Comentario – San Esteban

Jesús anuncia tiempos de persecución para sus apóstoles y seguidores: Os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa. No tuvieron que pasar muchos años para que tales predicciones se cumplieran. Ya la primera evangelización protagonizada por los apóstoles estuvo marcada por el rechazo y la confrontación: comparecencias y juicios sumariales ante tribunales como el Sanedrín judío, flagelaciones, cárceles, amenazas, prohibiciones. De todo ello da buena cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles. Y a no mucho tardar empezaron a llegar los martirios acompañados de derramamiento de sangre; primero fue Esteban, el diácono protomártir, que murió lapidado mientras pedía el perdón para sus asesinos; después fue Santiago, obispo de Jerusalén, a quien el rey Herodes mandó decapitar; y más tarde, los martirios de Pedro y Pablo, en Roma, bajo la persecución de Nerón. A estos se sumaron otros muchos a lo largo de los tres primeros siglos.

Realmente la primera evangelización estuvo regada con sangre, pero semejante riego dio más fuerza a la semilla que prendió en el corazón de judíos y paganos con mayor arraigo. El momento martirial, el momento en que el testigo se enfrentaba al tribunal y a la sentencia de muerte, era sin duda el momento más propicio para el testimonio, como había anunciado Jesús: Así, daréis testimonio ante ellos y ante los gentiles. Para este testimonio no era precisa la preparación de un largo y atinado discurso; bastaba con la disposición martirial; bastaba con estar dispuesto a dar la vida por Jesucristo, el primer mártir de la era cristiana. Por eso, no debían preocuparse de lo que tendrían que decir en ese trance ni de cómo habrían de decirlo. El Espíritu del que estaban ungidos les sugeriría en su momento lo que tenían que decir. Aquí lo que contaba no era la belleza o la justeza del discurso, sino la veracidad del testimonio, el impulso del Espíritu junto con el testimonio de una vida dispuesta a sacrificarse por Cristo y por su causa. No era siquiera necesario prepararse mentalmente para decir una palabra acertada; el Espíritu de Dios hablaría por ellos, si fuera preciso hablar.

El odio vertido en la persecución llegará a confundir las mentes y las voluntades de muchos y perturbará profundamente las ligaciones más naturales. El rango de la persecución alcanzará cotas tan crueles y despiadadas que no se detendrá ante parentescos y lazos de sangre. El odio que atizará este fuego indiscriminado que querrá acabar con todo lo cristiano, ya sea un objeto, una persona, una indumentaria, un signo, etc., se introducirá con una fuerza inusitada en el mismo círculo familiar haciendo saltar por los aires los vínculos más íntimos que mantienen unidos a padres e hijos y a hermanos. Y habrá traiciones y denuncias entre los miembros de la misma familia: Los hermanos entregarán a sus hermanos para que los maten, los padres a los hijos, se rebelarán los hijos contra sus padres y los matarán«. El odio contra todo lo que tenga aspecto de cristiano adquirirá tales dimensiones que parecerá universal, o al menos torrencial. Basta leer algunos testimonios martiriales como la Pasión de Perpetua y Felicidad o la segunda Apología de San Justino para tomar conciencia de esta cruel realidad que parecía sostenida por el mismo demonio y que venía a corroborar con exactitud asombrosa lo predicho por Jesús.

Pero en medio de esta tenebrosa predicción hay una última palabra que nos abre un horizonte de salvación: el que persevere hasta el final, se salvará. La perseverancia lo es todo en orden a alcanzar el objetivo. Y aquí lo que importa no es conservar la vida, una vida que necesariamente hemos de perder, sino ganar la vida que nos espera, lograr la definitiva salvación. Lo que importa a todos los efectos es la salvación y con ella la consecución de la vida sin término o vida perdurable. Pues bien –nos asegura Jesús-, todo el que persevere en el testimonio –aunque ello exija la entrega de la propia vida- hasta el final, obtendrá la salvación. Si éste es el bien más valioso y estimable que podamos imaginar, cualquier otro bien, gasto o renuncia que arriesguemos en el intento hemos de darlo por bien empeñado, o gastado, o renunciado.

 

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística