La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

5.- LAS DUDAS DE JOSÉ

Mt 1, 18-20

Después de aquellos meses acompañando y prestando ayuda a Isabel, María volvió a Nazaret. Fue entonces cuando José pudo darse cuenta de la gravidez de su esposa. El Hijo de Dios encarnado se amoldaba a los ritmos de la naturaleza y crecía en su seno. Fue para José una enorme sorpresa, un descubrimiento que le sumió en una gran confusión. Aquello no encajaba de ningún modo. Esto no quiere decir que José no sospechara el camino de la verdad, que no entreviera entre nieblas la sombra del misterio. Él nunca pensó mal de María. El conocimiento que tenía de Ella, sus conversaciones íntimas, la gracia reflejada en su cara, su alegría… no permitían ni un lejano mal pensamiento.

Por su parte, María no se comportaba como una mujer culpable; no se avergonzaba, como si hubiera hecho algo malo. Su mirada era clara, limpia, serena, como siempre, aunque a veces le mirara a él, a José, con una especial compasión. Su semblante era incluso más radiante que en meses anteriores. No se manifestaba como la persona que tiene un problema, como a quien le resulta violento dar una explicación de lo que está a la vista. ¿De dónde le venía esa fuerza interior que le permitía comportarse como siempre, incluso con más alegría? A Ella se la veía cambiada, eso sí, con el cambio de aquella madurez propia de la persona que por fin sabe para qué ha nacido y se encuentra ya realizando acabadamente los planes de Dios, y con el semblante de la maternidad.

José estaba perplejo; no sabía qué pensar. Pero esa perplejidad no llevaba consigo ninguna turbación ni reproche. No podemos olvidar que José ha sido con toda probabilidad la persona que, después de María, ha recibido más gracias de Dios. Dones y ayudas específicas para esos momentos de dificultad y para llevar a cabo la misión de ser padre legal del Hijo de Dios. José no era un muchacho vulgar, uno más de Nazaret, sino el hombre escogido y preparado por la Trinidad para cuidar de las personas más queridas aquí en la tierra, Jesús y María. Dios puso especial cuidado en elegirlo y en formarlo interiormente para esta situación del todo única.

José tuvo como misión cuidar de la casa y de la familia de Dios.

El evangelio nos revela su actitud de un hombre justo, bueno, unido a Dios, que no se ahoga en la complejidad de las cosas. Y los justos, los santos, no se escandalizan ante lo que no entienden, ni ante el silencio de Dios, ni ante acontecimientos de difícil comprensión.

Enseña san Agustín que aquellos en quienes habita Dios son semejantes al oro: todas las pruebas les hacen mejores[1]. Esto ocurrió ciertamente con san José y esto debe suceder en la vida de todo aquel que siga de cerca al Señor.

Sin embargo, la realidad estaba ahí: María se halla encinta de al menos tres meses. Por ser un hombre de bien, un hombre justo, su justicia le llevaba a no querer encubrir con su nombre a un niño que no era hijo suyo.

Y estos eran los posibles caminos que se le planteaban: entregarse al riguroso procedimiento de la Ley[2] y denunciar a la que era su esposa. Pero él estaba convencido de la virtud de María. Por eso, ante un misterio que no comprende, se niega a emplear este recurso[3]. Hubiera sido una notoria injusticia con la persona que más quería en el mundo. También podía darle el libelo de repudio. Ambos recuperarían entonces su libertad y podrían rehacer sus vidas. Esto entraba dentro de la ley establecida por los judíos. Pero equivalía a proclamar que allí había algo oscuro. En aquel pueblo pequeño esto hubiera bastado para que la Virgen quedara infamada. ¿Qué habría sucedido –dirían- para que, apenas desposados, se separaran de un modo tan rotundo y repentino? Las familias de ambos querrían investigar, preguntarían las razones de aquella decisión… Y no había razones, al menos que él pudiera explicar. María sería desde entonces una mujer aislada por un pasado poco claro.

José decidió adoptar otra solución. Y san Mateo dice la razón por la que emprendió este tercer camino: porque era justo y no quería exponerla a infamia. Pensó dejarla en secreto, quitarse él de en medio y dejar incumplidas las promesas de los desposorios. María se convertiría en una mujer abandonada que sufre una desgracia por una falta ajena, pero no en una mujer rechazada por un pecado o una tara oculta. Él sería el culpable, por haber abandonado sin explicación a su mujer y al fruto del matrimonio. Se marcharía, con el corazón desgarrado, eso sí, a otro lugar para comenzar de nuevo. Era sin duda una decisión muy dura, que quizá le obligaba a no volver nunca más por Nazaret, pero era también la que menos daño produciría a María.

La grandeza del alma de José queda reflejada en su silenció y en estos pensamientos, que él contaría más tarde a la Virgen en momentos de intimidad. Y mientras pensaba estas cosas y esperaba el momento oportuno para hablar con Ella, se le apareció un ángel en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, pues lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. ¡Cómo se llenaría de gozo! ¡Qué peso le quitaba el ángel! José salió de aquel sueño como de un túnel oscuro. Terminaba un mundo de perplejidad y de inseguridad, para entrar en un camino luminoso. Su alma estaba preparada para este rayo de luz que despejaba todas las tinieblas[4]. José entendió que el Señor contaba con él como una pieza fundamental en sus planes.

José, en lo que estaba de su parte, adelantaría las ceremonias de las nupcias y llevaría enseguida a María a su casa. Esta misma prisa es una prueba más de que la indicación del ángel responde a los sentimientos más profundos y sinceros de su corazón. Conoce el plan divino y entra en él con toda su voluntad. Toma a María como esposa y acepta la paternidad legal de este Niño, que es obra de Dios.

Y al saber que el hijo de María era fruto del Espíritu Santo, que Ella sería la Madre del Salvador, la quiso más que nunca, con un amor limpio, profundo y delicado, y se convirtió no solo en testigo de la pureza virginal de María, sino en su custodio. Dios Padre estaba preparando detenidamente la familia en la que nacería su Hijo Unigénito.


[1] Comentario a los salmos, 21, 2, 5.

[2] Dt 22, 20 y ss.

[3] Cfr. Biblia de Jerusalén, nota a Mt 1, 19.

[4] Sobre la rectitud y el acierto con que actúa José, ha escrito Benedicto XVI: «Solo una persona íntimamente atenta a lo divino, dotada de una peculiar sensibilidad por Dios y sus senderos, le puede llegar un mensaje de Dios de esta manera. Y la capacidad de discernimiento era necesaria para reconocer si se trataba solo de un sueño o si verdaderamente había venido el mensajero de Dios y le había hablado». La infancia de Jesús, p. 47.