De nuevo San José

1.- «Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre la prole» (Si 3, 3) Hay un orden natural que el Creador ha establecido desde el principio y que debe durar hasta el final. El padre merece el respeto y la veneración de los hijos. Estos, al fin y al cabo, le deben la vida, que es lo más grande y hermoso. Además, a nuestros padres debemos lo que somos y tenemos. Ellos nos iniciaron en el camino que hemos recorrido y se sacrificaron -a veces de forma heroica- para sacarnos adelante. Se desvelaron cuando fue necesario, se preocuparon por nuestro bien, sufrieron y lloraron por nuestro mal.

Por todo eso son merecedores de nuestra gratitud, de todos los sacrificios que sean precisos para atenderles y cuidarlos. Con ello no haremos sino cumplir con nuestro deber, pagar una deuda pendiente, una cuenta antigua e ineludible. Además de ser un deber de estricta justicia, Dios ha querido que sea también la mejor manifestación de una auténtica caridad. Por eso el Señor valora y paga con creces cuanto hagamos por nuestros padres. Si no amamos con obras a los nuestros, difícilmente podremos amar, según Dios, a los demás.

2.- «Hermanos: Como pueblo elegido de Dios, pueblo sacro y amado» (Col 3, 12) La Santa Madre Iglesia dedica a la familia una doménica. Todos los años por estas fechas habla de esta realidad tan entrañable y tan humana que es la familia. Ese grupo de seres que viven juntos los acontecimientos más importantes de la vida: el nacimiento, la niñez, la adolescencia, la juventud, la madurez, la ancianidad, la muerte, la esperanza en la Resurrección… Estos días son eminentemente familiares, días para estar juntos, para convivir más cerca que nunca.

San Pablo nos recuerda que somos el pueblo elegido por Dios, que somos hijos suyos y que por tanto hemos de comportarnos como tales. De modo especial en nuestra vida de hogar, en donde nuestra actitud ha de ser de bondad, de humildad, de dulzura y de comprensión. Familia en paz, bendición de Dios que la Iglesia pide y desea para todos los hombres. Y es que si vivimos en un ambiente familiar en el que reine la paz y la alegría de Dios, el noventa por ciento de nuestras dificultades están superadas.

3.- «Levántate, coge al niño y su madre y huye…» (Mt 2, 13) Sí, una vez más la figura entrañable del santo patriarca ocupa un primer plano en la liturgia. El domingo pasado contemplábamos su humildad y su fortaleza, su aceptación rendida a los planes de Dios y su reciedumbre en llevarlos a cabo. Hoy podemos fijarnos en otros aspectos de su conducta con el deseo, y la súplica al Señor, de hacerlos vida de nuestra vida. Esos aspectos pueden ser, por ejemplo, su fe y su laboriosidad, su visión sobrenatural de lo que ocurría y su esfuerzo humano para afrontar aquellas difíciles circunstancias, su confianza absoluta en el poder divino y su afán por poner cuantos medios estaban a su alcance.

Cuando apenas si se habían marchado los Magos venidos de Oriente, cuando duraba aún el regocijo de haber visto cómo aquellos grandes personajes adoraban al Niño, entonces, en aquella misma noche, el ángel le habla de nuevo para transmitirle un mensaje de lo Alto. Algo inesperado y desconcertante. Ponerse en camino de inmediato pues el Niño, el Mesías, el Hijo de Dios, estaba en peligro de muerte. Era algo contradictorio y difícil de comprender que el rey del universo tuviera que esconderse, darse a la fuga por caminos desconocidos y llenos de peligros. Pero san José no titubea ni por un momento y se pone en camino, seguro de que aquello, lo que Dios disponía, era lo mejor que debía hacer. Su fe no vacila, antes al contrario cumple con exactitud meticulosa lo que el ángel le ha ordenado.

Los escritos apócrifos han adornado con prodigios la marcha hacia Egipto. Los Evangelios, por el contrario, no dicen nada de eso, pues nada extraordinario ocurrió. José tendría que escoger los caminos menos frecuentados para mejor burlar a sus perseguidores. Luego, ya en Egipto, buscaría trabajo entre gente extraña, como un emigrante judío más, entre aquellos judíos que habían ido a Egipto para trabajar. Luego, cuando quizá estaban ya instalados y con todo resuelto, de nuevo se le aparece el ángel del Señor para indicarle que vuelva a su tierra. San José muestra otra vez su animosidad.

Pero cuando llega, oye decir que Arquelao reina en Judea y que es peor todavía que su padre Herodes. Por eso decide marchar a Nazaret. Allí reinició su vida de siempre, vida de trabajo afanoso e incesante, bien hecho, con mucho amor de Dios. Así pudo sacar adelante a su familia que no, por ser sagrada, carecía de dificultades.

Con su vida escribió entonces, junto con María y Jesús, las páginas más sencillas y entrañables de la Historia, páginas para que las contemplemos y las imitemos. Son tan sencillas que están al alcance de todos. Dios quiso mostrarnos cómo había de ser nuestra vida de familia y vivió durante treinta años unas circunstancias del todo iguales a las que hemos de vivir la inmensa mayoría de todos nosotros. Vivamos, pues, como vivió san José, con una gran fe y, al mismo tiempo, con un esfuerzo serio por hacer bien el trabajo de cada día.

Antonio García-Moreno