Comentario – Viernes II de Tiempo Ordinario

El evangelista san Marcos, en el pasaje de hoy, nos habla de la constitución de los Doce por parte de Jesús: un acto constituyente que dará rango de institución al grupo constituido, un acto que tiene carácter fundacional y dotará de estructura jerárquica al movimiento de los seguidores de Jesús, un acto que aspira a instalar en la historia, más allá de sus concreciones personales y temporales, el núcleo de esa Iglesia que tendrá como tarea prolongar la misión de Jesús, o mejor, hacerlo sacramentalmente presente en el mundo. La narración da a conocer los nombres y sobrenombres de los integrantes del grupo; pero, por encima de tales nombres, está su condición de miembros conformantes del grupo o “colegio apostólico”, como se ha dado en llamar. Ellos, con sus nombres y sobrenombres, dieron forma concreta a esta congregación, los Doce, que tantas resonancias tenía en su ya larga tradición: si doce eran las tribus que habían conformado el pueblo de Israel, doce serán también los miembros que conformen el nuevo pueblo de Israel, el salido de la nueva Alianza de Dios con los hombres, la congregación (=Iglesia) de los creyentes en Cristo.

Entre esos doce encontramos afinidades y divergencias. Algunos, como Andrés y Pedro o Santiago y Juan, están unidos por lazos de sangre; también les une el oficio (eran pescadores) y el lugar de nacimiento (si no la localidad, sí la región); a otros, en cambio, les separa el oficio (Mateo era publicano) y quizá la ideología o las tendencias políticas; algunos, como Simón el Celotes y Judas Iscariote, parecían sacados de grupos nacionalistas e incluso revolucionarios; uno de ellos, el Judas citado, se revelará finalmente traidor a la causa iniciada y promotor de la dispersión de los seguidores del Maestro de Nazaret. Pero ni la familiaridad de unos, ni la diversidad ideológica o actitudinal de los otros serán óbice para el sostenimiento del grupo o el mantenimiento de la institución, es decir, para que esta sociedad así constituida cumpla su función en la historia que no es otra que mantener viva de generación en generación la memoria de su fundador, pues el “colegio apostólico” se prolongará en el “colegio episcopal”, dando continuidad a la misión que Cristo había traído a este mundo.

El acto fundacional se inicia con una llamada que se hace depender ante todo de la voluntad del que llama y que mira en primer término al acompañamiento y en segundo lugar al envío y a la misión. Así nos lo hace saber el texto evangélico: Mientras subía a la montaña, Jesús fue llamando a los que él quiso, y se fueron con él. Quien llama, sin previa consulta, a los que quiere es Jesús; pero los que se van con él, una vez llamados, lo hacen porque quieren. Confluyen, por tanto, dos voluntades: la del que llama (y tiene la iniciativa) y la del llamado que, tras percibir la llamada, decide irse con él para formar parte de su compañía; pues a estos doce los hizo sus compañeros con la intención de enviarlos más tarde a predicar, no sin antes capacitarles para esta misión que implicaba también la expulsión de demonios.

Ambas tareas, la de predicar (el Reino) y la de expulsar demonios parecen íntimamente unidas: el anuncio y la implantación del Reino llevan asociada la acción de expulsar demonios, al menos la llevaron en la actividad mesiánica de Jesús. Éste les llama para incorporarlos a su compañía, como compañeros de aventuras y desventuras, pero no es éste el fin último de la llamada: que permanezcan a su lado sin más. Les llama para que, estando en su compañía, puedan ser capacitados para la misión, que consiste fundamentalmente en predicar el evangelio y hacer frente al espíritu del mal expulsándole de sus dominios. Ésta es la tarea para la que son capacitados no solamente ellos, sino también todos aquellos que hayan sido llamados a prolongar su misión en la historia o a colaborar en esta misión que es tarea eclesial de cuantos hemos sido incorporados a la Iglesia en el acto constitutivo de nuestro bautismo. Si tomamos conciencia de nuestra condición de bautizados podremos sentir la urgencia de esta llamada que nos lanza al mundo con esta misión encomendada a los Doce y a sus sucesores.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística