II Vísperas – Domingo I de Adviento

II VÍSPERAS

DOMINGO I DE ADVIENTO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme. 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¡Marana tha!
¡Ven, Señor Jesús!

Yo soy la Raíz y el Hijo de David,
la Estrella radiante de la mañana.

El Espíritu y la Esposa dicen: «¡Ven, Señor!»
Quien lo oiga, diga: «¡Ven, Señor!»

Quien tenga sed, que venga; quien lo desee,
que tome el don del agua de la vida.

Sí, yo vengo pronto.
¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Hija de Sión, alégrate; salta de gozo, hija de Jerusalén. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Hija de Sión, alégrate; salta de gozo, hija de Jerusalén. Aleluya.

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. Vendrá nuestro Rey, Cristo, el Señor: el Cordero de quien Juan anunció la venida.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Vendrá nuestro Rey, Cristo, el Señor: el Cordero de quien Juan anunció la venida.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Llego en seguida y traigo conmigo mi salario, para pagar a cada uno según sus propias obras.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Llego en seguida y traigo conmigo mi salario, para pagar a cada uno según sus propias obras.

LECTURA: Flp 4, 4-5

Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. el Señor está cerca.

RESPONSORIO BREVE

R/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.
V/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.

R/ Danos tu salvación.
V/ Tu misericordia.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. No temas, María porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás y darás a luz un hijo. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. No temas, María porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás y darás a luz un hijo. Aleluya.

PRECES

Oremos a Jesucristo, nuestro redentor, que es camino, verdad y vida de los hombres, y digámosle:

Ven, Señor, y quédate con nosotros.

Jesús, Hijo del Altísimo, anunciado por el ángel Gabriel y a María Virgen, 
— ven a reinar para siempre sobre tu pueblo.

Santo de Dios, ante cuya venida el Precursor saltó de gozo en el seno de Isabel,
— ven y alegra al mundo con la gracia de la salvación.

Jesús, Salvador, cuyo nombre el ángel reveló a José, 
— ven a salvar al pueblo de sus pecados.

Luz del mundo, a quien esperaban Simeón y todos los justos,
— ven a consolar a tu pueblo.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Sol naciente que nos visitará de lo alto, como profetizó Zacarías,
— ven a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte.

Resumamos nuestras alabanzas y peticiones, con las mismas palabras de Cristo.
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso, aviva en tus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañados por las buenas obras, para que, colocados un día a su derecha, merezcan poseer el reino eterno. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Dios está siempre ahí, no tiene que venir de ninguna parte

Hoy, comenzamos un nuevo año litúrgico. El tiempo de adviento se caracteriza por su complicada estructura. Por una parte recordamos el largísimo tiempo de adviento que precedió a la venida del Mesías. Esta es la causa de que encontremos en el AT tantos textos bellísimos sobre el tema. Fue un tiempo de sucesivas expectativas, porque las promesas nunca terminaban de cumplirse. Esas expectativas eran claramente equivocadas, porque suponían una intervención directa, externa y puntual de Dios a favor de un pueblo.

Por otra parte, tenemos la aparición histórica de Jesús. Se trata del punto de partida imprescindible para comprender nuestras expectativas como cristianos. Jesús hizo presente el Reino de Dios en su trayectoria humana. La primera e imprescindible referencia para nosotros es su vida terrena, porque es en su vida donde hizo presente el amor y desterró el odio. La preocupación por el “Jesús histórico”, que se ha despertado en nuestro tiempo, es el punto de partida para todo lo que podemos decir de Jesús teológicamente.

Jesús no sólo hizo presente el Reino, sino que hizo una propuesta a todos. Se trata de una oferta de salvación definitiva para el hombre. Él quiso indicar, a todos los seres humanos, el camino de la verdadera salvación. Celebrar el adviento hoy sería tomar conciencia de esta propuesta de salvación y prepararnos para hacerla realidad. Esa posibilidad de plenitud humana, debe ser nuestra verdadera preocupación. Ebeling dijo: lo más real de lo real no es la realidad misma, sino sus posibilidades. Jesús, viviendo a tope una vida humana, desplegó todas sus posibilidades de ser y propuso esa misma meta a todos.

Hay otro aspecto del adviento que es necesario tener muy claro. Al constatar, siglo tras siglo en la historia de Israel, que las expectativas no se cumplían, se fue retrasando el momento de su ejecución, hasta que se llegó a colocarlo en el final de los tiempos. Surgió así la escatología, un género literario que nos dice muy poco hoy día. Es sorprendente que ni siquiera la venida de Jesús se consideró definitiva para los cristianos. Es la mejor prueba de que la salvación que él propuso no nos convence. Por eso los cristianos sintieron la necesidad de una segunda venida, que sí traería la salvación que todos esperamos.

Armonizar todas estas perspectivas es muy complicado para nosotros. El tiempo anterior a Jesús, la vida terrena de Jesús, nuestra propia realidad histórica y el hipotético futuro escatológico nos pueden llevar a una dispersión que convierta el adviento en un batiburrillo que nos impida enfocar bien su celebración. Creo que lo más urgente para nosotros hoy, es centrarnos en hacer nuestro el mensaje de Jesús y vivir esa posibilidad de plenitud que él vivió y nos propuso. Partiendo de su vida, debemos tratar de dar sentido a la nuestra.

La visión de Isaías en la primera lectura, está muy lejos de ser una realidad. Es la utopía que puede mantenernos firmes dentro de una realidad que sigue siendo sangrante. La realidad no debe eliminar la esperanza de un mundo más humano. Debemos aferrarnos a la utopía de que otro mundo es posible. La esperanza se funda en que Dios no nos puede abandonar ni retirar la oferta de esa plenitud. Esa esperanza, a la que nos invitan las lecturas, no es de futuro sino de presente. La percibimos como de futuro, porque todavía no hemos hecho nuestras todas las posibilidades que tenemos a nuestro alcance.

Pablo nos repite que ya va siendo hora de espabilarse, pero seguimos portándonos como verdaderos insensatos. Seguimos caminando en una dirección equivo­cada. Las advertencias que hace Pablo a los romanos son las mismas que tendríamos que hacer hoy: nada de comilonas y borracheras, lujuria y desenfre­no, riñas y pendencias. El excesivo cuidado de nuestro cuerpo fomentará los malos deseos. El hedonismo, que pretende el placer inmediato, terminará por aniquilar nuestro verdadero ser.

Estar despiertos es la condición mínima para desarrollar nuestra humanidad. Creo que estamos bien despiertos para todo lo terreno y material. Esa excesiva preocupación por lo material, es lo que la Escritura llama “estar dormido”. Hoy empezamos el Adviento, preparación para la Navidad, pero los grandes almacenes, y todos los medios de comunicación ya hace casi un mes que han empezado su preparación. Menos de un 15% de nuestra sociedad escuchará unos minutos cada domingo el anuncio de que Jesús nace, frente a las muchísimas horas que va a soportar la propaganda consumista.

Descubrir lo que soy exige esfuerzo y dedicación. Alagar la parte instintiva es más fácil que espolear el espíritu. Los emperadores romanos ofrecían pan y circo a las masas para que no exigieran otras cosas. Hoy la oferta tranquilizante es fútbol y tele. Nuestra religión ha caído en la trampa de una salvación acomodada a nuestras apetencias, ofreciéndonos la eliminación del dolor, el pecado, la muerte. Como eso es imposible aquí y ahora, se ha proyectado la salvación para un más allá. No, Dios quiere nuestra plenitud, aquí y ahora.

Adviento no es solo la preparación para celebrar dignamente un acontecimiento que se produjo hace más de veinte siglos. El adviento debe ser un tiempo de reflexión profunda, que me lleve a ver más claro el sentido que debo dar a toda mi existencia. No hay tiempos más propicios que otros para afrontar un tema determinado. Soy yo el que tengo que acotar el tiempo que debo dedicar a los asuntos que más me interesan. Y lo que más me debía interesar, tal como nos lo advierte la liturgia, es mi verdadero ser, no mi falso yo.

Dios está viniendo en todo instante, pero solo el que está despierto se dará cuenta de esa presencia. Si no descubro esa presencia, mi vida puede transcurrir sin enterarme de la mayor riqueza que está a mi alcance. Dios no tiene que venir en ningún momento ni de ninguna parte, porque es la base y fundamento de mi ser. Lo que llamamos Dios está en mí como fundamento aunque yo no descubra su presencia. Pero como ser humano, mi más alta posibilidad de plenitud consiste precisamente en descubrir y vivir conscientemente esa realidad. Dios está en todo, pero solo el hombre puede ser consciente de esa presencia.

No tengo que esperar tiempos mejores para poder realizar mi proyecto humano. Si tengo que esperar a que Dios cambie algo o cambien los demás para encontrar mi salvación, no he descubierto lo que soy ni lo que es Dios. La salvación que Jesús propuso no está condicionada por circunstancias externas. Aún en las situaciones más adversas, está siempre a nuestro alcance. En cualquier momento puedo hacer mía esa salvación. En cualquier instante de mi vida puedo descubrir la plenitud. Si no soy capaz de descubrir mi salvación en esta situación en que hoy me encuentro, no seré capaz de descubrirla nunca.

El error en el que estamos instalados, es esperar que esa salvación venga de fuera en un próximo futuro. Dios no tiene futuro y está viniendo siempre y desde dentro. Aquí puede que esté la clave para cambiar nuestra mentalidad. Pero preferimos seguir pensando en el Dios todopoderoso que actúa a capricho y desde fuera. De esa manera no hay forma de hacer nuestro el Reino de Dios, que está ya dentro de nosotros. Hoy el evangelio nos advierte: si el encuentro no se produce es porque seguimos dormidos.

Meditación

Se trata de despertar, de tomar conciencia de las posibilidades.
Lo malo es poner el objetivo de tu vida en comilonas y borracheras.
Ni siquiera es preciso hacer daño a otros para impedir la plenitud.
El fallo está en vivir enredado en las cosas de este mundo.
“¡Caminemos a la luz del Señor!”

Fray Marcos

Qué y cómo debemos esperar

Los textos bíblicos de los cuatro domingos de Adviento no constituyen propiamente una preparación a la Navidad, sino una introducción a todo el nuevo año litúrgico. Por eso abarcan etapas muy distintas: 1) lo que se esperó del Mesías antes de su venida; 2) su nacimiento; 3) su actividad pública y las reacciones que suscitó; 4) su vuelta al final de los tiempos.

Estas cuatro etapas se mezclan cada domingo y resulta difícil relacionar las distintas lecturas. Si buscamos un elemento común sería el tema de la esperanza: ¿qué debemos esperar?, ¿cómo debemos esperar?

1.- ¿Qué debemos esperar? La utopía de la paz universal

La primera lectura (Isaías 2,1-5) responde a una de las experiencias más universales: la guerra. Israel debió enfrentarse desde su comienzo como estado a pueblos pequeños, a guerras civiles y a grandes imperios. Pero no sólo los israelitas eran víctimas de estas guerras, sino todos los países del Cercano Oriente, igual que hoy día lo son tantos países del mundo.

Podríamos contemplar este hecho con escepticismo: el ser humano no tiene remedio. La ambición, el odio, la violencia, siempre terminan imponiéndose y creando interminables conflictos y guerras. Sin embargo, la lectura de Isaías propone una perspectiva muy distinta. Todos los pueblos, asirios, egipcios, babilonios, medos, persas, griegos, cansados de guerrear y de matarse, marchan hacia Jerusalén buscando en el Dios de Israel un juez justo que dirima sus conflictos e instaure la paz definitiva.

El texto de Isaías une, lógicamente, la desaparición de la guerra con la desaparición de las armas. En este contexto, hoy día es frecuente hablar de las armas atómicas, los submarinos nucleares, los drones de última generación. Quisiera recordar unos datos muy distintos, de armas mucho más sencillas.

En 2013 se estimaba que en el mundo había un arsenal de 639 millones de armas de fuego, la mitad de las cuales en manos de civiles, el resto a disposición de los cuerpos policiales y de seguridad, lo que supone un arma por cada diez personas. A fines de 2017 el número había crecido hasta aproximadamente 857 millones de armas de fuego civiles en los 230 países y territorios estudiados.

Desde que finalizó la Segunda Guerra Mundial (1945), unos 30 millones de personas han perecido en los diferentes conflictos armados que han sucedido en el planeta, 26 millones de ellas a consecuencia del impacto de armas ligeras. Estas armas, y no los grandes buques o los sofisticados aviones de combate, son las responsables materiales de cuatro de cada cinco víctimas, que en un 90% también han sido civiles (mujeres y niños en particular).

Esta primera lectura bíblica nos anima a esperar y procurar que un día se haga realidad lo anunciado por el profeta: De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra.

2.- ¿Cómo debemos esperar? Vigilancia ante la vuelta de Jesús (Mateo 24,37-44)

La liturgia da un tremendo salto y pasa de las esperanzas antiguas formuladas por Isaías a la segunda venida de Jesús, la definitiva. En el contexto del Adviento, esta lectura pretende centrar nuestra atención en algo muy distinto a lo habitual. Los días previos al 24 de diciembre solemos dedicarlos a pensar en la primera venida de Cristo, simbolizada en los belenes. El peligro es quedarnos en un recuerdo romántico. La iglesia quiere que miremos al futuro, incluso a un futuro muy lejano: el de la vuelta definitiva de Jesús, y la actitud de vigilancia que debemos mantener.

La actitud de vigilancia queda expuesta en dos comparaciones, una basada en el AT, y otra en la experiencia diaria.

La primera hace referencia a lo ocurrido en tiempos del diluvio. Antes de él, la gente llevaba una vida normal, despreocupada. La catástrofe le parecía inimaginable. Lo mismo ocurrirá cuando venga el Hijo del Hombre. Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.

La segunda comparación está tomada de la vida diaria: la del dueño de una casa que desea defender su propiedad contra los ladrones. El mensaje es el mismo: estad en vela.

A propósito de estas comparaciones podemos indicar dos cosas:

1) Ambas insisten en que la venida del Hijo del Hombre será de improviso e imprevisible; no habrá ninguna de esas señales previas que tanto gustaban a la apocalíptica (oscurecimiento del sol y de la luna, terremotos, guerras, catástrofes naturales).

2) Las dos comparaciones exhortan a la vigilancia, a estar preparados, pero no dicen en qué consiste esa vigilancia y preparación; se limitan a crear un interés por el tema. Esta falta de concreción puede decepcionar un poco. Pero es lo mismo que cuando nos dicen al comienzo de un viaje en automóvil: «ten cuidado». Sería absurdo decirle al conductor: «Ten cuidado con los coches que vienen detrás», o «ten cuidado con los motoristas». El cristiano, igual que el conductor, debe tener cuidado con todo.

3.- ¿Cómo debemos esperar? Disfrazarnos de Jesús (Romanos 13,11-14)

Pablo parte de la experiencia típica de las primeras comunidades cristianas: la vuelta de Jesús es inminente, «nuestra salvación está más cerca», «el día se echa encima». El cristiano, como hijo de la luz, debe renunciar a comilonas, borracheras, lujuria, desenfreno, riñas y pendencias. Es el comportamiento moral a niveles muy distintos (comida, sexualidad, relaciones con otras personas) lo que debe caracterizar al cristiano y cómo se prepara a la venida definitiva de Jesús. Ese pequeño catálogo podría haberlo firmado cualquier filósofo estoico. Pero Pablo añade algo peculiar: «Vestíos del Señor Jesucristo». Esto no es estoico, es típicamente cristiano: Jesús como modelo a imitar, de forma que, cuando la gente nos vea, sea como si lo viese a él. Creo que Pablo no tendría inconveniente en que sus palabras se tradujesen: «Disfrazaos del Señor Jesucristo». Comportaos de tal forma que la gente os confunda con él. Buen programa para comenzar el Adviento. 

NOTA: Ya que el ciclo A que hoy comenzamos está dedicado al evangelio de Mateo, con vistas a poder leerlo durante este año he escrito un comentario extenso, pero asequible: El evangelio de Mateo. Un drama con final feliz. Editorial Verbo Divino, 2019.

José Luis Sicre

Comentario – Domingo I de Adviento

Iniciamos un nuevo Año litúrgico con un nuevo Adviento: a la espera de la venida del Señor. Y puesto que el esperado, y al mismo tiempo deseado, es el Señor de nuestra memoria, de nuestra experiencia y de nuestros anhelos, merece la pena que avivemos el deseo del encuentro por llegar, no del encuentro ya acontecido. Es lo que hemos pedido en la oración colecta de este primer domingo: «Aviva en tus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro con Cristo que viene, acompañados por las buenas obras (no hay mejor acompañamiento que éste), para que merezcan poseer en su día el reino eterno».

El encuentro es posible porque Cristo ha venido en la Navidad; forma parte, pues, de nuestra historia; pero también porque sigue viniendo en sus expresiones sacramentales, esto es, en su palabra viva, presente, activa, en el pan de la eucaristía, en el necesitado de nuestra atención caritativa, en la Iglesia en la que se prolonga; semejante venida supone su victoria sobre la muerte, su resurrección, y su permanencia «espiritual» en medio de nosotros, algo que confirma su palabra: Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. Pero del que ha venido y del que viene también esperamos una venida que aún no se ha producido: su venida en gloria.

El carácter futurizo de esta venida (= parusía) hace de nuestra vida en este mundo un permanente Ad-viento (más allá del tiempo litúrgico que prepara la Navidad), que es un vivir pendientes de esta venida, más aún, deseosos del encuentro a que nos da acceso esta venida. Así, el horizonte del Adviento se amplía a toda la vida, haciendo de ésta una vida ad-venticia. Y como no sabemos el día ni la hora en que habrá de producirse, hemos de mantenernos en vela. Sólo así podremos evitar que nos pille desprevenidos, distraídos, impreparados. Esta es la gran advertencia del tiempo de Adviento: estad en vela, porque no sabéis el día ni la hora. Pero de la Navidad sí conocemos al menos el día celebrativo, puesto que se trata de un hecho pasado. En cambio, de la venida esperada (la venida en gloria) no disponemos más que de algunos signos precursores difíciles de localizar y determinar.

Jesús describe ese día de fecha desconocida acudiendo a la historia, a lo que pasó en tiempos de Noé. Algo semejante pasará cuando venga el Hijo del hombre. ¿Y qué pasó en tiempos de Noé? Que un diluvio de inmensas proporciones arrasó con todos los habitantes de la tierra, exceptuando a los pocos supervivientes que se refugiaron en el Arca construida por Noé.

En las grandes catástrofes, al menos en las que preceden al fin de los tiempos, siempre suele haber supervivientes. Sucederá -dice Jesús- que, de esos dos hombres que estén en el campo, a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán. Esto es lo que ha venido sucediendo hasta ahora en guerras, epidemias, accidentes masivos, terremotos, huracanes, erupciones volcánicas, etc. A unos se los llevan (de la tierra de los vivos) y a otros los dejan (con su susto, su pena, su perplejidad, su dolor, su trauma o su tetraplejia), sin saber muy bien el criterio empleado en la selección: no siempre quedan los mejores, ni los más jóvenes, ni los más sanos, ni los más útiles, ni los más inteligentes. Aquí la muerte se presenta sin avisar o sin dar tiempo a escapar de sus garras, de la manera más sorpresiva e inesperada. Aunque la vida es tan frágil que cualquier agente patógeno o agresión externa puede acabar con ella, nada hacía suponer que la pudiéramos perder en ese instante.

Este carácter de levedad, de incertidumbre, de fragilidad de la vida de la que estamos en posesión sin ser sus propietarios es lo que refuerza la advertencia evangélica: estad en vela, aguardando al dueño de la vida, al único que puede señalarle sus límites, dispuestos a devolverle lo que es suyo, porque él nos lo dio. La vida se puede perder o entregar de diferentes maneras: o resistiéndonos a entregarla (lo cual es finalmente inútil), porque vemos en quien nos la exige a un ladrón que viene a quitarnos injustamente lo que es nuestro más que al dueño que reclama lo que es suyo; o resignándonos a perder aquello sobre lo que no tenemos pleno dominio; o entregándola con gozo al que consideramos que es su dueño y al mismo tiempo nuestro benefactor y amigo, sabiendo que Él nos dará todavía una vida de cualidad infinitamente superior: una vida eterna, a diferencia de esta vida temporal, tan precaria y escurridiza.

