Vísperas – Lunes IV de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

LUNES IV TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Y dijo el Señor Dios en el principio:
«¡Que sea la luz!» Y fue la luz primera.

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: «¡Que exista el firmamento!»
Y el cielo abrió su bóveda perfecta.

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: «¡Que existan los océanos,
y emerjan los cimientos de la tierra!»

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: «¡Qué brote hierba verde,
y el campo dé semillas y cosechas!»

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: «¡Que el cielo ilumine,
y nazca el sol, la luna y las estrellas.»

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: «¡Que bulla el mar de peces;
de pájaros, el aire del planeta!»

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: «¡Hagamos hoy al hombre,
a semejanza nuestra, a imagen nuestra!»

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y descansó el Señor el día séptimo.
y el hombre continúa su tarea.

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

SALMO 135: HIMNO PASCUAL

Ant. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Señor porque es bueno:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios de los dioses:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Señor de los señores:
porque es eterna su misericordia.

Sólo él hizo grandes maravillas:
porque es eterna su misericordia.

Él hizo sabiamente los cielos:
porque es eterna su misericordia.

Él afianzó sobre las aguas la tierra:
porque es eterna su misericordia.

Él hizo lumbreras gigantes:
porque es eterna su misericordia.

El sol que gobierna el día:
porque es eterna su misericordia.

La luna que gobierna la noche:
porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

SALMO 135

Ant. Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente.

Él hirió a Egipto en sus primogénitos:
porque es eterna su misericordia.

Y sacó a Israel de aquel país:
porque es eterna su misericordia.

Con mano poderosa, con brazo extendido:
porque es eterna su misericordia.

Él dividió en dos partes el mar Rojo:
porque es eterna su misericordia.

Y condujo por en medio a Israel:
porque es eterna su misericordia.

Arrojó en el mar Rojo al Faraón:
porque es eterna su misericordia.

Guió por el desierto a su pueblo:
porque es eterna su misericordia.

Él hirió a reyes famosos:
porque es eterna su misericordia.

Dio muerte a reyes poderosos:
porque es eterna su misericordia.

A Sijón, rey de los amorreos:
porque es eterna su misericordia.

Y a Hog, rey de Basán:
porque es eterna su misericordia.

Les dio su tierra en heredad:
porque es eterna su misericordia.

En heredad a Israel su siervo:
porque es eterna su misericordia.

En nuestra humillación, se acordó de nosotros:
porque es eterna su misericordia.

Y nos libró de nuestros opresores:
porque es eterna su misericordia.

Él da alimento a todo viviente:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios del cielo:
porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

LECTURA: 1Ts 3, 12-13

Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, lo mismo que nosotros os amamos. Y que así os fortalezca internamente, para que, cuando Jesús, nuestro Señor, vuelva acompañado de todos sus santos, os presentéis santos e irreprensibles ante Dios, nuestro Padre.

RESPONSORIO BREVE

R/ Suba mi oración hasta ti, Señor.
V/ Suba mi oración hasta ti, Señor.

R/ Como incienso en tu presencia.
V/ Hasta ti, Señor

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Suba mi oración hasta ti, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclame siempre mi alma tu grandeza, oh Dios mío.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclame siempre mi alma tu grandeza, oh Dios mío.

PRECES

Llenos de confianza en Jesús, que no abandona nunca a los que se acogen a él, invoquémoslo, diciendo:

Escúchanos, Dios nuestro.

Señor Jesucristo, tú que eres nuestra luz, ilumina a tu Iglesia,
— para que predique a los paganos el gran misterio que veneramos, manifestado en la carne.

Guarda a los sacerdotes y ministros de la Iglesia,
— y haz que, después de predicar a los otros, sean hallados fieles, ellos también, en tu servicio.

Tú que, por tu sangre, diste la paz al mundo.
— aparta de nosotros el pecado de discordia y el azote de la guerra.

Ayuda, Señor, a los que uniste con la gracia del matrimonio,
— para que su unión sea efectivamente signo del misterio de la Iglesia.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Concede, por tu misericordia, a todos los difuntos el perdón de sus faltas,
— para que sean contados entre tus santos.

Unidos a Jesucristo, supliquemos ahora al Padre con la oración de los hijos de Dios:
Padre nuestro…

ORACION

Quédate con nosotros, Señor Jesús, porque atardece; sé nuestro compañero de camino, levanta nuestros corazones, reanima nuestra débil esperanza; así, nosotros, junto con nuestros hermanos, podremos reconocerte en las Escrituras y en la fracción del pan. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Lunes IV de Tiempo Ordinario

Tiempo ordinario

1) Oración inicial

Señor: concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda, también, a todos los hombres. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del santo Evangelio según Marcos 5,1-20
Y llegaron al otro lado del mar, a la región de los gerasenos. Apenas saltó de la barca, vino a su encuentro, de entre los sepulcros, un hombre con espíritu inmundo que moraba en los sepulcros y a quien nadie podía ya tenerle atado ni siquiera con cadenas, pues muchas veces le habían atado con grillos y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozado los grillos, y nadie podía dominarle. Y siempre, noche y día, andaba entre los sepulcros y por los montes, dando gritos e hiriéndose con piedras. Al ver de lejos a Jesús, corrió y se postró ante él y gritó con fuerte voz: «¿Qué tengo yo contigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes.» Es que él le había dicho: «Espíritu inmundo, sal de este hombre.» Y le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?» Le contesta: «Mi nombre es Legión, porque somos muchos.» Y le suplicaba con insistencia que no los echara fuera de la región. Había allí una gran piara de puercos que pacían al pie del monte; y le suplicaron: «Envíanos a los puercos para que entremos en ellos.» Y se lo permitió. Entonces los espíritus inmundos salieron y entraron en los puercos, y la piara -unos dos mil- se arrojó al mar de lo alto del precipicio y se fueron ahogando en el mar. Los porqueros huyeron y lo contaron por la ciudad y por las aldeas; y salió la gente a ver qué era lo que había ocurrido. Llegan junto a Jesús y ven al endemoniado, al que había tenido la Legión, sentado, vestido y en su sano juicio, y se llenaron de temor. Los que lo habían visto les contaron lo ocurrido al endemoniado y lo de los puercos. Entonces comenzaron a rogarle que se alejara de su término. Y al subir a la barca, el que había estado endemoniado le pedía estar con él. Pero no se lo concedió, sino que le dijo: «Vete a tu casa, con los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido compasión de ti.» Él se fue y empezó a proclamar por la Decápolis todo lo que Jesús había hecho con él, y todos quedaban maravillados.

3) Reflexión

• En el Evangelio de hoy, vamos a meditar un largo texto sobre la expulsión de un demonio que se llamaba Legión y que oprimía y maltrataba a una persona. Hoy, hay mucha gente que se sirve de estos textos del evangelio sobre la expulsión de los demonios, para dar miedo a la gente. ¡Es una lástima! Marco hace lo contrario. Como veremos, Marcos asocia la acción del poder del mal a cuatro cosas: a) al cementerio, o lugar de los muertos. ¡La muerte que mata la vida! b) Al puerco, que era considerado un animal impuro. ¡La impureza que separa de Dios! c) al mar, que era visto como símbolo del caos de antes de la creación. El caos que destruye la naturaleza. d) A la palabra Legión, nombre de los ejércitos del imperio romano. El imperio que oprime y explora a la gente. Y ahora Jesús vence el poder del mal en estos cuatro puntos. La victoria de Jesús tiene un enorme alcance para las comunidades de los años setenta, época en la que Marcos escribe su evangelio. ¡Las comunidades vivían perseguidas por las legiones romanas, cuya ideología manipulaba las creencias populares relativas a los demonios para dar miedo a la gente y conseguir la sumisión!

• El poder del mal oprime, maltrata y aliena a las personas. Los versos iniciales describen la situación de la gente antes de la llegada de Jesús. Marcos describe el comportamiento del endemoniado, y asocia el poder del mal al cementerio y a la muerte. Es un poder sin rumbo, amenazador, descontrolado y destructor, que da miedo a todos. Priva a la persona de conciencia, de autocontrol y de autonomía.

• Ante la simple presencia de Jesús el poder del mal se desmorona y se desintegra. En la manera de describir el primer contacto entre Jesús y el hombre poseído, Marcos acentúa ¡la desproporción total! El poder, que antes parecía tan fuerte, se derrite y se derrumbe ante Jesús. El hombre se cae de rodillas, pide que no se le expulse de la región y entrega hasta su nombre Legión. A través de este nombre, Marcos asocia el poder del mal al poder político y militar del imperio romano que dominaba el mundo a través de sus Legiones.

• El poder del mal es impuro y no tiene autonomía ni consistencia. El demonio no tiene poder sobre sus propios movimientos. Sólo consigue ir dentro de los puercos con el permiso de Jesús. Una vez dentro de los puercos, éstos se precipitan a la mar. ¡Eran 2000 puercos! Según la opinión de la gente, el puerco era símbolo de impureza que impedía al ser humano relacionarse con Dios y sentirse acogido por El. El mar era símbolo del caos que existía antes de la creación y que, según la creencia de la época, amenazaba la vida. Este episodio de los cerdos que se precipitaban al mar es extraño y difícil de entender. Pero el mensaje es muy claro: ante Jesús, el poder del mal no tiene autonomía ni consistencia. ¡Quien cree en Jesús ya venció el poder del mal y no precisa tener miedo!

• La reacción de la gente del lugar. Alertada por los porqueros que se ocupaban de los puercos, la gente del lugar acudió y vio al hombre libre del poder del mal “en su sano juicio”. ¡Pero entraron en los puercos! Por esto piden a Jesús que se aleje. Para ellos, los puercos son más importantes que el ser humano que acababa de recobrar su sano juicio. Lo mismo ocurre hoy: el sistema neoliberal se interesa muy poco en las personas. ¡Lo que importa es el lucro!

• Anunciar la Buena Nueva es anunciar “¡lo que el Señor ha hecho para ti!” El hombre liberado quiere “seguir a Jesús”, pero Jesús le dice: “Vete a tu casa, con los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido compasión de ti.” Esta frase de Jesús, Marcos la dirige a las comunidades y a todos nosotros. Para la mayoría de nosotros “seguir a Jesús” significa: “¡Ve a tu casa y anuncia a los tuyos lo que el Señor te hizo!”

4) Para la reflexión personal

• ¿Cuál es el punto de este texto que más te ha gustado o que más te ha llamado la atención? ¿Por qué?
• El hombre curado quiere seguir a Jesús. Pero tiene que quedarse en casa y contar a todo el mundo lo que Jesús le hizo. ¿Té cuentas a los demás lo que el Señor hizo y hace por ti?

5) Oración final

¡Qué grande es tu bondad, Yahvé!
La reservas para tus adeptos,
se la das a los que a ti se acogen
a la vista de todos los hombres. (Sal 31,20)

Brille así vuestra luz ante los hombres

Sal de la tierra y luz del mundo

Después de proclamar a sus discípulos las bienaventuranzas del Reino de los cielos, Jesús se dirige a los que sufren la infamia y la persecución (5, 11-12): “vosotros” sois la sal de la tierra y la luz del mundo. El verdadero discípulo no ha de temer ni esconderse ante el peligro, sino proclamar con su ejemplo y a la luz del día la buena noticia de Jesús. En otras palabras, se le está recordando a la comunidad  cristiana su ineludible tarea misionera.

El evangelio de hoy se vale para ello de dos símiles polifacéticos y muy generales del lenguaje simbólico que pueden utilizarse para casi todo. Si la sal es un condimento imprescindible para dar el sabor, la luz a su vez es necesaria para los colores. La metáfora de la sal remite en este caso al ingenio y la agudeza de la sabiduría que ha de caracterizar al discipulado de Jesús para no dejarse llevar por la mediocridad y la palabrería. La metáfora de la luz, tan extendida en la fenomenología de la religión, evoca por otra parte las epifanías o manifestaciones reveladoras del Dios trascendente, que busca relacionarse con el hombre.

Así pues, la comunidad cristiana, iluminada por la luz de la Palabra: “lámpara para mis pasos” (Sal 118, 105), ha de ponerse, como la sal, al servicio de los demás buscando cómo orientar y proporcionar sabor y alegría a la vida. Al igual que la luz del candelero ilumina toda la casa, los cristianos están llamados a ser la luz del mundo; y al igual que la sal solo es sal cuando sirve para salar, ellos solo son luz del mundo cuando se dejan reconocer por sus obras. A fin de cuentas, ese es el objetivo fundamental de su misión evangelizadora: “que vean vuestras buenas obras para dar gloria al Padre que está en los cielos”.

No la obras de aquellos a quienes les gusta estar en el candelero, que buscan más que nada las apariencias y la visibilidad farisaicas. Sí las obras de quienes, inspirados en el espejo de las bienaventuranzas, actúan testimoniando la fe para gloria de Dios. Fundamentados en la persona, la palabra y la obra de Jesús, no dudan en llevar a la práctica las obras de la justicia del Reino consignadas en las antítesis del sermón del monte (Mt 5,17-48). No se conforman con decir “Señor, Señor”, sino que cumplen la voluntad del Padre que está en los cielos (Mt 7,21).

Entonces brotará tu luz como la aurora, tu oscuridad se volverá mediodía

Los judíos solían cumplir tradicionalmente con sus prácticas religiosas de la oración, el ayuno y la limosna. Pues bien, en la 2ª lectura el profeta sale al paso de cuantos se sentían fieles cumplidores de la práctica del ayuno haciéndoles una llamada a la interiorización. ¿De verdad que su ayuno agradaba al Señor cuando descuidaban las necesidades más básicas y urgentes de sus semejantes? ¿No resultaba incompatible esta actitud con su conducta inmoral? ¿No les decía nada el nuevo gesto liberador de Yahvé que les había repatriado del exilio babilónico, lo mismo que a sus antecesores de Egipto? ¿No les estaba pidiendo ahora el Señor este mismo compromiso en la liberación de los oprimidos?

Fiel a su vocación, con un lenguaje realista e incisivo, directo y personal,  el profeta se dirige a cada uno de ellos: “cuando compartas tu pan con el hambriento, albergues a los pobres sin techo, vistas al desnudo y no te desentiendas de tus semejantes, entonces brillará tu luz como la aurora”. La verdadera solidaridad no responde al cumplimiento de una obligación sino que nace de lo más íntimo del corazón humano impelido por el proceder compasivo del mismo Dios: “tu Padre, que está allí y que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6,18). Es entonces cuando en el creyente empieza a despuntar el alba, el nuevo horizonte de la liberación, la cercanía gozosa de la salvación. La reflexión profética se adelantaba de este modo en varios siglos a las duras críticas de Jesús contra los fariseos, afanados en alardear ostentosamente de cuanto hacían.

La actitud paradigmática de Pablo

El contexto de difamación y persecución que afectaba a los discípulos en el fragmento evangélico de la 1ª lectura se reproducía ahora de algún modo en la 2ª, en una nueva versión. Era el clima adverso que respiraba el Apóstol por parte de aquellos bautizados que no comprendían el mensaje de la cruz y de todos aquellos que se oponían a su ministerio. Por eso mismo se presenta ante la comunidad “débil, tímido y tembloroso”, aunque lleno de la energía del Espíritu, llevando en sus carnes los signos de la cruz.

Es en su identificación personal con el Crucificado donde encuentra la fuente inagotable de luz y de sabiduría que caracteriza su anuncio del evangelio. A los pretenciosos títulos y honores a que aspiraban algunos de la comunidad, contagiados por el ambiente que se respiraba en Corinto, Pablo contrapone el sorprendente mensaje de la cruz de Cristo como único faro iluminador del horizonte cristiano. No son el mensajero ni sus elocuentes y persuasivos recursos los que cuentan a la hora de fundamentar la fe cristiana sino su sólido anclaje en el Dios manifestado en la debilidad humana.

Pensándolo un poco, tampoco es otra la razón última que subyace y sustenta la enigmática y permanente paradoja del Sermón del Monte, precedido por las bienaventuranzas. A cuantos se acogen a este programa evangélico, se les podría aplicar las palabras del Apóstol a la comunidad de Filipos: “brilláis como antorchas en medio del mundo, manteniendo en alto la palabra de vida” (2,15-16).

Fray Juan Huarte Osácar

Comentario – Lunes IV de Tiempo Ordinario

El relato de Marcos nos cuenta la curación de un hombre poseído por el demonio, porque también se puede hablar de enfermedad en relación con la posesión diabólica y del exorcismo como curación. En su relato, el evangelista nos ofrece todo lujo de detalles, como recreándose en la descripción del hábitat en que se produce el exorcismo. Se trata de un endemoniado que les sale al encuentro apenas desembarcados en la región de los gerasenos. Vivía en el cementerio, en medio de las tumbas. Se comportaba como un loco peligroso, a quien había que sujetar con cepos y cadenas, pero su fuerza desenfrenada era superior a las cadenas con las que pretendían controlarlo. Se pasaba los días y las noches gritando e hiriéndose con piedras. Un personaje así sólo podía infundir temor y lástima, porque su situación era realmente lastimosa.

El endemoniado, nada más ver a Jesús, lo reconoce y hace ante él un curioso acto de fe y de adoración, como admitiendo su autoridad. Al tiempo que se postra ante él, grita: ¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? Por Dios te lo pido, no me atormentes. Resulta curioso ver al demonio reconociendo en Jesús al Hijo del Altísimo e invocando a Dios, pues quien habla por boca del endemoniado es el mismo demonio que lo posee. En efecto, nada tenía que ver con el posesor, pero sí con el poseído que, al fin y al cabo, era una víctima del diablo y, por lo mismo, objeto de la misericordia divina.

Jesús había iniciado ya, interiormente, el proceso de liberación de ese hombre injustamente dominado por el espíritu del mal, pues le está ordenando: Espíritu inmundo, sal de ese hombre. Era un mandato de expulsión de un territorio ilegítimamente ocupado por el demonio. Y este decreto constituía un tormento para el que estaba sólida y confortablemente establecido en ese lugar. A la pregunta por su identidad, el demonio responde por boca del endemoniado: Me llamo Legiónporque somos muchos. Y le rogaba con insistencia que no les expulsara de la comarca.

Jesús aparece siempre investido de un poder capaz de someter a otros poderes como el de la naturaleza (calma de la tempestad), el de la enfermedad, el de la muerte y hasta el de los mismos demonios. De ahí los ruegos de estos para no ser expulsados. El exorcista parece acoger parcialmente tales ruegos, pues les permite meterse en los cerdos; pero semejante ocupación no les resultó demasiado útil, ya que los cerdos se abalanzaron acantilado abajo y se ahogaron. Aquel incidente asustó a los porquerizos y provocó la alarma de los paisanos del lugar. No es extraño que le rogaran que se marchase del país a pesar de ver ahora al poseído sentado, vestido y en su juicio, es decir, liberado de la insana posesión que le tenía enajenado. Cuanto éste, probablemente agradecido por el beneficio con el que había sido agraciado, le pide a Jesús, su benefactor, que le admita en su compañía, es rechazado o, para decirlo en términos más suaves, no es admitido.

Sólo son admitidos a esta compañía los que han sido llamados. Aquí no caben los intrusos. Y esa llamada depende siempre del que llama en su seguimiento. Es probable que aquel liberado del demonio se sintiera vocacionado a seguir a Jesús, pero esto era una falsa impresión. En realidad, Jesús no le llamaba a estar con él para enviarlo en su momento al mundo como apóstol. No obstante, le encomienda otra misión, también apostólica: Vete a tu casa –le dice- con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia. Aquel hombre así lo hizo y su proclamación provocó la admiración de todos los que lo oían. Y ya sabemos que la admiración es la antesala de la fe o de la adhesión.

Todo cristiano, también liberado del domino del demonio, está en condiciones de anunciar en su casa, entre los suyos, lo que el Señor en su gran misericordia ha hecho con él. Bastará este anuncio hecho con sinceridad para despertar la admiración de muchos y provocar la fe de otros muchos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

262. El Sínodo resaltó que «la familia sigue siendo el principal punto de referencia para los jóvenes. Los hijos aprecian el amor y el cuidado de los padres, dan importancia a los vínculos familiares y esperan lograr a su vez formar una familia. Sin duda el aumento de separaciones, divorcios, segundas uniones y familias monoparentales puede causar en los jóvenes grandes sufrimientos y crisis de identidad. A veces deben hacerse cargo de responsabilidades desproporcionadas para su edad, que les obligan a ser adultos antes de tiempo. Los abuelos con frecuencia son una ayuda decisiva en el afecto y la educación religiosa: con su sabiduría son un eslabón decisivo en la relación entre generaciones»[145].


[145] DF 32.

Homilía – Domingo V de Tiempo Ordinario

1.- Una luz que alumbra hacia abajo (Is 58, 7-10)

Hay luces que alumbran hacia arriba y no nos permiten ver la realidad que nos rodea…, aunque sean luces fuertes. Peo las hay que, aun no siendo fuertes, como no es fuerte la aurora, alumbran hacia abajo, haciéndonos descubrir la realidad y la vida cotidiana.

La lectura de Isaías está escogida para hoy por el tema de la luz-. «Entonces romperá tu luz como la aurora ¿Cómo le parece al profeta que alguien pueda iluminar y sentir sana su propia carne? Apunta hacia abajo. Y en ese abajo hacia los más «abajados»: hambrientos, sin techo, desnudos… Todo, sin embargo, parte de «la propia carne», a la que sería absurdo cerrarse. La luz se expande desde la solidaridad. Se genera con la aurora que «rompe» la oscuridad del egoísmo… y se va haciendo pleno día en la donación.

«Iluminar las tinieblas», hacer que la «propia oscuridad se vuelva pleno día»… pasa, en el profeta, por el ejercicio de una caridad fraterna, no sólo de acciones, sino de auténtica conversión del corazón: «Desterrar la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia». Sólo desde ahí se puede compartir el pan. Y del compartir surge la luz.

 

2.- La debilidad y el miedo (1Cor 2, 1-5)

Por raro que parezca, son también «cualidades» de la apostólica… Cuando pensamos en el apóstol, nos viene a la mente con más facilidad la «valentía», Pero, la vida apostólica está hecha de paradojas. La experiencia de Pablo le llevará a confesar que «la fuerza se realiza en la debilidad». Y es que valentía no puede confundirse con arrogancia.

El arrogante se apega a su «sublime elocuencia o sabiduría». El arrogante va por la vida intentando lucirse… Pero, la cruz de Cristo daba para poco lucimiento. Ella es, sin embargo, el orgullo de Pablo. En medio de lucimientos arrogantes, él no se precia sino en Cristo Crucificado… Pablo es el apóstol del Resucitado; en una «experiencia gloriosa» comienza su cambio… Pero, la vida cristiana le enseña a agarrarse a la cruz como estilo y camino de predicación.

Contra «la persuasiva sabiduría humana», la cruz se convierte paradójicamente en confesión del poder de Dios El poder es gloria manifestada en Cristo resucitado. Pero el camino lo traza el crucificado, rompiendo los esquemas de llegada a la gloria.

3.- Una luz que alumbra a todos (Mt 5, 13-16)

Que era luz lo dijo Jesús de sí mismo, cumpliendo el oráculo profético de «ser luz para todas las naciones». Pero, Jesús también aplicó la metáfora a los discípulos, junto con la sal.

De la utilidad de ambas y de su mal uso saca Jesús consecuencias prácticas para el estilo del discipulado. De la sal, la necesidad de «saber» a Cristo que tiene nuestro mundo… Se trata de una sal esparcida que, a través de cada insignificante grano, llega a salar el conjunto… Y una sal que es inútil, cuando se ha vuelto sosa, cuando

ya no puede dar sabor. Su destino es «ser tirada» y tratada sin respeto: «Tirarla fuera y que la pise la gente». Nos recuerda nuestro soneto: «Haz de tu sal sabor y garantía./ Verás cómo a tu zaga irá la gloria/ del Señor, pregonando tu victoria/ y el fulgor de un intenso mediodía».

De la luz se derivan también consecuencias para el discipulado. Debe estar en un sitio visible… La visibilidad que al discípulo le da el testimonio. La cima del monte y el candelero no son lugares de altura soberbia; lo son de altura servicial: la ciudad, para ser divisada desde lejos; la lámpara «para que alumbre a todos los de casa». El discípulo se hace visible y alumbra con sus obras…

Pero la gloria va también a lo alto; es «para el Padre q está en los cielos». Nos advierte también nuestro poeta:
«Tú que buscas la luz, haz de tu vida/ luz que encienda
los vidrios de la aurora..,,/ que transforme tu carne pecadora/ en arcilla de amor recién nacida…».

Sal y luz del servicio

Tú, que buscas la «Luz», haz de tu vida
luz que encienda los vidrios de la aurora…,
que transforme tu carne pecadora
en arcilla de amor recién nacida…;

que alumbre el caminar de su seguida
-sin condiciones de lugar ni hora-
tras la justicia redistribuidora
de tu pan…, tus vestidos…, tu acogida…

No fíes de oratoria o escenario,
que no sean la sangre y el calvario.
Haz de tu «sal» sabor y garantía.

Verás cómo a tu zaga irá la gloria
del Señor, pregonando tu victoria,
y el fulgor de tu intenso mediodía.

 

Pedro Jaramillo

Mt 5, 13-16 (Evangelio Domingo V de Tiempo Ordinario)

Sal de la tierra y luz del mundo

El evangelio de Mateo, hoy, prosigue el sermón de la montaña con dos comparaciones -no llegan a parábolas-, sobre el papel del cristiano en la historia: la sal de la tierra y la luz del mundo. Todos sabemos muy bien para qué es la sal y cómo se degrada si no se usa. De la misma manera, desde las tinieblas, todos conocemos la grandeza de la luz, del día, del sol. Probablemente son de esas expresiones más conocidas del cristianismo y de las más logradas. En los contratos antiguos se usaba la sal como un símbolo de “permanencia”. Ya sabemos que la sal conserva las cosas, los alimentos… y era un signo de la Alianza en el ámbito del judaísmo por ese sentido de la fidelidad de Dios a su pueblo y de lo que Dios pedía al pueblo. Entonces entenderemos muy bien el final de la comparación: “si la sal se vuelve sosa”… hay que tirarla. Pierde su esencia. No olvidemos que esta comparación viene a continuación de las bienaventuranzas y por lo mismo debemos interpretarla a la luz de la fuerza de las mismas. El cristiano que pierde la sal es el que no puede resistir viviendo en la opción de las bienaventuranzas.

La luz del mundo, y la ciudad en lo alto del monte… tienen también todo su sabor bíblico. Sobre la luz sabemos que hay toda una teología desde la creación… Pero también se usa en sentido religioso y se aplicaba a Jerusalén, la ciudad de la luz, porque era la ciudad del templo, de la presencia de Dios. Por eso “no se puede ocultar una ciudad”… hace referencia, sin duda a estos simbolismos de Jerusalén, de Sión, de la comunidad de la Alianza. El cristiano, pues, que vive de las opciones de las bienaventuranzas no puede vivir esto en una experiencia exclusivamente personal.. Es una interpelación a dar testimonio de esas opciones tan radicales del seguimiento de Jesús, de la fuerza del evangelio.

Con estos dichos del Señor se quiere rematar adecuadamente el tema de las bienaventuranzas, que fue el evangelio del domingo anterior. Efectivamente, esto que leemos hoy debemos ponerlo en relación directa, no solamente con el estilo literario de las bienaventuranzas, sino más profundamente aún con su teología. El Reino de Dios tiene que ser proclamado y vivido y el Sermón de la Montaña es una llamada global a llevarlo a la práctica. De la misma manera que la Alianza fue sellada en el Sinaí, después el pueblo está llamado a vivirla en fidelidad. La nueva comunidad que tiene su identidad de estas palabras del Sermón tiene que iluminar como una nueva Jerusalén, como una espléndida Sión. Ella misma es el templo vivo de la presencia de Dios, luz de luz. Y la comunidad, y el cristiano personalmente, deben estar en lo alto del monte, de la vida, de la historia, de los conflictos, de las catástrofes, no solamente para mostrar su fidelidad, sino para iluminar a toda la humanidad. Como los profetas soñaban de Sión.

Los que han hecho las opciones por el mundo de las bienaventuranzas han hecho una elección manifiesta: ser sal de la tierra y luz del mundo. Esto quiere decir sencilla y llanamente que las bienaventuranzas no es para vivirlas en interioridades secretas, sino que hay que comprometerse en una misión: la de anunciar al mundo, a todos los hombres, eso que se ha descubierto en las claves del Reino de Dios. Las bienaventuranzas, son un compromiso, una praxis, que debe testimoniarse. No puede ser de otra manera para quien se ha identificado con los pobres, con la justicia, con la paz. Eso no puede quedar en el secreto del corazón, sino que debe llevarnos a anunciarlo y a luchar por ello. Porque esto de ser sal de la tierra y luz del mundo se ha usado muchos para “santos” especiales; pero no deja de ser un despropósito… es sencilla y llanamente la identificación de la verdadera vocación cristiana. Todo cristiano está llamado a ser la sal de la tierra y la luz del mundo… aunque no llegue a esa santidad desproporcionada.

1Cor 2, 1-5 (2ª lectura Domingo V de Tiempo Ordinario)

La experiencia de Cristo crucificado en Pablo

La segunda lectura, continuando con 1 Corintios, es de una fuerza inexorable: la fuerza del poder más pobre del mundo: la cruz, la sabiduría de la cruz, del fracaso. Pablo, predicador, apóstol, se presentó en Corinto consciente de lo poco que podía presumir ante los ojos del mundo, ante la sabiduría de los filósofos griegos, del mensaje que predicaba. Incluso había tenido un fracaso grande en Atenas, la ciudad más sabia del mundo (Hch 17), porque les había anunciado la resurrección del un crucificado. Pero la sabiduría de Dios, está claro, no encaja con la de este mundo. Corinto era una ciudad distinta, donde frente a los potentados económicamente por ser una ciudad comercial, había muchos marginados, pobres, trabajadores de sol a sol. ¿Aceptarán este mensaje del cristianismo? Corinto fue distinta; difícil ciudad y difícil comunidad, heterogénea, pero allí encontró Pablo a los que aceptaron el mensaje de Cristo, y éste, crucificado. Maravilloso pasaje donde Pablo expresa la convicción de que Jesucristo, el crucificado, es el liberador de los oprimidos.

Se trata, pues, de ponerse como modelo para la comunidad en el mejor sentido de la palabra. En realidad Pablo, el judío, podía haberse presentado como un buen rabino cristiano y un buen retórico, sabio y de cultura helenista, pues lo era según los mejores datos que tenemos. Pero como apóstol de Jesucristo, no entiende que los altos discursos de sabiduría pudiera trasladar el mensaje de “Cristo crucificado”. Eso hubiera sido un infidelidad a quien lo llamó y por ello la comunidad que había sido llamada desde su experiencia de pequeñez no puede renunciar a sus orígenes “crucificados”. Cuando la comunidad, la Iglesia, quiere vivir la “grandeza y la gloria, el poder y la influencia incluso de su teología y de su ética no vive en plenitud el mensaje del Crucificado. Si la Iglesia no entiende que pueda ser perseguida e incluso rechazada… entonces no hay “theologia crucis” en su seno. La Iglesia debe ser discutida… y sentirse por ello muy cerca de su Señor.

Is 58, 7-10 (1ª lectura Domingo V de Tiempo Ordinario)

Solidaridad y compromiso

La primera lectura de la liturgia de hoy la encontramos en el libro de Isaías (TritoIs) que es como el texto de Is 1,10-20, acomodado a una nuevas circunstancias por las que pasa el pueblo de Judá, precisamente en el período postexílico. Todo está casi destruido, y como siempre, los pobres son los que soportan lo peor. Sabemos que es un texto de la escuela de Isaías. Se plantea en la comunidad la necesidad de un día de ayuno, mortificación y humillación para conseguir el favor divino. Entonces el profeta habla, dice, interpreta e interpela. Lo que Dios quiere, como ayuno, como mortificación, es no cerrarse al prójimo, a “tu propia carne”, en el lenguaje antropológico-semítico del AT. Con ello se revelan las causas de la situación: la falta de identificación con el que sufre, el no sentirnos afectados personalmente por el hambre, la desnudez o la pobreza de los otros, considerando esos hechos como datos fríos de noticias o de encuestas sociológicas.

Pero el profeta dice que cuando alguien pasa hambre eres tú quien la pasas; cuando te desentiendes de tu prójimo, te desentiendes de ti mismo. Si se hace todo eso: partir el pan con el hambriento, hospedar al pobre, vestir al desnudo, habrá justicia; y si hay justicia allí está la gloria de Dios. No hay ayuno mejor que este para ganarse el favor de Dios. Es un texto que Lucas tomó como programa para la lectura de Jesús en la sinagoga de Nazaret (Lc 4,14ss). Las promesas de luz, son exigencias de justicia; esto la sabe el mundo entero.

Comentario al evangelio – Lunes IV de Tiempo Ordinario

Tenemos delante un texto del evangelio difícil de entender, pero hay detalles a tener en cuenta. Jesús y sus discípulos están en los alrededores del lago de Genesaret, y consiguen desembarcar en territorio pagano para depositar también allí la semilla liberadora del reino de Dios, que quiere llegar a todos los pueblos y naciones.

El encuentro inmediato con un endemoniado furioso e indómito, cuya morada estaba entre las tumbas, revela la situación del mundo al que Jesús ahora se enfrenta. Es un mundo perdido y bajo el signo de la muerte. Es además un mundo impuro, como sugiere la presencia de una piara de cerdos, considerados animales impuros por los judíos. ¿Podrá hacer algo Jesús?

La situación es difícil, pero el poder del Hijo de Dios supera infinitamente al poder de las fuerzas del mal. Dice el texto del evangelio de hoy: “ Los espíritus le rogaron: «Déjanos ir y meternos en los cerdos.» Él se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos”, que se precipitaron en el abismo del mar. El hombre quedó curado, recobró la paz interior y su dignidad como ser humano.

Esta liberación realizada por Jesús suscita el estupor no sólo de los presentes, sino también de nosotros que leemos hoy este acontecimiento. Y lo más importante es que este hombre tan extraño se encuentra con un Jesús lleno de poder y de amor. No se nos dice cómo se llamaba este enfermo, porque de alguna forma él representa a tantas personas que en su vida también se pueden sentir sometidos a poderes extraños que arruinan su vida.

El Papa Francisco comentando este caso recordaba que: “Todos nosotros hemos tenido en nuestra vida algún encuentro con Jesús, un encuentro verdadero en el que yo sentía que Jesús me miraba. No es una experiencia sólo para santos. Y si no recordamos, será bonito hacer un poco de memoria y pedir al Señor que nos dé la memoria, porque Él se acuerda, Él recuerda el encuentro ”.

Los evangelios nos presentan experiencias que cambiaron la vida de muchas personas: la samaritana, Natanael, Andrés y Pedro, el leproso, la mujer enferma desde hacía dieciocho años…

El Señor nos busca hoy también para tener un encuentro con cada uno de nosotros. Quizá lo olvidamos, perdemos la memoria hasta el punto de preguntarnos: «Pero ¿cuándo yo me encontré con Jesús o cuándo Jesús me sanó?». Cuánto tengo que agradecer al Señor por no haberse olvidado de mí. De bien nacidos es ser agradecidos. Gracias, Señor Jesús, porque tú siempre me ayudas, son las palabras que cada día tenemos que repetir.

Carlos Latorre