I Vísperas – Domingo III de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO III de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Acuérdate de Jesucristo,
resucitado de entre los muertos.
Él es nuestra salvación,
nuestra gloria para siempre.

Si con él morimos, viviremos con él;
si con él sufrimos, reinaremos con él.

En él nuestras penas, en él nuestro gozo;
en él la esperanza, en él nuestro amor.

En él toda gracia, en él nuestra paz;
en él nuestra gloria, en él la salvación. Amén.

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

LECTURA: Hb 13, 20-21

Que el Dios de la paz, que hizo subir de entre los muertos al gran Pastor de las ovejas, nuestro Señor Jesús, en virtud de la sangre de la alianza eterna, os ponga a punto en todo bien, para que cumpláis su voluntad. Él realizará en nosotros lo que es de su agrado, por medio de Jesucristo; a él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cuántas son tus obras, Señor.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

R/ y todas las hiciste con sabiduría.
V/ Tus obras, Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Jesús proclamaba el Evangelio del reino y curaba las enfermedades del pueblo.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Jesús proclamaba el Evangelio del reino y curaba las enfermedades del pueblo.

PRECES
Recordando la bondad de Cristo, que se compadeció del pueblo hambriento y obró en favor suyo los prodigios de su amor, digámosle con fe:

Muéstranos, Señor, tu amor.

Reconocemos, Señor, que todos los beneficios que hoy hemos recibido proceden de tu bondad;
— haz que no tornen a ti vacíos, sino que den fruto, con un corazón noble de nuestra parte.

Oh Cristo, luz y salvación de todos los pueblos, protege a los que dan testimonio de ti en el mundo
— y enciende en ellos el fuego de tu Espíritu.

Haz, Señor, que todos los hombres respeten la dignidad de sus hermanos,
— y que todos juntos edifiquemos un mundo cada vez más humano.

A ti, que eres el médico de las lamas y de los cuerpos,
— te pedimos que alivies a los enfermos y des la paz a los agonizantes, visitándolos con tu bondad.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Dígnate agregar a los difuntos al número de tus escogidos,
— cuyos nombres están escritos en el libro de la vida.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto. Él, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Conversión de San Pablo

1) Oración inicial

Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente la oración de tu pueblo, y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz. Por nuestro Señor. Amen.

2) Lectura

Del santo Evangelio según Marcos 16,15-18PauloConversion
Y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estos son los signos que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien.»

3) Reflexión

Las señales que acompañan el anuncio de la Buena Nueva. Al final Jesús aparece a los once discípulos y los reprende por no haber creído en las personas que decían haberle visto resucitado. De nuevo, Marcos se refiere a la resistencia de los discípulos en creer en el testimonio de quienes experimentaron la resurrección de Jesús. ¿Por qué será? Probablemente, para enseñar dos cosas. Primero, que la fe en Jesús pasa por la fe en las personas que dan testimonio de él. Segundo, que nadie debe desanimarse, cuando la falta de fe nace en el corazón. ¡Hasta los once discípulos tuvieron dudas!
• Enseguida, Jesús les da la misión de anunciar la Buena Nueva a toda criatura. La exigencia que plantea es ésta: creer y ser bautizado. A los que tienen el valor de creer en la Buena Nueva y que son bautizados, Jesús promete las siguientes señales: echarán demonios, hablarán en nuevas lenguas, tomarán con sus manos serpientes y si beben algún veneno no les hará daño. Esto acontece hasta el día de hoy:
echar demonios: es combatir el poder del mal que daña la vida. La vida de mucha gente mejora por el hecho de haber entrado en la comunidad y por haber empezado a vivir la Buena Nueva de la presencia de Dios en su vida;
hablar en nuevas lenguas: es comenzar a comunicarse con los demás de una forma nueva. A veces encontramos a una persona que nunca vimos antes y que nos parece hemos conocido desde hace mucho tiempo. Es porque hablamos la misma lengua, la lengua del amor;
el veneno no hace daño: hay mucha gente que envenena la convivencia. Mucho cotilleo que estropea la relación entre las personas. Quien vive en presencia de Dios sale adelante y consigue no ser molestado por este terrible veneno;
curar a los enfermos: en cualquier rincón del mundo, donde aparece una conciencia más clara y más viva de la presencia de Dios, aparece también un cuidado especial hacia las personas excluidas y marginadas, sobre todo hacia los enfermos. Aquello que más favorece la curación es que la personas se siente acogida y amada;
a través de la comunidad, Jesús continúa su misión. Jesús que vivió en Palestina y que allí acogió a los pobres de su tiempo, revelando el amor del Padre, es el mismo Jesús que continúa vivo en medio de nosotros, en nuestras comunidades. A través de nosotros, continúa su misión para revelar la Buena Nueva del Amor de Dios a los pobres. Hasta hoy, acontece la resurrección, que nos lleva a cantar: «¿Quién nos separará, quién nos separará del amor de Cristo, quién nos separará?» (cf. Rom 8,38-39). Ningún poder de este mundo es capaz de neutralizar la fuerza que viene de la fe en la resurrección (Rom 8,35-39). Una comunidad que quiere ser testigo de la Resurrección tiene que ser signo de vida, tiene que luchar contra las fuerzas de la muerte, para que el mundo sea un lugar favorable a la vida, tiene que creer que otro mundo es posible. Sobre todo aquí en América Latina, donde la vida de la gente corre peligro a causa del sistema de muerte que nos fue impuesto, las comunidades deben ser una prueba viva de la esperanza que vence el mundo, ¡sin miedo a ser feliz!