Sólo con esta conciencia podemos dar, y antes ofrecer, con gozo la vida en posesión, aunque no sin cierta resistencia, puesto que también opera nuestro instinto de conservación y nuestro apego a la misma, al que consideramos su dueño y dador. Así entendida, la muerte ya no es simplemente el momento en que nos vemos privados de la vida, ya sea ésta de mejor o de peor calidad, sino el momento transitorio que nos da acceso a una vida más plena, sin sufrimiento y sin desorden, una vida en gloria en compañía de nuestro Señor resucitado y ascendido a la derecha del Padre. A cambio de esa vida para la que el Señor nos pide un acto de confianza (fe), se nos pide la ofrenda (entrega) de esta vida en un acto supremo de obediencia. Y para prepararnos a este acto de abandono está el Adviento.

No nos preparamos viviendo en la inconsciencia de esta venida que pone límite a nuestra vida en este mundo, pues la venida que clausurará el ciclo temporal de este universo que fue puesto en marcha hace unos 13.700 millones de años, no deja de anticiparse en la muerte individual que substrae del espacio-tiempo a todo aquel que ha sido sorprendido por la misma. En cualquier caso no podemos vivir como si la vida careciera de límites o como si la muerte no fuera a acontecer nunca en nuestras vidas. Puesto que somos conscientes, hemos de vivir con conciencia de nuestra realidad vital. Por eso san Pablo recomienda con acierto: Daos cuenta del momento en que vivís: vivid conscientes del momento en que vivís, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer: ¿porque ahora estamos más cerca del final?, ¿porque tras haber avanzado por el camino de la fe estamos más próximos a la madurez?, ¿porque el Señor no tardará en llegar y con él la liberación de cuanto nos ata en este mundo?

En cualquier caso el tiempo fluye y no es inagotable, como tampoco lo es el hidrógeno que arde en las estrellas; el tiempo tiene término. La noche está avanzada y el día se echa encima. Quien pone límite a la noche es el día, y ese día está al caer. Podrá tardar meses o años, pero para el individuo humano, para cada uno de nosotros, no tardará muchos años, centenares o miles de años. Y como lo que va quedando atrás es la noche, san Pablo recomienda dejar con ella, atrás, las actividades de las tinieblas que engendran daño y desorden, y pertrecharnos con las armas de la luz. Las armas sirven para combatir y la luz para dar muerte a las tinieblas o hacer que éstas se desvanezcan. Las armas de la luz nos son entregadas para combatir el poder de las tinieblas.

Tales armas son esas virtudes humanas y cristianas que nos permiten enfrentar el mal que hay en nosotros y en el mundo. Pues ¿qué mejor coraza o escudo que la fortaleza, la paciencia, la castidad, la esperanza cristianas? ¿Y qué mejor espada que la palabra que brota de la fe y del amor cristianos? Con el pertrecho de tales virtudes estaremos preparados para mantenernos ajenos a las actividades de las tinieblas y alejados del desenfreno a que conduce la insubordinación de nuestros apetitos de placer, poder o tener: comilonas, borracheras, lujurias, riñas, pendencias, etc.

Es, según san Pablo, lo que hay que desterrar de la vida de un cristiano. Para ello hay que prestar atención al cuidado del cuerpo, procurando que no fomente los malos deseos, pues el cuidado corporal, aunque legítimo, puede despertar el desorden que acompaña al mismo cuerpo con sus tendencias tenencias insatisfechas. En fin, que estar en vela es estar pendientes de ese día o de esa venida que cierra nuestro ciclo temporal y nos muestra nuestro destino definitivo, que ojalá sea un destino salvífico, pues en semejante venida, la que es objeto de nuestra esperanza, no llega otro que el Salvador del mundo y de cada uno en particular. Y ¿qué otro puede ser más deseado que el que se presenta como nuestro Aliado y Salvador?

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

199. Si caminamos juntos, jóvenes y ancianos, podremos estar bien arraigados en el presente, y desde aquí frecuentar el pasado y el futuro: frecuentar el pasado, para aprender de la historia y para sanar las heridas que a veces nos condicionan; frecuentar el futuro, para alimentar el entusiasmo, hacer germinar sueños, suscitar profecías, hacer florecer esperanzas. De ese modo, unidos, podremos aprender unos de otros, calentar los corazones, inspirar nuestras mentes con la luz del Evangelio y dar nueva fuerza a nuestras manos.

Lectio Divina – 1 de diciembre

Estar siempre preparados
Dios puede llegar en cualquier momento
Mateo 24, 37-44

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.
Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2. Lectura

a) Clave de lectura:

En la liturgia del primer domingo de Adviento, la Iglesia nos pone delante una parte del discurso de Jesús sobre el fin del mundo. Adviento significa Venida. Es el tiempo de la preparación para la venida del Hijo del Hombre en nuestra vida. Jesús nos exhorta a estar vigilantes. Nos pide estar atentos a los sucesos para descubrir en ellos la hora de la venida del Hijo del Hombre.
En este principio del Adviento, es importante purificar la mirada y aprender de nuevo a leer los acontecimientos a la luz de la Palabra de Dios. Y esto, para no ser sorprendidos, porque Dios puede venir sin avisar, cuando menos lo esperamos. Para ilustrar cómo deberíamos estar atentos a los acontecimientos, Jesús se apoya en el episodio del diluvio en tiempos de Noé.
En el curso de la lectura del texto, prestaremos atención a las comparaciones de las que se sirve Jesús para trasmitir su mensaje.

b) Una división del texto para ayudarnos en la lectura:

Mateo 24, 37-39: La venida del Hijo del Hombre será como en los día de Noé
Mateo 24, 40-41: Jesús aplica la comparación a aquellos que lo escuchan
Mateo 24, 42: La conclusión: ¡Vigilad!
Mateo 24, 43-44: La comparación para recomendar la vigilancia

c) El texto:

Mateo 24, 37-44

37 «Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. 38 Porque como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca, 39 y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos, así será también la venida del Hijo del hombre. 40 Entonces, estarán dos en el campo: uno es tomado, el otro dejado; 41 dos mujeres moliendo en el molino: una es tomada, la otra dejada.
42 «Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. 43 Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa. 44 Por eso, también vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre.

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la meditación y en la oración.

i) ¿Cuál es la parte del texto que te ha llamado más la atención? ¿Por qué?
ii) ¿Dónde, cuándo y porqué Jesús ha pronunciado este discurso?
iii) ¿En qué consiste exactamente la vigilancia a la que nos exhorta Jesús?
iv) “Una persona será tomada y otra será dejada”. ¿Qué quiere enseñar Jesús con esta afirmación?
v) Al tiempo de Mateo, las comunidades cristianas esperaban la venida del Hijo del Hombre en cierto modo. Y hoy, ¿cuál es nuestro modo de esperar la venida de Jesús?
vi) ¿Cuál es, según tu parecer, el centro o la raíz de esta enseñanza de Jesús?

