La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

3.- LOS PASTORES DE BELÉN

Lc 2, 8-20

María se quedaría mucho tiempo contemplando a su Hijo, mirándolo en el silencio de la noche. Después, lo pondría en brazos de José, que sabe bien que es el Hijo del Altísimo, al que deberá cuidar y proteger, y enseñarle un oficio. Toda su vida estará centrada en este Niño indefenso. Ellos saben que ha comenzado para la humanidad una nueva edad: la era cristiana, la del Mesías, su Hijo.

Jesús, María y José estaban solos. Pero Dios buscó para acompañar a la Sagrada Familia a unos pastores sencillos y humildes[1], que no se escandalizaron al encontrar al Mesías en un pesebre, envuelto en pañales[2].

A los pastores de aquellos contornos ya se había referido el profeta Isaías: el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. En esta primera noche, solo en ellos se cumple la profecía. Ven una gran luz: la gloria del Señor los envolvió de claridad. No temáis, les dice un ángel, pues vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido el Salvador, que es el Cristo, el Señor.

Y les dio una señal: un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre. No podía ser una señal más sencilla, pero a ellos les bastó. Quizá el ángel les indicó también el camino para llegar a la gruta.

Este anuncio sigue inmediatamente al relato del Nacimiento. Sin duda san Lucas quiere darnos a entender que entre estos dos hechos no mediaron más que unas pocas horas. Jesús, pues, tal como lo celebramos, parece que nació de noche (en la Nochebuena), pues también de noche tuvo lugar la aparición del ángel a los pastores.

Y vinieron presurosos…, casi corriendo, parece decir el evangelista. Es la prisa de la alegría y de los acontecimientos importantes. Se pondrían en camino con algún regalo para el recién nacido. En el mundo oriental de entonces era inconcebible presentarse sin algún don. Llevaron lo que tenían a su alcance: algún cordero, queso, manteca, leche, requesón, algo de abrigo… No es demasiado desacierto figurarse la escena tal como la representan los innumerables «belenes» de la Navidad y la pregonan los «villancicos».

María y José debieron de instruir con detalle a estos pastores acerca del Mesías, que estaba allí delante de ellos. Con estas explicaciones, los pastores se convirtieron en los primeros mensajeros, pues ellos regresaron a Belén y contaron a la gente lo que habían visto, y todos se maravillaron (Lc). Algunos se acercarían hasta el lugar donde estaba la Sagrada Familia, aquel joven matrimonio que había llegado hacía poco tiempo, y prestarían alguna ayuda, que la Virgen tanto agradecería. Ella conquistaría sus corazones con su simpatía personal.

Pero Belén siguió su vida de siempre. Cuando Jesús comience su vida pública nadie aludirá a hechos extraordinarios ocurridos durante su nacimiento. Ni siquiera recordarán que nació en Belén. Le llamarán el Nazareno.

Solo María tendrá presente toda su vida esta noche inolvidable. Ella guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón, escribe Lucas, como citando la fuente de sus informaciones; pensaba en todo esto, y con suma alegría lo consideraba una y otra vez en su interior.


[1] El profeta Miqueas, mirando hacia un futuro lejano, anunció que de Belén había de salir el que un día apacentaría al pueblo de Israel. Jesús nace entre los pastores. Él es el gran Pastor de los hombres. BENEDICTO XVI, La infancia de Jesús, p. 80.

[2] Por contraste, los judíos de aquellos tiempos incluían a los pastores entre los pecadores y publicanos, debido a que, por su ignorancia, eran poco cumplidores de las prescripciones de la Ley de Moisés. Por ello no se les admitía como jueces ni como testigos (Sanhedrín, 25b). Sin embargo, fueron los únicos, junto con los Magos, llamados a contemplar al Mesías.

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