Vísperas – Lunes II de Adviento

VÍSPERAS

LUNES II ADVIENTO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Jesucristo, Palabra del Padre,
luz eterna de todo creyente:
ven y escucha la súplica ardiente,
ven, Señor, porque ya se hace tarde.

Cuando el mundo dormía en tinieblas,
en tu amor tú quisiste ayudarlo
y trajiste, viniendo a la tierra,
esa vida que puede salvarlo.

Ya madura la historia en promesas,
sólo anhela tu pronto regreso;
si el silencio madura la espera,
el amor no soporta el silencio.

Con María, la Iglesia te aguarda
con anhelos de esposa y de madre,
y reúne a sus hijos en verla,
para juntos poder esperarte.

Cuando vengas, Señor, en tu gloria,
que podamos salir a tu encuentro
y a tu lado vivamos por siempre,
dando gracias al Padre en el reino. Amén.

SALMO 44: LAS NUPCIAS DEL REY

Ant. Eres el más bello de los hombres; en tus labios se derrama la gracia.

Me brota del corazón un poema bello,
recito mis versos a un rey;
mi lengua es ágil pluma de escribano.

Eres el más bello de los hombres,
en tus labios se derrama la gracia,
el Señor te bendice eternamente.

Cíñete al flanco la espada, valiente:
es tu gala y tu orgullo;
cabalga victorioso por la verdad y la justicia,
tu diestra te enseñe a realizar proezas.
Tus flechas son agudas, los pueblos se te rinden,
se acobardan los enemigos del rey.

Tu trono, oh Dios, permanece para siempre,
cetro de rectitud es tu centro real;
has amado la justicia y odiado la impiedad:
por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido
con aceite de júbilo
entre todos tus compañeros.

A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos,
desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas.
Hijas de reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina,
enjoyada con oro de Ofir.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Eres el más bello de los hombres; en tus labios se derrama la gracia.

SALMO 44:

Ant. ¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!

Escucha, hija, mira: inclina tu oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna;
prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor.
La ciudad de Tiro viene con regalos,
los pueblos más ricos buscan tu favor.

Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras:
la traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.

«A cambio de tus padres, tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra.»

Quiero hacer memorable tu nombre
por generaciones y generaciones,
y los pueblos te alabarán
por los siglos de los siglos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. ¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

LECTURA: Flp 3, 20b-21

Aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo.

RESPONSORIO BREVE

R/ Despierta tu poder y ven a salvarnos, señor Dios de los ejércitos.
V/ Despierta tu poder y ven a salvarnos, señor Dios de los ejércitos.

R/ Que brille tu rostro y nos salve.
V/ Señor Dios de los ejércitos.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Despierta tu poder y ven a salvarnos, señor Dios de los ejércitos.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Mira, el Rey viene, el Señor de la tierra, y él romperá el yugo de nuestra cautividad.
Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Mira, el Rey viene, el Señor de la tierra, y él romperá el yugo de nuestra cautividad.

PRECES

Supliquemos, hermanos, a Cristo, juez de vivos y muertos, y digámosle confiados:

Ven, Señor Jesús.

Haz, Señor, que tu justicia, que pregonan los cielos, también la reconozca el mundo,
— para que tu gloria habite en nuestra tierra.

Tú que por nosotros quisiste ser débil en tu humanidad,
— fortalece a los hombres con la fuerza de tu divinidad.

Ven, Señor, y con la luz de tu palabra
— ilumina a los que viven sumergidos en las tinieblas de la ignorancia.

Tú que con tu humillación borraste nuestros pecados,
— por tu glorificación llévanos a la felicidad eterna.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que vendrás a juzgar al mundo con gloria y majestad,
— lleva a nuestros hermanos difuntos al reino de los cielos.

Fieles a la recomendación del Salvador, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, suban a tu presencia nuestras súplicas y colma en tus siervos los deseos de llegar a conocer en plenitud el misterio admirable de la encarnación de tu Hijo. Él que vive y reina contigo en la unida del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Lunes II de Adviento

1) Oración inicial

Señor, suban a tu presencia nuestras súplicas y colma en tus siervos los deseos de llegar a conocer en plenitud el misterio admirable de la encarnación de tu Hijo. Que vive y reina. Amen.

2) Lectura

Del santo Evangelio según Lucas 5,17-26
Un día que estaba enseñando, había sentados algunos fariseos y doctores de la ley que habían venido de todos los pueblos de Galilea y Judea, y de Jerusalén. El poder del Señor le hacía obrar curaciones. En esto, unos hombres trajeron en una camilla a un paralítico y trataban de introducirle, para ponerle delante de él. Pero no encontrando por dónde meterle, a causa de la multitud, subieron al terrado, le bajaron con la camilla a través de las tejas y le pusieron en medio, delante de Jesús. Viendo Jesús la fe que tenían, dijo: «Hombre, tus pecados te quedan perdonados.»
Los escribas y fariseos empezaron a pensar: «¿Quién es éste, que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?» Conociendo Jesús sus pensamientos, les dijo: «¿Qué estáis pensando en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: `Tus pecados te quedan perdonados’, o decir: `Levántate y anda’? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados -dijo al paralítico-: `A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’.» Y al instante, levantándose delante de ellos, tomó la camilla en que yacía y se fue a su casa, glorificando a Dios.
El asombro se apoderó de todos y glorificaban a Dios. Y llenos de temor, decían: «Hoy hemos visto cosas increíbles.»

3) Reflexión

• Sentado, Jesús enseña. A la gente le gustaba escucharle. ¿Cuál es el tema de la enseñanza de Jesús? Hablaba siempre de Dios, de su Padre, pero hablaba de él de forma nueva, atractiva, no como hacían los escribas y los fariseos. (Mc 1,22.27). Jesús representaba a Dios como la gran Buena Noticia para la vida humana; a un Dios Padre/Madre que ama y acoge a las personas, y a un Dios que no amenaza, ni condena.
• Un paralítico es transportado por cuatro hombres. Jesús es para ellos la única esperanza. Viendo su fe, dice al paralítico: ¡tus pecados te son perdonados! En aquel tiempo, la gente creía que los defectos físicos (parálisis, etc.) fuesen un castigo de Dios por los pecados cometidos. Por ello, los paralíticos y muchos otros discapacitados físicos se sentían rechazados y excluidos por Dios. Jesús enseñaba lo contrario. La fe tan grande del paralítico era una señal evidente de que aquellos que lo ayudaban eran acogidos por Dios. Por ello Jesús exclama: ¡Tus pecados te son perdonados! Es decir: “Dios no te rechaza”.
• La afirmación de Jesús no sintoniza con la idea que los doctores tenían de Dios. Por ello reaccionan: ¡Ese hombre habla de forma muy escandalosa! Según su enseñanza, solamente Dios podía perdonar los pecados. Y solamente el sacerdote podía declarar que una persona es perdonada y purificada. ¿Cómo es que Jesús sin estudios, un seglar, podía declarar al paralítico que era perdonado y purificado de sus pecados? Y entonces, si un simple seglar podía perdonar los pecados, los doctores y los sacerdotes iban a perder su poder y además ¡la fuente de sus entradas! Por esto reaccionan y se defienden.
• Jesús justifica su acción diciendo: ¿Qué es más fácil decir: Tus pecados te son perdonados o levántate y anda? Evidentemente, es mucho más fácil decir: “Tus pecados te son perdonados”. Ya que nadie puede comprobar, de hecho, si el pecado ha sido perdonado o no. Pero si yo digo: “¡Levántate y anda!”, en este caso todos pueden ver si uno tiene poder o no de sanar. Por ello, para demostrar que, en nombre de Dios, él tenía poder de perdonar los pecados, Jesús dice al paralítico: ”¡Levántate y anda!” ¡Sana al hombre! Y así hace ver que la parálisis no es un castigo de Dios por el pecado, y hace ver que la fe de los pobres es una muestra de que Dios los acoge en su amor.

4) Para la reflexión personal

• Si me pongo en el lugar de los que ayudan al paralítico: ¿sería capaz de ayudar a un enfermo, subirlo al techo, y hacer lo que hicieron los cuatro hombres? ¿Tengo tanta fe?
• ¿Cuál es la imagen de Dios que llevo dentro y que se irradia hacia los demás? ¿La de los doctores o la de Jesús? ¿Dios de compasión o de amenaza?

5) Oración final

¡Acuérdate de mí, Yahvé,
hazlo por amor a tu pueblo,
ven a ofrecerme tu ayuda.
Para que vea la dicha de tus elegidos,
me alegre con la alegría de tu pueblo. (Sal 106,4-5)

¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?

Hemos dicho, en la monición de entrada, que este domingo es una especie de puente entre la primera y la segunda parte del adviento, un puente que nos permite unir la venida del Señor en la humildad de nuestra carne con su venida, al final de los tiempos, en gloria y majestad. Y el puente que une estas dos venidas es otra venida, la del Señor que viene a nuestro encuentro en cada persona y en cada acontecimiento, para que lo recibamos en la fe y por el amor demos testimonio de la llegada de su reino (como dice el prefacio tercero del adviento).

El misterio de la Encarnación no es algo que afecta solamente a Jesús de Nazaret. Pues como bien dice el Magisterio reciente (Vaticano II, Juan Pablo II), inspirándose en la teología patrística, con su encarnación el hijo de Dios se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Por tanto, en cada vida humana, vida de hija e hijo de Dios, se prolonga este misterio de unión de lo divino con lo humano. En cada vida humana se hace presente el misterio de Cristo: “a mi me lo hicisteis”, dice el Señor de la gloria cuando aclara a los que cuidaron del pobre y desvalido que él mismo estaba allí presente. Por eso no dice: “yo estaba contento porque cumplíais mi voluntad”, sino: “a mi me lo hicisteis”. A mí, o sea, yo estaba allí, presente en el necesitado. Del mismo modo que la humanidad de Jesús es el sacramento de Dios, su presencia entre nosotros, el desvalido o el enfermo es el sacramento de Cristo, su presencia entre nosotros.

Las lecturas de hoy (Isaías, salmo responsorial y Evangelio) van en esta línea: los signos de la presencia de Cristo y de su Reino se encuentran allí donde los ciegos ven, los sordos oyen, los leprosos quedan limpios, el huérfano y la viuda son acogidos. O sea, allí donde se beneficia al ser humano, allí donde se cuida del hermano, allí donde el mal retrocede. Estos signos que Jesús hacía, estamos llamados a hacerlos ahora los cristianos, para ser así presencia de Cristo para el otro. Si el cristiano ve en el prójimo necesitado a Cristo que allí está mendigando su amor, el necesitado debe ver en el cristiano solidario y fraterno la presencia de Cristo que se acerca a él, dando amor.

La segunda lectura es una exhortación a la paciencia. ¿A quién le pide paciencia el autor de esta carta? A los injustamente tratados. Esta paciencia no pretende justificar ninguna injusticia, tampoco es una llamada a la resignación. Lo que busca es sostener a los atribulados en sus luchas y combates contra la injusticia. La venida gloriosa del Señor dejará muy claro que el mal no tiene ningún futuro. Esta esperanza sostiene la paciencia de los buenos y les impulsa a trabajar por el bien con todas sus fuerzas. En este sentido esta lectura nos invita a adelantar el Reino de Dios en todo lo que hacemos.

Así es como podemos vivir el adviento con esperanza y alegría cristiana, así es como podemos esperar la segunda venida de Cristo sin temor, así es como podemos celebrar gozosamente el misterio que en Navidad se nos recuerda. Adviento no es un tiempo para llenar la casa con compras superfluas, tampoco es un tiempo para ambicionar el dinero de una lotería que no nos tocará, sino que es tiempo para descubrir al Señor que se nos hace presente en cada hombre y en cada acontecimiento, tal como dice el prefacio de nuestra eucaristía (suponiendo que el celebrante considere oportuno proclamar el tercer prefacio de adviento).

Fray Martín Gelabert Ballester

Comentario – Lunes II de Adviento

San Lucas nos presenta a Jesús enseñando. Le espían unos fariseos y maestros de la ley, que se han constituido en los jueces de su enseñanza y de sus acciones. Y el poder del Señor –precisa el evangelista- lo impulsaba a curar. Sus curaciones se conciben, pues, como poderosos impulsos de Dios que operaba en él. Llegan hasta la casa en la que se encontraba Jesús unos hombres que llevaban a un paralítico en una camilla. Como no tenían por donde introducirlo debido al gentío, deciden subirse a la azotea y descolgarlo desde allí, después de haber separado unas losetas y hecho un boquete para bajarlo. Y así colocan al paralítico con su camilla en el centro de la sala, delante de Jesús. Jesús interpreta que aquellos hombres no sólo son concienzudos, sino que además tienen fe, fe en que van a lograr lo que pretenden llevando a aquel paralítico a su presencia. Ve (porque la fe se puede ver en sus manifestaciones) de tal manera la fe que tenían, que dirigiéndose al paralítico le dice: Hombre, tus pecados están perdonados.

No era, seguramente, lo que el paralítico y sus acompañantes esperaban oír. Tampoco lo esperaban los fariseos-espías. Lo que perseguía el paralítico y sus portadores al presentarse allí era su curación. No buscaban a un sacerdote para que le diera la unción de enfermos o la absolución; buscaban a un sanador que devolviera la movilidad a sus miembros. Pero la reacción de los letrados y fariseos no se hizo esperar. Al oír aquellas palabras absolutorias entendieron de inmediato que se encontraban ante un blasfemo o ante alguien que dice blasfemias; pues ¿quién puede perdonar pecados más que Dios? Y es verdad. En realidad sólo Dios puede perdonar pecados con una operación que implique la destrucción de esos pecados, la aniquilación de esos males que nos tienen paralíticos. Sólo Dios puede perdonar pecados, perdonar hasta destruir el mal o hasta curar la enfermedad. Jesús se estaba atribuyendo, a juicio de los fariseos ilícitamente, un poder divino, un poder que sólo a Dios compete. Y esto era para ellos no sólo arrogancia, sino blasfemia. Que un hombre se atribuyera el poder de Dios era blasfemo.

Pero Jesús, que sabe cómo piensan, les replica: ¿Qué pensáis en vuestro interior? ¿Qué es más fácil: decir «tus pecados quedan perdonados», o decir «levántate y anda»? Las dos cosas son fáciles de decir; lo difícil es hacer que se hagan realidad tales cosas, tanto el perdón como la curación, si bien la curación física es más fácil de verificar que la curación (=perdón) moral. Para Dios ninguna de esas cosas son difíciles; para el hombre, las dos tienen una dificultad similar o una imposibilidad similar. Pues bien, sentencia Jesús, para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados… -dijo al paralítico: A ti te lo digo, ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa. Inmediatamente aquel paralítico se levantó, tomó su camilla y se marchó a su casa, dando gloria a Dios. Luego Jesucristo cura al paralítico para que vean que tiene poder para perdonar pecados.

La curación física se convierte en signo de su capacidad para perdonar o curar moralmente. Hace un acto de poder, ciertamente admirable, sobre un organismo humano que tiene atrofiados sus miembros para hacer ver que tiene poder divino, pues el poder de perdonar sólo le compete a Dios, como prejuzgan acertadamente los fariseos. El poder de perdonar destruyendo el mal sólo está en Dios. Jesús muestra que tiene este poder al curar al paralítico de su mal físico. Por eso provoca en su entorno asombro y arranca expresiones de glorificación de Dios. No sólo da gloria a Dios el que ha recibido el beneficio divino de la curación, que percibe con claridad que Dios es el verdadero responsable de aquel suceso, sino todos los que se dejan arrebatar por el asombro provocado por tan admirables acciones. Y glorifican a Dios porque entienden que sólo Dios puede estar detrás de las acciones milagrosas de Jesús. No es que confundan a este hombre con Dios, pero ven a Dios en el actuar de este hombre. Y por eso se asombran y dan gloria.

El evangelio proclama, por tanto, que en Jesús se manifestaba el poder de Dios, hasta tal punto que su poder, puesto a prueba, de curar y perdonar era poder divino, porque sólo Dios puede perdonar pecados, aunque la curación de algunas enfermedades esté también en poder de los hombres. Podemos concluir, por tanto, que en el poder efectivo de Jesús se estaba haciendo patente el poder del mismo Dios, y que Jesús no se arrogaba ilegítimamente este poder, sino que hacía uso legítimo de él porque era realmente suyo en cuanto Hijo de la misma naturaleza que el Padre. Y que cuando obraba, hacía lo que veía hacer al Padre, como reproduciendo su misma actividad con su misma capacidad de operar.

A nosotros nos puede suceder lo que a aquel paralítico: que, estando enfermos, solicitemos la curación de esa enfermedad física o mental que cargamos ya desde hace tiempo con verdaderos deseos de vernos liberados de ella; pero que nos olvidemos de solicitar la curación de esa otra enfermedad que también nos acompaña a lo largo de la vida sin experimentar el deseo apremiante de liberarnos de ella, y que es el pecado. Parece como si el peso de nuestros pecados nos molestase menos que la carga de cualquier enfermedad; y no reparamos en que el pecado puede ser más destructivo y dañino que una enfermedad, sea del tipo que sea. Por eso es importante que caigamos en la cuenta de aquello a lo que da prioridad Jesús. Él viene a decirnos, como al paralítico: Te hago ver mi poder de curación para que adviertas mi poder de perdón, que es una curación más profunda y de mayor alcance.

 

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

207. De este modo, aprendiendo unos de otros, podremos reflejar mejor ese poliedro maravilloso que debe ser la Iglesia de Jesucristo. Ella puede atraer a los jóvenes precisamente porque no es una unidad monolítica, sino un entramado de dones variados que el Espíritu derrama incesantemente en ella, haciéndola siempre nueva a pesar de sus miserias.

Homilía (Domingo III de Adviento

1.- Lo nuevo que va a germinar (Is 33,1 -6a. 10)

El anuncio seguro de lo nuevo tiene arraigo en la visión esperanzada del profeta. La confianza en el Dios que salva es más grande que todas las trabas y tropiezos.

Esperanza que se expresa en la transformación de l naturaleza y del ser humano. El yermo y el desierto, llamados a alegrarse con el regocijo de una floración inesperada. Una belleza tal que abrirá los corazones a la belleza misma de Dios: «Verán la gloria de Dios, la belleza de nuestro Dios».

Y unos seres humanos deprimidos que se abren a la nueva fortaleza. Ni debilidad ni vacilación ni cobardía: «Sed fuertes, no temáis». Incluso aquellos que experimentan el deterioro físico reciben el anuncio de gozar en plenitud de la función de sus órganos atrofiados: los ojos, los oídos, las piernas y la lengua. No más ciegos ni sordos ni cojos ni mudos.

Todos vienen «rescatados» por el Señor. Una gran peregrinación de hombres renovados, guiados por «la alegría perpetua»; flanqueados en su camino por «el gozo y la alegría». Al resguardo de toda «pena y aflicción».

Novedad maravillosa que, en medio del sufrimiento, estimula y anima la esperanza.

 

2.- Esperando con firmeza (Sant 5,7-10)

Esperando, como lo hace el labrador que aguarda la cosecha, con una paciencia inquieta y activa. Se sabe el labrador llamado a trabajar su parcela, pero ha aprendido a mirar al cielo en espera de las lluvias. Las necesita y anhela, pero no puede causarlas, «ni las tempranas ni las tardías». Las espera. Y lo hace con inquietud y paciencia, pero siempre con una segura firmeza.

Cuando las lluvias se tardan, apuntan la desesperanza el cansancio de tanto trabajo frustrado. Lo mismo pasa en la vida, cuando se teme que el Señor se ha ocultado y retrasa su venida: la «venida» en el final; y las «venidas» en cada momento de nuestra historia, tantas veces reseca y agostada como la tierra en sequía.

Pero, en los momentos duros, es cuando crece la esperanza. Esperanza tantas veces dolorida por el retraso y silencio de quien tiene que venir y no acaba de llegar. En la paciencia esperanzada está también la firmeza: «La venida del Señor está cerca… Él está ya a la puerta».

 

3.- Lo nuevo que ha germinado (Mt 11,2-11)

¿Se cumplió ya la promesa o sigue el tiempo de espera? Dos períodos se entrecruzan: el de Juan que se pregunta: «¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?». Y el de Jesús que responde con la promesa cumplida. La promesa de Isaías y los profetas se hace en Jesús realidad: Con Él llega la salvación que, abrazando a enfermos y marginados, llega hasta a los mismos muertos, llamados a resucitar.

Esta sí es Buena Noticia. Noticia de salvación, que tiene en todos los pobres sus primeros destinatarios: «A los pobres se les anuncia la Buena Noticia». Se habían mezclado en la espera otros muchos intereses, que viciaron lo más hondo de la esperanza: Aguardar desde la pobre Cuando no existe el despojo, es difícil la esperanza. Uno cree tenerlo todo, incluso la mejor idea de la misión del Mesías. Y de ahí la advertencia de Jesús: «Y dichoso el que no se sienta defraudado por mí».

No fue Juan uno de los defraudados. La firmeza de su arraigo de profeta en el desierto, y no «en los palacios, donde habitan los que visten de lujo», lo hizo mensajero y preparador del camino. Grandeza de misión y de respuesta. Una singular grandeza que está al alcance de todos: «El más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él».

El Señor está cerca

¡Cómo emulan al Líbano su gloria
el páramo y la estepa! ¡Cómo arde
el vigor en el pecho del cobarde!
¡Cómo pronuncia el Salvador su historia!

No pongáis la esperanza en vuestra noria.
Siempre llega el Señor, aunque se tarde…
Al tempero o tardía…, sin alarde
cae la lluvia en la tierra promisoria…

Salta el cojo su júbilo. Se alerta
el oído del sordo. Está a la puerta
el Juez que impartirá misericordia…

¡Haz tuya la belleza del Carmelo
y tu pecho una estancia de su cielo
donde vivan los hombres en concordia!

 

Pedro Jaramillo

Mt 11,2 -11 (Evangelio – Domingo III de Adviento)

El reino es salvación, ¡no condenación!

El texto de hoy del evangelio viene a ser como el colofón de todos estos planteamientos proféticos que se nos piden. Sabemos que Jesús era especialmente aficionado al profeta Isaías; sus oráculos le gustaban y, sin duda, los usaba en sus imágenes para hablar de la llegada del Reino de Dios. Mateo (que es el que más cita el Antiguo Testamento), en el texto de hoy nos ofrece una cita de Is. 35,5s (primera lectura de hoy) para describir lo que Jesús hace, como especificación de su praxis y su compromiso ante los enviados de Juan. Es muy posible que en esta escena se refleje una historia real, no de enfrentamiento entre Juan y Jesús, pero sí de puntos de vista distintos. El reino de Dios no llega avasallando, sino que, como se refleja en numerosas parábolas, es como una semilla que crece misteriosamente. pero está ahí creciendo misteriosamente. El labrador lo sabe. y Jesús es como el «labrador» del reino que anuncia. El evangelista Mateo ha resaltado que Juan, en la cárcel, fue informado de las obras de Mesías (no dice sencillamente Jesús, ni el término más narrativo del Señor, como hace Lucas 7,24). Y por eso recibe una respuesta propia del Mesías.

El Bautista, hombre de Antiguo Testamento, está desconcertado porque tenía puestas sus esperanzas en Jesús, pero parece como si las cosas no fueran lo deprisa que los apocalípticos desean. Jesús le dice que está llevando a cabo lo que se anuncia en Is 35, y asimismo en Is 61,1ss. Jesús está movilizando esa caravana por el desierto de la vida para llegar a la ciudad de Sión; está haciendo todo lo posible para que los ciegos de todas las cegueras vean; que todos los enfermos de todas las enfermedades contagiosas del cuerpo y el alma queden limpios y no destruidos y abandonados a su suerte. El reino que anuncia, y al que dedica su vida, tiene unas connotaciones muy particulares, algunas de las cuales van más allá de lo que los profetas pidieron y anunciaron.

Finalmente añade una cosa decisiva: ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí! (v.6). Esta expresión ha sido muy discutida, pero gran mayoría de intérpretes opina que se refiere concretamente al Bautista. Ésa es la diferencia con Juan, por muy extraña que nos parezca; porque entre Jesús y Juan se dan diferencias radicales, a pesar del elogio tan manifiesto de nuestro texto (vv.9-10): uno anuncia el juicio que destruye el mal (como los buenos apocalípticos) y el otro (como buen profeta) propone soluciones. Ésa es la verdad de la vida religiosa: los apocalípticos tiene un sentido especial para detectar la crisis de valores, pero no saben proponer soluciones. Los profetas verdaderos, y Jesús es el modelo, no solamente detectan los males, sino que ofrecen remedios: curan, sanan, ayudan a los desgraciados (culpables o no), dan oportunidades de salvación. Nosotros hemos tenido la suerte de nacer después de Juan y haber escuchado las palabras liberadoras del profeta Jesús.

Sant 5, 7-10 (2ª lectura Domingo III Adviento)

A la espera del Señor, con entereza

Dos elementos resuenan con fuerza en este texto de la carta de Santiago: la venida (parousía ) del Señor y la paciencia ( makrothymía ). Para ello se pone el ejemplo del labrador, pues no hay nada como la paciencia del labrador esperando las gotas de agua que vienen sobre la tierra. hasta que una día llega y ve que se salva su cosecha. De nada vale desesperarse. porque llegará, a pesar de las épocas de larga sequía. Pero la paciencia de que todo cambiará un día es sinónimo de entereza y de ánimo.

El texto, pues, de la carta Santiago pretende llamar la atención sobre la venida del Señor. El autor hablaba de una venida que se consideraba próxima, como sucedía en los ámbitos apocalípticos del judaísmo y el cristianismo primitivo. Pero recomienda la paciencia para que el juicio no fuera esperado como un obstáculo o un despropósito. Es verdad que no tiene sentido esperar lo que no merece la pena. Hoy no nos valen esas imágenes que se apoyaban en elementos críticos de una época. Pero sí la recomendación de que en la paciencia hay que escuchar a los profetas que son los que han sabido dar a la historia visiones nuevas. No debemos escuchar a los catastrofistas que destruyen, sino a los profetas que construyen.

