La luz de las naciones de toda la tierra

1.- La Palabra de Dios en este domingo segundo del tiempo ordinario trata de revelarnos quién es “Dios-con-nosotros”, quién es Jesús. Se trata de revelarnos todo lo que Jesucristo es para nosotros. En el fondo se trata de responder a las preguntas de: ¿Quién es el que ha venido?, ¿quién es el que vendrá en plenitud?, ¿qué es lo que nos ha traído con su venida?

Jesús es el siervo preferido de Dios (primera lectura) que ha sido “ungido con la fuerza del Espíritu Santo” que descendió sobre él (Crisma-Cristo-Mesías). Y Juan da testimonio de este acontecimiento. Para el evangelista san Juan el “testimonio” es una noción central (testimonio del Padre, de Moisés, del Bautista, testimonio que los discípulos dan de Jesús, testimonio que Jesús da de sí mismo).

El Bautista esta tan centrado en su misión de dar testimonio del que es mayor que él, que su acto personal ni siquiera es digno de mención: “A él le toca crecer, a mí menguar”. Todo su ser y su obrar remite al futuro, al ser y al obrar de otro; sólo él es comprensible como una función al servicio del otro.

En el libro del profeta Isaías, Jesús es presentado como el «siervo de Yahvé», que reunirá a Israel, aquel que ha sido llamado por Dios a constituirse en la luz de las naciones de toda la tierra, alguien que salvará a todos los que se sientan oprimidos.

2.- En la segunda lectura, empezamos a desenvolver ante los fieles la carta primera de san Pablo a los cristianos que vivían en la ciudad griega de Corinto. San Pablo proclama a Jesús como el ungido de Dios, el Cristo, para constituirse en señor de nuestras vidas. El único Señor. El cristiano es siempre hombre de un único Señor. Así lo proclamamos cada vez que cantamos o rezamos el “gloria” en las reuniones de la comunidad cristiana; decimos: “Porque sólo tú eres Señor, Jesucristo”. ¿Lo creemos? ¿Lo hacemos posible y deseable con nuestra vida diaria? ¿O más bien es el dinero el que de verdad señorea sobre nuestra vida?

Si nos fijamos en lo que se ve diariamente en nuestros medios de comunicación social, ¿no es el dinero quien gobierna nuestras decisiones más importantes?, ¿no es la comodidad?, ¿no son las ideologías las que gobiernan nuestra vida? ¿Es Cristo quien gobierna nuestras relaciones de trabajo? ¿Es Dios nuestro criterio decisivo? ¿Gobierna siquiera nuestra Iglesia?

3.- Si nos preguntamos quién es Jesús, el Evangelio, tomado de san Juan, nos responde que es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, que es quien, lleno del Espíritu de Dios, es, por ello, el Hijo de Dios.

En esta versión del evangelio, la de Juan, Jesús no pasa por el bautismo de agua. En este texto, Juan el Bautista recalca que es él quien bautiza o baña con agua y que Jesús baña o bautiza con el Espíritu Santo. Juan insiste en su papel de sirviente-heraldo de Jesús ante el pueblo de Israel.

Juan Bautista proclama a Jesús “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Según este título, Jesús no solamente es pastor bueno, el único pastor del pueblo, sino que, al mismo tiempo, es cordero, como el resto del pueblo al que Jesús va a pastorear. Por pura solidaridad, Jesús, siendo el pastor por excelencia, no tuvo a menos ser contado y tratado como cordero. Era pastor, pero sufrió como cordero. Por puro amor a sus ovejas, siendo pastor, se dejó sacrificar como cordero.

En esta versión del Evangelio es el Bautista el que ve al Espíritu de Dios bajar y quedarse sobre Jesús; en todos los demás evangelios es Jesús el que ve al Espíritu Santo descender posarse sobre él. Esta versión de la “buena nueva” tiene un gran interés en dejar muy claro que el primer profeta de Israel en cuatrocientos años, el primer profeta reconocido como tal por el pueblo desde la muerte del profeta Zacarías, Juan Bautista, da testimonio de que el Espíritu de Dios posee plenamente a Jesús y que, por lo mismo, también Jesús es profeta y habla en nombre de Dios al pueblo de Israel.

4.- En su bautismo, Jesús tomó conciencia plena y para siempre de que Él era el «siervo de Yahvé», anunciado por Isaías. Preguntado después acerca de dónde ha sacado la autoridad para hacer lo que hace, Jesús responde que remonta a lo sucedido durante su bautismo por Juan y lo testimoniado por éste, la autoridad que tiene. El siervo de Jesús, Juan el Bautista, da testimonio del «siervo de Yahvé».

Que quede claro: Jesús no viene a juzgar o a condenar, sino a salvar. Cristo viene a revelarnos no la “ley”, sino la “gracia”. Cristo viene a revelarnos que Dios regala su salvación porque Él es bueno, no porque nosotros lo seamos.

Y los cristianos deben ser, como Juan el Bautista, precursores y testigos del que viene detrás de ellos. Por eso san Pablo los bendice. Ellos saben más de Jesús que lo que sabía el Bautista, pero también ellos tienen que conformarse con los indicios que se les dan y que son al mismo tiempo promesas.

Antonio Díaz Tortajada

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