II Vísperas – Jesucristo Rey del Universo

I VÍSPERAS

JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Oh Príncipe absoluto de los siglos,
oh Jesucristo, Rey de las naciones:
te confesamos árbitro supremo
de las mentes y de los corazones.

Oh Jesucristo, Príncipe pacífico,
somete a los espíritu rebeldes,
y haz que encuentren
rumbo los perdidos,
y que en un solo aprisco se congreguen.

Para eso pendes de una cruz sangrienta
y abres en ella tus divinos brazos;
para eso muestras en tu pecho herido
tu ardiente corazón atravesado.

Glorificado seas, Jesucristo,
que repartes los cetros de la tierra;
y que contigo y con tu eterno Padre
glorificado el Espíritu sea. Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Se sentará para siempre sobre el trono de David y sobre su reino. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Se sentará para siempre sobre el trono de David y sobre su reino. Aleluya.

SALMO 144: HIMNO A LA GRANDEZA DE DIOS

Ant. Tu reinado es un reinado perpetuo, tu gobierno va de edad en edad.

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.

Día tras día te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.

Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza;
una generación pondera tus obras a la otra,
y le cuenta tus hazañas.

Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas;
encarecen ellos tus temibles proezas,
y yo narro tus grandezas acciones;
difunden la memoria de tu inmensa bondad,
y aclaman tus victorias.

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas;

explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Tu reinado es un reinado perpetuo, tu gobierno va de edad en edad.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. En la capa y en el muslo lleva escrito un título, «Rey de reyes y Señor de señores.» A él corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. En la capa y en el muslo lleva escrito un título, «Rey de reyes y Señor de señores.» A él corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos.

LECTURA: 1Co 15, 25-28

Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte. Porque Dios ha sometido todo bajo sus pies. Pero, al decir que lo ha sometido todo, es evidente que excluye al que le ha sometido todo. Y, cuando todo esté sometido, entonces también el Hijo se someterá a Dios, al que se lo había sometido todo. Y así Dios lo será todo para todos.

RESPONSORIO BREVE

R/ Tu trono, oh Dios, permanecerá para siempre.
V/ Tu trono, oh Dios, permanecerá para siempre.

R/ Centro de rectitud es tu cetro real.
V/ Permanecerá para siempre.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Tu trono, oh Dios, permanecerá para siempre.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra,» dice el Señor.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra,» dice el Señor.

PRECES
Oremos, hermanos, a Cristo Rey, que es anterior a todo, y en quien todo se mantiene unido, y pidamos:

Venga a nosotros tu reino, Señor.

Cristo, rey y pastor nuestro, congrega a tus ovejas de entre los pueblos
— y apaciéntalas en ricos pastizales y en fértiles dehesas.

Guía y salvador nuestro, reúne a todos los hombres en un solo pueblo; cura a los enfermos, busca a los que se han perdido, guarda a los fuertes,
— llama a los alejados, recoge a los descarriados, alienta los desanimados.

Mira con piedad a los que no tienen techo donde cobijarse
— y haz que encuentren pronto el hogar que desean.

Juez eterno, cuando devuelvas a Dios Padre tu reino, ponnos a tu derecha,
— y haz que heredemos el reino preparado para nosotros desde la creación del mundo.

Heredero de las naciones, haz entrar a la humanidad, con todo lo bueno que tiene, en el reino de tu Iglesia, que el Padre ha puesto en tus manos,
— para que todos, unidos en el Espíritu Santo, te reconozcamos como nuestra cabeza.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Cristo, primogénito de entre los muertos y el primer resucitado de entre ellos,
— admite a los difuntos en la gloria de tu reino.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que quisiste fundar todas las cosas en tu Hijo muy amado, Rey del universo, haz que toda la creación, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a tu majestad y te glorifique sin fin. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Jesús no instauró un reino; hizo presente el Reino de Dios

Toda la liturgia tiene como principio y como fin al mismo Jesús. Comienza el Adviento con la preparación a su nacimiento, y termina con la fiesta que estamos celebrando como culminación más allá de su vida terrena. Como todo ser humano nació como un proyecto que se fue realizando durante toda su vida y que culminó con la plenitud de ser que expresamos con el título de Rey. Pero Jesús respondió a Pilato que su Reino no era de este mundo. A pesar de ello, le proclamamos Rey del Universo. Claro, nosotros sabemos mucho mejor que él lo que es y lo que no es Jesús.

Con el evangelio en la mano, ¿podemos seguir hablando de “Jesús rey del universo”? Un Jesús que luchó contra toda clase de poder; que rechazó como tentación, la oferta de poseer todos los reinos del mundo. Un Jesús que dijo: Si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de Dios. Un Jesús que invitó a sus seguidores a no someterse a nadie. Un Jesús que dijo que no venía a ser servido, sino a servir. Un Jesús que dijo a los Zebedeo: “El que quiera ser grande que sea el servidor, y el que quiera ser primero que sea el último. Un Jesús que, cuando querían hacerlo rey, se escabulló y se marchó a la montaña. Podíamos hacer más referencias, pero creo que está claro lo que quiero decir.

Las palabras Rey, Padre, Hijo, Mesías, Pastor, tienen gran riqueza de significados simbólicos en la escritura. Todas están relacionadas entre sí y no se puede entender separando unas de otras. La idea de un “rey”, en Israel, fue más bien tardía. Mientras fueron un pueblo nómada no tenía sentido pensar en un rey. Cuando llegaron a Canaán y se establecieron en las ciudades conquistadas, sintieron la necesidad de copiar sus estructuras sociales y le pidieron a Dios un rey. Esa petición fue interpretada por los profetas como una apostasía, porque para el pueblo judío, el único rey debía ser Yahvé.

Encontraron la solución convirtiendo al rey en un representante de Dios. Para erigir a una persona como rey, se le ungía. Es lo que significa exactamente Mesías (Ungido). La unción le capacitaba para una misión: conducir al pueblo en nombre de Dios. De ahí que desde ese momento se le llamara hijo de Dios. Lo propio de un hijo es actuar como el padre, en lugar del padre. También se le llamaba padre del pueblo y pastor del pueblo. Lo mismo que Dios era padre y pastor para su pueblo, el que era elegido como rey era ungido, hijo, pastor y padre. Los primeros cristianos utilizaron todas estas palabras para referirse a Jesús y nosotros podemos seguir utilizándolas como símbolos.

El letrero que Pilato puso sobre la cruz era una manera de mofarse de Jesús y de las autoridades. Es curioso que nosotros hayamos ampliado el ámbito de su realiza a todo el universo. ¿Para escarnio de quien? Los soldados también le colocaron una corona y un cetro para reírse de él. ¿Creéis que Jesús se hubiera encontrado más cómodo con una corona de oro y brillantes y con un cetro cuajado de piedras preciosas? Podemos seguir empleando el título, con tal que no le demos un sentido literal. Todo lenguaje sobre Dios es analógico. También el de Jesús una vez que terminó su trayectoria humana.

Las autoridades, el pueblo, uno de los ladrones, le piden que se salve; pero Jesús no bajó de la cruz. Desde el bautismo hasta la cruz, le acompaña la tentación de poder. Jesús se salvó de esa tentación, pero no como esperaban los que estaban a su alrededor. Hoy seguimos esperando, para él y para nosotros, la salvación que se negó a realizar. Nos negamos a admitir que nuestra salvación pueda consistir en dejarnos aniquilar por los que nos odian. Si seguimos esperando la salvación externa, seguridad, poder o gloria, quedaremos decepcionados como ellos. Jesús será Rey del Universo, cuando la paz y el amor reinen en toda la tierra. Cuando todos seamos testigos de la verdad.

El centro de la predicación de Jesús fue “el Reino de Dios”. Nunca se predicó a sí mismo ni revindicó nada para él. Todo lo que hizo, y todo lo que dijo, hacía siempre referencia a Dios. El Reino de Dios es una realidad que no hace referencia a un rey. Ese “de” no es posesivo sino epexegético. No es que Dios posea un reino. Dios es el Reino. Jesús se identificó de tal manera con ese Reino. De Jesús terreno carecería de sentido hablar de su reino. Podemos hablar del Reino de Cristo como una gran metáfora, como el ámbito en el que se hace presente lo crístico, es decir, un ambiente donde reina el amor. Entendido de ese modo y no literalmente, puede tener pleno sentido hablar del Cristo Rey.

Los cristianos descubrieron esta identificación, y pronto pasaron de aceptar la predicación de Jesús a predicarle a él. Surge entonces la magia de un nombre, Jesucristo (Jesús el Cristo, el Ungido). El soporte humano de esta nueva figura queda determinado por la cualidad de Ungido, Mesías. El adjetivo (ungido) queda sustantivado (Cristo). Lo determinante y esencial es que es “Ungido. Lo que Jesús manifiesta de Dios es más importante que el sustrato humano en el que se manifiesta lo divino. Pero debemos tener siempre muy claro que los dos aspectos son inseparables. No puede haber un Jesús que no sea Ungido, pero tampoco puede haber un “Ungido” sin el ser humano, Jesús.

Cristo no es exactamente Jesús de Nazaret, sino la impronta de Dios en ese Jesús. El Reino que es Dios es el Reino que se manifiesta en Jesús. Para poder aplicar a Jesús ese título, debemos despojarlo de toda connotación de poder, fuerza o dominación. Jesús condenó toda clase de poder. Pero no solo condenó al que somete; condenó con la misma rotundidad al que se deja someter. Este aspecto lo olvidamos y nos conformamos con acusar a los que dominan. No hay opresor sin oprimido. El reinado de Cristo es un reino sin rey, donde todos sirven y todos son servidos. Cuando decimos: reina la paz, no queremos decir que la paz tenga un reino sino que la paz se hace presente en ese ámbito.

Jesús quiere seres humanos completos, que sean reyes, es decir, libres. Jesús quiere seres humanos ungidos por el Espíritu de Dios, que sean capaces de manifestar lo divino. Tanto el que esclaviza como el que se deja esclavizar, deja de ser humano y se aleja de lo divino. El que se deja esclavizar es siempre opresor en potencia, no se sometería si no estuviera dispuesto a someter. La opresión religiosa es la más inhumana porque es capaz de llegar a lo más profundo del ser y oprimirle radicalmente. Emplear términos militares, como “guerrilleros de Cristo”, “cruzados de Cristo”, para designar personas o asociaciones vinculadas a Jesús, es muestra de la más burda tergiversación del evangelio.

En el padrenuestro, decimos: “Venga tu Reino”, expresando el deseo de que cada uno de nosotros hagamos presente a Dios como lo hizo Jesús. Y todos sabemos perfectamente como actuó Jesús: desde el amor, la comprensión, la tolerancia, el servicio. Todo lo demás es palabrería. Ni programaciones ni doctrina, ni ritos, sirven para nada si no entramos en la dinámica del Reino. Jesús quiere que todos seamos reyes, es decir que no nos dejemos esclavizar por nada ni por nadie. Cuando responde a Pilato, no dice “soy el rey”, sino soy rey. Con ello está demostrando que no es el único, que cualquiera puede descubrir su verdadero ser y actuar según esa exigencia.

Meditación

“No es de este mundo”, no quiere decir que es un reino para el más allá.
Quiere decir que no es un reino como los que conocemos aquí.
El reinado de Jesús es el reinado de Dios.
Es el reinado del amor, del servicio, de la entrega total.
Jesús fue rey porque fue Señor de sí mismo.
Lo que había de Dios en él gobernaba todo su ser.

 

Fray Marcos

Cristo Rey, Chile, Bolivia, Hong Kong…

El título pretende poner de relieve la relación de la fiesta de Cristo Rey con el momento actual. Cuando Achille Ratti fue elegido Papa en febrero de 1922 y tomó el nombre de Pío XI, tenía la experiencia reciente de la Primera Guerra Mundial y de la Revolución rusa. Pocos meses después, en octubre, Mussolini organizaba la marcha sobre Roma, que llevaría al triunfo del fascismo. Un año más tarde (8 de noviembre de 1923) Hitler intenta un golpe de estado en Múnich. Pío XI, alarmado por las tensiones crecientes en Europa y en todo el mundo, piensa que la única y verdadera solución a los problemas de tipo social, político, económico, es atenerse al mensaje del evangelio. Si Cristo fuese el rey de este mundo, muy distintas serían las cosas. Entonces instituyó esta fiesta, aprovechando que en 1925 se cumplían mil seiscientos años del concilio de Nicea, que proclamó la realeza de Cristo al añadir al credo apostólico las palabras: “y su reino no tendrán fin”.

Ha pasado casi un siglo. El lenguaje, como tantas cosas, ha cambiado; las verdades profundas, no. No creo que muchos católicos se animen a decir hoy día que la solución a los problemas que afectan al mundo actual sea Cristo Rey. Pero sí debemos estar dispuestos a defender los valores evangélicos del amor al prójimo, especialmente al más necesitado, de reconocernos todos como hermanos, hijos del mismo Padre, de la compasión, la justicia, la paz.

Inicialmente esta fiesta se celebraba el domingo anterior a la de Todos los Santos (1 de noviembre). La reforma del Concilio Vaticano II decidió cerrar el año litúrgico con esta festividad, para subrayar la victoria final de Jesús. Las lecturas varían en los tres ciclos y cada año ofrece un aspecto distinto de la realeza de Jesús. ¿Qué une a las dos lecturas principales de hoy? La concepción del rey como salvador en medio de las dificultades.

David, el rey salvador (2 Samuel 5, 1-3)

La primera lectura solo se comprende recordando los acontecimientos previos. Años atrás, el primer rey israelita, Saúl, ha muerto luchando contra los filisteos. Le ha sucedido un hijo bastante inútil, Isbaal, y el poder se concentra en las manos del general Abner. Pero tensiones internas y externas llevarán al asesinato de Abner y, más tarde, de Isbaal. Las tribus del norte, sin rey ni general, se sienten desconcertadas. Y consideran que la única solución es ofrecerle el trono a David, que ya es rey de Judá desde hace siete años. Y se dirigen a la que entonces era capital de Judá, Hebrón (Jerusalén todavía no había sido conquistada).

Nosotros leemos estas palabras sin darle especial importancia. Pero el que los del norte vengan a buscar la salvación en el rey del sur era entonces algo inaudito, que sólo se explica por la necesidad urgente de un rey que los salve.

Jesús, el rey incapaz de salvar (Lucas 23, 35-43)

Los contemporáneos de Jesús también esperaban un rey con capacidad de salvar. La lectura del evangelio de lo deja muy claro. Las autoridades, los soldados, uno de los malhechores crucificado con Jesús, lo repiten hasta la saciedad. Pronuncian los mayores títulos: Mesías de Dios, Elegido, rey de los judíos, Mesías. Pero sólo están dispuestos a aplicárselos a Jesús si se salva a sí mismo, o, como dice el otro crucificado, «sálvate a ti mismo y a nosotros». La sorpresa aparece al final, en la petición del buen ladrón, cuando reconoce que el reino de Jesús no se realiza en este mundo, no es aquí donde lleva a cabo obras portentosas para que la gente lo acepte como rey. Su reino se encuentra en una dimensión distinta, en la que entrará a través de la muerte. Por eso, el buen ladrón no pide que lo salve. Sólo pide un recuerdo: «acuérdate de mí».

A lo largo de su vida, Jesús escuchó muchas peticiones: de leprosos que deseaban ser curados, de ciegos y cojos, de padres de niños difuntos, de discípulos asustados por la tormenta… Pero esta es la petición más bella y más sencilla: «Jesús, acuérdate de mí». El buen ladrón pide muy poco. Pero hace falta una fe profundísima para creer que ese ajusticiado, al que todos rechazan y del que todos se burlan, dentro de poco será rey, y que un simple recuerdo suyo puede traer la felicidad. Así ocurre en la promesa que Jesús le hace: «hoy estarás conmigo en el paraíso».

«Acuérdate de mí» y «estarás conmigo» son las dos caras de una misma moneda, de la intimidad plena entre el rey y su súbdito, más satisfactoria que todas las prebendas y beneficios mundanos que regalan otros reyes.

José Luis Sicre

Comentario del 24 de noviembre

Hoy reconocemos con toda la Iglesia y proclamamos a Cristo nuestro Rey: aquel por el que queremos ser gobernados, aquel cuyas leyes queremos que rijan nuestra conducta y la de nuestras familias y sociedades. Pero a éste que queremos sea nuestro rey, le proclamamos también Rey del universo, es decir, de todas las cosas que constituyen este universo que no logran abarcar nuestros ojos, porque, como dice san Pablo, él es el principioel primero de todoaquel por cuyo medio fueron creadas todas las cosas; y el que es Hacedor no puede sino dejar sus leyes en aquello que ha hecho.

Así reina Cristo en la naturaleza inanimada e irracional, mediante las leyes que ha puesto en ella (gravedad, electromagnética, termodinámica, etc.) y que se cumplen con necesidad legal. Pero, tratándose de seres humanos, esto es, de naturalezas dotadas de entendimiento y voluntad, las leyes divinas ya no pueden imponerse con esa necesidad propia de la naturaleza inanimada sin destruir la misma naturaleza sobre la que recaen. Aquí, en semejante reinado, entran en juego otras voluntades, las humanas, cuya naturaleza opcional Dios respeta, como respetó la voluntad de los malhechores crucificados a derecha e izquierda de Jesús. Uno le exigía demostrar su condición de rey, es decir, su poder, haciendo ostentación del mismo, es decir, bajando de la cruz: Si eres rey –le decía-, sálvate a ti mismo y a nosotros; el otro, en cambio, le aceptaba como rey en esa situación de crucificado y le pedía que se acordase de él cuando llegara a su reino. Entendía, por tanto, que aún no había llegado a tal reino, que su reino no era de este mundo, que estaba más allá de la frontera de la muerte. Y Jesús confirma esta suposición cuando le dice: Hoy estarás conmigo en el paraíso.

Luego a su reino no se llega propiamente sino tras la muerte, dado que Cristo no tenía intención de bajar de la cruz, rehuyendo la muerte, ni de hecho bajó de la cruz. Dos voluntades ante el mismo rey: la una, que ve en Jesús, en su inocencia y en su modo de morir, a un verdadero rey, aunque no de este mundo, y le acepta como tal, y le pide participación en el mismo; y la otra, que ve en él a un impostor y le exige como prueba de su poder real que se salve a sí mismo y a los que están con él, bajando de la cruz, rechazándole finalmente.

El hecho nos demuestra que su reino, su ley y su amor son rechazables por la voluntad humana entenebrecida en su pecado. Luego cuando Dios toma la decisión de ser rey únicamente de los que le acepten como tal, se está exponiendo al rechazo de los ingratos o de los que no saben lo que hacen. Pero esto no significa que el rechazo quede impune. El hombre, en cuanto detentor de una voluntad capaz de responder, tendrá que cargar con las consecuencias de su decisión personal; y al rechazar el reinado de Dios se expone a quedar definitivamente excluido de ese reino (=paraíso) en el que es acogido el buen ladrón. El error del excluido es haber preferido sus tinieblas a la luz que se le ofrecía, con el riesgo de acabar envuelto en tinieblas aún mayores, en las tinieblas exteriores insalvables.

A ellas hace referencia san Pablo cuando dirigiéndose a los cristianos de Colosas les dice: Vosotros fuisteis sacados el dominio de las tinieblas y trasladados al reino de su Hijo querido. Por tanto, trasladados de dominio: liberados del dominio del pecado (un dominio ajeno y cruel que impide nuestra realización humana y nos conduce a la muerte) y trasladados al dominio de la gracia o dominio de Dios, nuestro Hacedor y Redentor, que nos conduce a la bienaventuranza. Este traslado supone la redención por su sangre el perdón de los pecados.

Se trata de un rey que ha derramado su sangre, en un acto supremo de amor, para ser nuestro rey. Hay reyes que derraman la sangre de muchos y de próximos para ocupar el trono de un imperio; aquí se trata de un rey que derrama su propia sangre para ser tal. Ya se ve que no es un rey al uso. Por eso puede presentarse como rey desde la cruz, porque desde ese trono tan singular que pudiera calificarse de anti-trono, ya está derribando murallas y ganándose los corazones de mucha gente, de todos aquellos que, como el buen ladrón, han sabido captar el altísimo valor de su acto redentor.

Y no hay rey más afirmado y duradero que el que logra ganarse el corazón de sus súbditos, ni hay súbditos más fieles, leales y valerosos que los ganados para la causa del rey, o los persuadidos de que no hay mejor rey que el que tienen, ni mejores leyes que las suyas. El ejército de semejante rey está integrado por mártires, vírgenes y santos, es decir, personas dispuestas a las mayores renuncias, incluida la donación de la vida, por él. La fuerza de este rey radica en el amor, una fuerza que más que vencer convence; y no hay personas más vencidas o sometidas que las convencidas. Y aunque su reino no es de este mundo, como precisó el mismo Jesús ante Pilato, tiene sin embargo su asiento en este mundo, pues está ya presente en esos corazones y sociedades en los que ha empezado a germinar la justicia, la paz y el amor de Cristo Rey.

Por eso se dice que el Reino está dentro de nosotros; porque ahí, en nuestro interior, es donde este Rey quiere poner sus leyes e instaurar su dominio, quiere gobernar. Y una vez implantado en el corazón humano, podrá extenderse a otros ámbitos como el de la familia y la sociedad, de modo que se pueda hablar de familias o sociedades cristianas, que serán aquéllas en las que imperen leyes de signo cristiano. Las conductas particulares que se conduzcan por estos criterios podrán cristalizar en estructuras sociales que lleven la impronta cristiana y faciliten la integración y el crecimiento de los ganados para la causa.

De haber bajado de la cruz, como le pedían quienes no querían aceptarlo como rey, habría podido instaurar un reino (poder tenía para ello) como tantos otros en la historia, levantado sobre una base de coacción y de violencia y sostenido por un régimen de terror. Pero éste no es el reino que Cristo vino a traer, un reino que no descarta como medio de implantación la aniquilación o el anonadamiento de las voluntades rebeldes, sino un reino que se hace depender de la fuerza del amor, una fuerza en apariencia menos efectiva que la fuerza de las armas, pero a la larga mucho más eficaz y duradera que cualquier forma de coacción. La fuerza del amor es una fuerza atractiva, que también doblega voluntades, pero sin aniquilarlas.

Cristo desea reinar sobre hombres y mujeres dispuestos a entregarle voluntariamente (el que quiera venirse conmigo…) sus vidas, sabiendo que tal actitud lleva aneja una promesa de vida eterna o de plena participación en su reino y bienaventuranza. Jesús no bajó de la cruz, pero subió del sepulcro. Y este acto de poder sobre la muerte, que no implica violencia sobre los enemigos (los que le han llevado a la muerte), nos abre y les abre a ellos las puertas de ese Reino en el que encontró acogida el buen ladrón y en el que no hay lugar ni para la enemistad, ni para el odio, ni para la coacción, ni para la violencia.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

Sueños y visiones

192. En la profecía de Joel encontramos un anuncio que nos permite entender esto de una manera muy bella. Dice así: «Derramaré mi Espíritu sobre toda carne y sus hijos y sus hijas profetizarán, y sus jóvenes verán visiones y sus ancianos soñarán sueños» (Jl 3,1; cf. Hch 2,17). Si los jóvenes y los viejos se abren al Espíritu Santo, ambos producen una combinación maravillosa. Los ancianos sueñan y los jóvenes ven visiones. ¿Cómo se complementan ambas cosas?

Lectio Divina – 24 de noviembre

Jesús es el rey de los Judíos
Rey diferente de los reyes de la tierra 

Lucas 23,35-43

Oración inicial

Shadai, Dios de la montaña,
que haces de nuestra frágil vida
la roca de tu morada,
conduce nuestra mente
a golpear la roca del desierto,
para que brote el agua para nuestra sed.

La pobreza de nuestro sentir
nos cubra como un manto en la oscuridad de la noche
y abra el corazón para acoger el eco del Silencio
para que el alba
envolviéndonos en la nueva luz matutina
nos lleve
con las cenizas consumadas por el fuego de los pastores del Absoluto
que han vigilado por nosotros junto al Divino Maestro,
el sabor de la santa memoria.

1. LECTIO

Luke 23, 35-43

a) El texto:

35 Estaba el pueblo mirando; los magistrados hacían muecas diciendo: «Ha salvado a otros; que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el Elegido.» 36 También los soldados se burlaban de él y, acercándose, le ofrecían vinagre 37 y le decían: «Si tú eres el rey de los judíos, ¡sálvate!» 38 Había encima de él una inscripción: «Este es el rey de los judíos.»
39 Uno de los malhechores colgados le insultaba: « ¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!» 40 Pero el otro le increpó: « ¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? 41 Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio éste nada malo ha hecho.» 42 Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino.» 43Jesús le dijo: «Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso.»

b) Momento de silencio:

Dejamos que la voz del Verbo resuene en nosotros.

2) MEDITATIO

a) Preguntas:

– El pueblo observaba. ¿Por qué no tomas nunca una postura ante los acontecimientos? Todo lo que has vivido, escuchado, visto… no puedes echarlo a perder porque algo se interpone por el camino y parece oscurecerlo todo. ¡Muovete!
– «Si eres el rey de los Judíos sálvate a ti mismo». ¡Cuántos chantajes con Dios en la oración! Si eres Dios, ¿por qué no intervienes? Hay tantos inocentes que sufren… si me quieres, hazme lo que te digo e yo creo… ¿Cuándo dejarás de tratar con el Señor como si tú supieras más que El lo que es bueno y lo que no lo es?
– Jesús, acuérdate de mí. ¿Cuándo verás en Cristo, el único HOY que te da vida?

b) Llave de Lectura:

Solemnidad de Cristo, Rey del universo. Uno se esperaría un pasaje del Evangelio de entre los más luminosos, y sin embargo nos encontramos ante un pasaje de entre los menos claros. … El estupor de lo no esperado, es la sensación más apta para entrar en el corazón de la fiesta de hoy, el estupor de aquel que sabe que no puede entender las infinidades del misterio del Hijo de Dios.

v. 35. Estaba el pueblo mirando; los magistrados hacían muecas diciendo: «Ha salvado a otros; que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el Elegido. Alrededor de la cruz se agrupan todos aquellos que han encontrado a Jesús en los tres años de su vida pública. Y aquí, frente a una Palabra clavada sobre el madero, se desvelan los secretos de los corazones. El pueblo que había escuchado y seguido al rabino de Galilea, que había visto los milagros y los prodigios, estaba allí sentado mirando: la perplejidad en las caras, mil preguntas en el corazón, la decepción y la percepción de que todo acaba allí. Los jefes hacen muecas y mientras dicen la verdad sobre la persona de Jesús: el Cristo de Dios, su elegido. Ignoran la lógica de Dios aún siendo fieles observadores de la ley hebraica. Esta invitación que encierra tanto desprecio: Que se salve a si mismo… narra el final recóndito de todas sus acciones: la salvación se conquista de por sí, observando los mandamientos de Dios.

vv. 36-37. También los soldados se burlaban de él y, acercándose, le ofrecían vinagre 37 y le decían: «Si tú eres el rey de los judíos, ¡sálvate!» Los soldados que no tienen nada que perder en el campo religioso infieren sobre él. ¿Qué tienen en común con aquel hombre? ¿Qué han recibido de él? Nada. La posibilidad de ejercer, aunque sea por poco tiempo, el poder sobre alguien que no es posible dejar caer. El poder de la detención se enlaza con la maldad y se arrogan el derecho de la reírse de él. El otro, indefenso, se convierte en objeto de su propio goce.

v. 38. Había encima de él una inscripción: «Este es el rey de los judíos.» Realmente una burla la pequeña tabla de su culpa: Jesús es el culpable de ser el rey de los judíos. Una culpa que en realidad no lo es. A pesar de que los jefes hayan tratado de aplastar la regalidad de Cristo como han podio, la verdad se inscribe sola: Este es el rey de los Judíos. Este, y no otro. Una regalidad que atraviesa los siglos y que pide a las miradas de los transeúntes que se detengan con el pensamiento sobre la novedad del evangelio. El hombre necesita de alguien que lo gobierne, y este alguien no puede ser que un hombre colgado de una cruz por amor, capaz de permanecer sobre el madero de la condena para dejarse encontrar vivo en la aurora del octavo día. Un rey sin cetro, un rey capaz de ser considerado por todos como un malhechor con tal de no renegar su amor por el hombre.

v. 39. Uno de los malhechores colgados le insultaba: « ¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!» En la cruz se puede estar por motivos diferente, como también por motivos distintos uno puede estar con Cristo. La proximidad con la cruz divide o acerca. Uno de los dos vecinos de Cristo, le insulta, le provoca, se ríe de él. A la salvación se la invoca como huida de la cruz. Una salvación estéril, sin vida, ya muerta en sí. Jesús está clavado en la cruz, este malhechor está colgado. Jesús es todo uno con el madero, porque la cruz es para él el rollo del libro que se abre para narrar los prodigios de la vida divina entregada sin condiciones. El otro está colgado como un fruto marchitado a causa del mal, y pronto a ser tirado.

v. 40. Pero el otro le increpó: « ¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? El otro, al estar cerca de Jesús, vuelve a adquirir el santo temor y hace discernimiento. Quien vive al lado de Cristo puede reprochar a quien está a dos pasos de la vida y no la ve, sigue gastándola hasta el final. Todo tiene un límite, y en este caso el límite no lo fija el Cristo que está allí, sino su compañero. Cristo no responde, responde el otro en su lugar, reconociendo sus responsabilidades y ayudando al otro para que lea el momento presente como una oportunidad de salvación.

v. 41. Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio éste nada malo ha hecho.» El mal lleva a la cruz, la serpiente había guiado al fruto prohibido colgado del madero. ¿Pero qué cruz? La cruz de la propia “recompensa” o la cruz del fruto bueno. Cristo es el fruto que cada hombre o mujer puede coger del árbol de la vida que está en medio del jardín del mundo, el justo que no cometió algún mal, y que sólo supo amar re usque ad finem.

v. 42. Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino Una vida que llega a su plenitud y se encierra en una invocación increíblemente densa de significado. Un hombre, pecador, conciente de su pecado y de la justa condena, acoge el misterio de la cruz. A los pies de aquel trono de gloria pide ser recordado en el reino de Cristo. Ve a un inocente crucificado y reconoce y ve más allá de lo que aparece, la vida del reino eterno. ¡Qué reconocimiento! Los ojos de quien ha sabido en un instante captar la Vida que iba pasando y que transmitía un mensaje de salvación, aunque de forma sobrecogedora. Aquel reo de muerte, objeto de insultos y de escarnios por los que habían tenido la posibilidad de conocerle más de cerca y más largamente, acoge a su primer súbdito, su primera conquista. Maldito aquel que cuelga del madero, dice la Escritura. El maldito inocente se convierte en bendición para quien merece la condenación. Un tribunal político y terrenal como el de Pilatos, un tribunal divino como el de la cruz, donde el condenado se salva gracias al Cordero inocente que se consume de amor.

v. 43. Jesús le dijo: «Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso.» Hoy. La palabra única y desbordante de la vida nueva del evangelio. Hoy. La salvación se cumple, no hay que esperar a otro Mesías que salve al pueblo de sus pecados. Hoy. La salvación está aquí, en la cruz. Cristo no entra solo en su reino, lleva consigo al primero de los salvados. Misma humanidad, mismo juicio, misma suerte, misma victoria. No es celoso Jesús de sus prerrogativas filiales, inmediatamente ha quitado de la lejanía de Dios y de la muerte a cuantos estaban a punto de sucumbir. Reino estupendo aquel que se inaugura sobre el Gólgota…. Alguien ha dicho que el buen ladrón ha hecho el último robo de su vida, ha robado la salvación… ¡Y sea! ¡Para sonreír de quienes trafican las cosas de Dios! Cuanta verdad, por el contrario, contemplando el don que Cristo hace a su compañero de cruz. ¡Ningún robo! ¡Todo es don: la presencia de Dios no se regatea! Y menos aún el estar siempre con él. Es la fe que abre las portas del reino al buen ladrón. Bueno porque ha sabido dar el justo nombre a lo que había sido su existencia y ha visto en Cristo al Salvador. ¿El otro era malo? Ni más ni menos que el otro, quizás, pero se quedó más acá de la fe: buscaba al Dios fuerte y potente, al Señor potente en la batalla, a un Dios que pone las cosas en su sitio y no ha sabido reconocerle en los ojos de Cristo, se ha quedado en su impotencia.

c) Reflexión:

Cristo muere en la cruz. No está solo. Está rodeado de gente, de las personas más extrañas, personas hostiles que vierten sobre él sus responsabilidades de incomprensión, personas indiferentes que no se implican de no ser por interés personal, personas que no entienden todavía, pero que quizás están mejor dispuestas a dejarse interrogar ya que no tienen nada más que perder, como uno de los dos malhechores. Si la muerte es una caída en la nada, entonces el tiempo humano se colorea de esperanza, y el espacio de la finitud se abre camino al mañana, a la aurora nueva de la Resurrección: Yo soy el camino, la verdad y la vida … ¡Qué verdad está encerrada este día en estas solemnes palabras de Jesús! Son palabras que iluminan la oscuridad de la muerte. El camino no se detiene, la verdad no se apaga, la vida no muere. En ese Yo soyestá encerrada la regalidad de Cristo. Se camina hacia una meta, y el alcanzarla no puede ser perderla… Yo soy el camino… Se vive de la verdad, y la verdad no es un objeto, sino algo que existe: “La verdad es el esplendor de la realidad – dice Simone Weil – y desear la verdad es desear un contacto directo con la realidad para amarla”. Yo soy la verdad… Nadie quiere morir, uno se siente alejado con la fuerza de algo que nos pertenece: la vida, y entonces, si la muerte no es para nosotros, no puede agarrarnos para sí… Yo soy la vida … Jesús lo ha dicho: “Quien quiere salvar su vida, la pierde, pero aquel que pierde su vida por mi causa, la encontrará”. Hay contradicciones en los términos, o ¿más bien secretos ocultos que hay que desvelar? ¿Quitamos el velo a lo que vemos para gozar de lo que no vemos? Cristo en la cruz es objeto de la atención de todos. Muchos lo piensan, o hasta están a su lado. Pero no basta. La cercanía que salva no es la de quienes están allí para reírse o insultar, la cercanía que salva es la de aquel que pide humildemente ser recordado no en el tiempo fugaz, sino en el reino eterno.

3. ORATIO

Salmo 145

Te ensalzaré, Dios mío, mi Rey,
bendeciré tu nombre por siempre;
todos los días te bendeciré,
alabaré tu nombre por siempre.

Grande es Yahvé, muy digno de alabanza,
su grandeza carece de límites.
Una edad a otra encomiará tus obras,
pregonará tus hechos portentosos.

El esplendor, la gloria de tu majestad,
el relato de tus maravillas recitaré.
Del poder de tus portentos se hablará,
y yo tus grandezas contaré;
se recordará tu inmensa bondad,
se aclamará tu justicia.

Es Yahvé clemente y compasivo,
tardo a la cólera y grande en amor;
bueno es Yahvé para con todos,
tierno con todas sus criaturas.

Alábente, Yahvé, tus criaturas,
bendígante tus fieles;
cuenten la gloria de tu reinado,
narren tus proezas,
explicando tus proezas a los hombres,
el esplendor y la gloria de tu reinado.

Tu reinado es un reinado por los siglos,
tu gobierno, de edad en edad.
Fiel es Yahvé en todo lo que dice,
amoroso en todo lo que hace.

Yahvé sostiene a los que caen,
endereza a todos los encorvados.
Los ojos de todos te miran esperando;
tú les das a su tiempo el alimento.

Tú abres la mano y sacias
de bienes a todo viviente.
Yahvé es justo cuando actúa,
amoroso en todas sus obras.

Cerca está Yahvé de los que lo invocan,
de todos los que lo invocan con sinceridad.
Cumple los deseos de sus leales,
escucha su clamor y los libera.

Yahvé guarda a cuantos le aman,
y extermina a todos los malvados.
¡Que mi boca alabe a Yahvé,
que bendigan los vivientes su nombre
sacrosanto para siempre jamás!

4. CONTEMPLATIO

Señor, me parece extraño darte el nombre de rey. No es fácil acercarse a un rey… Mientras que hoy veo que estás sentado a mi lado, en el hoyo de mi pecado, aquí donde nunca hubiera pensado encontrarte. Los reyes están en los palacios, lejos de las vicisitudes de la pobre gente. Tú, por el contrario, vives tu señorío vistiendo trapos consumidos por nuestra pobreza. !Qué fiesta para mí verte aquí donde me he ido a esconder para no sentir sobre mí las miradas indiscretas del juicio humano. Al borde de mis fracasos ¿a quién he encontrado de no ser a ti? El único que podría reprocharme mis incoherencias me viene a buscar para sostener mi angustia y mi humillación. !Cuánta ilusión cuando pensamos en tener que ir a ti sólo cuando hemos alcanzado la perfección…! Se me ocurriría pensar que a ti no te gusta lo que soy, pero quizás no es exactamente así: a mi no me gusta como soy, pero a ti te gusto de cualquier manera, porque tu amor e salgo especial que respeta todo de mí y hace de todos mis instantes, un espacio de encuentro y de don. ¡Señor, enséñame a no bajar de la cruz con la pretensión absurda de salvarme a mi mismo! Hazme la gracia de saber esperar, a tu lado, el hoy de tu Reino en mi vida.

Jesucristo, rey del universo

1.- Os confieso, mis queridos jóvenes lectores, que tal calificativo no me hace ninguna gracia. Llamarle e invocarle Hijo del Padre, Esposo de la Iglesia, Hermano mayor nuestro, Señor, Maestro, sí que me entusiasma. Y como tal calificativo no forma parte del dogma cristiano, nadie se atreverá a condenarme. Y que conste que no sufro trauma síquico alguno, que mi circunstancial trato con algún príncipe o princesa, marqués, conde o vizconde, lo más parecido a rey que uno puede imaginar, han sido siempre satisfactorios. Jesús es mi Señor. Los vínculos del vasallo con respecto a su señor son de respeto, lealtad y amor. Y son tales virtudes las que pretendo cultivar y mantener siempre en mí.

2.- Christus vincit! Christus regnat! Christus imperat!”. (¡Cristo vence! ¡Cristo reina! ¡Cristo impera) multitud de veces he cantado este himno, y no me arrepiento, pero no se me ocurriría ahora enseñar a nadie tal melodía y texto. Os he confiado estas advertencias, con el deseo de que crezcan vuestros sinceros buenos sentimientos respecto a Él.

3.- Acaba el año litúrgico. Es hora de hacer cuentas. Examinar en primer lugar los dones recibidos, para a continuación considerar las respuestas positivas que a la bondad del Señor le hemos dado.

Más de una vez al día, entro a mi iglesita, doblo la rodilla y considero dentro de mí: es adoración. Beso el Sagrario, mientras le digo: Señor, Tú sabes que te amo. Me inclino y pongo mi frente suplicando ayuda.

Otros momentos, evidentemente, son explícitamente encuentros más importantes, la Plegaria Litúrgica de las Horas, o la celebración de la misa. Durante el resto de la jornada, ¡Dios mío! ¡cuánta indiferencia! Pero no deja de ser, también en estos intervalos, mi Señor, mi Maestro, a quien trato de serle fiel siempre, aun en las cosas más fútiles.

4.- Abandono las divagaciones espontaneas. Los textos de la misa de hoy son más importantes. No se me ocurre otra cosa, respecto a la primera lectura de este domingo, que corresponde al libro segundo de Samuel, que relacionarla con la actualidad histórica, al hoy y mañana inmediatos. El Pueblo Escogido, o de Israel, era único, como exclusivas son nuestras realidades continentales. Ahora bien, quienes ocupaban los territorios del norte, tierras fértiles, que eran granero de toda aquella parte del Creciente Fértil en la que vivían, se sentían separados y a ratos rivales, de los del sur. En los meridionales crecía el olivo, la parra y el granado, se asentaban, o se habían levantado, los principales templos de Yahvé. Si bien los profetas que Dios había suscitado podían germinar y crecer en ambos territorios, aun así, permanecía, existía siempre, cierta rivalidad entre ellos. No hay más que recordar el episodio de la vida de Amós (7,14).

Muerto Saúl, los del norte reconocen que es mejor vivir unidos. Si Dios había escogido a uno de los suyos y ahora el elegido era del sur, de Hebrón concretamente, tierra de Abraham padre de ambas comunidades, acuden ellos y reconocen su soberanía y si Samuel había ungido anteriormente a David (I S 16,13) le ungen ahora ellos, repitiendo el gesto que le acredita también como soberano suyo.

Y hay que reconocer que al Pueblo escogido le fue bien. Y a su sucesor Salomón también. Otra cosa era la corrupción y las ambiciones personales de Roboam y Jeroboam.

5.- La segunda lectura litúrgica es un precioso y denso himno que recoge Pablo y se lo recuerda a los de Coloso. No voy a pretender comentároslo, frase por frase, oración gramatical, tras oración, merecen un silencio meditativo. Que cada uno de vosotros, mis queridos jóvenes lectores, se entregue a ello. No hacen falta daros explicaciones.

6.- El evangelio es impresionante. Acordaos de que poco antes del episodio que se describe en el fragmento de la misa de hoy, el mismo Jesús, sin libertad, en poder del gobernador romano, torturado cruelmente e insultado por la plebe, que obedece al pérfido adoctrinamiento de los notables, aun así y por única vez, ha aceptado y reconocido que es rey. Ahora, sujeto cruelmente a los maderos y agonizante, es reconocido por escrito rey de los judíos y Él no se queja, son otros quien no quieren verlo ni en pintura.  Solo ahora. Tal es nuestro Rey.

Señor, acuérdate de mí, ahora que estás en tu Reino, le suplico insistentemente cuando estoy en Jerusalén, en el Calvario. De idéntica manera le ruego con humildad en cualquier otro momento.

Es la súplica que al acabar el año, con humildad y Fe, debemos dirigirle.

Pedrojosé Ynaraja

Cómo es nuestro Rey

Cuando se producen manifestaciones o protestas antimonárquicas, es muy común que se quemen fotografías del Rey, o monigotes que lo representan. Es totalmente legítimo estar a favor de otra forma de gobierno, pero dada la desinformación que abunda en nuestra sociedad, si preguntáramos a quienes se manifiestan porqué están en contra de la monarquía, en muchos casos no se sabría dar una respuesta razonada. Se suele partir de una visión estereotipada y negativa de la misma, y como se han asumido sin reflexionar todos los prejuicios y tópicos, se rechaza de plano sin analizar ni profundizar en el sentido y la función que tiene la monarquía parlamentaria dentro del marco de la Constitución.

Hoy estamos celebrando la fiesta de Jesucristo, Rey del Universo. Y quizá por la deformación que se ha hecho de este título en algunas épocas pasadas, hoy también son muchos los que lo rechazan, identificándolo con las formas y estructuras más conservadoras, reaccionarias y tradicionalistas de la Iglesia, e incluso con algunos grupos violentos que utilizaban este nombre.
Pero igual que ocurre en la vida civil, también en este caso se parte de imágenes, tópicos y prejuicios, sin profundizar en el sentido que tiene afirmar que Jesucristo es Rey del Universo, y cuál es su función como Rey, y que podemos descubrir dentro del marco de la Sagrada Escritura.
En el Evangelio hemos escuchado que tanto las autoridades, como los soldados e incluso uno de los malhechores reaccionan visceralmente contra la realeza de Jesús, porque ellos parten de una imagen estereotipada de lo que es un rey: alguien rico y poderoso. Por eso, ante un Rey pobre y crucificado, las autoridades hacían muecas a Jesús… Se burlaban de él también los soldados… Uno de los malhechores crucificados lo insultaba… Para ellos, si es Rey, debería utilizar su poder en su propio beneficio y en el de “los suyos”: Que se salve a sí mismo si es el Mesías de Dios… Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo… ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo ya nosotros.
Quizá también nosotros nos sentimos defraudados ante una realeza de Jesús que no se corresponde a lo que nosotros queremos y esperamos de un “Dios Rey”, y por eso nos resistimos a aceptar a Cristo como nuestro Rey y “rompemos” con esta imagen y lo que significa.
Pero la fiesta de hoy es una invitación a dejar de lado nuestros esquemas e ideas para profundizar en el sentido de que Jesucristo sea Rey y que nosotros, su Iglesia, seamos ciudadanos de su Reino.
Porque lo queramos aceptar o no, Jesucristo es Rey: Él anunció el Reino de Dios y afirmó su realeza ante Pilato: Tú lo dices: soy rey (Jn 18, 37), aunque su Reino no es de este mundo (v. 36).
El territorio de nuestro Rey es el Universo entero, y su población la constituye todo aquél que lo acepte como Rey, incluyendo a los pecadores que, como el buen ladrón, deseen estar con Él. Nada ni nadie está excluido de su Reino.
La “Constitución” de este Reino, la Ley principal, es “el precepto del amor” (Prefacio común VII), que se plasma en unos “principios fundamentales”: “la verdad y la vida, la santidad y la gracia, la justicia y la paz” (Prefacio).
Y nuestro Rey ejerce su poder y su fuerza desde el servicio, la entrega y el amor hasta el extremo, sobre todo a los pequeños, a los pecadores, a los despreciados. Como recoge san Pablo en la Carta a los Filipenses, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de Cruz (Flp 2, 6ss). La “fotografía” de nuestro Rey es la de alguien despojado de sus vestiduras, con una corona de espinas y con una cruz como trono. 

¿Me he planteado el porqué de esta fiesta? ¿Qué significa para mí que Jesucristo sea Rey del Universo? ¿Acepto su realeza sobre mí? ¿Me comporto como buen ciudadano de su Reino?
Hoy es el último domingo de este ciclo litúrgico. El próximo domingo iniciaremos un nuevo ciclo litúrgico con el tiempo de Adviento. Que la fiesta de hoy nos haga descubrir y entender la razón por la que Jesucristo es Rey del Universo, y así aprovechemos las ocasiones que se nos ofrezcan para que Él reine en nosotros y así vayamos haciendo cada vez más presente su Reino. 

Un rey crucificado

1.- En el ciclo C, que termina este domingo, la opción litúrgica por el Evangelio de San Lucas que narra la escena del Gólgota, durante la crucifixión, con el diálogo entre los dos delincuentes y Jesús, da un “punto fuerte” al comentario presente. Es un rey crucificado –era la peor forma de ajusticiar durante el Imperio Romano— que da testimonio de un Reino, próximo e inmediato. Y está tan cerca que emplaza la canonización del “Buen Ladrón” para ese mismo día.

2.- Deseamos llevar lo más lejos posible la idea de ese Rey triunfará por haberse entregado a los demás. Su gloria y su poder llegarían tres días después cuando Dios Padre le resucitó de entre los muertos. Pero hasta entonces su realeza estaba tan apartada de la habitual de la tierra que, desde luego, establecía una diferencia esencial para nosotros. Le va a decir Poncio Pilato que “su reino no es de este mundo” y nosotros debemos tomar buena nota. Hay ligado siempre al hecho religioso un efecto de poder. Y eso es lo que hay que evitar. El Concilio Vaticano II alejó cualquier posibilidad al respecto. La Iglesia es más pobre, está “más crucificada” por la salvación de los pecadores, de los pobres, de los marginados. La Iglesia renueva muchas veces al día la conversación del Calvario. Abre sus diálogos con los malhechores para salvarlos. Es obvio que para salvarse hay que desearlo y sentirlo. El “Buen Ladrón” expresa su arrepentimiento y reconoce la inocencia de Jesús. Después de esto, el pueblo elegido sigue buscando a los “buenos ladrones” para llevarlos al Reino.

3.- “Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él”. San Pablo hace en este párrafo de la Carta a los Colosenses (1, 12-20) la más completa –y teológicamente perfecta— definición de Cristo. Es muy singular conocimiento que tuvo Pablo sobre la naturaleza de Jesucristo. Podría decirse que “todo lo dijo ya él” y que el trabajo posterior de la ciencia teológica ha sido complementario. Y así la auténtica condición regia del Salvador está en esos atributos de su condición de Dios y Hombre.

3.- La Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, fue instituida por el Papa Pío XI el 11 de diciembre de 1925. El Concilio Vaticano II sitúa la celebración como final del Tiempo Ordinario y, por tanto, como final del año litúrgico. Su significado es que Cristo reinará al final de los tiempos y supone un plan espiritual de redención lejos de cualquier interpretación de poder político o pseudoreligioso.

4.- El Reino de Cristo es uno de los grandes anhelos de los cristianos. Para algunos, llevados de ciertas interpretaciones más parecidas a los anhelos de los antiguos judíos, creen que este reino es posible en este mundo. Otros, quitándole fuerza, lo sitúan como una entelequia simbólica o abstracta de imposible concreción. Pero Jesús nos precisa que el Reino está cerca y además vive dentro de nosotros. Entonces, ese reino es una forma de vida, una fórmula de amor y una entrega a los hermanos, mientras que amamos a Dios sobre todas las cosas.

5.- San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, en el “episodio” del “Rey Temporal y el Rey Eternal” lo define muy bien. Viene a decir que si nosotros somos capaces de apoyo total a un rey de este mundo que quiere instituir lo que todos queremos y guardamos una relación de identidad con sus postulados, sus vestidos, sus trabajos, sus sufrimientos, etc.; mucho más tendríamos que apoyar a un Rey Eterno que busca nuestra salvación y nuestra felicidad, que constituyen –sin duda— uno de los mayores anhelos. Hemos citado muchas veces ese pasaje de los Ejercicios Espirituales de Ignacio, pero parece claro que adapta como un guante a la Solemnidad que celebramos hoy.

6.- También es posible declarar a Jesús Rey de nuestras vidas. Su ejemplo –el seguimiento de sus enseñanzas— nos trae paz, felicidad, justicia y amor. Y, sobre todo, nos muestra un reino de humildes, de afables, de limpios de corazón, de pobres de cuerpo y de espíritu. Alejado del poder, de la violencia, de la explotación, del odio. Es más que probable que, en un día como hoy, nos sea más difícil comprender fenómenos como el “nacionalcatolicismo” o el “cristianismo de metralleta”. Alguna vez he citado yo el llamado gran pecado estructural que definió ya hace unos cuantos años el entonces el Arzobispo de Milán, Monseñor Martini y que no es otra cosa que querer impregnar al cristianismo –para su utilización indigna– de nuestras ideas políticas o de nuestras querencias sociales o nacionalistas.

7.- Es difícil en este día comprender a los manipuladores y a los falsarios del ideal de Cristo. También a los inquisidores o a los moralistas opresores. Asimismo, respetar a quienes en función de una libertad mal trazada pretenden desnaturalizar el cristianismo con falsas tolerancias que no son otra cosa que pecados. Creemos, pues, en el Reino de Cristo como lugar pleno de amor, de solidaridad, de alegría, de paz, de mansedumbre y de esperanza fuerte. El Reino ha llegado. Lo que ocurre es que cada uno debe descubrirlo. Y esa es la tarea que el mismo Cristo nos encomienda.

Ángel Gómez Escorial

Comentario al evangelio – 24 de noviembre

¿Jesús Rey? ¿Está usted seguro?

      La lectura del Evangelio que la Iglesia nos propone para este día nos deja un poco confusos. Es el último domingo del año y la liturgia lo dedica a Cristo Rey. La Iglesia quiere que le veamos en triunfo, como aquel en quien llegan a plenitud todas las cosas. Con él, el Reino de Dios dejará de ser un sueño para empezar a ser realidad plena. ¿Cómo es posible que el Evangelio nos presente a Jesús en la cruz? Los condenados a muerte no han triunfado nunca a lo largo de la historia. Como mucho han conseguido que algunos nostálgicos derramaran algunas lágrimas por ellos. Pero nada más. Los gobernantes de cualquier país saben que lo mejor que se puede hacer con la oposición es eliminarla.

      Pero el caso de Jesús es diferente. Da la impresión de que su reinado no es exactamente igual que los gobiernos y reinos de este mundo. Jesús es un hombre que, a punto de morir en la cruz, todavía despierta pasiones opuestas. Unos se ríen de él y otros afirman su inocencia. Más todavía. En el momento de la cruz el mismo Jesús es capaz de prometer el paraíso al hombre que está crucificado a su lado. 

      Es que su reino no es de este mundo. Su reino es el reinado de Dios que junta y recoge a todos sus hijos e hijas dispersos para convertirlos en una familia. En el reino de Dios no somos súbditos. Tampoco somos ciudadanos. Somos hijos. Absolutamente diferente. 

      Desde esa perspectiva entendemos mejor la plenitud a que se refiere la lectura de la carta a los Colosenses. Cuando ahí se afirma la superioridad de Jesús sobre todas las cosas y sobre todas las personas, cuando se nos dice que en él el Reino de Dios va a llegar a su plenitud, no significa que en su tiempo ese reino vaya a ser próspero económicamente. Tampoco significa que se vayan a hacer unas grandiosas obras y monumentos como acostumbran a hacer nuestros gobernantes para perpetuar su memoria. Ni siquiera que vaya a tener el mejor y más poderosos ejército del mundo. Ninguna de esas cosas. En un reino donde todos somos hermanos y Dios, el centro y origen de todo, es nuestro padre, la plenitud se verá al realizarse de verdad la fraternidad, la solidaridad y la justicia entre todos y todas. La plenitud llegará porque, como en una buena familia, todos pondremos nuestra confianza en el padre de quien procedemos y en quien encontramos el amor que nos hace falta para vivir y llegar a nuestra propia plenitud. Y todo eso sin fronteras, sin divisiones por razón de raza, cultura, religión o nacionalidad, porque toda la humanidad, junto con toda la creación, está llamada a participar de esa plenitud. Jesús es el rey de ese reino. Precisamente por eso murió en la cruz. Precisamente por eso, Dios, el Padre que ama la vida, lo resucitó y hoy mantenemos viva la esperanza del Reino. 

Para la reflexión

      ¿Estamos todos los que formamos nuestra comunidad al servicio unos de otros? ¿Nos esforzamos para que entre nosotros reinen la fraternidad, la solidaridad y la justicia? ¿Mantenemos la esperanza a pesar de las dificultades que nos encontramos en el camino? 

Fernando Torres, cmf