Vísperas – Lunes XXXIV de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

LUNES XXXIV TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Ahora que la noche es tan pura,
y que no hay nadie más que tú,
dime quién eres.

Dime quién eres y por qué me visitas,
por qué bajas a mí que estoy tan necesitado
y por qué te separas sin decirme tu nombre.

Dime quién eres tú que andas sobre la nieve;
tú que, al tocar las estrellas, las haces palidecer de hermosura;
tú que mueves el mundo tan suavemente,
que parece que se me va a derramar el corazón.

Dime quién eres; ilumina quién eres;
dime quién soy también, y por qué la tristeza de ser hombre;
dímelo ahora que alzo hacia ti mi corazón,
tú que andas sobre la nieve.

Dímelo ahora que tiembla todo mi ser en libertad,
ahora que brota mi vida y te llamo como nunca.
Sostenme entre tus manos, sostenme en mi tristeza,
tú que andas sobre la nieve. Amén.

SALMO 44: LAS NUPCIAS DEL REY

Ant. Eres el más bello de los hombres; en tus labios se derrama la gracia.

Me brota del corazón un poema bello,
recito mis versos a un rey;
mi lengua es ágil pluma de escribano.

Eres el más bello de los hombres,
en tus labios se derrama la gracia,
el Señor te bendice eternamente.

Cíñete al flanco la espada, valiente:
es tu gala y tu orgullo;
cabalga victorioso por la verdad y la justicia,
tu diestra te enseñe a realizar proezas.
Tus flechas son agudas, los pueblos se te rinden,
se acobardan los enemigos del rey.

Tu trono, oh Dios, permanece para siempre,
cetro de rectitud es tu centro real;
has amado la justicia y odiado la impiedad:
por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido
con aceite de júbilo
entre todos tus compañeros.

A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos,
desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas.
Hijas de reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina,
enjoyada con oro de Ofir.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Eres el más bello de los hombres; en tus labios se derrama la gracia.

SALMO 44:

Ant. ¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!

Escucha, hija, mira: inclina tu oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna;
prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor.
La ciudad de Tiro viene con regalos,
los pueblos más ricos buscan tu favor.

Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras:
la traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.

«A cambio de tus padres, tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra.»

Quiero hacer memorable tu nombre
por generaciones y generaciones,
y los pueblos te alabarán
por los siglos de los siglos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. ¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

LECTURA: 1Ts 2, 13

No cesamos de dar gracias a Dios, porque al recibir la palabra de Dios, que os predicamos, la acogisteis no como palabra de hombre, sino, cual es en verdad, como palabra de Dios, que permanece operante en vosotros los creyentes.

RESPONSORIO BREVE

R/ Suba mi oración hasta ti, Señor.
V/ Suba mi oración hasta ti, Señor.

R/ Como incienso en tu presencia.
V/ Hasta ti, Señor

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Suba mi oración hasta ti, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclame siempre mi alma tu grandeza, oh Dios mío.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclame siempre mi alma tu grandeza, oh Dios mío.

PRECES

Glorifiquemos a Cristo, que ama a la Iglesia y le da alimento y calor, y digámosle suplicantes:

Atiende, Señor, los deseos de tu pueblo.

Señor Jesús, haz que todos los hombres se salven
— y lleguen al conocimiento de la verdad.

Guarda con tu protección al papa y a nuestro obispo,
— ayúdalos con el poder de tu brazo.

Ten compasión de los que buscan trabajo,
— y haz que consigan un empleo digno y estable.

Sé, Señor, refugio del oprimido
— y su ayuda en los momentos de peligro.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Te pedimos por el eterno descanso de los que durante su vida ejercieron el ministerio para bien de tu Iglesia:
— que también te celebren eternamente en tu reino.

Fieles a la recomendación del Salvador, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que has querido asistirnos en el trabajo que nosotros, tus pobres siervos, hemos realizado hoy, al llegar al término de este día, acoge nuestra ofrenda de la tarde, en la que te damos gracias por todos los beneficios que de ti hemos recibido. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 25 de noviembre

1) Oración inicial

Mueve, Señor, los corazones de tus hijos, para que, correspondiendo generosamente a tu gracia, reciban con mayor abundancia la ayuda de tu bondad. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 21,1-4

Alzando la mirada, vio a unos ricos que echaban sus donativos en el arca del Tesoro; vio también a una viuda pobre, que echaba allí dos moneditas, y dijo: «De verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que nadie. Porque todos éstos han echado como donativo de lo que les sobra, ésta en cambio ha echado de lo que necesita, de todo lo que tiene para vivir.»

3) Reflexión

• En el Evangelio de hoy, Jesús elogia a una viuda pobre que sabe compartir más que los ricos. Muchos pobres de hoy hacen lo mismo. La gente dice: “El pobre no deja morir de hambre al pobre”. Pero a veces, ¡ni esto es posible! Doña Cícera que vivía en el interior de Paraíba, Brasil, se fue a vivir a la ciudad y decía: “En el campo, la gente era pobre, pero siempre había una cosita para dividirla con el pobre que llamaba a la puerta. ¡Ahora que estoy aquí, en la ciudad, cuando veo a un pobre que llama a la puerta, me escondo de vergüenza porque no tengo nada en casa para darle!” De un lado: gente rica que tiene todo, pero que no quiere compartir. Por el otro: gente pobre que no tiene casi nada, pero que quiere compartir lo poco que tiene.
• Al comienzo de la Iglesia, las primeras comunidades cristianas, eran de gente pobre (1 Cor 1,26). Poco a poco fueron entrando también personas más ricas, lo cual trajo consigo varios problemas. Las tensiones sociales, que marcaban al imperio romano, empiezan a marcar también la vida de las comunidades. Esto se manifestaba, por ejemplo, cuando se reunían para celebrar la cena (1Cor 11,20-22), o cuando tenían reuniones (Santiago 2,1-4). Por esto, la enseñanza del gesto de la viuda era muy actual, tanto para ellos, como para nosotros hoy.
• Lucas 21,1-2: La limosna de la viuda. Jesús estaba ante el arca del Templo y observaba cómo la gente iba echando su limosna. Los pobres echaban pocos centavos, los ricos monedas de gran valor. Los cofres del Templo recibían mucho dinero. Todos echaban algo para la manutención del culto, para el sustento del clero y la conservación del edificio. Parte de este dinero era usada para ayudar a los pobres, pues en aquel tiempo no había seguridad social. Los pobres vivían de la caridad pública. Las personas más necesitadas eran los huérfanos y las viudas. Dependían en todo de la caridad de los demás, pero así mismo, trataban de compartir con otros lo poco que poseían. Así, una viuda bien pobre, pone su limosna en el arca del Templo. ¡Nada más que dos centavos!
• Lucas 21,3-4: El comentario de Jesús. ¿Qué vale más: los pocos centavos de la viuda o las muchas monedas de los ricos? Para la mayoría, las monedas de los ricos eran mucho más útiles para hacer la caridad que los pocos centavos de la viuda. Los discípulos, por ejemplo, pensaban que el problema de la gente podía resolverse sólo con mucho dinero. Cuando la multiplicación de los panes, ellos habían sugerido comprar pan para dar de comer a la gente (Lc 9,13; Mc 6,37). Felipe llegó a decir: “¡Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno reciba un pedacito!” (Jn 6,7). De hecho, para aquel que piensa de esa manera, los dos centavos de la viuda no sirven para nada. Pero Jesús dice: “De verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que nadie”. Jesús tiene criterios diferentes. Al llamar la atención de los discípulos hacia el gesto de la viuda, les enseña a ellos y a nosotros dónde debemos procurar ver la manifestación de la voluntad de Dios, a saber, en los pobres y en el compartir. Y un criterio muy importante es el siguiente: “Porque todos éstos han echado como donativo de lo que les sobra, ésta en cambio ha echado de lo que necesita, de todo lo que tiene para vivir.»
• Limosna, compartir, riqueza. La práctica de dar limosnas era muy importante para los judíos. Era considerada una “buena obra”, pues la ley del Antiguo Testamento decía: “Nunca dejará de haber pobres en la tierra; por esto te doy este mandamiento: abrirás tu mano a tu hermano, al necesitado y al pobre de tu tierra”. (Dt 15,11). Las limosnas, colocadas en el arca del Templo, sea para el culto, sea para los necesitados, los huérfanos o las viudas, eran consideradas como una acción agradable a Dios (Eclo 35,2; cf. Eclo 17,17; 29,12; 40,24). Dar limosna era una manera de reconocer que todos los bienes y dones pertenecen a Dios y que nosotros no somos que administradores de esos dones. Pero la tendencia a la acumulación sigue muy fuerte. Cada vez renace de nuevo en el corazón humano. La conversión es necesaria siempre. Por eso Jesús dijo al joven rico: “Va, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres” (Mc 10,21). La misma exigencia se repite en los otros evangelios: “Vended vuestros bienes y dadlos en limosna: haceos bolsas que no se gastan, un tesoro inagotable en los cielos, adonde ni el ladrón llega ni la polilla roe” (Lc 12,33-34; Mt 6,9-20). La práctica del compartir y de la solidaridad es una de las características que el Espíritu de Jesús quiere realizar en las comunidades. El resultado de la efusión del Espíritu en el día de Pentecostés fue éste: “No había entre ellos indigentes, pues cuantos eran dueños de haciendas o casas las vendían y llevaban el precio de lo vendido y lo depositaban a los pies de los apóstoles” (Hechos 4,34-35ª; 2,44-45). Estas limosnas colocadas a los pies de los apóstoles no se acumulaban, sino que “y a cada uno se le repartía según su necesidad” (Hechos 4,35b; 2,45). La entrada de los ricos en las comunidades cristianas posibilitó, por un lado, una expansión del cristianismo, al ofrecer mejores condiciones para los viajes misioneros. Pero por otro lado la tendencia a la acumulación bloqueaba el movimiento de la solidaridad y del compartir. Santiago ayudaba a las personas a que tomaran conciencia del camino equivocado: “Y vosotros los ricos, llorad a gritos por las desventuras que os van a sobrevenir. Vuestra riqueza está podrida; vuestros vestidos, consumidos por la polilla; vuestro oro y vuestra plata, comidos de orín.” (Sant 5,1-3). Para aprender el camino del Reino, todos debemos volvernos alumnos de aquella pobre viuda, que compartió con los demás hasta lo necesario para vivir (Lc 21,4).

4) Para la reflexión personal

• ¿Cuáles son las dificultades y las alegrías que has encontrado en tu vida para practicar la solidaridad y compartir con los otros?
• ¿Cómo es que los dos centavos de la viuda pueden valer más que las muchas monedas de los ricos? ¿Cuál es el mensaje de este texto para nosotros hoy?

5) Oración final

Sabed que Yahvé es Dios,
él nos ha hecho y suyos somos,
su pueblo y el rebaño de sus pastos. (Sal 100,3)

En tierra de guerra

El drama de la violencia y los desastres de la guerra, con sus prolongadas consecuencias, han sido, y siguen siendo, una constante en la historia del pueblo de Israel, el pueblo en el que nació, creció, predicó y murió Jesús. La Biblia es un reflejo de ello; un ejemplo lo encontramos en los Libros de los Macabeos, como hemos tenido la oportunidad de comprobar en la lectura de las misas diarias en días pasados. Guerras civiles y contra otras naciones, violencias al interior de la sociedad, injusticias y abusos de los ricos y poderosos contra los pobres, corrupciones, manipulación de pesos y medidas, extorsiones, etc., todo un rosario de calamidades y hechos delincuenciales en los que, como siempre, los débiles y menesterosos son los que se llevan la peor parte.

Con este panorama de fondo, Israel hace una lectura religiosa, entre otros por medio visionarios y profetas, y provoca, al tiempo, el surgimiento de una teología de la esperanza centrada en un porvenir, en un tiempo distinto, nuevo, brillante y luminoso, en el que el sufrimiento, provocado por tanta maldad y devastación, conduzca a la novedad de un tiempo de concordia y armonía entre personas, pueblos y naciones, en los que reinen la paz, el derecho y la justicia. A la pesadilla de la guerra y la violencia ha de sucederle un tiempo nuevo donde ‘el buen vivir’ y la fraternidad local y universal sean las señas propias de identidad. Se trata de construir un mundo no utópico, sino posible.

La materia prima y el trabajo transformador del hombre sobre ella tienen que ser reorientadas y puestas al servicio de la paz y de la saludable convivencia. Los materiales e ingenio humano utilizados en la fabricación de armas y utensilios para la muerte y destrucción deben ser orientados hacia la producción de bienes que nos ayuden a mejorar la calidad de vida de todos, en particular la de los sectores sociales más dependientes y vulnerables, y hacerlo, además, de forma sostenible, de tal modo que no comprometamos el futuro ni la vida de las próximas generaciones.

El momento presente

El Papa Francisco en su escrito sobre el anuncio del Evangelio a los hombres y mujeres de nuestro tiempo insiste en el rasgo de la alegría como pieza clave del anuncio evangélico: no es posible anunciar el Evangelio sino es desde el gozo y la alegría porque Jesús es la Buena Noticia. La alegría es quizá, junto a la esperanza, la clave del tiempo de Adviento ya que nos preparamos para rememorar a un recién nacido como Príncipe de la Paz. Allá donde hay vida, aunque sea débil, siempre hay alegría.

El objetivo de la evangelización es dar a conocer una Buena Noticia, comunicar el testimonio del paso de Dios por la historia personal de cada uno. Sin embargo, para que esa Buena Noticia sea creía por nuestros contemporáneos, a fin de que se despierte también en ellos la fe, ha de estar expresada en un lenguaje que sea comprensivo, tiene que ser entendida, tiene que ser cercana. Muchos de los que acuden a nuestras celebraciones se van frustrados de nuestras iglesias porque no nos entienden, usamos, muchas veces sin ser conscientes de ello, un lenguaje clericalizado, lejano de sus vidas y preocupaciones. Una muestra de ese real fracaso es la consabida expresión: ‘qué bien habla, pero no le he entendido nada’.

La cercanía de Jesús con sus contemporáneos comenzó por adoptar su lenguaje sencillo y realizar obras de misericordia y compasión. ¿Cómo podemos esperar que nuestros contemporáneos se conviertan al Evangelio para que desde la fe transformen el mundo, según las exigencias del Reino de Dios, si no nos comprenden? El reto que tenemos todos los cristianos, pero particularmente los ‘especialistas’ en lo sagrado, es el de realizar una gran adaptación a nuestro tiempo sin perder la fuerza carismática ni la fidelidad a la Palabra viva de Dios. Esto supone un gran esfuerzo y un enorme compromiso.

Lucidez y esperanza en la espera

El compromiso de evangelizar es un reto para cada generación según sus propias sensibilidades y exigencias culturales. Hemos de pedir constantemente al Espíritu Santo su asistencia para poder llevar a cabo la tarea de escuchar con lucidez y compasión los gritos y necesidades de nuestros contemporáneos y, sobre todo, el saber acompañarlos. Cada generación es portadora de preguntas que aguardan de nuestras respuestas. Pero, al menos desde el punto de vista cristiano, no todas las posibles respuestas son válidas. Hemos de encontrarlas entre todos dejando bien claro nuestra opción cristiana por la defensa de la vida.

Los nuevos tiempos que Dios Padre nos tiene reservados son aquellos que van construyendo los de que esperan la paz, practican la justicia, sostienen el derecho, viven la solidaridad, manifiestan la fraternidad universal, predican el amor y dan frutos de compasión y misericordia. Es creer que el mal puede ser vencido a fuerza del bien, es poner en práctica los valores que hacen reconocernos los unos en los otros y de necesitar unos de otros. Es acoger y abrazar la vida en esperanza de un recién nacido como el más grande regalo de Dios.

Creo que nuestra labor junto con los demás hombres no es hacer proselitismo sino construir, junto con los otros, un nuevo modelo de convivencia y desarrollo sostenible que supere: el individualismo, el egoísmo en las relaciones, la idolatría del dinero, el mercantilismo, que tanta esclavitud genera, el modelo de desarrollo tecnocrático y burocratizado que considera ilimitados los recursos naturales, la relación política nacional e internacional al servicio de los poderosos, el mercado del desecho y lo descartable, la visión antropológica del hombre fragmento y de la verdad relativa y aparente.

Frente a todo ello, como San Pablo nos ha recomendado, caminemos con la dignidad que le es propia al ser humano y que le viene por el simple hecho de ser persona y si somos cristianos vistámonos, al igual que Jesús, con palabras de aliento, gestos de bendición y obras de misericordia y compasión. Dios les bendiga y la Virgen les proteja.

Fray Manuel Jesús Romero Blanco O.P.

Comentario del 25 de noviembre

Recuerda el evangelista que estando Jesús sentado enfrente del cepillo del templo, observaba a la gente que iba echando dinero. Jesús observa la conducta de la gente en una situación bien definida: un espacio religioso y en el momento de la ofrenda. Observa la conducta de los demás no con el ánimo de fiscalizar, sino de aleccionar a sus discípulos. Vio –precisa el evangelista- unos ricos que echaban donativos en el cepillo del templo; vio también una viuda pobre que echaba dos reales.

Siendo una viuda en situación de necesidad, dispone sin embargo de una pequeña cantidad, dos reales, para la limosna del templo. Pero esto era todo lo que tenía para vivir; a pesar de ello, se desprende de ese dinero en un acto de generosidad sin precedentes. Y esto es lo que llama la atención de Jesús que quiere hacérselo notar a sus discípulos: Sabed que esta pobre viuda ha echado más que nadie, porque los demás han echado de lo que les sobra; pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.

Jesús mide y valora la grandeza de una persona no por lo que da, sino por aquello de lo que se desprende. La pobre viuda ha echado más que nadie, no porque haya entregado mayor cantidad de dinero –no podía hacerlo puesto que no lo tenía-, sino porque ha dado de lo que necesitaba para vivir; y es evidente que el que da de lo que necesita para sí da mucho más que el que da de lo que le sobra, por muy grande que sea la donación de éste.

Aquí el valor de la donación no está en la cantidad objetiva que se entrega, sino en el grado de desprendimiento que exige una determinada entrega, aunque ésta sea objetivamente muy pequeña en términos de cantidad. Según este criterio, los dos reales de la viuda tenían un valor muy superior a las grandes cantidades de dinero que echaban los ricos. La limosna de estos estaba compuesta de elementos sobrantes; la de la viuda, de elementos necesarios. La pobre viuda echa más que nadie, porque, pasando necesidad, echa todo lo que tenía para vivir, es decir, aquello de lo que dependía en gran medida su propia vida. Luego su pobreza le da para echar más que nadie; en este sentido podría decirse que era más rica y generosa que los demás, dado que había echado más que los demás.

Dios, que ve el corazón del hombre, puede juzgar su grandeza y su calidad. Jesús quiere hacernos tomar conciencia de esta mirada de Dios, que ve más allá de las apariencias y sabe estimar el verdadero valor de las cosas y de las acciones humanas. Porque para valorar la conducta de la pobre viuda y la grandeza de su acción hay que saber que se trata de una mujer pobre y que no dispone más que de esos dos reales –lo que echa en el cepillo- para vivir. Sólo ese conocimiento nos permite evaluar en sus justos términos la acción. Pero Dios y los que se dejan iluminar por Él sí disponen de estos datos para formarse un juicio justo de los hechos. Pidamos al Señor adquirir esta mirada, que es la suya, para saber enjuiciar la conducta propia y la de los demás en sus justos términos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

193. Los ancianos tienen sueños construidos con recuerdos, con imágenes de tantas cosas vividas, con la marca de la experiencia y de los años. Si los jóvenes se arraigan en esos sueños de los ancianos logran ver el futuro, pueden tener visiones que les abren el horizonte y les muestran nuevos caminos. Pero si los ancianos no sueñan, los jóvenes ya no pueden mirar claramente el horizonte.

Homilía – (Domingo I de Adviento)

1.- Un camino abierto a la utopía (Is 2, 1-5)

La esperanza en el pórtico de Adviento. No podía ser de otro modo. La esperanza no colmada de los tiempos anteriores no pudo con la mirada ilusionada hacia el futuro. Desde las mismas ruinas, la mirada del profeta se proyecta hacia delante: hacia «el final de los días».

«Al final de los días», la firmeza de todo lo que, al presente, es tan sólo debilidad y miseria: un monte de Sión firme, en la cima de las montañas.

«Al final de los días», un camino universal, abierto a todos los peregrinos, venidos de los pueblos numerosos de la tierra.

«Al final de los días», una nueva enseñanza con una nueva obediencia. Enseñanza acerca de los caminos que salvan y obediencia de recorrido fiel que aboca a la salvación.

«Al final de los días», la llegada a la meta de la paz. Lo instrumentos de guerra, hechos medios de labranza. La enemistad entre pueblos fuera de toda enseñanza: no habrá más entrenamiento para guerras.

«Al final de los días», un camino conjuntado con la luz y hacia la luz que procede del Señor. La luz del Señor que recrea los ojos y corazones, acercando la utopía.

 

2.- Una noche abierta a la mañana (Rom 13, 11-14)

El hombre viejo se recrea con las tinieblas, en un mundo oscuro de simple satisfacción de los instintos más bajos. Es ¡a engañosa quimera de obtener la salvación a bajo precio. Se une Pablo a una denuncia bíblica que venía ya de lejos: la vida licenciosa adormece la esperanza y la vigilia. Produciendo la inconsciencia, distrae al hombre de su propia plenitud y lo hace insensible al camino de los otros.

Esa noche ya termina. Desde dentro le nace la mañana porque tiene en su entraña una salvación en crecimiento: «Ya es hora de espabilarse». Ya apunta la luz de la mañana. Se precisan ya las «armas de la luz» y el vestido nuevo de meter la propia vida en la de Cristo: «Dejemos las tinieblas a la zaga/ y, revestidos de la luz que amaga/ velemos, listos, mientras caminamos».

 

3.- Una vida abierta a la vigilia (Mt 24, 37-44)

Es preciso mantener tensa la espera, ¡que no todo acaba con la muerte! La muerte es un momento de encuentro para quien espera vigilante. Aquellos que de la vida hacen una dormida en la ausencia, no descubrirán el gozo de adivinar y acoger la presencia.

La vigilia preocupada de Noé lo salvó cuando el diluvio inesperado. Los hechos y las personas que no se anuncian sólo encuentran preparados a aquellos que lo están siempre.

«Estad en vela». Es permanente advertencia, para ver cumplido el gozo. El encuentro con quien llega se prepara sólo en la vida que se abre en permanente vigilia.

 

Vayamos al encuentro

Vayamos jubilosos al encuentro
universal por sendas y caminos…
En Sión confluyen todos los destinos
y es la Morada del Señor su centro.

La santa Ley de Dios refulge dentro,
ilustrando a los pueblos peregrinos
que llegan, rastreando los divinos
preceptos, correctores del descentro.

La noche está avanzada; apunta el día
del Nacimiento…, de la Parusía…,
del Reino de los cielos que anhelamos…

Dejemos las tinieblas a la zaga
y, revestidos de la luz que amaga,
velemos, listos, mientras caminamos.

Pedro Jaramillo

Mt 24, 37-44 (Evangelio – Domingo I de Adviento)

Vigilancia y discernimiento

1. El evangelio del día (en el ciclo de Mateo que comienza hoy) nos ofrece un pasaje del último discurso de este evangelista, de los cinco que estructuran su obra (5-7; 10; 13; 18; 24-25), que en realidad es el equivalente de Mc 13, conocido como discurso apocalíptico. De alguna manera se quiere hacer una unión con el penúltimo domingo del año litúrgico. Y es que el Adviento parte de la experiencia de una historia gastada, agotada, y apunta a una esperanza nueva e inaudita: la esperanza de un salvador que traiga luz, justicia y paz a los hombres. Un juicio sobre nuestras acciones, un discernimiento más bien, es algo que está presente en la proclamación profética y que cobra tintes más dramáticos en los profetas de tendencia apocalíptica. Este mundo, piensan, no puede seguir así y Dios tiene que tomar las riendas de la historia humana, como en el tiempo de Noé y el diluvio. Sobre esta comparación está montada la parte del discurso que quiere trasmitir a los cristianos, en nombre de palabras de Jesús, la necesidad de la “vigilancia”.

2. En la prehistoria de Israel, el diluvio universal es todo un mito simbólico que prepara adecuadamente la aparición de un tiempo nuevo: la llamada de Abrahán, el padre del pueblo, el creyente que confía en Dios. Los once primeros capítulos del Génesis narran cómo la humanidad busca su identidad al margen de su creador y está a punto de perderse por la maldad y la arrogancia. Parece como si la obra que había salido de las manos de Dios hubiera perdido su sentido. Los hermanos no se respetan, se matan y la humanidad se pervierte perdiendo su chispa divina. La “historia” o narración del diluvio, no obstante, pone como símbolo un “resto” que pueda garantizar un futuro mejor. Es evidente que la historia, nuestra historia, necesita ser siempre renovada. Eso es lo que buscan los hombres de todas las religiones y tendencias. Y eso es lo que se propone también con este tipo de discurso, producto de una mentalidad apocalíptica, que no es lo más característico de Jesús, sino más bien de una comunidad, como la de Mateo, en la que permanecen muchas concepciones del judaísmo.

3. Llamada, pues, a convertirse; llamada de recomenzar, porque siempre es posible “recomenzar” para el ser humano. Los animales u otros seres vivientes no pueden nunca “recomenzar”, les es imposible, pero el ser humano sí. Esa es nuestra grandeza y nuestro reto. Es algo que Dios ha puesto en la entraña misma del ser humano que sacó de la nada, o de la tierra, si queremos usar el símil bíblico de Gn 2. Así sucedió en tiempos de Noé después del diluvio; así sucedió también en tiempos de Abrahán tras lo de la torre de Babel. Esto será todo lo mítico que queramos, pero es muy elocuente para desentrañar el sentido de estas palabras “escatológicas” del discurso que inaugura el Adviento. “Estad preparados”, en el lenguaje apocalíptico, puede sonar a algo poco agradable; pero desde la lectura profética de la acción y las palabras de Jesús es una llamada exhortativa a vivir en concordia, en paz, en justicia. y en alegría. Es verdad que estas palabras no están presentes en esta parte del discurso mateano, pero si en el “espíritu” del Adviento. No se pueden cambiar, tienen que sonar como están escritas, pero debemos interiorizarlas con el talante de que podemos comenzar una etapa nueva, un momento nuevo, una actitud nueva. por la llegada del “Hijo del Hombre”. El Hijo del hombre, en la interpretación cristiana es Jesús de Nazaret, el Señor, quien comenzó, de parte de Dios, una “historia” radicalmente nueva para que podamos vivir con dignidad en el temor o la confianza en Dios, sin miedo a ser destruidos, sino con discernimiento. Discernimiento de lo que no tiene sentido y de lo que hay que arrancar, si fuera posible de raíz; pero aún no siendo posible, siempre es maravilloso que se nos de la ocasión o la oportunidad, si queremos la terapia, para que nuestra historia personal no tenga por qué estar envejecida para siempre. Dios, el Dios de Jesús, siempre tendrá un proyecto de salvación con la humanidad.

Rom 13, 11-14 (2ª Lectura – Domingo I de Adviento)

Llenarse del evangelio, llenarse de Cristo

1. Dentro de la sección parenética o exhortativa de la carta a los Romanos (12,1-15,13) no podía faltar un apunte sustancial a la dimensión escatológica de la vida cristiana, poniendo en guardia sobre la espera del día del Señor que fue algo imprescindible en la experiencia de la salvación de Dios. El apóstol describe en antítesis lo que se vive en este mundo y lo que debe ser el anhelo y la esperanza de los que, sintiendo la salvación de Dios en Cristo, todavía deben hacer historia en este mundo. Con las metáforas de contraste entre la noche y el día o entre la luz y las tinieblas, se expresan esas radicalidades escatológicas. ¿Qué hay que hacer? El apóstol lo expresa con una imagen sin precedentes: “revestirse del Señor Jesús” (13,14). No es algo insustancial o externo como pudiera parecer. Más bien es colmar nuestra interioridad de la vida del Señor Jesús. Así se debe vivir en la historia.

2. El texto, pues, es una llamada de Pablo a salir de la vida sin sentido que vivimos tantas veces. Diríamos que las armas de la luz, en este caso, son la justicia y la paz. Y revestirse del Señor Jesús es vivir en el proyecto del evangelio. La carta más importante de Pablo, por muchos motivos, nos ofrece los elementos éticos de la vida cristiana. Pero no es solamente una exhortación moralizante, sino una invitación a una vida más radicalmente cristiana (revestirse de Cristo es toda una expresión teológica): cambiar de rumbo en la existencia, de planteamientos. Pablo pretende que los más fuertes de la comunidad busquen un tipo de experiencia que solamente encuentra su razón de ser en Jesús, es decir, en su evangelio. No olvidemos que éstas fueron las palabras que leyó San Agustín, cuando tomó el libro que había en la casa, en el que se había fijado Ponticiano, el narrador de la vida eremítica de Antonio en el desierto; pero Agustín y Alipio todavía seguían planteándose muchas cosas y buscaban.; el libro en cuestión no versaba sobre retórica o gramática. Finalmente Agustín escuchó esas voces misteriosas que decían “toma y lee”. Era exactamente el texto de nuestra carta con las palabras de Pablo “revestíos del Señor Jesús”. Son palabras que bien merecen una conversión. Ni la retórica ni los cultos mistéricos pudieron llenar su corazón. Fue Cristo Jesús, en esa experiencia de “interioridad”, quien cambió una vida sin sentido.

Is 2, 1-5 (1ª Lectura – Domingo I de Adviento)

De las espadas, arados; de las lanzas, podaderas

1. En este Primer Domingo de Adviento, todo impresiona; no obstante, esta lectura del Profeta Isaías es uno de los oráculos más característicos del gran maestro del siglo VIII a. C. Isaías era un hombre de Jerusalén, de familia acomodada, sacerdotal quizás, de cultura refinada. Su pasión por Jerusalén es, en el fondo, una pasión por Dios; el Dios que se adora en el templo. Cuando el profeta habla del templo, de los sacrificios, de las ofrendas. entiende que eso ante Dios no vale apenas nada.¡Y eso que no era un irreverente, y su vocación la describe en el templo (Is 6)!. Pero Isaías no está convencido que sus paisanos hayan entendido adecuadamente la presencia de Dios en Sión. Su oráculo es muy parecido al de su contemporáneo Miqueas (cf. 4,1-3). Para el profeta, Jerusalén debe ser la ciudad de la paz, de la justicia. De esa forma sí acontece una presencia viva de Dios en Sión y en cualquier parte del mundo. De sus resortes culturales hará una profecía crítica contra Jerusalén y contra los dirigentes políticos y los responsables religiosos. Y por eso nos habla (sueña más bien) de una Jerusalén que debe ser sabia: la que se atreva a hacer de las espadas arados y de las lanzas podaderas. Esta opción por la paz y no por la guerra es, para el profeta, una opción divina ¡no hay duda!

2. Probablemente éste era un cántico que circulaba en ambientes de la escuela de Isaías (o de algún círculo profético desconocido ahora para nosotros) y que ha venido a ser santo y seña de este hombre que representa la edad de oro del profetismo. Jerusalén no será la ciudad de Dios y de su presencia, sin justicia y paz, los bienes más anhelados de la humanidad. Y éste sigue siendo el reto de la Jerusalén actual. Esta lectura, pues, de Isaías, es una portada extraordinaria, la más adecuada sin duda, para comenzar este Adviento: porque en el mundo de hoy, nacionalismos, fundamentalismos religiosos, xenofobias y rencores, anidan y reverdecen en los corazones de los hombres, ¡y eso que estamos en el tercer milenio! No es posible que dejemos de sentir y de anhelar que necesitamos rehacer esta “historia” de aquí, como algo nuevo y profético. Es eso lo que cambiará el mundo ya no de espadas y lanzas, sino de cañones y tecnología maldita a punto para aniquilar a los pueblos y a la misma humanidad.

Comentario al evangelio – 25 de noviembre

Anthony de Mello cuenta la siguiente historieta: “Un vagabundo se presentó en el despacho de un acaudalado hombre de negocios a pedir una limosna. El hombre llamó a su secretaria y le dijo: ¿Ve usted a este pobre desgraciado? Fíjese como le asoman los dedos a través de sus horribles zapatos; observe sus raídos pantalones y su andrajosa chaqueta. Estoy seguro de que no se ha afeitado ni se ha duchado ni ha comido caliente en muchos días. Me parte el corazón ver a una persona en estas condiciones, de manera que… ¡Haga que desaparezca inmediatamente de mi vista!

Había un hombre sin brazos y sin piernas mendigando en la acera. La primera vez que lo vi me conmovió de tal modo que le di una limosna. La segunda vez le di algo menos. La tercera vez no tuve contemplaciones y lo denuncié a la policía por mendigar en la vía pública y dar la lata”.

En nuestras ciudades donde es frecuente el encuentro con menesterosos, nos puedemos ir insensibilizando paulatinamente sin darnos cuenta; lo que se hace costumbre deja de ser impactante. Por otra parte, en los países del primer mundo nos hemos ido acostumbrando a que de esas cosas se encarguen las diversas administraciones del Estado (“ya están los albergues del Ayuntamiento”); eso no es malo, pero nos puede descargar la conciencia con demasiada facilidad. El Estado lo hace con nuestros impuestos, que pagamos no de muy buena gana y, por supuesto, de manera impersonal e insensible. El cumplimiento de las obligaciones fiscales no nos suele llevar a ninguna emoción profunda, a ningún encuentro humano; no nos toca el corazón.

San Lucas pudiera ser designado como “el evangelista de la limosna”. Es el que más relevancia le da, hasta tomarla como criterio de verdadera conversión; hace pocos días leíamos su historia de Zaqueo, en la que subraya que ese recién convertido da la mitad de sus bienes a los pobres. Pero el evangelio de hoy nos lleva más allá: la viejecita da todo, literalmente –dice el texto griego- “toda la vida que tenía”. En esta página web hemos leído alguna vez una anécdota de la gigante Teresa de Calcuta; a alguien que le preguntó cuánto hay que dar a los pobres, ella respondió sin apenas pensarlo: “hasta donde duela”. Dar los “excedentes” es demasiado fácil. Algún Padre de la iglesia dijo que eso no es “dar”, sino “devolver”.

Pero el dar limosna necesita su arte; existe un dar agresivo y humillante, un dar paternalista, desde una actitud de superioridad; y existe un dar gozoso y creador de comunión, donde la dádiva va acompañada de conversación, de interés por la situación de quien pide, por entrar en sus sentimientos. San Vicente de Paul decía a Santa Luisa de Marillac y a su congregación de Hijas de la Caridad: “Sólo por el amor que pongáis en ello os perdonarán los pobres el pan que les deis”.

Severiano Blanco, cmf