea, quiero destacar que «numerosos Padres sinodales provenientes de contextos no occidentales señalan que en sus países la globalización conlleva auténticas formas de colonización cultural, que desarraigan a los jóvenes de la pertenencia a las realidades culturales y religiosas de las que provienen. Es necesario un compromiso de la Iglesia para acompañarlos en este paso sin que pierdan los rasgos más valiosos de su identidad»[99].


[99] DF 14.

Lectio Divina – 17 de noviembre

El discurso de Jesús sobre el final de los tiempos
Lucas 21, 5-19

1. Oración inicial

Señor, tú que has creado el cielo, la tierra , el mar y cuanto en ellos hay, tú que por medio del Espíritu Santo por boca de nuestro padre David, tu siervo, dijiste:
¿Por qué braman las gentes y
los pueblos meditan cosas vanas? Los reyes de la tierra han conspirado
y los príncipes se han confederado
contra el Señor y contra su Ungido;
…Extiende la mano para que se realicen curaciones, milagros y prodigios en el nombre de tu santo siervo Jesús (Act. 4,24-25.30)”. Llénanos de tu Espíritu como lo hiciste con los apóstoles después de esta plegaria, en los tiempos de prueba, para que también nosotros podamos anunciar la Palabra con franqueza y dar testimonio como profetas de esperanza.

2. Lectio

a) El contexto:

El pasaje se relaciona con el comienzo del discurso de Jesús sobre el final de los tiempos. El pasaje 21,5-35 es toda una unidad literaria. Jesús se encuentra en Jerusalén, en los atrios del Templo, se acerca la hora de su Pasión. Los Evangelios sinópticos (ver también Mt 24; Mc 13) hacen preceder al relato de la pasión, muerte y resurrección, el discurso llamado “escatológico”. La atención no va puesta sobre cada palabra, sino sobre el anuncio del acontecimiento total. La comunidad de Lucas ya tenía conocimiento de los sucesos relacionados con la destrucción de Jerusalén. El evangelista universaliza el mensaje y pone en evidencia el tiempo intermedio de la Iglesia en espera de la venida del Señor en la gloria. Lucas hace referencia al final de los tiempos en otras partes (12,35-48; 17,20-18,18).

b) Una posible división del texto:

Lucas 21, 5-7: introducción
Lucas 21, 8-9: advertencia inicial
Lucas 21, 10-11: las señales
Lucas 21, 12-17: los discípulos puestos en la prueba
Lucas 21, 18-19: protección y confianza

Lucas 21, 5-19

c) El texto:

5 Como algunos hablaban del Templo, de cómo estaba adornado de bellas piedras y ofrendas votivas, él dijo: 6 «De esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida.» 7 Le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo sucederá eso? Y ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?»
8 Él dijo: «Mirad, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: `Yo soy’ y `el tiempo está cerca’. No les sigáis. 9 Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os aterréis; porque es necesario que sucedan primero estas cosas,
 pero el fin no es inmediato.» 10 Entonces les dijo: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. 11 Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, habrá cosas espantosas y grandes señales del cielo.
12 «Pero, antes de todo esto, os echarán mano y os perseguirán, os entregarán a las sinagogas y cárceles y os llevarán ante reyes y gobernadores por mi nombre; 13 esto os sucederá para que deis testimonio. 14 Proponed, pues, en vuestro corazón no preparar la defensa, 15 porque yo os daré una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios.16 Seréis entregados por padres, hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros. 17 Todos os odiarán por causa de mi nombre. 18 Pero no perecerá ni un cabello de vuestra cabeza.19 Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

3. Momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nuestro corazón e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas

– ¿Qué sentimientos me embargan: angustia, espanto, seguridad, confianza, esperanza, duda…?
– ¿Dónde está la buena noticia en este discurso?
– ¿Amamos lo que esperamos y nos conformamos a sus exigencias?
– ¿Cómo reacciono en la pruebas de mi vida de fe?
– ¿Puedo hacer una conexión con los sucesos históricos actuales?
– ¿Qué puesto tiene Jesús hoy en la historia?

5. Meditatio

a) Una clave de lectura:

No nos dejemos arrastrar por las convulsiones exteriores, típicos del lenguaje apocalíptico, sino de los interiores, necesarios, que preanuncian y preparan el encuentro con el Señor. Aunque estamos conscientes que también hoy, en diversas partes del mundo se viven situaciones “apocalípticas”, es posible también una lectura personalizada, ciertamente no evasiva que dirige la atención sobre la responsabilidad personal. Lucas, respecto a los otros evangelistas, subraya que no ha llegado el final, que es necesario vivir la espera con empeño. Abramos los ojos sobre las tragedias de nuestro tiempo, no para ser profeta de desventuras, sino valerosos profetas de un nuevo orden basado en la justicia y la paz.

b) Comentario:

[5] Como algunos hablaban del templo, de cómo estaba adornado de bellas piedras y ofrendas votivas, él dijo: Probablemente Jesús se encuentra en los atrios del templo, considerado el sitio señalado para los dones votivos. Lucas no especifica quiénes son los oyentes, es dirigido a todos, universaliza el discurso escatológico. Este discurso puede referirse al final de los tiempos, pero también al final de cada persona, del propio tiempo de vida. En común está el encuentro definitivo con el Señor resucitado.

[6] “De esto que véis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra, que no sea destruida” Jesús introduce un lenguaje de desgracias (17,22; 19,43) y vuelve a repetir las admoniciones de los profetas con respecto al templo (Micheas 3,12: Jer 7,1-15; 26,1-19). Es también una consideración sobre la caducidad de toda realización humana, por más maravillosa que sea. La comunidad lucana ya conocía la destrucción de Jerusalén (año 70). Consideremos nuestra conducta con las cosas que perecen con el tiempo.

[7] Le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo sucederá eso? Y ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?”. Los oyentes están interesados sobre los sucesos trastornantes exteriores que caracterizan este acontecimiento. Jesús no responde a esta específica pregunta. El “cuándo” no lo coloca Lucas en relación con la destrucción de Jerusalén. Subraya que “el fin no es inmediato” (versículo 9) y que “ antes de todo esto…” (v. 12) deberán acontecer otras cosas. Nos interroga sobre la relación entre los acontecimientos históricos y el cumplimiento de la historia de la salvación. Los tiempos del hombre y los tiempos de Dios.

[8] Él dijo: Mirad, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: «Yo soy» y «el tiempo está cerca». No les sigáis. Lucas, a diferencia de los otros evangelistas, añade la referencia al tiempo. La comunidad de los primeros cristianos está superando la fase de un regreso próximo del Señor y se prepara al tiempo intermedio de la Iglesia. Jesús recomienda no dejarse engañar o mejor, no ser seducidos por impostores. Hay dos tipos de falsos profetas: los que pretenden venir en nombre de Jesús diciendo “soy yo” o los que afirman que el tiempo ha llegado, que ya se conoce la fecha (10,11; 19,11).

[9] “Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os aterréis; porque es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato” También los acontecimientos bélicos, y hoy diremos, la acciones terroristas, no son principio del fin. Todo esto sucede, pero no es la señal del final (Dn 3,28). Lucas quiere prevenir la ilusión del final inminente de los tiempos con la consiguiente desilusión y abandono de la fe.

[10] Entonces les dijo: “Se levantará nación contra nación y reino contra reino,
[11] Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, habrá cosas espantosas y grandes señales del cielo”. La frase: “entonces les dijo” es una vuelta al discurso después de las advertencias iniciales. Estamos en pleno lenguaje apocalíptico que quiere decir revelación (Is 19,2; 2Cor 15,6) y ocultamiento o velación al mismo tiempo. Se usan imágenes tradicionales para describir la aceleración del cambio de la historia (Is 24,19-20; Zc 14,4-5; Ez 6,11-12, etc.). Lo imaginario catastrófico es como un telón que oculta la belleza del escenario que está detrás: la venida del Señor en la gloria (v.27).

[12] Pero, antes de todo esto, os echarán mano y os perseguirán, os entregarán a las sinagogas y cárceles y os llevarán ante reyes y gobernadores por mi nombre.
[13] Esto os sucederá para que déis testimonio. El cristiano está llamado a conformarse con Cristo. Me han perseguido a mí, también os perseguirán a vosotros. Lucas tiene presente la escena de Pablo delante del rey Agripa y del gobernador Festo (Act. 25,13-26,32). He ahí pues el momento de la prueba. No necesariamente bajo forma de persecución. Santa Teresa del Niño Jesús ha sufrido por 18 meses, desde el descubrimiento de su enfermedad, la ausencia de Dios. Un tiempo de purificación que prepara al encuentro. Es la condición normal del cristiano, la de vivir en una sana tensión, que no es frustración. Los cristianos están llamados a dar testimonio de la esperanza de la que están animados.

[14] Proponed, pues, en vuestro corazón no preparar la defensa,
[15] yo os daré una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Llega el momento de poner la confianza total en Dios, sólo Dios basta. Es aquella misma sabiduría con la que Esteban refutaba a sus adversarios (Act 6,10). Se le garantiza al creyente la capacidad de resistir a la persecución.

[16] Seréis entregados por padres, hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros;
[17] Todos os odiarán por causa de mi nombre. Para recordar la protección divina asegurada en los momentos de prueba. Está garantizada también al creyente la custodia de su integridad física.

[19] Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas. La perseverancia (confer también: Act 11,23; 13,43; 14,22) es indispensable para producir fruto (8,15), en las pruebas cotidianas y en las persecuciones. Quiere decir el “permanecer” en Cristo del que habla Juan. La victoria final es cierta: el reino de Dios será instaurado por el Hijo del hombre. Es necesario ahora ser perseverantes, vigilantes y en oración (v.36 y 12,35-38). El estilo de vida del cristiano debe convertirse en signo del futuro que vendrá.

6. Oratio: Salmo 98

Cantad al Señor un cántico nuevo

¡Aclama a Yahvé, tierra entera,
gritad alegres, gozosos, cantad!
Tañed a Yahvé con la cítara,
con la cítara al son de instrumentos;
al son de trompetas y del cuerno
aclamad ante el rey Yahvé.
Brame el mar y cuanto encierra,
el mundo y cuantos lo habitan,
aplaudan los ríos,
aclamen los montes,
ante Yahvé, que llega,
que llega a juzgar la tierra.
Juzgará el mundo con justicia,
a los pueblos con equidad.

7. Contemplatio

Dios bueno, cuyo reino es todo amor y paz, crea tú mismo en nuestra alma aquel silencio que te es necesario para comunicarte con ella.
Obrar tranquilo, deseo sin pasión, celo sin agitación: todo esto no puede provenir sino de ti, sabiduría eterna, actividad infinita, reposo inalterable, principio y modelo de la verdadera paz.
Tú nos ha prometido esta paz por boca de los profetas, la has hecho llegar por medio de Jesucristo, y se nos ha dado la garantía con la efusión de tu Espíritu.
No permita que la envidia del enemigo, la turbación de las pasiones, los escrúpulos de la conciencia, nos hagan perder este don celestial, que es la prenda de tu amor, el objeto de tus promesas, el premio de la sangre de tu Hijo. Amén (Teresa de Avila, Vida, 38,9-10)

Holgazanería no, esperanza sí

1.- Probablemente el original de Pablo no estará redactado en el tono irónico que rezuma una frase de la segunda lectura de la misa de hoy. Dice el Apóstol: “algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada”. Os he advertido respecto al estilo, porque he consultado otras traducciones, sin tener tiempo de acudir a un texto interlineal. Tiene gracia su humor, estar ocupado en no hacer nada, ¡anda ya! Aunque físicamente sea imposible esta vivencia, o lo uno, ocupado, o lo otro, no hacer nada. Os lo he vuelto a repetir, mis queridos jóvenes lectores, porque he notado a veces que esta era la realidad de algunos con los que me tocaba tratar.

2.- Trabajar de una manera u otra es una manera de ganarse decentemente la vida, complementando tal ocupación, con la labor por el Reino de los Cielos, comer, dormir, rezar y divertirse. Así debe ser la ocupación de la jornada. Ahora bien, la situación en la que vivimos muchos, permite acogerse al subsidio de paro, esperar, sin demasiada insistencia, obtener una beca, que permitirá pasar una temporada a costa de ella, sin demasiado empeño, preocupado únicamente de que le den un diploma, que le permitirá sentirse digno concursante de otra más, y así se va viviendo, que quien día pasa, año empuja, dice un refrán catalán.

3.- El sentido del deber, del honor y la fidelidad al encargo de Dios, al poner al hombre en el mundo, implica “arañar la tierra” para que de tal esfuerzo, la semilla, germine y crezca. Y que cada uno entienda como le toca cavar. A los que nos toca tratar con personas, muchas de ellas jóvenes, nos es difícil, cuando alguien acude solicitando ayuda y quejándose de su situación, dándose enseguida uno cuenta de que si viene es porque no se le cobrará la visita y decirlo a los demás, creerá ser buena excusa para continuar en lo mismo, pero con ello demostrar que se toma la vida en serio. Ahora bien, su existencia es a salto de mata, de una a otra manera, sabiendo encontrar razones muy razonables, para no aceptar ocupaciones que le permitirían vivir decentemente. Cuesta mucho ser sincero consigo mismo, y no pretender engañar a los demás, creédmelo.

4.- Cuando viváis una época de crisis, someteos seriamente a un severo examen de conciencia diario. Creo recordar, que San Ignacio de Loyola decía a los suyos que si se encontraban en el trance de tener que escoger entre la oración y el examen, debían preferir el segundo. No lo olvidéis. Pienso que es más provechoso examinarse con radicalidad sincera, aceptando que tal labor pueda conducir a una depresión, que viviendo a costa de los demás, engañándose a sí mismo, yéndose a dormir sin haber obrado nada de provecho. Uno lo ve, los demás también, pero creedme, no he sido nunca capaz de decir a alguien, no vuelvas a mi casa, mientras seas un vago.

5.- San Pablo, que nombra en sus escritos a ciertas personas con nombres y apellidos y alude a su mal comportamiento a veces, de ninguno se atreve a decir que era un perezoso indolente inútil.  A él también le debía ocurrir algo semejante. Y no os dejéis tampoco engañar, mis queridos jóvenes lectores, por los que con aire revolucionario, cargados de teorías de tal género, que proclaman a diestro y siniestro, no son capaces de incorporarse a ninguna arriesgada acción. Es otra de las maneras de ir viviendo sin hacer nada, si le es posible permanecer en tierra extranjera, explicando siempre las injusticias que sufría y le han obligado a marcharse de la suya.

6.- El texto evangélico que nos ofrece la liturgia de hoy puede parecernos espeluznante, podemos pensar si no leemos con detenimiento y separando y espaciando las diferentes partes del discurso del Señor, que quiere Él meternos miedo en lo más interno de nuestro corazón, sin otro provecho que suframos. Observad bien. Las guerras, las desgracias colectivas, los episodios de hambruna y más detalles, no los dicta Jesús para que muertos de miedo no hagamos nada. Se sucederán con cierta periodicidad las erupciones de algunos volcanes, chocarán por intereses egoístas pueblos contra pueblos, existirán enfermedades incurables en los momentos que nos parecerán más inoportunos, que se repiten periódicamente una y otra vez, semejantes siempre, pero advierte el Maestro, mis queridos jóvenes lectores, que no debemos desanimarnos, que Él siempre está arrimado a nuestro lado, protegiéndonos, que nunca nos abandona.

7.- El templo de Jerusalén tenía una extensión muy grande. Aunque sus edificios los derribó el furor del ejército romano, el llano en que se asentaba el Santuario y los atrios se conserva todavía. La riqueza y esplendor se perdieron. Las del Templo y las de muchos edificios, sin que por ello llegara el final de los tiempos.

Nos pueden haber traicionado las personas, hasta los amigos y los de la parentela, próxima o lejana. El Señor no nos ha abandonado. Lo importante es que cada día, llegado el final de la jornada, nos examinemos y si reconocemos que algo bueno a favor o provecho de los demás hemos sido capaces de hacer, nos entreguemos a un satisfactorio sueño. Si de otro modo ha ocurrido, diseñemos algo bueno para practicar al día siguiente, algo pequeño, pero concreto, que un paso al frente, es el inicio de un gran cambio.  

Pedrojosé Ynaraja

Historia de salvación

Cada vez más personas comentan que escuchar o ver las noticias les pone de mal humor. Tanto desastre, tanta injusticia, tanta pobreza, tanta violencia… les afectan, sobre todo porque parece que los intentos por detener o paliar tanto mal caen en el vacío o resultan insuficientes. Esto va generando un estado de ánimo que se concreta en diferentes actitudes ante la realidad: algunos se quedan indiferentes ante los problemas cuando no les afectan directamente, pensando que “eso no va conmigo”; otros son meros espectadores de la realidad, viendo mucha información, criticando, pero sin hacer nada; y otros, como los avestruces, no quieren saber nada de la realidad, piensan que no hay nada que hacer, y se refugian en su familia, su trabajo, sus intereses…

Quizá nosotros actuamos de modo similar, pero hoy el Señor nos enseña que esas actitudes son contrarias a la fe que decimos tener en Él. En el Evangelio hemos escuchado de su boca lo que parecería un “telediario” cualquiera: Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo…

Y por si acaso alguien piensa que “eso no va conmigo, continúa: os echarán mano, os perseguirán entregándoos a los tribunales y a la cárcel… Y tampoco hay donde refugiarse, porque hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa de mi nombre. Según este “avance de noticias”, no hay escapatoria, estamos “condenados” y sólo nos queda aguantar mientras podamos hasta que nos llegue el momento de caer.

Pero Jesús también ha dicho: Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico… así tendréis ocasión de dar testimonio. La postura cristiana ante la realidad no es la evasión ni el fatalismo. La realidad, aunque sea muy dura y no nos guste, nos ofrece el momento y circunstancias oportunos para dar testimonio de fe, porque el verdadero discípulo de Cristo sabe que ha recibido el anuncio del Evangelio en su misma realidad, en lo concreto de su historia personal, sea ésta la que sea, y que ese anuncio es una Buena Noticia, y se siente llamado y enviado a dar testimonio de Cristo a otros que también necesitan escuchar el anuncio del Evangelio en su vida, en su historia. Sobre todo, a los pobres.

Hoy el Papa Francisco nos ha propuesto celebrar la III Jornada Mundial de los Pobres, con el lema: «La esperanza de los pobres nunca se frustrará» (Sal 9, 19). Como indica el Papa: “Las palabras del salmo expresan una verdad profunda que la fe logra imprimir sobre todo en el corazón de los más pobres: devolver la esperanza perdida a causa de la injusticia, el sufrimiento y la precariedad de la vida”.

El verdadero cristiano ve la historia, con sus luces y sombras, como “historia de salvación”, que es el conjunto de acontecimientos que se desarrollan en el espacio y en el tiempo a través de los cuales Dios se hace compañero del ser humano y lo conduce hacia la comunión final con Él.

Entender la historia como “historia de salvación” es haber descubierto que la fe en Dios no es paralela a la historia humana. La fe en el Dios que se nos ha revelado no se queda en teorías, porque Dios ha entrado en la misma historia, que se convierte así en lugar de la presencia y de la actuación de Dios, de la cual el cristiano puede y debe dar testimonio, por difíciles que sean las circunstancias, porque el Señor nos ha asegurado que yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.

“La condición que se pone a los discípulos del Señor Jesús, para ser evangelizadores coherentes, es sembrar signos tangibles de esperanza. A todas las comunidades cristianas y a cuantos sienten la necesidad de llevar esperanza y consuelo a los pobres, pido que se comprometan para que esta Jornada Mundial pueda reforzar en muchos la voluntad de colaborar activamente para que nadie se sienta privado de cercanía y solidaridad”. Por eso, el cristiano verdadero debe romper con actitudes pesimistas, fatalistas o derrotistas ante la realidad, porque eso sería aceptar en la práctica que Dios no actúa en la historia. Por tanto, debemos vivir con esperanza, que no está reñida con el realismo, porque Dios se ha implicado y se implica en la historia. El mundo no es “malo”, aunque haya muchas cosas malas, y la misión del cristiano es empujar la historia hacia delante, hacia su plenitud. 

Por duras que sean las circunstancias, no hay que acobardarse ni evadirse. La historia de la humanidad es historia de salvación porque Dios está presente en el mundo y lo encamina hacia Él. Dios Padre nos llama y envía a ser testigos de esto, y el Señor por medio de su Espíritu nos da las palabras y la fuerza para hacerlo. Por tanto, afrontemos y vivamos con responsabilidad los avatares de la historia, para que la esperanza de los pobres nunca quede frustrada, porque la esperanza en Cristo sostiene y alimenta nuestro testimonio y compromiso. 

Jesús, principio y fin

1.- San Lucas es, sin duda, un excelente narrador. Pone sobre la escena la magnífica vista que del Templo de Salomón tenían los transeúntes que por ahí caminaban. Muchas veces, nosotros mismos podemos extasiarnos ante un gran paisaje urbano o campestre, donde la belleza de la obra del hombre, o la magnificencia natural, nos pueden resultar muy placentero y, por su estética, comunicar, además, sentimientos elevados. Pero todo lo que vemos, algún día desaparecerá. Nuestro mundo tiene principio y fin. Tampoco el planeta Tierra tiene asegurada su supervivencia infinita o eterna. El sistema planetario en el que vivimos alrededor del Sol tiene muestras de final y, tal vez, de principios. Desde luego, los planetas más cercanos al Astro Rey parece que ya han pasado a la historia. Se buscan rastros de vida en Marte y no se sabe a ciencia cierta cuál es la situación “histórica” de Venus. Pero, tal vez, en los más lejanos –y de una forma un tanto difícil de comprender por nosotros—la vida se está preparando. Es lo mismo. Poco importa –aquí y ahora—la precisión científica de la vida de nuestro sistema planetario. Lo que sí está claro es que todo lo que se inicia, luego muere.

2.- Jesús va a referirse a los “últimos tiempos”. Pero no especialmente a la catástrofe que terminará con la vida en la Tierra. Podía haberlo hecho igualmente, pero hace referencia al final de Jerusalén y su Templo. Cuando esto ocurrió –unos pocos años después de la Ascensión de Cristo a los cielos– el Sol quedaba entero y pujante sobre el horizonte: La semilla de Jesús había plantado en el alma de sus discípulos iba a convertirse en una prodigiosa epopeya, sin terminar, y que ahora cumple dos mil trece años. ¿Qué quiere decir esto? Pues que cada final tiene una importancia respecto a nuestro devenir concreto. Y más de una vez en la peripecia histórica precisa de cada grupo de cristianos, ellos se habrán encontrado la concreción profética de las palabras de Cristo en este fragmento del Evangelio de Lucas. Y lo importante no es tanto que las piedras caigan o que la guerra y la destrucción les asole. Lo notable es que el Espíritu ayudará a los seguidores de Jesús en esos tiempos de zozobra.

3.- “Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro”. El mensaje del Señor es inequívoco. No nos abandonará y en los “últimos tiempos” y además tendremos que hacer lo mismo que en los “primeros tiempos”: propagar su nombre. Y, además, hay otra promesa firme: “Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.” Se perfila la gravedad de la persecución, pero el resultado trae una victoria final. Eso es lo que quiere comunicar el Señor Jesús para todos aquellos que vayan a vivir sus particulares tiempos finales. Y la cercanía de Jesús es la que promete un consuelo permanente para esos momentos.

4.- En el relato de muchos mártires –antes de su muerte— está muy presente dicha cercanía. Poco importa, por tanto, la peripecia vital de un cristiano. Jesús va a estar cerca para ayudarnos. Incluso, lo más contrario a una gran catástrofe, como puede ser una vida regalada y placentera, necesitará también del apoyo de Cristo. Ya que no podemos engañarnos, en medio de dicha situación placentera, No es difícil sucumbir al egoísmo, al placer insolidario o al pecado que mata. Entonces, ocurre que más que fijarnos en lo excepcional de los “últimos tiempos” es mucho mejor pensar que es esta una enseñanza más del Señor Jesús para un tiempo presente. Todos los momentos de nuestra vida están marcados por las enseñanzas del Salvador.

5.- Entre los que fabulan y se aprovechan ante el fin del mundo hay mucho vago. Ya lo decía san Pablo: “El que no trabaje que no coma”. Es el efecto nocivo de quienes quieren vivir sin trabajar a la espera de la gran catástrofe. También hoy sufrimos los efectos de las falsas profecías con el incremento de los asiduos a ciertos modos mal llamados esotéricos, que pretenden angustiar a la gente y sacarles el dinero. Es verdad que el mundo —y nosotros todos— acabará algún día. Tanto da. Porque tenemos la esperanza que Jesús, con su cercanía, nos ofrece.

5.- El devenir del hombre sobre la tierra ha estado siempre acompañado de los efectos de la ira de la naturaleza o del poder devastador de la enfermedad en forma de epidemias. Es evidente que existen, asimismo, guerras de manera continuada. Y, entonces, no parece excesivo contemplar las “condiciones” que Cristo marca con preludio para llegada de los “últimos días”. Pero, a su vez, esas situaciones se están repitiendo desde hace siglos y milenios. Aunque ahora, en nuestros tiempos, hay una diferencia: la mayor solidaridad humana y la mejoría tecnológica tiende a paliar, de manera considerable, los efectos de tales desgracias. Pensar constantemente en el fin del mundo quita las ganas de trabajar y, sobre todo, es efecto de un “encantamiento” inmovilizador, porque si toda va a acabar, ¿por qué hay que esforzarse?

6.- San Pablo vivió ya los efectos prácticos de tales tonterías y tuvo que recomendar el trabajo cono antídoto de esas situaciones. Su mensaje de no admitir vagos es importante e, incluye, además, la idea del trabajo como factor de crecimiento personal y de acción solidaria hacia los hermanos. Nadie debe ser carga para otros, si está en condiciones de trabajar. Y ese trabajo, importante, amplio, constructivo, servirá además para echar a una mano a los que, verdaderamente, están impedidos para realizar cualquier labor. En estos tiempos en que el paro es uno de los grandes azotes de las sociedades desarrolladas –y de las que no lo están–, habrá que hacer especial mención del necesario esfuerzo solidario de aquellos que tienen trabajo hacia quienes no lo poseen. Pero, a su vez, la ausencia de empleo suele producir un desánimo que lleva a no buscar trabajo o a sólo querer encontrar una dedicación ideal. Como puede verse -dentro o fuera de cualquier desgracia- las palabras de Pablo tienen una gran actualidad.

7.- La esperanza es otro de los grandes ingredientes del sentir cristiano. Nos puede rodear la desgracia e, incluso, parecer que todo se va a acabar. Y, de hecho, asistir al final de muchas gentes queridas. Será ahí cuando la esperanza debe ayudarnos. Existe un camino muy negativo que es ver a Dios como elemento vengativo o agente continuado de grandes males. El poder de Dios es omnipotente, su justicia también y, además, no podemos dudar que las leyes de la naturaleza emanan de Él. Nuestro mundo no vive a golpe cotidiano de variación extraordinaria, positiva o negativa. El mejor talante es aceptar nuestra situación exacta y caminar hacia adelante. El hombre –el mejor “producto” de la creación— ha sido capaz de grandes cosas, saliendo de grandes hecatombes y enormes tragedias. Su capacidad de trabajo y su sentido de la superación es lo que le hacen colaborar con Dios en el camino hacia un mundo terreno mejor, a pesar del terrorismo, de las guerras, de la corrupción y de toda clase de hecatombes. Porque no se olvide que un día seremos como ángeles, lo ha dicho el Señor.

Ángel Gómez Escorial

Comentario al evangelio – 17 de noviembre

¿Se acerca el final?

      Los medios de comunicación actuales nos ofrecen imágenes de todo el mundo y en el momento en que suceden los acontecimientos. En un mismo informativo de televisión podemos ver las imágenes de unas enormes inundaciones en la China, los incendios en alguna zona de nuestro país y los enfrentamientos brutales de los manifestantes con la policía en algún lugar de Europa, pasando por la marea negra en alguno de los mares, la última crisis entre israelíes y palestinos, la marginación a que están sometidas las mujeres en algún país o el hambre casi crónica y terrible en algún lugar de África. Y muchas otras noticias que llenan la pantalla de nuestro televisor de malas noticias, de desastres naturales y humanos que no sabemos bien cómo vamos a ser capaces de enfrentar. ¿Se acerca el final? ¿Será capaz nuestro mundo de aguantar el envite de la contaminación que nosotros mismos provocamos? ¿Será capaz nuestra sociedad humana de ser más justa y de promover los derechos de todos los hombres y mujeres sin excepción? 

      Hemos de reconocer que a veces nos entra la duda. Tenemos la sensación de que el fin está ya cerca y nos da miedo. Al final todas esas cosas les suceden a otros, pasan en otros lugares. Nosotros tenemos nuestro pequeño rincón de paz. Y nos da miedo perderlo. Sentimos que todas esas cosas amenazan nuestra tranquilidad. 

      Pues ahí llega Jesús y nos dice que no nos preocupemos, que tranquilidad. Dice Jesús que ciertamente van a suceder muchas cosas, y cosas malas: guerras, insurrecciones, terremotos, hambrunas y plagas. Incluso signos extraordinarios en el cielo. Con todo eso, hay que seguir tranquilos. Porque hay más: los creyentes seremos entregados a la autoridad. Se nos tratará como criminales. Pero todo eso no será más que una oportunidad para dar testimonio de nuestra fe. Porque, dice Jesús, ni un sólo cabello de nuestra cabeza será destruido. 

      Por tanto, el mensaje de hoy es claro: tranquilidad y confianza. Como nos dice san Pablo en la segunda lectura, es tiempo para trabajar con normalidad, para vivir una vida decente atendiendo a nuestros propios asuntos y sin inquietarnos ni a nosotros mismos ni a los demás. Es tiempo de dar testimonio de nuestra fe cristiana, una fe que sabe construir la comunidad, la familia de todos los hijos de Dios en medio de todas esas cosas que pasan en nuestro mundo. No vaya a ser que nos pongamos nerviosos pensando en lo que va a suceder en el futuro y se nos olvide vivir el presente, nuestro presente, en cristiano, día a día, minuto a minuto. 

Para la reflexión

      ¿Qué piensas cuando ves los informativos de la televisión y escuchas todas esas noticias malas? ¿Cómo das testimonio de tu fe aquí y ahora? ¿Comunicas serenidad y paz y fe a los que viven contigo? ¿Qué haces para ayudar a construir el Reino, la familia de Dios con los que te rodean?

Fernando Torres, cmf