La sabiduría de la liturgia

1.- Hemos manifestado muchas veces la gran sabiduría de quienes ya hace muchos años trazaron las líneas maestras de la «aplicación» de los textos bíblicos en la liturgia de las Misas Dominicales. El domingo anterior, con el Bautismo del Señor, se cerraba el tiempo navideño, pero era –a su vez– el Primer Domingo del Tiempo Ordinario. En ese otro complemento de la celebración eucarística que es la Liturgia de las Horas nos situaba en el lunes de la Primera Semana del tiempo ordinario, para que no hubiera dudas. En el Evangelio de ese día se leía el texto de Mateo y hoy es de San Juan con la similitud principal entre ambos: la manifestación trinitaria en torno al bautismo de Jesús en el Jordán.

2.- El bautismo de Jesús marca el inicio de su vida pública. Tras las celebraciones jubilosas de la Navidad nos asomaremos ahora con el camino de predicación y ayuda del Salvador. El Tiempo Ordinario se interrumpirá con la llegada del Miércoles de Ceniza, la cuaresma, la Semana Santa y la Pascua de Resurrección. La liturgia nos ayuda, pues, a seguir armónicamente a Cristo. La misa del domingo es como una grandiosa representación de la biografía de Jesús, dicha y narrada en Asamblea con la participación de todos. Y, por ello, todos debemos participar en dicho plenario parroquial, de la mejor forma que nos sea posible. E, incluso, de manera activa como lectores, ministros de la comunión, cantando en el coro o recogiendo las ofrendas o, asimismo, ayudando en la decoración especifica de cada domingo.

3.- En la primera lectura se lee el bello texto de Isaías, sobre la Profecía del Siervo de Yahvé: humilde, paciente, que va actuar como luz para las naciones y que estas a través suyo alcancen la salvación total. San Pablo nos va a mostrar su Carta Primera a los Corintios durante seis domingos más. Es una de las mejores piezas del repertorio paulino y llena de emociones y de enseñanzas. En este breve texto que leemos hoy ya consagra a Dios, y por Jesucristo, al pueblo cristiano.

4.- Jesús no tenía pecado, pero no quiso obviar nada de lo que los hombres pasan y sufren. Y en esa fila de los pecadores, establecida para llegar a Juan, sin duda había tristeza y vergüenza, como en la fila ante un confesionario, porque siempre se sufren reparos ante la condición publica –y publicada– de pecador. Los himnos de estos días hablan que fue la presencia de Jesús lo que purificó el agua del Jordán. Y así fue. La escena nos debe servir para mejorar, para ser más exigentes con nuestras faltas y, sobre todo, para confiarnos en el Sacramento de la Reconciliación. Si Jesús quiso ponerse en la fila de los pecadores –sin serlo– no hay razón para que nosotros evitemos ese paso. El perdón de Dios a través del sacerdote nos prepara para una vida mejor.

Ángel Gómez Escorial

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