La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

2.- BELÉN. EL NACIMIENTO DE JESÚS

Lc 2, 4-7

Belén era la tierra de David[1]. Allí estaba su parentela. Situada al sur de Jerusalén, en tiempos de Jesús no era más que un puesto avanzado en el desierto, fortificado con muros y torres. La modesta población vivía una vida sosegada, dedicada casi exclusivamente al pastoreo y al cultivo de las pocas tierras de labor que, en forma de terrazas escalonadas, la rodeaban.

Sin embargo, Belén era llamada la fructífera, Efrata, nombre patronímico de la región. Su situación, no lejos del camino de montaña entre Hebrón y Jerusalén, constituía un buen albergue de fin de etapa para los viajeros.

Era realmente la más pequeña de las ciudades de Israel (Miq), pero, a pesar de su insignificancia, era ilustre en la historia del pueblo escogido. Es mencionada por vez primera en los Libros Sagrados con motivo de la muerte de Raquel, mujer de Jacob, que fue sepultada en el camino de Efrata, que es Belén, como dice el Génesis[2]. Pero su gloria principal era la de haber sido la patria de David, el glorioso caudillo del que habría de descender el Mesías.

María sabía que su Hijo era también Hijo de David. Este apelativo se convirtió en el más popular de los títulos mesiánicos. Los enfermos y las multitudes lo repetirán con frecuencia en el curso de la vida pública de Jesús. Y Él lo aceptará; únicamente añadirá que es también el Hijo de Alguien más grande que David[3].

La Virgen tenía puesto su corazón en Belén. Y allí se dirigió con José, llevando lo imprescindible. El camino, en no muy buenas condiciones, lo harían en seis o siete jornadas, con un borrico que cargaba con las vituallas y la ropa; a veces llevaría a la Virgen sobre sus lomos. Se unirían a alguna pequeña caravana que se dirigía a Jerusalén, última etapa antes de llegar al lugar de sus antepasados. En esta ciudad entrarían en el Templo, pues ningún israelita piadoso dejaba de hacerlo. ¡Quién podrá imaginar la oración de la Virgen en aquel Santuario, llevando en su seno al Hijo del Altísimo!

Casi dos horas más de camino y ya estaban en Belén. Pero allí no encontraron dónde instalarse. Hemos de pensar en el cansancio -la Virgen está ya a punto de dar a luz-, en el polvo de aquellas rutas, en las comidas hechas al paso muchas veces… No hubo lugar para ellos en la posada, dice san Lucas con frase escueta.

Se presenta cierta dificultad para conocer la traducción correcta de «aposento», diversorio en latín, katályma según el texto griego del evangelio. Esta palabra tiene significados algo diferentes. Unas veces expresa la posada oriental de la época. Otras, la habitación alta y más espaciosa de las casas, que podía servir de salón o cuarto de huéspedes[4]. Tal vez estaba ocupada ya. Quizá resultaba demasiado fría en época de invierno para María en las circunstancias en las que llegaba.

Cuando san Lucas escribe que no había lugar para ellos en la posada parece referirse a la situación de María. Si hubiera querido decir simplemente que la posada no podía hospedar a más personas, le habría bastado con hacer notar que no había sitio. Sin embargo, dice que no lo había para ellos. Quizá quiere indicar que no era el lugar adecuado para la Virgen, cercana ya al parto.

Con todo, José debió de llamar a muchas puertas en busca de alojamiento. Su situación era difícil. Nos imaginamos bien la escena: el día avanzaba, él explicaba una y otra vez, con angustia creciente, la misma historia, «que venían de Nazaret», y María a pocos metros, viendo a José y oyendo las negativas; siente pena por su esposo, pero no pierde la serenidad. Quizá fuera Ella la que propuso a José instalarse provisionalmente en alguna de aquellas cuevas que servían de establo, a las afueras del pueblo[5]. Probablemente le animó, diciéndole que no se preocupara, que ya se arreglarían… José se sintió confortado en medio de sus inquietudes. Y allí se aposentaron con los enseres que habían podido traer desde Nazaret: los pañales, alguna ropa que Ella misma había preparado con la ilusión que solo saben poner las madres en su primer hijo…

Y en aquel lugar, con la mayor sencillez, nació Jesús: Sucedió -escribe san Lucas- que, estando allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito. María -fuente histórica de estas noticias- nos ha dicho lo que hizo: envolvió a Jesús en pañales y lo recostó en un pesebre. Su cuna fue ciertamente un comedero de animales (esta palabra, fátne, tiene el significado cierto de pesebre). Y María, a través del evangelista, parece querer indicarnos de una manera intensiva que el Hijo de Dios, y también su Hijo, no apareció de una manera asombrosa, no nació el día en que fue destruido el Templo ni al principio del mundo[6]. Por el contrario, el anuncio del ángel a los pastores subraya que el Mesías os ha nacido hoy (Lc). Se trata de un recién nacido. Como señal, les asegura que lo encontrarán envuelto en pañales, tal como lo ha vestido su Madre unas horas antes, y reclinado en un pesebre, indicando así su extrema pobreza. Ninguna mente podría haber sospechado jamás que Quien dispone que el sol caliente la tierra hubiera de necesitar un día a un buey y a una muía para que le calentaran con su aliento[7]. Quizá estuviera también el borrico que habría llevado a María buena parte del camino de Nazaret a Belén.

San Lucas nos da a entender que el parto tuvo lugar sin la asistencia de otras personas, ya que es la misma madre quien atiende al recién nacido: lo faja y lo coloca en el pesebre, a modo de cuna. Ni siquiera se nombra a san José.

Esta maternidad de María implicaba una relación personal y única con Dios, que la situaba por encima de todo lo creado, sin dejar de ser Ella misma. Nuestra Señora poseía la unión más íntima que pueda darse entre Dios y los hombres, salvo la unión hipostática. El Espíritu Santo la vinculaba a Dios de una manera nueva y especialísima y de un modo real y permanente. En el

Cielo hubo gran fiesta aquella noche, mientras todos contemplaban al Hijo encarnado y a la Madre de Dios, que resplandecía de gracia y de gozo. Y José no cabía en sí de alegría.

San Lucas nos ha dicho que María dio a luz a su hijo primogénito. Este término no indica que María tuviera más hijos. Cuando una recién casada tiene su primer hijo, este es el primogénito por el hecho de ser el primero. Así lo hacía constar san Jerónimo: «Omnis unigenitus est primogenitus»[8]. Y así se le llamaba después, haya tenido o no más hermanos. La condición de primogénito llevaba consigo en Israel una serie de derechos y deberes[9]. Algunos sugieren que la mención expresa del primogénito por san Lucas es probable que se refiera a la descendencia davídica y a los derechos que debía heredar.


[1] Belén (Beth-Lehem) significa casa del pan. Se encuentra a unos cien kilómetros de Nazaret y a unos siete de Jerusalén.

[2] Gn 35, 19.

[3] Francisco Papa lo ha expuesto así: «El origen eterno de Cristo está en el Padre; él es el Hijo en sentido total y único; y, por eso, es engendrado en el tiempo sin concurso de varón… Por otra parte, la verdadera maternidad de María ha asegurado para el Hijo de Dios una verdadera historia humana, una verdadera carne, en la que morirá en la cruz y resucitará de los muertos». Encl. Lumen fidei, n. 59.

[4] J. M. CASCIARO, Jesús de Nazaret, p. 42.

[5] La gruta en la que se venera actualmente el Nacimiento de Jesús es la que, entre los lugares arqueológicos de la vida de Cristo, tiene a su favor testimonios más antiguos y autorizados. Orígenes, a comienzos del siglo III, atestigua que existe una tradición muy conocida «en aquellos lugares y aun entre los ajenos a la fe» (Contra Celsum, I, 51). Él mismo recorrió los santos lugares para testificar que verdaderamente la narración evangélica estaba de acuerdo con la realidad.

En el año 135 el emperador Adriano dedicó este lugar al culto de Adonis, con la intención de borrar todo vestigio cristiano. Pero esto mismo sirvió más tarde para identificarlo con mayor exactitud (cfr. SAN JERÓNIMO, Epístola a Paulino, PL XXII, 581; EUSEBIO, Vida de Constantino, III, 43).

[6] Al profundizar en la maternidad virginal, la Iglesia confiesa la virginidad real y perpetua de María, también en ese momento del parto. El nacimiento de Cristo «lejos de disminuir consagró la integridad virginal» de su Madre (Const. Lumen gentium, n. 57; cfr. también Catecismo, n. 499). Hay constancia documental de esta fe de la Iglesia en los primeros siglos, y, enseguida, los testimonios escritos aparecen por todas partes.

[7] El buey y la mula que hemos visto en tantos «belenes» no aparecen en los evangelios, pero esos dos animales «dando calor» al Niño son tan entrañables que hoy resultan inseparables de la Navidad. Son mencionados en un escrito apócrifo de los primeros siglos (Evangelio de la Natividad, XIV).

[8] SAN JERÓNIMO, Contra Helvidio, 10.

[9] Conocido es el caso del epitafio encontrado en Egipto y fechado el 2 de Mehir del año 25 de Augusto (25 de enero del año 5 antes de Cristo), hallado sobre la tumba de una mujer judía llamada Arsinoe, la cual, hablando en primera persona, dice haber muerto del parto de su primogénito: En los dolores de parto del hijo primogénito la Suerte me llevó al término de mi vida (puede verse el texto completo en J. B. FREY, Corpus Inscriptionum Judaicarum, Roma 1936, vol. II, pp. 420-422).

Evidentemente, en este caso el primogénito fue realmente único. El autor del epitafio llama protopós al hijo de cuyo parto murió Arsinoe, no porque detrás de él hubiera otros hijos de la misma madre, sino porque antes de él no había tenido ninguno.

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