Ocho puertas para entrar al Reino de Dios

El domingo pasado, el evangelio de Mateo nos presentaba a Jesús recorriendo Galilea y anunciado la buena noticia del Reinado de Dios. A partir de hoy, hace que los oyentes se reúnan en un gran auditorio al aire libre, se sienten en torno a Jesús, y escuchen el programa de ese reino de Dios: el “Sermón del monte”, que leeremos los próximos domingos.

Selección del auditorio

Jesús no es un político que quiere ganar votos a todo precio, engañando y haciendo promesas que no cumplirá. Desea dejar claro quiénes sintonizarán con su proyecto y quiénes no. Para que no se llamen a engaño. Y eso lo expone, al principio de todo, en las bienaventuranzas. Es imposible explicar en pocas palabras el sentido de cada una de ellas (quien lo desee puede leer J. L. Sicre, El evangelio de Mateo, pp. 102-112).

Las bienaventuranzas proponen valores desconcertantes

Si Jesús dijera: “Dichoso el que tiene buena salud, el que gana lo suficiente para  vivir, el que disfruta con su familia…” no habría necesitado justificar esas afirmaciones. Cualquier persona habría estado de acuerdo. Sin embargo, Jesús proclama dichosa a gente que sufre, llora, es perseguida… Por eso, cada bienaventuranza va seguida de una justificación: «porque de ellos es el reino de los cielos», «porque ellos serán consolados», etc. El premio prometido en la primera y última es «el Reino de los cielos». En realidad, todas las otras se refieren también a ese Reino de Dios, sólo que fijándose en determinados aspectos concretos. Este premio no podemos interpretarlo solo como algo de la otra vida. Comienza a realizarse en esta. Dicho en palabras sencillas, todas esas personas son dichosas porque pueden formar parte de la comunidad cristiana (Reino inicial de los cielos) y, más tarde, del Reino definitivo de Dios.

 Las bienaventuranzas no son una carrera de obstáculos

La mención de los pobres, los que lloran, los sufridos… puede crear una sensación de malestar, como si tuviéramos que pasar por todas esas situaciones para formar parte del reinado de Dios. Las bienaventuranzas se nos convierten en una terrible carrera de obstáculos, donde tras cada valla nos espera la siguiente. Sin embargo, las bienaventuranzas son algo muy distinto.

Las bienaventuranzas, ocho puertas para entrar al Reino de Dios

Antonio Barluzzi, el arquitecto italiano que diseñó la Basílica de las bienaventuranzas en 1939, tuvo la bella idea de una planta octogonal, y en cada lado una gran ventana por la que se puede contemplar el paisaje exterior. Sin embargo, las bienaventuranzas no son ventanas para mirar lo que ocurre fuera, sino puertas abiertas por las que se puede entrar a escuchar y seguir a Jesús.

Encima de cada puerta hay una inscripción con la bienaventuranza correspondiente. A veces el sentido del texto resulta discutible (Jesús habló en arameo, luego se tradujo al griego, y ahora lo retraducimos a nuestras lenguas). Vamos a dar una vuelta al edificio, haciéndonos unas preguntas delante de cada puerta. Al final podrás elegir la que te viene mejor para entrar al palacio.

  1. ¿Te consideras pobre ante Dios, como el publicano que dice: «Apiádate de mí, Señor, que soy un pecador?» ¿O piensas que tienes muchos méritos y puedes pasarle una factura de todo lo que haces por él? ¿Ambicionas la riqueza, tener cada día más?
  2. ¿Te hacen sufrir las injusticias que provocan miles de exiliados y desplazados, paro juvenil, trata de blancas, etc., o te dejan indiferente? ¿Sufres con el dolor ajeno? ¿Experimentas en tu vida el dolor físico, problemas psíquicos, económicos, laborales?
  3. ¿Estás convencido de que la mejor respuesta a la violencia es la no-violencia? ¿Qué «el que a espada mata, a espada muere»? En una sociedad donde abunda tanto odio, respondes, como Jesús, «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen»?
  4. ¿Tienes hambre y sed de justicia, es decir, de hacer lo justo, de cumplir la voluntad de Dios, como Jesús, que consideraba su alimento «hacer la voluntad de su Padre».
  5. ¿Te compadeces de los enfermos, del que te debe algo, de los pecadores, igual que se compadeció Jesús? ¿O consideras pecadores a los que no piensan y sienten como tú, y les deseas todo el mal del mundo?
  6. ¿Eres limpio de corazón en tu relación con los demás, no engañando, defraudando, calumniando ni criticando?
  7. ¿Trabajas por la paz, por un mundo más justo, porque domine el buen entendimiento en la familia, en tu ambiente?
  8. ¿Te han perseguido o criticado por intentar cumplir lo que Dios quiere?
  9. Cuando critican, insultan, calumnian al papa Francisco y a la Iglesia, ¿le das gracias a Dios, estás alegre y contento por la gran recompensa que recibiremos en el cielo?

Has terminado de rodear el edificio. ¿Cuál es la puerta que más se te adecua para entrar? Quizá haya dos o tres. Si piensas que no hay ninguna, usa la primera: te consideras «interiormente pobre», sin mérito ante Dios. Puedes entrar.

Resumen

Las bienaventuranzas nos dicen qué personas pueden entender y aceptar el mensaje de Jesús, incorporándose a la comunidad cristiana.

Por consiguiente, las bienaventuranzas no son, ante todo, un código de conducta moral que dice: «así tienes que actuar si quieres ser cristiano». Es más bien una exposición de situaciones y de actitudes ante la vida que permi­ten entender el evangelio y entusiasmarse con las palabras de Jesús.

La bienaventuranza no dice: «Sufre, para poder entrar en el Reino de Dios».

Dice: «Si sufres, no pienses que tu sufrimiento es absurdo; te permite entender el evangelio y seguir a Jesús».

No dice: «Procura que te desposean de tus bienes para actuar de forma no violenta».

Dice: «Si respondes a la violencia con la no violencia, no pienses que eres estúpido, considérate dichoso porque actúas igual que Jesús».

No dice: «Procura que te persigan por ser fiel a Dios».

Dice: «Si te persiguen por ser fiel a Dios, dichoso tú, porque estás dentro del Reino de Dios».

Pero, al tratarse de los valores que estima Jesús, no cabe duda de que las bienaventuranzas se convierten también en un modelo de vida que debemos esforzarnos por imitar. Después de lo que dice Jesús, no podemos permanecer indiferentes ante actitudes como la de prestar ayuda, no violencia, trabajo por la paz, lucha por la justicia, etc. El cristiano debe fomentar esa conducta. Y el resto del Sermón del Monte le enseñará a hacerlo en distintas circunstancias.

1ª Lectura: miedo en vez de alegría (Sofonías 2,3; 3,12-13)

El texto es fruto de unir un versículo del c.2 con dos versículos del c.3. Se exhorta a buscar a Dios, cumplir sus mandatos, buscar la justicia, la moderación, pero con el fin de librarse «el día de la cólera del Señor». Efectivamente, en el c.3 esa cólera acaba con los enemigos y solo subsiste un pueblo pobre y humilde. Las bienaventuranzas coinciden en hablar de un nuevo pueblo de Dios, con las mismas características, pero el punto de partida no es el miedo a la cólera de Dios. Aconsejo no detenerse en esta lectura.

2ª lectura: las bienaventuranzas en Corinto (1 Cor 1,26-31)

En cambio, es muy adecuado el texto de Pablo, que se podría parafrasear: «Bienaventurados lo que no son sabios, ni poderosos, ni aristócratas». «Bienaventurados los que el mundo considera necios, la gente baja y despreciable, la que no cuenta para los demás». Porque ellos podrán unirse a Cristo y formar parte de su comunidad.

José Luis Sicre

I Vísperas – Presentación del Señor

I VÍSPERAS

PRESENTACIÓN DEL SEÑOR

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

De una Virgen hermosa
celos tiene el sil,
porque vio en sus brazos
otro Sol mayor.

Cuando del oriente
salió el sol dorado,
y otro sol helado
miró tan ardiente,
quitó de la frente
la corona bella,
y a los pies de la Estrella
su lumbre adoró,
porque vio en sus brazos
otro Sol mayor.

“Hermosa María
-dice el sol, vencido-,
de vos ha nacido
el Sol que podía
darle al mundo el día
que ha deseado.”

Esto dijo, humillado,
a María el sol,
porque vio en sus brazos
otro Sol mayor.

Al Padre y al Hijo
gloria y bendición,
y al Espíritu Santo
por los siglos honor. Amén.

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. Sus padres llevaron a Jesús a Jerusalén, para presentarlo al Señor.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Sus padres llevaron a Jesús a Jerusalén, para presentarlo al Señor.

SALMO 147:

Ant. Adorna tu morada, Sión, para recibir al Mesías rey.

Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión:
que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti;
ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.

El envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz;
manda la nieve como lana,
esparce la escarcha como ceniza;

Hacer caer el hielo como migajas
y con el frío congela las aguas;
envía una orden, y se derriten;
sopla su aliento, y corren.

Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Adorna tu morada, Sión, para recibir al Mesías rey.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Dichoso eres, Simeón, hombre justo, porque has recibido a Cristo, el Señor, libertador de su pueblo.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dichoso eres, Simeón, hombre justo, porque has recibido a Cristo, el Señor, libertador de su pueblo.

LECTURA: Hb 10, 5-7

Cuando Cristo entró en el mundo, dijo: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: “Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad.”»

RESPONSORIO BREVE

R/ El Señor ha dado a conocer a su Salvador.
V/ El Señor ha dado a conocer a su Salvador.

R/ A quien ha presentado ante todos los pueblos.
V/ A su salvador.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ El Señor ha dado a conocer a su Salvador.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El anciano llevaba al niño, el niño guiaba al anciano. La Virgen lo dio a luz, y permaneció virgen después del parto; adoró al mismo que engendró.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El anciano llevaba al niño, el niño guiaba al anciano. La Virgen lo dio a luz, y permaneció virgen después del parto; adoró al mismo que engendró.

PRECES
Adoremos a nuestro Salvador, que hoy fue presentado en el templo, y supliquémosle:

Que nuestros ojos, Señor, vean tu salvación.

Cristo Salvador, que eres luz para alumbrar a las naciones,
— ilumina a los que no te conocen, para que crean en ti, Dios verdadero.

Redentor nuestro, que eres gloria de tu pueblo Israel,
— haz que tu Iglesia brille entre las naciones.