4) Para una reflexión personal

• Echar demonios, hablar en lenguas nuevas, vencer el veneno de las serpientes, imponer las manos a los enfermos: ¿has realizado algunas de estas señales?
• A través de nosotros y de nuestra comunidad Jesús continúa su misión. En nuestra comunidad ¿consigue realizar esta misión? ¿Cómo? ¿De qué manera?

5) Oración final

¡Alabad a Yahvé, todas las naciones,
ensalzadlo, pueblos todos!
Pues sólido es su amor hacia nosotros,
la lealtad de Yahvé dura para siempre. (Sal 117,1-2)

Los amigos de Jesús

1.- ¿Cómo serían, en verdad, los momentos de reclutamiento de los Apóstoles por parte de Jesús? Merece la pena imaginarlo. Es de suponer que el especial magnetismo de la estampa del Salvador atraería a la gente hasta tal punto que no sería fácil obviar su invitación. No se trataría, por supuesto, de un encantamiento hipnótico. Sería el influjo bello y tranquilo de una fuerte personalidad. Los Apóstoles –sus amigos– lo dejaron todo inmediatamente y le siguieron. Sin más condiciones o preguntas.

2.- En el relato de Mateo, que hemos escuchado hoy, la narración describe los momentos normales del trabajo de aquel día. Los Zebedeos estaban repasando redes, como lo siguen haciendo millones de pescadores en las orillas de los mares de todo el mundo. Acompañaban a su padre y ni siquiera la presencia del progenitor, con la enorme autoridad que le daba el ambiente judío, impide que sus hijos lo dejen todo y marchen en pos de Jesús. Y para todos ellos se va a iniciar la más asombrosa aventura de la historia de la humanidad. Porque en la cercanía del Hombre Dios acometerán el cambio más profundo que la Humanidad iba a acometer tras la creación. Jesús no completó taumatúrgicamente la Redención –con el poder de ser Dios– y constituyó a los hombres en corredentores. Y así, todos nosotros tenemos la obligación, de trabajar por la conversión de los demás y por la construcción del Reino de Dios.

3.- La mente divina de Jesús debió auscultar de manera inmediata el espíritu de todos y cada uno de los apóstoles. Y, también su trayectoria vital, como cuando anuncia a Natanael su estancia junto a la higuera. Tuvo que ver, asimismo, el carácter torvo y avaro de Judas. Pero supo que en el interior de sus amigos había calidades objetivas como para poder desempeñar en el futuro la gran misión de extender el Evangelio. Y ese efluvio de bondad y conocimiento es lo que tuvo que llegar directamente al alma de cada uno de los elegidos para que iniciaran el seguimiento. La conversión es eso. Un convencimiento interno y objetivo para seguir a Jesús. Luego –claro está– dicha conversión tendrá su trayectoria y sus dificultades añadidas. Pero todo el que ve a Jesús ya no le puede dejar. Lo difícil es atemperar los ojos del corazón para se nos muestre su figura y su rostro. Pero no es una misión imposible. Es perfectamente viable y el «milagro» se está repitiendo constantemente entre el género humano. Pero muchas veces, el ruido excesivo del mundo, las riquezas, la soberbia, que es una forma de autoadoración, cierran la mirada interior y, entonces, Jesús ya no se muestra. Muchas veces esa cercanía al pecado es la que impide el diálogo permanente con el Hijo de Dios y la desaparición de su imagen en nuestro interior.

Será la dedicación a nuestros hermanos, el servirles en el nombre de Dios, lo que acrecentará nuestra sintonía interna con Jesús. El Señor siempre se sirve de las «causas segundas» para llegar a otras personas y esa «causa segunda» somos –sin quererlo– nosotros mismos, en forma de una frase, de un comentario o de un texto. Por ello no es posible eludir la obligación de ayudar a Jesús en la conversión de todos los hombres, aunque eso si –ciertamente– cada uno podrá elegir su papel y su sistema.

El leccionario sitúa entre corchetes el relato de la recluta de los Apóstoles y, por tanto, es opcional su lectura. Terminaría entonces el texto de Mateo con el radical: “Convertíos: que está cerca el Reino de los cielos”. Y sin embargo es bueno pronunciarse –sin desmerecer la indicación de Jesús a cambiar—en saber y meditar como se produjo ese acercamiento entre Maestro y discípulos. Y hacerlo porque dicha llamada vuelve a renovarse todos los días. Jesús nos pide que le sigamos.

4.- «La vara del opresor, y el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebrantaste como el día de Madián». La profecía de Isaías marca esa condición liberadora de Cristo. Su reino de paz y de justicia es también de libertad. Y para llegar a ser libre hay que sentir la liberación. Pero esta liberación es pacífica y pacifista, amable y cordial, conciliadora y llena de amor. No va el cristianismo por el camino de liberar a nadie a tiro limpio. La opresión cae ante el talante de los pacíficos y se agudiza con el trabajo de los violentos. En la Carta a los Corintios, San Pablo encarara el tema de la división de los cristianos, de sus facciones o de sus «capillitas» como se dice en español. Y ese problema ha sido permanente en la historia de la cristiandad. Esta misma semana –y la pasada– hemos celebrado oraciones por esa unidad. Y habría que decir que uno de los puntos que más escándalo produce es esa capacidad para la desunión y, sin duda, lo que nos separa es el pecado. Tal vez, algún día no muy lejano veamos la presencia de Jesús convertido en único Pastor y en único Maestro. «Soy de Pedro, de Pablo, de Apolo…» Y, en realidad, todos somos del mismo maestro. No debemos perder la pista a la desunión interna que produce en la Iglesia Católica poner en prioridad al grupo particular que a la comunidad total unida por la Comunión de los Santos. Y eso se sigue produciendo. La discrepancia, a veces, es más humana –incluso de matiz político– que espiritual. Y eso es lo que hay que evitar, porque la mies es mucha y los operarios pocos.

Ángel Gómez Escorial

Comentario – Conversión de San Pablo

El llamado «mandato misionero» se inscribe dentro de los relatos postpascuales. Se trata de una encomienda de Jesús resucitado a los Once. Jesús se aparece a sus discípulos y les da esta consigna: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. En este imperativo se encuentra resumida la misión de la Iglesia, conformada en este momento histórico por los Once. Jesús, que había salido para proclamar el evangelio del Reino y que ahora ha pasado a otra dimensión, les pide a sus discípulos más directos que prolonguen su misión en el mundo, que es esencialmente la de seguir anunciando la llegada del Reino, pero al mismo tiempo amplía los límites de esta misión extendiéndola al mundo entero. Si esto es así, no podrán darla por finalizada hasta alcanzar estos límites. Jesucristo manifiesta, pues, su voluntad de llevar este mensaje a todos los hombres sin distinción, al mundo entero. Para que esto se haga realidad, aquellos mensajeros tendrán que ponerse en camino, pero como no les bastará para llevar a cabo esta tarea con una vida, tendrán que establecer sucesores que continúen su labor en la historia. Esto explica la existencia de los obispos como sucesores de los apóstoles y la obra inmensa protagonizada por algunos misioneros como san Pablo, cuya conversión recordamos hoy.

Pero si el empeño de Jesús es que este anuncio llegue a todos los hombres, será porque concede mucha importancia a este conocimiento como vía de salvación. Ello confiere una gran relevancia a las palabras que siguen: El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado. La salvación se hace depender de la fe, y la fe va ligada a un acto de adhesión y compromiso que es el bautismo. Bautizarse es recibir el agua bautismal que significa la vida naciente y la limpieza proporcionadas por el Espíritu; pero semejante recepción debe ir precedida de un profundo acto de fe, que es al mismo tiempo acto de adhesión y compromiso. Se trata, pues, de una fe comprometida, que quiere ser coherente con un determinado estilo de vida. Todo ello permite afirmar: el que crea el mensaje que se le anuncia (el evangelio del Reino) y asuma y mantenga los compromisos bautismales hasta el final de sus días, se salvará. Pero esta sentencia tiene, como cualquier moneda o efigie, su reverso: el que se resista a creer, será condenado.

La condena no recaerá sin más en los que no crean, sino en los que se resistan a creer. Tiene que haber resistencia, obstinación, contumacia, que hemos de suponer culpable. Porque si tal resistencia se debiese a otros factores ambientales o educacionales que pudieran eximir de culpa a la persona en cuestión, habría que dejar abierta la puerta de la salvación para ella, aun pareciendo cerrada la puerta de su fe. ¿Cómo no admitir esta posibilidad teniendo por juez al que, colgado en la cruz, pidió el perdón para sus enemigos: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen? Les excusa en razón de su parcial ignorancia. Es verdad que Jesús no incorpora estas disquisiciones propias de teólogos y moralistas; al menos no han quedado reflejadas en el evangelio. Pero de lo que sí tenemos constancia es de sus actuaciones, inspiradas en la misericordia, y de su enseñanza lineal. No sabemos qué grado de resistencia tendrá que oponer el que merezca condena; pero tendría que ser un tipo de resistencia que rechace con desprecio la salvación que se le ofrezca consciente de la gravedad del acto. Jesús se encontró de hecho con la incredulidad real presente sobre todo entre los fariseos y con la pública condena de los miembros del Sanedrín.

Hoy nos encontramos con la incredulidad difusa y resistente a dejarse penetrar de una mentalidad positivista muy difundida en nuestra sociedad. ¿Será suficiente esta resistencia tan generalizada para merecer la condena o será preciso una resistencia más personalizada y endurecida por el odio? ¿Es posible mantener esta resistencia hasta el final si no media una cierta ignorancia o la convicción de estar solos ante la muerte sin la posibilidad de recurrir a Dios dado que se le cree inexistente? Pero ¿puede mantenerse esta convicción sin dudas? Muchas preguntas para pocas respuestas. Sin embargo, la frase de Jesús sigue resonando en el aire no como una amenaza, pero sí como una advertencia de alguien que ha dado la vida para proporcionarnos el acceso a la salvación. La condena es sólo privación de salvación o de Dios. Y hay quienes de facto desean vivir sin Dios, aunque quizá sin un Dios que, por los motivos que sea, se les hace odioso o poco amable, cuando el Dios verdadero debe ser objetivamente el supremamente amable, puesto que es el Bien sumo. Pidamos a Dios que nos mantenga perseverantes en la fe y derribe las murallas de la incredulidad que con tanto esfuerzo nos empeñamos en levantar los hombres de todos los tiempos, especialmente de los actuales.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

Tu ser para los demás

253. Quisiera detenerme ahora en la vocación entendida en el sentido preciso del llamado al servicio misionero de los demás. Somos llamados por el Señor a participar en su obra creadora, prestando nuestro aporte al bien común a partir de las capacidades que recibimos.

Hacer presente el Reino de Dios

1.- A propósito de la manifestación de Dios a nosotros en Jesucristo (la “epifanía”) en las lecturas de este domingo se nos dice que el tiempo de salvación ha llegado, que ya se anuncia entre nosotros el Reino de Dios, porque el Dios que se revela o manifiesta en Cristo es el Dios que salva y que quiere reinar entre nosotros. La misión de los seguidores de Jesús es precisamente anunciar y hacer presente ese Reino de Dios.

Todo lo que el Antiguo Testamento esperaba, como prometido por Dios, dice Isaías en la primera lectura, se cumple plenamente en Jesús de Nazaret. Jesús es la luz grande, la alegría, él es quien ha venido a liberarnos de toda opresión. La región de Galilea que, según la tradición judía, era la que había quedado en posesión de paganos, es la primera que verá la luz del ungido por Dios. Jesús lo dirá muy bien: Son los enfermos lo que primero reciben la visita del médico, no los sanos o que se consideran sanos.

2.- En la segunda lectura, oímos a san Pablo, en su primera carta a los cristianos de la ciudad griega de Corinto, decir algo que, quizás, resulte duro a nuestros oídos: “No me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio”. Tal vez ése haya sido nuestro error, olvidar que no hemos sido llamados por Cristo a administrar sacramentos o ritos religiosos, sino a anunciar y hacer presente el Reino de Dios. Y, como muy bien lo dice san Pablo, en este asunto no se trata de seguir a Pedro, a Pablo o a otro apóstol, sino a Jesucristo.

Y el evangelio de Mateo, se esfuerza, en hacernos ver que Jesús viene no a destruir, sino a plenificar todo el Antiguo Testamento, y esto más con su persona y su vida que con sus palabras. Y no quiere actuar solo; busca colaboradores; busca unos sencillos pescadores a los que promete desde el principio que hará de ellos “pescadores de hombres”. Ellos le siguen inmediatamente.

Jesús nos llama a todos los cristianos a ser «pescadores de hombres”. Esto no es tarea de unos pocos, sino de todo seguidor de Jesús. Observemos que lo que hay que pescar es a la persona, no solamente a las almas. Nos llama a todos a ser pescadores de toda la persona. Es el ser humano entero el que debe entrar en el Reino de Dios. Dios quiere reinar sobre el todo de todos.

3.- Jesús dice: Sígueme. Se trata, pues, de seguirlo a Él; Él es el Dios que puede llamarnos a continuar su misión de anunciar y hacer presente el Reino de Dios. Es Jesús quien puede llamarnos y, el nos llama, todo debe ser preterido a ese llamamiento: Trabajo, familia, y hasta la vida. El llamamiento de Jesús es el llamamiento de un Dios al que amar sobre todas las cosas. Él, que nos lo ha dado todo (hasta su vida) es el único que puede pedírnoslo todo.

Aquí es en donde tiene su contexto lo de preferir entrar en el reino que conservar un ojo o algo tan importante como un ojo ; aquí es en donde encuentra su contexto lógico lo de la perla preciosa o el tesoro escondido por el que vale la pena arriesgarlo todo. No se trata de arrancarnos o cortarnos nada como si esa cosa no valiera mucho, sino de decirnos cuánto vale aquello por lo que valdría la pena perder algo tan valioso como el ojo, como la mano, como los padres, como la vida, etc. Se trata de decirnos que si llegara el momento en que tuviéramos que escoger entre Cristo (el Reino de Dios en una persona) y algo muy valuado por nosotros, no debiéramos dudar, tendríamos que elegir a Cristo, y, en El, al Reino de Dios.

Pero Jesucristo no llama hacia Él o su seguimiento para apartarnos de todo, sino para enviarnos hacia los demás. “Os haré pescadores de hombres”, dice Jesús.

Y los llamados dejan todo por amor del único Cristo y, con la mirada puesta en Él, única cabeza, tienen todos un mismo espíritu. Seguir a Cristo significará en definitiva y necesariamente seguir el camino que lleva a la cruz.

Antonio Díaz Tortajada

Llamada y seguimiento

1.- Jesús comienza su predicación en la «Galilea de los gentiles», al otro lado del Jordán. Es en el Norte, en el territorio de Neptalí y Zabulón, tribus habitadas por gentes consideradas por los judíos como paganos debido a la «contaminación» con otras religiones e ideas, que desde el siglo VIII antes de Cristo habían sufrido con la invasión de los asirios. Muchos fueron deportados a las ciudades de Asiría y volvieron transformados, allí también se instalaron extranjeros que traían consigo otras vivencias religiosas. El evangelista recoge las palabras del profeta Isaías, al señalar esta tierra como llena de tinieblas y de sombra. Pero una luz grande va a brillar sobre ellos. Allí aparece Jesucristo, luz que ilumina la oscuridad y que elimina las tinieblas. Jesús prefiere empezar su ministerio público precisamente en territorio semipagano. Cafarnaún, junto al lago, será su pueblo y de allí saldrán sus primeros discípulos unos pobres pescadores. El lugar y las personas elegidas desconciertan, pero son un signo de lo que significa el anuncio de la Buena Noticia, que va dirigido en primer lugar a los pobres, a los sencillos y los a los considerados ateos.

En El, en expresión de San Agustín, «pueden anidar todos los pájaros los grandes y los pequeños». Su llamada se extiende a todos. ¿Has escuchado tú la llamada de Jesús?

2. – ¿Qué predica Jesús? La conversión y la llegada del Reino del reino de Dios. No es la primera, la conversión, la que hace posible que llegue el segundo, el reino de los cielos, sino que es precisamente la instauración del reino lo que dará origen al hombre nuevo, transformado, convertido. El texto dice «reino de los cielos», pero esto no quiere decir que se trate de algo que está después o por encima de este mundo. El reino comienza ya aquí y ahora y necesita de colaboradores que hagan posible su extensión como grano de mostaza. ¿Qué es el reino? Es una nueva forma de vida basada en el amor. Hasta diez parábolas utilizará Jesús para explicarlo. Lo que está claro es que para que el reino sea posible son necesarias nuevas actitudes y nuevos valores, y esto es la conversión a la que se refiere Jesús. Este tono es distinto del talante amenazador del Bautista. Jesús invita a los primeros discípulos a ser constructores del reino. También nos invita a nosotros. ¿Has tomado conciencia de tu compromiso por el reino?

3. – «Venid y seguidme». Esta es la llamada de Jesús. Ellos le siguen, dejándolo todo. El seguimiento de Jesús será una de las categorías fundamentales que definen el discipulado. Así llegará a decir posteriormente: «El que no tome su cruz y me siga no es digno de mí» (Mt 10,38). El seguimiento no se limita a gestos superficiales, sino que lleva hasta la entrega de la propia persona. En Israel los discípulos buscan al maestro de la Toráh, la Ley. En cambio aquí es Jesús el que elige. La condición del discípulo de los rabinos es transitoria, mientras que para el discípulo de Jesús está marcada por un destino que se realiza en la comunión de vida y de muerte con su Maestro. El seguimiento no se limita a la aceptación histórica de Jesús, sino que supone la entrega a El y la identificación con El y al mismo tiempo la asunción de su causa: la atención compasiva hacia los pobres y marginados. La adhesión a la persona de Cristo es la base de la moral, del comportamiento del cristiano. Si te adhieres a su persona, también asumes sus actitudes y valores. La moral cristina no es un mero cumplimiento de normas, sino que se basa en el «seguimiento de Jesús». Pregúntate ¿Qué pide El de ti?, ¿qué espera El de ti? ¿Qué haría El en tu circunstancia?

El Papa lo ha recordado la encíclica «Veritatis splendor»: «Seguir a Cristo es el fundamento esencial y original de la moral cristiana: como el pueblo de Israel seguía a Dios, que lo guiaba por el desierto hacia la tierra prometida, así el discípulo debe seguir a Jesús, hacia el cual le atrae el mismo Padre». Todos los bautizados nos decimos seguidores de Jesús, por tanto El es el que nos une y el que nos guía. En esta semana de oración por la unidad meditemos lo que dice el lema escogido como reflexión: «Cristo, fundamento único de la Iglesia». Es verdad, lo verdaderamente importante es el seguimiento de Jesucristo.

José María Martín OSA

Con Jesús, todo, cambia de color

1.- Seguimos acompañando a ese Jesús que, más que nunca, en la coyuntura económica, social, política y eclesial que nos toca vivir, sigue brillando con la misma intensidad con la que lo hizo en la noche de Navidad.

Sigue brillando, incluso a pesar de que muchos de nosotros nos podamos interrogar sobre tantas oscuridades que eclipsan la felicidad del mundo (maremoto del Sureste-Asiático, la división entre los cristianos). Entre otras cosas, sigue brillando, porque Jesús no nos dice que ir detrás de El sea tarea fácil sino que, exige además, una buena dosis de conversión y con personas intrépidas que sepan responder sin temor ni temblor a su llamada. El Señor, como entonces a Pedro, Andrés, Santiago y Juan, inicia su vida pública con aquellos que sepan anteponer, en algunos momentos, la voz de Dios y sus propuestas a otros cantos de sirena que nos embelesan con cierta frecuencia en detrimento de nuestra fe.

El Reino de Jesús implica, además de otros aspectos, un apostar por llevar la luz a tantas situaciones de cortocircuito que se dan a nuestro alrededor. El otro día escuchaba en un programa radiofónico que, las futuras generaciones cristianas, comenzarán a despertar precisamente por la siembra que, aparentemente costosa y poco fructífera (catequesis, grupos, etc.,) habrá dejado huella en su ética y en su conciencia cristiana. Desde luego sólo con indiferencia podremos cosechar más indiferencia pero, con propuestas sólidas y convencidas, acompañadas de un trabajo entusiasta y sin desmayo, intentaremos que, el día de mañana, nuestros futuros cristianos miren con respeto al legado que les hemos dejado. ¿Estamos haciendo un esfuerzo en ese sentido o hace tiempo que dejamos el contestador automático, para Dios, con el “no estoy en casa o no le puedo responder”?

2. Estamos asistiendo, aunque algunos se resistan a verlo, a la debacle de una humanidad posmoderna que ha comenzado este tercer milenio cansada y agobiada. ¿Cómo hacerles llegar, a muchos amigos y conocidos nuestros, el hecho de que Jesús es una Buena Noticia que sana y orienta con todas las consecuencias toda una vida?.

Cada día que amanece es un cúmulo de noticiarios negros, de jóvenes que han perdido la ilusión y el optimismo, el sentido y la luz permaneciendo en un túnel sin retorno. ¿Cómo podríamos hacerles vivir que, en la práctica religiosa, se encuentra un poco de luz y paz, futuro y respuestas?

Tal vez ha llegado el momento de dejar ciertas redes que han servido para llenar de alimento espiritual a las generaciones pretéritas pero inservibles para otras que nos demandan un afán más creativo para que nunca pueda más la paloma que el mensaje o la frondosidad más que el interior del bosque.

Por ello mismo, porque el mundo (cada día menos exigente consigo mismo y con lupa para con la iglesia) vive sometido a peligrosos contrastes y a serios apagones en las conciencias de muchas personas, ha llegado la hora “0” de que todos (los padres con los hijos, los sacerdotes con sus fieles, los políticos con sus convicciones religiosas, etc.,) seamos capaces de dejar en la orilla las redes de la vergüenza y del individualismo (gran virus en nuestra iglesia). Tal vez, el hoy y el ahora evangelizador, pasa por dejar a un lado las excusas y la pereza para seguir a Jesús con el convencimiento de que, hoy y aquí, hemos de dar como nunca testimonio de que pertenecemos no a un “club en extinción” sino a una Iglesia que, contra viento y marea, sabe, mantiene y predica que el vivir según Dios implica no ceder al chantaje de los iluminados de turno. ¡Cuántos hombres han querido ser, a lo largo de la historia, «luz» para sus conciudadanos!, y a veces sólo se han quedado en unos iluminados, fundamentalistas, que para imponer sus ideas han acabado con todos sus detractores. A veces, incluso hasta con buena voluntad y todo.

En medio de todo ello con el Señor por delante y guiados por El, nos iremos preparando para que en un futuro, no muy lejano, podamos ir curando enfermedades y cerrando cicatrices de muchas personas que sentirán el zarpazo de la soledad, del vacío espiritual o del relativismo de todo y en todo.

Javier Leoz

¿En qué hemos de cambiar?

No es difícil resumir el mensaje de Jesús: Dios no es un ser indiferente y lejano, que se mueve en su mundo, interesado solo por su honor y sus derechos. Es alguien que busca para todos lo mejor. Su fuerza salvadora está actuando en lo más hondo de la vida. Solo quiere la colaboración de sus criaturas para conducir al mundo a su plenitud: «El reino de Dios está cerca. Cambiad».

Pero ¿qué es colaborar en el proyecto de Dios?, ¿en qué hay que cambiar? La llamada de Jesús no se dirige solo a los «pecadores» para que abandonen su conducta y se parezcan un poco más a los que ya observan la ley de Dios. No es eso lo que le preocupa. Jesús se dirige a todos, pues todos tienen que aprender a actuar de manera diferente. Su objetivo no es que en Israel se viva una religión más fiel a Dios, sino que sus seguidores introduzcan en el mundo una nueva dinámica: la que responde al proyecto de Dios. Señalaré los puntos clave.

La compasión ha de ser siempre el principio de actuación

Hay que introducir en el mundo compasión hacia los que sufren: «Sed compasivos como es vuestro Padre». Sobran las grandes palabras que hablan de justicia, igualdad o democracia. Sin compasión hacia los últimos no son nada. Sin ayuda práctica a los desgraciados de la tierra no hay progreso humano.

La dignidad de los últimos ha de ser la primera meta

«Los últimos serán los primeros». Hay que imprimir a la historia una nueva dirección. Hay que poner la cultura, la economía, las democracias y las Iglesias mirando hacia los que no pueden vivir de manera digna.

Hay que impulsar un proceso de curación que libere a la humanidad de lo que la destruye y degrada: «Id y curad»

Jesús no encontró un lenguaje mejor. Lo decisivo es curar, aliviar el sufrimiento, sanear la vida, construir una convivencia orientada hacia una vida más sana, digna y dichosa para todos.

Esta es la herencia de Jesús. Nunca en ninguna parte se construirá la vida tal como la quiere Dios, si no es liberando a los últimos de su humillación y sufrimiento. Nunca será bendecida por Dios ninguna religión, si no busca justicia para ellos.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – Conversión de San Pablo

Conversión de San Pablo

El evangelio de esta fiesta ha comenzado diciendo: “Jesús se apareció a los once y les dijo: id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”, es decir el mandado de la misión universal, ya que todos los hombres y todos los pueblos tienen que descubrir el amor salvador de Dios, la máxima felicidad para la que hemos sido creados. San Pablo dice que “Dios quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. De ahí que ningún hombre ni pueblo puede quedar al margen del anuncio del Evangelio. Ya dice el Papa Francisco que está todavía lejos que el Mensaje de Jesús sea conocido por todos. De ahí la importancia de la evangelización hoy.

El anuncio del Evangelio surge cuando uno se ha sentido tocado interiormente, ha tenido una experiencia profunda de Jesús, se ha sentido atraído y fascinado por el mismo Señor. La fe nace de un encuentro, no de una idea. Anunciamos lo que antes hemos oído, visto y experimentado en la oración íntima con Jesús. Cuando hablamos sin antes haber meditado en el corazón, como María, somos como una campana que suena o un címbalo que retiñe sin influir en nadie. Los cristianos de hoy, los cristianos de las prisas, tenemos que detenernos y buscar esos momentos de paz, silencio y oración con el Señor para luego poder decir una palabra que llegue al corazón de los demás. Y entonces se cumplirá el Evangelio de hoy: “les acompañarán signos” que son las obras del Espíritu Santo que vence al mal, inmuniza contra las toxicidades del mundo e inspira los lenguajes nuevos para transmitir el Evangelio.

Pablo es un buen ejemplo de todo esto que acabamos de decir: él no conoció a Jesús con los ojos del cuerpo, lo conoció con los ojos de la fe. El encuentro con Jesús Resucitado camino de Damasco transformo completamente su vida y la orientó definitivamente. En la vida de Pablo –como en nuestra vida- hubo un antes y un después de su encuentro con Jesús. En Damasco Pablo se sintió renacer –nacer de nuevo- que le convirtió en un instrumento fecundo al servicio del Evangelio. Él dirá: “para mí la vida es Cristo y ¡ay de mi si no evangelizare !”. Identificarse con Jesús y darlo a conocer –evangelizar- eran una misma cosa y una misma pasión en él; eran la razón y el sentido de su nueva vida.

El ejemplo de Pablo es fuente de inspiración constante para todos los cristianos de todos los tiempos. No podemos concebir la vida cristiana sin ser misioneros, sin dar a conocer lo que nosotros hemos recibido, sin que nos preocupe el que haya tantos millones de personas que no conocen todavía a Dios. Los cristianos de hoy ya no podemos pensar salvarnos solos, nos salvamos todos juntos y en comunidad, y lo hacemos ayudándonos mutuamente. Pablo tuvo que romper con muchas costumbres judías que no encajaban ya con el Mensaje de Jesús; dejar atrás viejas prácticas religiosas que no tenían nada que ver con la novedad traída por Jesús. Así lo repite constantemente en sus cartas a los gentiles convertidos al Evangelio. Igual nos recuerda a nosotros hoy: necesitamos cambiar formas de pensar y vivir la fe y estar más abiertos y dóciles a los nuevos aires del Espíritu que sopla en la Iglesia. El Papa Francisco ha traído un nuevo estilo de entender el Evangelio y de vivirlo. Los buenos cristianos son los que no ponen resistencias y, aunque cueste cambiar, intentan escuchar la voz del Papa y ponerlo por obra.

José Luis Latorre, mcf