Lo que esperamos ya está aquí

Los relatos evangélicos transmiten hechos concretos de la vida de Jesús, desde el filtro de la experiencia de aquellas primeras comunidades en las que nacieron, y con un objetivo catequético. Lo que buscan no es tanto fidelidad histórica –tal como la entendemos hoy–, cuanto sostener la fe de los discípulos y leer todo lo acontecido desde su propia experiencia creyente.

Todo ello es patente en numerosas páginas del evangelio y, entre ellas, en lo que se refiere a la figura de Juan el Bautista. Carecemos de datos mínimos que nos permitan conjeturar qué papel jugó en la vida de Jesús, así como de la relación que mantuvieron. Sin embargo, los textos evangélicos fueron “adornando” progresivamente su figura hasta convertirlo, no solo en discípulo del Maestro de Nazaret, sino en “el más grande de los nacidos de mujer”.

La catequesis de Mateo que leemos hoy arranca con una pregunta decisiva: “¿Eres tú o tenemos que esperar a otro?”. Decisiva porque toca una fibra muy sensible del ser humano, de la que brota una de las grandes preguntas kantianas: “¿Qué me cabe esperar?”.

La respuesta de Jesús remite a “lo que estáis viendo y oyendo”. De ese modo, la catequesis cristiana lo presenta como el Mesías esperado o, mejor aún, como aquel en quien se realiza la plenitud de los tiempos, tal como había escrito Pablo –no olvidemos que los escritos paulinos son anteriores a los evangelios– en la carta a los Gálatas (4,4): “Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su propio Hijo”. Lo que encontramos, por tanto, en el texto de Mateo es una confesión de fe de aquella primera comunidad.

Sin embargo, y sin negar la legitimidad de esa lectura, la comprensión transpersonal ahonda más, al hacernos ver que lo que esperamos ya está aquí. En profundidad, somos ya todo aquello que buscamos. Es una trampa situar la plenitud “fuera” o en el “futuro”. Se trata solo de despertar, caer en la cuenta, comprender… y vivir anclados y en conexión con lo que somos. De esa conexión brotará en todo momento la acción adecuada, más creativa y más eficaz que nunca.

¿Vivo en la esperanza o en la comprensión?

Enrique Martínez Lozano

II Vísperas – Domingo III de Adviento

II VÍSPERAS

DOMINGO III DE ADVIENTO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme. 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Mirad las estrellas fulgentes brillar,
sus luces anuncian que Dios ahí está,
la noche en silencio, la noche en su paz,
murmura esperanzas cumpliéndose ya.

Los ángeles santos, que vienen y van,
preparan caminos por donde vendrá
el Hijo del Padre, el Verbo eternal,
al mundo del hombre en carne mortal.

Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el Rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.

Los justos sabían que el hambre de Dios
vendría a colmarla el Dios del Amor,
su Vida en su vida, su Amor en su amor
serían un día su gracia y su don.

Ven pronto, Mesías, ven pronto, Señor,
los hombres hermanos esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador. Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Mirad, vendrá el Señor para sentarse con los príncipes en un trono de gloria.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Mirad, vendrá el Señor para sentarse con los príncipes en un trono de gloria.

SALMO 110: GRANDES SON LAS OBRAS DEL SEÑOR

Ant. Destilen los montes alegría y los collados justicia, porque con poder viene el Señor, luz del mundo.

Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.

Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre;
ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente.

Él da alimento a sus fieles,
recordando siempre su alianza;
mostró a su pueblo la fuerza de su obrar,
dándoles la heredad de los gentiles.

Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud.

Envió la redención a su pueblo,
ratificó par siempre su alianza,
su nombre es sagrado y temible.

Primicia de la sabiduría es el temor del Señor,
tienen buen juicio los que los practican;
la alabanza del Señor dura por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Destilen los montes alegría y los collados justicia, porque con poder viene el Señor, luz del mundo.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Llevemos una vida honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos, la venida del Señor.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Llevemos una vida honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos, la venida del Señor.

LECTURA: Flp 4, 4-5

Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. el Señor está cerca.

RESPONSORIO BREVE

R/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.
V/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.

R/ Danos tu salvación.
V/ Tu misericordia.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Muéstranos Señor, Tu misericordia.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?» Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo: los ciegos ven, los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia.» Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?» Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo: los ciegos ven, los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia.» Aleluya.

PRECES

Oremos a Jesucristo, nuestro redentor, que es camino, verdad y vida de los hombres, y digámosle:

Ven, Señor, y quédate con nosotros.

Jesús, Hijo del Altísimo, anunciado por el ángel Gabriel y a María Virgen, 
— ven a reinar para siempre sobre tu pueblo.

Santo de Dios, ante cuya venida el Precursor saltó de gozo en el seno de Isabel,
— ven y alegra al mundo con la gracia de la salvación.

Jesús, Salvador, cuyo nombre el ángel reveló a José, 
— ven a salvar al pueblo de sus pecados.

Luz del mundo, a quien esperaban Simeón y todos los justos,
— ven a consolar a tu pueblo.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Sol naciente que nos visitará de lo alto, como profetizó Zacarías,
— ven a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte.

Concluyamos nuestra súplica con la oración que el mismo Señor nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Estás viniendo, Señor, cómo tu pueblo espera con fe la fiesta del nacimiento de tu Hijo; concédenos llegar a la Navidad, fiesta de gozo y salvación, y poder celebrarla con alegría desbordante. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Te sentirás defraudado si confías en lo externo

¡Cómo que Juan no sabía quién era Jesús! ¿No había dicho que no era digno de llevarle las sandalias? ¿No había dicho que su bautismo era solo de agua, que él bautizaría con Espíritu Santo? ¿No había dicho que él era el que tenía que ser bautizado por Jesús? ¿No había visto al Espíritu bajar sobre él? ¿No había oído la voz del cielo: Este es mi Hijo amado? ¿A qué viene ahora la pregunta ingenua de, si es o no es, el que ha de venir? Podría reflejar la duda por no responder a las expectativas que había sobre el mesías.

Una vez más recordamos que los evangelios no son crónicas de sucesos. Aunque algunas veces puedan hacer referencia a hechos que sucedieron, la intención al relatarlos es aclarar problemas teológicos. El tema que se propone hoy fue muy difícil de resolver para los primeros cristianos, que eran judíos. Su mensaje y su manera de comportarse, nada tenía que ver con lo que los judíos de su tiempo esperaban del Mesías. No se trata de hablar de Juan, cuanto de intentar que todos se den cuenta del significado de Jesús.

Los evangelios nacen en una cultura oriental, completamente distinta de la cultura grecorromana donde se desplegó más tarde el cristianismo. En aquella cultura, la manera de comunicar verdades era el relato. Contando una historia, se le dice al interlocutor lo que se le quiere comunicar. Nada que ver con la cultura grecorromana, que había desarrollado un lenguaje lógico, discursivo, racional, que por medio de silogismos accedía y comunicaba la verdad. Sigue siendo una catástrofe para la interpretación del evangelio que nos empeñemos en mirarlo como lenguaje lógico.

Da verdadera pena oír hablar de los relatos de la infancia de Lc y Mt como si fueran historia, cuyo objetivo es comunicarnos lo que pasó. Y todo, sin hacer puñetero caso a los exégetas que llevan más de dos siglos diciendo que esa no es la manera adecuada de entenderlos. No sólo distorsionamos los textos, haciéndoles decir lo que no dicen; sino que nos quedamos sin el verdadero y profundo mensaje, y esto es mucho más grave. Podéis imaginar lo que yo siento cuando veo a una persona salirse de la iglesia por oírme decir que esos relatos no son historia. No hay manera de superar los prejuicios.

Contadle a Juan lo que estáis viendo. No les está diciendo que su misión es curar a los inválidos. Lo que hace Jesús es recordar la manera de hablar de Isaías, para que Juan asociara lo visto con los tiempos mesiánicos anunciados. Ni todos los leprosos van a quedar limpios, ni todos los sordos van a oír, (en realidad no llegan a una docena los milagros que nos cuentan los evangelios). También nos dice Isaías que el lobo habitará con el cordero y la pantera se tumbará con el cabrito, que el desierto y el yermo se regocijarán, que se alegrarán el páramo y la estepa. Estas imágenes no tenemos más remedio que entenderlas como símbolos. ¿Por qué esperamos que las otras no lo sean?

¿Por qué habla de ciegos, sordos, cojos, inválidos, leprosos, y muchos otros colectivos que siguen siendo objeto de marginación? El texto quiere decir que la llegada del Reino tendrá consecuencias para todos, pero sobre todo para los más desfavorecidos. Quiere decir que el que acoja el Reino, saldrá de la dinámica de la opresión y entrará en la del servicio. Por cierto, entre los signos de la presencia del Mesías no hay ni un solo signo religioso. Esto tenía que hacernos pensar. Los cristianos nos olvidamos con frecuencia que, para Jesús, lo primero es el hombre; incluso antes que el culto (Dios).

La buena noticia, que se anuncia a los pobres, es que Dios es Abba para todos. La noticia de que la salvación viene de Dios y ya se la ha concedido a todos. La noticia de que Dios no va a pedirnos cuenta de nuestros pecados, sino que nos ha liberado ya de todos ellos. La noticia de que no son los sabios y entendidos los que descubrirán ese Dios sino los sencillos. La noticia de que no son los que detentan el poder, sea civil o religioso, los que están más cerca de Dios, sino los que lo sufren y padecen. La noticia de que no son lo “buenos” los que encontrarán a Dios de cara, sino las prostitutas y los pecadores.

Ni Juan ni los apóstoles estaban capacitados para entender a Jesús. Su figura no se ajusta al Mesías que ellos esperaban. Jesús rompe todos los moldes, desbarata todas las expectativas. Lo que aporta va en la dirección contraria de lo que esperaban. No viene a imponer nada, sino a proponer una dinámica de servicio. Su actitud de no-violencia, de no defenderse de los enemigos, de no destruir al adversario, escandaliza a todos, incluido a Pedro. No sólo no viene a imponer “justicia” sino que acepta la injusticia en su propia carne. De ahí la frase final de Jesús: “y dichoso el que no se escandalice de mí”.

El Reino no lo hacen presentes los ciegos o sordos o cojos curados, sino el que se preocupa de ellos. Por no tener esto en cuenta, creemos que lo importante es librar al pobre de sus carencias. El objetivo primero debe ser librarme yo de mi inhumanidad. Incluso para un ciego, más importante que ver, es recuperar su humanidad machacada por el que le desprecia. Que esa disponibilidad sea para con un rico o para con un pobre, no tiene ninguna importancia; lo que importa es la actitud. Tampoco importa que al necesitado se le dé un millón o sólo una sonrisa; en ambos casos allí está Dios.

Esa advertencia sirve también para nosotros. Seguimos escandalizándonos porque la salvación que Jesús nos trajo no responde a la que nosotros seguimos esperando. Seguimos sin enterarnos de que el amor que predica Jesús es absolutamente eficaz solo si se hace vida, pero es inútil si se queda en teoría. El amor nunca se pondrá al servicio de nuestro ego para alcanzar provecho personal. El amor va siempre en dirección a los demás y se olvida de sí. Nos empujará siempre a desprendernos de nuestro ego. El amor compasivo es nuestra verdadera naturaleza. El egoísmo es nuestra destrucción.

La inmensa mayoría de las miserias humanas no están a la vista. Todos estamos rodeados de carencias, más importantes que las estrictamente vitales como pueden ser alimento y vestido. La falta de alimento me puede matar biológicamente, pero la falta de amor me mata como ser humano. Todos necesitamos ayuda de los demás en mil aspectos, que ni siquiera queremos reconocer. Pero también yo puedo ayudar a todos los seres humanos que encuentro en mi camino. Cada uno necesitará algo distinto, pero puedo estar seguro de que todos esperan algo de mí. Entraré en la dinámica del Adviento cuando haga presente el Reino, no defraudando al que espera algo de mí.

Meditación

Todos nos sentimos de una u otra manera defraudados.
La realidad no se presenta como nosotros la queremos.
Seguimos esperando que Dios arregle el mundo.
La preocupación inmediata por nuestro ser biológico
puede impedir el descubrimiento de nuestro ser más profundo
y arruinar nuestras posibilidades como seres humanos.

Fray Marcos

Destierro, desconcierto y paciencia

1.- Destierro y repatriación de hace siglos; refugiados y desplazados de ahora

Los dos primeros domingos de Adviento nos recuerdan los graves problemas de la guerra y las injusticias, ofreciendo como contrapartida la esperanza de la paz y un nuevo paraíso. El texto de Isaías de este tercer domingo aborda otra de las grandes experiencias que tuvo el pueblo de Israel: la del destierro.

La primera deportación importante la sufrieron los israelitas del norte a finales del siglo VIII a.C. (año 720). Pero las más famosas fueron las que tuvieron como protagonistas a los judíos a comienzos del siglo VI a.C. (años 598 y 586). Fue grande la tragedia, angustia y odio que provocaron estas deportaciones. Pero más fuerte aún fue en muchos casos, no siempre, el deseo de volver a la patria. Numerosos textos proféticos en los libros de Jeremías, Ezequiel, Isaías, anuncian esta repatriación.

En esta línea se orienta la primera lectura del tercer domingo de Adviento. Para comprenderla debemos recordar que el camino de miles de kilómetros entre Babilonia y Jerusalén no era entonces (tampoco ahora) una maravillosa autopista transitada por cómodos autobuses con aire acondicionado. Cualquier caravana que hacía ese largo recorrido tenía la impresión de atravesar un terrible y árido desierto. Un grupo del que formaran parte ancianos, mujeres embarazadas, niños, podía desanimarse fácilmente ante la difícil empresa. El profeta los anima con palabras enormemente poéticas.

Esta lectura del tercer domingo nos obliga a pensar en tantos millones de personas que se encuentran en la misma situación que los antiguos israelitas y necesitan como ellos una palabra y una acción que les lleve esperanza y consuelo.

2.- Desconcierto (Mt 11,2-11)

Si el domingo pasado hubiéramos leído el evangelio correspondiente al segundo de Adviento, habríamos oído a Juan Bautista hablar de un Mesías enérgico, con el hacha en la mano dispuesto a talar todo árbol improductivo, y con el bieldo para quemar la paja en el fuego. Sin embargo, las noticias que le llegan a la cárcel de la actividad de Jesús son muy distintas.

El comienzo es muy significativo: «Juan se enteró… de las obras que hacía el Mesías». No dice Jesús, sino el Mesías. Y «las obras» se refiere a todo lo que se ha contado anteriormente: palabras, curaciones, misión. Pero lo que debía animar a Juan provoca en él la duda. Había esperado un Mesías que solucionase definitivamente los problemas; dispuesto a cortar el árbol que no diese buen fruto (3,10), a distinguir entre el trigo y la paja, para quemar lo inútil en una hoguera inextinguible (3,12). Jesús le falla; al menos, lo desconcierta. Actúa de forma muy distinta a como actúa él: no va vestido con una piel de camello, no se alimenta de langostas y miel silvestre, no enseña a rezar a sus discípulos, no les obliga a ayunar, en vez de a dar hachazos se dedica a curar enfermos y contar historias bonitas. Juan, después de estar convencido de que Jesús era el Mesías esperado, se pregunta ahora ‒y le pregunta‒ si hay que seguir esperando a otro.

La respuesta de Jesús es desconcertante a primera vista: repite lo que Juan ya sabe. Los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Sin embargo, es distinto saber y comprender. Y las obras del Mesías se comprenden cuando son contempladas a la luz de la Escritura. No se trata de saber que Jesús ha curado a dos ciegos, a un mudo, o a un leproso. Lo importante es que en todo eso se está cumpliendo lo anunciado por los antiguos profe­tas. A partir de esas promesas elabora Jesús su respuesta, que pasa de la enfermedad física (ciegos, cojos, leprosos, sordos) a la muerte y a la evangelización de los pobres. A partir del libro de Isaías se podría haber construido una imagen muy distinta, más en la línea de Juan Bautista. Jesús elige la que solo subraya lo positivo. Y esto puede provocar una reacción en contra. Por eso termina con un serio aviso: «¡Dichoso el que no se escandalice de mí!» Esto es lo que los discípulos de Juan deben comunicarle en la cárcel.

Este episodio es muy importante para examinarnos de nuestra imagen de Jesús. Generalmente partimos de que Jesús es el Hijo de Dios, segunda persona de la Santísima Trinidad. Por consiguiente, cualquier cosa que diga o haga debe ser perfecta. Esta actitud es muy peligrosa porque impide profundizar en la fe.

Las palabras y las obras de Jesús desconcertaron a Juan Bautista, escandalizaron a los escribas y fariseos, no fueron entendidas por los discípulos. Es absurdo pensar que nosotros no tendríamos ninguna dificultad en aceptarlas.

El episodio anterior puede dejar mal sabor de boca con respecto a la figura de Juan Bautista. Por eso, los evangelios de Mt y Lc añaden en este contexto unas palabras de Jesús sobre él.

Para comprender este pasaje hay que recordar un dato fundamental. Nosotros siempre hemos visto a Juan Bautista en relación con Jesús. Su única misión era anunciar la venida del Mesías. Esto significa una simplificación muy grande. En los ambientes judíos de comienzos del siglo I, Juan Bautista era más conocido que Jesús; y sus discípulos llegaron a Grecia antes incluso que los cristianos. Por otra parte, los episodios ante­riores demuestran que los discípulos de Juan Bautista no perdie­ron su identidad al aparecer Jesús, sino que siguieron vinculados a Juan, viviendo según sus enseñanzas (por ejemplo, con respecto al ayuno).

Se creó, entonces, entre los discípulos de Jesús y los de Juan cierta tensión sobre quién de los dos era más importante. Aquí se aborda el tema, exaltando a Juan y, al mismo tiempo, poniéndolo en su justo sitio.

Las afirmaciones son bastante distintas, y a veces enigmáticas. Ante todo, Jesús elogia las cualidades humanas de Juan: firmeza, austeridad. Pero es más que un asceta: es un profeta, e incluso más que eso: el mensajero que prepara el camino del Señor, «el Elías que tenía que venir» (Ex 23,20; Mal 3,1). Por eso, «no ha nacido de mujer nadie más grande que Juan Bautista».

Sin embargo, la dignidad de Juan radica precisamente en ser el precursor de Jesús, y se queda en el ámbito del Antiguo Testamento. Por eso, «el más pequeño en el Reino de Dios [en la comunidad cristiana] es más grande que él». Esta frase resulta muy dura, pero encaja en la idea bíblica de que los hombres no son lo importante sino Dios y lo que él hace. Encandilarse con la grandeza de las personas, incluso de los mayores santos, no es un buen método para valorar la acción de Dios.

3.- Paciencia (Snt 5,7-10)

El tercer consejo procede de la carta de Santiago y se centra en la paciencia y el aguante, poniendo como ejemplo a personas tan distintas como los campesinos y los profetas. El problema de fondo es el retraso de la vuelta de Jesús, que los primeros cristianos esperaban muy pronto. Por eso el autor de la carta insiste en que «la venida del Señor está cerca» y que «el juez está ya a la puerta». La Iglesia terminó aceptando que la vuelta de Jesús no sería inminente, pero los consejos de la carta siguen siendo válidos para los momentos en los que la vida nos exige paciencia y fortaleza en los sufrimientos.

José Luis Sicre

Comentario – Domingo III de Adviento

Celebramos el domingo llamado gaudete, porque en él resuena esta invitación: ¡Alegraos!… con el desierto y el yermo, con el páramo y la estepa -diríamos con el profeta-. Pero ¿qué motivos tenemos para estar alegres nosotros, que vivimos apesadumbrados por noticias de guerras o de muertes traumáticas, dolorosas e injustas, por dolencias o enfermedades que nos asaltan o nos acosan en nuestro caminar por la vida, por preocupaciones persistentes o disgustos repentinos; temerosos ante el mal que nos puede sobrevenir; desilusionados por el fracaso o por la escasa fructificación de nuestras siembras; desesperanzados ante el progresivo estrechamiento de nuestras posibilidades de futuro? ¿Podemos extraer motivos para la alegría en un mundo abocado a la muerte?

Los motivos que ve el profeta para el páramo y la estepa pueden ser también asumidos por nosotros. Se alegrarán porque verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios. No hay espectáculo que pueda proporcionar mayor disfrute y alegría que el que Dios da de sí mismo. Tal es la gloria de Dios; pero la gloria Dei -como decía san Ireneo- es el homo vivens, del mismo modo que la vita hominis es la visio Dei.

Nuestro gran motivo de alegría, aquello que nos da la vida, es la visión de Dios, que es visión de la verdad, la bondad y la belleza en sí mismas. Nada puede proporcionar más alegría que esta visión que es también posesión. Se trata del Dios que viene en persona, en la persona del Hijo hecho hombre, que es el hombre que mejor puede reflejar la gloria de Dios; el Dios que, después de enviar mensajeros, ha decidido venir por sí mismo, aunque en la carne de un hombre. Y que viene a salvar; pues, con su venida y acción, se despegarán los ojos del ciego, se abrirán los oídos del sordo, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará, volverán (a su patria) los rescatados del Señor. ¿No es esto motivo de alegría: ciegos que recuperan la vista, sordos que pueden oír de nuevo, cojos o paralíticos que pueden andar, exiliados o refugiados que pueden volver a sus casas? Sin duda que lo es, como anuncia el profeta: en cabeza, alegría perpetua… pena y aflicción se alejarán. Allí donde se alejan la pena y la aflicción, florece necesariamente la alegría, y no una alegría pasajera, sino una alegría prolongada, que permanece en el tiempo.

