Lectura continuada del Evangelio de Marcos

Marcos 12, 6-8

6Tenía aún un hijo amado; se lo envió el último diciendo: ‘Respetarán a mi hijo’.
7Pero aquellos campesinos se dijeron entre sí: ‘Este es el heredero; venid, matémoslo y será nuestra la herencia’.
8Y, tomándolo, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña.

12, 6-8: Sin embargo, «todavía tenía uno». Pero no por mucho tiempo una vez que envía este último mensajero a los campos de la muerte, diciendo en un susurro: «Respetarán a mi hijo» (12,6b). Aunque a primera vista la profecía del padre, «Respetarán a mi hijo», parece increíblemente ingenua dado la forma abusiva con la que los arrendatarios habían tratado y asesinado a los mensajeros anteriores, en el contexto de Marcos contiene probablemente una triste ironía: al final los arrendatarios «respetarán» al hijo, cuando paguen con la vida por su asesinato (12,9) y lo vean regresar «en la gloria de su Padre con los santos ángeles» (8,38). Al principio, la respuesta de los colonos a la embajada final del padre parece alentador: «Este es el heredero. Venid…» (12,7a). Tal vez el «Venid» podría ser seguido por «¡Salgamos de aquí!»). Pero si 12,7a suscitaba tales esperanzas, 12,7b las aniquila de inmediato; en lugar de elegir el camino prudente de respetar al hijo, los arrendatarios optan por una locura: asesinarlo y tratar de apropiarse de su herencia. Así pues, su reconocimiento del hijo resulta ser análogo al de los demonios, que se dan cuenta de que Jesús es el hijo de Dios, pero por eso mismo se oponen a él con todas sus fuerzas, con lo que sellan su propia destrucción (cf. 1,24; 3,11).

Las palabras con las que los arrendatarios expresan su voluntad, «Venid; matémoslo», son probablemente un eco intencionado del discurso de los malvados hermanos de José en Gn 37,20. Pero en Marcos el padre no perdona a los perseguidores de su hijo, que no se ha salvado, sino que ejecuta la sentencia condenatoria sobre ellos. Esta sentencia parece seguir el principio de la ley del talión: los arrendatarios han matado al hijo y lo han echado fuera de la viña (12,8); en represalia, el «señor de la viña» acabará con ellos y dará la viña a otros (12,9).

¿Cómo podemos entender la nota final de la parábola acerca de una justicia retributiva implacable? Los arrendatarios simbolizan a los dirigentes judíos que se oponen a Jesús y que en la narración del evangelio serán los principales responsables de su muerte. Los «otros» son los dirigentes de la Iglesia, que asumirán la jurisdicción sobre «Israel». Así pues, Israel habría perdido su estatus como pueblo de Dios, simbolizado por su catastrófica derrota en la guerra, y había sido sustituido por la Iglesia. Nuestra parábola, por tanto, se mueve en la dirección de la teoría de la sustitución, pero eso no quiere decir que los lectores cristianos de hoy en día estén obligados a seguir su ejemplo. Una gran parte del motivo de esta deformación de la imagen original de Isaías, radica en la tensa situación histórica de Jesús y de los primeros cristianos, que culminó en la persecución y la violencia contra la comunidad marcana durante la guerra judía. Esta deformación, sin embargo, no puede ser aceptada como «evangelio» por los cristianos actuales después de diecisiete siglos de un tipo diferente de atrocidades, a saber: la persecución cristiana contra los judíos. Tal vez, más bien, los cristianos de hoy necesitarían dar un paso hacia atrás desde Marcos hasta Isaías, para ir a las raíces de la viña dada en arriendo, fracasada, y llegar hasta la viña de Isaías, cuidada con ternura, que surgió de la mano de Dios como un paraíso del Edén. Con ella sigue Dios comprometido a pesar de la maleza salvaje allí surgida y que entristece su corazón, del mismo modo que mantiene su compromiso con los seres humanos a pesar de todo el salvajismo y el crimen que han surgido entre nosotros.

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