Vísperas – Martes XXXIV de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

MARTES XXXIV de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

La noche no interrumpe
tu historia con el hombre;
la noche es tiempo
de salvación.

De noche descendía tu escala misteriosa
hasta la misma piedra donde Jacob dormía.

La noche es tiempo
de salvación.

De noche celebrabas la Pascua con tu pueblo,
mientras en las tinieblas volaba e exterminio.

La noche es tiempo
de salvación.

Abrahán contaba tribus de estrellas cada noche;
de noche prolongabas la voz de la promesa.

La noche es tiempo
de salvación.

De noche, por tres veces, oyó Samuel su nombre,
de noche eran los sueños tu lengua más profunda.

La noche es tiempo
de salvación.

De noche, en un pesebre, nacía tu Palabra;
de noche lo anunciaron el ángel y la estrella.

La noche es tiempo
de salvación.

La noche fue testigo de Cristo en el sepulcro;
la noche vio la gloria de su resurrección.

La noche es tiempo
de salvación.

De noche esperaremos tu vuelta repentina,
y encontrarás a punto la luz de nuestra lámpara.

La noche es tiempo
de salvación. Amén.

SALMO 48: VANIDAD DE LAS RIQUEZAS

Ant. No podéis servir a Dios y al dinero.

Oíd esto, todas las naciones;
escuchadlo, habitantes del orbe:
plebeyos y nobles, ricos y pobres;

mi boca hablará sabiamente,
y serán muy sensatas mis reflexiones;
prestaré oído al proverbio
y propondré mi problema al son de la cítara.

¿Por qué habré de temer los días aciagos,
cuando me cerquen y acechen los malvados,
que confían en su opulencia
y se jactan de sus inmensas riquezas,
si nadie puede salvarse
ni dar a Dios un rescate?

Es tan caro el rescate de la vida, 
que nunca les bastará
para vivir perpetuamente
sin bajar a la fosa.

Mirad: los sabios mueren,
lo mismo que perecen los ignorantes y necios,
y legan sus riquezas a extraños.

El sepulcro es su morada perpetua
y su casa de edad en edad,
aunque hayan dado nombre a países.

El hombre no perdura en la opulencia,
sino que perece como los animales.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. No podéis servir a Dios y al dinero.

SALMO 48

Ant. «Atesorad tesoros en el cielo», dice el Señor.

Éste es el camino de los confiados,
el destino de los hombres satisfechos:
son un rebaño para el abismo,
la muerte es su pastor,
y bajan derechos a la tumba;
se desvanece su figura,
y el abismo es su casa.

Pero a mí, Dios me salva,
me saca de las garras del abismo
y me lleva consigo.

No te preocupes si se enriquece un hombre
y aumenta el fasto de su casa:
cuando muera, no se llevará nada,
su fasto no bajará con él.

Aunque en vida se felicitaban:
“Ponderan lo bien que lo pasas”,
irá a reunirse con sus antepasados,
que no verán nunca la luz.

El hombre rico e inconsciente
es como un animal que perece.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. «Atesorad tesoros en el cielo», dice el Señor.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE LOS REDIMIDOS

Ant. Digno es el Cordero degollado de recibir el honor y la gloria.

Eres digno, Señor, Dios nuestro,
de recibir la gloria, el honor y el poder,
porque tú has creado el universo;
porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,
porque fuiste degollado
y con tu sangre compraste para Dios
hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;
y has hecho de ellos para nuestro Dios
un reino de sacerdotes,
y reinan sobre la tierra.

Digno es el Cordero degollado
de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría,
la fuerza, el honor, la gloria, y la alabanza.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Digno es el Cordero degollado de recibir el honor y la gloria.

LECTURA: Rm 3, 23-25a

Todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios, y son justificados, gratuitamente por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús, a quien Dios constituyó sacrificio de propiciación mediante la fe en su sangre. Así quería Dios demostrar que no fue injusto.

RESPONSORIO BREVE

R/ Me saciarás de gozo en tu presencia, Señor.
V/ Me saciarás de gozo en tu presencia, Señor.

R/ De alegría perpetua a tu derecha.
V/ En tu presencia, Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Me saciarás de gozo en tu presencia, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Haz con nosotros, Señor, obras grandes, porque eres poderoso, y tu nombre es santo.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Haz con nosotros, Señor, obras grandes, porque eres poderoso, y tu nombre es santo.

PRECES

Alabemos a Cristo, pastor y guardián de nuestras vidas, que vela siempre con amor por su pueblo, y, poniendo en él nuestra esperanza, digámosle suplicantes:

Protege a tu pueblo, Señor.

Pastor eterno, protege a nuestro obispo (…)
— y a todos los pastores de la Iglesia.

Mira con bondad a los que sufren persecución
— y líbralos de todas sus angustias.

Compadécete de los pobres y necesitados
— y da pan a los hambrientos.

Ilumina a los cuerpos legislativos de las naciones,
— para que en todo legislen con sabiduría y equidad.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

No olvides, Señor, a los difuntos redimidos por tu sangre
— y admítelos en el banquete de las bodas eternas.

Unidos fraternalmente como hermanos de una misma familia, invoquemos al Padre común de todos:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, Señor del día y de la noche, humildemente te pedimos que la luz de Cristo, verdadero sol de justicia, ilumine siempre nuestras vidas, para que así merezcamos gozar un día de aquella luz en la que tú habitas eternamente. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 26 de noviembre

1) Oración inicial

Mueve, Señor, los corazones de tus hijos, para que, correspondiendo generosamente a tu gracia, reciban con mayor abundancia la ayuda de tu bondad. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 21,5-11

Como algunos hablaban del Templo, de cómo estaba adornado de bellas piedras y ofrendas votivas, él dijo: «De esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida.» Le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo sucederá eso? Y ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?» Él dijo: «Mirad, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: `Yo soy’ y `el tiempo está cerca’. No les sigáis. Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os aterréis; porque es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato.» Entonces les dijo: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, habrá cosas espantosas y grandes señales del cielo.

3) Reflexión

• En el evangelio de hoy empieza el último discurso de Jesús, llamado Discurso Apocalíptico. Es un largo discurso, que será el asunto de los evangelios de los próximos días hasta el final de esta última semana del año litúrgico. Para nosotros del Siglo XXI, el lenguaje apocalíptico es extraño y confuso. Pero para la gente pobre y perseguida de las comunidades cristianas de aquel tiempo era la manera que todos entendían y cuyo objetivo principal era animar la fe y la esperanza de los pobres y oprimidos. El lenguaje apocalíptico es fruto del testimonio de fe de estos pobres que, a pesar de las persecuciones y a pesar de lo que veían, seguían creyendo en que Dios estaba con ellos y que seguían siendo el Señor de la historia.
• Lucas 21,5-7: Introducción al Discurso Apocalíptico. En los días anteriores al Discurso Apocalíptico, Jesús había roto con el Templo (Lc 19,45-48), con los sacerdotes y con los ancianos (Lc 20,1-26), con los saduceos (Lc 20,27-40), con los escribas que explotaban a las viudas (Lc 20,41-47) y al final vemos en el evangelio de ayer que teje el elogio de la viuda que dio en limosna todo aquello que poseía (Lc 21,1-4). Ahora, en el evangelio de hoy, al oír como “algunas personas hablaban del Templo, de cómo estaba adornado de bellas piedras y ofrendas votivas”, Jesús responde anunciando la destrucción total del Templo: “De esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida.” Al oír este comentario de Jesús, los discípulos preguntan: “Maestro, ¿cuándo sucederá esto? ¿Y cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?” Ellos quieren más información. El Discurso Apocalíptico que sigue es la respuesta de Jesús a esta pregunta de los discípulos sobre el cuándo y el cómo de la destrucción del Templo. El evangelio de Marcos informa lo siguiente sobre el contexto en que Jesús pronunció este discurso. Dice que Jesús había salido de la ciudad y estaba sentado en el Monte de los Olivares (Mc 13,2-4). Allí, desde lo alto del Monte, tenía una vista majestuosa del Templo. Marcos nos dice que eran sólo cuatro los discípulos que fueron a escuchar el último discurso. Al comienzo de su predicación, tres años antes, allí en Galilea, las multitudes iban detrás de Jesús para escuchar sus palabras. Ahora, en el último discurso, hay apenas cuatro oyentes: Pedro, Santiago, Juan y Andrea (Mc 13,3). ¡Eficiencia y buen resultado no siempre se miden por la cantidad!
• Lucas 21,8: Objetivo del discurso: “¡Mirad, no os dejéis engañar!”    Los discípulos habían preguntado: “Maestro, ¿cuándo sucederá eso? Y ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?” Jesús empieza su respuesta con una advertencia: “Mirad, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: `Yo soy’ y `el tiempo está cerca’. No les sigáis”. En época de mudanzas y de confusión siempre aparecen personas que quieren sacar provecho de la situación engañando a los demás. Esto acontece hoy y estaba ocurriendo en los años 80, época en que Lucas escribe su evangelio. Ante los desastres y guerras de aquellos años, ante la destrucción de Jerusalén del año 70 y ante la destrucción de la persecución de los cristianos por el imperio romano, muchos pensaban que el fin de los tiempos estuviera llegando. Y hasta había gente que decía: “Dios ya no controla los hechos. ¡Estamos perdidos! ” Por esto, la preocupación principal de los discursos apocalípticos es siempre la misma: ayudar a las comunidades a discernir mejor los signos de los tiempos para no dejarse engañar por las conversaciones de la gente sobre el fin del mundo: “Mirad, ¡no os dejéis engañar!”. Luego viene el discurso que ofrece señales para ayudarlos en el discernimiento y, así, aumentar en ellos la esperanza.
• Lucas 21,9-11: Señales para ayudar a leer los hechos. Después de esta breve introducción, empieza el discurso propiamente dicho: “Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os aterréis; porque es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato.» Entonces les dijo: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, habrá cosas espantosas y grandes señales del cielo.” Para entender bien estas palabras, es bueno recordar lo siguiente. Jesús vivía y hablaba en el año 33. Los lectores de Lucas vivían y escuchaban en el año 85. Ahora, en los años cincuenta, entre el año 33 y el año 85, la mayoría de las cosas mencionadas por Jesús habían acontecido ya y todos las conocían. Por ejemplo, en varias partes del mundo había guerras, aparecían falsos mesías, surgían enfermedades y pestes y, en Asia Menor, los terremotos eran frecuentes. En un estilo bien apocalíptico, el discurso enumera todos estos acontecimientos, uno después de otro, como señales o como etapas del proyecto de Dios en la andadura de la historia del Pueblo de Dios, desde la época de Jesús hasta el fin de los tiempos:
1a señal: los falsos mesías (Lc 21,8);
2a señal: guerras y revoluciones (Lc 21,9);
3a señal: nación contra otra nación, un reino contra otro reino, (Lc 21,10);
4a señal: terremotos en varios lugares (Lc 21,11);
5a señal: hambre, peste y señales en el cielo (Lc 21,11);
Hasta aquí el evangelio de hoy. El evangelio de mañana trae una señal más: la persecución de las comunidades cristianas (Lc 21,12). El evangelio de pasado mañana trae dos señales más: la destrucción de Jerusalén y el inicio de la desintegración de la creación. Así, por medio de estas señales del Discurso Apocalíptico, las comunidades de los años ochenta, época en la que Lucas escribe su evangelio, podían calcular a qué altura se encontraba la ejecución del plan de Dios, y descubrir que la historia no se había escapado de la mano de Dios. Todo era conforme con lo que Jesús había previsto y anunciado en el Discurso Apocalíptico.

4) Para la reflexión personal

• ¿Qué sentimiento te habitaba durante la lectura de este evangelio de hoy? ¿Sentimiento de miedo o de paz?
• ¿Piensas que el fin del mundo está cerca? ¿Qué responder a los que dicen que el fin del mundo está cerca? ¿Qué es lo que hoy anima a la gente a resistir y tener esperanza?

5) Oración final

Exulte delante de Yahvé, que ya viene,
viene, sí, a juzgar la tierra!
Juzgará al mundo con justicia,
a los pueblos con su lealtad. (Sal 96,13)

La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

5.- LAS DUDAS DE JOSÉ

Mt 1, 18-20

Después de aquellos meses acompañando y prestando ayuda a Isabel, María volvió a Nazaret. Fue entonces cuando José pudo darse cuenta de la gravidez de su esposa. El Hijo de Dios encarnado se amoldaba a los ritmos de la naturaleza y crecía en su seno. Fue para José una enorme sorpresa, un descubrimiento que le sumió en una gran confusión. Aquello no encajaba de ningún modo. Esto no quiere decir que José no sospechara el camino de la verdad, que no entreviera entre nieblas la sombra del misterio. Él nunca pensó mal de María. El conocimiento que tenía de Ella, sus conversaciones íntimas, la gracia reflejada en su cara, su alegría… no permitían ni un lejano mal pensamiento.

Por su parte, María no se comportaba como una mujer culpable; no se avergonzaba, como si hubiera hecho algo malo. Su mirada era clara, limpia, serena, como siempre, aunque a veces le mirara a él, a José, con una especial compasión. Su semblante era incluso más radiante que en meses anteriores. No se manifestaba como la persona que tiene un problema, como a quien le resulta violento dar una explicación de lo que está a la vista. ¿De dónde le venía esa fuerza interior que le permitía comportarse como siempre, incluso con más alegría? A Ella se la veía cambiada, eso sí, con el cambio de aquella madurez propia de la persona que por fin sabe para qué ha nacido y se encuentra ya realizando acabadamente los planes de Dios, y con el semblante de la maternidad.

José estaba perplejo; no sabía qué pensar. Pero esa perplejidad no llevaba consigo ninguna turbación ni reproche. No podemos olvidar que José ha sido con toda probabilidad la persona que, después de María, ha recibido más gracias de Dios. Dones y ayudas específicas para esos momentos de dificultad y para llevar a cabo la misión de ser padre legal del Hijo de Dios. José no era un muchacho vulgar, uno más de Nazaret, sino el hombre escogido y preparado por la Trinidad para cuidar de las personas más queridas aquí en la tierra, Jesús y María. Dios puso especial cuidado en elegirlo y en formarlo interiormente para esta situación del todo única.

José tuvo como misión cuidar de la casa y de la familia de Dios.

El evangelio nos revela su actitud de un hombre justo, bueno, unido a Dios, que no se ahoga en la complejidad de las cosas. Y los justos, los santos, no se escandalizan ante lo que no entienden, ni ante el silencio de Dios, ni ante acontecimientos de difícil comprensión.

Enseña san Agustín que aquellos en quienes habita Dios son semejantes al oro: todas las pruebas les hacen mejores[1]. Esto ocurrió ciertamente con san José y esto debe suceder en la vida de todo aquel que siga de cerca al Señor.

Sin embargo, la realidad estaba ahí: María se halla encinta de al menos tres meses. Por ser un hombre de bien, un hombre justo, su justicia le llevaba a no querer encubrir con su nombre a un niño que no era hijo suyo.

Y estos eran los posibles caminos que se le planteaban: entregarse al riguroso procedimiento de la Ley[2] y denunciar a la que era su esposa. Pero él estaba convencido de la virtud de María. Por eso, ante un misterio que no comprende, se niega a emplear este recurso[3]. Hubiera sido una notoria injusticia con la persona que más quería en el mundo. También podía darle el libelo de repudio. Ambos recuperarían entonces su libertad y podrían rehacer sus vidas. Esto entraba dentro de la ley establecida por los judíos. Pero equivalía a proclamar que allí había algo oscuro. En aquel pueblo pequeño esto hubiera bastado para que la Virgen quedara infamada. ¿Qué habría sucedido –dirían- para que, apenas desposados, se separaran de un modo tan rotundo y repentino? Las familias de ambos querrían investigar, preguntarían las razones de aquella decisión… Y no había razones, al menos que él pudiera explicar. María sería desde entonces una mujer aislada por un pasado poco claro.

José decidió adoptar otra solución. Y san Mateo dice la razón por la que emprendió este tercer camino: porque era justo y no quería exponerla a infamia. Pensó dejarla en secreto, quitarse él de en medio y dejar incumplidas las promesas de los desposorios. María se convertiría en una mujer abandonada que sufre una desgracia por una falta ajena, pero no en una mujer rechazada por un pecado o una tara oculta. Él sería el culpable, por haber abandonado sin explicación a su mujer y al fruto del matrimonio. Se marcharía, con el corazón desgarrado, eso sí, a otro lugar para comenzar de nuevo. Era sin duda una decisión muy dura, que quizá le obligaba a no volver nunca más por Nazaret, pero era también la que menos daño produciría a María.

La grandeza del alma de José queda reflejada en su silenció y en estos pensamientos, que él contaría más tarde a la Virgen en momentos de intimidad. Y mientras pensaba estas cosas y esperaba el momento oportuno para hablar con Ella, se le apareció un ángel en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, pues lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. ¡Cómo se llenaría de gozo! ¡Qué peso le quitaba el ángel! José salió de aquel sueño como de un túnel oscuro. Terminaba un mundo de perplejidad y de inseguridad, para entrar en un camino luminoso. Su alma estaba preparada para este rayo de luz que despejaba todas las tinieblas[4]. José entendió que el Señor contaba con él como una pieza fundamental en sus planes.

José, en lo que estaba de su parte, adelantaría las ceremonias de las nupcias y llevaría enseguida a María a su casa. Esta misma prisa es una prueba más de que la indicación del ángel responde a los sentimientos más profundos y sinceros de su corazón. Conoce el plan divino y entra en él con toda su voluntad. Toma a María como esposa y acepta la paternidad legal de este Niño, que es obra de Dios.

Y al saber que el hijo de María era fruto del Espíritu Santo, que Ella sería la Madre del Salvador, la quiso más que nunca, con un amor limpio, profundo y delicado, y se convirtió no solo en testigo de la pureza virginal de María, sino en su custodio. Dios Padre estaba preparando detenidamente la familia en la que nacería su Hijo Unigénito.


[1] Comentario a los salmos, 21, 2, 5.

[2] Dt 22, 20 y ss.

[3] Cfr. Biblia de Jerusalén, nota a Mt 1, 19.

[4] Sobre la rectitud y el acierto con que actúa José, ha escrito Benedicto XVI: «Solo una persona íntimamente atenta a lo divino, dotada de una peculiar sensibilidad por Dios y sus senderos, le puede llegar un mensaje de Dios de esta manera. Y la capacidad de discernimiento era necesaria para reconocer si se trataba solo de un sueño o si verdaderamente había venido el mensajero de Dios y le había hablado». La infancia de Jesús, p. 47.

Comentario del 26 de noviembre

El evangelista nos sitúa a Jesús en los aledaños del templo de Jerusalén. Ante una edificación tan imponente, algunos ponderaban su belleza y grandiosidad. Admiraban la calidad de la piedra y los exvotos, esos objetos que colgaban de las paredes a modo de ofrendas presentadas a Dios en reconocimiento de los beneficios recibidos de él. Todo les resultaba admirable en el templo: su majestuosa belleza, su solidez y sus adornos. 

Pues bien, oyendo Jesús estos comentarios, les dice: Esto que contempláis con tanta admiración, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido. Anuncia, pues, la destrucción de una edificación que les parece indestructible, imperecedera. Y ellos, dando crédito a sus palabras, le preguntan: Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?

En su respuesta, Jesús les previene frente a posibles engaños, porque muchos (los adventistas de todos los tiempos) vendrán usando su nombre y anunciando la cercanía del momento final. Pero no deben ser creídos: No vayáis tras ellosEl final no vendrá en seguida.

Antes ocurrirán cosas que fácilmente se confundirán con el final y que significarán el final para muchos: guerras, revoluciones, grandes terremotos, epidemias y hambre en diversos países, espantos y grandes signos en el cielo. Son sucesos que anticipan el final y que revelan que todo en este mundo tendrá su final, porque nada es indestructible, porque todo es perecedero. Pero el final permanece en misterio. No hay que dar oído a las voces alarmistas que lo anuncian con antelación y a veces con fecha fija. El final no vendrá en seguida.

Pero tampoco tardará mucho en llegar para cada uno, aunque siga en pie la Torre Eiffel o la Catedral de Toledo. Y de este final sí que tendríamos que ser conscientes para no vivir en la insensatez y en la ilusión de una vida sin fin y sin deterioro.

De cuando en cuando sucede algo (una enfermedad, una muerte imprevista, un accidente) que nos sacude y nos despierta de nuestra inconsciencia. Son las señales que nos indican que nuestra vida en este mundo tiene límite o fecha de caducidad. Por eso conviene estar preparados, no sólo para no vivir en la mentira y valorar en su justa medida aquello de lo que disponemos o disfrutamos, sino porque la vida, con sus obras y palabras, será sometida a juicio, dado que se trata de una vida responsable y, por tanto, de la que hay que responder en lo que tiene de responsable.

Jesús anticipa que ese juicio será un refrendo de nuestra propia actitud, esto es, un juicio sin misericordia para el que no practicó la misericordia y un juicio misericordioso para el que practicó la misericordia. Lo que brota espontáneamente de Dios es la misericordia. Por eso nos resulta inconcebible un juicio divino que no lleve la impronta de la misericordia.

Pero ahí queda la sentencia de Jesús como una amenaza permanente. Puede que el corazón inmisericorde se endurezca tanto que quede privado de toda capacidad de transformación y el juicio venga a ser una simple constatación de esa dureza irreformable. Las consecuencias serán las propias de un juicio sin misericordia. Pidamos encarecidamente al Señor que no nos haga merecedores de este juicio.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

194. Es lindo encontrar entre lo que nuestros padres conservaron, algún recuerdo que nos permite imaginar lo que soñaron para nosotros nuestros abuelos y nuestras abuelas. Todo ser humano, aun antes de nacer, ha recibido de parte de sus abuelos como regalo, la bendición de un sueño lleno de amor y de esperanza: el de una vida mejor para él. Y si no lo tuvo de ninguno de sus abuelos, seguramente algún bisabuelo sí lo soñó y se alegró por él, contemplando en la cuna a sus hijos y luego a sus nietos. El sueño primero, el sueño creador de nuestro Padre Dios, precede y acompaña la vida de todos sus hijos. Hacer memoria de esta bendición, que se extiende de generación en generación, es una herencia preciosa que hay que saber conservar viva para poder transmitirla también nosotros.

Recursos – Ofertorio

PRESENTACIÓN DE LA CORONA DE ADVIENTO

(Seguimos con esta bella tradición de la Corona de Adviento. Puede haber sido confeccionada en la propia comunidad o haberse encargado a una floristería. Debe hacer la ofrenda el Presidente del Consejo Parroquial. Dice:)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Señor, con este símbolo del Adviento y en nombre de toda la comunidad, te quiero hacer presente que todos/todas y cada uno de nosotros y de nosotras nos comprometemos a vivir este tiempo fuerte de preparación a la Navidad de tu Hijo y a su venida definitiva. Danos fuerza y luz, Señor, para vivirlas, de acuerdo a tus deseos santos e irreprochables en el amor.

SE ENCIENDE LA PRIMERA VELA DE LA CORONA DE ADVIENTO

(Una vez todos sentados, se acerca quien preside hasta la corona, situada delante del altar o sitio bien visible, y enciende el primero de los velones, que corresponde a este primer domingo de Adviento. Tras ello, dice la siguiente monición-oración)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Padre nuestro, en el inicio del Adviento, queremos hoy encender la primera vela de esta corona, como signo de la luz que alumbra nuestra esperanza. A la vez, queremos hacer de ella la señal de nuestro permanecer despiertos y despiertas y con los ojos del corazón abiertos para leer todos los signos y rastros de tu venida y de tu presencia entre nosotros, entre nosotras. Que no se nos escape, Señor, nada de lo que nos habla de Ti. Que no se embote nuestra sensibilidad para sintonizar contigo allá donde Tú estés.

PRESENTACIÓN DE LOS NIÑOS DE LA COMUNIDAD

(Concluido el rito de encender la primera de las velas de la corona de Adviento, quien preside la celebración pide a los niños y niñas de la comunidad, presentes en la misma, que se adelanten y se pongan junto al altar. Si hubiera niños y niñas suficientes, podrían hacer un corro en torno al altar, dándose las manos. Una vez situados, se dice la monición-oración)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Con la corona de Adviento, en la que hemos prendido la primera vela, queremos hoy, Señor, presentarte, también, lo que tenemos más prendido de esperanza: nuestros niños. Su presente es su futuro. Y, por eso, en sus juegos, lo adelantan cada día. Pero queremos en ellos y en ellas, Señor, mirarnos en sus mismos ojos y, si nos vemos ya adultos/adultas, sin embargo, conservamos el corazón lleno de esperanza.

PRESENTACIÓN DE UN PERIÓDICO

(Lleva el periódico uno o una de los miembros de la comunidad, mientras que otro u otra hace la ofrenda)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Señor, nosotros y nosotras te traemos hoy un periódico. Es el resumen de la vida de una jornada a nivel local, provincial, regional, nacional e internacional. Son pocas las noticias buenas que nos ofrece. Es más numerosa la información de signo negativo. Hay guerras, injusticias, corrupción, sucesos. Son un resumen de cómo somos los hombres y las mujeres de hoy. Pero son también un signo de tu presencia entre nosotros y nosotras, si somos capaces de agudizar nuestra vista y ver bajo la pesada realidad cómo Tú nos hablas. Señor, no permitas que se embote la sensibilidad de nuestra fe para reconocer tu presencia entre nosotros y nosotras.

PRESENTACIÓN DE UN SUEÑO, UN DESEO, UNA ESPERANZA Y UNA ORACIÓN

(Hacen la ofrenda un niño/una niña, un/una joven, un matrimonio y un anciano o una anciana)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN:

El NIÑO o la NIÑA: Señor, yo te traigo un sueño infantil: Que el mundo sea como nuestros juegos, un ámbito de fraternidad e igualdad.

El JOVEN o la JOVEN: Por mi parte, te traigo, Señor, un deseo: Que el hombre y la sociedad sólo se muevan desde la verdad.

EL MATRIMONIO: Nosotros, que vivimos mirándonos en nuestros hijos e hijas, te ofrecemos una esperanza: Que el clima de las relaciones entre las personas sea la paz.

El ANCIANO o la ANCIANA: Yo vivo, Señor, marcado por el pasado y tocando con las yemas de los dedos el futuro. Por eso, te traigo mi oración: Perdona cuanto retarda tu venida definitiva y haz que el sueño del niño/de la niña, el deseo del/de la joven y la esperanza de nuestro matrimonio, por la fuerza de tu gracia, lleguen a ser una realidad.

Oración de los fieles – Domingo I de Adviento

Oremos a Dios Padre Nuestro con estas plegarias que hacemos en tiempo nuevo y luminoso, anuncio de la Venida del Señor e inicio de nuestra Esperanza. Y respondemos:

VEN, SEÑOR JESÚS

1.- Que el Señor que viene visite a su Iglesia, la libere del pecado y la conceda unidad y libertad. OREMOS

2.- Que la renovada presencia del Señor Jesús nos traiga la paz, los tiempos sean tranquilos y nuestra vida esté llena de felicidad, OREMOS

3.- Que el Niño Dios que esperamos, calme los dolores de los enfermos, cure sus males de cuerpo y alma, dé paz y alegría a los tristes y abandonados y libre al mundo de la guerra y del terrorismo. OREMOS

4.- Que su llegada ayude a nuestra conversión y que no desaprovechemos las gracias especiales que a todos nos llegan en este tiempo de Adviento. OREMOS

5.- Por todos nosotros, presentes en esta Asamblea Dominical, para que el Espíritu Santo, abra nuestros ojos y nuestra mente a la Alegría que se nos anuncia. OREMOS

Escucha, Dios Padre Todopoderoso, las oraciones que con fe, esperanza y Amor te dirigimos en este día que anunciamos la venida de tu Hijo. Por el mismo Jesucristo Nuestro Señor

Amen.


Tu pueblo Señor, espera tu venida. Para preparar nuestro corazón y nuestra alma, presentamos ante Ti nuestras súplicas diciendo:

QUÉ CAMINEMOS A TU LUZ SEÑOR

1.- Por el Papa Francisco los obispos y sacerdotes para nos hagan despertar en este tiempo de Adviento y estar preparados para la venida de Jesús. OREMOS

2.- Por el fin de las guerras y las hostilidades, por el cambio en los corazones, para que todos aceptemos al prójimo y juntos construyamos la paz. OREMOS

3.- Por los que rigen nuestros pueblos, para que admitan al Señor como árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos. OREMOS

4.- Por los que sufren algún tipo de mal físico o espiritual, para que encuentren a su alrededor la comprensión necesaria para seguir adelante. OREMOS

5.- Por todos los que desde hoy preparamos tu venida, para que este tiempo de espera sirva de reflexión y cambio en nuestra rutina. OREMOS

6.- Por todos los niños que han nacido durante este último año, para que crezcan en un ambiente amoroso y así descubran el Amor misericordioso del Padre. OREMOS

Padre, en este comienzo de Adviento te pedimos que acojas estas súplicas y nos ayudes a preparar la venida de tu Hijo. Por Jesucristo nuestro Señor.

Amen

Comentario al evangelio – 26 de noviembre

Estamos en los últimos días del año litúrgico y los textos de la celebración eucarística pertenecen a un género llamado apocalíptico, género hoy en desuso excepto en algunas sectas o en grupos que se alimentan de apariciones y mensajes frecuentemente muy discutibles. Pero fue un género muy socorrido en el judaísmo de la época de Jesús y en el cristianismo de las primeras décadas. Y no era sólo un modo de expresión, sino toda una mentalidad histórico-religiosa: contaban con una muy próxima intervención de Dios sobre la historia, intervención que pondría fin a una época y que tendría espectaculares manifestaciones cósmicas.

El evangelista Lucas no quiere que en la Iglesia se pierda una serie de dichos de Jesús y de reflexiones de las comunidades más antiguas, pero él no se siente cómodo con dicho material, debido a que en su tiempo (por los años 80-90 o incluso más tarde) ya no se espera una pronta vuelta del Señor o “Parusía”, sino que se cuenta con una iglesia duradera en una historia duradera (aunque no eterna). Esta duración la plasma el autor en una frase que él sitúa precisamente en el centro del pequeño discurso de Jesús: “el final no llegará todavía”. Y eso él lo puede decir con buen conocimiento de causa; todo el mundo sabe que en los años 66-74 tuvo lugar la guerra suicida de los judíos contra Roma, en la que hubo desórdenes y tribulaciones, e incluso se produjo la destrucción del templo de Jerusalén; pero la historia continuó su curso.

A pesar de esa falta de sintonía del autor con el material apocalíptico heredado, encuentra en él unos cuantos pensamientos que le resultan de utilidad para su iglesia, como lo siguen siendo para nosotros:

  • Precaución frente a los falsos mesías o salvadores que querrían ocupar el puesto de Jesús. En aquella época eran embaucadores o iluminados. Hoy tienen otros nombres. Todos corremos el riesgo de dar culto al bienestar económico, a la propia imagen o prestigio personal, a amoríos ilícitos y engañosos, incompatibles con opciones más serias, a algunos artistas o deportistas a quienes consagramos nuestro tiempo y nuestras emociones, o hasta a los personajes más menospreciables de la farándula… ¡Qué propensión la del ser humano a erigir altares!
  • Disposición a manifestar nuestra adhesión absoluta al Señor. Las guerras vienen acompañadas de todo tipo de calamidades, con mucha frecuencia de persecuciones religiosas. Cuando escribe el tercer evangelista ya han tenido lugar muchos rechazos y descalificaciones de Jesús y sus seguidores. La firmeza en la fe, a pesar de los rechazos que nos pueda granjear, será el signo de que la causa de Jesús toca nuestras entrañas.  En el comentario a la parábola del sembrador impertérrito se habla de semilla que cae sobre piedra y sólo produce una fe momentánea y superficial, que con ocasión de cualquier persecución o contratiempo desaparece (Lc 8,13). El papa Francisco usaba hace pocas semanas otra imagen: existe una fe que no pasa de ser “un barniz externo”; y existe, naturalmente, la que impregna todas las fibras de nuestro ser. Hacia ésta hay que caminar.

Severiano Blanco, cmf