Vísperas – Lunes I de Adviento

VÍSPERAS

LUNES I DE ADVIENTO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.

Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.

Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.

Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida en su vida, su Amor en su amor
serían un día su gracia y su don.

Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.

SALMO 10: EL SEÑOR, ESPERANZA DEL JUSTO

Ant. El Señor se complace en el pobre.

Al Señor me acojo, ¿por qué me decís:
«Escapa como un pájaro al monte,
porque los malvados tensan el arco,
ajustan las saetas a la cuerda,
para disparar en la sombra contra los buenos?
Cuando fallan los cimientos,
¿qué podrá hacer el justo?

Pero el Señor está en su templo santo,
el Señor tiene su trono en el cielo;
sus ojos están observando,
sus pupilas examinan a los hombres.

El Señor examina a inocentes y culpables,
y al que ama la violencia él lo odia.
Hará llover sobre los malvados ascuas y azufre,
les tocará en suerte un viento huracanado.

Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor se complace en el pobre.

SALMO 14: ¿QUIÉN ES JUSTO ANTE EL SEÑOR?

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua,

el que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor,

el que no retracta lo que juró
aun en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Este es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

LECTURA: Flp 3, 20b-21

Aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo.

RESPONSORIO BREVE

R/ Despierta tu poder y ven a salvarnos, señor Dios de los ejércitos.
V/ Despierta tu poder y ven a salvarnos, señor Dios de los ejércitos.

R/ Que brille tu rostro y nos salve.
V/ Señor Dios de los ejércitos.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Despierta tu poder y ven a salvarnos, señor Dios de los ejércitos.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El ángel del Señor anunció a María, y concibió por obra del Espíritu Santo. Aleluya.
Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El ángel del Señor anunció a María, y concibió por obra del Espíritu Santo. Aleluya.

PRECES

Oremos al Señor que vendrá y nos salvará, y digámosle:

Ven, Señor, y sálvanos.

Señor Jesús, ungido del Padre y salvador de los hombres,
— ven pronto y sálvanos.

Tú que viniste al mundo,
— líbranos del pecado del mundo.

Tú que viniste del Padre,
— muéstranos el camino para ir al Padre.

Tú que fuiste concebido por obra del Espíritu Santo,
— renuévanos a nosotros con la fuerza de este mismo Espíritu Santo.

Tú que tomaste carne en el seno de la Virgen María,
— líbranos de la corrupción de la carne.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Acuérdate, Señor, de todos los hombres
— que, desde el comienzo del mundo, esperaron en ti.

Terminemos nuestra oración con la plegaria que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Concédenos, Señor Dios nuestro, permanecer alertas a la venida de tu Hijo, para que cuando llegue y llame a la puerta nos encuentre velando en oración y cantando su alabanza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

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Lectio Divina – Lunes I de Adviento

1) Oración inicial

Concédenos, Señor Dios nuestro, permanecer alerta a la venida de tu Hijo, para que cuando llegue y llame a la puerta nos encuentre velando en oración y cantando su alabanza. Por nuestro Señor Jesucristo. Amen.

2) Lectura

Del santo Evangelio según Mateo 8,5-11
Al entrar en Cafarnaún, se le acercó un centurión y le rogó diciendo: «Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos.» Dícele Jesús: «Yo iré a curarle.» Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: `Vete’, y va; y a otro: `Ven’, y viene; y a mi siervo: `Haz esto’, y lo hace.» Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande. Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos,

3) Reflexión

El Evangelio de hoy es un espejo. Evoca en nosotros las palabras que repetimos durante la Misa antes de comulgar: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. Mirando al espejo, este texto sugiere lo siguiente:
• La persona que busca a Jesús es un pagano, un soldado del ejército romano, que dominaba y explotaba a la gente. No es la religión, ni el deseo de Dios, sino más bien el sufrimiento y la necesidad que le impulsan a buscar a Jesús. Jesús no tiene ideas preconcebidas. No exige nada antes, acoge y escucha la petición del oficial romano.
• La respuesta de Jesús sorprende al centurión, ya que supera su expectativa. El centurión no esperaba que Jesús fuera a su casa. Se siente indigno: “Yo no soy digno”. Quiere decir que consideraba a Jesús como a una persona muy superior.
• El centurión expresa su fe en Jesús diciendo: “Di una sola palabra y mi siervo sanará”. El cree que la palabra de Jesús es capaz de sanar. ¿De dónde le nace una fe tan grande? ¡De su experiencia profesional de centurión! Porque cuando un centurión da órdenes, el soldado obedece. ¡Tiene que obedecer! Y así se imagina que ocurra con Jesús: basta que Jesús diga una palabra, y las cosas acontecen según la palabra. El cree que la palabra de Jesús encierra una fuerza creadora.
• Jesús queda admirado y elogia la fe del centurión. La fe no consiste en aceptar, repetir y declarar una doctrina, sino en creer y confiar en la persona de Jesús.

4) Para la reflexión personal

• Si me pongo en el lugar de Jesús, ¿cómo acojo y escucho a las personas de otras religiones?
• Si me pongo en el lugar del centurión: ¿cuál es la experiencia personal que me lleva a creer en Jesús?

5) Oración final

¡Acuérdate de mí, Yahvé,
hazlo por amor a tu pueblo,
ven a ofrecerme tu ayuda.
Para que vea la dicha de tus elegidos,
me alegre con la alegría de tu pueblo.
(Sal 106,4-5)

Palabra de Dios

Al comienzo del Adviento, la liturgia del día presenta dos mujeres, una creada a imagen y semejanza de Dios, otra concebida sin pecado para ser la madre de Dios. Las dos tienen que responder en libertad a la Palabra de Dios, Eva y María han de responder libremente al amor de Dios que experimentan tras escucharle en su corazón. Mientras Eva desoye y se deja engañar por el maligno, María escucha en fidelidad y obediencia, declarándose la esclava del Señor en aquel discurso mantenido con el ángel que le anuncia su futura maternidad. ¿Cómo será esto…?

El relato del Génesis nos traslada a los primitivos tiempos de la creación, en los que ya se anuncia el amor de Dios, que será motor para el envío del Mesías salvador de la humanidad. El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, usando la libertad fue introduciendo desórdenes y errores, desde el origen, con muchas desviaciones de generación en generación. En la plenitud de los tiempos, a través de los siglos de distintas maneras y modos Dios revela su amor, y el hombre lo reconoce paulatinamente grabado en su corazón en la Ley de Moisés, a través de los profetas, jueces o sacerdotes intérpretes de la revelación, hasta que llega el Mesías

Ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor

La terquedad del pueblo judío, elegido por Dios para ser su Señor- se mantendrá con esperanza, por una parte, la venida de un Mesías libertador, y por otra se mantiene sin reconocer su presencia cuando llega (por su independencia de la religiosidad oficial), con el nacimiento de Jesús el hijo del carpintero de Nazaret, esposo de María la Virgen Inmaculada.

María, la mujer llena de gracia nos habla de la sin-pecado, sin des-ordenes afectivos ni efectivos en su libertad cotidiana, algo que será totalmente compatible con limitaciones y dolores tanto orgánicos como psicológicos inherentes a su condición humana.

Llena de gracia

Las limitaciones de la mente humana nos obligan a hablar de un “organismo sobrenatural” haciendo referencia al orden inmaterial del ser propio. De alguna manera estamos usando palabras impropias que pueden llevarnos a la confusión; plenitud de gracia, llena de gracia, inmaculada las usamos en la vida coloquialmente, sin que podamos referirnos a cantidades exactas; es la consecuencia de negar aquello que se escapa a pesas y medidas, que a muchos científicos induce a negar realidades de tipo inmaterial: espirituales. La consecuencia de todo esto es que podemos equivocarnos al intentar valorar las obras buenas en razón de los méritos pesados y medidos un día tras otro del año.

