Vísperas – Lunes II de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

LUNES II TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Ahora que la noche es tan pura,
y que no hay nadie más que tú,
dime quién eres.

Dime quién eres y por qué me visitas,
por qué bajas a mí que estoy tan necesitado
y por qué te separas sin decirme tu nombre.

Dime quién eres tú que andas sobre la nieve;
tú que, al tocar las estrellas, las haces palidecer de hermosura;
tú que mueves el mundo tan suavemente,
que parece que se me va a derramar el corazón.

Dime quién eres; ilumina quién eres;
dime quién soy también, y por qué la tristeza de ser hombre;
dímelo ahora que alzo hacia ti mi corazón,
tú que andas sobre la nieve.

Dímelo ahora que tiembla todo mi ser en libertad,
ahora que brota mi vida y te llamo como nunca.
Sostenme entre tus manos, sostenme en mi tristeza,
tú que andas sobre la nieve. Amén.

SALMO 44: LAS NUPCIAS DEL REY

Ant. Eres el más bello de los hombres; en tus labios se derrama la gracia.

Me brota del corazón un poema bello,
recito mis versos a un rey;
mi lengua es ágil pluma de escribano.

Eres el más bello de los hombres,
en tus labios se derrama la gracia,
el Señor te bendice eternamente.

Cíñete al flanco la espada, valiente:
es tu gala y tu orgullo;
cabalga victorioso por la verdad y la justicia,
tu diestra te enseñe a realizar proezas.
Tus flechas son agudas, los pueblos se te rinden,
se acobardan los enemigos del rey.

Tu trono, oh Dios, permanece para siempre,
cetro de rectitud es tu centro real;
has amado la justicia y odiado la impiedad:
por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido
con aceite de júbilo
entre todos tus compañeros.

A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos,
desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas.
Hijas de reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina,
enjoyada con oro de Ofir.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Eres el más bello de los hombres; en tus labios se derrama la gracia.

SALMO 44:

Ant. ¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!

Escucha, hija, mira: inclina tu oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna;
prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor.
La ciudad de Tiro viene con regalos,
los pueblos más ricos buscan tu favor.

Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras:
la traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.

«A cambio de tus padres, tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra.»

Quiero hacer memorable tu nombre
por generaciones y generaciones,
y los pueblos te alabarán
por los siglos de los siglos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. ¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

LECTURA: 1Ts 2, 13

No cesamos de dar gracias a Dios, porque al recibir la palabra de Dios, que os predicamos, la acogisteis no como palabra de hombre, sino, cual es en verdad, como palabra de Dios, que permanece operante en vosotros los creyentes.

RESPONSORIO BREVE

R/ Suba mi oración hasta ti, Señor.
V/ Suba mi oración hasta ti, Señor.

R/ Como incienso en tu presencia.
V/ Hasta ti, Señor

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Suba mi oración hasta ti, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclame siempre mi alma tu grandeza, oh Dios mío.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclame siempre mi alma tu grandeza, oh Dios mío.

PRECES

Glorifiquemos a Cristo, que ama a la Iglesia y le da alimento y calor, y digámosle suplicantes:

Atiende, Señor, los deseos de tu pueblo.

Señor Jesús, haz que todos los hombres se salven
— y lleguen al conocimiento de la verdad.

Guarda con tu protección al papa y a nuestro obispo,
— ayúdalos con el poder de tu brazo.

Ten compasión de los que buscan trabajo,
— y haz que consigan un empleo digno y estable.

Sé, Señor, refugio del oprimido
— y su ayuda en los momentos de peligro.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Te pedimos por el eterno descanso de los que durante su vida ejercieron el ministerio para bien de tu Iglesia:
— que también te celebren eternamente en tu reino.

Fieles a la recomendación del Salvador, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que has querido asistirnos en el trabajo que nosotros, tus pobres siervos, hemos realizado hoy, al llegar al término de este día, acoge nuestra ofrenda de la tarde, en la que te damos gracias por todos los beneficios que de ti hemos recibido. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Lunes II de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente la oración de tu pueblo, y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz. Por nuestro Señor. Amen. 

2) Lectura

Del santo Evangelio según Marcos 2,23-28
Y sucedió que un sábado cruzaba Jesús por los sembrados, y sus discípulos empezaron a abrir camino arrancando espigas. Decíanle los fariseos: «Mira, ¿por qué hacen en sábado lo que no es lícito?» Él les dice: «¿Nunca habéis leído lo que hizo David cuando tuvo necesidad, y él y los que le acompañaban sintieron hambre, cómo entró en la Casa de Dios, en tiempos del sumo sacerdote Abiatar, y comió los panes de la presencia, que sólo a los sacerdotes es lícito comer, y dio también a los que estaban con él?» Y les dijo: «El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado. De suerte que el Hijo del hombre también es señor del sábado.» 

