Vísperas – Jueves I de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

JUEVES I TIEMPO ORDINARIO

 

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Éste es el tiempo en que llegas,
Esposo, tan de repente,
que invitas a los que velan
y olvidas a los que duermen.

Salen cantando a tu encuentro
doncellas con ramos verdes
y lámparas que guardaron
copioso y claro el aceite.

¡Cómo golpean las necias
las puertas de tu banquete!
¡Y cómo lloran a oscuras
los ojos que no han de verte!

Mira que estamos alerta,
Esposo, por si vinieres,
y está el corazón velando,
mientras los ojos se duermen.

Danos un puesto a tu mesa,
Amor que a la noche vienes,
antes que la noche acabe
y que la puerta se cierre. Amén.

 

SALMO 29: ACCIÓN DE GRACIAS POR LA CURACIÓN DE UN ENFERMO EN PELIGRO DE MUERTE

Ant. Señor, Dios mío, a ti grité, y tú me sanaste; te daré gracias por siempre.

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.

Señor, Dios mío, a ti grité,
y tú me sanaste.
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.

Tañed para el Señor, fieles suyos,
dad gracias a su nombre santo;
su cólera dura un instante;
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto;
por la mañana, el júbilo.

Yo pensaba muy seguro:
«no vacilaré jamás»
Tu bondad, Señor, me aseguraba
el honor y la fuerza;
pero escondiste tu rostro,
y quedé desconcertado.

A ti, Señor, llamé,
supliqué a mi Dios:
«¿Qué ganas con mi muerte,
con que yo baje a la fosa?

¿Te va a dar gracias el polvo,
o va a proclamar tu lealtad?
Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme.»

Cambiaste mi luto en danzas,
me desataste el sayal y me has vestido de fiesta;
te cantará mi lengua sin callarse.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Señor, Dios mío, a ti grité, y tú me sanaste; te daré gracias por siempre.

SALMO 31: ACCIÓN DE GRACIAS DE UN PECADOR PERDONADO

Ant. Dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.

Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso e hombre a quien el Señor
no le apunta el delito.

Mientras callé se consumían mis huesos,
rugiendo todo el día,
porque día y noche tu mano
pesaba sobre mí;
mi savia se me había vuelto un fruto seco.

Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

Por eso, que todo fiel te suplique
en el momento de la desgracia:
la crecida de las aguas caudalosas
no lo alcanzará.

Tú eres mi refugio, me libras del peligro,
me rodeas de cantos de liberación.

— Te instruiré y te enseñaré el camino que has de seguir,
fijaré en ti mis ojos.

No seáis irracionales como caballos y mulos,
cuyo brío hay que domar con freno y brida;
si no, no puedes acercarte.

Los malvados sufren muchas penas;
al que confía en el Señor,
la misericordia lo rodea.

Alegraos, justos, y gozad con el Señor;
aclamadlo, los de corazón sincero.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: EL JUICIO DE DIOS

Ant. El Señor le dio el poder, el honor y el reino, y todos los pueblos le servirán.

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las gentes,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos, los profetas,
y a los santos y a los que temen tu nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por esto, estad alegres, cielos,
y los que moráis en sus tiendas.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor le dio el poder, el honor y el reino, y todos los pueblos le servirán.

LECTURA: Rm 8, 28-30

Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas: así la comprobación de vuestra fe —de más precio que el oro, que, aunque perecedero, lo aquilatan a fuego— llegará a ser alabanza y gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo. No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación.

RESPONSORIO BREVE

R/ El Señor nos alimentó con flor de harina.
V/ El Señor nos alimentó con flor de harina.

R/ Nos sació con miel silvestre.
V/ Con flor de harina.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ El Señor nos alimentó con flor de harina.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Señor derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.

PRECES

Invoquemos a Dios, nuestro refugio y nuestra fortaleza, y digámosle:

Mira a tus hijos, Señor.

Dios de amor, que has hecho alianza con tu pueblo,
—haz que recordemos siempre tus maravillas.

Que los sacerdotes, Señor, crezcan en la caridad
—y que los fieles vivan en la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.

Haz que siempre edifiquemos la ciudad terrena unidos a ti,
—no sea que en vano se cansen los que la construyen.