Esto fue lo que se produjo con la llegada y la actividad mesiánica de Jesús de Nazaret. Sus acciones liberadoras fueron realmente promotoras de alegría. Tras haber oído al profeta, las acciones de Jesús hablaban por sí mismas. Por eso, ante la pregunta de los enviados del Bautista: ¿Eres tú el que ha de venir (ese Dios en persona del que hablaba el profeta Isaías) o tenemos que esperar a otro?, el interrogado podía limitarse a decir: Id a anunciarle a Juan lo que estáis viendo y oyendo? ¿Y qué es lo que estaban viendo y oyendo? Lo mismo que el profeta había anunciado que verían hacer a ese Dios en persona que se haría presente en medio de su pueblo con tales acciones: los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia.

Con tales acciones Jesús se delataba a sí mismo como el Dios en persona al que se refería Isaías. Al mismo tiempo, hacía florecer la alegría por todas partes, en los beneficiarios de sus curaciones y en los que compartían vida (familiares y amigos) con ellos. Los únicos que no se alegraban de tales acciones eran los que se escandalizaban de que Jesús curase en sábado o los que veían en sus intervenciones milagrosas la huella de Belzebú; tampoco se alegraban los que, a pesar de tales signos, se sentían defraudados por él, ya que esperaban signos más prodigiosos (como tirarse desde el alero del templo) o expresiones de fuerza más propias de un Dios o de un Rey libertador que destruye toda posibilidad de reacción que no sea el sometimiento.

Pero Jesús, el Dios en persona de Isaías, trajo la alegría a muchos, no a todos; y a esos muchos a quienes trajo la alegría, no se la trajo de modo pleno y definitivo, pues seguían abocados a la muerte. La sombra de la muerte no se había desvanecido de su horizonte. Ello nos permite entender que lo aportado por Jesús cuando curaba a los enfermos no era todavía la realidad salvífica completa, sino signos que, siendo reales, anunciaban esa realidad aún por llegar, es decir, la bienaventuranza eterna, cuando pena y aflicción se alejen no sólo momentáneamente, sino definitivamente. Hasta ese día hemos de ser pacientes, como el labrador, que aguarda pacientemente el fruto valioso de la tierra, pero que, al mismo tiempo que aguarda al momento de la cosecha, se ha ocupado de trabajarla y de sembrarla para que dé tal fruto. Nuestra alegría, en cualquier caso, no puede depender de ciertas intervenciones milagrosas de Dios, que podrían acontecer o no, en el transcurrir azaroso de nuestra vida, sino del mismo poder salvador de Dios que resplandecerá en su día de modo pleno y definitivo. Mientras tanto, lo aconsejable es vivir en la confianza y en la paciencia.

Hemos visto la belleza de Dios sólo en espejo y en enigma: en el espejo de su Hijo encarnado y en el enigma de su encarnación. Aquí la belleza se nos ha revelado esencialmente como amor. Dios es bello porque ama. Y todo el que ama se hace amable y, por tanto, bello. La belleza de Dios está fundamentalmente en su bondad y en su amor. Y es sobre todo en Cristo, ese Cristo que cura a los ciegos y resucita a los muertos, donde nosotros hemos visto el reflejo humano de la bondad y del amor divinos. Pues bien, ¡dichosos nosotros si no nos sentimos defraudados por este Dios en persona que ha venido en Jesucristo! ¡Dichosos nosotros si no renegamos del rostro misericordioso de este Dios!

Pero también: ¡dichosos nosotros si no nos sentimos defraudados por este Dios que no cura ni curará a todos los ciegos y leprosos del mundo, que se ha dejado crucificar por los hombres, que permite la pervivencia de las injusticias y el sufrimiento de los inocentes en guerras, actos de terrorismo y catástrofes naturales; más aún, que permite que se le ofenda con el pecado, la incredulidad, la blasfemia o el desprecio! ¡Dichosos nosotros si no nos sentimos defraudados por el Dios que ha venido en la humildad de la carne, porque tampoco nos defraudará el Dios que vendrá en el resplandor de su gloria! Pero ¡desgraciados nosotros si nos sentimos defraudados por el Dios en persona que se ha hecho presente en el seno de nuestra humanidad doliente!

 

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

213. Cualquier proyecto formativo, cualquier camino de crecimiento para los jóvenes, debe incluir ciertamente una formación doctrinal y moral. Es igualmente importante que esté centrado en dos grandes ejes: uno es la profundización del kerygma, la experiencia fundante del encuentro con Dios a través de Cristo muerto y resucitado. El otro es el crecimiento en el amor fraterno, en la vida comunitaria, en el servicio.

Lectio Divina – Domingo III de Adviento

El testimonio de Jesús sobre Juan Bautista
Mateo 11,2-11

1. Invocamos al Espíritu Santo

Espíritu de Dios,
que al comienzo de la creación
te cernías sobre los abismos del universo
y transformabas en sonrisa de belleza
el gran despertar de las cosas,
desciende ahora sobre la tierra
y dónale el escalofrío de los comienzos.

Este mundo que envejece,
rózalo con el ala de tu gloria.
Devuélvenos a los primeros gozos
Vuélvete sin medida sobre todas nuestras aflicciones.
Inclínate una vez más sobre nuestro viejo mundo en peligro.
Y el desierto finalmente de nuevo será jardín,
y en el jardín florecerá la justicia
y fruto de la justicia será la paz.
Espíritu de Dios, que junto a las orillas del Jordán
descendísteis plenamente sobre la cabeza de Jesús
y lo proclamaste Mesías,
inunda esta porción de tu cuerpo místico
recogida ante tí.
Adórnala con un vestido de gracia.
Conságrala con la unción
e invítala a llevar el alegre anuncio a los pobres
y vendar las heridas de los corazones destrozados,
a proclamar la libertad de los esclavos,
la liberación de los prisioneros
y a promulgar el año de misericordia del Señor.
Líbranos del miedo del no poder más.
Que de nuestros ojos salgan invitaciones a sobrehumana
transparencia.
Que de nuestro corazón brote abundantemente audacia mezclada con ternura.
Que de nuestras manos se derrame la bendición del Padre
sobre todo lo que acariciamos.
Haz resplandecer de gozo nuestros cuerpos
Revístelos de vestidos nupciales.
Y cíñelos con cinturas de luz,
para que, para nosotros y para todos, no tarde el Esposo.
T. Bello

2. El texto

Mateo 11, 2-11

2 Juan, que en la cárcel había oído hablar de las obras de Cristo, envió a sus discípulos a decirle: 3 «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?» 4 Jesús les respondió: «Id y contad a Juan lo que oís y veis: 5 los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva; 6 ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!»
7 Cuando éstos se marchaban, se puso Jesús a hablar de Juan a la gente: «¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? 8 ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? Mirad, los que visten con elegancia están en los palacios de los reyes.9 Entonces ¿a qué salisteis? ¿A ver un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. 10 Este es de quien está escrito: He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, que preparará tu camino por delante de ti11 «En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él.

3. Volvemos a releer el texto evangélico

– Susurramos con calma las palabras del evangelio, haciéndolas pasar poco a poco de la lengua a la mente, de la mente al corazón.
Gustamos con calma algunas de estas palabras…
– Estamos junto a Jesús y escuchamos lo que le piden los discípulos de Juan: es una pregunta seria, de las que pueden cambiar la historia.
– La respuesta de Jesús tiene un tono tranquilo, pero nos hiere el corazón como una flecha: la cosa está clara, ¡el Mesías esperado es É!
Deja que las preguntas, las dudas, los deseos y las esperanzas corran libremente en torno a la Palabra de Jesús. Deja que se encuentren y choquen con ella.
– Alguna vez saldrá una respuesta, aunque sea parcial: no en las argumentaciones, sino mirando bien en la cara “A Áquel que viene” y que te está hablando ahora.
No te canses de repetir en voz baja su Palabra y de guardarla en el corazón, más allá de todas las dudas y problemas de la jornada.

4. Examinamos más de cerca el texto de Mateo

Nuestro pasaje está colocado al principio de una nueva sección del evangelio (11,2-12, 50): y es una serie de relatos sobre las actividades de Jesús que siguen al discurso sobre el apostolado. No se narran muchos milagros, sino que el evangelista pone el acento sobre la polémica entre Jesús y sus adversarios, en un creciendo que continuará por todo el resto del evangelio. El texto es, con mucha probabilidad, el reflejo de los primeros debates teológicos entre los cristianos y los discípulos de Juan, centrado sobre la naturaleza de la misión de Jesús.

Juan que estaba en la cárcel…: Llevaba Mateo tiempo sin hablar del Bautista (la última vez fue en 4,12) y ahora dice que él está en prisión, pero sólo contará las circunstancias de su encarcelamiento más adelante (14,3-12).
* La carcel para Juan , como para todos, es lugar de segregación, una especie de “mundo aparte” que lo vuelve casi extraño a todo lo que constituye la vida normal y deforma la percepción de las noticias que recibe del exterior. No nos extrañe, también por este motivo, la pregunta del Bautista que, precisamente, había sido el primero en reconocer en Jesús “el más potente” (3,11) y el juez escatológico que “tiene en una mano el bieldo” (3,12). inclinándose ante Él con humildad y temblor (cfr 3,11).

Había oido hablar de las obras de Cristo…: La expresión “obras de Cristo” usada para resumir cuanto Jesús estaba haciendo, anticipa la respuesta que Él dará a la petición de Juan.
* Juan Bautista, estando en la cárcel, escucha las noticias sobre Jesús: también nosotros cada día, estando en “nuestras prisiones” de soledad y de alejamiento de Dios o del dolor, escuchamos “cualquier cosa” que viene de muchas fuentes y nos sentimos perturbados.
A veces es difícil distinguir la buena noticia del evangelio en medio de tantas cosas que suceden cada día.
Sin embargo las obras del hombre Jesús son las “obras de Cristo”, aunque muchas veces no caigamos en la cuenta, tal como le sucede a Juan.

¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro? Juan, cuando bautizaba a las multitudes en el Jordán, había descrito un Mesías fuerte y severo para castigar los pecados de los hombres: “Aquel que viene en pos de mí es más fuerte que yo, y yo no soy digno ni siquiera de llevar sus sandalias; él os bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Él tiene en la mano el bieldo, limpiará su era y recogerá su grano en el granero, pero quemará la paja en fuego inextinguible” (Mt 3,11-12). En aquella severidad que azotaba en vista de la conversión y, por tanto, de la salvación, Juan había leído el sello de la misericordia de JHWH. Ahora sometido a la prueba de la cárcel, hecho frágil por el sentido de la impotencia y del fallo, víctima de la injusticia y de la prepotencia contra las que había luchado siempre, cree que el mal esté triunfando y está como desconcertado. Inmerso irremediablemente en esa niebla, no logra ver con claridad el poder de Dios en acción en las obras de Jesús.
* Es lícito suponer: Jesús se estaba revelando gradualmente como Mesías, pero lo hacía rompiendo los cánones del ideal hebraico y de las acostumbradas interpretaciones de las sagradas Escrituras: no estaba “haciendo justicia”, no estaba separando los buenos de los malos como la criba separa el grano bueno de la paja; predicaba con energía la conversión, pero perdonaba a los pecadores; se mostraba “manso y humilde de corazón” (Mt 11-29), abierto y disponible a todos , ajeno a cualquier forma chabacana de contestar al sistema. Es posible pensar, por esto, que Juan haya entrado en crisis, porque Jesús no correspondía al Mesías que él esperaba y que había siempre predicado; por tanto, envía una delegación a Jesús para proponer algunas cuestiones y traer una palabra que ponga un poco de luz en este misterio de contradicción: ¿Quién eres tú, Jesús?¿Qué dices de ti mismo? ¿Cómo podemos creer en ti, si, de frente a la prepotencia e injusticia, te manifiestas como el Mesías paciente, misericordioso, no violento?
¿Quién de nosotros no ha intentado hacerse una idea más precisa de Áquel en el cual cree y en su modo de obrar, cuando la vida lo ha hecho enfrentarse a tantas contradicciones e injusticias, incluso en la Iglesia? ¿Quién de nosotros no se ha fatigado en ver e interpretar correctamente los signos de la presencia activa del Señor dentro de la propia historia? Es difícil acoger un Dios “diverso” de nuestros esquemas y por esto no podemos acusar al Bautista, porque también nosotros estamos sujetos a la tentación de querer un Dios que tenga nuestros sentimientos, gustos y que sea, más bien, algo vengativo en hacer “justicia”. Quisiéramos a veces un Dios hecho a nuestra imagen y semejanza, pero “mis pensamientos no son vuestros pensamientos, vuestros caminos no son mis caminos.” (Is 55,8)

Jesús les respondió: Id y contad a Juan lo que oís y veis: Jesús no responde de un modo rápido y directo, sino que muestra con claridad cómo los hechos que provienen de su acción están cambiando la historia y realizando las antiguas profecías sobre el Mesías. Ninguna respuesta “ preparada de antemano” por tanto, pero los discípulos deben regresar a Juan y referirle lo que ellos mismos han oído y visto, porque las curaciones, las resurrecciones y la liberación son ya signo inequívocos de la mesianidad de Jesús de Nazaret. Debemos aprender cada día a anunciar la buena noticia a partir de lo que nosotros mismos sentimos y vemos. El testimonio fraterno e indispensable para comunicar el evangelio.
* Cristo se somete humildemente al interrogatorio y responde indicando a los discípulos de Juan un verdadero y propio método de comprensión y de anuncio: “Id y contad a Juan lo que oís y veis”. El cuarto evangelista reclama el mismo método abriendo su primera carta: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oido, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que nuestras manos han tocado, o sea el Verbo de la vida (porque la vida se ha hecho visible, y nosotros hemos visto y por eso damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, que estaba junto al Padre y se ha hecho visible a nosotros) lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos también a vosotros, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros” (Jn 1,1-3). Este es el método misionero adoptado por la Iglesia primitiva: el método aprendido de la encarnación del Verbo.
El anuncio verdadero y eficaz pasa a través de comunicación sencilla y modesta de la experiencia personal: las palabras sin rumor de una vida tejida de fe.

Los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen … y se anuncia a los pobres la Buena Nueva; En estas palabras, suma de diversas citas de Isaías (28, 18-19; 35, 5-6; 42, 18; 61,1), está el corazón de la respuesta de Jesús y de todo nuestro pasaje. El Señor presenta su propia obra no como juicio y dominio, sino como bendición divina para los necesitados del Pueblo.
Es significativo que los pasajes proféticos citados no contengan referencias a la lepra y a la muerte, que sin embargo el evangelista pone en boca de Jesús. Esto pone de relieve la novedad que Jesús trae en su manera de realizar las profecías sobre el Mesías esperado de Israel. Las obras de Jesús son grandes, pero Él es uno de los “pequeños” del que habla con predilección, es un “pobre de JHWH” que ya ve la cruz al final de su camino como hombre. Esto es insoportable para el que espera un Mesías triunfante. Dichoso el que oye y ve con un corazón lleno de fe.
* Indirectamente, Jesús invita al mismo Juan a oir y ver lo que él está enseñando y haciendo. Así el último de los profetas podía recordar y ahora reconocer que cuanto Jesús dice y hace corresponde a las grandes profecías mesiánicas, de las cuáles es rico el Antiguo Testamento. Es el mecanismo de la “memoria religiosa”, sin la cual la fe no se enciende nunca, y sobre todo, no puede sobrevivir a los golpes de los escándalos que la vida pone delante: las obras de Dios del pasado son el signo de su fidelidad a las promesas y prenda de sus obras del futuro.
Empeñarse en recordar cada día “las grandes cosas” que Dios ha hecho por nosotros y en nosotros (cfr Lc 1,49), no significa caer en una estéril repetición, sino llevar la semilla de la gracia activa de Dios poco a poco hasta lo más profundo de nosotros mismos, para que pueda germinar y dar fruto. También la Eucaristía es recuerdo: es “memorial de la Pasión del Señor”, recuerdo vivo y actual de la salvación otorgada a cada uno de nosotros.

¡Dichoso áquel que no halle escándalo en mí! : Escándalo” es un vocablo griego: la “piedra de tropiezo” preparada para golpear de sorpresa a una persona. No obstante el significado que nosotros atribuimos en general a esta palabra, en la Biblia”escándalo” puede ser tanto algo negativo como algo positivo.
Jesús es uno que escandaliza a sus conciudadanos por sus orígenes de poca alcurnia y poco apropiados al Mesías glorioso; escandaliza a los fariseos con sus zahirientes palabras, escandaliza a los discípulos del Bautista con su obrar fuera de los esquemas preconcebidos y escandaliza a sus discípulos con su propia muerte infame…
El mismo Jesús, sin embargo, no elogia ni escandaliza a los pequeños o aquéllos que son ocasión de escándalo (cfr Mt 5,29) a la fe o la moral, induciendo a los otros a correr por caminos equivocados.
El tipo de escándalo del cual tenemos necesidad es el que nace del vivir radicalmente el evangelio, el que nos saca de nuestras costumbres de vida y de nuestros esquemas mentales.
En nuestra vida estamos llamados todos a “escandalizar” el mundo con el escándalo del Evangelio demostrando con la vida que no nos atamos a usos y costumbres lejanos de la fe cristiana, de rechazar compromisos que generan injusticias, de preocuparse por los pobres y los últimos.

¿Qué salísteis a ver en el desierto?: No obstante la debilidad demostrada en la pregunta puesta por Juan, Jesús describe con entusiasmo a su precursor como un profeta que a su palabra ardiente une los signos vivos e incontestables de su relación privilegiada con Dios en nombre del cual habla al Pueblo. Todavía más, con esta serie de seis preguntas retóricas y tres proposiciones positivas, Jesús afirma que Juan es más que un profeta: es áquel de quien hablan las antiguas Escrituras de los padres, el mensajero que prepara el camino al Señor (Mt 3,3), según cuanto habían dicho los antiguos profetas (Mal 3,1; Ex 23,20). Sin embargo el Señor no se espera a explicar los motivos de su afirmación, quizás son demasiados evidentes a los oyentes.

No ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista: Juan no es sólo un eminente profeta y el precursor del Mesías ( porque es evidente que Jesús se retiene como tal), sino que es grande también como hombre, más que todo sus contemporáneos y hombres de las épocas precedentes. Es una alabanza de tipo estrictamente personal, la que Jesús dirige al prisionero de Herodes y no sólo una hipérbole. Con estas palabras, Jesús anticipa el acercamiento entre Juan Bautista y Elías, que será explícito en el versículo 14: “si queréis oirlo, él es Elías que debe venir”.
La expresión “entre los nacidos de mujer” tiene un típico sabor semita, pero contiene también una alusión al misterio del origen de Jesús: también Él “ha nacido de mujer”, pero sólo en la carne, porque su génesis humano –divina está más allá de la simple humanidad.
Nuestro nacimiento de “hijo de Dios” por medio de la fe también está envuelta en el misterio: “no de la sangre ni por el querer de la carne, ni por el querer del hombre, sino por Dios” han sido engendrados (Jn 1,13). Nosotros somos “nacidos de mujer”, pero no estamos destinados a la tierra, sino más bien al Reino de los cielos y allí seremos valorados por la fe y sus obras, fruto de la acogida de la gracia bautismal.

Sin embargo, el más pequeño…: esta parte de la frase, (quizás una glosa primitiva) parece limitar la entusiasta presentación del Bautista. Por cuanto sea el más grande entre los hombres, Juan es pequeño en el Reino, porque allí todo está medido según criterios muy diversos de los de la tierra: la medida de los tiempos nuevos que están viniendo y han empezado con la venida del Hijo de Dios. Lo que pertenece a esta generación del todo nueva, es mayor que cualquiera que haya vivido en la época precedente, también que Juan el Bautista.

* El contraste entre “grande” y “pequeño” se ha puesto a propósito para aclarar a todos los creyentes que para ser grande es necesario convertirse cada vez en más pequeño. En su “grandeza” humana Juan viene señalado por Jesús como el más pequeño en el reino y también por Juan se pone la exigencia evangélica de “hacerse pequeño” en las manos de Dios. Es la misma exigencia que se pone cada día para cada uno de nosotros tentados de asemejarnos a los “grandes” y a los “poderosos” al menos en el deseo.

5. Oramos la Palabra dando gracias al Señor

Dios de nuestro gozo, dador de toda salvación (Salmo 146)

Yahvé guarda por siempre su lealtad,
que hace justicia a los oprimidos,
que da pan a los hambrientos.

Yahvé libera a los condenados.
Yahvé abre los ojos a los ciegos,
Yahvé endereza a los encorvados,
Yahvé protege al forastero,
sostiene al huérfano y a la viuda.

Yahvé ama a los honrados,
y tuerce el camino del malvado.
Yahvé reina para siempre,
tu Dios, Sión, de edad en edad.

6. De la Palabra a la contemplación

Señor Jesús
que “estás por venir”.
No tardes más
y escucha el grito de los pobres
que te miran para obtener la salvación,
justicia y paz.
Danos ojos limpios y un corazón puro
para saber discernir tu presencia activa y fecunda
en los acontecimientos
de nuestro “hoy”
que se nos presenta tan gris y falto de rayos de esperanzas.

¡Ven, Señor Jesús!
“El Espíritu y la Esposa dicen: «¡Ven!»
Y el que escucha diga: «¡Ven!»
El que tenga sed venga;
y el que quiera tome gratis el agua de la vida.
Aquel que testifica estas cosas dice: «¡Sí, vendré pronto!»
Amén.
Ven, Señor Jesús.” (Ap 22,17,20)

Juan Bautista, el Aguafiestas

1.- Os puede extrañar, mis queridos jóvenes lectores, que haya escrito este título a este mensaje homilía, pero no me negareis que estos días que de una manera u otra los cristianos estamos pensando en la ingenuidad ilusionada de Belén, sacar a relucir a Juan Bautista parece sea meter la pata.

Navidad es una fiesta que el calendario occidental sitúa en el día 25 de diciembre. Los orientales podríamos decir que también, pero como se rigen por otro calendario, cae una jornada diferente.

Aun que debamos tener en cuenta tal disparidad, quien gana en protagonismo es la tradición latina, con su árbol, el turrón, el panetone, los vinos selectos y los manjares caros. Tanto embalaje no deja ver la realidad que centra o debería centrar la atención del fiel cristiano.

2.- La liturgia hace lo que puede para que su mensaje cale muy adentro nuestro y la Navidad sea lo más sincera y provechosa posible. Y el gozo sea mayor. Decimos que celebramos. Tal concepto implica que interviene en el suceso la totalidad de nuestra personalidad.

 La corporeidad, sí, proponeos a disfrutar de manjares agradables. Escogedlos como si a vuestro lado tuvierais un vecino habitante del Tercer Mundo, que también debe disfrutar con lo que puede encontrar en su país.

3.- No olvidéis el nivel espiritual. Tal vez asistir a un concierto o, más modestamente, escuchar mediante TV, CD o DVD, alguna composición selecta, que hay muchas. O comprar y leer un libro ad hoc. O visionar algún film que se refiera con fidelidad y elegancia a los hechos religiosos que recordamos.

Como siempre, pero si cabe más en este día, no olvidéis que estamos dotados de un nivel anímico o trascendental, del que carecen totalmente vegetales y animales. A una planta le convine un buen riego y gozar de temperatura adecuada, no lo olvidéis, Esta culminación de nuestro ser debe interesarnos mucho más que cualquier otra cosa.

4.- Vosotros sabéis que cuando se envía cualquier trasto a los espacios exteriores, se fabrica con gran esmero la punta que deberá abrirse camino, será la parte que experimentará más el roce y sufrirá más altas temperaturas. Se puede perder algún panel o aflojarse algún tornillo, pero el deterioro del morro no puede sufrir ningún percance. Así como se dota su superficie de esmerado pulido y la materia con que está hecho se prepara para que las altas temperaturas no la destruyan, así nuestro nivel trascendental debe estos días ocuparnos detalladamente.

5.- El Adviento es tiempo sí de esperanza, pero no menos de conversión. Llevamos al taller nuestro vehículo para que lo revise el mecánico antes de emprender un importante viaje. Observamos como revisa los niveles, comprueba la presión de los neumáticos y si alguna bombilla está fundida, la cambia. Nos fiamos de él, pese a que nos haga perder tiempo y pagar factura. Juan el Bautista fue un buen mecánico de sí mismo. Recibió el elogio del Señor. Observémosle e imitémosle.

6.- Juan el Bautismo, el mayor entre los nacidos, no se distinguió por su simpatía, ni por facilidad de adaptarse a las circunstancias que le rodeaban. No fue un junco, fue un roble. Los juncos por mucho que proliferen en las orillas de riachuelos y lavajos, poca utilidad tienen.

Pedrojosé Ynaraja

En persona

Una chica, que no es aficionada al fútbol, fue a un acto benéfico para ver a un conocido futbolista que acudió allí. Cuando ella volvió, no hacía más que repetir emocionada: “En persona es guapísimo, mucho más de como se ve en fotografías; es que no es lo mismo, para nada…”. Cuando un personaje famoso del cine, televisión, deporte, canción… o un alto cargo de la política va a acudir a un lugar, suele haber un gran número de gente que va allí para verlo “en persona”. La gente ya sabe cosas de dicho personaje, lo han visto en fotografías, reportajes de televisión, internet… pero si es posible, prefieren verlo “en persona”, porque “no es lo mismo”.

Estamos acercándonos a la Navidad, y muchas personas también estarán esperando el encuentro con familiares y amigos con quienes el resto del año no nos encontramos. Aunque se hable por teléfono o incluso videoconferencia, aunque se esté en contacto por redes sociales o mensajería instantánea… nada de eso sustituye ni es comparable al hecho de verlos “en persona”.
Y este Domingo III de Adviento hemos encendido en nuestra Corona la vela de color rosa como signo de la alegría, porque como hemos escuchado en la 1ª lectura: Mirad a vuestro Dios… viene en persona. Porque quizá estamos haciendo muchos preparativos “para la navidad”, pero para celebrar “algo”: unos días de amor y felicidad pero en abstracto, unos días para estar en familia… cuando la Navidad es para celebrar a Alguien.

Y quizá sí que “sabemos” que en Navidad se celebra el nacimiento del Hijo de Dios, pero lo hacemos como si fuera algo del pasado, un recuerdo, sin caer en la cuenta de que viene Él “en Persona”. Por eso, los diferentes textos de este tercer Domingo de Adviento nos da un toque de atención: no es lo mismo celebrar “algo”, o un mero recuerdo, que celebrar al Señor que viene “en Persona”: “El mismo Señor nos concede ahora prepararnos con alegría al misterio de su nacimiento” (Prefacio II de Adviento); “El mismo Señor viene ahora a nuestro encuentro, en cada hombre y en cada acontecimiento, para que lo recibamos en la fe” (Prefacio III de Adviento). Es “el mismo Señor”, el Señor en Persona, quien viene de nuevo a nosotros.

Aunque la sociedad de consumo nos provoque a “anticipar la navidad” ofreciéndonos desde hace semanas los adornos, los dulces típicos, las ofertas para regalos y toda la parafernalia con que hemos envuelto y ocultado la Navidad, a nosotros se nos tiene que notar que, más allá de todo esto, estamos esperando a Alguien. No nos dejemos arrastrar por esos aspectos externos, como hemos escuchado en la 2ª lectura: Tened paciencia hasta la venida del Señor…

Por eso, un buen testimonio de fe es que vivamos el Adviento no como “algo” que nos dice la Iglesia, sino como una verdadera preparación para encontrarnos con el Señor en Persona. Un buen testimonio de fe es no quemar etapas sino saber “esperar con fe la fiesta del Nacimiento del Señor” (oración colecta), y por eso se hace la invitación a que cada uno prepare su Corona de Adviento, para vivir con fe esta espera y así “llegar a la Navidad y poder celebrarla con alegría desbordante” (oración colecta), para que se nos note que no es lo mismo “saber” cosas de la navidad o quedarnos en lo superficial, en los buenos sentimientos o el simple recuerdo, que encontrarnos con el mismo Señor en Persona. 

¿En alguna ocasión he ido a ver en persona a algún personaje famoso? ¿Por qué lo hice? ¿Qué experimenté al verlo? ¿Creo que en Navidad viene el mismo Señor en Persona, o vivo estos días como un recuerdo de algo que ocurrió hace siglos? ¿Voy a encontrarme con algún amigo o familiar en Navidad? ¿Cómo estoy preparando este encuentro? ¿Cómo estoy viviendo el Adviento, de qué modo me estoy preparando para encontrarme con el Señor en Persona esta Navidad?

Decía Jesús en el Evangelio: Id a anunciar lo que estáis viendo y oyendo. Si, como a esa chica del ejemplo, nos gusta ir a ver en persona a personajes significativos para nosotros y luego lo contamos emocionados, mucho más deberíamos desear encontrarnos con el Señor y, después, anunciarlo.

A todos se nos tiene que notar que “no es lo mismo, para nada”, celebrar una “navidad” de adornos, buenos sentimientos y felicidad difusa, pero en realidad vacía, que celebrar “la Navidad” como una “fiesta de gozo y salvación”, porque vamos a encontrarnos con el Hijo de Dios, en Persona.

Preguntemos a Jesús

1.- El Evangelio de este Tercer Domingo de Adviento plantea uno de los aspectos más difíciles de todo el relato de la Buena Nueva. Juan, el Bautista, hace preguntar a Jesús por la autenticidad de la misión como Mesías. El tema contrasta con las afirmaciones inequívocas que Juan ha hecho del mismo Cristo. El Bautista ya está en prisión y, probablemente, a pesar de su austeridad y de su escasa búsqueda de satisfacciones, siente la incertidumbre ante que no sea ese el camino de ambos: de Jesús y el suyo, el más adecuado. No es difícil imaginar la inquietud que sufre Juan cuando envía a sus discípulos con tal embajada. Quien había anunciado hasta el heroísmo la llegada del Salvador, duda en los últimos momentos. No es raro porque la psicología humana vive y lucha en un mundo de realidades inseguras y de creencias sometidas, siempre, a la duda. Ahí es donde hace falta el apoyo del Señor para no perder el camino.

2.- En la vida de los creyentes existen esos periodos de duda permanente, de vacilación. Parece como si Dios nos hubiese abandonado, aunque también ocurre que nosotros mismos somos capaces de crear unas expectativas que nada tienen que ver con el camino trazado por Dios. Sea como sea, con momentos terribles. Y dicha situación nos sirve para presentar aquí el frecuente camino de discrepancia que parece inundar todo el ambiente cristiano en muchas ocasiones. No es bastante con las separaciones, cismas o lejanías entre los seguidores de Cristo. En el mismo seno de la Iglesia Católica acontecen esas continuas acciones de discrepancia que, en la mayoría de los casos, no sirven para mucho. ¿Podría Dios librarnos de ellas y conseguir que el Espíritu Santo velase, siempre, por nuestra unidad de criterio? ¿Es eso lo deseable? No. Parece que no. En el trasfondo de cada discrepancia aflora la libertad de cada uno para pensar y opinar. Y Dios nos ha creado libres, aunque a veces reneguemos de esa libertad por lo costosa que es para nosotros ante, precisamente, esas posibilidades de cambios.

3.- Y ante la duda, ¿qué hacer? Pues lo mismo que hizo el Bautista: preguntar a Jesús. Y ante eso, sin duda, llegará la respuesta. Hay que aceptar la discrepancia, pero no hay que sacarla del ámbito de nuestra fe, ni tampoco intentar que nuestras posiciones sean las que ganen. Hay una necesidad permanente de conversar con el Señor –eso es la oración– y ante lo que pedimos siempre nos llegará respuesta. Es necesario tener abiertos los ojos del corazón para recibir y discernir esa respuesta. En cualquiera de los casos, una nueva duda traerá otra petición de conocimiento a Dios y así sucesivamente. No hay más camino que el de la oración como posición final de nuestras dudas. Ciertamente, que será necesario estudiar y documentarse y, por supuesto, meditar en los caminos ya trazados por el Magisterio de la Iglesia.

4.- La experiencia demuestra que las convicciones humanas, sociales, históricas o ambientales influyen a veces más que las estrictamente religiosas. Hay una tendencia muy actual a valorar las posiciones en la Iglesia como progresistas o conservadoras. Y, en realidad, ambas definiciones suelen ser utilizadas como arma arrojadiza. Hay un ejemplo muy extendido en algunos medios de comunicación al referirse al actual Pontífice y tildarle de muy progresista. No es aceptable la idea de que Francisco sea un Papa revolucionario, pues es, a su vez, muy de los tiempos contemporáneos, muy de lo que la gente espera ahora de la Iglesia. Y unos temas pueden ser muy conservadores y otros. muy progresistas.

5.- El Evangelio habla de vida, paz, pacíficos, amor a los enemigos, humildad, mansedumbre y todo eso es lo contrario a la justicia inapelable, al castigo ejemplar, a soluciones últimas. Se supone que si nosotros somos buenos, nuestros enemigos serán los malos, los asesinos, los desalmados, los que merecen la pena de muerte. Y si les amamos, tenemos que perdonarles. Además solo Dios es propietario de la vida y eso afecta a todos los casos de destrucción de la misma, no hay diferencias particulares. La guerra –que tampoco es justificable– solo puede estar permitida por la defensa propia. La pena de muerte planteada en el interior de un conflicto bélico llega –si es correctamente administrada— tras un juicio y es ese un acto de reflexión –en el tiempo y en la valoración del delito— en el que los hombres buscan una decisión justa. La única decisión justa respecto a la destrucción de la vida solo está en las manos de Dios. El seguimiento del Evangelio tiende a producir un posicionamiento de la conciencia que repudia toda violencia, incluso que la pudiera justificarse por hechos lícitos. Y esa paz y mansedumbre ha de marcar también los comportamientos sociales y políticos.

6.- Es sabido que la Iglesia condenó a Galileo por sus teorías ciertas sobre la obvia –hoy— redondez de la Tierra. Y Santa Teresa dijo que se sentía satisfecha por morir en el seno de la Iglesia. La frase contiene la idea de que, a pesar de su santidad, era fácil que la apartasen de la misma. Pero ahí está el límite. Antes de salir de la Comunión, de la opción a recibir “legalmente” los sacramentos, es mejor callarse. Aplicar un principio de humildad basado en que la verdad prevalecerá finalmente en el seno de la Iglesia por la presencia continuada del Espíritu. La dificultad aparece, no obstante, en la capacidad actual para difundir mensajes en medios masivos –como Internet–, los cuales pueden producir dudas o escandalizar. Eso es muy digno de tenerse en cuenta y, además, obrar en consecuencia.

7.- La Comunión de los Santos, la condición de la Iglesia como cuerpo del que Cristo es la cabeza nos va a ayudar. No estamos solos. Y una misteriosa relación superior entre todos los miembros del Cuerpo de Cristo nos apoya. En estos tiempos, necesitamos, asimismo, presentar a nuestra Iglesia como un camino actual, fuerte y sincero que pone en lo más alto el amor a Dios sobre todas las cosas y desde ese mismo amor irradia la ternura –en forma de servicio– dirigida a nuestros hermanos. Sabemos, además, que Jesús quiere que todos los hombres se conviertan, pero para conseguirlo hay que llegar a ellos. Juan, el Bautista, tuvo dudas. Nosotros, hombres de hoy, también. Pero la respuesta de Jesús llegará enseguida. Y, sobre todo, en estos días del Adviento.

8.- Pablo pide paciencia a los creyentes. Es una virtud difícil. El hombre tiene instinto de superviviente y siempre está intentado cambiar, para su provecho, el curso de las cosas. En muchos casos eso será una acción interesante y, en otras, un auténtico suplicio. La serenidad de esperar no parece que sea una virtud muy extendida. Pero, sin embargo, es necesaria. Los momentos de duda e inquietud –los modernos agobios, el estrés, el bombardeo de noticias, etc.– producen mucha ansiedad. Y la ansiedad es mala consejera. Jesús nos pide serenidad cuando dice «que cada día tiene su afán» e Ignacio de Loyola habla de que «en tiempo de desolación no hacer mudanza. Seria, precisamente, el santo fundador de la Compañía de Jesús, quien mejor iba a definir –en sus «Ejercicios Espirituales»— esas variaciones internas dentro de la vida espiritual. La «consolación» y la «desolación» definen momentos muy habituales del devenir religioso y condensan tantos cambios internos de carácter que, incluso, producen estupor. Pues, frente a esos cambios, hemos de ejercitar la paciencia, el comportamiento pacifico ante los avatares de la vida.

Qué la oración constante y humilde nos guíe. Ella nos ayudará a entender al camino para no estar diariamente preguntándole a Jesús si Él es el Mesías.

Ángel Gómez Escorial