3) Reflexión

 La ley existe para el bien de las personas. En el día de sábado, los discípulos pasan por las plantaciones y se abren camino arrancando espigas. En Mateo 12,1 se dice que tenían hambre. Invocando la Biblia, los fariseos critican la actitud de los discípulos. Sería una trasgresión de la ley del Sábado (cf. Ex 20,8-11). Jesús responde invocando la misma Biblia para mostrar que los argumentos de los demás no tienen fundamento. Recuerda que el mismo David hizo algo prohibido, ya que sacó los panes consagrados del templo y los dio de comer a los soldados que tenían hambre (1 Sam 21,2-7). Y Jesús termina con dos frases importantes: (a) El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado (b) ¡El Hijo del Hombre es dueño del sábado!
• El sábado es para el ser humano, y no el ser humano para el sábado. Durante más de quinientos años, desde el tiempo del cautiverio en Babilonia hasta la época de Jesús, los judíos habían observado la ley del sábado. Esta observancia secular se volvió para ellos en una fuerte señal de identidad. El sábado era rigurosamente observado. En la época de los Macabeos, hacia la mitad del siglo II antes de Cristo, esta rígida observancia llegó a un punto crítico. Atacados por los griegos en día de sábado, los rebeldes Macabeos preferían dejarse matar y no transgredir el sábado usando las armas para defender su vida. Por esto, murieron mil personas (1Mac 2,32-38). Reflexionando sobre esta masacre, los líderes macabeos concluyeron que debían resistir y defender su vida, aunque fuera sábado (1Mac 2,39-41). Jesús tuvo la misma actitud: relativizar la ley del sábado a favor de la vida, pues la ley existe para el bien de la vida humana, y no ¡el contrario!
• ¡El Hijo del Hombre es dueño del sábado! La nueva experiencia de Dios como Padre/Madre hace que Jesús, el Hijo del Hombre, diera una llave para descubrir la intención de Dios que está en el origen de las leyes del Antiguo Testamento. Por esto, el Hijo del Hombre, es dueño hasta del Sábado. Al convivir con el pueblo de Galilea, durante treinta años y sintiendo en su piel la opresión y la exclusión a que tantos hermanos y hermanas estaban condenados en nombre de la Ley de Dios, Jesús percibió que esto no podía ser el sentido de aquellas leyes. Si Dios es el Padre, entonces acoge a todos como hijos e hijas. Si Dios es Padre, entonces tenemos que ser hermanos y hermanas unos de otros. Fue lo que Jesús vivió y rezó, desde el comienzo hasta el fin. La Ley del Sábado debe estar al servicio de la vida y de la fraternidad. Fue por su fidelidad a este mensaje que Jesús fue preso y condenado a muerte. El incomodó el sistema, y el sistema se defendió, usando la fuerza contra Jesús, pues El quería la ley al servicio de la vida, y no lo contrario.
• Jesús y la Biblia. Los fariseos criticaban a Jesús en nombre de la Biblia. Jesús responde y critica a los fariseos usando la Biblia. El conocía la Biblia de memoria. En aquel tiempo, no había Biblias impresas como tenemos hoy en día. En cada comunidad había sólo una Biblia, escrita a mano, que quedaba en la sinagoga. Si Jesús conocía tan bien la Biblia, era señal de que, durante aquellos 30 años de su vida en Nazaret, había participado intensamente en la vida de la comunidad, donde el sábado se leían las Escrituras. ¡Nos falta mucho para que tengamos la misma familiaridad con la Biblia y la misma participación en la comunidad! 

4) Para la reflexión personal

• El sábado es para el ser humano, y no viceversa. ¿Cuáles son los puntos de mi vida que he de cambiar?
• Aún sin tener la Biblia en casa, Jesús la conocía de memoria. ¿Y yo? 

5) Oración final

Doy gracias a Yahvé de todo corazón,
en la reunión de los justos y en la comunidad.
Grandes son las obras de Yahvé,
meditadas por todos que las aman. (Sal 111,1-2)

“Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres”

La cosa empezó en Galilea. Nazaret, que no estaba en los planes de nadie, salvo en los de Dios, era un lugar aborrecido. Tal vez por eso, José y María pensaron que era el mejor sitio posible para criar a aquel niño que se fue haciendo un mocetón. Nadie sospecharía, salvo los vecinos, que aquel hogar, uno de tantos, era una lámpara en la que brillaba una gran luz… la única luz. Pero como en cualquier proceso de crecimiento humano, era necesario un tiempo de maduración para que esa luz cogiera consistencia y credibilidad, antes de exponerla a la intemperie de los caminos y a las oscuridades humanas. En el hogar de Nazaret no había divisiones y juntos, en familia, aprendieron a tener un mismo pensar y sentir.

Cuando Jesús salió del agua del Jordán, señalado por Juan el Bautista como “el Hijo de Dios”, Jesús tenía plena conciencia de su identidad y de por dónde había de empezar. No fue casualidad el cambio de residencia: Cafarnaúm. Si el Reino de Dios ha de ser anunciado a todos, sin excepción, mejor un cruce de caminos y de culturas, un sitio significativo y que facilite el encuentro con hombres y mujeres que multipliquen el efecto de la misión. No se trata de una misión de contenido ideológico, ni de conveniencias. Se trata del encuentro con Dios allí donde El se muestra tal cual es: Jesucristo. Cafarnaúm era una ciudad de mujeres y hombres acostumbrados al trabajo y al trato con diferentes personas. Allí ser judío, romano, recaudador de impuestos, pescador, prostituta o jefe de la sinagoga se entremezclaba: vidas cruzadas. La de Jesús, Dios-con-nosotros, se entremezcló también. En el ambiente de un mundo plural es difícil conocer los límites y las desesperanzas. Los encuentros interpersonales abren posibilidades de reacción. Pero…. ¿cómo, desde dónde y con quién?

¿Por qué no Andrés, Simón, Santiago, Juan, Mateo… María la de Magdala….? Ellos estaban avezados a echar las redes y a sentirse ninguneados. Pero Jesús sabía que aquellas personas, como todas las que se encuentran al borde del camino de la vida, tenían un fondo de grandeza, una inquietud. Es fácil entender que antes de invitarles a la aventura, los conociera personalmente. ¿O es que la misión evangelizadora es un mero activismo social o estructuralmente calculado? Nada de eso. Jesús sabe que no puede hacer nada solo. Y que su misión predicadora tendrá éxito si logra implicar a otros en ella. Es siempre su estrategia. La invitación de Jesús, siempre personal, por tu nombre, te sitúa no al borde del camino… sino en el camino mismo por el que se ha de andar. La vida cristiana es una llamada a ponerse en camino. Cada uno con su mochila… y atento a la de los otros. Cada uno con el mismo objetivo. Cada uno con la misma invitación. Cada uno con la mirada puesta en el único que da sentido a todo y que ilumina toda andadura, aunque parezca uno más. Cada uno responsabilizándose de los otros.

Lo primero de todo un cambio personal. No mantenerse en el camino equivocado y tomar la decisión de ponerse en la dirección correcta, que es la de Jesús que siempre va delante. De lo mío hacia lo de El para implicarnos en lo suyo, que es la cercanía del Reino de Dios, que se hace vida de todos. Varias palabras que iluminan las opciones: convertíos… ven… sígueme… dejarlo todo inmediatamente… recorrer los caminos… anunciar el Reino… sanar las dolencias del pueblo.

¿Repetimos el error de Corinto?. Ninguno de nosotros, si realmente somos cristianos, lo es sino porque sigue a Jesucristo allá a donde El va. Pero muchos cristianos de ahora mismo, seglares u ordenados, nos enredamos en divisiones por liderazgos decadentes, intereses variados, adaptaciones cómodas y mensajes equivocados… Nos encantan los líos y las cosas raras… en realidad parece que nos guste tirar cada uno por su camino, excusados en los halagos, “trepismos” y débitos interesados. ¡A ver quien se lleva el pato al agua! ¡A ver qué mitra me toca o qué prebenda consigo! ¡A ver quién tiene más gente a su servicio o para su autobombo! ¡A ver quién tiene la ocurrencia más exitosa, la que más vende! ¿El Reino de Dios? ¡Eso es cosa religiosa, confesional, no importa insistir en ello y menos en mi colegio, en mi grupo o en mi familia! ¿Mejor optamos por el “humanismo cristiano”? eso es lo ecológico, así el mundo nos aceptará. Dan igual las dolencias de las personas o el camino en sí… cada uno ya se apañará. Y Dios… que quede relegado a una idea, que se quede en silencio, el mundo lo entenderá.  

Si la Iglesia no se edifica como Carne de Jesucristo y, por tanto, no es Comunidad Cristiana, tampoco tiene nada de qué predicar pues el discurso del mundo el mundo ya se lo sabe. Jesús no llamó a sus discípulos para quedarse solo… aunque se repite una y otra vez que cuando se le abandona, entramos en la oscuridad y no conocemos la paz… porque sólo El es la Luz.

No es Jesús quien tiene que seguir a la Iglesia… sino la Iglesia a Jesús. No es la Iglesia la luz, sólo un candelabro… Jesús es la Luz. Aprendamos la lección del Maestro: conviértete, ven, sígueme y así estará más cerca el Reino de Dios.