San Pablo VI, en la exhortación apostólica Marialis cultus, dice: “Queremos, además, observar cómo en la liturgia de Adviento, uniendo la espera mesiánica y la espera del glorioso retorno de Cristo el admirable recuerdo de la Madre, presenta un feliz equilibrio cultual, que puede ser tomado como norma para impedir toda tendencia a separar, como ha ocurrido a veces en algunas formas de piedad popular el culto a la virgen de su necesario punto de referencia: Cristo”. El correr de los años confirma la validez y veracidad de sus afirmaciones magistrales.

El bautismo cristiano

El bautismo cristiano nos ofrece el nuevo nacimiento que Jesús indicó a Nicodemo como necesario, para entrar en el Reino de Dios. El devoto fariseo no lo entendió y tampoco los demás discípulos hasta que, convertidos y con nueva mentalidad, serían auténticos discípulos, y enviados a llevar la Buena Nueva de la redención por todas partes. Salvación anunciada, esperada y realizada con la vida, muerte y resurrección de Jesús (humano), y venida del Espíritu Santo al mundo entero, ya que Dios envió a su Hijo al mundo para que el mundo se salve.

Este recorrido vinculado a nuestro bautismo, vida nueva de hijos de Dios, para perdonar y ser perdonados es lo que el ángel anunció a María: sucedería con el fiat de su consen-timiento: Redimida, salvada, liberada del pecado por los méritos del Hijo que nacería de sus entrañas, Hijo, Dios y hombre verdadero.

La fiesta de la Inmaculada se centra anunciando el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. María se convierte así en la puerta por la cual Dios mismo entra en el mundo con figura humana, hecho hombre. Es puerta y, también, la primera discípula de Jesús en su etapa terrena, como mediadora y corredentora permanente. Su fidelidad de discípula en el Reino de Dios supera sus acciones biológicas de madre, igualmente necesarios en los misteriosos planes salvíficos y eternos..

En nuestros días, María sigue presente en la Iglesia sinodal, asamblea de los hijos de Dios, que aúnan sus esfuerzos de naturaleza y gracia para descubrir fielmente la voluntad amorosa del Padre rezando el Padrenuestro. Serán los discípulos que agradecen el amor misericordioso ofrecido a cada uno de ellos que recorren el camino terrenal, se encuentran en dolores y gozos y esperan aprender de ella a servir a Dios, presente en el prójimo, con actitudes de humilde amor compasivo y fraterno.

Oremos: ¡Dios te salve, María!, llena de gracia; !el Señor está contigo! Santa María, Madre de Dios ¡ruega por nosotros pecadores!

Fray Manuel González de la Fuente

Comentario Lunes I de Adviento

El evangelista narra que al entrar Jesús en Cafarnaúm un centurión romano se acercó a él para interceder por su criado, al que tenía en cama paralítico y con grandes sufrimientos. Llama la atención que un militar del ejército invasor se acerque a un judío, miembro del pueblo sometido, para pedirle un favor. Lo hace sin exigencias, limitándose a notificarle la situación del enfermo para el que pide su intervención. Jesús le responde con toda naturalidad, como si la condición del centurión pagano no significara ningún inconveniente: Voy a curarlo. E inmediatamente reacciona el solicitante, consciente de la situación y pretendiendo allanar las cosas: Señor, le dice, ¿quién soy yo para que entres bajo mi techo? Basta que los digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque también yo vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: «Ve», y va; al otro: «Ven», y viene; a mi criado: «Haz esto», y lo hace. Se dirige a Jesús con sumo respeto, lo llama Señor, y sabiendo que un judío puede tener motivos fundados (= religioso-legales) para no entrar en casa de un pagano, quiere evitarle problemas. Sea ésta u otra la razón, el caso es que aquel centurión se declara indigno de tener a Jesús bajo su techo, pues se trata de la casa de un pagano, es decir, de un pecador. Y él es consciente de ello. Es una nueva muestra de humildad. Ya era un acto de humildad acercarse a Jesús, un judío, para pedirle un favor; ahora se refuerza aún más esa humildad al considerarse indigno de su presencia en casa.