Is 35, 1-10 (1ª lectura Domingo III Adviento)

A la búsqueda de la alegría

La lectura de Isaías evoca una escena de imágenes creativas y creadoras: es como una caravana de repatriados que atraviesa un desierto que se transforma en soto y cañaveral por la abundancia de agua; sanan los mutilados, se alejan los fieras, la caravana se convierte en procesión que lleva a la ciudad ideal del mundo, Sión, Jerusalén: con cánticos. Es una procesión que está encabezada por la personificación de una de las cosas más necesaria para nuestro corazón: La Alegría. Pero no se trata de cualquier alegría, sino de una Alegría con mayúsculas, de una alegría perpetua. Y de nuevo termina la procesión (v. 10), se corta de raíz para que queden alejados la pena y la aflicción (que son el desierto, la infelicidad, la opresión y la injusticia). Es decir, la procesión a la ciudad de Sión la abre la alegría y la cierran la alegría y el gozo.

El Adviento, pues, es un tiempo para anunciar estas cosas cuando las previsiones, a todos los niveles, son desastrosas, como puede ser el exilio o el desierto. Quien tiene esperanza en el Señor comprenderá estos valores que son distintos de los valores con los que se construye este mundo de producción económica e interesada; porque el Adviento es una caravana viva a la búsqueda del Dios con nosotros, del Enmanuel . Es un oráculo, pues, el de Isaías 35, que no puede quedar solamente en metáforas. Estas cosas se han vivido de verdad en la historia del pueblo de Israel y es necesario revivirlas como comunidad cristiana, especialmente en Adviento.

Comentario al evangelio – Lunes II de Adviento

Si se te pasó la primera semana del Adviento sin pena ni gloria, ayer comenzamos una segunda, una nueva oportunidad para sincronizar nuestro reloj con el tiempo de la Esperanza que se nos propone vivir a todos los cristianos como preparación al nacimiento de Jesucristo. No dejes pasar este tiempo sin más. Pídele al Señor que te ayude a centrarte, a vivir con intensidad y capacidad de sorpresa esta semana.

Es la esperanza de la que profeta Isaías nos invita a vivir en la segunda semana de Adviento con la meditación de los capítulos 35, 40 y 48 en las primeras lecturas. En concreto, el capítulo 35 que la liturgia nos propone hoy es una riada de buenos augurios, buenas noticias para el pueblo que espera y mantiene su fe en el Señor. Todo florece bellamente de gozo y alegría, porque todo está llamado a restaurarse, por ello el versículo 4 nos recuerda: Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará. Es una lectura muy bonita para hacer una buena meditación con esta pregunta: Señor, ¿en qué aspecto de mi vida tengo que ser más fuerte? Dios nos bendice potenciando las cualidades que nos ha dado, las herramientas que cada uno tenemos a través de las cuales estamos llamados a realizar el bien. Eso es un don, el regalo que tu creador te otorgó y que has ido descubriendo, cultivando, poniendo en práctica. No tengas miedo de usar tu don. Si se ha debilitado, si está oxidado, el Señor lo arregla, como también dice el canto de bendición del profeta Isaías: se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como ciervo el tullido, la lengua del mudo cantará.

Cada uno tenemos un don. No tenemos que envidiar los dones de los demás. Con el que Dios te ha bendecido, con ese te vale, sino mira al santo de hoy con cuya memoria libre propone orar la liturgia: San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, (pinchando en el nombre accedes a su biografía) un hombre muy sencillo y humilde, sin talentos espectaculares, pero de una gran fe, testigo de la aparición de Ntra. Sra. de Guadalupe.  

Cuando los seres humanos no utilizamos nuestros talentos y cualidades estos se atrofian, se paralizan.Y al contrario, cuanto más usas tu don al servicio de los demás y del bien, este crece, se desarrolla. En la secuencia del evangelio de hoy, un hombre paralítico es descolgado por el techo ante Jesús. El poder sanador de Jesús es físico y espiritual, no sólo cura los pecados, también su cuerpo entero. Quizá algún talento nuestro está algo paralizado. Es buena ocasión para orar al Señor pidiéndole que, si es así, nos diga ¡ponte en pie!

Juan Lozano