Homilía – Domingo XXXIV de Tiempo Ordinario

SOLO TÚ, SEÑOR

 

RELACIÓN PERSONAL Y LIBERADORA

Me confesaba un joven universitario: «Hace tres años, por medio de un compañero de carrera, un joven de vivencia cristiana muy profunda, Jesús de Nazaret me salió al encuentro. Y descubrí que de verdad él es mi Salvador y Señor. Antes, lo único que hacía eran prácticas religiosas y estaba convencido de ser un cristiano auténtico, hasta el día en que el Señor hizo caer la alegre máscara de mi rostro, y me hizo ver que era un pobre hombre que tenía necesidad de un Salvador. Aquel día fue un nuevo nacimiento. A partir de ahí, Jesús es el determinante de mi vida. Tengo la experiencia de haber pasado del vacío a la alegría». Esto sí que es confesar vivencialmente a Jesucristo como «Señor» absoluto. El recuerdo de que nos ha salido al encuentro el mejor de los amigos, el mejor de los maestros, el mejor de los señores, ha de producir en nosotros, como produjo en Pablo, un increíble gozo interior. «Todo me parece basura en comparación con su amistad» (Flp 3,8).

En primer lugar, la relación que me ofrece Jesús de Nazaret, muerto y resucitado, es una relación personal, íntima. A veces los maestros, los líderes, los jefes, los fundadores fallan porque traicionan a los suyos, mueren, han perdido el poder, se les ha pasado la hora… Cristo nunca fallará, porque ya no muere y su amor es eternamente fiel.

Hay que señalar, como verdad estimulante, que la Causa de Jesús tiene el triunfo asegurado. ¿Ganará el partido político en el que milito, la causa sindical por la que lucho, el movimiento humanitario en el que colaboro? A veces, todo termina en una deprimente derrota. ¿Será leal el líder o la organización por los que lucho codo a codo o me estarán «utilizando» y me dejarán más tarde en la cuneta? ¡Hay tantos engañados y desengañados, encantados y desencantados por haber jugado la vida en sueños vanos! Lo verdaderamente alentador es que el que milita por la Causa de Jesús tiene el triunfo asegurado, aunque perezca aplastado por el fracaso o la persecución, como lo entendió el buen ladrón (Le 23,43). Podrá derrumbarse la obra humanitaria o eclesial por la que me rompo el pecho, podrá fracasar un proyecto en el que estoy embarcado, pero yo no fracasaré, porque el Señor es el garante de mi vida, porque «el que regala su vida, la acumula» (Jn 12,25), porque el fruto más valioso de una tarea queda en el que la realiza. La utopía de Jesús, su proyecto asombroso, la nueva humanidad, el gran banquete del Reino llegará a celebrarse en toda su plenitud. Estamos ante una esperanza inconfundible y garantizada por la fidelidad de Dios.

 

RESPUESTA PERSONAL

Jesús resucitado me ofrece una relación personal, una amistad personal, pero, al mismo tiempo, me invita a dar una respuesta personal. Él tiene para mí un proyecto personal, una misión concreta e intransferible con la que he de servir a su Causa, a la construcción de una Iglesia y una sociedad fraternas. No hay verdadera respuesta a su amistad sin prestar la

colaboración que él nos pide para el crecimiento de su Reino. Reconocer el señorío significa, en primer lugar, estar dispuesto a realizar su voluntad sobre nosotros, sobre nuestra familia, sobre nuestra comunidad.

La voluntad del Señor Jesús no es algo negativo: «No hagas el mal»… Ni algo genérico: «Cumple con lo prescrito»… No. Se trata de poner todo nuestro ser y nuestro tiempo a disposición del Señor y al servicio de la misión que nos ha confiado. Esto es lo que hace Pablo al convertirse: «Señor, ¿qué quieres que haga?» (Hch 22,10). Es lo mismo que dirá Teresa de Jesús: «Vuestra soy, para Vos nací, ¿qué mandáis hacer de mi?». No sólo qué mandas hacer a todos, sino a específicamente. Es lo que hace todo empleado al comenzar la tarea de cada día. Espera las consignas del encargado; pregunta: ¿qué tengo que hacer hoy?, ¿cómo quieres que haga? Esto significa que no sólo unos ratos, ni sólo unos ritos, sino toda la vida ha de estar al servicio del Señor.

Reconocer el señorío de Jesús no consiste sólo en hacer lo que «Dios manda», sino lo que «Dios quiere»: su voluntad en todo momento. Forma parte del Reino de Jesús, trabaja por él, quien tiene su espíritu y actúa «como él» actuaba. «Yo hago siempre lo que agrada a mi Padre» (Jn 8,29), testifica.

Aquí está el secreto para saber si somos hijos en la casa del Padre o criados egoístas e interesados. «Señor, ¿qué quieres que haga?» (Hch 22,10), pregunta Pablo en el momento de su conversión. No pregunta: «¿qué mandas?», sino ¿qué quieres?

Estar convertido, reconocer de verdad a Jesús como el Señor de nuestra vida personal, familiar y comunitaria, consiste en poner toda nuestra alegría en complacer a Dios, como tantas veces recomienda Pablo a los miembros de sus comunidades (1Ts 4,1). Este deseo de «complacer» o «agradar» al Señor ha de llevarnos a discernir su voluntad a través de las mediaciones de las que se sirve: la llamada de la comunidad a responsabilizarse de tareas o a colaborar en trabajos comunitarios, las necesidades apremiantes de nuestro entorno, el consejo de los compañeros del grupo cristiano, el ejemplo y la generosidad de otros seguidores de Jesús, los acontecimientos que suponen para nosotros una interpelación, la preparación y el carisma que cada uno tiene… Todos éstos pueden ser cauces para reconocer la voluntad del Señor sobre nosotros.

Esta disponibilidad para hacer siempre y en todo la voluntad de Dios es la que evita que se sirva a dos señores (Mt 6,24). «Tú sólo Señor, Jesucristo», recitamos en el Gloria. No se puede ser militante de dos partidos políticos y estar con dos líderes opuestos. No se puede servir y honrar a Dios en el templo y al ídolo de la comodidad, del consumo, de la presunción, del autoritarismo fuera del templo. Como dice certeramente el dicho castellano, «no se puede prender una vela a Dios y otra al diablo». Servir sólo al Señor significa que hacemos todo lo demás inspirados por la fe en Jesús y realizando su voluntad, trabajando por el Reino.

Ésta es la tragedia de muchos cristianos que, tal vez sin darse cuenta, reconocen teóricamente y confiesan a Jesús como el único Señor, pero tienen como verdadero «señor» de su corazón a algún o algunos ídolos.

EL REINO EN LA IGLESIA Y EN EL MUNDO

Reconocer el señorío de Jesús, luchar por él, conlleva que sus discípulos realicemos de verdad su Reino, que creemos un espacio comunitario en el que de verdad se realice el proyecto de Dios en el que nos reconozcamos y vivamos como hermanos, hijos de un mismo Padre. Reconocer el señorío de Jesús, ser de verdad miembros de su Reino, es construir entre todos una sociedad de contraste en la que las personas sean respetadas como hijos de Dios, en la que todos seamos, de hecho, no sólo de derecho, iguales, en la que reine el amor mutuo, el servicio, el respecto a la libertad del otro, la corresponsabilidad, la preocupación preferencial por los más débiles, pobres y sufrientes. En definitiva, una sociedad distinta, en la que nadie es anónimo ni es instrumentalizado, sino ayudado a realizarse como persona y como creyente.

Reconocer el señorío de Jesús, pertenecer de verdad a su Reino, supone luchar para que la sociedad, el barrio, nuestro mundo del trabajo… se acerquen cada vez más al proyecto de Jesús, para que se desarrollen los valores humanos que constituyen el verdadero Reino, que es, como dice la liturgia, Reino de verdad, de vida, de justicia, de amor y de paz; en definitiva, que se asemeje lo más posible a ese espacio verde que ha de ser la comunidad cristiana.

Un amigo, visceralmente opuesto a todo lo religioso, acompaña a su mujer a una casa de convivencias. Como llueve y no sabe cómo llenar el tiempo, entra en la sala para escuchar la charla que sobre Jesús dirigía el sacerdote, un hombre enteramente fascinado por Jesús. Al terminar la reflexión, exclama: «¡A éste es a quien yo estaba buscando sin saberlo. A éste sí que merece la pena servirle!», repite con frecuencia. Es lo mismo que, con otras palabras, repitió Pedro hace veinte siglos: «¿A quién vamos a ir, Señor? Sólo tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68).

 

Atilano Aláiz

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