Vísperas – Lunes XXXIII de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

LUNES XXXIII TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Hora de la tarde,
fin de las labores.
Amo de las viñas,
paga los trabajos de tus viñadores.

Al romper el día,
nos apalabraste.
Cuidamos tu viña
del alba a la tarde.
Ahora que nos pagas,
nos lo das de balde,
que a jornal de gloria
no hay trabajo grande.

Das al vespertino
lo que al mañanero.
Son tuyas las horas
y tuyo el viñedo.
A lo que sembramos
dale crecimiento.
Tú que eres la viña,
cuida los sarmientos

SALMO 10: EL SEÑOR, ESPERANZA DEL JUSTO

Ant. El Señor se complace en el pobre.

Al Señor me acojo, ¿por qué me decís:
“Escapa como un pájaro al monte,
porque los malvados tensan el arco,
ajustan las saetas a la cuerda,
para disparar en la sombra contra los buenos?
Cuando fallan los cimientos,
¿qué podrá hacer el justo?

Pero el Señor está en su templo santo,
el Señor tiene su trono en el cielo;
sus ojos están observando,
sus pupilas examinan a los hombres.

El Señor examina a inocentes y culpables,
y al que ama la violencia él lo odia.
Hará llover sobre los malvados ascuas y azufre,
les tocará en suerte un viento huracanado.

Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor se complace en el pobre.

SALMO 14: ¿QUIÉN ES JUSTO ANTE EL SEÑOR?

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua,

el que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor,

el que no retracta lo que juró
aun en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Este es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

LECTURA: Col 1, 9b-11

Conseguid un conocimiento perfecto de la voluntad de Dios, con toda sabiduría e inteligencia espiritual. De esta manera, vuestra conducta será digna del Señor, agradándole en todo; fructificaréis en toda clase de obras buenas y aumentará vuestro conocimiento de Dios. El poder de su gloria os dará fuerza para soportar todo con paciencia y magnanimidad, con alegría.

RESPONSORIO BREVE

R/ Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.
V/ Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.

R/ Yo dije: Señor, ten misericordia.
V/ Porque he pecado contra ti.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque Dios ha mirado mi humillación.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque Dios ha mirado mi humillación.

PRECES

Demos gracias a Dios, nuestro Padre, que, recordando siempre su santa alianza, no cesa de bendecirnos, y digámosle con ánimo confiado:

Trata con bondad a tu pueblo, Señor

Salva a tu pueblo, Señor,
— y bendice tu heredad.

Congrega en la unidad a todos los cristianos,
— para que el mundo crea en Cristo, tu enviado.

Derrama tu gracia sobre nuestros familiares y amigos:
— que difundan en todas partes la fragancia de Cristo.

Muestra tu amor a los agonizantes:
— que puedan contemplar tu salvación.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Ten piedad de los que han muerto
— y acógelos en el descanso de Cristo.

Terminemos nuestra oración con las palabras que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Nuestro humilde servicio, Señor, proclame tu grandeza, y, ya que por nuestra salvación te dignaste mirar la humillación de la Virgen María, te rogamos nos enaltezcas llevándonos a la plenitud de la salvación. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 18 de noviembre

1) Oración inicial

Señor, Dios nuestro, concédenos vivir siempre alegres en tu servicio, porque en servirte a ti, creador de todo bien, consiste el gozo pleno y verdadero. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del evangelio de Lucas 18,35-43

Cuando se acercaba a Jericó, estaba un ciego sentado junto al camino pidiendo limosna; al oír que pasaba gente, preguntó qué era aquello. Le informaron que pasaba Jesús el Nazareno y empezó a gritar, diciendo: «¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!» Los que iban delante le increpaban para que se callara, pero él gritaba mucho más: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!» Jesús se detuvo, y mandó que se lo trajeran. Cuando se acercó, le preguntó: «¿Qué quieres que te haga?» Él dijo: «¡Señor, que vea!» Jesús le dijo: «Recobra la vista. Tu fe te ha salvado.» Y al instante recobró la vista y le seguía glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al verlo, alabó a Dios.

3) Reflexión

• El evangelio de hoy describe la llegada de Jesús a Jericó. Es la última parada antes de la subida a Jerusalén, donde se realiza el “éxodo” de Jesús según había anunciado en su Transfiguración (Lc 9,31) y a lo largo de la caminada hasta Jerusalén (Lc 9,44; 18,31-33).
• Lucas 18,35-37: El ciego sentado junto al camino. “Cuando se acercaba a Jericó, estaba un ciego sentado junto al camino pidiendo limosna; al oír que pasaba gente, preguntó qué era aquello. Le informaron que pasaba Jesús”. En el evangelio de Marcos, el ciego se llama Bartimeo (Mc 10,46). Al ser ciego, no podía participar en la procesión que acompañaba a Jesús. En aquel tiempo, había muchos ciegos en Palestina, pues el sol fuerte golpeando contra la tierra pedregosa emblanquecida hacía mucho daño a los ojos sin protección.
• Lucas 18,38-39: El grito del ciego y la reacción de la gente. “Entonces el ciego gritó: “Jesús, hijo de David, ¡ten piedad de mí!” E invoca a Jesús usando el título de “Hijo de David”. El catecismo de aquella época enseñaba que el mesías sería de la descendencia de David, “hijo de David”, mesías glorioso. A Jesús no le gustaba este título. Citando el salmo mesiánico, él llegó a preguntar: “¿Cómo es que el mesías puede ser hijo de David si hasta el mismo David le llama “mi Señor” (Lc 20,41-44) ? El grito del ciego incomodaba a la gente que acompañaba a Jesús. Por esto, “Los que iban delante le increpaban para que se callara”. Ellos trataban de acallar el grito, pero él gritaba mucho más fuerte: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!” Hoy también, el grito de los pobres incomoda la sociedad establecida: migrantes, enfermos de SIDA, mendigos, refugiados, ¡tantos!
• Lucas 18,40-41: La reacción de Jesús ante el grito del ciego. Y Jesús ¿qué hace? “Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran”. Los que querían acallar el grito del pobre, ahora, a petición de Jesús, se ven obligados a ayudar al pobre a que llegue hasta Jesús. El evangelio de Marcos añade que el ciego dejó todo y se fue hasta Jesús. No tenía mucho. Apenas un manto. Pero era lo que tenía para cubrir su cuerpo (cf. Es 22,­25-26). Era su seguridad, ¡su tierra firme! Hoy también Jesús escucha el grito de los pobres que a veces nosotros no queremos escuchar. Cuando se acercó, le preguntó: “¿Qué quieres que te haga?” No basta gritar. ¡Hay que saber porqué se grita! Él dijo: “¡Señor, que vea!”.
• Lucas 18,42-43: “Recobra tu vista.” Jesús dice: “Recobra tu vista Tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista y le seguía glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al verlo, alabó a Dios”. El ciego había invocado a Jesús con ideas no totalmente correctas, pues el título de “Hijo de David” no era muy exacto. Pero él tiene más fe en Jesús que en sus ideas sobre Jesús. Dio en el blanco. No expresa exigencias como Pedro (Mc 8,32-33). Sabe entregar su vida aceptando a Jesús sin imponer condiciones. La curación es el fruto de su fe en Jesús. Curado, sigue a Jesús y sube con él a Jerusalén. De este modo, se vuelve discípulo, modelo para todos nosotros que queremos “seguir a Jesús por el camino” hacia Jerusalén: creer más en Jesús que en nuestras ideas sobre Jesús. En esta decisión de caminar con Jesús está la fuente de valor y la semilla de la victoria sobre la cruz. Pues la cruz no es una fatalidad, ni una exigencia de Dios. Es la consecuencia del compromiso de Jesús, en obediencia al Padre, de servir a los hermanos y no aceptar privilegios.
• La fe es una fuerza que transforma a las personas. La Buena Nueva del Reino estaba escondida entre la gente, escondida como el fuego bajo las cenizas de las observancias sin vida. Jesús sopla sobre las cenizas y el fuego se enciende, el Reino aparece y la gente se alegra. La condición es siempre la misma: creer en Jesús. La curación del ciego aclara un aspecto muy importante de nuestra fe. A pesar de invocar a Jesús con ideas no del todo correctas, el ciego tuvo fe y fue curado. Se convirtió, lo dejó todo y siguió a Jesús por el camino del Calvario. La comprensión total del seguimiento de Jesús no se obtiene por la instrucción teórica, sino por el compromiso práctico, caminando con él por el camino del servicio, desde Galilea hasta Jerusalén. Aquel que insiste en mantener la idea de Pedro, esto es, del Mesías glorioso sin la cruz, no va a entender nada de Jesús y no llegará nunca a tomar la actitud del verdadero discípulo. Aquel que sabe creer en Jesús y se entrega (Lc 9,23-24), que acepta ser el último (Lc 22,26), beber el cáliz y cargar con su cruz (Mt 20,22; Mc 10,38), éste, al igual que el ciego, aún teniendo las ideas no enteramente justas, “seguirá a Jesús por el camino” (Lc 18,43). En esta certeza de caminar con Jesús está la fuente de la audacia y la semilla de la victoria sobre la cruz.

4) Para la reflexión personal

• ¿Cómo veo y siento el grito de los pobres: migrantes, negros, enfermos de SIDA, mendigos, refugiados, tantos?
• ¿Cómo es mi fe: me fijo más en las ideas sobre Jesús o en Jesús?

5) Oración final

Feliz quien no sigue consejos de malvados
ni anda mezclado con pecadores
ni en grupos de necios toma asiento,
sino que se recrea en la ley de Yahvé,
susurrando su ley día y noche. (Sal 1,1-2)

Recursos

El buen ladrón – Lucas 23, 35-43

En aquel tiempo, las autoridades y el pueblo hacían muecas a Jesús, diciendo: – A otros ha salvado; que se salve a sí mismo si él es el Mesías de Dios, el elegido. Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: – Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo. Había encima un letrero es escritura griega, latina y hebrea: “Este es el rey de los judíos”. Uno de los malechores crucificados lo insultaba diciendo: – ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros. Pero el otro lo increpaba: – ¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada. Y decía: – Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Jesús le respondió: – Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.

Explicación

Los tiempos o momentos difíciles que Jesús anunció a sus amigos, también los vivió él, cuando le persiguieron las autoridades, le traicionaron los amigos, le dejaron solo, y le maltrataron hasta matarle en la cruz, condenado como si fuera un malhechor. Cuando estaba crucificado, algunos le decían con burla: ¡Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo ! Uno de los crucificados con él, sin embargo le dijo: Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino. Y Jesús le respondió: Hoy estarás conmigo en el paraíso. Te lo aseguro.

Evangelio dialogado

Te ofrecemos una versión del Evangelio del domingo en forma de diálogo, que puede utilizarse para una lectura dramatizada.

34 DOMINGO – CRISTO REY DEL UNIVERSO – “C”

Narrador: Hoy es la fiesta de Cristo Rey del Universo. Es la historia de un rey que murió crucificado. Un rey que no se parece en nada a los reyes de aquí abajo. Habla de un rey crucificado y de un reino muy distinto a los reinos de este mundo. Recordemos el momento:

+ Cuando crucificaron a Jesús, las autoridades y el pueblo se burlaban de él, diciendo:

Niño 1: A otros ha salvado, que se salve a sí mismo si de verdad es el Mesías de Dios.

Niño 2: Eso es, que se salve a sí mismo si es el Mesías de Dios, el Elegido.

Narrador: Se burlaban también de él los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo:

Niños: Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.

Narrador: Había encima de la Cruz un letrero en escritura griega, latina y hebrea: “ESTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS”.
Uno de los malhechores crucificados le insultaba diciendo:

Malhechor 1º: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.

Narrador: Pero el otro malhechor le regañaba.

Malhechor 2º: ¿Ni siquiera tú, estando en el mismo suplicio, tienes temor de Dios?

Malhechor 1º: Si es Dios… ¿por qué le han condenado como a nosotros?

Malhechor 2º: Nuestra condena es justa, recibimos el pago de lo malo que hicimos, pero éste no ha hecho nada malo.

Narrador: Y dirigiéndose a Jesús le dice:

Malhechor 2º: Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino.

Jesús: Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.

Fr. Emilio Díez Ordóñez y Fr. Javier Espinosa Fernández

Comentario del 18 de noviembre

El hecho que hoy nos recuerda el evangelio es una muestra del poder y del querer salvíficos de Jesús. Un ciego, a quien el evangelio de Mateo da el nombre de Bartimeo, y que estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna, al oír decir que pasaba Jesús Nazareno, el profeta taumaturgo, se dirige a él a grito en cuello pidiendo clemencia.

Llama la atención la insistencia del ciego, que grita una y otra vez hasta provocar el enfado de los acompañantes del Maestro. Era la insistencia que brota de la necesidad y que muchas veces se confunde con el descaro que vemos en las actitudes de tantos mendigos que nos salen al paso. Y Jesús se deja mover a compasión por la desgracia de aquel indigente. Se detiene ante él y se permite preguntarle: ¿Qué quieres que haga por ti?

Aquel mendigo privado de la visión estaba necesitado de muchas cosas. Tal vez podía querer dinero, pan o vestido. Pero no, lo que desea de Jesús, el taumaturgo, es otra cosa, es que le devuelva la vista. Pan o vestido podían dárselo otros; la vista, sin embargo, sólo Jesús podía devolvérsela. Y eso es lo que le pide: Señor, que vea otra vez. Y Jesús, sin más dilación, le dice: Recobra la vista, tu fe te ha curadoEn seguida recobró la vista y lo siguió glorificando a Dios.

Esa fe que muestras tener –parece decirle su sanador-, que se deja ver en tu insistencia, es la que realmente te está curando. Pero la fe del ciego necesitaba apoyarse en el poder del taumaturgo. Ambas cosas se reclaman. Jesús, el sanador, mediante la fe (causa dispositiva) de ese hombre que deseaba fervientemente ver la luz y confiaba en su poder curativo, realiza el milagro. Sin fe, Dios no cura; al menos sin la fe del que pide, aunque éste no sea el inmediato beneficiario. En este caso, cuando es otro el que pide el beneficio, como una madre para su hija, la fe no es causa (psicológica) dispositiva de la curación, pero sigue siendo medio de obtención del beneficio.

Lo mismo sucede con la salvación, de la cual la curación es una expresión parcial y una garantía de realización. Dios es quien nos salva, pero no sin nosotros, no contra nuestra voluntad, no sin el obsequio de nuestra fe. No se cura el que no quiere ser curado ni pone los medios para ello: el que no acude al médico ni toma las medicinas pertinentes. Tampoco se salva el que no quiere ser salvado ni pone los medios que le son ofrecidos o exigidos para ello. Pero querer la salvación es reconocer nuestra necesidad de la misma y pedirla –puesto que tiene más de don que de conquista- a quien puede darla. Y esto supone la fe.

La salvación también consiste en ver lo que no vemos, no necesariamente porque estemos ciegos, sino porque nuestra vista tiene un alcance limitado y no lleva a divisar lo que escapa al horizonte de su visión. Salvación es liberación de todas nuestras cegueras, es decir, de todo aquello que nos impide ver la bondad, la belleza, la unidad, la verdad que están presente, muchas veces de manera velada, en las cosas y que apuntan a una Verdad, Belleza y Bondad supremas.

Quizá el deseo más hondo, no sólo de un ciego como Bartimeo, sino de todo ser humano sea ver: ver la verdad de todo, esa verdad que se oculta a nuestra mirada e inteligencia, ver a Dios. En el fondo, ése es el deseo que late en todo deseo: ver a Dios, que es ver la realidad que se nos oculta. No se trata de una simple curiosidad. Es el deseo de verdad que se esconde (y puja) tras nuestro afán de ver (y conocer). Y sólo cuando veamos la Verdad cara a cara, sólo cuando veamos a Dios, de frente y sin velos, descansaremos. Hasta entonces, como nos recuerda san Agustín, no podremos evitar vivir en la inquietud. Es la inquietud que genera el no ver del todo la verdad de las cosas, del mundo, del hombre, la verdad que es Dios. Es la inquietud que genera el “enigma de la realidad” de que tanto habló X. Zubiri.

Lo que sí podemos, en medio de esta inquietud, es vivir confiados alegres; pues tenemos por Padre a Dios. Él ha cambiado nuestra suerte enviándonos a su Hijo. Por eso podemos estar alegres, aunque no veamos del todo, confiando en que el que curó a Bartimeo de su ceguera nos dé ojos para ver la suprema Verdad y Belleza; porque tras esta visión (beatífica) no podemos esperar otra cosa. Nuestro deseo quedará colmado y nuestra satisfacción será plena.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

186. Hoy vemos una tendencia a “homogeneizar” a los jóvenes, a disolver las diferencias propias de su lugar de origen, a convertirlos en seres manipulables hechos en serie. Así se produce una destrucción cultural, que es tan grave como la desaparición de las especies animales y vegetales[100]. Por eso, en un mensaje a jóvenes indígenas, reunidos en Panamá, los exhorté a «hacerse cargo de las raíces, porque de las raíces viene la fuerza que los va a hacer crecer, florecer y fructificar»[101].


[100] Cf. Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 145: AAS 107 (2015), 906.

[101] Videomensaje para el Encuentro Mundial de la Juventud Indígena en Panamá (17-21 enero 2019): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (25 enero 2019), p. 10.

Homilía – Domingo XXXIV de Tiempo Ordinario

SOLO TÚ, SEÑOR

 

RELACIÓN PERSONAL Y LIBERADORA

Me confesaba un joven universitario: “Hace tres años, por medio de un compañero de carrera, un joven de vivencia cristiana muy profunda, Jesús de Nazaret me salió al encuentro. Y descubrí que de verdad él es mi Salvador y Señor. Antes, lo único que hacía eran prácticas religiosas y estaba convencido de ser un cristiano auténtico, hasta el día en que el Señor hizo caer la alegre máscara de mi rostro, y me hizo ver que era un pobre hombre que tenía necesidad de un Salvador. Aquel día fue un nuevo nacimiento. A partir de ahí, Jesús es el determinante de mi vida. Tengo la experiencia de haber pasado del vacío a la alegría”. Esto sí que es confesar vivencialmente a Jesucristo como “Señor” absoluto. El recuerdo de que nos ha salido al encuentro el mejor de los amigos, el mejor de los maestros, el mejor de los señores, ha de producir en nosotros, como produjo en Pablo, un increíble gozo interior. “Todo me parece basura en comparación con su amistad” (Flp 3,8).

En primer lugar, la relación que me ofrece Jesús de Nazaret, muerto y resucitado, es una relación personal, íntima. A veces los maestros, los líderes, los jefes, los fundadores fallan porque traicionan a los suyos, mueren, han perdido el poder, se les ha pasado la hora… Cristo nunca fallará, porque ya no muere y su amor es eternamente fiel.

Hay que señalar, como verdad estimulante, que la Causa de Jesús tiene el triunfo asegurado. ¿Ganará el partido político en el que milito, la causa sindical por la que lucho, el movimiento humanitario en el que colaboro? A veces, todo termina en una deprimente derrota. ¿Será leal el líder o la organización por los que lucho codo a codo o me estarán “utilizando” y me dejarán más tarde en la cuneta? ¡Hay tantos engañados y desengañados, encantados y desencantados por haber jugado la vida en sueños vanos! Lo verdaderamente alentador es que el que milita por la Causa de Jesús tiene el triunfo asegurado, aunque perezca aplastado por el fracaso o la persecución, como lo entendió el buen ladrón (Le 23,43). Podrá derrumbarse la obra humanitaria o eclesial por la que me rompo el pecho, podrá fracasar un proyecto en el que estoy embarcado, pero yo no fracasaré, porque el Señor es el garante de mi vida, porque “el que regala su vida, la acumula” (Jn 12,25), porque el fruto más valioso de una tarea queda en el que la realiza. La utopía de Jesús, su proyecto asombroso, la nueva humanidad, el gran banquete del Reino llegará a celebrarse en toda su plenitud. Estamos ante una esperanza inconfundible y garantizada por la fidelidad de Dios.

 

RESPUESTA PERSONAL

Jesús resucitado me ofrece una relación personal, una amistad personal, pero, al mismo tiempo, me invita a dar una respuesta personal. Él tiene para mí un proyecto personal, una misión concreta e intransferible con la que he de servir a su Causa, a la construcción de una Iglesia y una sociedad fraternas. No hay verdadera respuesta a su amistad sin prestar la

colaboración que él nos pide para el crecimiento de su Reino. Reconocer el señorío significa, en primer lugar, estar dispuesto a realizar su voluntad sobre nosotros, sobre nuestra familia, sobre nuestra comunidad.

La voluntad del Señor Jesús no es algo negativo: “No hagas el mal”… Ni algo genérico: “Cumple con lo prescrito”… No. Se trata de poner todo nuestro ser y nuestro tiempo a disposición del Señor y al servicio de la misión que nos ha confiado. Esto es lo que hace Pablo al convertirse: “Señor, ¿qué quieres que haga?” (Hch 22,10). Es lo mismo que dirá Teresa de Jesús: “Vuestra soy, para Vos nací, ¿qué mandáis hacer de mi?”. No sólo qué mandas hacer a todos, sino a específicamente. Es lo que hace todo empleado al comenzar la tarea de cada día. Espera las consignas del encargado; pregunta: ¿qué tengo que hacer hoy?, ¿cómo quieres que haga? Esto significa que no sólo unos ratos, ni sólo unos ritos, sino toda la vida ha de estar al servicio del Señor.

Reconocer el señorío de Jesús no consiste sólo en hacer lo que “Dios manda”, sino lo que “Dios quiere”: su voluntad en todo momento. Forma parte del Reino de Jesús, trabaja por él, quien tiene su espíritu y actúa “como él” actuaba. “Yo hago siempre lo que agrada a mi Padre” (Jn 8,29), testifica.

Aquí está el secreto para saber si somos hijos en la casa del Padre o criados egoístas e interesados. “Señor, ¿qué quieres que haga?” (Hch 22,10), pregunta Pablo en el momento de su conversión. No pregunta: “¿qué mandas?”, sino ¿qué quieres?

Estar convertido, reconocer de verdad a Jesús como el Señor de nuestra vida personal, familiar y comunitaria, consiste en poner toda nuestra alegría en complacer a Dios, como tantas veces recomienda Pablo a los miembros de sus comunidades (1Ts 4,1). Este deseo de “complacer” o “agradar” al Señor ha de llevarnos a discernir su voluntad a través de las mediaciones de las que se sirve: la llamada de la comunidad a responsabilizarse de tareas o a colaborar en trabajos comunitarios, las necesidades apremiantes de nuestro entorno, el consejo de los compañeros del grupo cristiano, el ejemplo y la generosidad de otros seguidores de Jesús, los acontecimientos que suponen para nosotros una interpelación, la preparación y el carisma que cada uno tiene… Todos éstos pueden ser cauces para reconocer la voluntad del Señor sobre nosotros.

Esta disponibilidad para hacer siempre y en todo la voluntad de Dios es la que evita que se sirva a dos señores (Mt 6,24). “Tú sólo Señor, Jesucristo”, recitamos en el Gloria. No se puede ser militante de dos partidos políticos y estar con dos líderes opuestos. No se puede servir y honrar a Dios en el templo y al ídolo de la comodidad, del consumo, de la presunción, del autoritarismo fuera del templo. Como dice certeramente el dicho castellano, “no se puede prender una vela a Dios y otra al diablo”. Servir sólo al Señor significa que hacemos todo lo demás inspirados por la fe en Jesús y realizando su voluntad, trabajando por el Reino.

Ésta es la tragedia de muchos cristianos que, tal vez sin darse cuenta, reconocen teóricamente y confiesan a Jesús como el único Señor, pero tienen como verdadero “señor” de su corazón a algún o algunos ídolos.

EL REINO EN LA IGLESIA Y EN EL MUNDO

Reconocer el señorío de Jesús, luchar por él, conlleva que sus discípulos realicemos de verdad su Reino, que creemos un espacio comunitario en el que de verdad se realice el proyecto de Dios en el que nos reconozcamos y vivamos como hermanos, hijos de un mismo Padre. Reconocer el señorío de Jesús, ser de verdad miembros de su Reino, es construir entre todos una sociedad de contraste en la que las personas sean respetadas como hijos de Dios, en la que todos seamos, de hecho, no sólo de derecho, iguales, en la que reine el amor mutuo, el servicio, el respecto a la libertad del otro, la corresponsabilidad, la preocupación preferencial por los más débiles, pobres y sufrientes. En definitiva, una sociedad distinta, en la que nadie es anónimo ni es instrumentalizado, sino ayudado a realizarse como persona y como creyente.

Reconocer el señorío de Jesús, pertenecer de verdad a su Reino, supone luchar para que la sociedad, el barrio, nuestro mundo del trabajo… se acerquen cada vez más al proyecto de Jesús, para que se desarrollen los valores humanos que constituyen el verdadero Reino, que es, como dice la liturgia, Reino de verdad, de vida, de justicia, de amor y de paz; en definitiva, que se asemeje lo más posible a ese espacio verde que ha de ser la comunidad cristiana.

Un amigo, visceralmente opuesto a todo lo religioso, acompaña a su mujer a una casa de convivencias. Como llueve y no sabe cómo llenar el tiempo, entra en la sala para escuchar la charla que sobre Jesús dirigía el sacerdote, un hombre enteramente fascinado por Jesús. Al terminar la reflexión, exclama: “¡A éste es a quien yo estaba buscando sin saberlo. A éste sí que merece la pena servirle!”, repite con frecuencia. Es lo mismo que, con otras palabras, repitió Pedro hace veinte siglos: “¿A quién vamos a ir, Señor? Sólo tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68).

 

Atilano Aláiz

Evangelio: Lucas (23,35-43): El Salvador crucificado, ese es nuestro rey (Domingo XXXIV de Tiempo Ordinario)

1. El evangelio de Lucas forma parte del relato de la crucifixión, diríamos que es el momento culminante de un relato que encierra todo la teología lucana: Jesús salvador del hombre, y muy especialmente de aquellos más desvalidos. Lucas, con este relato nos quiere presentar algo más profundo y extraordinario que la simple crucifixión de un profeta. Por ello se llama la atención de cómo el pueblo “estaba mirando” y escuchando. Y comienza todo un diálogo y una polémica sobre la “salvación” y el “salvarse” que es uno de los conceptos claves de la obra de Lucas. Los adversarios se obstinan en que Jesús, el Mesías según el texto, no puede salvarse y no puede salvar a otros. Además está crucificado y ya ello es inconveniente excesivo para que el letrero de la cruz (“rey de los judíos”=Mesías) pierda todo su sentido jurídico y se convierta en sarcasmo. Está claro por qué ha sido condenado: por una razón política, acusado de ir contra Roma, en nombre de un mesianismo que ni pretendió, ni aceptó de sus seguidores.

2. Todo, en el relato, convoca a contemplar; emplaza al “pueblo” (testigo privilegiado de la pasión en Lucas) para que sea espectador del fracaso de este profeta que ha dedicado su vida al reinado de Dios, sin derecho alguno, y rompiendo las normas elementales de las tradiciones religiosas de su pueblo. Los profetas verdaderos no pueden acabar de otra manera para las religiones oficiales. Por lo mismo está en juego, según la teología de Lucas, toda la vida de Jesús que es una vida para la salvación de los hombres. La psicología del evangelista se percibe a grandes rasgos. El pueblo será “secretario” cualificado del fracaso de éste que se ha atrevido a hablar de Dios como nadie lo ha hecho; porque se ha osado recibir a los publicanos y pecadores, compartir su vida con hombres y mujeres que le seguían hasta Jerusalén. Este era el momento esperado… y, de pronto, un “diálogo” asombroso rompe, antes de la hora “tercia”, el “nudo gordiano” de la salvación. No va a ser como Alejandro Magno con su espada a tajo, en Godion de Frigia, para dominar el mundo por esa decisión drástica. Será con la oferta audaz y valiente de la salvación en nombre del Dios de su vida.

3. El diálogo con los malhechores (vv. 39-43), y especialmente con aquél que le pide el “paraíso”, es un episodio propio de Lucas que ha dado al relato de la crucifixión una fisonomía inigualable. La comparación que hemos mencionado con Alejandro Magno y el “nudo gordiano” sigue estando en pie a todos los efectos. Quien crucificado, la muerte más ignominiosa del imperio romano, pueda ofrecer la salvación al mundo, podrá dominar el mundo con el amor y la paz, no con un imperio grandioso fundamentado en la guerra, la conquista, la muerte y la injusticia. Lucas es consciente de esta tradición que ha recogido y que ha reinventado para este momento y en este “climax”. Cuando ya está dictada la sentencia de impotencia y de infamia… la petición de uno de los malhechores ofrece a Jesús la posibilidad de dar vida y salvación a quien irá a la muerte innoble como él. No es un libertador militar… está muriendo crucificado, porque ha sido condenado a muerte. Los valientes militares morían a espada; los esclavos y los parias, en la “mors turpissima crucis”.