Manda, Señor, trabajadores a tu mies,
—para que tu nombre sea conocido en el mundo.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

A nuestros familiares y bienhechores difuntos dales un lugar entre los santos
—y haz que nosotros un día nos encontremos con ellos en tu reino.

Ya que por Jesucristo hemos llegado a ser hijos de Dios, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Tú, Señor, que iluminas la noche y haces que después de las tinieblas amanezca nuevamente la luz, haz que, durante la noche que ahora empieza, nos veamos exentos de toda culpa y que, al clarear el nuevo día, podamos reunirnos otra vez en tu presencia, para darte gracias nuevamente. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Jueves I de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Muéstrate propicio, Señor, a los deseos y plegarias de tu pueblo; danos luz para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla. Por nuestro Señor. Amen. 

2) Lectura

Del santo Evangelio según Marcos 1,40-45
Se le acerca un leproso suplicándole y, puesto de rodillas, le dice: «Si quieres, puedes limpiarme.» Enternecido, extendió su mano, le tocó y le dijo: «Quiero; queda limpio.» Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio. Le despidió al instante prohibiéndole severamente: «Mira, no digas nada a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que prescribió Moisés para que les sirva de testimonio.» Pero él, así que se fue, se puso a pregonar con entusiasmo y a divulgar la noticia, de modo que ya no podía Jesús presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba a las afueras, en lugares solitarios. Y acudían a él de todas partes. 

3) Reflexión

• Acogiendo y curando al leproso Jesús revela un nuevo rostro de Dios. Un leproso llega cerca de Jesús. Era un excluido, un impuro. Debía vivir alejado. Pero aquel leproso tenía mucho valor. Transgredió las normas de la religión para poder llegar cerca de Jesús. Y grita: “¡Si quieres, puedes limpiarme!” Es decir:“¡No precisas tocarme! Basta que lo quieras para que yo sea curado”. La frase revela dos enfermedades: a) la enfermedad de la lepra que lo hacía impuro; a) la enfermedad de la soledad a la que era condenado por la sociedad y por la religión. Revela al mismo tiempo la gran fe del hombre en el poder de Jesús. Profundamente compadecido, Jesús cura las dos enfermedades. Primero, para curar la soledad, toca al leproso. Y es como si le dijera: “Para mí, tú no eres un excluido. ¡Yo te acojo como hermano!” Enseguida, cura la lepra diciendo: ¡Quiero! ¡Queda limpio! El leproso, para poder entrar en contacto con Jesús, había transgredido las normas de la ley. De la misma forma, Jesús, para poder ayudar a aquel excluido y así revelar un rostro nuevo de Dios, transgredí las normas de su religión y toca al leproso. En aquel tiempo, quien tocara a un leproso, se volvía impuro ante las autoridades religiosas y ante la ley de la época.
• Reintegrar a los excluidos en la convivencia fraterna. Jesús no solamente cura, sino que además quiere que la persona curada pueda convivir de nuevo con los demás. Reintegra a la persona en la convivencia. En aquel tiempo, para que un leproso fuera de nuevo acogido en la comunidad, tenía que tener un certificado firmado por un sacerdote. Es como hoy. El enfermo sale del hospital sólo si tiene un certificado médico firmado por un doctor. Jesús obliga al leproso a que se busque el documento, para que pueda convivir con normalidad. Obliga a las autoridades a que reconozcan que el hombre había sido curado.
• El leproso anuncia el bien que Jesús le hace, y Jesús se vuelve un excluido. Jesús había prohibido al leproso que hablara de la curación. Pero no lo consiguió. El leproso, en cuanto se fue, empezó a divulgar la noticia, de modo que Jesús ya no podía entrar públicamente en el pueblo; tenía que andar por las afueras, en lugares apartados. ¿Por qué? Es que Jesús había tocado a un leproso. Por ello, en la opinión pública de aquel tiempo, Jesús, el mismo, era ahora un impuro y tenía que vivir alejado de todos. No podía entrar en las ciudades. Pero Marcos muestra que al pueblo poco le importaban esas normas oficiales, pues de todas partes llegaban a donde él estaba. ¡Subversión total!
• Resumiendo. Tanto en los años 70, época en la que Marcos escribe, como hoy, época en la que vivimos, era y sigue siendo importante tener delante unos modelos de cómo vivir y anunciar la Buena Nueva de Dios y de cómo evaluar nuestra misión. En los versos de 16 a 45 del primero capítulo de su evangelio, Marcos describe la misión de la comunidad y presenta ocho criterios para que las comunidades de su tiempo pudieran evaluar la misión. He aquí el esquema:
Texto
        Actividade de Jesus
                Objetivo de la mision
Marcos 1,16-20
        Jesús llama a los primeros discípulos
                formar comunidades
Marcos 1,21-22
        La gente queda admirada con su enseñanza
                crear conciencia crítica
Marcos 1,23-28
        Jesús expulsa a un demonio
                luchar en contra del poder del mal
Marcos 1,29-31
        Cura a la suegra de Pedro
                restaurar la vida para el servicio
Marcos 1,32-34
        Cura a enfermos y endemoniados
                acoger a los marginados
Marcos 1,35
        Jesús se levanta pronto para rezar
                permanecer unido al Padre
Marcos 1,36-39
        Jesús sigue anunciando
                no encerrarse en los resultados
Marcos 1,40-45
        Curación de un leproso
                reintegrar a los excluidos 

4) Para la reflexión personal

• Anunciar la Buena Nueva consiste en dar testimonio de la experiencia concreta que uno tiene de Jesús. El leproso, ¿qué anuncia? Cuenta a los demás el bien que le hizo Jesús. ¡Sólo esto! ¡Todo esto! Y es este testimonio lo que lleva a los demás a aceptar la Buena Nueva de Dios que Jesús nos trae. ¿Qué testimonio doy yo?
• Para llevar la Buena Nueva de Dios a la gente, no hay que tener miedo de transgredir las normas religiosas que son contrarias al proyecto de Dios y que dificultan la comunicación, el diálogo y la vivencia del amor. Aunque esto traiga dificultades para la gente, como se las trajo a Jesús. ¿Tuve este valor? 

5) Oración final

Entrad, rindamos homenaje inclinados,
¡arrodillados ante Yahvé que nos creó!
Porque él es nuestro Dios,
nosotros somos su pueblo,
el rebaño de sus pastos. (Sal 95,6-7)

Aprender a rechazar las alabanzas (Adulación)

El desprecio de las alabanzas es lo primero y lo principal que hemos de aprender (San Juan Crisóstomo, Sobre el sacerdocio).

De nada debe huir el hombre prudente tanto como de vivir según la opinión de los demás (San Basilio, Discurso a los jóvenes).

Rechaza las alabanzas que te hagan por el éxito obtenido, porque no se deben a un vil instrumento como tú, sino a Él, que, si así lo quiere, puede servirse de una vara para hacer brotar el agua de una roca, o de un poco de tierra para devolver la vista a los ciegos […] (J. Pecci – León XIII-, Práctica de la humildad, 45).

Todo motivo de excelencia lo ha dado Dios para que aproveche a los demás, de donde se siguen que en tanto debe agradarle al hombre el testimonio que los demás le dan de su excelencia, en cuanto contribuya al bien ajeno (Santo Tomás, Suma Teológica, 22, q. 131, a. 1).

Cuando más me exalten, Jesús mío, humíllame más en mi corazón, haciéndome saber lo que he sido y lo que seré, si Tú me dejas (J. Escrivá de Balaguer, Camino, 591).

Comentario – Jueves I de Tiempo Ordinario

De nuevo nos encontramos con la curación de un leproso que se acerca a Jesús implorando clemencia para su situación lastimosa. El relato nos lo ofrece esta vez san Marcos con algunas particularidades que no comparecen en las otras versiones del hecho. También en esta versión, el enfermo se remite a la voluntad del benefactor: Si quieres, puedes limpiarme, puesto que da por supuesto su poder. La situación del leproso es realmente digna de lástima. A su condición de enfermo repugnante, se une la de ser un excluido o marginado social y la de ser un «maldito» desde el punto de vista religioso. De ahí que su curación fuese al mismo tiempo una purificación por la que había que ofrecer lo mandado por Moisés. La limpieza de su carne era, pues, limpieza de su alma. Jesús, que no puede no sentir lástima ante alguien que es digno de lástima, extendió la mano y lo curó: su carne se volvió limpia como la de un niño.

Después, lo despide, encargándole con tono severo que no dé a conocer lo sucedido, que no se lo diga a nadie, aunque tenga que presentarse al sacerdote para que tome constancia de su nueva situación y pueda ser reintegrado a la vida social. Jesús le aconseja que cumpla los requisitos legales, pero también que guarde secreto sobre el modo con que ha obtenido la salud. Al parecer quiere evitar lo que después se le viene encima: aglomeraciones y agobios de las gentes que acudían a él en masa desde todos los lugares. Porque aquel leproso agraciado no pudo evitar contar aquello que le había sucedido y de lo que rebosaba su corazón, estallante de alegría y de gratitud. Empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones. No era para menos.

Pero la consecuencia más inmediata es que Jesús no podía entrar abiertamente en ningún pueblo, debido al tumulto que su presencia provocaba. No extraña que más tarde le acusaran de haber sido causante de desórdenes sociales. Al parecer, su sola presencia generaba un enorme torbellino. Ello le llevó a tomar la decisión de quedarse fuera de las poblaciones, en el descampado; y aun así acudían a él de todas partes. Jesús acabó convirtiéndose en el epicentro de un gran movimiento social, capaz de mover masas. Pero él nunca aprovechó semejante poder para fines particulares o para iniciar una revuelta o insurrección social. Huyó de las aclamaciones populares y de los intentos de proclamarlo rey. Consideró que tomar ese camino era tomar un atajo inconciliable con su misión que habría de consumar en el calvario sin causar daño a nadie, pero cargando con los pecados de los demás. Por eso rechazó semejantes tentaciones como pretensiones diabólicas de apartarle del camino mesiánico previsto por Dios.

También de esta actuación de Jesús debemos aprender a remediar, en la medida de nuestras posibilidades, las necesidades o carencias de los miserables de nuestro mundo movidos por la compasión que tales miserias despiertan en nosotros y, al mismo tiempo, a evitar todo intento de entronización por parte de aquellos que alaban nuestras bondades. Si nuestras buenas obras tienen que servir para algo, aparte de para reportar el bien que puedan hacer, ha de ser para que den gloria a Dios por ellas: Para que, viendo vuestras buenas obras, den gloria a vuestro Padre que está en el cielo. Procuremos, por tanto, que nuestras buenas obras contribuyan a la glorificación de Dios. Lo lograremos si hacemos que el mérito recaiga sobre Él. Sólo así evitaremos nuestra propia glorificación.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

245. Además hay que acompañar especialmente a los jóvenes que se perfilan como líderes, para que puedan formarse y capacitarse. Los jóvenes que se reunieron antes del Sínodo pidieron que se desarrollen «programas de liderazgo juvenil para la formación y continuo desarrollo de jóvenes líderes. Algunas mujeres jóvenes sienten que hacen falta mayores ejemplos de liderazgo femenino dentro de la Iglesia y desean contribuir con sus dones intelectuales y profesionales a la Iglesia. También creemos que los seminaristas, los religiosos y las religiosas deberían tener una mayor capacidad para acompañar a los jóvenes líderes»[133].


[133] Documento de la Reunión pre-sinodal para la preparación de la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos(24 marzo 2018), 12.

El bautismo de los hijos de Dios

1.- Todos hemos visto alguna vez, o en fotografía o en película, o quizás personalmente, esas multitudes de indios bajando lentamente por las orillas a las aguas del Ganges para purificarse en las aguas sagradas. El agua siempre ha tenido en todas las civilizaciones el significado de purificación antes de entrar en contacto con la divinidad. En el recinto exterior de todo templo shintoista hay una fuente o depósito hecho de piedra con cuya agua se purifican las manos y los pies o se bebe un poco en señal de purificación antes de proceder al interior del templo

Juan el Bautista también tocó el agua, como era costumbre en esos tiempos, como medio de purificación, pero exigía al mismo tiempo la conversión del corazón, sabiendo que el solo meterse en el agua no cambia nada en el interior del hombre si este no ha cambiado a sí mismo. Pero aún así Juan sabía que su bautismo no era lo que debía de ser. Purificarse y morir a la mala vida es un paso aún negativo. Cuando el hombre sale del agua necesita comenzar a vivir una nueva vida.

Y Juan señala a Jesús y le define con aquellas palabras: “ese es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo”. No basta morir bajo el agua es necesario renacer, como dijo Jesús a Nicodemo: “Yo te aseguro que si no renace el hombre del agua y del Espíritu Santo no puede entrar en el Reino de los Cielos”.

2.- Todos nosotros estamos bautizados, y vosotros habéis bautizado a vuestros hijos. ¿Y tenemos conciencia de lo que eso fue y lo que es? Renacer: ese niño que acaba de nacer y tiene un principio humano que le hace actuar como ser humano, todavía, tiene que nacer otra vez. Sobre ese principio de actos humanos, necesita otro principio para que sea capaz de amar a un Dios que “nadie jamás ha visto”, para que sea capaz de admitir un ser que sus ojos no ven, ni sus manos van a palpar.

Y ese principio nuevo, sobrenatural, es el Espíritu Santo. Nosotros, vuestros niños en el bautismo, reciben el Espíritu de Jesús, que les va a hacer moverse en un sentido sobrenatural, hacia Dios.

3.- Y ese venir del Espíritu Santo hace que ese niño quede consagrado, dedicado a Dios, como al consagrar un cáliz queda dedicado solamente al culto divino. Ese niño que tenéis en brazos, por ser templo del Espíritu Santo es un ser santificado y consagrado por Jesucristo como dice hoy San Pablo. “Separemos de las tinieblas a la luz.

** A) Esos niños y cada uno de nosotros somos elegidos por Dios desde el vientre de nuestras madres y consagrados, es decir, separados, apartados del mal del mundo (llámesele Satanás), de todo lo que nos aparta de Dios, apartados de odios, y envidias, de egoísmos e injusticias, de violencias y materialismo, de todo lo que nos haga olvidarnos de Dios como puede ser el placer desenfrenado, el dinero o el poder.

** B) A todo esto renunciamos en las promesas del bautismo. Y para significar nuestra dedicación a Dios por el Espíritu que acabamos de recibir se unge al niño con el Crisma, como se ungen los cálices con óleo sagrado para dedicarlos a Dios. Y en ello se simboliza esa separación que hace del cristiano, de todo cristiano, un sacerdote, un profeta y un rey. “Pueblo regio y sacerdotal”, que nos dice San Pedro.

4.- Pero todo esto nos viene de que el Espíritu del Señor vive en nosotros, de que vivimos la misma vida interna de Dios, que por eso nos hace realmente hijos suyos, y por tanto hermanos entre nosotros. Por eso es mucha verdad de que por el bautismo el niño comienza a ser hijo de Dios, por recibir la misma vida de Dios.

Por eso el bautismo no se reduce a que el cura eche agua y a tomar chocolate con churros. En los niños es una semilla que los padres y padrinos tienen que cuidar. Y en nosotros es una elección, una llamada de Dios a la que cada uno de nosotros tiene que responder libremente.

Todo esto es totalmente distinto de unas abluciones externas en el Ganges, o un lavado de manos en un templo shintoista, Aquí hay una misteriosa realidad interior por la que es Dios quien transforma al hombre en hijo suyo de verdad.

José María Maruri, SJ

Éste es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo

Al día siguiente, Juan vio a Jesús que venía hacia él, y dijo: «Éste es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es de quien yo dije: Después de mí viene uno que es superior a mí, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía; pero si yo he venido a bautizar con agua es para que él se dé a conocer a Israel». Y Juan atestiguó: «He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Sobre el que veas descender y posarse el Espíritu, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo. Yo lo he visto y doy testimonio de que éste es el hijo de Dios».

Juan 1, 29-34

PARA MEDITAR

Es impresionante la actitud de San Juan Bautista. Él tuvo sus seguidores y hubiese sido muy fácil que él mismo se hubiese creído que era el enviado de Dios, el que estaban esperando el pueblo de Israel. Pero San Juan Bautista es capaz de darse cuenta que el enviado es el Hijo de Dios, y ese es Jesús.

San Juan Bautista tiene la capacidad de ser humilde, de entender siempre que él vale poca cosa, que su misión es la misión de Jesús. Nos puede parecer muy fácil, pero es bastante más complicado de lo que parece. Muchas veces tenemos la tentación de creernos el centro de todo y nos creemos imprescindibles.

Pero San Juan Bautista nos da una verdadera lección para todos: ser capaz en todo momento de ser consciente de que no es el centro del mundo, de que su vida, sus acciones valen muy poquito, porque el verdadero centro es Jesús. Y lo dice públicamente para que no haya ninguna duda.

PARA HACER VIDA EL EVANGELIO

  • Piensa en una situación de tu vida en la que te hayas creído mejor que los demás, en la que hayas pensado que lo que te sucede a ti es lo más importante.
  • ¿Por qué a veces nos creemos el centro del mundo? ¿Cómo nos dice Dios que debemos ser?
  • Escribe un compromiso para que seas una persona como San Juan Bautista, que no se cree el centro del mundo.

 

ORACIÓN

Gracias, Señor Jesús,
por tu manera de hacer las cosas,
tan diferente a como las hacer nosotros.
Que Tú, Señor Jesús, seas siempre
el centro de nuestras vidas.
Que tu persona ilumine en todo momento
nuestras palabras y obras.
Que sepamos hacer nuestro tu proyecto
y asumirlo, que no es otro que el de Dios Padre.
Que nos tomemos en serio cuanto Tú
nos irás diciendo a lo largo del año que empieza
Que tengamos siempre buen humor,
mucho buen humor.

Tú que quitas el pecado del mundo

Porque la humanidad gime
con dolores de parto,
porque la vida que hemos inventado
no nos satisface,
porque las tres cuartas partes de nosotros
pasan hambre,
porque la soledad y la incomunicación
nos invaden,
necesitamos que nos llenes de tu Espíritu.

Tú que quitas el pecado del mundo,
libéranos de la prisa,
del pasar por las cosas, las situaciones
y las personas sin gozarlas,
sin encontrarnos los unos con los otros.
Líbranos, Señor, de la rutina
que nos hace repetir sin sentir,
de un corazón que no se inmuta
ante el dolor de los otros
que llega por la prensa y los medios
de comunicación.

Tú que quitas el pecado del mundo,
envuelve con tu amor y tu frescura
a los políticos que llevan los destinos de la tierra
a los artistas que alimentan nuestras
formas de pensamiento,
a los creyentes que distraen de tu Amor
con mucha norma,
a los maestros que enseñan conocimientos
sin alma,
a los investigadores que sirven más
a la economía que al ser humano,
a los padres que gastan más energía
en su realización profesional
que en gozar de su amor y transmitirlo,
a cada ser humano que no sabe vivir
con gozo y en comunicación
y está envuelto en soledad o desencanto…

Llénanos a todos de tu Espíritu.
Libéranos de toda servidumbre
que nos esclaviza.

Mari Patxi Ayerra

Notas para fijarnos en el evangelio – Domingo II de Tiempo Ordinario

• Jesús aparece como “viniendo” hacia Juan Bautista, que representa las esperanzas de Israel (29). Es la primera aparición de Jesús en este Evangelio. Jesús, que “viene”, da cumplimiento a las promesas de Dios (Is 40,10). “Viene” a hacer realidad que el dominio del pecado será quitado del mundo (29) como había anunciado el profeta Isaías (Is 40,2).

• El evangelista destaca al Bautista como testigo enviado por Dios. Primero ha sido instrumento humilde para que “sea manifestado a Israel” (31). Ahora da testimonio de él (32.34), lo muestra a todo aquel que quiera verlo (29). Hay que “ver a Jesús” (Jn 1,29.35) e ir a vivir con Él (Jn 1,39.46) para conocerlo (Jn 1,26; 8,19; 10,14; 14,7ss; 17,3), amarlo (Jn 14,15.21ss; 16,27; 21,15ss) y seguirlo(Jn 1,37ss; 1,43; 8,12; 10,4.27; 12,26; 21,19.22).

• Otra característica de este Evangelio es que pone un acento especial en la acción del Espíritu Santo sobre Jesús (32-33). Con este acento se pone de manifiesto que en Jesús se cumple otro anuncio de Isaías: “Sobre Él se posará el Espíritu del Señor…” (Is 11,2). Jesús es, pues, el Mesías. El Espíritu es quien hace de Jesús “el Hijo” (34) (ya lo expresaba el texto del domingo pasado, Mt 3,13-17). Juan Bautista da testimonio de que Jesús lo ha recibido (32) y de que bautiza con el Espíritu (33): es decir, el Bautista tiene interés en decir que Jesús da el Espíritu Santo a todo aquel que quiera recibirlo. Y el fruto del bautismo de Jesús, que transforma en lo más íntimo, es que quien lo recibe se convierte en hijo de Dios.

• Como en todo ‘el tríptico’ que contemplamos (Mt 2,1-12 // Mt 3,13,17 // Jn 1,29-34), esta escena se centra en la identidad de Jesús. Por boca del Bautista se le llama “el cordero de Dios” (29). Resuena en esto lo que Isaías dice sobre el Siervo de Dios (Is 53), que cargó sobre Él todos nuestros crímenes (Is 53,6) y que como cordero llevado al matadero… no abría la boca (Is 53,7). También aquí resuena el tema del cordero pascual del Éxodo 12,46 citado por el mismo Juan en Jn 19,36 y que también aparece en 1 Pe 1,19: cordero sin defecto ni mancha, condiciones exigidas al cordero que debe ser consumido en la cena pascual y que se dan en Cristo. El testimonio de Juan culmina al decir que el hombre Jesús es “el Hijo de Dios” (34)

• El Evangelio de Juan tiene interés en decir que Jesús es “un hombre” (30). Antes, en este mismo capítulo (Jn 1,14), con la palabra carne, ha destacado la condición humana de Jesús en su vertiente de debilidad y limitación. Más adelante, muchas veces, Juan presenta a Jesús como un hombre (Jn 4,29; 5,12; 7,12.46; 9,11.12.16.24; 10,33; 18,17.29; 19,5.12). De todas estas hay que destacar la proclamación de esta ‘verdad’ de la fe cristiana que el evangelista pone en boca de Pilato: “Aquí tenéis al hombre” (Jn 19,5). En Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, tenemos la verdadera imagen de Dios y la verdadera imagen de la humanidad tal y como Dios la creó (Gn 1,27).

Comentario al evangelio – Jueves I de Tiempo Ordinario

Fidelidad para ser feliz. Fidelidad a Dios para salir vencedores en la lucha. En las muchas luchas de la vida. Durante mucho tiempo, los israelitas pensaron que sus victorias estaban unidas a la fidelidad a Dios, y sus derrotas, a que se alejaban de Él. La primera lectura de hoy nos lo recuerda.

El leproso del Evangelio no era feliz. Estaba fuera de la sociedad, de la vida religiosa, de la familia… Sin derechos, marginado. El encuentro con Jesús le devuelve sus derechos, le restaura su dignidad como persona.

Volvemos a ver a Jesús cercano a los que más sufren, los pobres, los niños, en este caso, los enfermos. Es una persona con fe, que sabe que su única salida es Jesús. Ha oído hablar de Él, y le confía su vida. “Si quieres, puedes curarme”. Jesús, por supuesto, quiere. Y le da una segunda oportunidad.

Nosotros hemos oído hablar de Jesús, sabemos mucho de Él – seguramente mucho más que aquel leproso – aunque a lo peor, no tenemos tanta fe. O no nos decidimos a pedirle a Cristo que nos libere. Pero lo más importante es que Jesús, como sintió lástima de aquel enfermo, siente también lástima por ti. Por cada uno de nosotros. Basta que nos acerquemos a nuestro Salvador con la esperanza de que Él lo puede todo. Y nos purifica, nos limpia, nos da la vida y nos devuelve la dignidad de hijos de Dios. Ahí radica la fuerza del sacramento de la Penitencia.

El exleproso se dedicó a alabar a Jesús “con grandes ponderaciones”. Ojalá nosotros podamos ser testigos de la alegría, cada vez que recibimos el perdón, y que se note en nuestras vidas. Y, si hace mucho que no te confiesas, aprovecha la ocasión que nos da hoy la Liturgia para decirle a Jesús que, si quiere puede limpiarte. Seguro que quiere. Y siéntete limpio otra vez. Siempre se puede.

Alejandro Carbajo Olea, cmf