D. Juan José Llamedo González, OP

Comentario – Lunes II de Tiempo Ordinario

Eran días de ayuno para todo judío respetuoso de sus tradiciones. Ayunaban los discípulos de Juan (el Bautista) y ayunaban los fariseos. Todos estaban de ayuno menos los discípulos de Jesús. Y semejante descuido, que parece denotar falta de aprecio por las observancias preceptivas de la tradición judaica, no pasa desapercibido a los que estaban al tanto de todo lo que sucedía a su alrededor. Y llega la censura de los observantes: Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no? La pregunta era un reproche a la inobservancia de los discípulos de Jesús en materia de ayuno, como si el maestro de tales discípulos hubiese descuidado este capítulo de la disciplina penitencial y del manual del buen judío.

Jesús habría podido responder a la crítica de los fariseos remitiéndose a la censura que hace el profeta Isaías de los ayunos de sus antepasados: Mirad: el día de ayuno buscáis vuestro interés y apremiáis a vuestros servidores. Mirad: ayunáis entre riñas y disputas, dando puñetazos sin piedad. No ayunéis como ahora, haciendo oír en el cielo vuestras voces. ¿Es este el ayuno que el Señor desea para el día en que el hombre se mortifica?; mover la cabeza como un junco, acostarse sobre saco y ceniza, ¿a eso lo llamáis ayuno, día agradable al Señor? (Is 58, 3-5). Pero no, en esta ocasión Jesús no responde con el ataque, se limita a señalar una particularidad del momento para justificar la conducta de sus discípulos: ¿Es que pueden ayunar los amigos del novio mientras el novio está con ellos? Mientras tienen al novio con ellos no pueden ayunar. Llegará un día en que se lleven al novio; aquel día sí que ayunarán.

En tiempo de bodas no hay espacio para el ayuno. El ayuno es una práctica de carácter penitencial. También el ayuno tiene su tiempo; por eso se señalan días de ayuno. Y los días que viven los discípulos de Jesús en compañía de su Maestro no son días para el ayuno, sino para disfrutar de esa compañía y sacar provecho de esa relación de amistad y discipulado. Son días para el aprendizaje y para el fortalecimiento de esa relación esponsal. Ya llegará el momento en que les arrebaten esa presencia (la presencia del novio) y se vean forzados a ayunar, es decir, a hacer duelo y a guardar luto por el muerto; porque ese es en primer lugar el ayuno que les vendrá exigido, la privación de ese novio (amigo, maestro, señor) con el que han convivido durante algún tiempo y a quien han acompañado a todas partes como discípulos y testigos de su mesiánica actividad. Y tras saborear la amargura de este ayuno, tras ser privados de esta compañía, vendrán otros muchos ayunos exigidos por la misma misión. Son todos esos ayunos que acompañan al misionero que se ve obligado a renunciar a tantas cosas (patria, casa, familia, amistades, lengua, cultura, seguridades, etc.) por imperativo de la misión asumida en nombre de Cristo.

Jesús no parece conceder demasiada importancia al ayuno en sí mismo; más bien lo ve como consecuencia de algo o en función de otra cosa. Hay ayunos que derivan de un seguimiento, de la asunción de un trabajo, de la consecución de un objetivo, de una relación personal, de un compromiso; son el efecto de ese seguimiento, de ese objetivo pretendido o de esa relación que exigen tales privaciones. Son los ayunos del misionero que marcha a un país desconocido, o del estudiante que prepara una oposición, o del enamorado que, por amor, es capaz de renunciar a muchas cosas, o del atleta que, por alcanzar el laurel de la victoria, se abstiene de tantas apetencias. La privación por la privación no tiene ningún sentido. El ayuno siempre tiene su razón de ser en otra cosa, en aquello para lo que se ayuna. Por eso, subsiste únicamente como «parásito» de la limosna a la que se orienta, de la oración que le reclama, del amor por el que se ayuna.

Por eso, cuando pierde esta correlación o funcionalidad, es equiparable –tal es la comparación que usa Jesús- al remiendo de paño que se coloca sobre un manto pasado, que la pieza (nueva) tira del manto (viejo) y deja un roto peor. Tales eran los ayunos que denunciaba el profeta Isaías como no agradables a los ojos de Dios: remiendos en unas vidas que no atendían a la voluntad de Dios, que prefería la misericordia al sacrificio, y a los ayunos, sobre todo cuando estos estaban desconectados de la misericordia y sus obras; peor aún si aquellos eran causa u ocasión de disputas, riñas, abusos, injusticias y acciones en las que brillaba por su ausencia la misericordia. Aquellas prácticas penitenciales tenían el aspecto de un remiendo en un manto viejo. No arreglaban nada de lo que estaba desarreglado en la vida de tales practicantes.

Nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque revienta los odres y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos. Entre el vino y los odres tiene que haber correspondencia o maridaje: a vino nuevo, odres nuevos. Lo mismo sucede con las prácticas en las que se expresa la vida o la fe de una persona: a vida cristiana, prácticas cristianas. Pero tales prácticas, ya sean de oración, de limosna o de ayuno, para que sean cristianas, tienen que llevar el carácter, esto es, el espíritu, la motivación, la razón de ser de lo cristiano. Sólo ahí, enmarcadas en lo cristiano, como expresión de la misericordia y el amor cristianos tendrán su valor. San Pablo lo entendió perfectamente: Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor de nada me sirve (1 Cor 13, 3).

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

249. En la Exhortación Gaudete et exsultate quise detenerme en la vocación de todos a crecer para la gloria de Dios, y me propuse «hacer resonar una vez más el llamado a la santidad, procurando encarnarlo en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades»[136]. El Concilio Vaticano II nos ayudó a renovar la consciencia de este llamado dirigido a cada uno: «Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre»[137].


[136] N. 2.

[137] Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 11.

Homilía – Domingo III de Tiempo Ordinario

1.- La «sospechosa» Galilea de los gentiles (Is 8, 23b-9,3)

En todas partes la opinión popular «reparte suertes». Y la mala suerte había caído sobre Galilea, en comparación con el resto de las regiones de Palestina. Comparada con las ortodoxas tribus del sur, aparecía Galilea como heterodoxa y hereje: «la Galilea de los gentiles». De Galilea no se podía esperar nada bueno.

Pero, los caminos de Dios desconciertan y, muchas veces, no se atienen a la lógica de las expectativas humanas. La Galilea de los gentiles será ahora ensalzada ¡Escándalo para los bienpensantes de la época! Pero, será lugar de salvación para un Dios que desconcierta: las tinieblas se convierten en luz; las tierras sombrías, en tierras fulgurantes.

Desde esa nueva mirada de Dios, termina la opresión: el opresor y su yugo, junto con su orgulloso bastón de mando serán quebrados por la acción liberadora de Dios.

Desborda la alegría y el gozo. De lo inesperado y sospechoso brota una situación nueva, de alegría cumplida: «Se gozan en tu presencia como se gozan al segar» (metáfora agrícola); «como se gozan al repartir el botín» después de la batalla (metáfora bélica). Ambas, expresiones de un gozo inesperado y completo, en la Galilea de los gentiles.

 

2.. El «acuerdo comunitario» (1Cor 1, 10-13.17)

La división en las comunidades viene de lejos. A Pablo le duele la que se da en la Iglesia de Corinto, que él mismo ha fundado. Casi inconscientemente, aquellos cristianos se han ido agrupando en torno a algunos líderes, incluido el mismo Pablo… Y desde los líderes, ellos mismos se han puesto la «etiqueta»: «cristianos de Pablo», «cristianos de Apolo», «cristianos de Pedro»… ¡Cómo se repite la historia! Cada uno «intentando llevarse el agua a su molino», robando un pedazo de algo (mejor, de Alguien) que es indivisible: «¿Está dividido Cristo?».

El cristiano es un bautizado, un «consagrado» no a su líder, sino a Cristo. Y es Cristo el único salvador de todos… Para no ofender a los otros líderes, Pablo pregunta a los corintios en primera persona: «¿Ha muerto Pablo en la cruz por vosotros? ¿Habéis sido bautizados en el nombre de Pablo?». Pablo y todos los líderes son sólo mensajeros del Evangelio cuyo único centro es Cristo.

El Apóstol quiere ver reflejada en la comunidad esta eclesiología: hay que ponerse de acuerdo u no andar divididos. Y no se trata de una simple estrategia externa. La unidad ahonda en el interior: «Estad bien unidos con un mismo pensar y sentir».

3.- «La cosa empezó en Galilea» (Mt 4, 12-23)

Subrayar el inicio del ministerio público de Jesús en Galilea no significa una simple información geográfica. Está cargado de sentido. Mateo ve cumplida la profecía de la primera lectura. Jesús «se retiró a Galilea» después del arresto de Juan, para que «en la Galilea de los gentiles» de donde nadie esperaba nada bueno, se iluminara la «luz grande» que brilla para todas las naciones… Es el choque entre los caminos de Dios y los caminos del hombre. El hombre, organizando el camino de la Salvación en Jerusalén…, y Dios, «despistando» una vez más, haciéndola venir de la sospechosa Galilea. A algunos, Dios les pone la fe difícil; a la mayoría, les abre la esperanza de tenerla.

En Galilea comienza Jesús la predicación, que Mateo centra en la conversión; un cambio de dirección de la propia vida, porque «ya se acerca el Reino de los cielos» que invita a la adhesión de la fe.

La invitación la concreta el texto evangélico de hoy en la llamada: «Venid y seguidme»; en la misión: «Os haré pescadores de hombres»; y en la respuesta: «Inmediatamente dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron»… Con ellos va iniciando Jesús el camino de la salvación en «la Galilea de los gentiles»: «Recorría toda Galilea». Va desarrollando con sencillez lo que había sido toda la historia de la salvación: hechos y palabras: «Proclamando el Evangelio y curando las enfermedades y dolencias del pueblo»: el Reino, proclamado y realizado.

Una luz les brilló

Siempre hay alguna angustia, alguna pena,
algún rincón del hombre sojuzgado…,
alguna mordedura del pecado,
en que amenaza el pus o la gangrena.

Siempre hay una tinaja medio llena,
la sombra de un mensaje, mutilado
por la voz del heraldo, que ha velado
la claridad de la palabra plena.

Pero hay siempre una estrella en cada trance
un criterio de fe viva al alcance
del corazón que hacia la luz camina…

¡Espera en el Señor y sé valiente!
¡Ten ánimo! Un brazo omnipotente
acompaña a la iglesia peregrina.

 

Pedro Jaramillo

Mt 4, 12-23 (Evangelio Domingo III de Tiempo Ordinario)

El Reino y el Evangelio de Dios

El evangelio de Mateo está centrado, específicamente, en actualizar el texto de Isaías que se ha leído en la primera lectura, en una aplicación radical a Jesús de las palabras sobre la luz nueva en Galilea. En la tradición de Marcos ya se había dejado bien sentado que Jesús comienza su actividad una vez que Juan el Bautista ha sido encarcelado. Esto obedece, más probablemente, a planteamientos teológicos que históricos, ya que ambos pudieron coincidir en su actividad. En realidad, Juan y Jesús actuaban con criterios distintos. Jesús es la novedad, la buena noticia, para los que durante siglos habían caminado en tinieblas y en sombras de muerte. Si el texto de Is 8,23ss se refería a una época muy concreta que precedió al rey Josías, en la tradición cristiana primitiva se entendió esto como consecuencia del oscurantismo del judaísmo que había hecho callar durante mucho tiempo la profecía, la verdadera palabra de Dios, que interpretaba la historia con criterios liberadores.

Y hay más; esta luz no viene de Jerusalén, sino que aparece en Galilea, en los territorios de las tribus de Zabulón y Neftalí, que siempre habían tenido fama de ser una región abierta al paganismo. Más concretamente, Jesús, dejando Nazaret, se establece en una ciudad del lago de Galilea, en Cafarnaún. Es aquí donde comienza a oírse la novedad de la predicación del Reino de Dios, de los cielos, como le gusta decir al evangelio de Mateo. La otra parte del texto evangélico de hoy, la llamada de los primeros discípulos, Pedro y Andrés, Santiago y Juan, -que puede omitirse-, es una consecuencia de la predicación del evangelio, que siempre, donde se predique, tendrá seguidores. En realidad está siguiendo el texto de Marcos 1,14ss.

Mateo, pues, ha leído el texto de Marcos sobre el programa de Jesús: el tiempo que se acerca es el tiempo del evangelio, de la buena nueva, que exige un cambio de mentalidad (¡convertirse!) y una confianza absoluta (creer) en el evangelio. Los dos elementos fundamentales de este programa, ya han sido puestos de manifiestos por todos: el reinado de Dios (el reino de los cielos le llama Mateo) y la buena noticia que este reino supone como acontecimiento para el mundo y la para la historia. El evangelista, al apoyar este programa en el texto de Is. 8,23ss, está poniendo de manifiesto que esto es el “cumplimiento” de una promesa de Dios por medio de sus profetas antiguos, en este caso Isaías. La “escuela de Mateo” es muy reflexiva al respecto, dando a entender lo que sucede con la actuación de Jesús, desde el principio: llevar adelante el “proyecto de Dios”.

Sabemos que ese reino, (malkut, en hebreo) no debe entenderse en sentido político directamente. Pero tampoco es algo abstracto como pudiera parecer en primera instancia. Si bien es verdad que no se trata de un concepto espacial ni estático, sino dinámico, entonces debemos deducir que lo que Jesús quiere anunciar con este tiempo nuevo que se acerca es la soberanía de la voluntad salvífica y amorosa de Dios con su pueblo y con todos los hombres. Por eso basileia (griego) o malkut (hebreo) no debería traducirse directamente por “reino”, sino por “reinado”: es algo nuevo que acontece precisamente porque alguien está dispuesto a que sea así. Este es Jesús mismo, el profeta de Nazaret de Galilea, que se siente inspirado y fortalecido para poner a servicio de la soberanía o la voluntad de Dios, todo su ser y todo su vida.

Si Jesús anuncia que Dios va a reinar (lo cual no es desconocido en la mentalidad judía) es que está proclamando o defendiendo algo verdaderamente decisivo. Si antes no ha sido así es porque es necesario un nuevo giro en la historia y en la religión de este pueblo que tiene a Dios por rey. No se trata, pues, simplemente de aplicarle a Dios el título de rey o de atribuirle un reino espacial, sino del acontecimiento que pone patas arriba todo lo que hasta ahora se ha pensado en la práctica sobre Dios y sobre su voluntad. Dios no será un Dios sin corazón, sin entrañas; o un Dios que no se compadezca de los pobres y afligidos, sino que estará con los que sufren y lloran, aunque no sean cumplidores de los preceptos de la ley y de las tradiciones religiosas ancestrales inhumanas. En definitiva, Dios quiere “reinar” y lo hará como ya los profetas lo habían anunciado, pero incluso con más valentía si cabe. Esa es la novedad y por eso lo que acontece ahora, unido al concepto “reino de Dios” o “de los cielos”, es el evangelio. Con razón se ha dicho que estamos ante el verdadero “programa” de Jesús, el profeta de Nazaret: anunciar el reinado de Dios como buena noticia para la gente.

El acierto de la escuela cristiana de Mateo fue precisamente leer las Escrituras, Is. 8,23ss precisamente, a la luz de la vida de Jesús. Ahora se están cumpliendo esas palabras de Isaías, cuando el profeta de Galilea anuncia el evangelio del Reino. Siendo esto así, no se podría entender que el cristianismo no sea siempre una religión que aporte al mundo “buenas noticias” de salvación. Siendo esto así, la Iglesia no puede cerrarse en un mensaje contra-evangélico, porque sería repetir, por agotamiento, la experiencia caduca del judaísmo oficial del tiempo de Jesús. Este es el gran reto, pues, para todos los cristianos. Porque Dios quiere “reinar” salvando, haciendo posible la paz y la concordia. De ahí que el reino de Dios, tal como Jesús lo exterioriza, representa la transformación más radical de valores que jamás se haya podido anunciar. Porque es la negación y el cambio, desde sus cimientos, del sistema social establecido. Este sistema, como sabemos bien, se asienta en la competitividad, la lucha del más fuerte contra el más débil y la dominación del poderoso sobre el que no tiene poder. Y esto no se reduce simplemente a una visión social, sino que es también, y más si cabe, religiosa, porque Jesús proclama que Dios es padre de todos por igual. Y si es padre, eso quiere decir obviamente que todos somos hermanos. Y si hermanos, por consiguiente iguales y solidarios los unos de los otros. Además, en toda familia bien nacida, si a alguien se privilegia, es precisamente al menos favorecido, al despreciado y al indefenso. He ahí el ideal de lo que representa el reinado de Dios en la predicación de Jesús; estas son las buenas noticias que le dan identidad al cristianismo.

1Cor 1, 10-17 (2ª lectura Domingo III de Tiempo Ordinario)

Exhortación a la comunión de la comunidad

La segunda lectura viene a ser una exhortación a la unidad de la comunidad de Corinto. Las gentes de Cloe, una familia, o una comunidad, se han llegado hasta Éfeso, donde estaba Pablo, y le han informado que la comunidad estaba dividida en “partidos”, en grupos, que se atenían a personajes influyentes: Pedro, Pablo, Apolo; se discute si “yo de Cristo” revela un grupo más, o es una expresión de Pablo para dejar claro que todos los cristianos, al único a quien deben seguir, es a Jesucristo. Pablo, además, protesta porque no se ha dedicado a bautizar a muchos en la comunidad, lo han hecho otros. Pero él no quiere ser el maestro de un grupo específico; él ha engendrado a esta comunidad para que viva en el Señor un misterio de comunión, y como él, todos aquellos que hayan recibido el evangelio de uno u otro predicador. La comunión en la Iglesia es más importante que depender de un maestro de doctrina o espiritual.

Una palabra clave que se ha discutido mucho de esta exhortación es “divisiones” (schísmata) y que muchos identifican con los “partidos” de la Iglesia de Corinto. Se trataría de tendencias ideológicas, claro, no en sentido social propiamente hablando. Existen diversidad de opiniones al respecto, incluso que el grupo de Pablo fuera el de aquellos que se sienten, como el apóstol, libres del yugo de la ley y de las tradiciones judías; como matiz para diferenciarlo de los de Pedro. Aunque, en realidad, el grupo más delicado de enmarcar sería el de Apolo (¿algo así como un grupo de carismáticos de tendencia helenista con tintes de sabiduría? ¡no está claro!). La diversidad de opiniones teológicas no están condenadas en estas pocas palabras de Pablo, pero no se podría decir los mismo cuando esa diversidad teológica rompe la comunión de la ekklesía. ¿Cómo lo soluciona Pablo? Mediante su hermosa y decisiva “theologia crucis” que seguirá a parrir del v. 18.

Is 8, 23-9, 3 (1ª lectura Domingo III de Tiempo Ordinario)

Poema de la paz

Esta lectura, forma parte de uno de los poemas más sobresalientes del libro del gran maestro del s. VIII. En realidad, se trata solamente de la introducción de un poema a la paz (8,23-9,6), como lo ha descrito brillantemente un gran especialista español. Diríamos que la lectura no es completa porque falta la descripción de por qué llega la luz a Galilea, al territorio antes desolado y en tinieblas; es decir, aquello de “un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado…”. Es un poema que muchos estudiosos atribuyen a la escuela de Isaías, no al maestro directamente, y que vendría a descifrar un momento determinante de la historia de Judá, concretamente un siglo después, cuando el gran rey Josías (640-609 a. C.), un muchacho todavía, sube al trono, a causa del asesinato de su padre Amón, con el propósito de liberar el norte, la Galilea de los gentiles, de la opresión de los asirios.

Así vivieron durante mucho tiempo, caminando en tinieblas y habitando tierra de sombras, todo el tiempo de su bisabuelo Manasés (cf 2 Re, 21-3-9), unos cincuenta años, que estuvo en manos de la política y las influencias religiosas de Asiria. De repente, se produce el cambio prodigioso e inesperado: brilla una luz que lo inunda todo de alegría, semejante a lo que se experimenta cuando llega la siega o se reparte el botín, en razón del final de la opresión o del final de la guerra. En este contexto histórico, pues, se explica mejor este poema de la paz, que la tradición cristiana lo entendía como mesiánico y lo aplicó a Jesús, como vemos, en el evangelio del día de hoy en Mateo.

Pero como sucede casi siempre con los oráculos proféticos, no todo se explica por el acierto del momento en que se pronuncian (aunque es importante), sino por el futuro que llevan esos oráculos en sus entrañas. Los profetas, a veces, ni siquiera pueden controlar sus imágenes, sus símbolos o su eficacia. En realidad este oráculo no puede extinguirse en un presente que pronto terminó… sino que encienden en las palabras del profeta los dones divinos que son el futuro de la humanidad. El Dios de la paz, de la justicia se ha de hacer presente en la historia de una forma eficaz y concreta. Y esto lo percibieron los cristianos al identificar a Jesús con el Mesías.

Comentario al evangelio – Lunes II de Tiempo Ordinario

ODRES NUEVOS

El evangelio de hoy nos habla de la novedad que la presencia de Jesús entre los hombres supuso para la humanidad. Su palabra y su estilo de vivir llamó mucho la atención entre los judíos; su mensaje y su vida cuestionó muchas viejas costumbres, tradiciones y prácticas religiosas; a nadie dejó indiferente Todos se preguntaban quién era Jesús y por qué hablaba y actuaba así. Jesús decía que los tiempos nuevos requieren actitudes y gestos nuevos; no se puede poner parches de novedad a lo viejo y caduco, ni repetir “siempre se ha hecho así”: “a vino nuevo, odres nuevos”. Determinados ritos y normas del pasado nos dan seguridad, pero no se corresponden ya con la novedad de Jesús y nos dejan atrapados en el inmovilismo.

Cada uno de nosotros y la comunidad cristiana está llamada al discernimiento continuosobre lo que es compatible con la novedad traída por Jesús y la permanencia en lo antiguo. El mundo evoluciona y las personas evolucionamos también. Como dice San Pablo: “cuando era niño hablaba como un niños, pensaba como un niño… cuando me hice un hombre halaba y razonaba como un hombre”. Así también en nuestra vida espiritual: continuamente estamos llamados a tomar decisiones nuevas y dar pasos nuevos. Para no equivocarnos es necesario discernir a la luz de la Palabra y la vida de Jesús; cada año que pasa es una invitación a seguir creciendo y madurando como persona y creyente; los acontecimientos personales, eclesiales y sociales son una llamada personal y comunitaria a seguir a Jesús que está en medio de nosotros y que nos repite constantemente: “no tengas miedo, ven conmigo”.

Samuel le ha recordado a Saúl: “la obediencia vale más que el sacrificio, y la docilidad más que la grasa de los carneros”. Los ritos y las prácticas religiosas tienen valor cuando nacen de un corazón bueno y dócil; los actos externos jamás pueden suplir a la actitud interior del corazón. La obediencia a la voluntad de Dios vale más que todos los sacrificios y ayunos. San Juan habla de un culto “en espíritu y verdad” y Marcos de “odres nuevos”. Por eso la relación con Dios solo es auténtica cuando se fundamenta sobre la obediencia y la docilidad. Ser obediente es estar con la mente y el corazón abiertos y dispuestos a vibrar con cualquier soplo del Espíritu que continuamente nos invita a ir hacia delante sin volver la vista atrás. Es el Espíritu el que continuamente nos repite como a Abraham: “Sal de tu tierra”, deja tus seguridades y vete donde yo te mostraré.

“Odres nuevos”: es una forma de pensar y vivir al estilo de Jesús; es estar atento al paso de Dios por mi vida y la vida de la comunidad; es no atarse a nada que me impida avanzar; es dejar atrás el inmovilismo, la rutina, la pereza… y caminar siempre hacia adelante. Es vivir cada día lo que Pedro dijo de Jesús: “pasó por el mundo haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal”, es decir amar y servir a toda persona sea de la condición que sea.

José Luis Latorre, mcf