4. El malhechor lo invoca con su nombre propio ¡Jesús!, no como el de Mesías o el de Rey o incluso el de Hijo de Dios. Esto es algo que ha llamado poderosamente la atención de los intérpretes. Es verdad que en la Biblia, en el nombre hay toda una significación que debe ser santo y seña de quien lo lleva. “Jesús” significa: “Dios salva” o “Dios es mi salvador”. Es una plegaria, pues, al crucificado, pero Lucas entiende que en todo aquello está Dios por medio. Es decir, que Dios no está al margen de lo que está aconteciendo en la cruz, en el sufrimiento de Jesús y de los mismos malhechores. La interpelación del buen ladrón como plegaria es para Lucas toda una enseñanza de que el crucificado es el verdadero salvador y de que por medio de su vida y de su muerte, Dios salva. Por tanto encontraremos salvación y salvación inmediata: “hoy estarás conmigo en el paraíso”. Esta es una fórmula bíblica cerrada para expresar la vida después de la muerte. No sabemos cómo ha llegado a Lucas este diálogo de la cruz, pero la verdad es que es lo más original de todos los evangelistas sobre esta escena de la pasión. Jesús es verdaderamente rey, aunque al margen de todas las expectativas políticas. El “nudo gordiano” se rompe, si queremos a tajo, por la palabra de vida que Jesús ofrece en nombre de Dios.

5. Este relato majestuoso tiene muy poco de deshonor. Lucas no entiende la muerte de Jesús como un fracaso. Y no lo es en verdad. Es el momento supremo de la entrega a una causa por la que merece dar la vida. Cuando todos los que están al lado de la cruz le han retado a que salve tal como ellos entienden la salvación, Jesús se niega a aceptarlo. Cuando alguien, destrozado, aunque haya sido un bandido o malhechor, le ruega, le pide, le suplica, ofrece todo lo que es y todo lo que tiene. Desde su impotencia de crucificado, pero de Señor verdadero, ofrece perdón, misericordia y salvación. Esta teología de la cruz es la clave para entender adecuadamente a Jesucristo como Rey del universo. Es un rey sin poder, es decir, el “sin-poder” del amor, de la verdad y del evangelio como buena nueva para todos los que necesitan su ayuda. “Hoy estarás conmigo en el paraíso” es la afirmación más rotunda de lo que este rey crucificado ofrece de verdad. No es la conquista del mundo, sino de nuestra propia vida más allá de este mundo.

Iª Lectura: 2º Samuel (5,1-3): Dios busca un rey para la paz (Domingo XXXIV de Tiempo Ordinario)

1. La lectura se ambienta en Hebrón, donde según la tradición, se conservan las tumbas de los Patriarcas del pueblo de la Alianza. Los del sur, a cuya tribu de Judá pertenecía David, ya lo había proclamado rey. Ahora vienen las tribus del norte, las de Israel, para pedirle que lo quieren también como rey. Es muy compleja la “historia” de David, su subida al trono, las razones por las cuales fue primeramente elegido por Judá y después vinieron a ofrecerle el reino del norte, Israel, que había tenido una historia distinta. Hay cosas seguras o bien aceptadas, desde luego, pero no podemos negar que la “leyenda” de cómo David fue “ungido” rey se convierte en una leyenda religiosa a medida de la concepción del soberano en Oriente, como representante de los dioses. El Dios de Israel, Yahvé, no tiene preferencias por un tipo de gobierno… pero la historia antigua no puede prescindir de lo religioso y de suponer una intervención de Dios en casi todo.

2. La historia en este caso es bien explícita: David tenía fama de buen defensor y sobre él se tejerá la leyenda sagrada de rey justo y capaz de alcanzar la unidad. Él conquista la paz; aunque, lógicamente, la paz de David es una paz efímera, lo mismo que la solidaridad entre las tribus, entre el norte y el sur, se resiente de muchos defectos. Pero es el primer apunte de una teología de pacificación y solidaridad que solamente se encontrará con Jesús de Nazaret. Aquí, a continuación de nuestro texto, se habla de los treinta años que tenía cuando comenzó a reinar sobre Hebrón y de los treinta y tres sobre Israel. Quizá Lucas haya podido tener esto en cuenta cuando en Lc 3,23 nos habla de la edad de Jesús para enlazar con la genealogía que justificaría que Jesús era, por José, descendiente de la línea de David.

Comentario al evangelio – 18 de noviembre.

Lc. 18,35-43 Sana a un ciego. 

Con la curación de este ciego en las cercanías de Jericó Jesús realiza el cumplimiento de lo que había anunciado en la sinagoga de Nazaret: “El Espíritu del Señor está sobre mi porque me ha ungido para… dar la vista a los ciegos”.

Es sintomático y tal vez intencional de Lucas dejar constancia que los Doce no entendieron (no veían) nada de lo que Jesús les había revelado acerca de su final. Este ciego en cambio, a pesar del obstáculo personal de la ceguera y de los obstáculos externos que le ponen los que impiden que se acerque a Jesús, es capaz de captar quién es realmente Jesús: primero lo reconoce como Mesías (Hijo de David); luego lo llama Señor; finalmente da Gloria a Dios y le sigue.

El relato es utilizado por Lucas para enseñar que no siempre, aunque se tengan intactos los cinco sentidos, se está en grado de conocer a Jesús y de optar por Él. La fe no depende de la buena salud.

Era ciego pero tenía las ideas muy claras. Había oído hablar de Jesús de Nazaret, el descendiente del rey David, que hacía milagros en toda Galilea. Y él quería “ver”. Por eso, cuando le informaron que Jesús iba a pasar por allí, el corazón le dio un vuelco y comenzó a gritar con todas sus fuerzas. ¡Era la oportunidad de su vida! Cuando consiguió estar frente a frente con el Mesías no fue con rodeos; le pidió lo que necesitaba: “¡Señor, que vea!”. Fue, como se dice, al grano: “Mira, Señor, lo que me pasa es esto…”.

El Papa Francisco ha hablado de esta cualidad de la oración que va al grano e insiste sin desanimarse, y ha explicado que es entonces cuando los milagros suceden. Ya era la hora de cerrar la iglesia, pero aquel pobre padre pedía desesperado la salud de su hijita moribunda en el hospital: se quedó toda la noche rezando delante de la puerta del templo. En la mañana, al regresar a casa, le contaron la gran noticia: “tu hija está sana”.

Pero el relato del ciego de Jericó no acaba en la curación. Luego fue a comunicar esa experiencia a todo el pueblo. Había nacido un apóstol. Y consiguió que aquella gente, al verlo, alabara a Dios.

Carlos Latorre, cmf

Lunes XXXIII de Tiempo Ordinario

Hoy es 18 de noviembre, lunes XXXIII de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 18, 35-43):

En aquel tiempo, sucedió que, al acercarse Jesús a Jericó, estaba un ciego sentado junto al camino pidiendo limosna; al oír que pasaba gente, preguntó qué era aquello. Le informaron que pasaba Jesús el Nazareno y empezó a gritar, diciendo: «¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!». Los que iban delante le increpaban para que se callara, pero él gritaba mucho más: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!». Jesús se detuvo, y mandó que se lo trajeran y, cuando se hubo acercado, le preguntó: «¿Qué quieres que te haga?». Él dijo: «¡Señor, que vea!». Jesús le dijo: «Ve. Tu fe te ha salvado». Y al instante recobró la vista, y le seguía glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al verlo, alabó a Dios.

Hoy, el ciego Bartimeo (cf. Mc 10,46) nos provee toda una lección de fe, manifestada con franca sencillez ante Cristo. ¡Cuántas veces nos iría bien repetir la misma exclamación de Bartimeo!: «¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!» (Lc 18,37). ¡Es tan provechoso para nuestra alma sentirnos indigentes! El hecho es que lo somos y que, desgraciadamente, pocas veces lo reconocemos de verdad. Y…, claro está: hacemos el ridículo. Así nos lo advierte san Pablo: «¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» (1Cor 4,7).

A Bartimeo no le da vergüenza sentirse así. En no pocas ocasiones, la sociedad, la cultura de lo que es “políticamente correcto”, querrán hacernos callar: con Bartimeo no lo consiguieron. Él no se “arrugó”. A pesar de que «le increpaban para que se callara, (…) él gritaba mucho más: ‘¡Hijo de David, ten compasión de mí!’» (Lc 18,39). ¡Qué maravilla! Da ganas de decir: —Gracias, Bartimeo, por este ejemplo.

Y vale la pena hacerlo como él, porque Jesús escucha. ¡Y escucha siempre!, por más jaleo que algunos organicen a nuestro alrededor. La confianza sencilla —sin miramientos— de Bartimeo desarma a Jesús y le roba el corazón: «Mandó que se lo trajeran y (…) le preguntó: «¿Qué quieres que te haga?» (Lc 18,40-41). Delante de tanta fe, ¡Jesús no se anda con rodeos! Y… Bartimeo tampoco: «¡Señor, que vea!» (Lc 18,41). Dicho y hecho: «Ve. Tu fe te ha salvado» (Lc 18,42). Resulta que «la fe, si es fuerte, defiende toda la casa» (San Ambrosio), es decir, lo puede todo.

Él lo es todo; Él nos lo da todo. Entonces, ¿qué otra cosa podemos hacer ante Él, sino darle una respuesta de fe? Y esta “respuesta de fe” equivale a “dejarse encontrar” por este Dios que —movido por su afecto de Padre— nos busca desde siempre. Dios no se nos impone, pero pasa frecuentemente muy cerca de nosotros: aprendamos la lección de Bartimeo y… ¡no lo dejemos pasar de largo!

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench