Comentario – Día VI de la Octava de Navidad

San Lucas nos presenta a una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer ya anciana y viuda desde hacía muchos años. Su viudez le permitía vivir consagrada a la oración: no se apartaba del templo –narra el evangelista- día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Este era su modo de servir a Dios: ayunando y orando, dos acciones que suelen ir estrechamente ligadas: la oración requiere privación de cosas que pueden impedirla u obstaculizarla (ayuno) y el ayuno, que no tiene razón de ser en sí mismo, debe estar motivado por algo o al servicio de otra cosa como la oración o la caridad. Bastaba querer estar en oración continua (día y noche) para tener que recurrir al ayuno de comida, de sueño, de ocupaciones varias, de distracciones múltiples, etc. Este servicio divino en un clima de oración y ayuno le obligaba a mantenerse localizada en el templo como lugar de oración y espacio propicio para el ayuno. El templo había ocupado ya el lugar de la tienda del encuentro. Era el lugar del encuentro con Dios y, para aquella viuda, también lugar de encuentro con el Mesías, Salvador, presente en la carne de un recién nacido.

Es precisamente su consagración a Dios lo que con seguridad le otorga la condición de profeta y le permite ver en el niño Jesús al Mesías esperado. Ella formaba parte de esa cadena profética que anticipaba la venida del Salvador. Por eso pudo verle no sólo en figura, como los profetas anteriores a ella, sino en la carne de un recién nacido, un niño con apenas unos ocho días de vida.

Su paso a diario por el templo propició el encuentro con el Esperado de Israel. También Ana se encontraba entre los que aguardaban la liberación de Israel. Por eso, al ver a aquel niño, señalado por el Dios de sus contactos e inspiraciones como el Mesías, se llenó de alegría, dándole gracias por haberle permitido ver con sus propios ojos al que era objeto de sus más hondos deseos, y hablaba de él como se habla de un libertador a todos los que aguardaban la liberación de Israel.

Su mensaje profético sólo podía calar en los que vivían sostenidos por esta esperanza mesiánica. Un mensaje de liberación sólo puede resultar inteligible para los que aguardan algún tipo de salvación. Para los que no esperan nada, cualquier mensaje de salvación les resultará inútil y baldío. Ana, sí encontró en su ámbito personas que aguardaban y podían acoger con buen ánimo un mensaje de liberación. Tal es la suerte que aguarda a todo mensaje profético, que podrá calar sólo si hay quienes esperan todavía un posible cambio a mejor en el estado actual de las cosas. Pero ¿existen hoy quienes aguarden una liberación que no se reduzca a los éxitos logrados por la ciencia y la tecnología en los diversos campos del saber humano? El mensaje profético de una liberación ultraterrena que tiene a Dios por iniciador y protagonista acaba resultando baldío para aquellos que no esperan otra liberación que la protagonizada por el hombre y sus avances científicos.

Cumplimentada la Ley, los padres de Jesús, con su hijo, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. Allí, aquel niño, venido de parte de Dios Padre para culminar el acto más importante de la historia de la salvación, iría creciendo y robusteciéndose, al tiempo que se llenaba de sabiduría y de gracia, pues la gracia de Dios lo acompañaba. Crecía, porque propio de un ser humano, todavía niño, es crecer. Y con el crecimiento viene el robustecimiento del cuerpo y de la personalidad, que no sería posible sin el progreso en el saber. Mas dado que se trata de la personalidad del ungido del Señor, también se requiere la permanencia en la gracia que le acompaña desde el primer instante de su existencia terrena. Y la gracia tendrá que adecuarse, asimismo, a la edad del agraciado, o al momento estacional de su crecimiento, de modo que habrá de experimentarla de diferente manera en su etapa infantil que en su etapa de madurez. La edad física es también edad psicológica y todo lo que se tiene se ha de vivir en conformidad con la edad correspondiente; de lo contrario, se produciría una disfunción de difícil ensamblaje con su personalidad humana.

El apunte evangélico del crecimiento de Jesús nos habla a las claras de la verdad de su encarnación: hecho «realmente» hombre, como diría Ignacio de Antioquía, en todo semejante a nosotros menos en el pecado. Pero si él se hizo semejante a nosotros es para que nosotros nos hagamos semejantes a él, también en esto que consiste en crecer en sabiduría y en gracia, pues a eso estamos llamados, a crecer hasta alcanzar la edad de Cristo en su plenitud.

 

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística