Comentario – Martes IV de Adviento

El Benedictus es otro cántico, similar al Magnificat, que Lucas pone en boca de Zacarías, padre de Juan el Bautista, tras haber recibido la visita del ángel. Se trata de un cántico inspirado, pues Zacarías lo pronunció movido por el Espíritu Santo, y de alcance profético, ya que revela planes divinos y anuncia acontecimientos que habrán de cumplirse.

El sacerdote del AT comienza alabando al Dios de Israel, su Señor, porque ha visitado y redimido a su pueblosuscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo, según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas. Presenta como sucedido lo que apenas acaba de iniciarse. Y es que el lenguaje profético trastorna los tiempos, de modo que puede presentar como acaecido lo que todavía es futuro. En este pasaje alude a una «visita» y a un «acto de redención» del mismo Dios en favor de su pueblo. El Dios de la Alianza, el que viene actuando como aliado y defensor de su pueblo a lo largo de su historia, ha decidido dar un paso más, se ha dignado visitar a este pueblo. Para eso, tiene que hacerse personalmente presente en el lugar en el que este pueblo habita. Su modo de hacerse presente es suscitar una fuerza de salvación en la misma casa a la que pertenece el pueblo, la casa de David. Esa fuerza de salvación no es otra que la que ostenta un ‘descendiente» de David. El Dios de Israel visita y redime a su pueblo haciéndose uno de ese pueblo y esa casa, compartiendo con él vida (humana) e historia, pero sin perder la fuerza salvífica que le compete en cuanto Dios. La fuerza de salvación suscitada en la casa de David se identifica con el mismo Salvador, que es un descendiente de David, pero investido de esa fuerza de índole divina.

Y si todo esto había sido predicho desde antiguo por boca de profetas es porque formaba parte de un designio de salvación ideado por el mismo Dios. La historia deja de ser un cúmulo de acontecimientos azarosos, que tiene a los hombres como únicos protagonistas, para pasar a ser una historia trazada en sus líneas esenciales por el mismo Dios que no teme incorporar a los hombres como actores y protagonistas de la misma. Pero si es historia de salvación (divina) ha de ser esencialmente historia de Dios, es decir, historia en la que Dios tiene un protagonismo primordial.

Y hablando de salvación, el cántico precisa que se trata de una salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian; de esta manera se hace realidad la misericordia de Dios, esa misericordia que no es nueva en la historia, que ya tuvo con los antepasados y que viene a ser un recordatoriopermanente de su santa alianza y del juramento hecho a Abrahán. La misma misericordia que apreciaba María en el Magnificat la aprecia ahora Zacarías en el Benedictus. El objetivo de todas estas actuaciones divinas es liberarnos no solamente de los enemigos, sino del mismo temor a los enemigos, que es más opresor que la existencia factual de tales enemigos, y concedernos una vida en santidad y justicia, en su presencia todos nuestros días. Eso es lo que quiere obtener de nosotros mientras vivimos en este mundo: una vida de servicio en santidad y justicia.

La visita del Salvador es comparable a la visita del sol que nace de lo alto para iluminar (trayendo el día) a los que viven en la noche, es decir, en tinieblas y en sombra de muerte, y para guiar nuestros pasos en el camino de la paz. El camino de la paz se confunde con el camino de la salvación. Sólo por este caminos podremos obtener ese ansiado tesoro que todos anhelamos y echamos en falta alguna vez: la paz. También esta ‘visita’, la que se produce con la Navidad, es efecto de la entrañable misericordia de nuestro Dios. Todo brota de esta entrañable fuente de misericordia que mantiene a Dios en permanente estado de actividad salvífica. Por eso, me atrevo a compararla con la energía (resp. el hidrógeno) de la que Dios se autoabastece. Podría decirse que en su incesante actividad ad extra, Dios está consumiendo «misericordia», una energía que por ser eterna resulta inagotable. No debemos olvidar nunca, por tanto, que estamos viviendo, lo sepamos o no, de esta misericordia, del mismo modo que vivimos en la tierra gracias a la energía que el hidrógeno proporciona al sol.

 

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Anuncio publicitario