El centurión tiene un sentido muy realista de la situación; lo que demuestra que humildad es realidad. Pero además muestra tener una gran fe en él: Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Confía tanto en el poder de su palabra, que no necesita siquiera del contacto físico para obtener el beneficio solicitado. Aquel centurión había oído hablar de Jesús y de su poder milagroso para curar; de lo contrario, no habría acudido a él. Tal vez le había visto actuar con sus propios ojos, acercarse a un ciego o a un sordo, tocarle, pronunciar una palabra y devolverle la vista o el oído. Ahora entiende que no necesita siquiera la cercanía del enfermo, el contacto físico con él, para devolverle la salud. Su palabra, incluso en la distancia, es suficientemente poderosa para lograr el efecto curativo. Y así se lo hace saber. Él vive en la disciplina militar: acata órdenes y da órdenes. Y cuando da órdenes a sus subordinados, estos las ejecutan, porque su palabra tiene eficacia, como la tiene también la palabra de sus superiores en él. Pues cuánta mayor eficacia habrá de tener la palabra «misteriosa» de un profeta como Jesús, que ya ha demostrado en numerosas ocasiones su capacidad de mando o su eficacia sobre los espíritus inmundos o las fuerzas de la naturaleza. Se trata, pues, de alguien que confía en el poder de la palabra dicha con autoridad y que a Jesús le concede mucha autoridad, al menos en materia de salud. Por eso, le basta con su palabra para que su criado recobre la movilidad. Si él le dice: «Levántate», su criado se levantará; porque la palabra de Jesús tiene más fuerza que la suya propia, que también tiene fuerza para mover a sus soldados.

Cuando Jesús, nos dice el evangelista, oyó esta declaración de intenciones, quedó admirado, y no era para menos: admirado por aquel de quien procedían, admirado por su fuerza de convicción. Y dijo a los que le seguían, con afán de instruir: Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta feOs digo que vendrán muchos de Oriente y de Occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos. Son palabras muy elogiosas y consoladoras para un pagano, que es colocado por encima del judío en aquello en lo que el judío debía estar muy por encima de él. Jesús manifiesta no haber encontrado entre los israelitas, pueblo elegido de Dios, una fe como la que ha encontrado en este militar extranjero y pagano. Por eso profetiza que vendrán muchos de lejos, de Oriente y de Occidente, y ocuparán puestos de honor en el Reino de los cielos; porque para ocupar este rango sólo se requiere tener fe, la fe que ha mostrado tener el centurión de Cafarnaúm. Jesús, que tan bien conoce el corazón humano, se dejó admirar sin embargo por esta fe. Si nos ceñimos al texto evangélico, tenemos que pensar que realmente le sorprendió la actitud confiada y humilde de aquel centurión. Hay actitudes que realmente sorprenden al descubrirlas en ciertas personas, porque no esperábamos encontrarlas en ellas.

Pero Dios hace continuamente milagros. Por eso podemos ver cambiar la actitud de algunas personas a las que creíamos muy alejadas de Dios o incapaces de hacer una obra buena o de compadecerse mínimamente de alguien. Hay actitudes que nos sorprenden por su bondad o por su fe procediendo de quién procede. Pero insisto. Dios puede cambiar los corazones con relativa facilidad. Nuestra fe no tendría que resultar sorprendente a ninguno de los que nos contemplan, porque estamos bautizados, porque somos cristianos, porque acudimos a misa y procuramos hacer el bien, y sin embargo quizá mereciera la pena que alguna vez provocáramos sorpresa o admiración por nuestra fe, por el grado de fe, por la calidad de esa fe. La fe, como la del centurión, tiene un enorme componente de confianza: confianza en la bondad, confianza en el poder, confianza en la eficacia de alguien, confianza en Dios. Sin confianza no podemos andar por la vida. No podemos movernos en la arena movediza de la sospecha o de la desconfianza. Y hay finalmente hombres y situaciones que no pueden garantizar nuestra confianza, porque se muestran tan frágiles como nosotros para afrontar el problema. Entonces, ¿en quién podremos confiar? Sólo Dios es fundamento suficiente de nuestra confianza. Sólo Él puede sostener últimamente nuestra fe. Y sólo esta fe le permite actuar en nuestro favor y en el de todos aquellos por quienes intercedemos.

 

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

200. Las raíces no son anclas que nos atan a otras épocas y nos impiden encarnarnos en el mundo actual para hacer nacer algo nuevo. Son, por el contrario, un punto de arraigo que nos permite desarrollarnos y responder a los nuevos desafíos. Entonces tampoco sirve «que nos sentemos a añorar tiempos pasados; hemos de asumir con realismo y amor nuestra cultura y llenarla de Evangelio. Somos enviados hoy para anunciar la Buena Noticia de Jesús a los tiempos nuevos. Hemos de amar nuestra hora con sus posibilidades y riesgos, con sus alegrías y dolores, con sus riquezas y sus límites, con sus aciertos y sus errores»[110].


[110] Eduardo Pironio, Mensaje a los jóvenes argentinos en el Encuentro Nacional de Jóvenes en Córdoba (12-15 septiembre 1985), 2.

Homilía – Inmaculada Concepción de María

1.- «Me he escondido» (Gen 3,9-15.20)

El pecado es un «esconderse» de Dios y «esconderse d uno mismo». El pecado nos deja «desnudos». Pone así de manifiesto lo peor que llevamos dentro. El pecado y la desnudez. La desnudez y la inmadurez de quien no le ha sacado a la vida todo lo que ella ofrece para cubrir y enriquecer.

Aquel percibir «la desnudez» desencadena la huida y el hombre intenta esconderse de su Dios. Así es la realidad del pecado: desnudos y avergonzados. ¿El futuro? La posibilidad de un nuevo «enriquecimiento», de una nueva vestidura desde la que pueda el hombre, cubierta su desnudez, ser interlocutor de Dios.

Entre presente y futuro, el camino de una nueva descendencia. La que vestirá de gracia a quien el pecado había dejado en su vergonzosa desnudez. Y, para la realidad de la prometida descendencia, la mirada hacia una nueva mujer. Ella dará un fruto bendito de su vientre. La descendencia en la que, de nuevo, serán benditas todas las generaciones.

2.- «Nos eligió en la persona de Cristo» (Ef 1,3-6.11-12)

El proto-evangelio del Génesis (primera lectura) había dejado abierta la elección y los momentos. La seguridad era cierta: la promesa habría de cumplirse. En la tensión entre promesa y cumplimiento, la elección y la misión. También, y de modo principal, la elección de María, la primera entre los creyentes. En ella se cumple de una manera especial «el intento»: «Para que fuéramos santos e irreprochables ante él por el amor».

María-madre y María-hija, destinada, como todos los creyentes, «en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos». Hijos de Dios en el Hijo Jesús… Y tan buenos hijos que pudiéramos ser «gloria de su gracia». La «llena de gracia» es la mayor gloria de Dios en la humanidad redimida. Ella es verdadera «alabanza de Dios». La heredera fiel del querer salvífico del Padre.

Pero, como María, todos. Ella es de nuestra raza de creyentes. Y «la alabanza de la gloria de Dios», que es su vida, es también la vocación de todos los que creemos. Ser también nosotros «inmaculados y santos por el amor».

 

3.- «No temas, María» (Lc 1,26-38)

El esquema bíblico de llamada y de misión se cumple también en el anuncio del ángel. Así como se cumple también la turbación, que se traduce en el miedo. También necesita María la seguridad de la confianza-. «No temas, María».

«No temas», porque Dios te ha hecho «la llena de gracia». Tan llena, que no ha quedado ni una sola dimensión de tu vida mancillada por el pecado; tan llena, que llevas en tus entrañas al dador mismo de la gracia; tan llena, que cuando lo des a luz lo vas a derramar sobre el mundo como gracia; tan llena, porque «El Espíritu del Señor te cubrirá con su sombra»; tan llena, porque «el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios».

