La misa del domingo

“Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres”

Los cristianos de Jerusalén, la comunidad Apostólica, configuró un modelo de Comunidad Cristiana que sigue siendo inspirador: Alejandría, Antioquía, Efeso, Corinto, Roma… y todas las demás, hasta hoy, vuelven una y otra vez la mirada a Jerusalén… Aunque la cosa empezó en Galilea.  Lo primero de todo el seguimiento y confesión de quien es Jesús. Jesús no es un simple aglutinador de la comunidad, es su razón de ser. La experiencia Pascual iluminó toda la vida de aquel Jesús que vieron nacer y crecer, que vieron ya adulto iniciando una misión que a todos sorprendió y a nadie dejó indiferente. Juan Bautista ya definió, al inicio de todo, el cambio radical: El Verbo se hizo carne y habita entre nosotros. La fiesta judía de Hanukkah, la fiesta de las luces, les ayudó a visualizar y verbalizar su experiencia e identidad: todo era Epifanía (manifestación del Señor). Los atemorizados testigos de la vida, pasión y muerte del Señor comprendieron que estaban revestidos de Jesús. El es la luz… y sus discípulos los portadores de esa luz. Jesús había creado una comunión única. Ese es el segundo gran rasgo del modo de ser de la comunidad de Jesús. Es en el seno de la Comunidad Cristiana donde, configurada por la acción del Espíritu Santo, se conoce personalmente a Jesús. Es en el seno de la Comunidad Cristiana, iluminada por el Espíritu Santo, donde se discierne sobre la voluntad del Padre manifestada en Jesús. Es desde la Comunidad Cristiana, verdaderamente configurada con Jesucristo, desde donde los discípulos se saben elegidos y enviados a prestar un servicio luminoso, en el nombre del Señor. La Comunidad Cristiana se edifica como Cuerpo de Cristo para la implantación del Reino de Dios, no existe otra prioridad… y no se trata de una misión ideológica o mundanizante. San Mateo, Isaías y San Pablo, lo tienen claro: el Señor es mi luz y mi salvación.

D. Juan José Llamedo González, OP