Jesús deseado de todos los pueblos, a quien los ojos del justo Simeón vieron como Salvador,
— haz que tu salvación llegue a todos los hombres.

Señor, en cuya presentación fue anunciada a María, tu madre, una espada de dolor,
— fortalece a los que sufren tribulación por causa de tu servicio.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Cristo, felicidad de los santos, a quien Simeón pudo ver antes de morir, como era un su ardiente deseo,
— muéstrate a los difuntos que anhelan tu visión.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, te rogamos humildemente que, así como tu Hijo unigénito, revestido de nuestra humanidad, ha sido presentado hoy en el templo, nos concedas, de igual modo, a nosotros la gracia de ser presentado delante de ti con el alma limpia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado III de Tiempo Ordinario

Tiempo ordinario

1) Oración

Dios todopoderoso y eterno: ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto. Que vive y reina contigo.

2) Lectura 

Del Evangelio según Marcos 4,35-41
Este día, al atardecer, les dice: «Pasemos a la otra orilla.» Despiden a la gente y le llevan en la barca, como estaba; e iban otras barcas con él. En esto, se levantó una fuerte borrasca y las olas irrumpían en la barca, de suerte que ya se anegaba la barca. Él estaba en popa, durmiendo sobre un cabezal. Le despiertan y le dicen: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» Él, habiéndose despertado, increpó al viento y dijo al mar: «¡Calla, enmudece!» El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza. Y les dijo: «¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?» Ellos se llenaron de gran temor y se decían unos a otros: «Pues ¿quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?»

3) Reflexión

•  El evangelio de hoy describe la borrasca en el lago y Jesús que duerme en la barca. A veces nuestras comunidades se sienten como un barquito perdido en el mar de la vida, sin mucha esperanza de poder llegar al puerto. Jesús parece estar durmiendo en nuestra barca, pues no aparece ningún poder divino para salvarnos de las dificultades y de la persecución. En vista de esta situación de desesperación, Marcos recoge diversos episodios que revelan como Jesús está presente en medio de la comunidad. En las parábolas se revela el misterio del Reino presente en las cosa de la vida (Mc 4,1-34). Ahora comienza a revelar el misterio del Reino presente en el poder que Jesús ejerce a favor de los discípulos, a favor de la gente y, sobretodo, a favor de los excluidos y marginados. Jesús vence el mar, símbolo del caos (Mc 4,35-41). ¡En él actúa un poder creador! Jesús vence y expulsa al demonio (Mc 5,1-20). En él actúa ¡el poder de la vida! ¡Es el Jesús vencedor! Las comunidades no tienen que temer (Mc 5,21-43). Es éste el motivo del pasaje de la borrasca aplacada que meditamos en el evangelio de hoy.
•  Marcos 4,35-36:  El punto de partida: “Vamos para el otro lado”. Fue un día pesado, de mucho trabajo. Terminado el discurso de las parábolas (Mc 4,1-34), Jesús dice: “¡Pasemos a la otra orilla!” Le llevan en la barca, como estaba, la barca de donde había hecho el discurso de las parábolas. De tan cansado que estaba, Jesús se pone a dormir sobre un cabezal. Este es el cuadro inicial que Marcos nos pinta. Un cuadro bonito, y bien humano.
•  Marcos 4,37-38: La situación desesperada: “¿No te importa que perezcamos?” El lago de Galilea está rodeado de montañas. A veces, por entre las hendiduras de las rocas, el viento cae encima del lago y provoca repentinas tempestades. Viento fuerte, mar agitado, ¡barca llena de agua! Los discípulos eran pescadores experimentados. Si piensan que se van a hundir, entonces la situación es ¡realmente peligrosa! Jesús ni siquiera se  despierta, sigue durmiendo. Este sueño profundo no es sólo señal de un gran cansancio. Es también expresión de confianza tranquila que tiene en Dios. El contraste entre la actitud de Jesús y los discípulos ¡es grande!
•  Marcos 4,39-40: La reacción de Jesús: “¿Cómo no tenéis fe?” Jesús se despierta, no por causa de las olas, sino por causa del grito desesperado de los discípulos. Primero, se dirige al mar y dice: “¡Calla, enmudece!” Y luego el mar se aplaca. Enseguida se dirige a los discípulos y dice: “¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?” La impresión que se tiene es que no es preciso aplacar el mar, pues no había ningún peligro. Es como cuando uno llega a una casa y el perro, al lado del dueño, empieza a ladrar.  No hay que tener miedo porque está el dueño que controla la situación. El episodio de la tempestad calmada evoca el éxodo, cuando la gente, sin miedo, pasaba en medio de las aguas del mar (Ex 14,22). Evoca al profeta Isaías que decía a la gente: “¡Si atraviesas las aguas, yo estaré contigo!” (Is 43,2) Jesús rehace el éxodo y realiza la profecía anunciada por el Salmo 107(106),25-30.
•  Marcos 4,41: El no saber de los discípulos: “¿Quién es éste hombre?” Jesús aplaca el mar y dice: “¿Cómo es que no tenéis fe?” Los discípulos no saben qué responder y se preguntan: “¿Quién es éste que hasta el mar y el viento le obedecen?” ¡Jesús parece un extraño para ellos! A pesar de haber estado tanto tiempo con él, no saben bien quién es. ¿Quién es este hombre? Con esta pregunta en la cabeza, las comunidades siguen la lectura del evangelio. Y hasta hoy, es ésta la misma pregunta que nos lleva a continuar la lectura de los Evangelios. Es el deseo de conocer siempre y mejor el significado de Jesús para nuestra vida.
•  ¿Quién es Jesús?  Marcos comienza su evangelio diciendo: “Inicio de la Buena Nueva de Jesucristo, Hijo de Dios” (Mc 1,1). Al final, en la hora de la muerte, un soldado pagano declara: “Verdaderamente, ¡este hombre era Hijo de Dios!” (Mc 15,39) Al comienzo y al final del Evangelio,  Jesús es llamado Hijo de Dios. Entre el comienzo y el fin, aparecen muchos otros nombres de Jesús. He aquí la lista: Mesías o Cristo (Mc 1,1; 8,29; 14,61; 15,32); Señor (Mc 1,3; 5,19; 11,3); Hijo amado (Mc 1,11; 9,7); Santo de Dios (Mc 1,24); Nazareno  (Mc 1,24; 10,47; 14,67; 16,6); Hijo del Hombre (Mc 2,10.28; 8,31.38; 9,9.12.31; 10,33.45; 13,26; 14,21.21.41.62); Novio (Mc 2,19); Hijo de Dios (Mc 3,11); Hijo del Dios altísimo (Mc 5,7); Carpintero (Mc 6,3); Hijo de María (Mc 6,3); Profeta (Mc 6,4.15; 8,28); Maestro  (frecuente); Hijo de David (Mc 10,47.48; 12,35-37); Bendito (Mc 11,9); Hijo (Mc 13,32); Pastor (Mc 14,27); Hijo del Dios bendito (Mc 14, 61); Rey de los judíos (Mc 15,2.9.18.26); Rey de Israel (Mc 15,32).
Cada nombre, título o atributo es un intento de expresar lo que Jesús significaba para las personas. Pero un nombre, por más bonito que sea, nunca llega a revelar el misterio de una persona, mucho menos de la persona de Jesús. Además de esto, algunos de estos nombres dados a Jesús, inclusive los más importantes y los más tradicionales, son cuestionados y puestos en duda por el Evangelio de Marcos. Así que, en la medida en que avanzamos en la lectura del evangelio, Marcos nos obliga a revisar nuestras ideas y a preguntarnos, cada vez de nuevo: “En definitiva, ¿quién es Jesús para mí, para nosotros?” Cuanto más se avanza en la lectura de Marcos, tanto más se quiebran los títulos y los criterios. Jesús no cabe en ninguno de  estos nombres, en ningún esquema, en ningún título. ¡El es el mayor! Poco a poco el lector, la lectora se rinde y desiste de querer enmarcar a Jesús en un concepto conocido o en una idea hecha de antemano, y lo acepta así como se presenta. El amor seduce, la cabeza, ¡no!

4) Para la reflexión personal

• Las aguas del mar de la vida, ¿te han amenazado alguna vez? ¿Qué te salvó?
• ¿Cuál era el mar agitado en el tiempo de Jesús? ¿Cuál era el mar agitado en la época en que Marcos escribió el evangelio? ¿Cuál es, hoy, el mar agitado para nosotros?

5) Oración final

Crea en mí, oh Dios, un corazón puro,
renueva en mi interior un espíritu firme;
no me rechaces lejos de tu rostro,
no retires de mí tu santo espíritu. (Sal 51,12-13)

Santa María, virgen de la candelaria

1.- LAS CANDELAS. La fiesta de hoy se llama en muchos lugares la fiesta de la Candelaria, o el día de las candelas. En el evangelio del día Simeón da gracias a Dios porque sus ojos han visto al Salvador que es “presentado a todos los pueblos, luz para alumbrar a las naciones”. En la celebración litúrgica se enciende un cirio. A nivel popular se hacen las candelas, que se presentan como una explosión de llamas, una acumulación de luces encendidas en el nombre de Cristo, Luz de luz, Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo…

Quizás sea la luz el elemento físico que más nos ayuda a comprender a Dios. De hecho lo primero que sale de sus manos en el primer día de la Creación es la luz: «Y dijo Dios haya luz y hubo luz: Y hubo tarde y hubo mañana en el día primero»… Para introducir la presencia de Cristo Niño fue una estrella luminosa la que guio a los Magos hasta la cuna del Hijo de Dios y de Santa María. También cuando empieza la vida pública de Jesús en Galilea se dice que el pueblo sumido en tinieblas vio una gran luz. Como el evangelio de San Mateo, también el de San Juan narra una de los más claras manifestaciones en la fiesta de los Tabernáculos y de la Dedicación del Templo, cuando la luz ocupaba un espacio singular.

Dirá entonces Jesús: Yo soy la luz del mundo y el que me sigue no andará a oscuras… Vosotros sois la luz del mundo, dijo el Señor en la Montaña. Que vuestra luz luzca ante los hombres, para que viendo vuestras buenas obras glorifiquen a vuestro Padre. Por su parte San Pablo dice que somos luminarias en medio de la oscuridad del mundo…

Impulsado por el Espíritu Santo, el anciano Simeón salió al encuentro del Niño Jesús que, en brazos de su madre, entró en el Templo para ser presentado según indicaba la Ley… En el oficio de lectura nos dice hoy S. Sofroni: «Salgamos todos al encuentro de Cristo». La realidad del encuentro con Jesús lo recordaba el Papa Benedicto XVI con cierta frecuencia, para que comprendamos la importancia de encontrarse con el Señor y estar a su lado, escuchando sus palabras y hablarle con sencillez y confianza de nuestra vida, de cuanto nos ocupa y nos preocupa…

2.- VIRGEN DE LA CANDELARIA. En el Evangelio de hoy, San Lucas refiere que la Virgen lleva al Niño en sus brazos y lo entrega, para que sea luz de los que están en tinieblas y en sombras de muerte. Es un buen día para que nosotros, iluminados con su luz y sosteniendo en nuestras manos la luz que alumbra a todos, nos apresuramos a salir al encuentro de aquel que es la luz verdadera….

Santa María, Virgen de la Candelaria, Esposa del Espíritu Santo, enciende con el fuego de Dios nuestros corazones. Haz que nuestra luz no deslumbre sino que ilumine, para que cuantos se crucen en nuestro camino, perciban la luz del cirio que nos entregaron en el Bautismo, y así puedan conocer y amar a Dios. Y que. Aunque seamos portadores de la luz, no busquemos nuestro lucimiento, sino solo que Jesús se luzca.

Antonio García-Moreno

Comentario – Sábado III de Tiempo Ordinario

La escena que nos presenta el evangelio de Marcos comparece en todos los sinópticos y con una intencionalidad muy clara. El narrador quiere que nos preguntemos lo mismo que se preguntaron sin salir de su asombro los testigos del hecho narrado: ¿Pero quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen! La pregunta lleva implícita la respuesta que se deja ver en la admiración que le sigue: Aquel a quien obedecen el viento y las aguas, puesto que se someten a su dictado, no puede ser otro que el Señor de esa naturaleza a la que pertenecen el viento y las aguas, ya se trate de su Hacedor o de su legislador, aunque lo lógico es pensar que el que ha puesto las leyes por las que se rige esa naturaleza es su mismo Creador.

El relato evangélico nos habla de un suceso que podían recordar y contar los que habían sido testigos del mismo, un suceso vivido. Lo sitúa al atardecer de un día cualquiera y en ese lago que presenció tantas actividades de Jesús. Es precisamente él el que toma la iniciativa y, dirigiéndose a sus discípulos, les dice: vamos a la otra orilla. Ellos, secundando las palabras de su maestro y dejando a la gente que les acompañaba se lo llevaron en barca hacia el lugar indicado. De repente -cuenta el narrador- se levantó un fuerte huracán, y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. La situación se volvió desesperada, porque no sabían cómo hacer frente a la fuerza del viento y del agua, y empezaron a temer por sus vidas.

Mientras tanto Jesús, que estaba a popa, dormía sobre un almohadón totalmente ajeno a la extrema gravedad por la que atravesaban. Entonces lo despertaron, no sin reprocharle su aparente despreocupación o negligencia: Maestro -le dicen-, ¿no te importa que nos hundamos? Parecía no importarle, pero le importaba. Jesús se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: ¡Silencio, cállate! Y el viento cesó y sobrevino una gran calma. El viento, que había desatado la tempestad, respondía mansamente a la voz imperiosa de Jesús sometiéndose a su mandato como si dispusiera de voluntad. En sólo unos instantes había perdido toda su virulencia, recuperando el lago la calma anterior. Y la tranquilidad retornó de nuevo a los agitados corazones de aquellos avezados marineros. Había bastado una simple palabra (cállate) para operar esta repentina transformación. Y es en ese preciso momento cuando Jesús les dice: ¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?

La extrema gravedad de la situación había puesto de manifiesto dos cosas: su cobardía y su falta de fe. La cobardía es una actitud que tiene su asiento en la debilidad humana y que se pone especialmente de manifiesto cuando nos vemos obligados a hacer frente a fuerzas que nos sobrepasan o a superar acontecimientos para los que carecemos de recursos. Pero los discípulos de Jesús se acobardan porque se sienten solos y desvalidos frente a la adversidad, es decir, porque carecen de fe y, por tanto, de ese fundamento en el que poder apoyarse. Y es que la fe nos permite no sentirnos nunca solos, sea cual sea la circunstancia en la que nos encontremos, disponer de esa fuerza o ese recurso extraordinario que no hallamos en nosotros mismos por razón de nuestra propia naturaleza (siempre débil por comparación con otros fenómenos más imponentes de la misma).

La fe, por tanto, puede infundirnos el valor que a nosotros nos falta en esas circunstancias de la vida en que arrecia la adversidad y el peligro se nos antoja insuperable. Es el valor añadido que proporciona la confianza en un poder superior, un poder capaz de doblegar el oleaje del mar, la fiereza del viento y el agua embravecidos. La cobardía es, pues, consecuencia no sólo de la fragilidad humana, sino de la falta de fe, de esa fe que otorga un plus de valor que viene del que es fuente de todo poder y a quien el viento y las aguas indomables obedecen. Lo que aquellos discípulos, espantados y asombrados, descubren experimentalmente es lo mismo que se pide a todo creyente: que pongan su confianza en el que tiene poder para someter las fuerzas de la naturaleza porque es Señor y legislador de la misma y que crean en él como aliado y amigo, ese aliado al que se puede recurrir en toda ocasión y del que no cabe esperar otra cosa que beneficios y salvación.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

260. Me gusta pensar que «dos cristianos que se casan han reconocido en su historia de amor la llamada del Señor, la vocación a formar de dos, hombre y mujer, una sola carne, una sola vida. Y el Sacramento del matrimonio envuelve este amor con la gracia de Dios, lo enraíza en Dios mismo. Con este don, con la certeza de esta llamada, se puede partir seguros, no se tiene miedo de nada, se puede afrontar todo, ¡juntos!»[142].


[142] Encuentro con los jóvenes de Umbría en Asís (4 octubre 2013): AAS 105 (2013), 921.

La ofrenda de Jesus por nosotros

1.- Ofrenda y obediencia de Jesús. La fiesta de la Presentación del Señor en el Templo, cuarenta días después de su nacimiento, pone ante nuestros ojos un momento particular de la vida de Jesús, con un gran significado teológico. En la primera lectura, la liturgia habla del oráculo del profeta Malaquías: «De pronto entrará en el santuario el Señor». Estas palabras comunican toda la intensidad del deseo que animó la espera del pueblo judío a lo largo de los siglos. Por fin entra en su casa «El Mensajero de la Alianza» y se somete a la Ley: va a Jerusalén para entrar, en actitud de obediencia, en la Casa de Dios. Malaquías anuncia vigorosamente el «Día de Yahvé», cuando Dios destruirá el mal para siempre y asegurará a los fieles una vida saludable. Este anuncio lo realiza vinculándolo muy especialmente al Templo de Jerusalén, y ve el cumplimiento de sus esperanzas cuando Yahvé estará gloriosamente presente en el Templo, y todos los hombres subirán a ofrecer en él un sacrificio aceptable. El significado de este gesto adquiere una perspectiva más amplia en el pasaje de la carta a los Hebreos, proclamado hoy como segunda lectura. Aquí se nos presenta a Cristo, el Mediador que une a Dios y al hombre, superando las distancias, eliminando toda división y derribando todo muro de separación. Cristo viene como nuevo «Sumo Sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere, y a expiar así los pecados del pueblo». Siendo todavía niño, comienza a avanzar por el camino de la obediencia, que recorrerá hasta las últimas consecuencias.

2.- “Luz para alumbrar a las naciones”. Según la ley mosaica, María y José llevan al Niño Jesús al Templo de Jerusalén para ofrecerlo al Señor. Sus padres cumplen lo que prescribía la Ley: la purificación de la madre, la ofrenda del primogénito a Dios y su rescate mediante un sacrificio. Lucas hace verdadero hincapié en la circuncisión e imposición del nombre. Nos encontramos en este relato con la figura de un niño indefenso e inconsciente, abandonado en manos de sus padres, que lo traen y lo llevan presentándolo a Dios y sometiéndolo al cumplimiento de la ley. Este Jesús que tan pronto ha comenzado a aceptar las instituciones familiares y sociales, será el mismo que relativizará la familia y la sociedad en función del reino. Simeón da al niño una caracterización basándose en títulos de Isaías: «salvación de Dios”, «luz para alumbrar a las naciones”, «gloria de Israel». Tenemos aquí el primer anuncio del universalismo de la misión de Jesús. A ese ancho marco que es el mundo y la vida toda supeditará Jesús toda institución, aun la más querida: la familia. Sin embargo, es en ella donde él fue encontrando el camino de su encarnación concreta.

3.- Jesús será un signo de contradicción. Jesús es un salvador para todos. Pero por el duro corazón del hombre lo que estaba destinado a la salvación se ha convertido para algunos en mensaje de muerte. Este será el trasfondo de toda la tragedia de Jesús. Cuando el creyente vive su mensaje en una intensidad fuerte, puede hacer surgir la contradicción hasta en el seno de su propia familia. En esos momentos de incertidumbre es donde se calibra y mide la actitud que uno tiene ante el reino. Es preciso optar con decisión. El interés de Lucas al relatar la presentación de Jesús en el Templo es expresar la novedad de Dios; es manifestar el profundo significado de la vida y misión de ese pequeño niño. Tal novedad lleva a plenitud las esperanzas mesiánicas de la tradición judía plasmadas en el Antiguo Testamento; por ello Simeón y Ana bendicen y agradecen a Dios, pues han sido testigos de la salvación de Dios a través de la presencia de Jesús; sin embargo, la plenitud de la salvación está mediada por un camino de entrega y sufrimiento, de cruz y de muerte: el camino de la vida de Jesús.

4.- “La alegría del Evangelio en la vida consagrada”. En esta fiesta de la Presentación del Señor la Iglesia celebra la Jornada de la Vida Consagrada, con este lema: “La alegría del Evangelio en la vida consagrada”. Se trata de una ocasión oportuna para alabar al Señor y darle gracias por el don inestimable que constituye la vida consagrada en sus diferentes formas; al mismo tiempo, es un estímulo a promover en todo el pueblo de Dios el conocimiento y la estima por quienes están totalmente consagrados a Dios y viven la “frescura del Evangelio”, de la que nos habla el Papa Francisco.

José María Martín OSA

El anciano Simeón y el sentido de la vida

1.- “Ahora, Señor, según tu promesa puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador”. Cuando el anciano Simeón tomó al niño en sus brazos, sintió profundamente en su alma que en ese momento se estaba cumpliendo la promesa hecha por Dios al pueblo de Israel: aquel niño era el Mesías, el Salvador que alumbraría el camino de todos los pueblos para llegar a Dios. El anciano Simeón era un hombre “justo y piadoso”, que se había pasado la vida aguardando ese momento: “ver al Mesías del Señor, al consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él”. En el mismo momento en el que el anciano Simeón vio cumplida la promesa del Señor, entonó el nunc dimittis: “ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz”. Muchos de nosotros hemos conocido a algunas personas mayores, abuelos, padres, hermanos, que, en los momentos últimos de su vida, se han sentido profundamente agradecidos a Dios y en paz consigo mismo, porque sentían que ya habían cumplido la misión para la que el Señor les había enviado a este mundo. Sí, habían cumplido su misión, la vida había tenido sentido para ellos, no habían vivido en balde y estérilmente. Esto es algo a lo que debemos aspirar todos: a cumplir la misión que Dios nos ha encomendado en esta vida, sea la misión que sea. Que nuestra vida tenga y haya tenido un sentido, tratando de ser siempre fieles al sentido, a la vocación, que el Señor nos ha dado. Todos hemos nacido con una vocación determinada por Dios; seamos fieles a nuestra vocación, cumplamos el sentido de nuestra vida, y, al final, podremos entonar en paz y agradecidos, como el anciano Simeón, el nunc dimittis. Para conseguir esto, pidamos al Señor que el Espíritu Santo more siempre en nosotros.

2.- “De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis”. El profeta Malaquías es el último de los profetas menores, que escribe unos 500 años antes de Cristo. Se acababa de reconstruir el segundo templo, una construcción sencilla porque el pueblo era muy pobre, pero que estaba llamado a ser el centro de un culto religioso renovado, a través del cual entraría en el santuario el Señor a quien el pueblo buscaba; en este templo Yahvé se manifestaría a su pueblo. Para nosotros, los cristianos, fue Jesús de Nazaret la persona en la que se cumplió plenamente esta profecía de Malaquías: Cristo no sólo entró en el santuario, sino que él mismo fue el auténtico santuario donde se manifestó el Padre. Nosotros vemos a la persona de Jesús como al único templo desde el que se manifiesta en toda su pureza la voz y la grandeza de Dios; por eso, uniendo las profecías de Malaquías y la del anciano Simeón, para nosotros Jesús es el auténtico Salvador, el Salvador de todos los pueblos.

3.- “Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar así los pecados del pueblo”. El autor de esta larga carta a los Hebreos proclama claramente a Jesús como sumo sacerdote, aunque Jesús no fuera de la estirpe de Leví, ni actuara nunca como sacerdote, mientras vivió en este mundo. Y es que el autor de este escrito vio con claridad que el Padre constituyó a su Hijo como sumo sacerdote, después de su muerte en cruz, al aceptar el sacrificio de su propio Hijo, como un sacrificio de expiación y redención de nuestros pecados. Así Cristo fue constituido como único sacerdote eterno, de cuyo sacerdocio participamos todos los cristianos desde el momento mismo de nuestro bautismo. Cristo es así un sacerdote que comprende nuestros dolores y se compadece de nosotros, porque él mismo pasó por la prueba del dolor. También nosotros, como participantes del sacerdocio de Cristo, debemos aceptar nuestros propios dolores como sacrificio de expiación por nuestros pecados y por los pecados del mundo, auxiliando, además, a todas aquellas personas que pasan también por la prueba del dolor.

Gabriel González del Estal

Jesús, la luz que pone cada cosa en su sitio

1.- ¿Os imagináis lo que sería la primera noche de Adán? El Señor le ha presentado animales multicolores para que les ponga nombre, ha gozado de las flores y plantas plenas de colorido, de arroyos y ríos limpios y claros… y al atardecer empieza a faltarle la luz de los ojos y todo aquel mundo de maravilla se difumina y apaga en la oscuridad… ¿Sería todo un sueño?

Y tras unas horas de desconcierto y desesperanza las cosas empiezan a salir de nuevo de la tiniebla, empiezan a existir una vez más y Adán daría gracias al Sol que le devolvía su maravilloso Paraíso. Allí aprendió el hombre el contraste de la luz y las tinieblas

2.- Hoy es la fiesta de la Candelaria, la fiesta de la luz, de la Virgen que trae en sus brazos el Sol del mundo. El Señor que es luz para todo hombre que viene a este mundo, luz por la que fueron hechas todas las cosas y sin ella nada existe de lo que ha sido creado

Hoy llega al templo en brazos de María. No como Malaquías había profetizado con gloria y majestad, aterrorizando a los hombres, limpiando a los hombres, limpiando el mundo con fuego y lejía de batanero. Llega en la humildad del hijo de unos aldeanos, porque no viene como Rey de los Ejércitos, sino como uno de nosotros, hueso de nuestros huesos y carne de nuestra carne.

Él era la luz que pone cada cosa en su sitio, en su verdadera realidad y por eso las tinieblas no la recibieron. Muy al contrario, en su rechazo de la luz de la tiniebla se hace más negra y tenebrosa y en ese contraste la luz se ve cada más luz y la tiniebla cada vez más tiniebla. Por eso nos dice el anciano Simeón que ante esa luz nadie puede quedar indiferente. Será bandera discutida: o con la luz o contra la luz. Los corazones de todos los hombres y de todas las mujeres tienen que definirse ante Él: no hay lugar para los pasotas… el pasota ya está en contra.

3.- En este evangelio aparecen dos personajes entrañables: el viejo Simeón y la anciana Ana. Y nos hacen pensar en la larga sucesión de antepasados nuestros a través a través de los que la luz de Dios ha llegado hasta nosotros. Nuestros padres, los abuelos, los padres de los abuelos. O, tal vez, no por línea directa, sino por otras ramas de la familia por donde ha pasado la luz a nuestras manos la antorcha de la fe. La misma luz que la Virgen llevó a sus brazos al templo.

Esas personas que con el paso del tiempo quedar marginadas en la familia y la sociedad: ancianos como Simeón, ancianas como Ana, sin peso en la vida, llenos de achaques, tantas veces santurrones o beatos, pero que han sabido ver la luz de Dios en brazos de María. Sin ellos jamás seríamos nosotros cristianos. Con toda la paciencia que sus achaques y manías exijan de nosotros, jamás les pagaremos nuestra deuda con ellos, de ser luz, de no ser tinieblas.

4.- En este continuado contraste entre luz y tinieblas ese mismo Jesús que se presenta hoy como luz de las gentes, dirá después , en su vida pública, una enigmática frase: “Mientras estoy en el mundo Yo soy la luz del mundo”. ¿Entonces, cuando Él nos falte caerá todo en aquella tiniebla de la primer anoche de Adán?

Él dejará de ser la luz visible del mundo porque nos dejará a nosotros. “Vosotros sois la luz del mundo”. Si todo el mundo cae en poder de las tinieblas, la responsabilidad será toda de nuestra…que debíamos lucir en la tiniebla y no lo hicimos.

Nosotros debemos de ser los ojos de Jesús que sonríen a los niños, muestran amor al joven, perdonan a la adultera, lloran con Marta y María, allí en Betania… Nosotros tenemos que pasar la antorcha de la Fe de mano, de generación en generación, nosotros tenemos que ser la luz del hogar que se pone en lo alto y no debajo del celemín.

La Virgen Santísima nos alcance la gracia de saber ser luz del mundo aun en la seguridad de que la tiniebla que se endureció contra Jesús se revolverá con fiereza contra nosotros. Seremos bandera discutida.

José María Maruri, SJ

Fe sencilla

El relato del nacimiento de Jesús es desconcertante. Según Lucas, Jesús nace en un pueblo en el que no hay sitio para acogerlo. Los pastores lo han tenido que buscar por todo Belén hasta que lo han encontrado en un lugar apartado, recostado en un pesebre, sin más testigos que sus padres.

Al parecer, Lucas siente necesidad de construir un segundo relato en el que el niño sea rescatado del anonimato para ser presentado públicamente. ¿Qué lugar más apropiado que el Templo de Jerusalén para que Jesús sea acogido solemnemente como el Mesías enviado por Dios a su pueblo?

Pero, de nuevo, el relato de Lucas va a ser desconcertante. Cuando los padres se acercan al Templo con el niño, no salen a su encuentro los sumos sacerdotes ni los demás dirigentes religiosos. Dentro de unos años, ellos serán quienes lo entregarán para ser crucificado. Jesús no encuentra acogida en esa religión segura de sí misma y olvidada del sufrimiento de los pobres.

Tampoco vienen a recibirlo los maestros de la Ley que predican sus «tradiciones humanas» en los atrios de aquel Templo. Años más tarde, rechazarán a Jesús por curar enfermos rompiendo la ley del sábado. Jesús no encuentra acogida en doctrinas y tradiciones religiosas que no ayudan a vivir una vida más digna y más sana.

Quienes acogen a Jesús y lo reconocen como Enviado de Dios son dos ancianos de fe sencilla y corazón abierto que han vivido su larga vida esperando la salvación de Dios. Sus nombres parecen sugerir que son personajes simbólicos. El anciano se llama Simeón («El Señor ha escuchado»), la anciana se llama Ana («Regalo»). Ellos representan a tanta gente de fe sencilla que, en todos los pueblos de todos los tiempos, viven con su confianza puesta en Dios.

Los dos pertenecen a los ambientes más sanos de Israel. Son conocidos como el «Grupo de los Pobres de Yahvé». Son gentes que no tienen nada, solo su fe en Dios. No piensan en su fortuna ni en su bienestar. Solo esperan de Dios la «consolación» que necesita su pueblo, la «liberación» que llevan buscando generación tras generación, la «luz» que ilumine las tinieblas en que viven los pueblos de la tierra. Ahora sienten que sus esperanzas se cumplen en Jesús.

Esta fe sencilla que espera de Dios la salvación definitiva es la fe de la mayoría. Una fe poco cultivada, que se concreta casi siempre en oraciones torpes y distraídas, que se formula en expresiones poco ortodoxas, que se despierta sobre todo en momentos difíciles de apuro. Una fe que Dios no tiene ningún problema en entender y acoger.

José Antonio Pagola