«No temas, María». Tu plenitud nos sabe a utopía… Y nos equivocamos, «porque lo imposible para el hombre es posible para Dios»… Y esa vocación de una plenitud de gracia también es vocación que al creyente se propone… Nosotros vamos aún caminando… Pero imitamos en nuestra vida el misterio de tu ser madre-, concebimos a Jesús por la Palabra; lo gestamos, cuando en el corazón va creciendo; lo damos a luz, mediante nuestro testimonio cristiano de vida. «Bendita tú, que has creído -benditos nosotros, que creemos-, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá».

Jirón de cielo azul

«¡Jirón de cielo azul!» dijo que eras
un poeta de raza, mi Señora…,
aunque yo te prefiero valedora
del marchito vergel de mis afueras…

¡Blanca flor de infinitas primaveras!,
en Ti se cumplió el tiempo, el día, la hora.
Eres…, fuiste…, serás mi intercesora
en todos mis naufragios y quimeras.

«¡Jirón de cielo azul!». Cabal doncella.
Ideal de santidad. Vivida estrella,
en que prende su luz la luz del día.

Arca de la Palabra y la Alianza.
Torre en que se hace fuerte mi esperanza,
«¡jirón de azul…!» ¡Virgen María!

 

Pedro Jaramillo

Lc 1, 26-38 (Evangelio – Inmaculada Concepción de María)

La respuesta a la gracia, cura el pecado

El evangelio de la «Anunciación» es, sin duda, el reverso de la página del Génesis. Así lo han entendido muchos estudiosos de este relato maravilloso lleno de feminismo y cargado de símbolos. Aunque aparentemente no se usen los mismos términos, todo funciona en él para reivindicar la grandeza de lo débil, de la mujer. Para mostrar que Dios, que había creado al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, tiene que decir una palabra definitiva sobre ello. Es verdad que hay páginas en el mundo de la Biblia que están redactadas desde una cultura de superioridad del hombre sobre la mujer. Pero hay otras, como este evangelio, que dejan las cosas en su sitio. Cuando Dios quiere actuar de una forma nueva, extraordinaria e inaudita para arreglar este mundo que han manchado los poderosos, entonces es la mujer la que se abre a Dios y a la gracia.

Se han hecho y se pueden hacer muchas lecturas de este relato asombroso. Puede ser considerado como la narración de la vocación a la que Dios llama a María, una muchacha de Nazaret. Todo en esta aldea es desconocido, el nombre, la existencia, e incluso el personaje de María. Es claro que, desde ahora, Nazaret es punto clave de la historia de la salvación de Dios. Es el comienzo, es verdad, no es final. Pero los comienzos son significativos. En el Génesis, los comienzos de la «historia» de la humanidad se manchan de orgullo y de miedo, de acusaciones y de despropósitos. Aquí, en los comienzos del misterio de la «encarnación», lo maternal es la respuesta a la gracia y abre el camino a la humanización de Dios. María presta su seno materno a Dios para engendrar una nueva humanidad desde la gracia y el amor. ¿Cómo? Entregando su ser humano a la voluntad de Dios. Querer decir más sería entrar en una elucubración de conceptos y afirmaciones «dogmáticas» que nos alejarían del sentido de nuestro relato.

