Cristo Rey: transformar la existencia en vida compartida

A este rechazo, se suma la burla como muestra de desconfianza y, sobre todo, como muestra de su propia autoridad que queda demostrada en la no acción (el no poder) de Jesús. “Si tiene poder, que se libre”, dicen. Y, si no puede hacer esto (liberar del dolor y la muerte), no es el salvador que dice ser. Si no libra del padecimiento y de la muerte, a nuestra manera, no puede ser reconocido como líder.

De esta manera, las palabras y las burlas parecen querer demostrar que ellos tienen la razón. Toda su ira es lanzada con la pretensión de demostrar que lo que Jesús decía era mentira. Es como si su hacer daño quedara justificado por el hecho de que es solo una demostración de lo que no era verdad. Como si su verdad primara sobre la caridad. Como si se pudiera hacer daño y matar bajo el pretexto de que la verdad está de nuestro lado y que sabemos cómo son las cosas. ¿Por qué tanta defensa de sus posicionamientos, hasta el punto de matar? Tal vez eso sea una demostración clara de su falta de razón.

Ellos afirman que lo que Jesús decía no puede ser verdad porque no se “salva”. Usan sus palabras de salvación porque es lo que quieren desmentir: Jesús no salva y sus palabras y promesas son falsas. Pero las burlas no son más que reflejo de su miedo a perder el prestigio y el reconocimiento. Es como decir: “Menos mal, todo vuelve a su sitio, el que nosotros marcamos, el señalado por nuestras tradiciones y nuestras maneras de comprenderlas. El paso de este hombre no ha producido ningún cambio”.

Jesús, sin embargo, asume su destino con libertad. Ha predicado, ha curado, ha enseñado, ha festejado… ha vivido de manera radical la cercanía y la transparencia con la trascendencia. Y era consciente de que ello le traería consecuencias, duras, pero que serían también asumidas y transignificadas por él. Jesús da sentido a su vida y a su muerte como cuerpo ofrecido para la vida del mundo, como cuerpo que se entrega por ustedes para el perdón de los pecados. Él ya se había percatado de su destino próximo de finitud y había hecho algo nuevo: lo había convertido nuevamente en vida para los demás.

Jesús había escapado alguna vez de sus perseguidores, pero ahora se dejaba maltratar y crucificar porque no era posible dar marcha atrás. No es posible “salvarse” según entendían sus adversarios. Porque ya estaba entregado y ofrecido. Y lo que está ocurriendo ya tiene un sentido, justamente salvífico para todos.

La salvación de Jesús no consiste en eximir del sufrimiento que ha sido asumido como parte de una misión; tampoco consiste en sortear la muerte, tan propia de los seres “vivientes”. Su salvación es misericordia y es vida que perdura, y así lo explica en este texto. No responde a quienes quieren una salvación de sí mismos y entienden el poder a favor suyo. Solo responde a quien le pide algo: “Acuérdate de mí…”. Y le responde confirmándole no solo su pedido sino mucho más. El malhechor le pide entrar en su reino. Jesús le promete el paraíso.

Jesús sigue ofreciendo la salvación y sigue siendo el mesías que no comprenden los magistrados. Y se alza en la cruz como aquel que se hace solidario con todos los que sufren y mueren. Y como aquel que es capaz de transformar su existencia en vida para todos.

Paula Depalma

I Vísperas – Jesucristo Rey del Universo

I VÍSPERAS

JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Oh Príncipe absoluto de los siglos,
oh Jesucristo, Rey de las naciones:
te confesamos árbitro supremo
de las mentes y de los corazones.

Oh Jesucristo, Príncipe pacífico,
somete a los espíritu rebeldes,
y haz que encuentren
rumbo los perdidos,
y que en un solo aprisco se congreguen.

Para eso pendes de una cruz sangrienta
y abres en ella tus divinos brazos;
para eso muestras en tu pecho herido
tu ardiente corazón atravesado.

Glorificado seas, Jesucristo,
que repartes los cetros de la tierra;
y que contigo y con tu eterno Padre
glorificado el Espíritu sea. Amén.

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. Será llamado Rey de paz, y su trono se mantendrá firme por toda la eternidad.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Será llamado Rey de paz, y su trono se mantendrá firme por toda la eternidad.

SALMO 116:

Ant. Su reino será eterno, y todos los soberanos lo temerán y se le someterán.

Alabad al Señor, todas las naciones,
aclamadlo, todos los pueblos.

Firme es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Su reino será eterno, y todos los soberanos lo temerán y se le someterán.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE LOS REDIMIDOS

Ant. A Cristo se le ha dado poder real y dominio: todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán para siempre.

Eres digno, Señor, Dios nuestro,
de recibir la gloria, el honor y el poder,
porque tú has creado el universo;
porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,
porque fuiste degollado
y con tu sangre compraste para Dios
hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;
y has hecho de ellos para nuestro Dios
un reino de sacerdotes,
y reinan sobre la tierra.

Digno es el Cordero degollado
de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría,
la fuerza, el honor, la gloria, y la alabanza.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. A Cristo se le ha dado poder real y dominio: todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán para siempre.

LECTURA: Ef 1, 20-23

Dios resucitó a Cristo de entre los muertos y lo sentó a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro. Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia, como cabeza sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.

RESPONSORIO BREVE

R/ Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder. Tú eres rey y soberano de todo.
V/ Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder. Tú eres rey y soberano de todo.

R/ Tú eres Señor del universo.
V/ Tú eres rey y soberano de todo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder. Tú eres rey y soberano de todo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.

PRECES
Oremos, hermanos, a Cristo Rey, que es anterior a todo, y en quien todo se mantiene unido, y pidamos:

Venga a nosotros tu reino, Señor.

Cristo, rey y pastor nuestro, congrega a tus ovejas de entre los pueblos
— y apaciéntalas en ricos pastizales y en fértiles dehesas.

Guía y salvador nuestro, reúne a todos los hombres en un solo pueblo; cura a los enfermos, busca a los que se han perdido, guarda a los fuertes,
— llama a los alejados, recoge a los descarriados, alienta los desanimados.

Mira con piedad a los que no tienen techo donde cobijarse
— y haz que encuentren pronto el hogar que desean.

Juez eterno, cuando devuelvas a Dios Padre tu reino, ponnos a tu derecha,
— y haz que heredemos el reino preparado para nosotros desde la creación del mundo.

Heredero de las naciones, haz entrar a la humanidad, con todo lo bueno que tiene, en el reino de tu Iglesia, que el Padre ha puesto en tus manos,
— para que todos, unidos en el Espíritu Santo, te reconozcamos como nuestra cabeza.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Cristo, primogénito de entre los muertos y el primer resucitado de entre ellos,
— admite a los difuntos en la gloria de tu reino.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que quisiste fundar todas las cosas en tu Hijo muy amado, Rey del universo, haz que toda la creación, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a tu majestad y te glorifique sin fin. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 23 de noviembre

1) Oración inicial

Señor, Dios nuestro, concédenos vivir siempre alegres en tu servicio, porque en servirte a ti, creador de todo bien, consiste el gozo pleno y verdadero. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 20,27-40

Se acercaron algunos de los saduceos, los que sostienen que no hay resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito que si a uno se le muere un hermano casado y sin hijos, debe tomar a la mujer para dar descendencia a su hermano. Pues bien, eran siete hermanos. El primero tomó mujer y murió sin hijos; la tomó el segundo, luego el tercero; y murieron los siete, sin dejar hijos. Finalmente, también murió la mujer. Ésta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque fue mujer de los siete.»
Jesús les dijo: «Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios por ser hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven.»
Algunos de los escribas le dijeron: «Maestro, has hablado bien.» Pues ya no se atrevían a preguntarle nada.

3) Reflexión

• El evangelio de hoy nos informa sobre la discusión de los Saduceos con Jesús acerca de la fe en la resurrección.
• Lucas 20,27: La ideología de los Saduceos. El evangelio de hoy comienza con esta afirmación: “Los saduceos sostienen que no hay resurrección. Los saduceos eran una élite aristocrática de latifundistas y comerciantes. Eran conservadores. No aceptaban la fe en la resurrección. En aquel tiempo esta fe comenzaba a ser valorada por los fariseos y por la piedad popular. Animaba a la resistencia de la gente en contra de la dominación tanto de los romanos como de los sacerdotes, de los ancianos y de los saduceos. Para los saduceos, el reino mesiánico estaba ya presente en la situación de bienestar que ellos estaban viviendo. Así seguían la llamada “Teología de la Retribución” que distorsiona la realidad. Según esta teología, Dios retribuye con riqueza y bienestar los que observan la ley de Dios, y castiga con el sufrimiento y la pobreza a los que practican el mal. Así, se entiende que los saduceos no querían mudanzas. Querían que la religión permaneciera tal y como era, inmutable como Dios mismo. Por esto, para criticar y ridiculizar la fe en la resurrección, contaban casos ficticios para mostrar que la fe en la resurrección llevaría a la persona al absurdo.
• Lucas 20,28-33: El caso ficticio de la mujer que se casó siete veces. Según la ley de la época, si el marido muere sin hijos, su hermano tiene que casarse con la viuda del fallecido. Era para evitar que, en caso de que alguien muriera sin descendencia, su propiedad pasara a otra familia (Dt 25,5-6). Los saduceos inventaron la historia de una mujer que enterró a siete maridos, hermanos entre sí, y ella misma acabó muriendo sin hijos. Y le preguntaron a Jesús. “Ésta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque fue mujer de los siete.” Caso inventado para mostrar que la fe en la resurrección crea situaciones absurdas.
• Lucas 20,34-38: La respuesta de Jesús que no deja dudas. En la respuesta de Jesús aflora la irritación de aquel que no aguanta el fingimiento. Jesús no aguanta la hipocresía de la élite que manipula y ridiculiza la fe en Dios para legitimar y defender sus propios intereses. Su respuesta tiene dos partes: (a) vosotros no entendéis nada de la resurrección: “Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios por ser hijos de la resurrección.” (vv. 34-36). Jesús explica que la condición de las personas después de la muerte será totalmente diferente de la condición actual. Después de la muerte no habrá bodas, todos serán como ángeles en el cielo. Los saduceos imaginaban la vida en el cielo igual a la vida aquí en la tierra. (b) Vosotros no entendéis nada de Dios: “Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. Y al final concluye: “¡No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven!” Los discípulos y las discípulas, que estén alerta y aprendan. Quien está del lado de estos saduceos, estará del lado opuesto a Dios.
• Lucas 20,39-40: La reacción de los otros ante la respuesta de Jesús. “Algunos de los escribas le dijeron: «Maestro, has hablado bien.» Pues ya no se atrevían a preguntarle nada”. Muy probablemente estos doctores de la ley eran fariseos, pues los fariseos creían en la resurrección (Cf. Hechos 23,6).

4) Para la reflexión personal

• Hoy los grupos de poder ¿cómo imitan a los saduceos y arman manifestaciones para impedir mudanzas en el mundo y en la Iglesia?
• ¿Tú crees en la resurrección? Al decir que crees en la resurrección, ¿piensa en algo del pasado, del presente o del futuro? ¿Has tenido en tu vida alguna experiencia de resurrección?

5) Oración final

Creo que gozaré
de la bondad de Yahvé
en el país de la vida.
Espera en Yahvé, sé fuerte,
ten ánimo, espera en Yahvé. (Sal 27,13-14)

Comenzaba su reinado de perdón y de misericordia

1.- REY DE REYES. – A la muerte del rey Saúl la guerra se enciende en los campos de las tribus de Jacob. Unos se inclinan por David, otros por Isbaal, el hijo de Saúl. Pero la suerte estaba echada desde hacía tiempo. Dios había ungido a David por medio de Samuel. Entonces era un chiquillo, pero ahora es un guerrero con experiencia, un hombre curtido por la lucha, prudente y temeroso de Yahveh. Después de algunas escaramuzas, triunfa la causa de David. Y todas las tribus vinieron a Hebrón para proclamar al nuevo rey del pueblo escogido. Aclamación unánime y entrega sin condiciones.

Aquel rey valiente y sensible como un poeta será el prototipo del gran Rey que vendría al fin de los tiempos, Cristo Señor nuestro. Ante él todas las tribus de la tierra, todas las naciones, todos los pueblos inclinarán un día la cabeza en acatamiento total. Y nosotros, los que creemos en Él, ya desde ahora lo proclamamos Rey de nuestros amores, Rey de nuestro pueblo.

Muchas veces en la Biblia se habla del pueblo como un rebaño: Hoy quizá esa comparación nos resulte inadecuada, pero en aquel tiempo no lo era. Ellos también eran pastores y sabían de amores por el rebaño. Por eso muchas veces Dios se ha llamado a sí mismo pastor de su pueblo, el que lo lleve a verdes praderas, el que lo conduzca a través del desierto, el que lo defienda de los ataques enemigos, el que cura a la oveja herida, el que lleva sobre sus hombros al cordero recién nacido.

Cristo encarnará de forma viva esa figura del Rey pastor. Y cuando contempla a su pueblo siente una profunda pena por él, porque es un rebaño cansino y descarriado, sin pastor. Se nos dice también que dejará a las noventa y nueve del rebaño, para buscar la que se perdió. Y se llenará de alegría cuando la encuentre… Este es nuestro Rey, este nuestro Pastor. Hoy nos mira con amor, y al sentirnos mirados por él volvemos nuestros ojos hacia los suyos y prometemos ser dóciles a su llamada.

2.- REINO DE AMOR Y DE PAZ. – La crueldad del hombre llega en ocasiones a límites inauditos. Cuando Jesús agonizaba en la cruz, los que estaban alrededor mostraron sentimientos más de fieras que de hombres. No se contentaron con vencerlo y clavarlo vivo en una cruz como un vulgar malhechor, a él que era la misma inocencia, que sólo bien hizo a los que se cruzaron en su camino, a él que sólo habló de amor y de comprensión, de generosidad y de servicio. No tenían bastante, por lo visto, con tenerlo allí colgado, desangrándose poco a poco. Se plantan delante de él y le insultan, le escarnecen, le recuerdan su antiguo poder de taumaturgo, sus palabras de Maestro único. No sólo eran los soldados, acostumbrados quizá a aquellos dramáticos trances. También se reían con sarcasmo los sacerdotes a la cabeza de una gente que corean y ríen sus ocurrencias. Cómo dolería a Jesús todo aquello, cómo le recordaría los momentos en los que se compadeció hasta la ternura de la muchedumbre, de sus necesidades. Sí, le dolería y lastimaría la ingratitud del pueblo, que tanto recibió de su bondad y de su poder.

Sin embargo, en el palo vertical de la cruz se podía leer con claridad la causa de la condena: Jesús Nazareno, Rey de los judíos. Todos aquellos que deambulaban por Jerusalén y sus alrededores pudieron enterarse de lo ocurrido. Todos pudieron contemplar el patíbulo, colocado precisamente en un promontorio cercano a la ciudad. Los de habla aramea, así como los peregrinos llegados de los más remotos lugares para celebrar la Pascua, todos pudieron leer aquel “titlon”, aquella especie de pancarta en donde se expresaba con brevedad la causa de la condena. En ella se proclamaba en arameo, griego y latín el delito de Jesús de Nazaret. A los gerifaltes de Israel les molestó que Pilato lo escribiera en esos términos. Debería haber puesto que se hacía pasar por Rey de Israel, y no que era el Rey de Israel. Pero el Pretor, que tanto había cedido, no quiso ceder más y allí quedó para siempre la proclama de la verdadera condición del hijo de José, el carpintero de Nazaret. Sí, Él era el Rey de Israel, es decir, el Mesías profetizado desde antiguo, el Redentor del mundo, el Salvador, el Hijo de Dios.

Los Apóstoles habían huido. Sólo estaba cerca Juan. También estaba la Virgen y las otras mujeres. Pero todos ellos callan y lloran. Es indudable que con su presencia reconocían y aceptaban la grandeza del Señor, aun en medio de su presente derrota y tremenda humillación. Sin embargo, no se atreven a decir nada. Quizás miraban con devoción y amor al Amigo, al Hijo, al Maestro, a Dios que se ahoga en su propia sangre…

Pero de improviso resuena una voz discordante. Alguien se pone abiertamente de parte de aquel ajusticiado. Primero recrimina al otro ladrón que también está en el suplicio, luego se vuelve a Jesús y lo reconoce como Rey, suplicándole que se acuerde de él cuando esté en su Reino. La voz del Señor no tarda en oírse: “Esta misma tarde estarás conmigo en al Paraíso”… Comenzaba su reinado de perdón y de misericordia.

Antonio García-Moreno

Comentario del 23 de noviembre

En cierta ocasión, refiere el evangelista, se acercaron a Jesús unos saduceos, miembros de la aristocracia judía y doctrinalmente contrarios a la idea de la resurrección de los muertos. Le plantean un caso límite que les permite desacreditar o presentar como poco sostenible la fe en la resurrección. Se trata de una mujer que ha estado casada con siete hermanos tras haber enviudado de cada uno de ellos y haberse vuelto a casar con el siguiente, conforme a la ley mosaica del levirato que dice: «Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano».

Tenemos, pues, a una mujer que ha estado casada con siete hombres. La cuestión que se plantea es la siguiente: Cuando muera la mujer y llegue la resurrección, ¿de cuál de aquellos hombres con los que estuvo casada en la tierra será mujer por toda la eternidad, o habrá que pensar que será la mujer de todos ellos y que en el cielo, por tanto, se admitirá la poligamia que no estaba permitida en la tierra? La circunstancia es límite, pero podría valer cualquier caso de segundas nupcias: un marido casado por segunda vez con otra mujer o una mujer casada por segunda vez con otro hombre. Si la resurrección recupera las vidas de los muertos, se verían unidos en matrimonio con varias personas simultáneamente. La resurrección vendría a consagrar y a inmortalizar semejantes uniones poligámicas. Este pensamiento les llevaría, hipotéticamente, a descartar la resurrección como poco adecuada o inconveniente.

Jesús, en su respuesta a la cuestión planteada, acentúa el contraste entre la situación (marital) de hombres y mujeres en esta vida y su situación (angélica) en la otra. En esta vida, dice, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección.

Según esta observación, en la vida futura, entre los resucitados, ya no habrá matrimonios (no sólo los que pudieran celebrarse en la eternidad, sino los ya celebrados en el tiempo) ni, en consecuencia, relaciones matrimoniales; pues ya no pueden morir, ni necesitan procrear para la perpetuidad de la especie. Desaparecerá la institución matrimonial, porque seremos como ángeles.

No seremos ángeles, puesto que somos hombres; pero sí seremos como los ángeles en lo que se refiere a la corporeidad (gloriosa), a la inmortalidad o a la espiritualidad. ¿Qué necesidad hay de matrimonio entre seres inmortales o entre seres dotados de cuerpos gloriosos? Y como no habrá matrimonios, tampoco habrá poligamia y menos aún promiscuidad. Pero sí habrá fraternidad, puesto que habrá hijos de Dios, en plural, e hijos de Dios resucitados. Es precisamente la participación en la resurrección la que nos hace definitivamente hijos de Dios. Tan definitivamente que ya nada ni nadie nos podrá arrebatar esta condición filial y fraternal; pues la filiedad deriva en fraternidad. Somos hermanos porque somos hijos del mismo Padre. Luego no habrá matrimonios, pero habrá amor mutuo, amor de hijos y de hermanos, y amor plenificante, capaz de colmar las ansias de unidad que bullen en el corazón humano.

Jesús completa su respuesta remitiéndose a la Sagrada Escritura, palabra autorizada no sólo para él, sino también para los saduceos que intervienen en el debate; concretamente menciona el episodio (teofánico) del libro del Éxodo en el que Moisés contempla una zarza ardiendo que no se consume y se dirige al Señor llamándole: «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob», e interpretando que todos ellos le son contemporáneos habiendo pertenecido a generaciones distintas en el tiempo.

Si los personajes mencionados estuvieran muertos, Dios ya no sería su Dios. Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. Moisés puede referirse a su Dios, el que le ha librado de la muerte, el que ahora entra en contacto con él, como Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob porque, para Él, todos ellos están vivos. De no estarlo, habría dejado de ser su Dios. Dios, aun siendo creador y conservador de la materia inorgánica, no es propiamente su Dios, al menos no es el Dios de la alianza que entra en contacto con seres vivos como Moisés.

Jesús presenta las palabras de Moisés como una indicio de que hay resurrección de muertos, puesto que su Dios es también el Dios de sus antepasados Abrahán, Isaac y Jacob que, indudablemente, ya murieron, pero que tienen que estar vivos para que Dios sea también su Dios. Y para estar vivos, tras haber muerto, tienen que pervivir tras la muerte o tienen que resucitar. El recurso de Jesús a este pasaje de la Escritura y la interpretación que ofrece de él revelan con toda claridad su postura doctrinal a favor de la resurrección, ganándose en este caso la aprobación de los fariseos (letrados) que, como él, también eran partidarios de la resurrección de los muertos.

Tras la respuesta a la objeción, no se atrevieron ya a hacerle más preguntas. Ahí concluye el debate, pero no las consecuencias que podemos extraer. Porque si creemos en la resurrección hemos de mirar la vida que ahora disfrutamos y padecemos temporalmente con otros ojos, y sobre todo la muerte que pone término a esta vida. Aunque la vida, por el hecho de ser vida, se resiste a la muerte, dependerá del modo en que se viva la vida, padeciendo o disfrutando, para que la muerte sea mejor o peor recibida, si bien sólo en circunstancias extremas de sufrimiento estamos en disposición de darle la bienvenida. Pero si la muerte nos abre la puerta a la vida futura, trámite la resurrección, tendríamos que tener una actitud más positiva ante ella.

A veces se compara la muerte con un parto: el parto nos traslada de la vida intrauterina a la vida extrauterina; la muerte, de la vida temporal a la eterna; en ambos casos hay trance y tránsito; pero en el parto no muere nada, mientras que en la muerte fenece la vida temporal en el estado en que se encuentre, en su plenitud o en su decrepitud. La experiencia del parto suele resultar traumática; la de la muerte también. Pero en el parto hay certeza de nacer a la vida en la que se suceden el día y la noche, y en la muerte podemos no tener esta certeza porque nos falta fe en el Dios que resucita a los muertos dándoles nueva vida. Pero si tuviéramos la certeza que otorga la fe viviríamos con otro ánimo el trance amargo de la muerte. Que Dios aumente nuestra fe.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

191. Al mundo nunca le sirvió ni le servirá la ruptura entre generaciones. Son los cantos de sirena de un futuro sin raíces, sin arraigo. Es la mentira que te hace creer que sólo lo nuevo es bueno y bello. La existencia de las relaciones intergeneracionales implica que en las comunidades se posea una memoria colectiva, pues cada generación retoma las enseñanzas de sus antecesores, dejando así un legado a sus sucesores. Esto constituye marcos de referencia para cimentar sólidamente una sociedad nueva. Como dice el refrán: “Si el joven supiese y el viejo pudiese, no habría cosa que no se hiciese”.

¡Caramba con el rey!

1.- En un antiguo reino, sin previo aviso, se le ocurrió a un rey salir de su palacio y visitar a sus súbditos. Y, para que el pueblo se mostrase tal y cual era, el rey apareció montado en un caballo y metido en una túnica de saco. Fue saludando uno por uno los hogares, ayudando a los necesitados, preguntando por los niños, los jóvenes, los ancianos…y, al final, tomó su propia cabalgadura y la regaló a una familia especialmente pobre. En la despedida un aldeano reparó en que –aquel misterioso personaje- era el monarca. Salió a la calle y golpeando por las puertas gritaba ¡Caramba con el rey! ¡Lo ha dado todo! ¡Caramba con el rey!

2.- Hoy es la fiesta de Cristo Rey. Con ella damos culmen a este tiempo ordinario con el que nos hemos ido sumergiendo de lleno en la vida, muerte y resurrección de Jesús. ¿Lo hemos reconocido? ¿Hemos aceptado tantos dones de su gratuidad? ¿Hemos puesto nuestros corazones a su disposición?

Al igual que los soldados puede que, también nosotros, no entendamos el lenguaje que Jesús emplea desde la cruz.

Las palabras de perdón y de misericordia, de sacrificio y de redención, de sufrimiento y de negación…están un tanto vetadas en el mundo que nos toca vivir. El ser humano parece que está condenado a lanzarse en brazos del odio y del egoísmo personal, del sálvese quien pueda o del propio interés. El Reino de Dios, se nos descubre en distinta dirección. Nos salva con lo único que tiene y más ama el Padre: con Jesús.

3.- Para entender el señorío de Jesús, en este día de Cristo Rey, es necesario contemplarlo en la cruz. Ella nos sirve en bandeja las principales coordenadas de la forma de ser, pensar y actuar de Jesús: amor a su pueblo cumpliendo la voluntad de Dios.

¿Ese es vuestro rey? Nos pueden preguntan algunos amigos nuestros. Sí; es ese Rey que, en el balcón de la televisión, muchas veces es caricaturizado; es ese Rey que, en la voz de muchos cristianos, a veces es imperceptible por nuestra falta de valentía a la hora de confesar su nombre; es ese Rey que, por lo que hacemos y decimos, a veces no reina absolutamente nada en nuestro vivir.

¡Sí! ¡Ese es nuestro Rey! Al que acudimos cuando la fachada del mundo se derrumba; cuando los otros soberanos nos invitan a postrarnos ante ellos perdiendo la dignidad y hasta la capacidad de ser nosotros mismos. Sí; ese Rey que, nació pobre, pequeño, humilde, en el silencio y que –hoy- es exaltado en una cruz (también de madera), sin demasiado ruido (como en Belén), humildemente (sin más riqueza que su belleza interior) nos llama a la fidelidad. ¿Queremos ser suyos? ¿Seremos capaces de luchar por su reino? ¿No preferiremos formar parte de ese gran batallón de los que ya no luchan, no esperan, no creen…ni sueñan?

Fiesta de Cristo Rey. Dios, en Navidad, descenderá desde los cielos para estar con el hombre. Hoy, desde la cruz, nos enseña que –el camino del servicio, del amor y de la entrega- es la mejor forma de ascender un día hasta su presencia. ¿Nos gusta ese trono en forma de cruz? ¿Queremos reinar con El?

3.- REINARÉ, CONTIGO, SEÑOR

Cuando, más allá de trompetas triunfales
anuncie, con mi propia vida y hasta con sangre
que tu reino es justicia, paz y libertad
Cuando, además de contemplar tu belleza
descubra la radicalidad de tu mensaje
la dulzura y, a la vez, la exigencia de tus palabras
REINARÉ, CONTIGO, SEÑOR

Huyendo de la grandeza y del poder
abrazando, con humildad y obediencia,
el peso de la cruz que surja por delante
Sí, Señor;
Reinaré contigo sabiendo que,
soy y no soy del mundo,
que, no siempre seré comprendido
como Tú, Señor, tampoco lo fuiste
desde el primer día de tu nacimiento

REINARÉ, CONTIGO, SEÑOR
Sin más bandera, que el evangelio en la mano

Sin más fortaleza, que el alma bien dispuesta
Sin más armas, que el amor que dinamita el odio
Sin más corona, que el servicio cumplido
REINARÉ, CONTIGO, SEÑOR

Anunciando tu misericordia y tu lealtad
Tu presencia y tu comunión con el Padre
Tu fidelidad y tu reinado de vida y verdad
Amén.

Javier Leoz

El reinado de Cristo

1.- Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Tenemos derecho a pensar que cuando el Papa Pío XI, en el año 1925, instituyó la fiesta de Jesucristo, Rey del Universo, tenía motivos suficientes para hacerlo. Hoy las circunstancias sociales, políticas y religiosas en las que vive nuestra sociedad son muy distintas de las circunstancias históricas en las que vivía la Iglesia Católica y la sociedad de principios del siglo XX. Hoy no queremos que nuestra Iglesia Católica aparezca como un Estado y un poder político, frente a los otros Estados políticos. Queremos, eso sí, que Jesucristo reine en el mundo, pero no al estilo de los reyes que gobiernan los Estados del mundo. Fue el mismo Jesucristo el que nos dijo que su reino no era de este mundo, porque él no había venido a gobernar la tierra al estilo de los reyes del mundo. En el prefacio de la misa de hoy se nos dice que el reino de Jesucristo es un reino de la verdad y de la vida, de la santidad y de la gracia, de la justicia, del amor y de la paz. Desgraciadamente, los reinos de este mundo no son así. En el mundo en el que nosotros vivimos triunfa muchas veces la injusticia, la mentira, la guerra y el desamor. Yo creo que el buen ladrón intuyó esto con claridad, cuando en el último momento, desde su cruz cercana, vio la mirada llena de amor y de perdón de aquel compañero al que llamaban Jesús. Este compañero, Jesús, estaba muriendo como víctima de la injusticia del mundo, pero era consciente de que moría por amor al mundo, para salvar al mundo de la injusticia. Este buen ladrón, arrepentido, quería abandonar el reino de pecado, desamor e injusticia en el que él había vivido hasta entonces, y quería de verdad morir en ese reino de amor, de santidad y de gracia que predicaba su compañero Jesús. Por eso, arrepentido y lleno de confianza, se atrevió a exclamar: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”.

2..- El Señor te ha prometido: “tú serás el pastor de mi pueblo Israel”. Un rey que fuera pastor de su pueblo, que conociera a sus ovejas, que las condujera hacia pastos y fuentes tranquilas, que estuviera dispuesto a dar su vida por ellas, así es como quería Yahvé que fuera el rey de su pueblo Israel. El rey David no siempre cumplió los deseos y mandamientos de su Dios, pero de su estirpe nacería el verdadero rey de todos los pueblos, Jesucristo, que fue un verdadero rey pastor, el buen pastor que quiere conducirnos a todos hacia el Padre. En este sentido queremos nosotros que Jesucristo sea nuestro rey, porque queremos que él sea nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. No con armas, ni con poder político y económico, sino desde la humildad, la pobreza, desde la mansedumbre y desde el amor. En este último domingo del tiempo ordinario, nosotros queremos darle gracias a Dios, nuestro Padre, por habernos dado a su hijo, Jesús, para que fuera nuestro rey y nuestro buen pastor. Y para que esto sea posible, nosotros hacemos hoy una promesa libre y responsable de serle ovejas fieles a su voz, de reconocernos súbditos libres y responsables de este único rey.

3..- Él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz. Este es el destino de todos los discípulos de Cristo, de todos los cristianos: ser reconciliadores de todos los seres con los que vivimos, ser siempre sembradores de paz, aunque para conseguir esta paz tengamos muchas veces que dejar jirones de nuestra propia sangre en la lucha contra el desamor y contra el mal. No olvidemos que nuestro jefe, nuestro rey, murió en la batalla contra el pecado y contra la muerte, pero Dios lo resucitó y desde siempre y para siempre vive y vivirá junto al Padre. Este es también nuestro destino, un destino difícil, pero glorioso, como el de nuestro rey, Jesús.

Gabriel González del Estal

Acuérdate de mí

Según el relato de Lucas, Jesús ha agonizado en medio de las burlas y desprecios de quienes lo rodean. Nadie parece haber entendido su vida. Nadie parece haber captado su entrega a los que sufren ni su perdón a los culpables. Nadie ha visto en su rostro la mirada compasiva de Dios. Nadie parece ahora intuir en aquella muerte misterio alguno.

Las autoridades religiosas su burlan de él con gestos despectivos: ha pretendido salvar a otros; que se salve ahora sí mismo. Si es el Mesías de Dios, el «Elegido» por él, ya vendrá Dios en su defensa.

También los soldados se suman a las burlas. Ellos no creen en ningún Enviado de Dios. Se ríen del letrero que Pilato ha mandado colocar en la cruz: «Este es el rey de los judíos». Es absurdo que alguien pueda reinar sin poder. Que demuestre su fuerza salvándose a sí mismo.

Jesús permanece callado, pero no desciende de la cruz. ¿Qué haríamos nosotros si el Enviado de Dios buscara su propia salvación escapando de esa cruz que lo une para siempre a todos los crucificados de la historia? ¿Cómo podríamos creer en un Dios que nos abandonara para siempre a nuestra suerte?

De pronto, en medio de tantas burlas y desprecios, una sorprendente invocación: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». No es un discípulo ni un seguidor de Jesús. Es uno de los dos delincuentes crucificados junto a él. Lucas lo propone como un ejemplo admirable de fe en el Crucificado.

Este hombre, a punto de morir ajusticiado, sabe que Jesús es un hombre inocente, que no ha hecho más que bien a todos. Intuye en su vida un misterio que a él se le escapa, pero está convencido de que Jesús no va a ser derrotado por la muerte. De su corazón nace una súplica. Solo pide a Jesús que no lo olvide: algo podrá hacer por él.

Jesús le responde de inmediato: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». Ahora están los dos unidos en la angustia y la impotencia, pero Jesús lo acoge como compañero inseparable. Morirán crucificados, pero entrarán juntos en el misterio de Dios.

En medio de la sociedad descreída de nuestros días, no pocos viven desconcertados. No saben si creen o no creen. Casi sin saberlo, llevan en su corazón una fe pequeña y frágil. A veces, sin saber por qué ni cómo, agobiados por el peso de la vida, invocan a Jesús a su manera. «Jesús, acuérdate de mí» y Jesús los escucha: «Tú estarás siempre conmigo». Dios tiene sus caminos para encontrarse con cada persona y no siempre pasan por donde nosotros pensamos. Lo decisivo es tener un corazón para abrirnos al misterio de Dios encarnado en Jesús.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – 23 de noviembre

“Como no hay más vida que esta terrena, se trata de aprovecharla al máximo y disfrutarla, coronémonos de rosas que mañana moriremos”, se dice que decían los antiguos y también los modernos descreídos. Algo así era pensaban los saduceos, que no creían en la resurrección. Quieren justificarse ante Jesús e intentan enredarlo con una pregunta de tipo casuístico basados en la ley del levirato establecida en el libro del Deuteronomio 25, 5-10. La respuesta de Jesús hace ver, en primer lugar, que el matrimonio es una realidad natural y necesaria para la prolongación de la especie humana en la tierra, además de ser origen de la vida de las familias.

En segundo lugar, la resurrección no es la simple prolongación de esta vida terrena con sus necesidades y deficiencias, sino un estado de vida absolutamente pleno donde ya no habrá necesidades que satisfacer.

En tercer lugar, Jesús prueba con la Escritura, que también los saduceos aceptaban como base de su fe judía, que Dios es un Dios de vivos y que por lo tanto el destino de todo hombre y de toda mujer es llegar a compartir esa vida plena con Dios.

Jesús les contestó: «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.»
El Dios de los antepasados, el Dios de la alianza, es un Dios fiel a sus promesas de una vida sin fin. Por eso, Dios no puede abandonar al hombre al poder de la muerte. En su fidelidad tiene que resucitarlo. La resurrección de Jesús es el cumplimiento de esta promesa de vida plena y total

La costumbre de cuidar y adornar las tumbas de nuestros familiares difuntos no es sólo una expresión de cariño hacia ellos. Es más. Es la expresión de que el amor no puede morir para siempre: hemos sido creados para amar, para vivir una vida que no tiene fin.

Nuestros Mártires son testigos extraordinarios de esta fe en la vida eterna, en la resurrección. Continuamente aparecen en sus escritos expresiones como ésta: ¡Adiós, hasta el cielo! Por eso eran capaces de afrontar tantos sufrimientos en esta tierra sin renegar de su fe.

Carlos Latorre, cmf