5. Para los que desean profundizar más en el tema

a) Contexto del discurso de Jesús:

El Evangelio de Mateo: En el Evangelio de Mateo hay cinco grandes discursos, como si fuesen una nueva edición de los cinco libros de la Ley de Moisés. El texto que meditamos en este domingo forma parte del quinto Discurso de esta Nueva Ley. Cada uno de los cuatro discursos precedentes ilumina un determinado aspecto del Reino de Dios anunciado por Jesús. El primero: La justicia del Reino es la condición para entrar en el Reino (Mt del 5 al 7). El segundo: la misión de los ciudadanos del Reino (Mt 10). El tercero: la presencia misteriosa del Reino en la vida de la gente (Mt 13). El cuarto: vivir el Reino en comunidad (Mt 18). El quinto Sermón habla de la vigilancia en vista de la venida definitiva del Reino. En este último discurso, Mateo sigue el esquema de Marcos (cf Mc 13,5-37), pero añade algunas parábolas que hablan de la necesidad de la vigilancia y del servicio, de la solidaridad y de la fraternidad.

La espera de la venida del Hijo del Hombre: Al final del primer siglo, las comunidades vivían en la espera de la venida inmediata de Jesús (1 Tes 5,1-11). Basándose en algunas frases de Pablo (1 Tes 4,15-18) había personas que dejaron de trabajar pensando que Jesús estaba ya para llegar (2 Tes 2,1-2; 3,11-12). Ellos se preguntaban: Cuando venga Jesús ¿seremos levantado como Él al cielo? ¿Seremos tomados o dejados? (cfr Mt 24, 40-41). Había un clima semejante al de hoy, en el que muchos se preguntan: “Este terrorismo ¿es signo de que se acerca el fin del mundo? ¿Qué hacer para no ser sorprendidos?” Una respuesta a estas preguntas y preocupaciones nos vienen de las Palabras de Jesús, que Mateo nos transmite en el evangelio de este domingo.

b) Comentario del texto:

Mateo 24, 37-39: Jesús compara la venida del Hijo del Hombre a los días del Diluvio
“Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre”. Aquí, para aclarar su llamada a la vigilancia, Jesús recurre a dos episodios del Antiguo Testamento: Noé y el Hijo del Hombre. Los “días de Noé” se refieren a la descripción del Diluvio (Gén 6,5 a 8,14). La imagen del “Hijo del Hombre” viene de una visión del profeta Daniel (Dan 7,13). En los días de Noé, la mayoría de las personas vivían sin preocupaciones, sin darse cuenta que en los acontecimientos se acercaba la hora de Dios. La vida continuaba “ y no se dieron cuenta, hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos”.
Y Jesús concluye: “Así será también la venida el Hijo del hombre”. En la visión de Daniel, el Hijo del Hombre vendrá de improviso sobre las nubes del cielo y su venida decretará el fin de los imperios opresores, que no tendrán futuro.

Mateo 24,40-41: Jesús aplica la comparación a los que escuchaban
“Entonces estarán dos en el campo: uno es tomado, el otro dejado”. Estas frases no deben ser tomadas literalmente. Es una forma para indicar el destino que las personas recibirán según la justicia de las obras por ellos practicadas. Algunos serán tomados, o sea, recibirán la salvación y otros no la recibirán. Así sucedió en el diluvio: “solo tú has sido justo en esta generación (Gen 7,1). Y se salvaron Noé y su familia.

Mateo 24,42: Jesús aporta la conclusión: ¡Vigilad!
Es Dios el que determina a hora de la venida del Hijo. Pero el tiempo de Dios no se mide con nuestro reloj o calendario. Para Dios, un día puede ser igual a mil años y mil años iguales a un día (Si 90,4; 2 Pe 3,8). El tiempo de Dios (kairós) es independiente de nuestro tiempo (cronos). Nosotros no podemos interferir el tiempo de Dios, pero debemos estar preparados para el momento en el que la hora de Dios se hace presente en nuestro tiempo. Puede ser hoy, puede ser de aquí a mil años.

Mateo 24, 43-44: Comparación: El Hijo del Hombre vendrá cuando menos se espera
Dios viene cuando menos se espera. Puede suceder que Él venga y la gente no se dé cuenta de la hora de su llegada. Jesús pide dos cosas: la vigilancia siempre atenta y al mismo tiempo, la dedicación tranquila de quien está en paz. Esta actitud es señal de mucha madurez, en la que se mezclan la preocupación vigilante y la tranquila serenidad. Madurez que consigue combinar la seriedad del momento con el conocimiento de la relatividad de todo.

c) Ampliando información para poder entender mejor el texto:

¿Cómo vigilar para prepararse? – Nuestro texto va precedido de la parábola de la higuera (Mt 24,32-33). La higuera era un símbolo del pueblo de Israel (Os 9,10; Mt 21,18). Cuando pide que se observe a la higuera, Jesús pide observar y analizar los hechos que están sucediendo. Es como si Jesús nos dijese: “Vosotros debéis aprended de la higuera a leer los signos de los tiempos y así descubriréis dónde y cuándo Dios entra en vuestra historia”.

La certeza que nos viene comunicada por Jesús – Jesús nos deja una doble certeza para orientar nuestro camino en la vida: (1) llegará el fin con seguridad; (2) ninguno sabe ciertamente ni el día ni la hora del fin del mundo. “ Porque en cuanto a la hora y al día ninguno lo sabe, ni siquiera los ángeles del cielo, ni tampoco el Hijo, sino sólo el Padre” (Mt 24,36). A pesar de todos los cálculos que puedan hacer los hombres sobre el fin del mundo, ningún cálculo da la certeza. Lo que da seguridad no es el conocimiento de la hora del fin, sino la Palabra de Jesús presente en la vida. El mundo pasará, pero su palabra no pasará jamás (cfr Is 40, 7-8).

¿Cuándo vendrá el fin del mundo? – Cuando la Biblia habla del “fin del Mundo”se refiere, no al fin del mundo, sino al fin de un mundo: Se refiere al fin de este mundo, donde reina la injusticia y el poder del mal que amargan la vida. Este mundo de injusticia tendrá fin y a su puesto vendrá “un cielo nuevo y una tierra nueva”, anunciados por Isaías (Is 65,15-17) y previsto por el Apocalipsis (Ap 21,1). Ninguno sabe cuándo ni cómo será el fin de este mundo (Mt 24,36), porque ninguno sabe lo que Dios tiene preparado para los que le aman (1 Cor 2,9). El mundo nuevo de la vida sin muerte supera todo, como el árbol supera a su simiente ( 1 Cor 15,35-38). Los primeros cristianos estaban ansiosos por asistir a este fin (2 Tes 2,2). Seguían mirando al cielo, esperando la venida de Cristo (Act 1,11). Algunos ya no trabajaban (2 Tes 3,11). Pero, “no nos corresponde a nosotros conocer los tiempos y momentos que el Padre tiene reservado en virtud de su poder” (Act 1,7). El único modo de contribuir a la venida del fin “de modo que puedan llegar los tiempos de la consolación” (Act 3,20), es dar testimonio del Evangelio en todo lugar, hasta los extremos confines de la tierra (Act 1,8).

6. Oración: Salmo 46 (45)

“¡Dios está con nosotros! ¡No temamos!”

Dios es nuestro refugio y fortaleza,
socorro en la angustia, siempre a punto.
Por eso no tememos si se altera la tierra,
si los montes vacilan en el fondo del mar,
aunque sus aguas bramen y se agiten,
y su ímpetu sacuda las montañas.

¡Un río!
Sus brazos recrean la ciudad de Dios,
santifican la morada del Altísimo.
Dios está en medio de ella, no vacila,
Dios la socorre al despuntar el alba.
Braman las naciones, tiemblan los reinos,
lanza él su voz, la tierra se deshace.

¡Con nosotros Yahvé Sebaot,
nuestro baluarte el Dios de Jacob!
Venid a ver los prodigios de Yahvé,
que llena la tierra de estupor.

Detiene las guerras por todo el orbe;
quiebra el arco, rompe la lanza,
prende fuego a los escudos.
«Basta ya, sabed que soy Dios,
excelso sobre los pueblos, sobre la tierra excelso».

¡Con nosotros Yahvé Sebaot,
nuestro baluarte el Dios de Jacob!

7. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

Período de preparación

1.- Con el domingo pasado, solemnidad de Cristo Rey acabamos un año litúrgico. Durante el pasado fuimos leyendo las lecturas que llamamos del ciclo-C. Hoy empezamos un nuevo año. Se proclamará en nuestras asambleas las lecturas que llamamos del ciclo-A. de esta manera, escuchando y meditando, vamos recibiendo las enseñanzas que nos procura la Biblia, la Revelación de nuestro querido Dios. Cambia el tiempo litúrgico os he recordado, ahora bien, es justo que os preguntéis, mis queridos jóvenes lectores, ¿qué es el tiempo?

2.- Respecto a este “fenómeno” hay diversas opiniones y las sensaciones que vivimos nunca son las mismas. También, sin saber demasiado en que consiste, al tiempo le otorgamos diferentes valores. No podéis olvidar que lo que pensamos u opinamos sobre tiempo y eternidad está muy condicionado por las concepciones que sobre ello y sobre muchas otras cosas, hemos heredado de la filosofía de la Grecia clásica.

3.- Hace muchos años, en aquellos tiempos que, de cuando en cuando iba al cine, vi una película que me impresionó mucho y enriqueció muchas nociones que hasta entonces tenía. Creo recordar que se titulaba “Fresas Salvajes” y su director, de esto sí que estoy seguro, era Ingmar Bergman. Me voy a referir a las primeras secuencias.

3.- Un ilustre y anciano señor debe acudir a recibir un galardón, el buen hombre anciano ya de repente observa desde la ventana un entierro y enseguida comprueba asombrado que el difunto es él. De inmediato saca el reloj del bolsillo de su chaleco, lo mira y pasmado observa que le faltan las agujas. Se lo lleva al oído y escucha el tic, tac. Es un reloj que funciona, sin marcar el tiempo. funciona, sí, os lo vuelvo a decir, pero no repite las horas. Cualquier instante es presente autónomo. Se trata en realidad, volviendo al film, de un sueño. Evidentemente el film continúa, sin que las sucesivas escenas, que apenas recuerdo, interesen ahora.

4.- Yo soy viejo, os lo repito muchas veces, pero intuyo futuros que os quiero sugerir y que vosotros, llegará un día que tal vez seréis capaces de entender. La física cuántica propone fenómenos que los que estamos tan arraigados a la filosofía aristotélica, nos cuesta aceptar y no llegamos a entender. Que el espacio no sea como imaginamos, ni el tiempo sea uniforme, son conceptos de los que seguramente habréis oído hablar. Pueden cambiar nociones y postulados de las ciencias, pero las palabras del Señor no cambiarán. Se expresarán tal vez en diferente lenguaje, pero sus contenidos y las responsabilidades que implican, las exigencias respecto a nuestra conducta serán idénticas.

5.- Con este inicio, que no quiero consideréis palabrería inútil, pretendo animaros, ahora que se inicia el año litúrgico, a que pongáis empeño en meditar sobre vuestra realidad histórica, que penséis en vuestro pasado y proyectéis vuestro futuro, en función de tantas inquietudes que a nuestros contemporáneos les inquietan y que en realidad poco valor tienen, pues, no son capaces de atravesar la barrera de la Eternidad. Triunfos deportivos, resultados de partidos políticos, ganancias pecuniarias, satisfacciones del personal orgullo, sometidos al sueño del reloj eterno, poco valor tienen.

6.- Jesús no hablaba de esta manera. Se expresaba en términos y figuras propios de la cultura de sus directos oyentes. Nos toca a nosotros, si queremos ser fieles a sus enseñanzas, efectuar la correspondiente trasposición. Pese a que la cultura de los tiempos evangélicos difiera de la nuestra actual, hay cosas que cuesta poco entender y os las recordaré, teniendo en cuenta que si hoy el Maestro estuviera físicamente presente, añadiría. Esta es mi pretensión, demasiado importante para mi talla, completarla vosotros, mis queridos jóvenes lectores.

7.- Abomina Dios por boca de Pablo, las comilonas y borracheras, la lujuria, hoy escribiría el Apóstol ser sexy, vestirse sexi, actuar sexy. Recuerda las riñas, odios y antipatías, que deben desaparecer. Hoy cual plantilla sicológica, la proyectaría sobre nuestro presente y nos haría ver que nosotros comemos tres veces al día y mucho en cambio ni una sola vez pueden alimentarse de lo que les es indispensable y a lo que tienen derecho. Que nos apasionan idearios sociales y políticos, que hoy son de una manera, mañana de otra, mientras se siembra antipatía y odio, que con facilidad se torna violencia. ¿creéis que a un habitante de cualquier jungla o de inhóspitos desiertos, que tantos hay, que con dificultad consigue mantener su vida, le preocupa la democracia, el populismo, las dictaduras, el progresismo, por citaros palabras u orientaciones que llenan o rellenan tantas mentes?

8.- Empieza el Adviento, se nos recuerda la realidad eterna a la que estamos destinados. Imaginadla como queráis o podáis. Es realidad, existencia inamovible. No huyáis de tal meditación que deberá condicionar vuestro comportamiento. Se nos describe en el texto evangélico acontecimientos humanos e intervenciones divinas. Tales palabras son enigmáticas. Que existe el bien y el mal, pese a que sean posibilidades misteriosas, es indudable. Se nos recuerda que no debemos dejarnos arrastrar por modas, ambiciones o vanidades, por mucho que sean estas las que llenan los periódicos y los programas de televisión.

9.- Nuestro corazón late, existen corrientes por entre nuestras neuronas, circula la sangre por sus conductos, entran alimentos y bebidas, un día todo esto puede paralizarse, como las agujas del reloj del protagonista de la película, pero continuará existiendo nuestro ser ¿qué apariencia tendrá? ¿qué fortuna sostenida en el eterno, enriquecerá nuestra persona?

La vida se acaba, continuará nuestra existencia, es lo que importa ¿nos preparamos para este tránsito? En la historia y en cualquier existencia, está presente el Hijo del Hombre ¿estamos convencidos? ¿lo tenemos presente? ¿Qué representa Cristo en nuestro diario quehacer?

Pedrojosé Ynaraja

Tiempo «esperanzante»

Hay palabras o expresiones que, en un momento dado, se ponen de moda y son muy utilizadas. Una de estas palabras es “ilusionante”, que suele emplearse para hablar de un “proyecto ilusionante”, un “tiempo ilusionante”, una “fecha ilusionante…” No me gusta esta palabra: primero, porque una “ilusión” es algo que carece de fundamento real. Y segundo, porque aunque se puede tomar en un sentido positivo, como un sentimiento de anticipación de algo que genera entusiasmo y alegría, precisamente por eso la ilusión se limita a un hecho o acontecimiento concreto, y una vez alcanzado éste, se pierde la ilusión. Además, si por cualquier motivo ese hecho o acontecimiento no llega a producirse, la ilusión se rompe y nos quedamos “des-ilusionados”.

Hoy comenzamos el tiempo de Adviento, un camino de preparación que nos debe llevar a vivir la Navidad. Y con la cercanía de la Navidad también se habla mucho de “ilusión”: la decoración de las calles y comercios crea un ambiente de “ilusión”; a los niños les hace ilusión la llegada de los Reyes Magos; a los adultos les puede hacer ilusión encontrarse con la familia o amigos…

Pero esta “ilusión”, para muchos, es algo ficticio, irreal: la situación económica de la mayoría de las personas no permite hacer realidad esa “ilusión” del consumo; la situación familiar de muchos tampoco permite hacer realidad esa “ilusión” de reencuentros familiares; y quizá los Reyes Magos no van a poder traernos ese regalo que tanta “ilusión” nos hace. Y nos quedamos des-ilusionados.
Por eso, para nosotros, que queremos no sólo llamarnos sino ser de verdad cristianos, discípulos, apóstoles y santos, el tiempo de Adviento no ha de ser un tiempo “ilusionante”, sino “esperanzante”. El Adviento es, especialmente, un tiempo de esperanza, para vivir la esperanza.

El Papa Francisco dice: “la esperanza no es optimismo, no es esa capacidad de mirar las cosas con buen ánimo e ir adelante, y no es tampoco sencillamente una actitud positiva. Esto es algo bueno, pero no es la esperanza” (29 octubre 13).

La esperanza cristiana no es un sentimiento o un deseo de que “algo bueno ocurra”; si así fuera, correríamos el riesgo de que fuera “una ilusión” que la realidad se encargará de romper.

“La esperanza es una virtud arriesgada, una virtud, como dice san Pablo, de una ardiente espera hacia la revelación del Hijo de Dios. No es una ilusión. Es la que tenían los israelitas”, como hemos escuchado en la 1ª lectura: Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor… De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra.

Pero más aún, la esperanza cristiana tiene un nombre: Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, que murió en la Cruz y resucitó para nuestra salvación. La esperanza cristiana es “un encuentro, es encontrarse con el Señor; por eso es una virtud que nunca decepciona: si esperas, nunca te decepcionará” (23 octubre 18).

A ese encuentro estamos llamados. De ahí las palabras de San Pablo en la 2ª lectura: Daos cuenta del momento en que vivís… porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. No nos despistemos con cosas “ilusionantes”. Aprovechemos este tiempo “esperanzante” que es el Adviento, porque como nos ha dicho el Señor en el Evangelio: estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre. 

¿Tengo clara la diferencia entre ilusión, optimismo y esperanza? ¿Sé en qué consiste la esperanza cristiana? ¿Qué significa para mí el tiempo de Adviento? ¿Espero el encuentro con el Señor?

Aprovechemos el Adviento, el tiempo “esperanzante”. El Papa Francisco utiliza la imagen de “la mujer embarazada, la mujer que está esperando un hijo. ¡Está alegre! Y todos los días se toca la barriga para acariciar a ese niño, espera al niño, vive esperando a ese niño. Esta imagen puede hacernos comprender qué es la esperanza: vivir para ese encuentro. Esa mujer imagina cómo serán los ojos del niño, cómo será la sonrisa, cómo será, rubio o moreno… pero imagina el encuentro con el niño. Esta imagen puede ayudarnos a entender qué es la esperanza y a preguntarnos: “¿Yo espero así, concretamente, o espero un poco difuso? La esperanza es concreta, es cotidiana porque es un encuentro. Y cada vez que nos encontramos con Jesús en la Eucaristía, en la oración, en el Evangelio, en los pobres, en la vida comunitaria, cada vez damos un paso más hacia este encuentro definitivo. De ahí la esperanza de que los cristianos tengan la sabiduría de saber cómo regocijarse en los pequeños encuentros de la vida con Jesús, preparándose para esa reunión definitiva” (23 octubre 18). Ésta es la llamada, éste es el sentido y la razón de este tiempo “esperanzante” que es el Adviento. 

Aprendamos con la catequesis de la liturgia

1.- La liturgia es una forma suprema de catequesis que reúne al pueblo de Dios todos los días. La presencia y escucha de los textos sagrados condensa una forma de enseñanza de gran importancia. Y esa catequesis se hace de especiales resonancias en las misas dominicales, en las eucaristías del Día del Señor. Vemos así como las lecturas de este primer domingo de Adviento pues guardan oportuna continuidad con los textos del domingo anterior en el que celebrábamos la solemnidad de Cristo Rey.

2.- El consejo se repite: tenemos que estar vigilantes porque la venida del Señor está próxima. En realidad, cada vez, que las oraciones de la misa decimos “¡Ven, Señor Jesús!” o “¡Hasta que vuelvas!” rezamos ante la venida segunda de Jesús –la Parusía—que aunque mantenga el secreto del momento en que se vaya a producir no por eso es menos deseada por los fieles del Señor. Y es que, entre otras cosas, uno de los más grandes anhelos del cristiano es ese encontrarse a Jesús de una vez y para siempre.

3.- Celebramos este primer domingo de Adviento y con él iniciamos un nuevo año litúrgico y estrenamos nuevo ciclo, el A. Ya en el altar, y en el ornamento del templo, se apreciará que estamos iniciando la cuenta atrás para la llegada de Jesús a la Tierra. Renovamos, una vez más, el deseo de verle Niño, allá en Belén, junto a María y a José. Y nos proponemos a recorrer ese tiempo de espera en la convicción profunda que algo nuevo debe abrirse en nuestro interior, para mejor recibir al Hijo de Dios. Es el Padre Dios quien nos lo envía para que todos los hombres y mujeres se salven y para que la paz y el amor reinen entre todos.

4.- Y eso se trasluce claramente en la primera lectura, sacada del capítulo 63 del libro de Isaías. En ella se anuncia –a nosotros y al pueblo judío de quinientos años del nacimiento de Cristo— la paternidad sublime de Dios y que ella va a sustituir, por mejora evidente, a aquella otra que inició el Patriarca Abrahán, porque para esperar al Hijo antes hay que reconocer al Padre, al Dios de todos que es Padre para todos. Isaías lo dice claramente: nosotros somos arcilla y Dios es el alfarero.

5.- San Pablo en el fragmento que hemos escuchado hoy de la primera carta a los fieles de Corinto nos confirma con sencillez y profundidad esa paternidad de Dios Padre, por revelación de Jesucristo. Hay además un matiz muy importante para estos tiempos: el llamamiento que Pablo de Tarso que hace a los Corintos contiene una invocación a la unidad, por la misma que mantienen Padre e Hijo. Y hemos de tenerlo en cuenta en este primer día del Adviento. Hemos de esperar a Jesús pero todos unidos. Eso no significa un uniformismo a ultranza o un diseño exclusivo del pensamiento de los fieles cristianos.

6.- La discrepancia es posible y hasta aconsejable. Pero no en nada de lo que es fundamental y que no es otra cosa que nuestra comunión en la unidad de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Habría además una unidad operativa, útil y no restadora de libertades, que es la posición fraterna de todos aquellos que comparten la comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, pues dicha unidad es fuente de confianza para aquellos hermanos alejados que se acercan a nosotros.

7.- Hemos de esperar en el Señor. Lo dice el Evangelio de Marcos, que nos presidirá y nos enseñará durante este ciclo B. Pero esperar y confiar en Dios, no significa adentrarse por la senda de la vagancia y de la inoperancia. Hemos de pedir a Dios que nos cure, pero hemos de acudir al médico y poner toda nuestra voluntad en curarnos. Y así con todas las cosas de la vida. Es posible, no obstante, que el conocimiento de las ciencias modernas y de las tecnologías recién descubiertas nos lleven a pensar en lo contrario: que no necesitamos a Dios. Y eso puede ser un error fatal.

8.- Trabajamos junto a Dios para hacer un mundo mejor y para buscar el bienestar legítimo de nuestros hermanos. Sabemos que Jesús de Nazaret nos ha pedido que colaboremos con Dios Padre –con la Trinidad— en la redención de todos los hombres. Y la espera, hoy, que nos pide Marcos es un tiempo de esperanza, dirigido a hacer mejor nuestro trabajo, cuyas pautas fundamentales no son otras que esas ya muy sabidas de amar a Dios sobre todas las cosas y que ese mismo amor dirigido a los hermanos nos lleve a entregarnos a ellos, sin reservas, para su salvación y por tanto para su felicidad, tanto aquí en la tierra, como un poco más tarde, allá en el cielo. Despojémonos de todos los viejos hábitos, del viejo traje, para revestirnos de la gran esperanza de la llegada del Salvador del Mundo.

Ángel Gómez Escorial

Comentario al evangelio – Domingo I de Adviento

¡Estad preparados!

      Hay personas que viven toda la vida en el mismo lugar, en la misma ciudad. A veces ni siquiera salen del barrio. Dicen de un filósofo alemán que durante muchísimos años los vecinos ponían los relojes en hora cuando lo veían salir de su casa a dar su paseo de todas las tardes. No es así la vida del cristiano. Nosotros sabemos que estamos de paso. Hemos puesto nuestras tiendas aquí por un momento pero llegará otro momento en el que tendremos que partir. ¿Cuándo? Cuando venga el Señor. Y, ¿cuándo va a ser eso? Pues no lo sabemos. Pero sabemos que debemos estar siempre preparados porque en cualquier momento llegará el Señor a nuestras vidas. Justo entonces debemos saber acogerle y seguirle a donde nos invite a ir. Este es el significado del Adviento que hoy comenzamos. Nos preparamos para celebrar la venida del Señor en la Navidad, pero también nos preparamos para la otra venida, la futura, la definitiva, la que no nos podemos perder porque perderíamos la oportunidad de nuestra vida. 

      El Evangelio nos dice que la venida del Señor romperá todas las actividades habituales, aquello en lo que se nos van ordinariamente los días. Se dejará de hacer pan, de cultivar los campos, de ir al trabajo, de casarse. Porque ese día empezará algo radicalmente nuevo. Algo tan nuevo que es posible que sigamos haciendo pan y cultivando los campos y yendo al trabajo, pero todo tendrá un sentido nuevo y diferente porque el Señor estará en medio de nosotros. Su presencia curará nuestras heridas y hará que la justicia y la paz reinen entre las personas y los pueblos. Su presencia hará que nuestra vida sea diferente. Por eso, hay que estar atentos. No podemos dejar que la presencia del Señor nos encuentre despistados o sin preparar adecuadamente. 

      Es tiempo de hacer caso a lo que nos dice san Pablo en la carta a los Romanos. Ya es hora de despertarse porque la salvación está cerca. No sabemos cómo, dónde ni cuándo vendrá Jesús, pero sí sabemos que tenemos que estar preparados. Y para estar preparados, él nos da los mejores consejos: vamos a dejar de lado las obras de la oscuridad, las veces en que nos dejamos llevar por la envidia, la codicia y el desamor. Vamos a vivir como si Jesús ya estuviera aquí, que no hay mejor forma de estar preparados. Se trata de vivir a la luz del Evangelio, dejándonos llevar por el amor de Dios que cuida de sus hijos, de su familia, de nosotros. Volvamos los ojos hacia aquellos con los que vivimos. Con ellos, nunca sin ellos ni contra ellos, es como construiremos la solidaridad y la justicia que harán que nuestro Señor nos encuentre preparados cuando llegue. 

Para la reflexión

      Si el Señor llegase hoy a mi casa, ¿estoy ya preparado para su venida? ¿Qué cosas tendría que quitar de mi vida? ¿Qué cosas tendría que mejorar en mi vida? ¿Que habría que hacer en mi vida de familia, en mi relación con los amigos y en el trabajo? ¿Hay ahí cosas que cambiar o mejorar?

Fernando Torres, cmf