El relato tiene todo lo mítico que se necesita para hablar de verdades profundas de fe (si aparece un ángel es por algo); no debemos ser demasiado «piadosillos» en su interpretación. En realidad todo acontece de parte de Dios, pero no en un escenario religioso. Por eso es más asombrosa esta narración que, sin duda, tiene de histórico lo que le sucede a María en su vida. Ella es una criatura marginal que ha sido elegida por Dios, y esto es tan real como histórico. Su hijo será también un judío marginal. Es un relato que no está compuesto a base de citas bíblicas, pero sí de títulos cristológicos: grande, Hijo del Altísimo, recibirá el trono de David su padre. Todo eso es demasiado para una muchacha de Nazaret. Y todo ocurre de distinta manera a como ella lo había pensado; ya estaba prometida a un hombre. Ella pensaba tener un hijo, ¡claro!, pero que fuera grande, Hijo del Altísimo y rey (Mesías en este caso), iba más allá de sus expectativas. Pero sucede que cuando Dios interviene, por medio del Espíritu, lo normal puede ser extraordinario, lo marginal se hace necesario. Esa es la diferencia entre fiarse de Dios como hace esta joven de Nazaret o fiarse de «una serpiente» como hizo la mítica Eva.

María de Nazaret, pues, la «llena de gracia», está frente al misterio de Dios, cubierta por su Espíritu, para que su maternidad sea valorada como lo más hermoso del mundo. Sin que tengamos que exagerar, es la mujer quien más siente la presencia religiosa desde ese misterio maternal. Y es María de Nazaret, de nuestra carne y de nuestra raza, quien nos es presentada como la mujer que se abre de verdad al misterio del Dios salvador. Ni los sacerdotes, ni los escribas de Jerusalén, podían entenderlo. La «llena de gracia» ( kejaritôménê ), con su respuesta de fe, es la experiencia primigenia de la liberación del pecado y de toda culpa. Dios se ha hecho presente, se ha revelado, a diferencia del Sinaí, en la entraña misma de una muchacha de carne y hueso. No fue violada, ni maltratada, ni forzada… como otras como ella lo eran por los poderosos soldados de imperio romano que controlaban Galilea. Fue el amor divino el que la cautivo para la humanidad. Por eso, en un himno de San Efrén (s. IV) se la compara con el monte Sinaí, pero el fuego devorador de allí y la llama que los serafines no pueden mirar, no la han quemado. Esta «teofanía» divina es otra cosa, es una manifestación de la gracia materna de Dios.

Rom 15, 4-9 (2ª lectura – Inmaculada Concepción de María)

Perseverancia y consuelo

Nuevamente en este domingo, en la carta a los Romanos, Pablo hace referencia a las Escrituras, en este caso al Antiguo Testamento, para que de ellas podamos sacar unas consecuencias inmediatas: perseverancia y consuelo. Son dones que proceden de Dios. Perseverancia, porque hay que tener en cuenta que Dios no falta a su alianza y a sus promesas; ha prometido un mundo mejor, nuevo, justo, (sería en este caso la promesa de la primera lectura de Isaías) y si perseveramos en fiarnos de esa promesa, la verán nuestro ojos.

Consuelo, porque cuando verificamos lo lejos que estamos de ese estado ideal y casi olímpico; la actitud cristiana no puede ser la desesperación; debemos consolarnos porque algo absolutamente nuevo nos viene de parte de Dios. Y el Adviento es un tiempo propicio para ello. El ejemplo que propone es Cristo, servidor de judíos y paganos, de magnitudes irreconciliables, de mentalidades opuestas. Cristo es el futuro de todos los hombres. Este ideal no puede perderse para los seguidores del evangelio, para las comunidades cristianas que viven en cualquier parte del mundo. El Adviento es un tiempo ideal, es su idiosincrasia, porque es un tiempo de promesas que adelantan un futuro de lo que un día debe ser lo que Dios ha querido para toda la humanidad.

Gén 3, 9-15.20 (1ª Lectura – Inmaculada Concepción de María)

El egoísmo del pecado

La primera lectura de Génesis 3,9-15.20 es la exposición catequética y teológica de un autor llamado «yahvista» (la tesis más extendida), que se limita a poner por escrito toda la tradición religiosa de siglos, en ambientes culturales diversos, sobre la culpabilidad de la humanidad: Adán-Eva. Lo prohibido o lo vedado nos abruma, nos envuelve, nos fascina, nos empapa en libertad desmesurada, hasta que vemos que estamos con las manos vacías. Entonces empiezan las culpabilidades: la mujer, el ser débil frente al fuerte, como ha sucedido en casi todas las culturas, carga con más culpa por parte del varón, pero no por parte de Dios. Y por medio aparece el mito de la serpiente, como símbolo de una inteligencia superior a nosotros mismos, que no es divina, pero lo parece.

Es muy razonable que debamos desmitologizar muchas cosas del relato, pero eso no quiere decir que esté falto de sentido. Es verdad que hoy no podemos concebir que el «pecado original» consista en comer o no comer de un árbol prohibido. Pero el relato deja ciertas pistas que son elocuentes: el ser humano, instigado por la serpiente, quiere absolutizar su vida, quiere absolutizarse a sí mismo y apoderarse de lo creado como un ser divino, prescindiendo del Dios creador. A la vez, la «experiencia de alteridad» se muestra en que el otro es peor que yo; esto sí que explica muchos males en la historia de la humanidad. Así comienza un camino de despropósitos, sencillamente porque el ser humano, con su chispa divina en el corazón y en el alma, no es nada sin Dios. ¿Quién podrá devolver a la humanidad todo su sentido? Dios mismo, pero cuando la humanidad se abra profundamente a su creador.

El mal siempre ha sido descrito míticamente. Pero en realidad el mal lo hacemos nosotros y lo proyectamos al que está frente de nosotros, especialmente si es más débil, según la una visión cultural equivocada. ¿Quién podrá liberarnos de ello? Siempre se ha visto en este texto una promesa de Dios; una promesa para que podamos percibir que el mal lo podemos vencer, sin proyectarlo sobre el otro, si sabemos amar y valorar a quien está a nuestro lado; en este caso el hombre a la mujer y la mujer al hombre.

Comentario al evangelio – Lunes I de Adviento

Ayer Isaías, San Pablo y el propio Jesús nos daban la señal de salida en el camino del Adviento: “caminemos a la luz del Señor”; “andemos como en pleno día … revestidos del Señor Jesucristo”; … “estad en vela … estad preparados”. Llamadas a la conversión y a la esperanza que resuenan con fuerza en nuestros corazones, tentados de tristeza y desesperanza en medio de tanta oscuridad como nos rodea.

Hemos comenzado el Adviento, y este primer lunes nos sorprende, como sorprendió a Jesús, el testimonio de un extranjero: “Os aseguro que en Israel no he encontrado tanta fe”. Aprender a confiar en el amor incondicional y fiel del Señor quizás sea el primer paso de conversión que hemos de dar para estar atentos a su venida.

En nuestro contexto cultural europeo y occidental, el de los países ricos y poderosos de hoy, mantener esa confianza radical en el amor de Dios encarnado no es fácil. Nuestras sociedades “desarrolladas” o se han olvidado de Dios, o lo han reducido a un falso dios que justifica el lujo y el consumo desmedido a costa de la desigualdad creciente, del injusto empobrecimiento de muchos y de la destrucción de la Naturaleza. Pero también hoy nos encontramos a veces con testimonios sorprendentes de fe.

No hace mucho, una hondureña me confesaba entre lágrimas que creía haber perdido su fe: estaba hundida por la pobreza y la violencia sufridas por su familia, por las injusticias y humillaciones padecidas en sus esfuerzos por emigrar, por las duras condiciones de vida y de trabajo para los que lo conseguían. “¿Cómo puede Dios permitir todo esto?; No lo entiendo: ¿por qué?”. Sin saber muy bien cómo consolarla, le pregunté por qué había venido a misa y a confesarse si había perdido la fe. La cara se le iluminó con una sonrisa: “Viera, Padre: cuando siento a Jesús cerquita todo se ilumina. He venido porque confío en Él, porque sé cuánto nos ha amado y cuánto nos ama”.

Dejémonos sorprender. Cuando menos lo esperamos, alguna inmigrante, algún discapacitado, algún sintecho, algún enfermo terminal, … a pesar de su pequeñez o su dolor, nos puede dar una verdadera lección de fe.

Javier Goñi